La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Entrevista a Gonzalo Garcés: “Hace unos años me inventé una consigna: volver a la guerra” enero 15, 2009

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 Autodeclarado ex argentino, Gonzalo Garcés parece corresponder con  todas las debilidades que hacen a una inmodificable argentinidad. La tenacidad en las opiniones, el humor intempestivo, la pasión por saltearse los decorados hacia un horizonte siempre futuro que no deja de fruncir el ceño. Hay algo de boxeador paciente en él, pero también de boxeador cansado. Y una pátina de ironía de impecable laxitud que hace a lo que dice siempre más creíble y más digno de creerse. Eso, al menos, es lo que deja ver. Porque detrás de la apresurada incorrección está la lucidez: Los Impacientes (Seix Barral, 2000), novela parida en las postrimerías de la agonía findelmundista, en la que jóvenes como Boris, Keller, Mila, yo y el mismo Garcés nos anunciábamos como una herida difícil de cerrar tras años de frivolidad y desconcierto. Y luego El Futuro (Seix Barral, 2003), en donde se obligó a despreciar el mote de “promesa” literaria, reinventándose como una de las voces narrativas más intrigantes y consolidadas de nuestros días.

La Periódica mantuvo una inquietante corresponsalía con Garcés en la que no faltó ni el candor ni la tirantez. En donde lo que se dice es lo que hay: el compromiso por habitar el campo de batalla.

 

Martín Abadía – Roberto Santander – Mome

 

Para empezar, nos gustaría que nos cuentes cuáles fueron tus primeras experiencias lectoras. ¿Fuiste un lector precoz? ¿Quién te inició en esos primeros libros?

No, no creo que haya sido muy precoz. Leía historietas de superhéroes. Mi padre, que es muy culto, se preocupaba y me dejaba sobre la almohada El Oro, de Blaise Cendrars. Que, de paso, es una elección curiosa para un preadolescente: una novela sobre la fiebre del oro en California, sin personaje central, sin introspección, sin sexo… De todos modos, leí bastantes libros antes de los doce años. Pero el primer libro que me pegó fue La Vida secreta de Salvador Dalí.

 

He leído en algún lado que una de las tantas cosas que le reprochás a Cortázar es su mirada romántica y, hasta un cierto punto, tópica sobre algunas cuestiones. ¿Nunca pensaste en que Los impacientes tiene bastante de romanticismo?

¿Porque pensás que yo defiendo Los impacientes? Por supuesto que esa novela es más cursi que los peores momentos de Cortázar. De todas formas, dejame que te cuente de dónde viene ese aire de familia que tiene con Cortázar. Yo no había leído Rayuela, la leí recién después. Pero había leído un libro muy similar, que Cortázar también imitó, que es El Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Las metáforas modernistas —una pareja que fornica como una torre petrolera, palomas que revolotean como confetti—, el esquema del grupito de expatriados, todos rentistas o artistas o mendigos sublimes, que deambula por una ciudad iniciática, hablando y hablando, en busca de la realización personal… Todo eso es el Cuarteto, y salvo las metáforas modernistas, que Cortázar reemplazó por artilugios roussellianos como el gíglico, todo eso es también Rayuela, y también esa novelita mía.

 

Es notable que para un tipo que escribió una novela con tanta densidad poética como Los Impacientes, no haya escrito, o al menos publicado, poesía. ¿Es justa la afirmación? ¿Escribiste poesía alguna vez?

Escribí poesía pero no entendía la poesía. No digo entender intelectualmente, no sentía la poesía, no sabía desde qué lugar hay que leerla. Recién hace poco, cuando empecé a leer a Whitman, empecé a entender.

 

Pasemos a otro tema. Sos argentino, residís en Chile desde hace unos años, viviste fuera del país un tiempo largo. ¿Padecés el peso de una nacionalidad? En todo caso, ¿te sentís dentro de algún tipo –imaginaria o formal- de tradición?

No sé, yo me fui de Argentina, pero eso no quiere decir que haya llegado a algún lado. Y me siento bien así, la verdad es que no entiendo por qué la gente se hace tanto drama con las raíces. Conozco muy bien la tradición francesa y el modo de ser francés, puedo hablar con un francés usando no sólo la lengua sino los códigos, gestos y sobreentendidos que van con lo francés, pero no soy francés. Tampoco soy chileno, español o estadounidense, aunque conozco bien esas tradiciones. Por ahí la definición que mejor me cabe es la de ex Argentino.

 

Pero viviste en Buenos Aires, Paris, Gerona y Santiago. ¿No te quedás con nada de cada ciudad?

¿Te puedo ser muy sincero? Lo que de verdad me viene a la cabeza si me hacés pensar en esas ciudades son algunas mujeres con las que cogí en cada una. No cuento a mi mujer, que no está atada a un lugar. Pero Buenos Aires es coger con Ana en la casa de sus padres, en Coghlan, escuchando horrible música de Enya; París es coger con Mahjabeen, en la pieza de la Rue du Four, con olor a hashish y música de Portishead; Gerona es coger con Elisabeth, en el baño de una librería del casco antiguo, sin música. La definición de Santiago, supongo, la tendré cuando me vaya.

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Haces talleres literarios, enfocados, principalmente, en la escritura de cuentos. ¿Qué tiene el formato que te entusiasma tanto? ¿Por qué nunca publicaste un libro de cuentos?

Porque en realidad el género no me entusiasma nada. De hecho, me han puteado bastante por haber escrito que el cuento, al menos en su formato clásico, me parece un género menor. ¿Sabés por qué menor? Porque me parece chato, con poca posibilidad de hacer resonar entre sí historias distantes, que es lo que da la ilusión de profundidad. Sólo Borges, Chéjov y algunos otros hicieron cuentos con profundidad de campo.

 

Hace poco también despertaste una polémica con un artículo acerca de aquello que produce que la Argentina y España se distancien en el terreno de la literatura. Hay una cosa que, creo, escapó a tu artículo y a la polémica posterior ¿No creés que la distancia se deba principalmente a que la prosa argentina siga buscando causar un efecto en el lector en la manera de ejecutar el lenguaje que España no ejecuta desde Poeta en Nueva York de Lorca o que simplemente no le interesa ejecutar?

Coincido. Salvo Javier Marías, Enrique Vila-Matas y algún otro, en España no se ha puesto en cuestión el lenguaje literario desde hace muchos años. Pero bueno, si decís que esa idea no estaba en mi artículo, no me queda más remedio que contestar con un copy-paste. Esto es lo que dije: “Hay poco en la costumbrista generación del 50, en la amable literatura de la Transición y en la narrativa española actual, que deje traslucir dudas. Dudas acerca del lenguaje, la forma novelesca, la relación entre escritura y estructura social, el acto mismo de escribir.”

 

Hace años ya que busco en la literatura un abandono de la huella que dejó Manuel Puig en la literatura. No sé que tan acertado estoy, pero presumo que tu literatura mira más bien en dirección contraria de la de Puig en cuanto al trabajo con las ideas y el lenguaje. Más allá de los merecimientos que pueda tener Puig como escritor, ¿no te parece que, al igual que sucedió con la música (el rock chabón, las letras barriales, etc), hubo como una especie de retorno a lo fácil, a lo popular, a lo grasa incluso?

¿Pero de quiénes estamos hablando? Los únicos escritores que yo conozco que superficialmente se podrían asociar a lo grasa son Fabián Casas y Washington Cucurto. No me gustó el último libro de Cucurto, 1810, pero Cosa de Negros y El Curandero del amor me parecen muy buenos y nada fáciles. Casas es uno de los mejores escritores argentinos. Hace falta ser un artista muy fino para escribir El Bosque pulenta o Casa con diez pinos. Yo sé que a propósito de Casas inventó Alan Pauls el término despectivo de literatura chabona, pero se equivocó totalmente. Bueno, a Alan suele traicionarlo el cheto superado que lleva adentro, y cierta tendencia a leer por encimita y despreciar por si acaso. En cuanto a si mis propios libros se alejan de Puig, eso ya habría que preguntárselo a otro. A mí Puig me gusta mucho, quizá un poco más la idea de Puig que los libros concretos de Puig, pero las influencias reales en la propia obra nadie las conoce, y el que dice conocerlas miente.

 

Casualmente, en el 2003, año en que publicás El Futuro, Pauls publica su novela El Pasado. ¿Te resulta significativo? ¿Leíste a Pauls?

Ja, ja. Esa pregunta, mutatis mutandis, se la hiciste a Pauls. Pero no, no me resulta significativo, la verdad es que no tenemos casi nada en común.

 

Volvamos a tus libros ¿Qué visión tenés de Diciembre hoy en día?

Ninguna visión de ese libro, sí de lo mucho que me divertí escribiéndolo.

 

1116780056_010En Los impacientes, la posición generacional que tomás es evidente. Marca de alguna manera la inseguridad para con todo que dejó el menemismo en la juventud ¿Cuál pensás que fue el precio que se pagó a “la fiesta”, o bien, el que va a seguir pagándose con el tiempo?  

No sé, che. Los impacientes es una novela medio ahistórica, marcada por una consigna muy simple, que era tomar sistemáticamente a contrapelo todas las posiciones del progresismo de la generación de los ’70. Hasta habla bien de la guerra. Pero el menemismo no fue eso, el menemismo fue grosso modo un sinceramiento en el sentido de que en la Argentina no había espacio para una política propia, como torpemente había intentado el alfonsinismo, y que había que limitarse a un alineamiento tardío con la revolución conservadora que redefinió a los países industrializados durante la década anterior. Los efectos fueron los mismos: concentración de la riqueza, precariedad, corrupción de alto vuelo. Pero yo no pondría primero “la fiesta” y después las consecuencias: el precio se venía pagando desde antes, y en el mismo sentido “la fiesta” todavía sigue, encarnada en nuestro pútrido sentido de la institucionalidad, en nuestra absoluta falta de proyecto, en la irrealidad de nuestro mundo mental, todo eso.

 

A raíz de esto, pensaba que la visión que tenés sobre la juventud en tu obra es, de alguna manera, corrosiva y piadosa a la vez. La crítica, si es que existe, ¿no puede extenderse a la sociedad toda, tan desvelada como se la ve por ser eternamente joven?  

Puede ser, pero ¿sabés qué? No me interesa mucho seguir con este tema de la obsesión    por la eterna juventud. Sobre eso ya Oscar Wilde dijo lo que se podía decir: el precio que se paga, la degradación ética que genera, etcétera. Lo que a mí me interesa más es el fenómeno opuesto: el hecho de que algunos vamos conociendo la degradación y la muerte y teniendo cosas que decir al respecto. Yo hace unos años me inventé una consigna: volver a la guerra. O sea, despertar a la realidad de que en ningún momento salimos del campo de batalla, que no se puede entender el mundo si no es como tensión: entre células sanas y células cancerosas, entre hombres y mujeres, entre editores y escritores, entre propietarios e inquilinos, por no decir nada de los países.

 

 Pasemos a El Futuro. Ahí te concentras en la mirada revolucionaria y ansiosa que tuvieron los jóvenes en los 70 y cómo viven la nostalgia de la época. Miguel dice “¿Y fuimos lastimados? Sí. ¿Y perdimos todas nuestras apuestas? Sí, claro que sí.” ¿Crees que, hoy en día, se puede recuperar esa utopía? ¿Se puede volver a perder de esa forma o ya nadie apuesta porque todo está perdido de antemano?

Para mí, apostar fuerte en la Argentina sería que la gente saliera a la calle a reclamar, no sólo a favor o en contra de la resolución 125, sino para terminar con las listas sábana en las elecciones legislativas. O para crear una boleta electoral única con los nombres de todos los candidatos, de ésas que se marcan o pinchan, para evitar el robo de boletas. O para instituir una rendición de cuentas semestral del presidente al parlamento, que se pase por todos los canales de televisión. Ese tipo de cosas. Como nadie en la Argentina se juega por cosas así, supongo que se puede decir, de acuerdo con la frase que citás, que está todo perdido de antemano.

 

 Tomando de referencia la pregunta anterior, vivimos un momento en que  las apuestas se dan en un plano más doméstico, que ya no importa lo social, ni las grandes conquistas políticas, sino resguardar el espacio individual, tu familia, tu casa…

Te voy a contestar por mí, porque ya estoy medio grande para hacer sociología de bolsillo. A mí me da una fiaca invencible la idea de comprometerme con una causa dentro de marco institucional demasiado corrupto o disfuncional para que el resultado de ese compromiso importe algo. Vuelvo a la pregunta anterior: si el compromiso fuera con una reforma real de las instituciones en Argentina, para mí valdría la pena.

 

 La relación padre-hijo es otro tema que tocas en El Futuro. El hijo como juez del padre. Sin embargo, Joaquín, finalmente, se hace hombre gracias a los actos del padre. ¿Es imposible romper esa cadena?

 El planteo de El Futuro, que me parece que no quedó muy claro, es que ese personaje, Miguel, anda buscando un juez como otros buscan la droga. Podría ser su hijo o podría ser otro. Tal como se dan las cosas, resulta ser el hijo.

 

 ¿Cuál sería el Sountrack de El Futuro?

 La canción homónima de Leonard Cohen, que dice: I have seen the future, brother: it is murder.

 

 

 33aa0zpEstuviste invitado en Bogota 39. Más allá de la edad, ¿qué tenían en común todos los escritores que ahí participaron? ¿Crees que se puede hablar, en la actualidad, de una generación de escritores que desarrollan un proyecto de escritura común? ¿O fue un asunto editorial?

 Prefiero ni pensar en eso. Si yo invierto las pocas neuronas que tengo en identificar mis puntos en común con mis coetáneos, ¿qué estoy haciendo? Poner en el centro de la reflexión lo más vulgar, lo más compartido, lo menos individualmente procesado que podamos tener Alvaro Enrigue, Eduardo Halfon, Alejandro Zambra, Pilar Quintana y yo. Es la anti-literatura total. Una generación es una sociedad de socorros mutuos: uno está ahí sólo para salir de ahí lo antes posible.

 

  

Tuviste una relación bastante cercana con Abelardo Castillo. ¿No creés que El que tiene sed, forjó algún tipo de canon, popular o académico?

 Bueno, Abelardo Castillo sí forma parte de cierto canon popular. Hace poco, en una librería de avenida San Martín, vi un mural con efigies de escritores. Estaban Cortázar, Borges, Arlt, Sábato y Castillo. No está mal, sobre todo considerando que Castillo es ahí el único escritor vivo. En cuanto a El que tiene sed, yo le oí decir a gente en varios países que es un libro que los marcó. Entre otros, dicho sea de paso, a Roberto Bolaño.

 

 

También has compartido con diversos escritores. Incluso el año pasado pudiste entrevistar a Houellebecq ¿Qué admiras de su escritura? ¿Pudiste compartir con él algo más que ese espacio de conversación? ¿Te dejó alguna impresión? 

Es resimpático Houellebecq. ¿Viste que todo el mundo después de cierta edad, y más si es famoso, se vuelve una especie de holograma, imposible de tocar por ninguna impresión nueva? Houellebecq no. Vino a Chile en un estado de receptividad y disponibilidad totales. Todo le daba curiosidad y todo, en principio, le venía bien. Me acuerdo que lo acompañé a una cena en casa de los sponsors de su visita; una mansión en la cumbre de un cerro, donde la hija del dueño, no sin nerviosismo, hizo de maestra de ceremonias. Yo creía que Houellebecq se había dedicado sólo a beber, pero cuando salimos me describió a cada comensal con más perspicacia de lo que yo podría haberlo hecho, explicándome entre otras cosas cómo esa hija debía vivir con la carga de no saber nunca si la gente se le acerca por ella o por la fortuna monstruosa de su familia. También recuerdo otra cena: el decano, que estaba en la otra punta de la mesa, le pasó una fuente con fruta; Houellebecq se sobresaltó un poco, luego se le iluminó la cara con una sonrisa enternecida y dijo: Il est trés doux, ce Doyen : il m’offre des fruits.

 

 

¿Qué estás leyendo por estos días, Gonzalo?

Recién terminé Mientras agonizo. Qué raro que es Faulkner: mientras uno lee es como meter los dedos en el enchufe, pero al mismo tiempo siempre está al borde de ser todo una joda. Esas desgracias que se apilan sobre los Bundren, no sé, son tantas que invitan la parodia. Dan ganas de agregar: y ahora les cae un piano encima, y ahora se los come un yacaré, y ahora la hija descubre que tiene SIDA. Me pregunto si a otros lectores les pasa…

 

 

Teniendo en cuenta que tu última novela publicada fue el 2003, ¿en qué estás trabajando actualmente? Tengo entendido que preparabas una novela sobre el conflicto chileno-argentino del 78. ¿Sigues en eso?

No es sobre el conflicto chileno-argentino del 78, aunque tiene algo que ver. Y sí, sigo en eso

 

 

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12 Responses to “Entrevista a Gonzalo Garcés: “Hace unos años me inventé una consigna: volver a la guerra””

  1. Giorgiolito Says:

    Está chora la entrevista.
    Espero no pecar de pedestre, ¿pero podrían traducir ciertos fragmentos?…el inglés pasa pero frances es un poco mucho

    Forza!

  2. laperiodicarevisiondominical Says:

    “¡Qué agradable que es ese decano! Me convida frutas”

  3. Esteban Says:

    Mató a Sábato

  4. Ya había leído a alguien que comparaba a Cortázar con esa novela de Lawrence Durrel. También hay un amigo que me dijo que “Rayuela” es igual a un libro de Sartre (no recuerdo cuál de todos).

    Buena entrevista.

    Saludos

    A

    • laperiodicarevisiondominical Says:

      Creo que hasta el mismo Cortázar lo acusa al principio de la novela. No sé qué libro de Sartre, pero yo he reconocido ciertas referencias: Contrapunto de Huxley, obviamente el Cuarteto de Alejandría de Durrell, Gide, Sarraute, y buena parte de los procedimientos de L’Oulipo.

  5. Carlos Says:

    estoy con Garcés, Casas es un genio.

  6. helena Says:

    que tipo espantoso

  7. Mario Says:

    Nunca compraría un libro tuyo, Garcés. Sos un asco.

    • EDUARDO Says:

      Marito, Marito… cuan enfermo debés estar para calificar a un tipo como Gonzalo Garcés de esa forma.
      Tranquilo. Hay cura para eso.

  8. A mi me agradó la entrevista, no leí ni un libro de Gonzalo, pero quiero hacerlo. Me parece genial que no se pegue a una nacionalidad para saber que poder pensar o hacer, y disculpen no sabía de Gonzalo hasta que buscaba unos datos mios en internet ya que mi nombre es también Gonzalo Garcés

  9. Ana Sanso Says:

    Mis felicitaciones a Gonzalo…anoche terminé “El miedo”, y es un alivio saber que en cierta forma todos pasamos por lo mismo…pero también es triste esa verdad…y desde lo personal fue tan oportuno como imprudente leerla ahora, pero no puedo dejar de decirle lo abrumador y asombroso que es descubrir que existen hombres como él con tremenda claridad para transmitir sentimientos, trances, pasajes de la vida que son inevitables. Como esto se va a publicar, solapadamente debo decir que me hizo reir su sinceridad, cuando le preguntaron con que se quedaba de cada una de las ciudades donde vivió (Paris, Gerona, y Santiago) y comparto lo que piensa de Alan Pauls….

  10. Ini Says:

    Me parece un niño terrible de la literatura y la vida. Tipicamente porteño y narcisista esto de estar por encima de las convenciones y por eso creerse superior, pero sin ninguna propuesta de fondo. Desmoralizador.


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