La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Las enseñanzas de la garganta diciembre 2, 2008

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La poesía es una religión sin esperanza

Jean Cocteau

 

 

 

La (in)utilidad de la poesía

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“¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?” se preguntaba Heidegger desde la filosofía en la segunda mitad del siglo XX, tomando prestada la pregunta de la  elegía “Pan y vino” de su amado Hölderlin, acaso uno de los poemas más bellos en la triste historia del hombre occidental, dicho sea de paso. No interesa demasiado en este caso la respuesta del hombre de Selva Negra sino más bien el relieve de la pregunta en el marco de su acontecer temporal y espacial.

 

Por otra parte, ¿no interesan siempre mucho más las preguntas que las respuestas? La postura sabe a latiguillo de filósofo frustrado, es cierto, pero la marcha de nuestros días (de todos los días de este mundo) no deja de darle la razón. Una y otra y otra vez.

 

Quiero decir: tal vez el último de los grandes filósofos especulativos, en la madurez de su producción todavía está hurgando en los mismos interrogantes sobre los que Platón y Aristóteles habían discurrido en sectores medulares de sus obras. El porqué de la poesía o de los poetas (que no son los mismo, por cierto, pero que en este caso utilizaré prácticamente como sinónimos), su aspecto causal, ya había sido más o menos contestado por el conocido coro de voces integrantes de la llamada “tradición-de-pensamiento-occidental” pero el para-qué de los poetas, es decir, aquella pregunta que interroga por la utilidad de la poesía, todavía no. Esa pregunta aún hoy nos circunda, o al menos nos aguarda en los intersticios de la escenografía que nos guarece de nosotros mismos.

Puede esgrimirse que la pregunta por el para-qué de todas las cosas es la que retorna todo el tiempo para torturarnos o liberarnos.  Estoy de acuerdo, pero considero que hay ciertas cosas sobre las que esa pregunta recae con más violencia, con menos contemplaciones. Y también considero que una de esas cosas es la poesía.

 

La poesía ha tenido que arreglárselas, especialmente a partir de la modernidad, para sobrevivir. La poesía es la sobreviviente más afamada de nuestro mundo, la eterna sobreviviente, la muerta siempre viviente, la vida de todas las muertes, la muerte de la muerte.

La modernidad cuenta en su puerta de entrada principal con unos cuantos patanes de rostro borroso que exigen con malos modos (¿existe algún modo decente de exigir?) credenciales fehacientes que acrediten una cientificidad rebosante. Exigen utilidad, indicios de eficacia en algún aspecto, exigen una razón de ser de acuerdo con la lógica del progreso y el intercambio que cimenta el casco de estancia ideológico en que somos paridos, criados y muertos.

No, en este tiempo no alcanza con ser. Hay que saber explicar para qué sirve uno.

 

La poesía no tiene un para-qué. Todos sabemos eso y no obstante, por derecha y por izquierda, la pregunta continúa flotando entre nosotros. Platón estimó nociva en casi todos los sentidos esa utilidad y desterró a casi todos los poetas; Aristóteles la creyó benéfica para purgar pasiones individuales, Kant la consideró una (rebuscada y posible) forma de entrever lo suprasensible. Ninguno de ellos, sin embargo, le encontró una utilidad precisa, rotunda. Ninguno de ellos (tampoco los demás cerebros endemoniados de nuestra cultura) halló un precinto científico para la poesía, un destino bien redactado en la etiqueta del embalaje. La poesía está viva porque nadie puede matarla todavía. Y hay que ver cómo se empeñan los mismos de siempre. Y no pueden. Y la poesía simula desangrarse y en verdad no es sangre sino su sudor laboral, que es rojo, devastadoramente rojo. Y ellos creen que la tienen cercada, que asisten a su agonía mientras se manosean los sobacos pringosos. Y ella se contorsiona y gime y hasta dice que está muerta. Y ellos le creen y se festejan a sí mismos con bebidas de lo más ramplonas. Y ella vuelve a nacer de la propia muerte simulada. Y ella empieza a (sobre)vivir cada día entre los ronroneos de los gatos queridos y las tibias lagañas que nos anotician de la crudeza mañanera.

 

La poesía es lo esencialmente inútil. Es decir, lo único que no nos podría faltar si es que queremos seguir llamándonos “humanos”. De allí su inutilidad nuclear.

 

 

 

Una bofetada de sentido

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Eso debe ser la poesía, o no debe ser nada. Esta postulación (cuidado con los términos: para mí hablar – con sentido, creyendo que el otro “entiende” – ya  constituye una postulación) calza como un guante envaselinado en Aullido, el monumental y envenenado poema que Allen Ginsberg talló en Frisco en 1955-56. O aún más (aquí sí asumiendo cierta firmeza en mi opinión, siempre dispuesta a la polémica): Aullido es una de los 2 o 3 pruebas más cabales que la tradición poética occidental ha dado de la importancia de aquella postulación; Aullido es poesía pura, trotil latente, una jabalina lanzada en dirección al corazón mismo de la farsa occidental-blanca-democrática-propietaria-confortable.

 

Menos por su disposición formal que por ese hombro para la jabalina Aullido es un poema.

 

Aullido debería haberse llamado América. No se trata de un error de Ginsberg (¿Desde qué patética autoridad podríamos cuestionar la titulación del escritor sobre su obra?), no es eso lo que quiero decir. Aullido se llama América porque Aullido y América operan como sinónimos en esta encrucijada. América (esa forma tan excluyente que los estadounidenses – y sus bufones – han designado para identificarse a sí mismos) es un aullido; América es el eco entibiado (y espeluznante) de un aullido intemporal, por ende eterno, que rugió en la Atenas decadente, en la Constantinopla esplendorosa, en la París revolucionada del siglo XIII o del Mayo de 1968 y en la Viena del ‘900, la los Habsburgos, en la que caminaban Freud, Karl Krauss, Paul Klee y Hitler. Después de 1945, año que en que las tradicionales potencias cedieron el mando del mundo “civilizado” (y de los demás mundos también) a EE.UU., el eco de ese aullido no podía provenir de otro sitio.

 

Nueva York, Kansas, Idaho, Oklahoma, Houston, Chicago, Denver son algunas de las ciudades nombradas por Ginsberg en el torrente. América toda – el Norte empalagado y suicida, el reaccionario Sur, las ciudades fabriles y las ideadas por un publicista – se convierte en el eco del aullido temporal. Pero hay un plus respecto a las versiones anteriores de dominación imperial (no hay que perder de vista que para nombrar ese aullido hay que tener voz, y que para tener voz hay que tener el poder): la sociedad norteamericana, por algunos rasgos particulares, se cree la encarnación de eco referido. La sociedad norteamericana cosifica el eco en su afán. El resultado de esa cosificación no es otro que ellos mismos. Por tanto, la sociedad norteamericana se torna una cosa que se cree eco, sonido, soplo vital, aura. El inmenso talento de Ginsberg en Aullido estriba en reconvertir nuevamente a eco la cosa.

 

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América está inmersa, contenida, encajada en Aullido. Pero el encastre se da en las condiciones del trastorno. Es sorprendente en verdad observar como en ciertas cimas la poesía, representada en un poema, toma la forma precisa del mundo en su disposición, en su morphé. Por caso, basta apuntar un coup de dés, de Mallarmé, que hizo del espacio vacío (¿está vacío en realidad? ¿O será solamente blanco?) una parte de la poesía y con ese giro también delineó una suerte de ideografía de la modernidad descuartizada. Ginsberg alcanza un movimiento análogo en Aullido: el épico poema, dividido en 3 partes, es un ácido en el que la corrosión actúa en base a la velocidad, el éxtasis, la furia de signos exclamatorios sucediéndose estrofa a estrofa sin descanso. La misma velocidad que había sido entronizada por las vanguardias de principios del siglo XX (sobre todo por las de sesgo fascista como el Futurismo de Marinetti) se convierte en el truco que el poema se ingenia para reflejar el colmo moderno. La velocidad, hipertrofiada en los días en que escribe Ginsberg, es el modo de América, esa América de yonquis, suicidas y fronterizos que narra el poema. La velocidad narrativa del poema mismo es la cachetada de sentido que suelta la poesía cuando todos los soles se colocan en fila para iluminarla.

 

Las mejores mentes de una generación destruidas, “hipsters con cabeza de ángel”, los expulsados de todos lados. Drogadictos enloquecidos, un “batallón perdido de conversadores platónicos”, solitarios, hambrientos, los descastados de todas las castas. Animales sexuales sin sentido del placer, motociclistas, suicidas de muñecas, cortadas, suicidas de saltos ornamentales en puentes famosos, los suicidas de todos los suicidios. Todos estos seres moran en Aullido sin habitar, condenados a la misma velocidad que los parió y formateó.

 

…hospitales y cárceles y guerras

 

Todo Aullido (sobre todo su gloriosa primera parte) es un muestrario implacable y brillante del oro y la mugre que fundamentan a la sociedad norteamericana y a las sociedades que – increíble y neciamente – la emulan en sus pautas culturales. Cada estrofa posee tanto espesor ideológico y cultural que los sociólogos deberían ruborizarse al leer cualquiera de ellas; o en su defecto correr a colgarse de un cinturón de cuero en la lámpara de la sala, tras comprender el tiempo y esfuerzo malgastado.

Una de esas estrofas, de tan lúcida, se vuelve ejemplar, aún contra su propia voluntad:

 

chachareando gritando vomitando susurrando hechos y

      recuerdos y anécdotas y estímulos en el ojo y shocks

      de hospitales y cárceles y guerras,    

         

El milagro del talento humano (ya no sé si atribuírselo a la inteligencia o a una fuerza más elevada, acaso mística) nos convida de vez en cuando con cucharadas bestiales de realidad como la transcripta. Allí están, travestidas de 22 palabras, las consecuencias de la glotonería, del reinado de la ciencia, la democracia representativa, la religión y la educación planificada en instituciones represivas, fascistas incluso antes del fascismo. Allí está la modernidad descripta en términos de Foucault, la sociedad disciplinaria que orquesta la medicina para controlar los cuerpos y las mentes a dulces golpes de electro-shock, la sociedad que rejunta a sus sobras en edificios perfectamente vigilantes en los cuales además deben cooperar a la producción del mundo que afuera continúa su marcha sin ellos, las guerras que mutilan a los ciudadanos, que los devasta psíquica y moralmente, que los deja “chachareando” en mesas de bares grises como epilépticos amaestrados salidos de algún circo de freaks.

 

Allí esta “América”, y con ella el mundo, desangrándose en la gangrena espiritual, asfixiándose con la sábana al cuello. La misma sábana entre la que soñaba con todo un mundo para ella sola. El desenfado se volvió sordidez, el ingenio mental locura; las disputas ideológicas se tornaron sangre joven malograda y banderas negras. El trovador no hace más que  proferir desde su áspera garganta el grito que intelige la verdad.

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La garganta. Las enseñanzas de la garganta. Ya no hablamos de una voz; toda voz está agotada, todo lenguaje está seco. No hablamos de una voz, la voz no aúlla, no sabe aullar. Hay que estar bestializado, o al menos haber acompañado a la manada en su movimiento enfurecido, para poder aullar. Había en una época en Buenos Aires unas especies de afiches para señoritas en tren de merecer que mostraban por lo general una pareja en pleno ensueño y rezaba, con letras publicitarias, “Un abrazo vale más que mil palabras”. Podríamos reformular, con algo menos de cursilería: “Un aullido vale más que mil palabras”, aunque tampoco hablamos de valor sino de sentidos. 

 

Apunte interesante para cuando el sol ceje en esa costumbre de salir todos los días

 

E. M. Ciorán, hasta donde yo conozco el pensador más corrosivo del siglo XX, escribió a propósito de la poesía en su Breviario de podredumbre: “En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi misma sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor y su calidad”. Enseguida propone ejemplos de falsos poetas o meros artistas (Valéry) y de verdaderos poetas (Baudelaire, Hölderlin, Rilke) que colaboran para la comprensión del concepto. Ginsberg, sin lugar a dudas, se incluiría entre los últimos, entre los poetas genuinos, agresivos; entre los poetas que “toman” al lector y modifican su vida para siempre. Es más, le alcanzaría con Aullido para ingresar en el hipotético grupo selecto.      

 

 

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El poeta es un parásito, eso piensa Ciorán, “[…] Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos”. La relación del poeta con la sangre ajena que describe el rumano parece explotar en Aullido. El poeta y la sangre, la sangre ajena, que, por lo demás, es la propia. Ciorán otra vez: “El poeta sería un tránsfugo odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha”. El poeta, dicho a los tumbos, no sería un verdadero poeta si solamente se aviniera a intoxicar nuestras sangres y luego se marchase jocoso y sereno a la vez para vivir la parodia de la vida o la farsa del escritor hosco, algo lúcido y, por sobre todas las cosas, profesional. La sangre ajena es la propia del poeta porque el poeta no puede identificar como propia ninguna sangre sino la de los otros, la de ese polo inasible que se zafa de sus manos una vez tras otra sin que las lágrimas escritas puedan hacer nada por evitarlo.

 

Es en la herida proferida a otro, o mejor dicho en la sangre que brota consecuente de esa herida, que el poeta conoce la sangre. Esa sangre, que para el pensamiento tradicional es sangre ajena, es la única prueba válida para el poeta de su propia sangre. La única prueba de relevancia para lo que Ginsberg llama, en las últimas dos líneas de la primer parte de Aullido “el corazón absoluto del poema de la vida”.

Quiero decir que ya está bien con aquello de preguntarse por la utilidad de la poesía. Interrogarse acerca de la utilidad de la sangre sería, más o menos, la misma cosa.

 

 

Mome

 

 

 

 

 

 
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