La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Echenoz y los espacios de la memoria octubre 20, 2008

 

echenoz01La lectura de “La ocupación de los terrenos” (1988), breve e intenso relato del escritor francés Jean Echenoz (1947), nos aproxima al drama de un padre (Fabre) y su hijo (Paul) que pierden, en un incendio, los muebles, la esposa-madre, las fotos y la casa. Es un relato donde la idea de perpetuidad del recuerdo, se ve afectada por la desaparición del objeto y su réplica. La memoria, infalible y precario método de recuperación, enfrenta a padre e hijo en una lucha continua por visitar la imagen femenina perdida.

 
Pero no es sólo eso. Echenoz, además, visita la ciudad como espacio de aparición y desaparición permanente. La imagen de la madre, de la esposa, está, como tapiz, como pintura, como retrato que se resiste a huir, en la pared de un edificio, pintada por un artista que la usó de modelo. Padre e hijo, entonces, realizan excursiones por la ciudad hacia la pared donde, como el último lugar que retiene la imagen de la madre, está ella, mirándolos desde la altura.
 
Ella los miraba desde arriba, les extendía el frasco de perfume Piver, Forvil, ella sonreía en sus quince metros de vestido azul. La rejilla de un tragaluz le perforaba la cadera. No había otra imagen de ella. (8, Echenoz)
 
La figura femenina está expuesta a los avatares de la memoria de sus protagonistas, pero también al avance de la construcción de nuevos edificios en la zona. Es así como, tras el distanciamiento sentimental del padre y el hijo, la pintura de la madre se ve amenazada por la edificación próxima de un nuevo edificio. El avance de la ciudad no sabe de recuerdos; deja atrás cualquier vestigio de pasado, trastocando fachadas, construyendo nuevas edificaciones que amparen la necesidad de novedad que la ciudad moderna propone como mecanismo de subsistencia.
 
…Sylvie Fabre luchaba contra su desaparición personal, desafiando la erosión eólica con toda la fuerza de sus dos dimensiones. Paul alguna vez vio con mirada inquieta la piedra del muro apartar el azul, surgir desnuda rompiendo un punto del vestido materno; aunque todo eso ocurría de manera lenta y continua. (16, Echenoz)

 
66821-004-2d141f91Georges Perec, en su ya clásico Especies de espacios, habla sobre los cuadros y las paredes, como elementos que se necesitan, pero que, paradójicamente, la presencia de uno requiere la desaparición del otro.

 
Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared. Ya no sé lo que hay detrás de esa pared, ya no sé que hay una pared, ya no sé que esa pared es una pared, ya no sé qué es eso de una pared. Ya no sé que en mi apartamento hay paredes y que, si no hubiera paredes, no habría apartamento. La pared ya no es lo que delimita y define el lugar en que vivo, lo que le separa de los otros lugares donde viven los demás, ya no es más que un soporte para el cuadro. (…) Hay cuadros porque hay paredes. Es necesario olvidar que hay paredes y, para ello, no se han encontrado nada mejor que los cuadros. Los cuadros eliminan las paredes. Pero las paredes matan a los cuadros. (68, Perec)
 
Y podemos decir que sucede lo mismo con el recuerdo. La réplica –lo que toda imagen es- busca suplantar el objeto real. Sin embargo, y los personajes del relato así lo demuestran, cuando el recuerdo explora dimensiones amparadas en la exterioridad, se enfrenta a una voluntad ajena. El recuerdo de la esposa-madre es un lugar que, en la ciudad, sólo importan y significan para los propietarios del recuerdo. La ciudad, ajena al sentimentalismo y nostalgia, busca liquidar el pasado ocupando espacios, habitándolos, dándoles otra forma.
 
Los pisos se tragaron a Sylvie como una marejada (…) El lugar del espacio verde sería un edificio más o menos idéntico al que había reemplazo a la vieja cosa, con bow-windows en vez de balconcillos(…) Pero cuando llegó a los hombros, para un hijo la construcción se hacía insoportable, Paul dejó de visitarla cuando todo el vestido quedó amurallado. (19-21 Echenoz)
 
49w1Cuando la pared de un edificio nuevo tapa completamente la imagen de la madre, el hijo visita el edificio y se encuentra con su padre. La necesidad de que la imagen no se borre, sino, por el contrario, de tenerla más cerca, hace que el padre tenga un plan: comprar un departamento y escarbar la pared hasta llegar al rostro del recuerdo. Se mudó, entonces, “a un estudio situado bajo los ojos de Sylvie que eran dos lámparas sordas detrás del muro de la derecha. Según calculaba, dormía contra la sonrisa, como en una hamaca suspendido de sus labios; como le demostró a su hijo con los planos a la vista.” (26-27 Echenoz)

 
Tras la pared estaba la madre. Tras la pared estaba la réplica, el único elemento que los conectaba con ese recuerdo perdido, quemado, sepultado por una ciudad. Ahora, era trabajo de ellos escarbar, botar la pared que los separaba de la imagen anhelada. Como dice Piglia en El último lector:
 
La ciudad trata sobre réplicas y representaciones, sobre la lectura y la percepción solitaria, sobre la presencia de lo que se ha perdido. En definitiva trata sobre el modo de hacer visible lo invisible y fijar las imágenes nítidas que ya no vemos pero que insisten todavía como fantasmas que viven entre nosotros. (13, Ricardo Piglia)
 
Padre e hijo van en búsqueda del fantasma. Un fantasma, eso sí, que los conecta con un fragmento de la vida perdida. Con un espacio que necesitan visitar para hacer presente el recuerdo. Es posible realizar una lectura del relato 1173471que se ampare en una crítica al avance de la ciudad, que no tiene contemplaciones con nada, pero, y justificándome en una frase de Perec, “No hay nada de inhumano en una ciudad, como no sea nuestra propia humanidad.” (100, Perec)

 
El recuerdo se presenta en la ciudad, como una réplica ronca, presente en los lugares donde está, ha pasado, o pasará nuestra memoria. Hace ruido. Choca contra las paredes. Algunos no pasan; otros, como en el relato, van en búsqueda del espacio que intenta desaparecer, porque creen que ahí hay algo que deben defender a cualquier precio.

 

 

R.S

 

 

 

 
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