La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Sobre Pedro Salinas noviembre 30, 2008

           menos tu vientre…

       Miguel Hernández 

                                                                                                                                                                                                    

                                                                               

Algunos de los trayectos, las sospechas y las nociones que hacen a este artículo las he enunciado recientemente con respecto al Conde de Lautréamont y Antonin Artaud. El lector más avezado confirmará esta afirmación o bien prescindirá de ella. 

Para un escueto examen de La voz a ti debida de Pedro Salinas quisiera servirme de esa advertencia y  de dos anécdotas centrales.

La primera es una visión y esa visión un poema. En alguna noche de 1923, Pablo Neruda se refirió a un mundo tendido a su lado. Torciones que se sucedían ininterrumpidamente corroboraban un mundo. Ansia atrapada que anidaba en un mundo que era cuerpo y un cuerpo que era atlas. Atlas que recorrer, terso, fragante. Atlas que marcar.

 

He ido marcando con cruces de fuego

El atlas desnudo de tu cuerpo.

 

Me esfuerzo por creer que la alegoría de Neruda alude a la demarcación de un cuerpo pero más aún a su presencia. Lo que Neruda siente a su lado es un todo y Neruda lo llama con la sangre y la sed, aquellas que troquen la víspera en anuncio.  Un atlas supone ya los confines de un mundo; la buena imaginación lo supondría infinito; imaginar ese mundo, volverlo cuerpo; imaginar ese cuerpo, volverlo mundo; y así el registro de un mundo: un atlas. Y así el registro del viaje: el goce. Marcarlo desnudándolo.

Neruda fue el hombre que corroboró doblemente ese acto. No tan caprichosamente me digo que la realidad de este cuerpo que es atlas no se certifica sino hacia el noveno verso, en oposición, a lo lejos.

 

Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.

La soledad cruzada de sueño y de silencio.

 

Neruda, viajero de un cuerpo de mujer aún en la ausencia. La poesía –la imaginación- puede con esta hazaña.

 

 

La segunda anécdota no refiere a un poema, sino a dos; su objeto es la mimesis. Escribía Paul Éluard:

 

Ella está de pie sobre mis párpados
sus cabellos en los míos

Tiene la forma de mis manos

Tiene el color de mis ojos

Ella se desvanece en mi sombra

Como una piedra sobre el cielo

 

(L’amoureuse)

 

 

Desconocida, ella es mi forma preferida

La queme  alivia de la preocupación de ser hombre

Y yo la veo, la pierdo y subo

mi dolor, como un poco de sol entra en  el agua fría.

 

 (Les petites justes, X)

 

 

 

Una certeza sobre todo distingue a Éluard de Neruda. Los versos de  Neruda evocan la fiesta y la felicidad del cuerpo, experiencia del goce de hacer y deshacer un cuerpo a medida que se lo transita. Pero aún importan la nostalgia en la ausencia de ese mismo cuerpo. Insisto: un cuerpo. Neruda no evoca con el alma, sino con los sentidos; extraña visceral, efusiva, catárticamente. Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando, escribe. Neruda es la voz que canta una mujer incansablemente viva, nocturna, deseosa. Su canto es petrárquico: canta Lauras, no Beatrices. Canta la hoja de ruta del erotismo y sobrepone la fiebre a la figura. Neruda evoca y forja un atlas que lo traiga de regreso marcando a fuego un cuerpo en la memoria del tacto.

La experiencia de Éluard, en cambio, trafica en magias y misterios. El sugestivo verso ella se desvanece en mi sombra como una piedra sobre el cielo que prosigue a la mimesis implica tanto la posesión como el desplazamiento. Dos cuerpos que se vuelven sino hacia la sombra de uno solo, se indistinguen en uno solo, desestiman lo que son en sí para ser en otro y relevarse alternativamente, uniéndose. No obstante, pese a lo efímero del acto (como una piedra sobre el cielo), el resultado, para Éluard, siempre ha sido una purga, una ablución:

 

Desconocida, ella es mi forma preferida

La que me  alivia de la preocupación de ser hombre

 

 

Pedro Salinas, creo, no puede emparentarse tanto con los miembros de la generación del 28 como con un antiguo predecesor que sabia y estéticamente escapó a todo lo antologable generacionalmente: Antonio Machado. Como Machado, Salinas fue cultor de la palabra simple; prefirió el retruécano al sensualismo lorquiano; la textura del contrapunto al desborde sin cauce; fue preciso sin dejar de ser misterioso. Erróneamente podría pensarse que no fue lírico: fue la voz de una lírica de difícil emulación, lírica que puede sobreponer el impacto al énfasis. Pero por sobre todo, al igual que Éluard, al igual que Neruda,  como lo sospechara Javier Marías en torno a la figura de Machado, Salinas fue un poeta enamorado.

 

Entiendo que una pronta y adecuada cronología revelaría con más o menos mérito lo secuencial de una obra. No obstante, juzgo que el detalle es absurdo; no es la insistente notación biográfica la que compulsa a lo poético, sino su valor estético y su poder de convicción. Poco importa quién era el narigón al que ridiculiza Quevedo: importa lo superlativo de esa nariz. Por tanto, prefiero ignorar pormenores y certificaciones de ese amor. Salinas hizo realidad un amor, un tipo de amor. No dudemos de eso.

 

Supongo, eso sí, no haber enunciado las operaciones de Éluard y Neruda en vano. La poética de Salinas las comprende sintéticamente en una visión vertiginosa: Salinas es el poeta de una ausencia más allá del goce, del desorden y de la mimesis de los cuerpos, voz del cuerpo que se ha fugado tanto empírica como imaginariamente, cuerpo perdido en sí mismo y en la voz que lo hace realidad. Cuerpo que no remedia ya sino su proyección, su posibilidad.

 

¡Qué probable eres tú! (80)

 

A medida que uno se interna en La voz a ti debida (1933) lo que adviene es una incertidumbre: no podemos realmente asegurar ni la materialidad ni la inmaterialidad de aquello frente a lo que se enuncia, no tenemos elementos suficientes. Se enuncia hacia alguien, pero ese alguien no parece ser realidad sino en el hecho de la misma enunciación, es nombrar y esperar a que aparezca.

 

Quién eres tú, mi invisible (30)

                                                                                                                                         

 

No hay es la noción perfecta: todo se intuye, todo se descubre allí donde nada es, allí donde no hay.  Salinas crea una voz y en esa voz, un que no hace sino adivinarse, presumirse, fundarse tan sólo allí donde la realidad se fragmenta en los puntos de vista que van creándola, donde el amor es el lugar de los cuerpos que se poseen para herirse y fundarse, repelerse en el fuego y bautizarse en la hiel; fusionarse y desplazarse sin solución; expandirse sin término: pura ausencia fingiendo estar. Los cuerpos han de buscarse, pero la búsqueda no tiene objeto; es su sola huella peregrina hacia el encuentro lo que justifica la travesía, ir hacia la esencia inefable de un amor que no es sino detrás, más allá. El deseo de ser algo más de lo que se es y el deseo de encontrar a aquel que uno cree que el otro debe ser.

 

Por detrás de ti te busco (…)

No eres lo que yo siento de ti.

No eres

Lo que me está palpitando

Con sangre mía en las venas,

Sin ser yo.

Detrás, más allá te busco. (13)

 

Es que quiero sacar de ti tu mejor tú (…) 

Tú en su busca vendrías (82)

 

Una salvedad es oportuna: entiendo que se inmiscuye una realidad de doble cara, psicológica y poética. Si bien la concreción de ese amor implica la presencia como la figura, la reacción frente a la contrariedad del mal amor es dramáticamente infame. En el centro del mal amor, lo que se sufre no es la pérdida sino el vacío, el quedar completamente fuera de escena del otro y de uno mismo. Tocar y ser con el cuerpo de nadie. Lo que ha pasado, quedó inmóvil y percibirlo es disgregarse. Salinas es el canto americano de Neruda hecho un rompecabezas de piezas inconexas y esquivas: sólo resisten las marcas a fuego del atlas, ya no el atlas. Queda la impronta de una presencia, un fantasma que juega voluntariosamente a ser. Y la soledad: la mejor obra de tu amor, escribe Salinas.

 

Ayer te besé en los labios.

          (…)

Hoy estoy besando un beso;

Estoy solo con mis labios.

Los pongo

En el beso que te di

Ayer, en las bocas juntas

Del beso que se besaron

(…) ya no es una carne

Ni una boca lo que beso,

Que se escapa, que me huye.

No.

Te estoy besando más lejos. (75)

 

Mirarse amar: asistir a las ruinas de un pasado que no entiende ya de nostalgias, un pasado que parece haber sido creado, que impone la invisibilidad del otro como una eterna cuenta pendiente que ha de pagarse hasta la aparición de lo que no deja de revelarse.

 

Salinas buscó aún más lejos; su mundo fue el del anhelo obstinado, pero también el del error, del amor-catástrofe, del lugar donde los cuerpos deben compulsarse irremediablemente hasta el silencio por la exactitud de una paradoja nunca gratuita: amar también es extraviarse al punto de no sentir amor, asistir a la ofrenda y al desamparo sin darse demasiada cuenta de cuando lo uno sucede a lo otro; desconocer que aquello que alimenta  la unión de los cuerpos no es sino un insondable y azaroso devenir que no puede mas que acontecer.

 

En Salinas, no obstante, resiste la sentencia coheneana, hay una grieta en todo; por allí es donde entra la luz.

 

Escribe:

 

¡Que caiga todo! Ya

Lo siento apenas. Vamos,

A fuerza de besar,

Inventado las ruinas

Del mundo, de la mano

Tú y yo

Por entre el gran fracaso

De la flor y del orden. (40)

 

 

M.A

 

 

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