“Ahora bien, los ataques de naturaleza política – y no sólo en el caso de este libro – suelen caracterizarse por una ceguera total y absoluta a las cualidades literarias y humanas de su blanco y, curiosamente, los iniciadores de las vendettas políticas son casi siempre personas de escaso talento que no se limitan a poner sus dotes a prueba en un panfleto, sino que tienen pretensiones de dominar otros géneros.”
Adam Zagajeweski, prólogo a Mi siglo de Aleksander Wat.
Osvaldo Lamborghini era un animal de escritura – su gran problema social fue la falta de talento. La gente de talento puede hacer cualquier cosa para ganarse el respeto social, cosas decentes, por supuesto, no hablo de tejes y manejes balzacianos, no, hablo de un trabajo: psicoanalista, profesor, periodista. Empleado es más difícil. En el mundo de la literatura no es bien visto. Les bastó con Kafka, que no era exactamente un empleado, era abogado en una empresa. Osvaldo Lamborghini era un animal de escritura, sólo era bueno para eso, sólo servía para eso. Su pecado social. Su falta de talento era notoria. Osvaldo Lamborghini tenía genio: hacía lo que podía. Lo dice Ingres, que separaba a la gente de talento, los talentosos, gente que podía hacer lo que quería, de los genios, gente que sólo hace lo que puede. Osvaldo Lamborghini sólo podía hacer lo que podía, escribir. Sólo era bueno para eso. La lista gente sin talento es larga (pero menos, mucho menos, que la de los talentosos): para mí la encabeza Joyce. Santo patrono de los escritores sin talento. Cuando Osvaldo Lamborghini se fue a España tenía una fama ultra secreta. Ricardo Strafacce cuenta la epopeya de la escritura Lamborghini en su biografía. Justamente, tal vez sin proponérselo, muestra las diferencias entre el talento y el genio. Ahí está. En este pequeño panfleto sólo quiero hacer notar el efecto linchamiento post-morten que desencadenó la biografía de Osvaldo Lamborghini.
Pequeño recorrido para la gente que por motivos difamatorios necesita no leer la biografía, otros no la leen porque no quieren, y está bien, no hay obligaciones de lectura. Se puede amar a un escritor sin leer su biografía. Esos no me interesan, acá. Me interesan los que no la leen deliberadamente porque de lo contrario todas las acusaciones que levantan contra Osvaldo Lamborghini se caerían como el albergue Warnes. O como el Muro de Berlín. Castillo de naipes. Osvaldo Lamborghini se fue a España con tres libros editados. Casi todos apostaron a su sequía “creadora”. No se dieron cuenta de que sólo se secan los talentosos. Después de su muerte, se publicaron Novelas y cuentos y Tadeys. Empezó la lectura, y la fama. La Universidad empezó a ocuparse. Los primeros gritos se escucharon en esa dirección. La impresión fue que lo querían proteger de la Universidad. Del famoso discurso universitario. El pobre y maltratadísimo discurso universitario. ¿Por qué? Beckett tiene una caterva de universitarios y filósofos que escriben dislates sobre él, y nadie quiere protegerlo. Hasta Adorno, sordo notorio para la literatura, publicó ese bodoque sobre Beckett que es la matriz de todas esas horripilantes lecturas repetidas indefinidamente. Beckett le murmuró al oído a Siegfried Unseld, editor de ambos, cuando terminó de escuchar pacientemente la conferencia de Adorno sobre Fin de partida: “Es eso el progreso de la ciencia: que los profesores puedan obstinarse en sus errores”. Viene un período de relativa calma. Después a un editor se le ocurrió sacar las Obras completas de Osvaldo Lamborghini, cuatro tomos. Escándalo. Los angustiados apostaron a la no venta. Se vendieron. Hubo un suplemento de cultura que le dedicó un número. Ahí, algunos se esmeraron en mostrar que su fama era inmerecida. Gritos, enojos, como si se tratara de Paul Claudel. Hablo de casos. Como quien dice el caso Cézanne, pongamos. O el caso Claudel. Osvaldo Lamborghini rompió el círculo de la fama secreta. Empezó el resentimiento y la venganza. Strafface pone todas las acusaciones. Al que le interesa, están ahí. Es interesante ver cómo el resentimiento se venga de un escritor de genio. Ya sé que lo dijo Nietzche, pero no basta, hay que ver el trabajo de zapa de la rabia celosa en acción. Mandelstam lo dijo mejor: “en la poesía, se trata de la guerra”. Después vino la biografía y se redobló el malestar. Algunos insisten en mostrar todos los defectos de Osvaldo Lamborghini como persona. La biografía muestra que no son tan extraordinarios. Tan fuera de lo común. Lo extraordinario en esta biografía es la epopeya de un tipo que escribe contra la cultura, o mejor: escribe porque es animal de fraseo. Como Albert Ayler un animal de música. Ese es el gran escándalo. Un escándalo de literatura. Como el de Reinaldo Arenas. Pero insisten. Algunos preparan trabajos definitivos donde van a mostrar lo equivocado que estamos los que amamos la obra de Osvaldo Lamborghini. Pero hay algo sin retorno: Osvaldo Lamborghini rompió el círculo estrecho, podrido, policíaco y ridículo de la familia literaria. Hay lectores sueltos, lo leen porque se enamoran de su fraseo, sí, no de sus palabras, de su fraseo, Osvaldo Lamborghini no era un escritor de palabras, amaba el lenguaje, o sea, amaba las frases, sí, su fraseo, se puede leerlo sin hacer una tesis, sin escribir trabajos definitivos sobre su persona o su vanguardismo, yo no podría, no lo conocí, me hubiera
encantado, no, leerlo para uno, usarlo, citarlo. Otros se la agarran con su Niño proletario para deschavar algún desviacionismo ideológico. ¿Cuál sería? Pero este panfleto no es para denunciar nada, ni a nadie. No. Tampoco busca conciliaciones o acuerdos. No. Es una respuesta a la lectura de la biografía, que me prestaron. Ningún lector en serio acuerda o concilia una lectura con otro. Eso es para buenos alumnos. Para tipos que siguen esa maldición escolar sarmientina. Yo, por ejemplo, no quiero que nadie me enseñe a leer. Eso se aprende en el primario. Leo solo. Muchos amigos a los que respeto, leen solos. A mí me gusta leer a Osvaldo Lamborghini, no me interesa saber cuáles fueron sus opiniones políticas, o estéticas, creo que con algunos de sus puntos de vista acerca de la estética disiento, con las opiniones ideológicas, no sé, no las conozco y es un asunto privado, o las que conozco me vienen de sus difamadores, firmadas sus difamadores, es suficiente para no entrarlas, que se desgañiten en los cafés, de rabia, pero lo que es muy obvio, es que las opiniones políticas de Osvaldo Lamborghini no tuvieron ninguna influencia perniciosa, me corrijo: no tuvieron ninguna influencia. Lo que sí tiene influencia es su literatura, su posición frente al lenguaje. Sus puntos de vista acerca de lo que hace el lenguaje. Eso sí. Y mucha influencia. Hay muchos lectores. Y tipos que escriben y se inspiran, y sueñan con ese estilo. Lo imitan. Se quieren contagiar, lo estudian. Hablan en los bares. Algunos son medio religiosos. Eso sí, eso no lo niego, y genera malestar. Porque es incontrolable. Y ese malestar se disfraza de justicia, de objetividad, pero en realidad, es una rabia silenciosa, estragante, que los vuelve repetitivos y machacones, y no pueden aceptar que Osvaldo Lamborghini los venció en el tiempo. Imperdonable. Es curioso ver cómo se juntan en el territorio de la aprobación todos los resentidos que tienen que dar su opinión sobre Osvaldo Lamborghini. ¿Por qué hay que dar opiniones? ¿Qué es ese concepto ruinoso, mediocre y lastimero de la justicia literaria? ¿Quién la dicta? Leer Sale el espectro de Philip Roth. Amy Bellette lo dice en una carta al Times. Estos tipos corren presurosos a dar testimonio, más que testimonios, son denuncias. Osvaldo Lamborghini era un arquitecto de lo sonoro. Amaba el lenguaje. Pasaba las palabras por la boca. Las sacaba en frases. Masticaba sus frases. Se deleitaba en Mansilla: “Mansilla se demora, espera, / al doctor Macías. Hasta que no puede esperar / esperar más. / Parten… / los caballos…”, que bello, por favor, y amaba a Eduardo Wilde. Amaba la precisión de Kafka. Y a Horacio Quiroga. Nada grave, socialmente hablando. Gustos propios. Su condena es el animal de escritura que llevaba adentro. No lo podía controlar. Los contemporáneos son la mala leche. Se denuncian mutuamente. En nombre de alguna justicia ejecutan genios si el poder político se los permite. Pero no vayamos tan lejos. Como dijo Lorenzo García Vega en una conferencia, que escuché con un amigo, él es testigo, dijo algo así, si mal no recuerdo: “hagan de cuenta que no dije nada de esto.” Así que hagan de cuenta que esto último no lo escribí. La corporación de escritores, cada tanto, se higieniza ideológicamente. Exige cada tanto la higiene ideológica. Van de todas las corrientes y géneros al mismo juzgado. Sobre todos la corriente estudio de géneros. Para salvar lo cultural. Es obvio que lo cultural no era el proyecto de Osvaldo Lamborghini. Ni su destrucción. Tampoco se veía en la gran cultura. Lo digo por lo que escribió. Pero como parece que sus viejos colegas destripan sus sueños diurnos, sus pequeños delirios de grandeza o de gloria, la biografía deja claro que tenía una vida, también iba al café, alguna vez fue joven en la edad, se soñó algo, alguna gloria, más o menos como todos, la gloria, ¿quién no?, vamos, un esfuerzo de reconocimiento, a recordar. Sólo que por esas cosas del genio, salió de la estrechez de la
familia literaria. Imperdonable. Tampoco iba por las causas. Sólo era bueno para escribir. La biografía de Strafacce muestra esa epopeya, un tipo que se va convenciendo a los golpes de su falta de talento. Todos le dicen que es talentoso, que puede, por ejemplo, ganarse la vida como psicoanalista, entrando en alguna escuelita, pongamos, o que era un brillante periodista -¿acaso una mesa de periodistas no lo aplaudió cuando entró a la Giralda de Constitución con Sergio Rondan?-, pero Osvaldo Lamborghini duda de su talento, siempre en el sentido Ingres. Busca trabajo. Lo va a ver a César Contino. Él mismo llamaba a eso su proyecto kafkiano. Servir sólo para escribir no se paga bien. No se paga ni un peso por eso. Ningún dinero alcanza. Ya se teorizó mucho al respecto. Casi todos los filósofos de instituto se ocuparon del tema, bien pagados. Cada uno de esos tipos tiene su Barthes bien aprendido. Pero no leen a Simon Leys. Otra vez: hagan de cuenta que no escribí esto. No hay como ellos (los filósofos de instituto) para hablar de lo mal que vivieron los escritores. Es conmovedor. Amy Bellete, la viuda de E.I. Lonoff le escribe al Times una carta: “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes usaban la literatura para pensar. Ese tiempo pronto llegará a su fin. Durante los años de la guerra fría en la Unión Soviética y sus satélites de Europa del Este, los escritores dignos de ese nombre fueron proscritos: hoy, en los Estados Unidos, es la literatura la que está proscrita, como capaz de ejercer una una influencia efectiva sobre la manera que se tiene de aprehender la vida.” Es notable la insistencia de algunos autores en querer desempeñar todavía un papel, y algunos apoyándose en la justicia literaria. Como chivo expiatorio: el genio de algunos otros. Los talentosos se quejan de que el salario no les alcanza. Y buscan el pelo en la leche. Simon Leys me ayuda más que Barthes para leer a Osvaldo Lamborghini, yo no leo textos, leo libros, por eso Simon Leys. En un libro que se llama La Felicidad de los pececitos, si traduzco bien, en el artículo Marginales, dice algo sobre la manía de analizar retrospectivamente la conducta de los escritores que me viene anillo al dedo:
“EMERSON TIENE RAZÓN: “Dante era un invitado desagradable, y por eso nadie lo invitaba a cenar”.
Recuerdo estas palabras cuando leo la reseña idiota de una biografía de Solyenitzin. El crítico del que se trata parece chocado cuando descubre que Solyenitzin tenía pocas pulgas. Un poco lo sospechábamos: si hubiese sido modesto, conciliador, complaciente, diplomático y fácil de tratar, habría sido un agradable vecino de campo – pero ¿cómo diablos se habría convertido en Solyenitzin?”
Este Simon Leys para Osvaldo Lamborghini, para que se vea mejor el odio y molestia que se armó con la salida de la biografía que escribió Ricardo Strafacce. Porque la escribió. Hay que recordarlo. Están los que dicen que la literatura de Osvaldo Lamborghini es un invento, en el sentido más porteño, y también en el de la teoría del complot: ¿un grupo de amigos? ¿inescrupulosos que aprovechan la fama de Osvaldo Lamborghini para construir su propia fama? ¿el lobby universitario? ¿el lobby editorial? ¿el lobby de los suplementos? ¿el de los jóvenes irresponsables? Muchos lobbys, que mutan. Que viven en paralelo como en las novelas de Philip Dick. No puedo privarme de citar otra vez a Simon Leys –lectura no apta para almas bellas, abstenerse almas bellas, ya que citamos la figura de Dante. “Cuando Sartre declaró que Mauriac no era novelista, la víctima habría podido consolarse pensando que este mismo juez había descubierto igualmente que Orson Welles no era cineasta.” Con Simon Leys se pueden multiplicar las citas. Es realmente un autor pernicioso para la maldición escolar que gobierna la crítica literaria. Pero no es el asunto, aquí. Tampoco la crítica. Borren lo que escribí. Mucha gente hecha en el sartrismo todavía hoy es juez importantísimo en la distribución de jerarquías en la Argentina, jueces de literatura. Pero Osvaldo Lamborghini escribió esto, que nunca veo citado: “Mi conclusión es que la literatura no les interesa, es el pretexto; el ´texto´ es algo demasiado elevado –sagrado- para dejarlo en manos de irresponsables como Joyce o Artaud. El texto es cosa de la Universidad, institución a la que le importa un pepino volverse musulmana o marxista-leninista-pictogramática con tal de conservar intacto su propio poder. Esto lo sabemos desde hace tiempo. Sabemos que lo único que quieren estos profesores es hablar de ellos mismos”.
Nunca la veo citada, a esta frase, otra vez, por favor, un esfuerzo de sinceridad, aunque a la sinceridad no se la pueda decir toda, porque parece que siempre falta en algún lugar. Pero bueno, y la última vez: Simon Leys: “Hay obras que ganan cuando no son entendidas”. Osvaldo Lamborghini fracasó en el talento, eso le hizo creer a sus rabiosos contradictores que apenas eran esos tres libros y un poco más. Nunca contaron con el aspecto Ingres.
Pablo Brameri
“Lo que me interesa es el límite de toda tentativa de totalización, de reunión, el límite de este movimiento unificador, el límite que [tal movimiento] tiene que encontrar, porque la relación de la unidad consigo misma implica alguna diferencia”
En el límite, en ese espacio inextenso que llamamos frontera, es donde procede la torsión de la verdad. Hacia allí marchan nuestras intenciones, tan libres como se pueda ser libre, siquiera en el disparo de largada. Nadie verterá aquí opiniones definitivas ni dogmáticas: hablar acerca de la verdad con pretensiones de verdad es, por lo menos, una pérdida de tiempo. Se lo dejamos a los – tantos – sabihondos con vocación de celadores que andan por ahí, aferrados a la cuerda que los justifica aún cuando no saben de dónde está sujeto el otro extremo, el que no sabe de sus manos temblorosas.
Hay pensadores que creyeron ver en la hostilidad, en la guerra, en la perpetua tensión entre contrarios la naturaleza del mundo y también la del hombre. Pensadores de la talla de Heráclito o Nietzsche por ejemplo. Según esta postura, el hombre – y por tanto sus productos – viven, son en una pugna infinita entre opuestos. Historia hostil la del hombre en esta concepción.
Para remontar cualquier aspecto de la separación (o de la comunión) entre filosofía y literatura, hay que regresar hasta el principio, en este caso el principio del pensamiento occidental. Me estoy refiriendo al paso del mito al logos, al desplazamiento desde un modo de ver – y por tanto, de narrar, de escribir – el mundo al otro.
El Caso Parménides
La obra de Solari, tal como hoy en día sigue profundizándose, comprueba como cualquier otra obra poética, además de un sistema de ideas, uno de figuras. Probablemente erre en esto último e infiera luego que ambos no son sino el mismo. El primero, el sostén ideático, se sobrepone sutilmente al segundo, dándole sentido a cada una de estas figuras. El segundo, que hace a lo descriptivo, a lo estético, y en último caso, a lo sensorial, es la cara entrevisible de la poesía, lo panorámico y lo focalizado, el detalle y su acomodamiento, la exactitud con la que una idea se expresa, el valor de cada palabra en consonancia con las demás para auxiliar el destino desesperanzado al que zozobra toda idea poética cuando no es expresada, no con claridad, sino con el exacto lenguaje que ella misma exige, para prevalecer en tanto idea y en tanto devenir de una idea en la imaginación de quien la interpreta.
Hacia 1986, Solari declaraba, “de prosperar en el tiempo este orden sistémico en el que vivimos, la personalidad más apta para la supervivencia es el psicópata. Quizá los psicópatas sean la desgraciada vanguardia de un nuevo sistema nervioso, aquel que va a poder soportar las rígidas tensiones del orden sistémico. (…) Para mí los psicópatas son héroes urbanos que no han tenido éxito en su relación con los demás.” No obstante, la figura del psicópata –el sujeto a todas horas más empático con respecto a un pulso poético alienado por “intentar sonar como Charlie Manson”- supone algo más que marginalidad y desenfreno; en su forma más que descarnada, excesiva, tal como la poética que se avecina a describirlo, el psicópata supone la diferencia, la anomalía, la voluntad de ejercer algún claroscuro al tan límpido horizonte del orden sistémico. El psicópata es aquel hombre que huele a revolver caliente, a error dulce, a bella dolencia de quien se abalanza sobre el vértigo de acometer, en la forma más absoluta que se pueda, algún tipo de realización humana de orden superior: la misma que el poeta se impone al imaginar. Dado que el orden prospera en la consigna “curar o matar” (Nueva Roma), ejercida en la más brumosas y ambiguas de las condiciones en las que un hombre pueda decidir (“puede fusilarte hasta la Cruz Roja, nene, en esta vieja cultura frita“) gratificado por el beneficio del pasatismo, la frivolidad o en todo caso el olvido que hace del horror algo meramente sucedáneo (“Pasó de moda el Golfo, como todo, ¿viste vos? / como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás“) el psicópata se embandera en vivir una suerte de redención personal que consiste en ir hasta adonde ya no puede irse, hasta el final del ejercicio de un cuerpo y un alma –como lo presumió Rimbaud- a través del cual alguna verdad le sea conferida. Es, en lo particular, “la mosca en la sopa,” pero consecuentemente, en lo general, “la mosca y la sopa,” la angosta brecha que se abre entre él y la coyuntura social que lo atenaza.
En consecuencia, todo indica que la intención de Solari es en buena medida cristalizar la singularidad del psicópata sometiéndolo a situaciones límites, para que responda en todos sus pormenores, para hacerlo apretar el paso en los peligros “pocos sensatos” que esperan a aquel hombre capaz de cruzar la más delgada línea de la coerción social. Cristalizarlo en su arrebato (“cada día veo menos, cada día creo menos, cada día veo menos -creo-, ¡menos mal!”) en su apresamiento (“preso como un animal, como un animal feroz, ¿así las cosas? La fiera más fiera… ¿dónde está?”) o bien en su cura (“Definitivamente limpio, definitivamente curado, ¡así también te ves bien! Ciego de felicidad, tu cerebro es un jabón; muchas veces, muy pocas veces, se te escapa un poquito el Diablo…¡así también te ves bien!”) y suscitar así su cara más enfática, su color más vivo. Ennoblecerlo en su arrojo y su afán demencial de crear en este vida espacios de intensidad (ya no sagaces, ya no útiles) que el orden sistémico asigna tan solo a las excrecencias del ser. Mirarlo con desdén, con sorna, con alegría, con piedad, pero nunca abandonarlo a la corrección social que, por su atrevimiento, lo expondría indigno a los ojos de este mundo. Hombres capaces de liberar sueños que son venganzas, paciencias que son culpas, batallas secretas en el silencio de una vida que “cuesta la vida,” que precisan de la fuerza misma del dolor de toda una vida para llegar a algún tipo de concilio consigo mismas. Seres cuya rapacidad es un fin en sí mismo. Rapaces y finales.
…palabras, sólo palabras. Palabras ardientes, recalcitrantes, palabras empedernidas e indiferentes. Palabras sofocadas de tanto correr en la huida del sentido, la huida eterna del acérrimo enemigo. Una habitación infesta, desangelada…quiero decir: la habitación modélica del adicto: sin objetos de valor, sin enchufes sanos, sin paz. El hombre de los huesos marcados en la piel detecta con el rabillo del ojo la llegada del frenesí. Sus ojos ya no sirven, ni sus manos, ni su pija, ni sus piernas. No sirven al menos para lo que él quiere, para lo que necesita. El estallido se produce: allí está la palabra rondándolo violentamente sobre su cabeza, como un murciélago espástico, enloquecidos ambos en el encierro de la habitación. El hombre sabe, ya sabe…observó demasiadas cosas como para no saber: la lucha es inútil. El hombre traga la palabra como si se tratara de cien litros de aceite capilar. Cree que va a morir, y de algún modo está en lo cierto; pero momentáneamente la tortura cesa y la palabra regurgita desde sus entrañas, surge desde sus labios y resuena aterradoramente en la habitación, se posa en el viento y asume la eternidad.
Los poemas de Lami – que en verdad se distribuyen entre poemas, prosas poéticas, fragmentos de cartas y otras yerbas – reflejan (como la nada refleja en el espejo ese vapor que nos desvela en las malas noches) un estilo de vida beat ya rendido, desastrado, entregado al inexorable futuro de una nueva dimensión, se llame esta muerte, locura o misticismo. Van Buskirk está enmarcado en la Generación Beatnik porque Ginsberg le tenía algún cariño y porque su propio estilo se nutre de algunos motivos típicos de Burroughs pero en realidad no pertenece a ninguna “generación”; en todo caso pertenece de otra manera, pero en lo que respecta a su manera de escribir, a su universo literario, Van Buskirk se hunde en un vacío que sólo alcanzaría un Kerouac viviendo como Burroughs.
El primer Wittgenstein – el del Tractatus – dice, en el comienzo de su trabajo, lo siguiente:
Van Buskirk, por su parte, no tiene dudas, no tiene tiempo para inventar dudas. Sabe qué es ese algo demasiado fuerte que no se soporta. Aunque, más que su qué, conoce su escalofriante cómo: “Al mundo que despierta le han dado cuerda al revés, cuerda negra”. El camino invertido, el lento desandarse de los adictos perdidos, el retorno hacia el vacío que ahora ya no está tan vacío, que no puede estarlo, que está poblado por los fantasmas de los hechos, los fantasmas de los fantasmas. Van Buskirk tuvo tiempo tan sólo para un último lapso de lucidez, un postrero escupitajo hacia el mundo referencial y aparente, con cáustico cariño:
No leo mucho, no tengo tiempo. ¡Demasiados años perdidos en tantas tonterías y en prisión! Pero me presionan, me ruegan, me molestan. Es imperioso que lea, parece, una suerte de artículo, el Retrato de un antisemita, de Jean-Baptiste Sartre (Les Temps Modernes, diciembre 1945). Recorro esa larga tarea, le echo un vistazo, no es ni bueno ni malo, es nada, pastiche… “A-la-manera-de”… Ese enano de J.-B. S. leyó l’Etourdi, l’Amateur de Tulipes, etc. Quedó prendado, evidentemente, no sale más… ¡Siempre en la escuela este J.-B. S.! siempre con los pastiches, “A-la-manera-de”… También a la manera de Céline… y de muchos otros… “Putas”, etc. “Cabezas de recambio”… “Maïa”… Nada grave, por cierto. Arrastro en el culo una buena cantidad de esos “A-la-manera-de”… ¿Qué puedo hacer? Sofocantes, rencorosos, cagones, traidores, semisanguijuelas, semitenias, no me hacen ningún honor, no hablo nunca de ellos, eso es todo. Progenie de la sombra. ¡Decencia! ¡Oh! No le deseo ningún mal al enano J.-B. S. ¡Su destino ya es bastante cruel! Ya que se trata de una tarea, yo le habría dado con gusto siete de veinte y no se habría hablado más del asunto… ¡Pero en la página 462 el soretito me desconcierta! ¡Ah! ¡El maldito culón podrido! ¿Qué osa escribir? “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron.” Textual. ¡Epa! Eso es lo que escribía ese pequeño escarabajo mientras yo estaba en prisión corriendo gran peligro de que me colgaran. ¡Maldita lacra atiborrada de mierda, salís de mi culo y me ensuciás! Ano de Caín. ¿Qué querés? ¿Que me asesinen? ¡Es evidente! ¡Aquí! ¡Cómo te aplastaría! ¡Sí!… Lo veo en una foto… esos ojos grandes… esa tricota de crochet… esa babosa con ventosas… ¡es un cestodo! ¡Qué no inventaría este monstruo para que me asesinen! ¡No termina de salir de mi caca y ya me está denunciando! Lo más fuerte está en la página 451: “Un hombre que encuentra natural denunciar a los hombres no puede tener nuestra concepción del honor, incluyo a aquellos de los que él se vuelve benefactor, él no los ve con nuestros ojos, su generosidad, su dulzura, no son parecidas a nuestra dulzura, a nuestra generosidad, no podemos localizar la pasión”.
Lo primero que me viene a la memoria cuando pienso en Nacho Vegas es una melodía que no precisa letra. Extraño tratándose de un músico cuya lírica es tan personal como abrumadora. La melodía en la que pienso y el disco que la contiene llevan el mismo nombre: Actos Inexplicables. Se escucha más que todo el mar (pero a lo lejos), la montaña (pero a lo lejos), y el frío, sobre todo el frío, y poco fuego al que acercarnos. Me dirás, parece música incidental. Me dirás, parece el sonido del final o del principio de un film. Y podría decirte que sí, pero que el film no es más que un continuo ruido blanco con la imagen fija de una tierra gélida, desamparada, y un áspero vaticinio, igualmente gélido. En ese zona todo te parecerá un principio o un final infinito, pero te vas a dar cuenta de que es sólo una sensación: de que no habrá más que un nudo al que no podrás percibir como tal. Lo sabrás porque empezará a anidar en tu interior. Te sabrás atenazado por él, cautivo de él, inamovible. Caminando sobre tus viejos pasos, adivinando tus pasos futuros. Como nudos, como espiroquetas, como signos de interrogación sin preguntas en medio.
“Dentro de este horror no hay literatura”, cantas en Ocho y Medio. No obstante, tus letras tienen mucho de literatura. Hay algo extraño que ocurre con tus letras, que no ocurre con las de la mayoría de los músicos: al tomar una letra y leerla, me doy cuenta de que no se adaptan a un número definido de versos y que tampoco son versos libres. Más bien parecen ser relatos muy precisos, escritos desde un lugar diferente al de un músico que espera musicalizarlos. De tus primeros discos, a estos últimos, ¿de qué maneras trabajas las letras? ¿qué cambios notas en la forma de encararlas desde tus primeros discos? ¿No crees que hay una tendencia a buscar cierta historia prosaica, más que de llenarla de imágenes y evocaciones líricas?
En ocasiones pareces encariñarte con ciertos límites que, en algún punto, resultan perturbadores, convulsivos. ¿Te interesa incomodar a quien te escucha?
Cabe la posibilidad de que en La Sed Mortal seas el objeto de todos esos perdones. ¿Pero no cabe la posibilidad de que la misma canción –el hecho de componer esa misma canción- fuese una manera de disculparte a ti mismo?
Eres fruto de una generación que pasó de la apatía grunge a la frivolidad con una velocidad abrumadora. Tu música misma sufrió un cambio bastante precipitado, desde el sonido más sucio y afilado de Manta Ray a estos discos de corte más introspectivo que ahora conforman tu carrera solista. ¿Cómo ves el panorama hoy día, desde tu lugar de artista? Si miramos adelante, ¿qué ves?
Un nuevo libro supone -como un principio algo dogmático, quizá- una lectura libre de antiguas marcas. Sin embargo, y tras leer el recién editado El Fondo del Cielo, del escritor argentino Rodrigo Fresán, entiendo también que un nuevo libro viene a consolidar ciertas obsesiones, a sumar partes al gran juego de una obra, a confirmar sospechas y a erradicar falsas hipótesis.
Las convenciones de la ciencia-ficción, como ya he dicho que el mismo Fresán sostiene, intentan ser subvertidas. Se trata de escribir una ciencia-ficción al revés, hacia atrás. Pero la idea tiene que ver, presumo, con una desconfianza hacia la idea de futuro, la cual, por lo demás, ha estado asociado a una mala concepción de lo que entendemos por progreso. Parafraseando a un grupo rock argentino: el futuro llegó hace rato. La desconfianza hacia este tipo de discursos no está presente sólo en El Fondo del Cielo. Es posible rastrearla en otros libros del autor. Cito como ejemplo un fragmento de Mantra:
Hay otro planeta: un planeta que ya había aparecido en Trabajos Manuales (“Urkh 24, un lejano planeta al borde de la nebulosa de Nim” p.68 ) y también en La Velocidad de las Cosas. Y ahí, en la segunda parte de la novela, es donde el texto, a mi juicio, alcanza sus niveles más altos. La contundencia de una voz con gran fuerza expresiva y dramática que narra, por una parte, la expedición de unos soldados por Irak y, por otra, ese narrador no-humano que habla sobre los hombres desde la distancia, emulando un verdadero relato de ciencia-ficción, pero cuestionando el género.
Y también tiene otro gesto: juega con la historia actual como escenario. La ya mencionada Guerra de Irak, la caída de las Torres Gemelas, sirven de escenario para que la voz autoral -y aquí está su gran virtud- narre desde el futuro. Porque lo que El fondo del cielo esconde, lo que evita aduciendo no ser una novela de ciencia-ficción, es que lo que se soñó ya llegó, ya está entre nosotros. Todos los sueños contados en esas novelas de Dick u otro, son posibles de encontrarse acá. ¿Cómo y para qué escribir ciencia-ficción, entonces? Fresán parece sostener que los extraterrestres nunca llegaron porque siempre han estado acá. Y que nadie de afuera destruirá nuestro mundo, sólo observarán –desde Urkh 24, por ejemplo- como nosotros nos encargamos de hacerlo.