Quiero dedicar estas notas a los únicos tres casos en torno a Werther de los que en la actualidad tenemos información difusa aunque no inverosímil. Según Pierre Ajame, el fenómeno que suscitaría la obra hacia 1778 no estaría más que rodeado de malentendidos.
La inspiración y el culto narcisista que fuera el leitmotiv de los románticos, acaso hoy podamos verlo como un entretejido de otros Werthers funcionales al original, sujetos a los que la extemporaneidad o el castigo de un origen impreciso sobre la Tierra expulsarían inevitablemente de la obra.
El primero, según Ajame, data del siglo XVI. Infante ilegítimo de una noble estirpe florentina, “no creció más que para entrar en la Iglesia” y muy prontamente buscó el camino de la teología. Una modesta fortuna lo habría predispuesto a una vida holgada y en permanente tránsito: pasó una larga temporada en Polonia, luego de habitar en Alger y Alejandría. Por entonces conoció algunas buenas mujeres de las que se enamoró fatalmente, entre ellas una joven esclava de sangre española a la que no pudo más que enviar de vuelta a casa a causa de su virginidad. Hëust Lauthus habría sido un joven solitario durante su primera juventud; defensor de la vida dilettante, se alejó de las supersticiones de sus contemporáneos atraído por las ciencias ocultas. Nadie niega una contradicción a este respecto. Su ligazón al inefable mundo de la alquimia lo llevó a la pronosticación; vaticinaría que “la ley cristiana, la judía y la mahometana no serían más que tres fecundas imposturas”; más tarde, la frase sería atribuida a su némesis, Albérico de Numi. Aliado de bárbaros y cirujanos repatriados, confeso discípulo de Plinio, acaso la rage de savoir no previese el desatino y la cólera de sus últimos días. El hermetismo lo condenaría al abandono de sus colegas y aún a la muerte. Goethe secretamente valoró su “impiedad y ateísmo” (Goethe, 1821, 75), lo que llevara a Lauthus a la mesa de ejecución hacia 1569. No obstante, el hecho no es comprobable. El D’Atala à Zazie (Pierre Ajame, 1981, 395) corrobora que hubo de quitarse la vida un año antes, al recibir una negativa de su primera enamorada Jeannette Fauconnier.
Tenemos poca información del segundo caso, aunque no falsas intuiciones. Su origen así como la procedencia de su fortuna permanecen injustificables. Se supo que era hombre de ciencias hasta que se consagró absolutamente a las letras cuando hubo de consumar una educación con ciertos visos autodidactas: Uther Rouen no viviría más que hasta los treinta años alojado en una gigantesca biblioteca que albergaría cincuenta mil volúmenes. Siempre anémico y de un incurable nerviosismo, sus biógrafos no descartan ciertos accesos de esquizofrenia. Amaba los perfumes, el culto de los objetos y la rebeldía banal; su ideal de mundo habríase detenido en la obra de Rabelais. Rouen pasaba sus días mofándose de su derredor y de sí mismo. Expulsaba amantes con las mismas ansias con las que se arrojaba a una tristeza “perfecta”. Compuso algunas obras que permanecieron en el anonimato. Hoy en día aún son asequibles bajo el rótulo de Memorias del pensionario, larga observación sobre el mal, el flagelo del amor y el displacer del sexo. La única mujer a la que amó practicaba el ventrilocuismo en un pueblo de las afueras de Munich. Rouen nunca pudo tolerar que fuese presa de una insalvable enfermedad venérea que traería consigo su muerte. Se quitó la vida pocas semanas después en su casa de Weimar.
El tercer caso es acaso el que Goethe haya escondido con mayor celo. En las notas que no formarían parte de Poesía y Verdad dejó algunos indicios acerca de Thèrese Amaris, quien fuera su primer Werther al igual que su primera amante y a la que descartaría de su obra por ser fémina. Thèrese era pálida y hermosa, de una sensualidad abrumadora. Habría nacido en Erfurt y desde una muy temprana edad fue confinada al sacrificio de una vida campesina. La pobreza de sus primeros años la condujo primero a la envidia y luego al orgullo. Amante efusiva, odiaba el campo y atravesó la desdicha de un matrimonio insensato que la alejase de su pasado. Así se iniciaría una larga escalada de amoríos siempre agrios. Thèrese no desestimaba el dinero tanto como la tristeza. Fue presa de la aventura y de la ingenuidad, acaso dos caras de la misma moneda. Diversos sujetos le ofrecieron el bienestar de la vida burguesa que siempre había deseado a cambio del placer de pasearse junto a ella; en realidad, los ofrecimientos eran insinceros y vanos; ella rechazaría oscuramente a todo aquél por el que no valiese la pena sufrir.
Las notas de Goethe aluden a un suicidio fallido a la edad de treinta años. Moriría diez años después al ingerir una dosis de arsénico.
M.A