La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Cientos de comienzos vanos – Francis Scott Fitzgerald octubre 8, 2008

 

 

 

 

Cientos de Comienzos Vanos apareció en 1996 en Magazine Litteraire.

Traducción: Martín Abadía

 

 

 

 

                                                                                                                                                         fitzreading

Crack ! La pistola da la señal de partida. Ha de esperar hasta el momento preciso. Muy frecuentemente comienza luego del disparo. Si es un día de suerte no hace más que algunas yardas, mira a su alrededor y, completamente apenado, vuelve a su lugar. Pero en general, ¡qué desgracia!, recorre la pista de un punto a otro con la impresión de ser el amo del terreno y al llegar se da cuenta de que nadie le ha seguido. Hay que volver a hacer todo el trayecto.

Un entrenamiento más severo, muchas caminatas, renunciar a los aperitivos, nada de carne por la noche, ignorar los problemas políticos…

Así es como podría describirse la práctica del escritor profesional, quien se ubica entre los campeones de los comienzos vanos: yo mismo. Abro un cuaderno forrado, trabajado en cuero, que muy pomposamente he bautizado: cuaderno de notas, y arranco al azar una de sus gruesas páginas. De un lado, la estampa de un sello; del otro, estas palabras: Boopsie Dee era coqueta.

Nada más. No hay ningún indicio de lo que pudo provocar una afirmación tan descabellada. Boopsie Dee, de hecho, no se presenta en mí sino a través de este único dato perentorio. Jamás sabré lo que le sucedía, en qué lugares y durante qué curcunstancias se hizo de este nombre atroz, o en qué su coquetería supo serle nefasta.

Arranco una segunda pieza de papel.

 

“Artículo: acciones desagradables que puede cumplir una mujer - y en paralelo: acciones desagradables que puede cumplir un hombre.

En primer lugar: suprimir su ojo de vidrio.”

 

No hay nada más en ese papel. El gérmen manifiesto de una idea, barrido por una crisis de risa luego de haber sido engendrada. Intento hacerlo revivir. A qué tipo de acciones desagradables se libran las mujeres -de nuestros días, en el mundo entero- o más bien: ¿a qué tipo de acciones desagradables se libra una amplia mayoría de ellas, o una importante minoría? Entreveo algunas nociones confusas -pero no, se trata de una idea muerta. Sólo recuerdo un eco, leído no sé dónde, acerca de una mujer que solicitaba el divorcio a causa de la manera en que su marido cortaba las chuletas; ella se reprochaba no haberlo sometido a un “test de chuletas” antes de haberse casado. No, decididamente; todo se relaciona con una vieja época de oro, donde el solo crujido de los zapatos de un padre podía justificar toda una depresión nerviosa.

 

Poseo diversos fragmentos de este orden. No todos tratan acerca de la escritura. Algunos evocan la posibilidad de hacer retirar una tropa de Ouled Naïl del África, o de montar en New York el teatro Grand Guignol de París, o de restablecer el football en Princeton -tengo dos diagramas tácticos que consagrarían a sólo una temporada la reputación del primer entrenador. Encuentro igualmente esta nota a medio borrar: “Explicarle a D.W. Griffith por qué los trajes de época volverán a ponerse de moda,” junto con un boceto de adaptación para el cine de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells.

 

Estos pequeños brotes de fiebre no me exigen ningún trabajo – no son más que quimeras de opiómano que se pierden con el humo de la pipa. Soñar con ellos me place tanto que puedo sacarlos adelante. Mis heridas profesionales, las únicas verdaderas, vienen de estas seis, diez, treinta páginas con las que he hecho bollos de papel -soplos malvenidos por tuberías que no los resistían. Ellos constituyen mis comienzos vanos.

 

A partir de momentos así, consulto a veces un puñado de fichas, clasificadas bajo la rúbrica: “Ideas posibles de cuentos“. Estudio, entre otros, los siguientes:

 

- Baño helado en Princeton o en Florida.

- Intriga: suicidio, odio, crisis de locura, pretextos.

- Humillar a alguien o tomarlo por cabeza de turco.

- Bailiarina que descubre que es capaz de volar.

 

 

Todas estas notas me dicen más o menos algo, me traen vagos resplandores. Pero son muy antiguas, demasiado antiguas, y ya no puedo encontrar un enlace creador en ellas más que en mi propia rúbrica o en el redoble de mis suelas en la alfombra. Aquí una que me ha intrigado a lo largo de los años -tan enigmática como la de Boopsie Dee.

 

Cuento: El invierno glacial.

Personajes

Victoria Cuomo

Mark de Vinci

Jason Tenweather

Un ambulancista

Stark, un guardia nocturno

 

¿De qué se trata? ¿Quiénes son estas personas? Estoy bastante seguro de que uno de ellos debe ser asesinado, o ser el asesino. Pero he olvidado por completo el resto de la intriga.

Voy un poco más lejos. He aquí algo que me tuvo cavilando bastante tiempo, un comienzo vano que no era malo, que merecía todo el trayecto.

 

PALABRAS

Cuando tenga necesidad de trajes caros y Ud. se decida finalmente por el más barato, el vendedor ha de mostrarse a menudo bastante inteligente para darle la razón. “Es sin duda el que no se usará sino hasta dentro de un tiempo,” le dice con tono consolador. O sino: “Es verdaderamente el que yo hubiera elegido para mí”.

De esta manera actúan los Trimble. Tenían por especialidad proponerle como el mejor aquel que era justamente de una talla menor.

“Ideal para llevar encima,” decían. O: “Preferimos esperar hasta que llegue algo que nos quede perfecto.”

 

Fue a partir de entonces que renuncié a escribir la historia de los Trimble. Eran encantadores y los hubiese dado a conocer con placer si alguien más hubiera contado su historia, pero, personalmente, soy incapaz de zambullirme aún más en su existencia – es el momento en que nos contentamos con hacer lo mejor, pero sin intentar cambiar las cosas. Por tanto, los he abandonado.

 

Otro problema: la historia de los perros. Amo a los perros. Me encantaría dedicarles un relato en el estilo de Terhune, pero si tomo la pluma, observen lo que produzco:

 

Historia de un perrito

“No hay nada más que un muchacho de rostro marchito, que vende periódicos en la esquina de la calle. Parado al borde de la acera, un amante de los perros se ríe de él con desdén al levantarse el cuello de su gabán. Otro amante de los perros escucha ese gesto de desprecio y sarcasmo al pasar en taxi.

Pero el joven vendedor de periódicos no tiene ojos más que para el animal acostado a sus pies. Una cruza, evidentemente, que heredó de su madre los rizos elegantemente formados del caniche, y de su padre el porte de perro guardíán del gran danés. Pero un canario interviene en tercer lugar, ya que una pluma de un vivo amarillo le roza el espinazo… “

 

¿Ven? ¿Cómo quieren que continúe? Imaginen el número de amantes de los perros que desde todos los rincones de los Estados Unidos escribirán indignados al jefe de redacción dada mi incompetencia.

Acabo de cumplir treinta y seis años. Desde los dieciocho, dejando de lado el breve intervalo de la ORB---Jacobs---Fitzgerald1Vguerra, escribir ha sido mi sola razón de vivir y soy, en todo sentido de la palabra, un profesional.

Sin embargo, aún hoy, si me replanteo las alarmas de otrora (“¡El bebé necesita zapatos!”) y si me siento a la mesa – frente a mis lápices bien filosos, a mi bloc de papel de formato adecuado- atravieso un sentimiento de absoluta impotencia. Puedo escribir un relato en tres días, o -lo que sucede más a menudo- pasar seis semanas intentando generar algo publicable.

Podría abrir un registro de derecho penal en una biblioteca especializada y descubrir allí miles de intrigas posibles. Podría recorrer las autopistas y pasar los obstáculos, los grandes salones y las cocinas, y sacar de allí un puñado de confidencias intimas que servirían indefinidamente en manos de otros escritores. Pero entre las mías eso no conduce a nada – ni siquiera a un comienzo vano.

 

Nosotros, los escritores, somos quienes más a menudo nos obligamos a repetirnos – esa es la verdad. Hemos llegado en el curso de nuestra vida a dos o tres pruebas capitales y conmovedoras -tan capitales y conmovedoras que nos parece imposible en ese mismo momento que hubiese podido ser otro quien fuera golpeado, triturado, asombrado, vencido, salvado, agitado, humillado, recompensado e iluminado. De esta forma es cómo más o menos aprendemos a escribir bien, y volvemos a abordar esas dos o tres pruebas de una forma completamente nueva unas diez o cien veces, tantas que ellas placen finalmente a los lectores.

Si no fuese de esta manera, habría que reconocer que no tenemos personalidad alguna. Cada vez que invento un relato bajo cierto plan, una nueva peripecia, pienso de buena fe que me aparto finalmente de las dos o tres pruebas a las que debo apuntar. Pero siempre sucede lo que en la célebre anécdota de Ed Wynm -aquel pintor de marinos que, en su peor momento, aceptó de un cliente la oferta de pintar retratos de sus ancestros. El contrato está firmado pero la pintura impone una última advertencia: los ancestros corren el riesgo de parecerse a barcos.

Cuando empiezo a sentir que todos mis relatos tiene un aire familiar, busco escapatorias para evitar los comienzos vanos. Si uno de mis amigos me asegura que tienen un tema excelente y me cuenta que fue atracado por piratas brasileros, en una choza de paja quebradiza, en la cumbre de un volcán en erupción de los Andes, con su prometida atada y amordazada en el techo, estoy de acuerdo en admitir que un tema así podría poner en juego todo un abanico de emociones. Pero teniendo la oportunidad de escapar a los piratas, a los volcanes, a las prometidas que se atan y se amordazan a ellas mismas en el techo de una choza, no puedo encontrar emoción alguna. Tanto si ésto ocurre la noche de ayer o hace veinte años, necesito de un impacto emocional para comenzar a escribir -emoción que me sea familiar y que yo pueda descifrar.

 

El verano pasado fui trasladado de urgencia al hospital. Tenía mucha fiebre y todos los síntomas de la tifoidea. Mis cosas no estaban mucho mejor que las vuestras, queridos lectores. Tenía que escribir un relato para liquidar mis deudas más urgentes y me reprochaba sin cesar no haber podido aún redactar mi testamento. Si hubiera tenido realmente la tifoidea, este tipo de cosas me habrían dejado indiferente y no habría hecho el escándalo que hice en el hospital cuando las enfermeras quisieron darme un baño de agua helada. No tenía derecho ni al baño ni a la tifoidea, pero me rebelaba constantemente contra esta mala suerte que me obligaba a pasar dos semanas en la cama en un momento crucial, en completa inacción, sólo respondiendo al tonto cacareo de las enfermeras. Tres días después de haber vuelto a casa, escribí sin embargo un relato que tenía como escenario el hospital.

El material llegó a mí sin que yo supiera nada. Estaba paralizado por el miedo, la impaciencia, la angustia, la aprehensión. Tenía los sentidos en vilo -estado ideal para acumular el material de un relato. Desafortunadamente, no siempre es así de simple. Estaba allí, con la mirada fija en la atroz página en blanco y me decía: “Bueno, tengo a este hombre, Swankins, que conozco desde hace unos diez años y que me gusta bastante. Me contó sus secretos más íntimos y algunos de ellos son -waouh! - ciertamente fascinantes. Lo amenazé con develarlos todos y me respondió: “¡Vamos! ¡A trabajar! ¡Y por sobre todo no dudes en arrojarte al horror!”.

¿Qué podía hacer? Conocí ruinas similares, pero no las había afrontado de la misma manera que Swankins. No había tenido que inventar el mismo tipo de estratagemas para engañar a la policía china, o para escapar a las garras de una mujer. Podía entonces escribir algunos párrafos sutiles que concernieran a Swankins, pero para construir una historia entera en torno a su persona era necesario una pizca de sensibilidad vecina a la suya – imposible.

 

¿Y si, desesperado por la causa, mi imaginación evocaba a una cierta Elsie que, durante un mes, en 1916, me había conducido casi al suicidio ?

 

-¿Por qué no? murmura Elsie. Son emociones que aquel año experimentaste en cantidad. ¿Las habías olvidado?

-No he olvidado nada, Elsie.

-Bien. Entonces, escríbe un relato acerca de mí. Ya hace doce años que no nos vemos. ¿Ignoras hasta qué punto he engordado… o hasta qué punto mi marido me cree un fastidio?

-No, Elsie, yo…

-¡Ánimo, entonces! Me merezco realmente que me dediques un relato. Haz memoria. No dejabas de pasearte a mi alrededor y de saludarme con un gesto tan feliz y triste a la vez que creí que iba a volverme loca antes de abandonarte. ¿Y hoy tienes miedo de comenzar un relato acerca de mí? Tus emociones no son gran cosa si eres incapaz de hacerlas revivir en sólo algunas horas.

-No, Elsie. No comprendres. He escrito acerca de ti una docena de veces. Esa forma extraña que asume tu boca, como de liebre, dejé que se escurriese en un relato que escribí hace ya diez años. La manera en la que tu rostro cambiaba cada vez que te reías quedó en una de las primeras chicas sobre las que escribí. La forma de sorprenderte por detrás para decirte hola, sabiendo que la puerta estaba apenas cerrada y que te precipitarías al teléfono – todo se encuentra en el libro que escribí ya hace un tiempo largo.

-¡Ah! ¡Ya veo! Como no respondí a tus iniciativas, me cortaste en pedacitos y me usaste para rellenar los vacíos.

-Tenía miedo, Elsie. Sabes, no hiciste más que abrazarme salvo aquella vez en la que el abrazo se convirtió en una manera de rechazarme. Francamente, eso no es algo que pueda acabar en un relato.

 

Emociones sin intriga, intrigas sin emoción. Así van las cosas la mayoría del tiempo. Supongamos que, pese a todo, yo hubiera comenzado. Dos días de trabajo. Diez páginas de un tirón y bruscamente: la duda.

 

 

¿Qué hacer si no constituye más que un ensayo? ¿Qué esperar de un trayecto de esta índole? ¿Quién puede interesarse en una chica joven a la que vemos escurrirse como el aserrín de un bosque por un red, quebrarse como el cuerpo de una muñeca? ¿Por qué he complicado la intriga hasta este punto? Estoy solo, aislado, en mi habitación azul parda, con mi gato enfermo, las ramas desnudas de febrero que me saludan detrás del vidrio, una irrisoria cuartilla de papel que afirma. “¡Viva el trabajo!” y la consciencia tan propia de Nueva Inglaterra -la madura Minnesota- enfrentando este problema capital:

 

- ¿Debo continuar? ¿Debo volver a empezar?

 

Debo decirme:

- Tengo algo que atravesar, lo sé. ¿Se alejará si lo pongo en un relato?

 

O bien:

- Maldito burro. Es igual si te desgarras que si lo vuelves a empezar.

 

        Esta última decisión es la más difícil de tomar en un escritor. Tomarla con filosofía, en lugar de desgarrarse durante cientos de horas para resucitar un cadáver o de desenrredar una interminable madeja de cuerdas ensortijadas -he aquí el test que permite saber si uno es o no es un profesional. Sucede que frente a una decisión de tal calibre existe una doble complicación -en las últimas páginas de una novela, por ejemplo, cuando ya no se trata de sacrificar el manuscrito entero sino de tomar de los pelos a uno de los personajes que más prefieres, o de descartarlo, tanto si se aferra como si aúlla, o de hacer estallar, al mismo tiempo que a él, una media docena de escenas bien logradas.

Es entonces que las confidencias traspasan el ámbito seguro de la escritura para alcanzar un nivel más general. Saber en qué momento estamos próximos a renunciar, en qué momento alguien que ya había perdido el equilibrio deviene un peligro para los demás; es el problema que más a menudo se instala en el curso de la existencia. En nuestra juventud, aprendimos que la actitud más simple era jamás renunciar ya que estábamos circunscriptos a obedecer reglas de un orden más sagaz que el nuestro.

 

 

He llegado a esta conclusión: si el camino que sigues es cada vez más incierto, si tus fuerzas más vivas empiezan a debilitarse, es preferible pedir consejo -con la condición de que quien aconseje sea digno de confianza.

 

Christophe Colomb no me aconsejó. Lindbergh no podía hacerlo. Sé hasta qué punto mi situación puede parecer herética frente a la noción que vuelve a la vida tan emocionante: la noción de heroísmo. Pero Francis_Scott_Fitzgerald_y_Zelda_02-establezco una distinción fundamental entre la vida profesional (durante la que, ya pasado el período de aprendizaje, menos del diez por ciento de los consejos que nos dan son dignos de interés) y la vida privada, la vida de todos los días (en la que el juicio de un tercero tiene frecuentemente más peso que el nuestro.)

Hace un tiempo sentí que mi trabajo se hundía en tan numerosos comienzos vanos y mi vida personal se extraviaba en tinieblas tan profundas que me creí fuera de combate para siempre. Interrogué a un viejo negro de Alabama:

 

-Tío Bob, cuando las cosas van tan mal que no ves manera de salir, ¿qué haces?

Se calentaba cerca del horno de la cocina y el calor acariciaba dulcemente sus largas patillas blancas. Si hubiese tenido que escuchar el cinismo de un gran cliché, digno de ser proferido por El Tío Remus de Chandler Harris, me habría desolado completamente.

Respondió:

-Señor Fitzgerald, cuando las cosas van mal, yo trabajo.

Era un buen consejo. El trabajo es la llave a casi todo. Pero sería un alivio tal saber la diferencia entre el trabajo útil y aquel que no conduce sino al agotamiento. Tal vez forma parte del trabajo mismo aprender a hacer esta diferencia. ¿Tal vez mis trayectos tan frecuentes, tan solitarios en todo el largo de la pista, me son estimables después de todo? ¿Quieren que lo intente una vez más? Perfecto. Entonces, aquí va un nuevo comienzo…

Pero al contar las páginas, me doy cuenta de que ya no tengo espacio. Debo deshacerme de mi Cuaderno de Notas, mi libro de desengaños. ¿Lo echo al fuego?

¡No! Vuelvo a meterlo en el cajón. Esos viejos errores no son juguetes -bastante caro me han costado. Los guardo entonces en un cofre de juguetes y vuelvo al verdadero deber del trabajo, deber al que Joseph Conrad ha definido con mucha más certeza e intensidad que ninguno de nuestros contemporáneos:

“Mi deber es, por el solo poder de mi escritura, hacerles entender, hacerles sentir, pero más que todo, hacerles ver.”

Es bastante fácil volver tras sus pasos, iniciar una nueva partida – sobre todo sin testigos. Nuestra ambición más secreta sería lograr correr bien uno o dos trayectos, mientras en las tribunas estalla la locura.

 

 

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