La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Buenos Aires extramuros diciembre 17, 2008

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Tocar un Tema Nacional no es cosa grata, de modo que me abstendré de algunas precisiones y aún de algunas apreciaciones sin poder evitar el desvarío, el capricho o el salto temporal injustificado. Tema Nacional puede serlo casi todo si lo pensamos de una determinada manera, si ponemos demasiado énfasis en una actitud ciudadana, si ese mismo énfasis nos consagra como buenos ciudadanos y si de tan buenos ciudadanos nos hacemos conciudadanos de golpe. Quién lo diría.

Pero hoy, este calor pastoso, infértil, me devuelve como nunca al viejo mito de la frontera y a los territorios a ambos lados, esa siempre recuperable fantasía de dos lados y siempre otro lado que no es ni el mismo ni el otro.

 

 

1845: más allá, nada

 

El margen, ese margen tal cual lo conocemos, no fue en un principio sino literario. El registro inicial fue, sabemos, de Sarmiento. Sarmiento declaró aquí el mundo, allá lo otro. En una ciudad en donde los límites eran los de un río inmóvil, Sarmiento y su celebérrima notación civilización y barbarie, instala la frontera y la duda, figura lo parecido y lo disímil, la zanja brumosa con la que Buenos Aires se envolviese durante buena parte de su historia.

 

“¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte y ver… no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí la poesía. El hombre que se mueve en estas escenas se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que le preocupan despierto.” (Sarmiento, 1945, II, 51)

 

 

 

456443c0Sarmiento, ebrio de Sturm and Drang, trazó entre muchas otras una frontera de irreprimible significantes, connotaciones en tránsito de ser verdades, ausencias habitándose, despoblados fantásticos y huella de aquel que los atraviesa, sobre todo de noche. De noche es el delirio. De noche, el caos, la velocidad del horror, la llamada de lo lejano. De noche no es tan sólo una proximidad con ese otro lado. De noche es el miedo y de noche, aprender a temer. De noche, la naturaleza irritada.

 

 

 

1948 o bien 28 de abril de 192- : más allá, el fango sagrado

 

En el libro tercero de Adàn BuenosAyres se lleva adelante una expedición desopilante. La frontera es difusa; no obstante, tiene un nombre: Saavedra. Lo que resiste allí, lo que muta y resiste al mutar, es un desorden simbólico del mito sarmentino, reformulación del primer vértigo al asomarse más allá de la frontera. Leopoldo Marechal avanza:

 

“En la ciudad de la Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla (…) Pero en las noches de novilunio lo sobrenatural irrumpe allí” ( Marechal, 1948, III 157-158 )

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En Marechal ya no es el desierto la naturaleza irritada, mas el llamado a la evasión y la aventura. La frontera –tan temible- es tan solo un cerco de tunas. Entonces, el terrible habitar un mito que se descompone, la clara oscuridad de un cielo estrellado como los mil ojos de un Argos parpadeante, el terror que deviene absurdo y el absurdo que deviene grotesca fantasía.  Las almas del pasado y la lenta baba cósmica que dejaron al pasar: un gliptodonte desdentado, un cacique diplomático, Santo Vega o Juan Sin Ropa o un inmigrante italiano (“¡E sono in America per faire l’Argentina!”), todos imagen de un mismo espectro.

Como al regresar de Montecinos[1], el tiempo no es mensurable. Es el tiempo de la fuga, del viaje y del despojo, un tiempo interno. Darse vuelta y volver: más acá, ¿qué hay?

 

“¿Cuánto duró aquella vertiginosa carrera? Nunca lo supieron. Sólo recordaron más tarde que, al trasponer una altura, vieron dos o tres faroles de corta distancia.

-¡Las luces –vociferaron-. ¡Las luces!

Y a todo correr descendieron la pendiente.

Habían llegado.”

 

 

 

1967: más allá, lo indecible

 

Comparecer frente a la idea de que Néstor Sánchez tuvo noción de frontera alguna es riesgosamente absurdo. Con la publicación de Siberia Blues se abren varias puertas, pero sólo una de ellas interesa a este catálogo. Del registro anterior recae una idea: Sánchez hizo una Saavedra, aún fronteriza pero ilimitada, aún presumible, pero refutable. No hubo trazados precisos pero sólo porque no pudo decirse con un lenguaje apropiado que fronteras menos elucubradas y más sutiles empezarían a delinearse entre los hombres. Siberia Blues corrobora que la frontera es una visión o una tentativa de visión a ambos lados, una cornisa con caída libre a la experiencia vital y urgente de estar aquí para contarlo. La Siberia, guetto de la imprevisión del peligro, empalme de dos o más mundos para los que la idea de patria es símil de saber describirla. Patria, que te decís con tus propias palabras. Lenguaje, que hablás sólo de tu patria: la tuya. 

 

“Claro que si uno había llegado desde afuera de la frontera –ese paisaje en ruinas formaba parte esencial de la frontera- , y se tiró cualquier día en la quinta con ellos y un rato más tarde del puchero se pone de pie, son los años cuarenta y supongamos que también le permitieran ponerse de pie para seguir hasta el alambre, si uno no duda o acaso olvida todos los rumores, salta el alambre desfigurado al revés de cómo lo saltaron ellos, no le queda otra cosa por delante que aquella única calle empedrada a lo largo de la franja y entre locutores atacados por un antiquisimo mal; entonces alguien a propósito inmóvil sobre una sibilita baja fuma algo parecido a una pipa en la solemnidad de la Siberia.” (Nëstor Sánchez, 1967, 10)

 

 

 

1976: más allá, lo más acá posible.

 

Una frontera se sostiene básicamente por una tensión entre dos bandos y esos dos bandos no son sino la frontera misma. En ellos late el pulso fronterizo y en ellos también se quiebra, sufre el desorden de las coordenadas siempre tan imprecisas, las inclemencias de una bruma que hace de todo límite una incertidumbre. La sentencia sarmientina civilización y barbarie no se corrobora sino antes, con su mis en scene de 1837: El Matadero de Esteban Echeverría, primer relato y primera frontera. Allí se prefiguran algunas de las obsesiones de Sarmiento y de toda la Generación de 37: el repudio a Rosas, la dolencia de una patria grande siempre perdida, la violencia y el eterno condecirse nacional. Allí también la sombra de lo real: la humillación del niño bien por el otro, aquel que no es un niño bien.  La frontera, por entonces, no traficaba en elucubraciones tan didácticas como las que aquí nos ocupan. La frontera era sólida y un poco más de un siglo de retiradas y deposiciones, de apremios y proselitismo, no hicieron más que una depuración más o menos organizada, más o menos bien pensante de aquella turbia solidez. La frontera fue poco más que una consigna, pero menos que un dictamen. Fue idea extensiva en los usos de un pueblo, frontera de lento pasaje y fácil acceso a la furia para quien se reconoce en ella a un lado o al otro. 

 

lamborginiOsvaldo Lamborghini supo desmontar El Matadero y sostener una nota de ironía allí donde no llega pentagrama alguno. El niño proletario (1976) parte de un Echeverría sin romanticismo y dispone la humillación en manos de los niños bien: el niño proletario es ¡Estropeado! antes de llegar a serlo y su muerte es la un espacio en blanco que puede ser bien ocupado por cualquier otro niño proletario. La frontera y a ambos lados un abismo por el que corre, entre muchas otras cosas, el devenir de la historia.

 

Lo cierto es que no hemos, a este respecto, transcripto alguna información de utilidad: una frontera que tuvo su cara y su contracara no puede sino volverse finalmente sobre sí y abrir nuevas fronteras cotidianas, de invisible apariencia, de insostenible mandato, entre uno, dos, tres tipos que se observan en un bar. Porque la frontera se ha desplazado en extremo y aquel  extramuros/intramuros corresponde ya a una ilusión. De ilusiones así se escribirá la literatura del futuro. 

 

 

 

M.A

 

 

 

 


[1] Don Quijote,  pag. 624  “¿Cuánto ha que yo bajé? – preguntó Don Quijote. Poco más de una hora – respondió Sancho. Eso no puede ser – replicó Don Quijote-, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y a amanecer tres veces”

 

 
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