La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Variaciones Onetti 6: La Metafísica del Balbuceo Julio 9, 2009

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juan-carlos-onetti…porque si fuera cuestión de decir las cosas, decirlas, pronunciarlas, categorizarlas, resolverlas; digo, si la cuestión fuera esa, no estaríamos ante un problema sino ante una mera imposibilidad, un juego desenfrenado y místico, análogo al que juegan esas personas que buscan el “encuentro” con algún dios.
Las cosas no se dejan decir, ¿cuántas pruebas más necesitaremos para resignarnos? ¿cuánta sangre?. Las cosas – si tenemos suerte, si no estamos sujetos de una alucinación colectiva – están ahí, y no tienen nombre ni significado, mucho menos explicación. Las cosas están abandonadas a su suerte, y todos sabemos que esta suerte es el sino de los bautismos perpetrados por la humanidad, por la bella criatura inútil, ambigua y ambiciosa.
Las cosas apenas se saben mostrar, y es en ese mostrarse que las identificamos como cosas, que las reducimos a cosas cuando son más bien relaciones, sucesos, interrupciones, destellos. Pero, claro, habida cuenta de que las cosas mejor saben ocultarse que mostrarse, cualquier reducción a cosa – con su correspondiente etiqueta – nace deformado, sucio, estéril, grotesco.
Deleuze, en Crítica y clínica: “…cuando el balbuceo ya no se ejerce sobre unas palabras preexistentes, sino que él mismo introduce las palabras a las que afecta; éstas ya no existen independientemente del balbuceo que las selecciona y las vincula por sí mismas. Ya no es el personaje el que es un tartamudo de palabra, sino el escritor el que se vuelve tartamudo de la lengua: hace tartamudear la lengua como tal. Un lenguaje afectivo, intensivo, y no ya una afección de aquel que habla”.
El mundo de Onetti se derrite, su habla se repliega sobre sí misma y se aglomera, se contamina, se sincera. El habla del mundo – simbolizado en una ciudad ficticia o en una habitación de hotel, lo mismo da – se sincera en su temblor ante “las cosas”, acepta su incapacidad para expresar nada esencial y tiembla, balbucea, quizás en una estricta correspondencia con el tembladeral propio de ese mundo, no la correspondencia de significante y significado, no la correspondencia entre signo y realidad…una correspondencia lapidaria, sin puntos de partida ni de llegada, sin polos.
Deleuze: “Se trata de un balbuceo, pues cada posición de un o de el constituye una vibración. La lengua se estremece de arriba abajo. Hay aquí el principio de una comprensión poética de la propia lengua: es como si la lengua tendiera una línea abstracta infinitamente variada”.
La lengua estremecida, el estremecimiento de la lengua. Onetti es consciente de que el mundo sólo puede vivirse, pero aún así crea un mundo (llamémoslo Santa María para simplificar) con la escritura. El estremecimiento de la lengua, su conmoción absoluta, es la condición de posibilidad de esa creación. Creación de mundo, que no es otra cosa que el mundo (esa idea tan violenta y sutilmente real a la que llamamos mundo) re-creado, el mundo revelado, expuesto, con los sonidos temblorosos del balbuceo.
Blanchot, en La literatura y el derecho a la muerte: “Con toda seguridad se puede escribir sin preguntarse por qué se escribe. ¿Acaso un escritor, que mira su pluma trazar letras, tiene el derecho de suspenderla para decirle: detente?, ¿qué sabes de ti misma?, ¿con vistas a qué avanzas?, ¿por qué no ves que tu tinta no deja huella, que vas en libertad hacia adelante, pero en el vacío, que si no encuentras obstáculo es porque nunca dejaste tu punto de partida? Y sin embargo escribes: escribes sin reposo, descubriéndome lo que te dicto y revelándome lo que sé; leyendo, los demás te enriquecen con lo que te toman y te dan lo que les enseñas. Ahora has hecho lo que no has hecho; lo que no has escrito, escrito está: estás condenada a lo imborrable”.
Onetti no parece jamás preguntarse para qué escribe; efectivamente, pertenece a ese grupo – reducido – de autores cuyo concepto de la escritura forma parte de su propio ser, análogo a lo que ocurriría con el concepto de la respiración, si es que valiese la pena detallarlo. Onetti escribe sin reposo, desde el reposo frenético, desde el temblor del balbuceo en que la lengua se trasviste. Onetti, él también, está condenado a lo imborrable.

 

 

Mome

 

 

 

William Saroyan – Primera Parte Julio 8, 2009

 

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La Periódica presenta un ciclo de relatos del escritor norteamericano William Saroyan. En esta ocasión, podrás leer el prefacio al volúmen “El joven audaz del trapecio volador” y uno de los relatos del libro,”Pelea tu propia guerra.”
 
La próxima entrega, en 2 semanas.
 
William Saroyan nació en Fresno, California, en 1908. De origen armenio, sus relatos y obras de teatro fueron muy populares durante los años de la Gran Depresión. En 1940 se le concedió el premio Pullitzer por su obra The Time of your life. Murió en 1981.  
 
 
 
 
 

 

Pelea tu propia guerra – William Saroyan Julio 8, 2009

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mini_SAROSentado en esta pequeña habitación, a dos o tres meses de aquel momento, o a dos o tres años de aquel momento, escribiendo una historia sobre un grupo de seres que marchan en un desfile de muerte, escribiendo sobre lo que se les pasa por la cabeza, todas las cosas con las que sueñan e imaginan en relación con ellos mismos y el universo, cuando escucho que tocan a la puerta, un golpe bastante enfático.
 Sé que no es la oportunidad, ya que la oportunidad tocó a mi puerta hace varios años cuando estaba acabado y buscaba un trabajo, así que imagínense que debe ser mi primo Kira Minor, el mejor escritor que conozco que no escribe ni quiere escribir. O tal vez, imagino, es ese joven de semblante triste, el del uniforme azul ajado, que trabaja para la agencia de cobranzas y viene una vez por mes para informarme educada y nerviosamente que a menos que le pague los cuatro dólares que aún le debo a aquella agencia de empleos que me consiguió un trabajo en 1927, van a llevar el caso a la corte, deshonrarme y quizás enviarme a la penitenciaría.
Este chico estuvo viniendo tan a menudo que ya lo conozco bastante bien, y en las vueltas que le hemos dado a este asunto, pudimos hacernos amigos, más allá de que en apariencia parezcamos enemigos. Nunca me molesté en preguntarle su nombre, pero me ha contado todo sobre él y así supe que tiene una esposa, una pequeña hija que siempre está enferma, fuente de todas sus preocupaciones.
Al principio me disgustaba y solía preguntarme por qué trabajaba para una compañía de cobranzas, pero cuando me explicó sobre la enfermedad de su hijita, empecé a entender que tenía que ahorrar dinero de alguna forma y que no estaba haciéndolo porque le gustara, sino más bien porque era absoluta y desesperadamente necesario. Solía venir a mi habitación, aturdido de preocupación, me miraba con severidad y luego decía: Aquí, Sr. Sturiza, mi firma está ya cansándose de sus evasiones y precisamos que efectúe el pago de una buena vez. Yo decía: siéntate. Toma un cigarrillo. ¿Cómo está tu hija? Entonces suspiraba, se sentaba y encendía un cigarrillo. El deber es el deber, solía empezar diciendo, y tengo que ser severo con usted. Después de todo, le debe a nuestro cliente cuatro dólares. Muy bien, decía yo, sé severo. No le debo un centavo a nadie. Le debo a mi primo Kira Minor medio dólar, pero no llevó ese asunto a una agencia. Luego hablábamos al menos durante media hora o algo así, y el joven recaudador me contaba sus problemas, lo mal que le estaba yendo, y yo le contaba los míos, lo mal que me iba a mí, tratando de escribir bien y siempre equivocándome, yendo a pie hasta la biblioteca pública para tratar de averiguar cómo lo había hecho Flaubert.
El golpe en la puerta detiene la continuidad de mis ideas, así que voy y la abro. Si es mi primo Kira, pienso, voy a regañarle; si es el joven recaudador de la agencia, seré educado y le preguntaré sobre su hija.
Pero no es ninguno de los dos; es un hombre pequeñito de unos cincuenta años, con una tonta cara, momentáneamente animada por algún pensamiento entusiasta, y trae en su mano izquierda un sobre marrón largo, no hay duda que atiborrado de documentos muy importantes. El hombre es un extraño para mí, de modo que estoy sumamente interesado en e´l, ilusionado con que puedo aprender de él lo suficiente como para escribir una buena historia.
¿Enrico Sturiza? Pregunta, o más bien, lo grita, y yo empiezo a entender que algo sucedió en algún lugar del mundo, algo trascendental, histórico.
Sí, Sr, respondo con calma.
Enrico Sturiza, continúa el hombrecito con un tono que sugiere que estoy a punto de ser sentenciado a muerte por algún insignificante pecado olvidado, tengo el honor de informarle, de parte de la Liga Internacional de Preservación de la Democracia y Aniquilación del Fascismo, el Bolchevismo, el Comunismo y el Anarquismo, que usted reúne los requisitos necesarios para asumir el deber de formar parte de la línea de fuego, así que en cuanto pueda tomar su sombrero y su abrigo, estaré complacido de escoltarlo hasta el Packard que está en la puerta, para llevarlo al cuartel del regimiento. Allí le proveerán de un nuevo uniforme, un pequeño libro de instrucciones escrito en un lenguaje comprensible para un niño de siete años, un buen arma y una lugar donde dormir.
El hombrecito dio este discurso con un estilo muy vivo e imponente, pero yo no estaba sumamente impresionado. Hice una pausa, encendí un cigarrillo y le sugerí que entrara a mi habitación y se sentara. Entró, pero no aceptó tomar asiento.
¿Estamos en guerra? Pregunté educadamente.
Sí, por supuesto, sonrió el hombrecito, queriendo decir que yo era un burro por no haberlo sabido. La Guerra, me anunció, se declaró esta mañana, exactamente a las seis y cuarto.
Esa no es hora de declarar la guerra, respondí. Difícilmente alguien esté despierto en ese momento. ¿Quién la declaró?
Esta pregunta lo molestó y se sonrojó un poco confundido, cambiando de semblante y esforzándose en toser. saroyan1
La declaración de guerra se imprimió en todos los periódicos matutinos, replicó.
No leo los periódicos, dije. A veces ojeo el Christian Science Monitor, pero no muy a menudo. Soy escritor y leer periódico echa a perder mi estilo. No puedo permitírmelo. Pero la guerra me interesa. ¿Quién escribió la declaración?
Vi que le caía mal al hombrecito, así que se negaba incluso a intentar una respuesta a mis preguntas.
¿Es usted Enrico Sturiza? Volvió a preguntar.
Sí, respondí.
Muy bien. Entonces, venga conmigo, dijo el hombrecito.
Lo siento, respondí. Estoy escribiendo una historia sobre un montón de famélicos que marchan en fila y debo terminarla para hoy. No puedo ir con usted. Luego de que acabe la historia, tengo que salir a hacer ejercicio.
Le exijo, dijo el hombrecito, que me acompañe. En nombre de la Liga Internacional, le exijo que me acompañe.
Váyase ya mismo de aquí, respondí en voz baja.
El hombrecito empezó a temblar de furia, temiendo un ataque de rabia. Sin embargo, se da la vuelta a la manera militar, me grita que soy un traidor y se va.
Vuelvo a la máquina de escribir y trato de seguir con la historia que estoy escribiendo, pero no resulta nada fácil. Una guerra es una guerra, y todos sabemos de qué viciosa manera la última guerra se metió en los nervios de los escritores, sacando de ellos todo tipo de excentricos estilos de escritura, todo tipo de manierismos. Las noticias sobre la guerra me embargan y empiezo a deprimirme, sentado ociosamente en la silla, tratando de pensar en inteligente en lo que pensar.
No mucho más de media hora después golpean nuevamente y al abrir, veo la apuesta figura de un muchacho con uniforme de oficial. Obviamente se trata de un tipo educado, que fue a la universidad, alegre y no un completo idiota.
¿Enrico Sturiza? Pregunta.
Sí, respondo. Por favor, pase.
Mi nombre, dice el joven oficial, ofreciéndome su mano, es Gerald Appleby.
Me agrada saber su nombre, digo. ¿Quiere sentarse?
El joven Appleby acepta mi hospitalidad, saca un cajetilla de cigarrillos, la abre; acepto un, empezamos a fumar y la conversación arranca. El Sr. Covington, dice el Sr. Appleby, le hizo una visita esta mañana, según fui informado. Su reporte sugería que usted no -¿debo decirlo?- deseaba ser escoltado por él hasta el cuartel de oficiales. Mi comandate, el General Egmont Pratt, aconsejó que me contactase con usted para llevar adelante esta conversación con el objetivo, esperamos, de convencerlo de la urgencia que supone su participación en la presente guerra antes de que la civilización se vea amenazada.
Appleby es un tipo interesante. Es interesante ya que puedo darme cuenta de que nada que tenga que ver con la guerra o con cuán amenazada está la civilización podría alejarlo alguna vez de la estrechez y la vacuidad de su vida.
¿Qué le hace pnesar que la civilización está amenazada? Le pregunto. ¿De dónde sacó esa idea?
Si no derrotamos al enemigo, responde el Appleby, evadiendo mi pregunta como un niño, la civilización será la derrotada, y derrotada de manera tan contundente que la tierra entrará en un estado de absoluta barbarie.
¿A qué civilización se refiere usted? Pregunto.
A nuestra civilización, dice el Sr. Appleby.
No estaba al tanto, respondo. En todo caso, estoy vivamente a favor de volver a una absoluta barbarie. Creo que realmente sería divertido. Creo además que hasta la gente más sofisticada disfrutaría de volver al barbarismo. ca_wss
Sr. Sturiza, dice el joven oficial, de joven a joven, le pido que abandona esa posición frívola y se una a sus hermanos en la batalla contra las fuerzas destructivas de la humanidad, que ahora mismo amenazan con desbaratar los nobles y decentes sentimientos del hombre.
¿Está usted seguro? Pregunto.
Debemos pelear para defender la tradición democrática, y si es necesario, debemos morir en combate.
¿Usted quiere morir? Pregunto muy educadamente.
A favor de la libertad, sí, responde el Sr. Appleby.
Entonces le contaré, digo, lo que ocurrió con Pascin. Creo que lo hizo con cierta gracia. Se metió a la bañadera, se cortó con cuidado las muñecas, saangró hasta morir, con sin mucho dolor y mucho arte. Hay por supuesto muchísimas otras maneras, igualmente artísticas. Yo tendría la delicadeza de recomendar un salto desde un rascacielos. Es una manera mucho más inquietante y más rápida, una de las tendencias más modernas de suicidio. En parte mi plan como escritor es tratar de vivir lo máximo que pueda. Espero además sobrevivir a tres o cuatro guerras. Mi plan es vivir indefinidamente.
No puedo entenderlo, dice Appleby. Usted es un joven saludable. No está enferno. Tiene una postura erecta, buena para ser soldado, y aún así pretende no alistarse en esta guerra, una guerra que acabará con todas las guerras, una guerra histórica, una oportunidad de participar en quizás el evento más extraordinario que ha sucedido sobre la faz de la tierra. Nuestras fuerzas aéreas están en perfecto estado. Nuestra división de químicos y gases están preparadas para destruir enemigos en gran cantidad. Nuestros tanques son los más rápidos, los más grandes y los más letales. Tenemos armas más poderosas que las del enemigo. Los superamos en número de barcos, tres nuestros contra uno de ellos. Nuestro sistema de espionaje funciona a la perfección, podremos conocer todos los secretos del enemigo. Nuestros submarinos están listos para hundir cada barco del enemigo. Y usted, sentado ahí, sin querer involucrarse en esto, la guerra más noble de todos los tiempos.
Precisamente por eso, respondo. No tengo deseos de destruir al enemigo. No reconozco enemigo alguno. ¿Con quién se supone que están peleando? ¿Alemania? ¿Francia? ¿Italia? ¿Rusia? ¿Con quién? Tengo mucho cariño por los alemanes, y también por los franceses, por los italianos y por los rusos. No pensaría en absoluto en herir los sentimientos de un ruso. Soy admirador de Dostoievski, de Tolsto, Turguenev, Chejov, Andreiev y Gorki.
El Sr. Appleby se levanta, profundamente herido. Muy bien, dice. Desafortunadamente, aún no pudimos obtener la autoridad necesaria para exigir la participación de todos los jóvenes que se encuentren capacitados para la batalla, pero nuestro departamento de propaganda está trabajando día y noche en ello, y lo que queremos es ir a elecciones generales y ganar las elecciones. Estar en las filas del ejército es sólo una cuestión de tiempo para todos los tipos indiferentes y cobardes como usted. Le aseguro, Sr. Sturiza, que no podrá escaparle a esta guerra.
Quizás sea que este muchacho no se equivoca, pienso.
Búsqueme alguna otra vez, le sugiero, y tendremos una charla sobre arte. Es un tema inabarcable; cuanto más se habla de ello, más hay para decir y para no decir.
Así que vuelvo al relato que se supone que estoy escribiendo, un poco triste esta vez, pero no hay manera ya; la guerra no me permitirá escribir. Es como una sombra sobre cada pensamiento y vuelve fútil a cada esperanza con respecto al futuro. Así que en vez de sentarme y deprimirme, salgo a caminar, camino de la biblioteca pública. Veo a la gente y veo algo que comenzó a embargarlos. No están de la misma forma que ayer. El cambio es muy sutil, es difícil de explicar, pero distingo que no son ya los mismos.
Me pregunto si soy yo el mismo de ayer, pero al mismo tiempo no puedo creer en lo que digo. La gente como yo parece ser la misma, pero no lo es. Puedo darme cuenta de la diferencia, pero no puedo identificar qué hay de diferente en mí. Hago lo mejor que puedo para seguir siendo el mismo, pero pese a mis esfuerzos, no sucede. Cada momento me encuentra leve, pero definitivamente cambiado.
El cambio en la gente es la histeria; no es aún extrema, pero está empezando a crecer. El cambio en mí empiezo a creer que es diferente. Yo estoy tranquilo. Lo único que no puedo negar es que empiezo a estar un 15768poco irritado e inconscientemente tengo deseos de golpear al próximo jovencito que me pida participar en la guerra; también inconscientemente creo que es lo apropiado para mí, golpear un tonto.
Hacia la noche volví a mi habitación y encontré a mi primo Kira Minor escuchando música en el fonógrafo. Sonaba Elegy, de Massenet, cantada por Caruso. Mi primo fumaba un cigarrillo, se veía muy tranquilo escuchando al más grande cantante que el mundo haya conocido que, según mi primo, es también el hombre más grande que el mundo ha conocido.
¿Qué hay de la guerra? Le pregunto.
¿Qué hay con ella?
¿Cómo te sientes al respecto?
No tengo ninguna opinión, dice mi primo.
No estás diciéndome la verdad, le digo. ¿Cómo te sientes? Tienes diecisiete años: muy pronto te reclutarán. ¿Cómo te sentirías si eso sucediera?
No me gustan las multitudes, responde.
Pero te harán ir.
No, dice. No me harán ir. Odio caminar en fila recta. No saco nada de las guerras.
A ellos no les importa eso, digo. Están presionando al gobierno y te forzarán a ir.
No, dice mi primo. Me rehusaré.
Te pondrán en la cárcel, le respondo.
Que lo hagan. No me preocupa, dice mi primo. ¿No quieres luchar por la perpetuación de la Democracia o algo así? Le pregunto.
No, dice. No me gusta caminar entre soldados. Me avergüenza. Me gusta caminar solo.
Bien, le respondo, enviaron a dos oficiales aquí hoy y tuve que insultarlos a ambos.
Eso está bien, dice. Tú no iniciaste la guerra. Deja que peleen los que lo hicieron. Más allá de que lo dude, se supone que tú eres escritor.
Eso es sólo tu opinión, le digo. Sal de aquí; quiero ponerme a escribir de nuevo.
Una semana más tarde me visita una joven vestida muy elegante. Muy embaucadora al hablar. Fumaba muy nerviosa.
Estamos resueltos a hacerlo cooperar, Sr. Sturiza, dice. Supimos que usted es escritor de relatos y lo queremos tenerlo dentro de nuestro departamento de propaganda. Su trabajo será escribir historias de interés humano sobre jóvenes que se lanzan a salvar a la civilización, madres heroicas y abnegadas, esposas, hermanas e hijas. Será muy bien remunerado y hay bastantes oportunidades de progreso.
Lo siento, digo, pero no soy bueno para escribir historias de interés humano.
No tiene por qué preocuparse por eso, dice la joven. Ya todos los formatos han sido creados científicamente para que un máximo de efecto emocional apele a los sentimientos del público, de modo que usted simplemente tiene que cambiar los nombres, las direcciones y otros detalles menores. Es muy simple.
Ya lo imagino, digo, pero no quiero el trabajo.
Le pagarán cinco dólares a la semana, dice la joven, y le darán el rango de primer teniente. Participará en todas las funciones militares y, déjeme decirle, conocerá a muchísima gente que le será útil luego de la guerra.
Cinco dólares a la semana es más dinero del que yo esperaba ganar alguna vez, y la gente se interesaría en mí.
Lo siento, digo, el empleo no me interesa.
La joven sale, diciéndome que piense la cuestión con calma. Se está quedando en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Me pregunta si me importaría ir a visitarla alguna vez para beber algo y charlar. Yo también me lo pregunto.
Dos meses más tarde, mi primo Kira Minor llega a mi habitación con el periódico matutino. La noticia es que todos los jóvenes con condiciones para la batalla van a ser forzados a participar en la guerra, guerra en la cual no le está yendo muy bien al bando que se supone que es nuestro bando. Nuestras bajas fueron casi tantas como las del enemigo: aproximadamente un millón de hombres de muertos y el doble de heridos. Ha habido anuncios de bonos de incentivo para los soldados, reuniones masivas y titulares enormes durante varias semanas.
Leo las noticias y me siento a fumar otro cigarrillo.
Bueno, digo, esto significa que van a venir a buscarme después de todo.
¿Qué vas a hacer? Pregunta mi primo.
Decidí no permitirme a mí mismo involucrarme en todo esto.
Cinco días después recibo una carta en la que se me ordena presentarme en los cuarteles del regimiento la semana siguiente a las ocho. Esa misma semana a esa hora estoy en mi habitación, tratando de escribir un relato. A las dos y once minutos de la tarde, el Sr. Covington, el hombrecito que me visitó primero, y cuatro hombres más entran en mi habitación. En el hall hay dos policías militares y abajo, en la calle, dos automóviles muy caros.
¿Enrico Sturiza? Dice el Sr. Covington.
Sí, respondo.
Como Jefe del Comité de Estudios de Casos de Deserción del distrito, distrito 47º de San Francisco, es mi deber interrogarlo en vistas de que no se ha hecho presente en la movilización de esta mañana. ¿Recibió la carta oficial número 247-Z?
Supongo que la carta que recibí era la carta oficial número 247-Z, respondo.
¿La leyó?
Sí, la leí.
Entonces ¿por qué, si me permite, no se reportó esta mañana en la movilización?
Sí, dice otro de los hombrecitos. ¿Por qué?
Sí, ¿por qué? dice el tercero.
El cuarto creo que es incapaz de hablar. No dice nada.
Tenía que escribir un relato, respondo a todo el Comité, y estaba escribiéndola cuando me honraron con su visita.
Le ruego, dice el Sr. Covington, que me dé respuestas directas. ¿Estaba tan enfermo que no pudo reportarse a la movilización?
No, respondo, estoy muy bien, incluso ahora mismo. Nunca me sentí mejor en toda mi vida.saroyan-parisfresno200304
Entonces, dice el Sr. Covington, lamento informarle que se encuentra usted bajo arresto por deserción.
Estoy de pie frente a mi máquina de escribir, mirando un fajo de papel amarillo y pienso esta es mi habitación y he creado una pequeña civilización en ella, y este lugar es lo que el universo para mí, y no tengo deseos de que me alejen de él, y de pronto sé que he derribado al Sr. Covington y que ha caído en el suelo y que hago lo mejor que puedo para golpear a los demás miembros del Comité, y que sacan sus armas, los cuatro miembros y los dos policías militares, y lo único que pienso es por qué mierda, bastardos, no pelean su propia guerra, ustedes malditos veteranos que mataron a millones en la última guerra, por qué no pelean en todas sus malditas guerras, pero no puedo decir nada, y uno de los miembros del Comité me dice, si el Sr. Covington muere, tendremos que fusilarlo, Sr. Sturiza; será nuestro penoso deber fusilarlo, Sr. Sturiza;; si el Sr. Covington no muere, lo condenaremos a veinte años en la penitenciaría, Sr. Sturiza, pero si muere, será nuestro penoso deber fusilarlo; y mientras bajamos las escaleras el hombrecito sigue dicéndome esto una y otra vez.

 
 
 
 
Traducción: Martín Abadía
 
 

 

 
 
 

Prefacio a la primera edición de “El Joven Audaz del Trapecio Volador – William Saroyan Julio 8, 2009

 

Saroyan_profile_right-718x980_27351934_stdEscribo el prefacio a la primera edición en caso de que este libro sea objeto de una segunda edición, de modo que entonces podré escribir el prefacio a la segunda edición, explicando lo que dije en el prefacio a la primera edición, agregando algún detalle sobre lo que estuve haciendo en el ínterin.
En caso de que este libro alcance una tercera edición, planeo escribir un prefacio a la tercera edición, apuntando lo que ya había dicho en los prefacios a la primera y segunda edición, así que mi plan es seguir escribiendo prefacios para las nuevas ediciones hasta que me muera. Después de eso, espero que haya niños y nietos que se ocupen de continuar mi trabajo.
En este primer prefacio, ahora que no tengo ni idea de cuántas copias van a venderse de este libro, lo único que puedo hacer es hablar de cómo llegué a escribir estos relatos.
Años atrás, mientras recibía una educación muy severa en mi pueblo natal, me di cuenta de que había algo raro en la manera en que algunos hombres habían sacado adelante los relatos por cientos de años, y que existían reglas que ocupaban a la construcción de relatos.
De inmediato empecé a estudiar las reglas clásicas, incluyendo las de Ring Lardner, y al final descubrí que aquellas reglas estaban erradas.
El problema era que ellos me dejaban de lado, y por lo que sé, yo soy el elemento más importante en la materia, de modo que hice nuevas reglas.
Escribí la regla Número Uno cuando tenía once. Estaba en cuarto grado y acababan de enviarme de vuelta a casa por haber hablado de manera irrespetuosa y haber querido hacerlo.
No presten ninguna atención a las reglas que hacen los demás, escribí. Las hicieron para protegerse. A la mierda con eso (estaba bastante irritado ese día.)
Algunos meses después descubrí la regla Número Dos, la cual dejó una marca en mí. Allí donde fuese, llevaba esa marca. La regla era: Olvídate de Edgar Allan Poe y de O. Henry y escribe los relatos que tengas ganas de escribir. Olvídate de todo aquel que escribió algo alguna vez.
Desde entonces, agregué otras cuatro nuevas reglas y me di cuenta de que ya era suficiente. A veces no me fastidio con reglas y simplemente, me siento y escribo. Ahora y siempre, me pongo a escribir y escribo.
La tercera regla era: aprende a escribir a máquina, de modo de poder sacar los relatos tan rápido como Zane Grey.
Ésa es una de las mejores reglas.
Pero las reglas sin un sistema que las ampare, como podrá decirte cualquier escritor, son siempre insuficientes. Puedes quitar el “siempre” y la oración significaría lo mismo, pero es más agradable poner un “siempre” allí cada vez que puedas. Los escritores exitosos creen que una palabra no significa nada por sí misma y que es mejor enfatizar su significado con la ayuda de otra. Otros escritores van más allá y ayudar a una palabra inocente con cuatro o cinco palabras, y en ocasiones matan a la palabra inocente por caridad. A algún escritor ignorante que no conocía nada de adjetivos le tomó años y años resucitar la palabra que había matado por amabilidad.
En todo caso, estos relatos son el resultado de un método de composición.
Yo lo llamo método Festival o método Fascista, y funciona de la siguiente manera:
Alguien que no es escritor empieza por querer ser escritor y se afirma en su deseo unos diez años, y en todo ese tiempo convence a todos sus parientes, amigos e incluso a sí mismo de que él es escritor. Pero aún no ha escrito nada y ya no es un muchacho, así que empieza a preocuparse. Todo lo que necesita es un sistema. Ciertas autoridades afirman que hay al menos unos quince sistemas, pero en realidad sólo hay dos: (1) puedes escribir como Anatole France o como Alejandro Dumas o como cualquier otro, o (2) puedes olvidarte de que eres escritor y sentarte a la máquina a bajar las palabras al papel, de a una por vez, de la manera más elegante que conozcas –cosa que nos lleva a la cuestión del estilo.
La cuestión del estilo siempre despierta cierta controversia, pero para mí es tan simple como un A B C, si no es más simple aún.
A la larga un escritor puede llegar a tener uno de los dos estilos que hay: puede escribir en una forma que implique que la muerte es inevitable, o puede escribir en una forma que implique que la muerte no es inevitable. Todo estilo que haya sido empleado por cualquier escritor estuvo influenciado por una u otra de estas actitudes frente a la muerte.
Si escribes creyendo que a la larga tú y todo el mundo morirá alguna día, hay una posibilidad de que escribas con un estilo bastante apocado. Si no, eres apto para ser pomposo o blando. En el segundo caso, para no ser un tonto, debes creer que tanto como la muerte es inevitable, la vida también lo es. Esto significa que la tierra es inevitable y que la gente y todas las cosas vivas lo son, pero ningún hombre puede durar demasiado en la tierra. No tienes que ser melodramático con respecto a esto. De hecho, puedes divertirte todo lo que quieras. Es verdaderamente una de las cosas más cómicas y las formas en que puedes reírte de todo esto son muchas. Si recuerdas que los vivos son tan buenos como los muertos, podrás percibir muy bien que son muy graciosos en su accionar, cosa que quizás nunca hubieses pensado que pudieras percibir al verlo de manera diferente.
No obstante, creo que el consejo más firme para un escritor es: intenta aprender a respirar profundo, a saborear realmente la comida cuando comas, y a dormir realmente cuando duermas. Trata de estar completamente vivo, con todas tus fuerzas, y cuando rías, ríe como un demonio, y cuando te enfurezcas, enfurécete como nunca antes. Trata de estar vivo. Estarás muerto en muy poco tiempo.
 
 
 
Traducción: Martín Abadía

 

 

 

 

Pauls, un objeto y el lector Julio 6, 2009

 

No es el fondo ni la forma lo que resaltará aquí. Tampoco la tentación de visitar la historia, con la siempre presumida intención de descubrir algo que olvidamos. Tal vez sea sólo aproximarse. Realizar un acercamiento –un pulso, un tono, un ritmo- que no pretenda descifrar nada, sino sólo narrar el acercamiento, como una misión ineludible a la que se enfrenta todo escritor.

 
Hacer eso, pero que siempre parezca otra cosa. Escribir de la infancia, pero no nombrarla tanto; preferir los gestos, superman, triciclo, los comics que se leen mucho. Escribir sobre los años 70, pero casi ni nombrarlos; hacerle guiños, decir militares, La Moneda, doble vida, cantautores. Mencionar esa primera instrucción sentimental, pero anular la culpa, desinhibir responsabilidades.
 
Esperar, esquivar, hacer pausas.
 
Historia del Llanto (2007), libro del escritor argentino Alan Pauls (1959), es un texto que no escatima recursos para hacer patente su textualidad. Un objeto que se reconoce como tal y que, afecto a todo tipo de interpretación que subvierta su primaria condición, hace de su materia un camino interpretativo propio.
 
Alan Pauls advierte: el lenguaje está acá, esto está hecho de palabras que deben, de una u otra forma, sonar. Ruido. Pequeña canción subterránea que recorre el campo textual como si de un cuerpo se tratara. El autor argentino no olvida la condición de cuerpo, de extremidades, de interiores y exteriores, de nervios, músculos y fibras, y ubica la prosa como el mecanismo –único e irrepetible- encargado de transitar por los diferentes lugares haciendo lo único que sabe hacer: iluminar y ensombrecer las temáticas, los vicios, patentar la enfermedad de una letra que se sabe urgente.
 
Todo lo que no llora de un lado lo llora del otro. Es tan simple como eso (p.31)
 
Quien dice dolor dice secreto, dice doble vida. (p.61)
 
El autor compone. Utiliza la sintaxis a su favor, yuxtaponiendo oraciones, complementos y determinantes, para que el discurso dimensione su brutalidad. Operación consciente –qué duba cabe- pero operación que pretende desafiar el límite no sólo escritural, sino también el método de lectura. Frases que asfixian. Frases aceleradas, que dan cuenta de una respiración agónica.

 
La escritura exige una medida de lectura. Una respiración llevada al exhausto, pero lejana al arbitrio de una vanguardia histérica. Se trata de un esfuerzo necesario para llegar al sentido que completa. Como si no fuese posible alcanzar el significado sin pasar por la exigencia propuesta.
 
El manejo teórico de Pauls es evidente. Blanchot se hace presente en los márgenes, pero no como influencia que subordine, sino como una manera de hacer y hacerse en el texto. Diálogo necesario de una escritura que por una parte reconoce el mensaje sobre el que que quiere dar cuenta, pero por otra entiende que el acto escritural y de lectura es un mensaje en sí mismo. Y en esta operación donde la ficción se reconoce y comprende cuál es su objeto, aparece el mérito del autor, atrás, algo escondido, mediando entre el arrojo de la prosa que quiere irse sola, y la temática que debe contarse.
 
blanchot_levinas“Evoquemos el oscuro combate entre lenguaje y presencia, siempre perdido por ambos y, no obstante, ganado por la presencia no sea más que como presencia del lenguaje. En apariencia, la escritura sólo está ahí a fin de conservar. La escritura marca y deja marcas. Lo que le es confiado, permanece. Con ella comienza la historia bajo forma institucional del libro (…). La única relación que mantendría entonces la escritura con la presencia sería el sentido, relación de luz, relación, precisamente, que la exigencia de escribir tiende a romper no sometiéndose ya al signo. La derrota que la escritura pretende infligir a la presencia, haciendo de ella no ya la presencia sino la subsistencia o sustancia, es una derrota para sí misma. Desde este punto de vista, la escritura aliena la presencia (y se aliena)”. Blanchot M., El lenguaje (no) más allá p.61

 
Se observa el lenguaje como un personaje más, que impone su mundo, y, por la otra, los personajes del argumento. Una tensión pareja que acompaña la lectura de Historia del Llanto, pero que no se hace patente en el relato: es un asunto de grafía, de lectura, de cuerpo. Las señales no están en el acontecer del tiempo narrativo. Por el contrario, las huellas quedan cuando se lee, cuando se ausculta el ritmo de la prosa desde el afuera.
 
Sin embargo, hay algunas citas que, si quisiera, podría forzar. No para hacerlas calzar con el argumento, tan sólo para puntualizar cuándo el lenguaje se hace cargo de su condición de tal: “…transcurrido los años que las ruinas del pasado necesitan para apuntalar una ficción que siempre habla de otro…” p.68-69. Sí: toda ficción habla de su otro. Y su otro, no es más que aquello de lo que generalmente tiende a escapar. De lo que está hecho. De ese lazo de falsa independencia.

 
“Escribir marca y deja huellas, pero las huellas no dependen de la marca y, en último término, no tienen relación con ella. Las huellas no remiten al momento de la marca, carecen de origen, pero no de fin, hasta en la permanencia que parece perpetuarlas. Son huellas que, aunque se mezclan y se sustituyen, están ahí para siempre y para siempre cortadas de aquello de lo que son huella, y su único ser es la pluralidad, como si no hubiera una huella sino huellas, nunca las mismas, y siempre repetidas.” Blanchot M. El Paso (no) más allá p.85
 
Las obras se mueven en esa tensión. El lenguaje, como formador de realidades –de inquietudes y fobias-, y lo que se narra, lo que se cuenta, dependiente en un sentido material, pero liberado para significar. Historia del Llanto es ésa tensión y exige una lectura que no inhiba esos aspectos. Es una novela que se disfraza de cuento, aunque en el fondo sea el disfraz de un lenguaje imperfecto pero implacable.
 
 
R.S  

 

 

Daniel Melingo responde: “Me interesa lo apócrifo del tango, lo paralelo, lo no oficial, lo fuera del establishment.” Julio 2, 2009

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Daniel_Melingo09-2

Hace ya varios meses que a Daniel Melingo no se lo ve por Buenos Aires. Acaso venga y no nos demos cuenta. Acaso esté todo el tiempo en otro lado. Melingo, como buen muchacho, del barrio se va. Pero la melodía no es triste, sino más bien remota. ¿Dónde está? A veces en Grecia, a veces en Finlandia, a veces en Austria, muchas en Francia. Melingo, dando vueltas, anda en busca de alguna perla insospechada. Alguna que lleve su nombre. Eso parece.
Hoy rompe el silencio. Y nos regala dos letras inéditas. La Periódica abre la puerta. El tipo dice:

 
 
 TOCAR AFUERA, GRECIA O AUSTRIA: “Es increíble que en este caso la música se encargue de ser “vehículo comunicador”, trascendiendo fronteras, idiomas y culturas.”
 
ECO IL MONDO: “Esta sesión (llamada así por su carácter) fue una toma en vivo y directo sin sobregrabaciones de ningún tipo, en la locación de mi estudio con un piso de pinotea flotante sirviendo de cajón resonador. Los pájaros y el camión son los sonidos orgánicos al abrir las puertas de los balcones y dejar entrar el sol. Sólo causalidad y tiempo.”
 
SE IGUAL – TANGO ACTUAL Y NO: “El lenguaje del tango busca cobijo en la atemporalidad. El caso de “Se Igual” es una descripción específica de unos bastantes recientes habitantes de la ciudad de Buenos Aires: Los Cartoneros.”
 
TENER LETRA, TENER OLFATO: “Historias sobran. Falta estilo para contarlas.”
 
LUNFA: “El lunfardo es el idioma literario del tango. No concibo el tango-canción sin él.”
 
MARGINALIDAD: “La marginalidad sigue existiendo más que nunca como musa inspiradora.”
 
MUNDO CARCELARIO: “Lo que me atrae de él es su código. Es un diamante en bruto.”
 
LA NOCHE: “El silencio como eco. El lugar donde la inspiración. La calma, el músculo que duerme. La ambición descansa.”

 
JERINGA Y EL AZAR: “Diría que no creo en el azar. Pero el caso de “Che Jeringa” es una casualidad. Suelo investigar leyendo todo tipo de literatura (lunfa, sobre todo poesía). Esta es la historia de un personaje barrial. Un tipo muy flaco y bastante marginado.”
 
MALDITISMO: “Me interesa lo apócrifo del tango, lo paralelo, lo no oficial, lo fuera del establishment. La poesía lunfarda, en su temática y vivencias más marginales. La considero maldita.”
 
QUEJAS DE LOS TANGUEROS DE LEY: “Todo lo contrario. Tengo sólo colaboraciones. El caso de mi amigo y coautor Luis Alposta que otrotra pusiera letras a tangos y milongas de Edmundo Rivero, Osvaldo Pugliese, Rosita Quiroga. O también estrechas colaboraciones con Enrique Cadícamo. O siendo acompañado por José Colángelo, otrora pianista de Aníbal “Pichuco” Troilo.”
 
CHARLY GARCIA: “Hace un año que no hablo con el maestro, pero me alegra muchísimo saber que vamos a tener Charly para rato”
 
RENOVAR / REFLORECER: “Diría que reflorecimiento es el momento actual del tango.”
 
EL FUTURO: “La inquietud me lleva a lugares insospechados y asombrosos en estos momentos. Estoy empezando a grabar el nuevo material para el próximo álbum. Y te puedo adelantar que hice fondo en mis ancestros y mi parte griega con el tango rebético.”

 

 
 
LA NOVIA
(valsecito carcelario)
A todos los internos
crema les bate
A todos los internos
crema les bate
y cuando se lo llama
se lo obliga a hacer cama
y a cebar mate.
Oh…!
Se lo obliga a hacer cama
y a cebar mate.
El que por ser muy blanco
y de buenos modos
El que por ser muy blanco
y de buenos modos
desde que cayó preso
como perros al hueso
lo buscan todos.
Oh…!
Como perros al hueso
lo buscan todos.
El que de tipo fino
pasó a manflora.
El que de tipo fino
pasó a manflora.
El que de a ratos grita
y el que cuando no grita
de a ratos llora
Oh…!
el que cuando no grita
de a ratos llora.
Él es el gato negro
y es el autito.
Siempre al pie de la cama
muy calladito.
Muy calladito.!!

 
 

 

 

 

 

EL TATUAJE
(tango rebético)
Extraños signos se ocultan
bajo la piel del recluso
que aguja y tinta le puso
al lenguaje carcelario
dibujando su prontuario
de la cabeza a los pies.
De los veinte lleva diez
De los veinte lleva diez.
Estigma de la leonera
que ha de llevar de por vida
como símbolo y herida
gramática que en su piel
a más de darle cartel
lo pinta de cuerpo entero.
Siempre estará prisionero
Siempre estará prisionero
Se pianta a fuerza de paco
Pero un ruido de cerrojos
lo lleva a entreabrir sus ojos
y al ver de nuevo el tatuaje
laberinto de un paisaje
con trazo de filigrana…
recuerda que sigue en cana
recuerda que sigue en cana.
 
 
 

Melingo se presenta el 10 de julio en el Teatro N/D Ateneo. Paraguay 978.

 

 

 

Alcance de Nombres, Distancia Inmediata Julio 1, 2009


El siglo V a.C y Parménides nos narra cómo fue raptado por las Helíades y llevado en un carro tirado por veloces yeguas ante una diosa benévola que le revela la vía de la verdad, que se traduce en que “el uno, que es el ser es y el no-ser no es”, lo otro, lo que hay entremedio, el trayecto, no es más que la vía de la opinión. Movimiento, pluralidad, temporalidad “no son más que nombres instituidos por los hombres en su credulidad”; la vía de la opinión, la doxa, es “un estrecho sendero, en el que nada iluminará tus pasos” y del que Parménides fue salvado por estas deidades que lo llevaron un viaje que no implica recorrido, pero que resitúa la manera de entender el mundo, donde el cambio no es posible y en que el tránsito no es más que un aparente movimiento de hombres bicéfalos. Los parámetros que funda esta lógica del ser es, y el no-ser no es, no consideran tiempo y espacio, antes y después, y lo que Parménides en algún momento pensó -la ficción que representa el develamiento de la verdad, el camino que traza su poema- es el ropaje del que él mismo se desprende para que la verdad se alce inmutable entre opiniones perecederas. La velocidad del carro que lo transportó, arrasó con la falsedad de su vida, todo se vuelve analítico en el momento que lo pensado no puede ser otra cosa que el ser.

Zenón, su amigo y discípulo, se une a este análisis -se dice que viajaron juntos a Atenas alrededor del año 450 a.C.-, pero los hechos no son más que anécdotas que la historia guarda como enunciados que contradicen sus ideas. De ser por su pensamiento, Parménides y Zenón nunca salieron de Elea, sus cuerpos trascurrieron imperceptibles a categorías de delimitación, los lugares que habitaron eran ajenos a toda medida. La mentira de la geografía, la ilusión del viaje y el subentendido de una ciudad se conceptualizan en un mundo que recién había dado el paso del mito al logos, en que la inteligibilidad de los procesos naturales era un experimento que recién comenzaba y los postulados de la física todavía no descendían de ese lugar que sería llamado mundo de las ideas. La filosofía podía darse el lujo de plantear aporías sin ser refutada por datos científicos, la maquinación que daba forma al universo era el pensamiento.

En este contexto, Zenón nos platea una carrera entre una tortuga, uno de los animales más lentos y Aquiles, el más veloz de los griegos, en que el de los pies ligeros le da al quelonio una ventaja que nunca podrá superar. Es que según la concepción que defendía Zenón, la distancia entre ellos no es más que una abstracción que la experiencia inmediata concibe en la vía de la opinión, vía que se contrapone a la verdad y en la que nadie que reconozca la inmutabilidad del ser puede transitar de manera auténtica. La paradoja es, entonces, el lugar donde conceptos y acontecimientos se eclipsan en pos de una razón que puede explicar el sustrato del engaño que la misma mente produce. La ventaja que nos da la experiencia es un retroceso si se trata de entender el verdadero recorrido, que es siempre el mismo punto que nos lleva al mismo punto; el trayecto no existe, el ser es inmóvil e inmutable y de esta concepción no podemos salir sin caer en un devenir que es un río que nunca coincide con si mismo, una corriente que en su velocidad evapora toda posibilidad de presente.

Pero la idea de este texto es dar con el lugar donde se cruzan los dos viajeros camino a Atenas, el carro que conducen las Helíades ya sin Parménides y la Tortuga con su Aquiles que la persigue. Si el ejercicio de la razón viene a contradecir la posibilidad de la distancia, el encuentro es inminente. La paradoja textual es que podemos llevar la contra a lo que ocurre, al mismo tiempo que seguimos al pie de la letra lo que Parménides describe como su rapto hacia la verdad y lo que Zenón propone como la imposibilidad del movimiento. El poema de Parménides y las paradojas de Zenón desplazan la realidad a ese lugar donde la historia y la narración son un palíndromo en que ‘reconocer’ no implica un distingo, sino la simbiosis entre momentos sucesivos y momentos concéntricos. La aspiración a anacronía de los eleatas les da a sus postulados una dimensión que escapa a lo que nosotros estamos acostumbrados a medir. El cronómetro habría logrado dilucidar el quid de la paradoja, pero no lograría desentrañar la cosmología que escondía esa representación. En un mundo en que la velocidad era determinada a paso de semidiós y en que los indicadores del presente se debatían en una concepción de mundo que dependía de la capacidad argumentativa, la vía de la verdad es un camino en que las metáforas transportan una visión de realidad en que el espejismo no es sólo lo que se ve a distancia, sino la creencia de que vamos dejando algo atrás.

Veintiséis siglos después, la ciencia no ha superado las paradojas de Zenón; de hecho en la teoría cuántica existe lo que se llama el efecto Zenón para definir el fenómeno que ocurre cuando las partículas alteran su comportamiento por la constante medición que realiza el observador. Si en un principio fueron los presocráticos en su afán por buscar la razón que está tras lo que percibimos, los que dieron inicio al pensamiento científico, en este momento, el desarrollo científico lleva a pensar que la realidad de los fenómenos que percibimos es tan aporética como la realidad de los acontecimientos que imaginamos.

Las salidas, los poros, que nuestras opiniones atraviesan no contradicen el sentido común, sino que deambulan a una velocidad en que no pueden siquiera ocupar el cuerpo que en un principio integran o que al final abandonan. Están vertidas en lo que Paul Virilio llama la estética de la desaparición, y el trayecto entre esos puntos no tiene personaje de ficción que los recorra; la paradoja se da ahora no porque el tiempo y el espacio estén dislocados en sincronía, sino porque ninguno de los puntos del recorrido se presta para la detención, la inmediatez logra que el cronómetro abarque la totalidad del fenómeno dejando a los contrincantes como simples dispositivos de una realidad sin metafísica.

ParmenidesEn este contexto sólo la reducción al absurdo puede salvarnos. Si la física cuántica viene a poner en duda nuestro lugar en el espacio, si los hechos han sido secuestrados por velocidad que los plasma en un ahora siempre esquivo y si el pensar de Parménides y Zenón nunca emprendió ese viaje que la historia se empeña en reproducir, quizás sea el momento de tomar en cuanta Lo que la Tortuga dijo a Aquiles, esa ficción en que Lewis Carroll pone en juego los elementos básicos de la lógica formal en la boca de nuestros, a estas alturas, queridos personajes de la paradoja de Zenón o ese sabiondo como lo llama la Tortuga. El asunto es que somos todos lectores de segundo tipo que no nos conformamos con deducciones lógicas, necesitamos que las palabras evidencien esa consecuencia, es el relato el que nos da la tranquilidad del suceso.

La fortaleza de la visión de Parménides es que logró dar con la figura poética que representara su verdad. La convicción de las paradojas de Zenón está en que no es la experiencia la que da validez a un hecho, sino la comprensión que tenemos de éste. Y la moraleja que esta inmutabilidad del ser viene a sentar es que pasan los años, pasan los siglos, pero los segundos que dedicamos a plasmar lo que en nuestro entendimiento visualizamos por verdad, permanece en la medida que es compartido en un diálogo no sólo con nuestros pares, sino un diálogo de textos que podemos revisitar cada vez que la inquietud por la materia de nuestro presente no encuentra lugar.

En este momento es cuando la ficción entra como la verdadera estructura que sustenta el tiempo y el espacio. Es el relato el que da forma a nuestro acontecer, y así como personajes como Aquiles y la Tortuga pueden hacerse cargo en distintos momentos de realidades totalmente diferentes, la presencia del ser como realidad inmutable puede representarse de diversos modos tras la apariencia de nuestras palabras… ‘Nada cambia’ es el nombre del carro donde circulan las proposiciones que se agotan de ocupar un lugar en este texto.

María Inés
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

Un año de La Periódica Junio 29, 2009

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La Periódica Revisión Dominical cumple un año. Más allá de festejos, queremos agradecerle a los que han pasado por estas páginas. Lectores, entrevistados o colaboradores, todos han ayudado, de una u otra forma, a que La Periódica haya transitado esta ruta. No diremos que esperamos que sean muchos más, ni prometeremos grandes avances. Lo que sí sabemos es que seguiremos leyendo y escribiendo, desde nuestras fronteras, con la seguridad –quizá la única- de que estamos dibujando un mapa que nos gusta.
 
 
Gracias: Gemma, Hugo Savino, Mariano Fizsman, Milita Molina, Naúm & Vale, Bar El Federal, Gordo Bereslawski, Café London, Pierre Andricq, Biblioteca Icana, Alianza Francesa de Buenos Aires, Familia, Lucía, Plaguita; Rodrigo Fresán, Enrique Vila-Matas, Andrés Calamaro, Andy Chango, Martín Kohan, Adolfo Aristarain, Alan Pauls, Francisco Bochatón, Alejandro Zambra, Gonzalo Garcés; Bar Marabú, Juan Pablo, Ainhoa, Rodrigo Pinto, Marisol García, Sokol, Lucía Ponce de los Reyes, la S que no está, la política del barrio, Antonio Díaz Oliva, Ana Baena, rutas imaginarias y reales por Buenos Aires, Santiago, Londres, Barcelona y Zaragoza, blogs que nos visitan y visitamos…
 
 
Martín Abadía – Roberto Santander – Emiliano “Mome” Marilungo