La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Salinger: Cartas a mí mismo enero 12, 2009

 

                                                                                                                                        9c1aa64a1

La verdad fue una problemática que ocupó buena parte de la literatura de Truman Capote, acaso su totalidad. Fue a través de ella que se consagró méritos y deméritos, pero sobre todo, problemas. El feliz autor de Otras voces, otros ámbitos, joven precoz, lumpen glamoroso, arribista y pendenciero, devino con los años una especie de curioso profesional, proclive al escándalo farandulesco, a los cambios de humor violentos y al desagrado de una sociedad a la que amaba y detestaba al mismo tiempo. Los pormenores que hicieron a su última novela, Plegarias Atendidas, no fueron finalmente tan difíciles como las consecuencias que sobrevendrían con su publicación.

Las memorables palabras del prólogo a Música de Camaleones, apuntaban empero a un juicio personal, pero aún a una consecuencia de orden publico, pese a su evidente autoreferencialidad.

 

Cuando Dios le entrega a un hombre un don, también le entrega un látigo, y ese látigo no sirve más que para autoflagelarse.”

 

Con Plegarias Atendidas, aquel látigo no hizo más que tensarse y precisar su blanco, hasta condenar a Capote al ostracismo y el desprecio de la intelligenzia norteamericana. Si extendemos la alegoría, sabemos que J D Salinger tuvo igualmente su propia expulsión del mundo, aunque el mismo látigo no lo arrojara sino a la reclusión y el desaparecimiento.

 

En todo caso, la verdad tuvo en Salinger una huella más literaria y más profunda, y supo manifestarse como un híbrido entre lo verosímil y lo creíble. El objetivo era, por tanto, más difuso. El compromiso de Salinger con la verdad tuvo el rol de la embestida en The Catcher in the Rye y otro diferente, no tan aprehensible en la saga de la familia Glass y los diversos relatos que de alguna manera la bordean o bien la complementan. 

 

Ciertamente, muy pocos elementos nos son necesarios para caer en la cuenta de cuán disímiles fueron las premisas de expulsiones tan particulares: el auto flagelo de Capote encontraba su razón en un bloqueo creativo que lo llevó, en un primer momento, a una larga depresión y luego, al resentimiento y el combate: escribir todo, absolutamente todo lo que sabía sobre aquel mundo que abruptamente le cerraba sus puertas. Las consecuencias no tardaron en llegar y Capote disparó: “¿Qué esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo ¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerles?

 

 

 

truman-capote1El caso de Salinger, en cambio, se tiñó de oscuridad y de incertidumbre. El furor provocado por la publicación de The Cathcer in the Rye, así como su inestable personalidad, delinearon paulatinamente el croquis de un mito: convertido en un eremita, aún hoy apenas sale de casa y aunque siguen acumulándose biografías siempre traicioneras sobre su persona, permanece sin proferir palabra y se diluye en su invisibilidad con el mismo orgullo de aquel personaje que ocupa al relato “The Secret Goldfish” que se cuenta en las primeras páginas de The Catcher… : un niño que no deja que nadie vea su pez dorado ya que lo ha comprado con su propio dinero.

 

Pero algunos años después de que Salinger se perdiera en su propia leyenda y su reclusión no fuera ya la comidilla de los medios de la época, sino poco más que una nueva anécdota del mundo literario, Capote abría su arcón de secretos bien custodiados y atacaba con una de tantas indiscreciones.

 

 

-¿Te acuerdas de lo de Salinger? –dijo Mrs Matthau.

-¿Salinger?

-“Un día para el pez plátano.” Ese Salinger.

-Franny y Zooey.

- Eso. ¿No te acuerdas de él?

Mrs Cooper reflexionó, hizo pucheros, No, no se acordaba.

-Fue mientras aún estábamos en Brearley -dijo Mrs. Matthau-. Antes de que Oona conociese a Orson. Oona tenía un novio misterioso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmelas y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía ser un chico que lloraba con mucha facilidad. Pero lo que quería saber era si yo pensaba que era alguien brillante y con talento, o nada más que un imbécil. Y yo dije que las dos cosas, ese chico es las dos cosas, y unos años más tarde, cuando leí El guardián entre el centeno y me enteré de que el autor era el Jerry de Oona, seguí manteniendo la misma opinión.

-Yo nunca oí ninguna historia extraña acerca de Salinger –confió Mrs. Cooper.

-Yo no he oído acerca de él nada que no sea extraño. Te aseguro que no es el típico chico judío de Park Avenue.

 

(Capote, 144, circa 1976)

 

                                                                                                                                       9788435033459

Lector ausente, despeja la mesa. Pasemos al detalle de esta nota de color que nos ocupa. En nuestra idea de Salinger siempre hubo un recluido, pero antes, mucho antes de que haya habido cazadores y guardianes[1]. Siempre hubo cartas desde la reclusión. La indiscreción de Capote no hace tanto a la verdad como a la leyenda: sólo demarca el territorio-Salinger haciéndolo menos ilusorio. Es cierto que Salinger estuvo en el ejército durante la guerra, y cierto que aquel período hubo de marcarlo para siempre, pero más allá de lo meramente biográfico, aún resiste la idea que cartas fueron buena parte de la literatura de Salinger y que cuando no hubo literatura, hubieron tan sólo cartas. Las internas de la familia Glass y las siguientes líneas remedan algún equivoco al respecto:

 

“Esencialmente todos somos escritores de cartas y cuando nos hablamos en la línea de fuego, lo más usual es preguntarle a alguien si tiene un poco de tinta que no vaya a usar”

 

Lo que me atrevo a decir es ligeramente corroborable pero entiendo que la intención de Salinger en múltiples ocasiones ha sido corresponsal y que esta tentativa abreva en una corresponsalía que se vuelve finalmente sobre quien la ejecuta, lo traspasa implacablemente, sorprende a su artífice y revela su identidad oculta, insospechada. Este punto de vista no se sostiene tanto en la anécdota relatada por Capote en Plegarias Atendidas como en Para Esme, con amor y sordidez. La cita, algunas líneas arriba, pertenece a ese relato.

 

 

image64Salinger, lector de James Joyce, supo que un relato no trae necesariamente una confesión, mas una revelación que potencie un estado superior, que lo desnude ante sí y ante el mundo, lo inculpe avergonzándolo, lo haga consciente de una verdad hasta entonces callada, dormida en lo no sabido, en lo ignorado, en lo obviado, en lo sutil, sigilosamente silenciado. James Joyce abre con el volumen de relatos Dubliners una sagaz modificación en la narrativa, y muy especialmente en la manera de construir relatos: el relato, para Joyce, no es sino la embestidura de una revelación o bien el proceso a través del cual el héroe se apercibe de algo hasta entonces desconocido. Joyce llama a esta revelación epifanía o epicletti (del griego, invocación), manifestación espiritual de una verdad que recae en lo meramente cotidiano y altera la realidad del héroe de forma tal que no puede sino descubrir que esa realidad misma es un engaño y la vida, un proceso de desengaños, de manifestaciones del equívoco, de ingenuidades irrecuperables. El hilo del relato joyceano rubrica una serie de símbolos y de indicios aparentemente inoperantes en la historia que confluyen en un umbral último, en donde cada uno recobra sintéticamente su valor poético al enhebrase en la revelación epifánica, paraje de la caída del héroe, antesala de una realidad truculenta, locus horribilis del alma y la consciencia. Desde el simbolismo mórbido de The Sisters, pasando por el olvidado de Araby, hasta el humillación de A little Cloud, todos los relatos que hacen a Dubliners consuman una suerte de despertar amargo en un héroe que, pasivamente, se hace uno con la oscuridad.

Acaso el caso más célebre sea el de The Dead. Gabriel, inserto en una sociedad en la que es alguien para los demás, pasa, dentro de sí mismo, a ser nadie al enterarse de que un hombre supo morir de amor por su esposa.

 

La contempló mientras dormía como si ella y él jamás hubieran vivido juntos como marido y mujer. Sus ávidos ojos descansaron en su rostro y en su cabello; y, entonces, pensando en lo que debía haber sido aquélla, su primera belleza juvenil, su alma se sintió invadida por una extraña piedad amistosa. (…) Su propia identidad se disolvía en un mundo gris intangible: el mismísimo sólido mundo en el que esos muertos se habían erguido y donde habían vivido, se borraba y consumía. (…) Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos. ( 345-345-347 )

 

 

Me sirvo de cierta influencia joyceana para una intervención en Para Esme… Entiendo, como se señala en este mismo dossier[2], que una secreta y personalísima ligazón atraviesa a los Nueve Cuentos y que, aún en su intensa polisemia, algunos temas determinan siquiera obsesiones recurrentes en la obra de Salinger. Para Esme… incluye varias de ellas, pero sólo una ocupa a este apartado. En The Catcher in the Rye se  la enuncia someramente. Holden Caufield dice:

 

I’m the most terrific liar you ever saw in your life

 

¿Importa esta línea al desarrollo de Para Esme…? No, en tanto no lo justifique.

 

Salinger dibuja en Para Esme… una serie de falsetes, de imposturas que son una misma impostura final, zonas de rigurosa e implacable mentira. Para Esme… supone formalmente una tripartición. De los tres narradores que relatan la historia sólo uno es real, el último, el que deja de narrar definitivamente para mirar a los ojos al lector, el que detiene el tiempo interno del relato para abrir paso a una voz que ha dejado de escabullirse en falsas alarmas y se transporta más allá, adonde todo ha dejado de ser juego, adonde no nos basta ya la literatura para sopesar el descrédito o la vida para comprenderlo.

 

This is the squalid, or moving part of the story, and the scene changes. The people change, too. I’m still around, but from here on in, for reasons I’m not at liberty to disclose, I’ve disguised myself so cunningly that even the cleverest reader will fail to reconize me. (Salinger, 1950, The New Yorker, pag 28-36)

 

 

Refiero ciertas astucias de Salinger: la candidez con la que introduce el relato, el horror con el que pone punto final.

El Sargento X, ya retirado, recibe la invitación a la boda de Esme, una niña que conoció seis años antes, en sus días de combate. La invitación es descartada bajo una rápida excusa, pero no tan frívolo es el recuerdo del Sargento. La madeleine proustiana sobrevuela esas páginas: X rememora en un primer momento, el encuentro con Esmé y su promesa de escribir un relato “sórdido” que la involucre, y en un segundo, los días posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, en los que X permanece acuartelado luego del armisticio. El relato prometido aúna a X y a Esmé, pero no tanto como una segunda, tácita promesa.

 

“Goodbye,” Esmé said. “I hope you return from the war with all your faculties intact.”

 

Estas palabras no revelan una honda preocupación sino en la voz del tercer narrador, aquel que alude haberse disfrazado durante todo el relato, de calmada vida marital en un primer momento, de escritor primerizo perdido en una guerra que no es la suya luego. Esta tácita promesa, línea en la que X y Esmé no pueden sino reclamarse mutuamente, importa sobre todo una identidad final, lóbrega y hábilmente escondida en la consciencia, manifestación de un yo disuelto en la verdad de la epifanía que, aún dirigiéndose a Esme, continúa disimulándose y pone en manos del lector esa última confesión en una corresponsalía de la que es único destinatario.

 

“You take a really sleepy man, Esme, and he always stands a chance of again becoming a man with his fac-with all his f-a-c-u-l-t-i-e-s intact.”

 

                                                                                                                                       383089864_5817aed679_o

Me concedo una libertad. La obra de Salinger abreva en un rasgo común, una serie de revelaciones que asisten a cada personaje, potenciándolos a un estado otro, una suerte de realización o conmoción del alma que los interpela y que, al resignificarlos, los individualiza, como un continuidad, un peregrinaje dentro de su propio ser. Acaso sea ésta la particularidad que haga a tantos lectores: sentirse correspondidos sin heroísmos impolutos, sin fracasos coloreados. Hay quien dice que sólo algunas obras pueden preciarse de universales, aquellas que abordan un abanico de temas centrales para el alma humana: la muerte, el dolor, el amor, la locura, la vida, la ilusión, la búsqueda, la pérdida, el deseo de atravesarse a uno mismo. Salinger sintió esa necesidad, se hizo carne en ella. Y su creación no es sino una serie de personajes que despiertan interiormente a la luz de una clarividencia autoconsciente. El I didn’t return with all my faculties intact consuma parte de ese proceso, y se extiende hacia otras revelaciones de igual envergadura dentro de la obra de Salinger: La Pérdida de la Inocencia (The Catcher in the Rye), La Felicidad (Seymour: an introduction).

 

Pero Salinger va más allá: llega al final del camino. No es sino en A Perfect Day for Banana Fish que ese ser epifánico se suprime, se despoja, desaparece, deja de ser. Seymour suprime su ego final quitándose la vida y desde entonces, todo lo que sabemos de Seymour es por lo que ha sido, ya no por lo que es. Seymour es el gran exiliado de la familia Glass, el otro, aquél que vive en boca de los demás ya que superó (pienso en el Zen) la arbitraria sujeción a cómo se ha de ser o cómo no se ha de ser. Creo necesaria una extensión más: el suicidio de Seymour se resignifica a su vez con el silencio hermético de Salinger. Salinger, luego del sucidio de Seymour, sólo puede decirnos cómo fue el éxtasis de haberse sentido Seymour alguna vez. Es por eso que prefiere acudir a Buddy como sostén, porque nada que pueda decirse verdaderamente puede decirse como un yo: la verdad sobre Seymour ha de decirla otro. Y otros siempre añadirán un último eslabón a la cadena, re-semantizándola, dándole vida una vez más.

 

De esta notación me he servido para este corto examen. La verdad sobre él también habrá de decirla otro.

 

 

 

M.A

 

[1] De alguna manera, esta es la temática que ocupa al otro de los ensayos incluido en este Dossier, “Francotiradores (Hat on- Hat off).

[2] Ver  “Palabras para el verano en que todos nadaban en aceite”


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3 Responses to “Dossier Salinger: Cartas a mí mismo”

  1. Marcelo Says:

    Brillante estudio, para leer mientras tengo los 9 cuentos en mi mesa de luz


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