La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Informe de un tartamudo – Sérgio Sant’Anna enero 28, 2009

 

La Periódica Revisión Dominical inicia un ciclo de traducciones de actualización quincenal. El mismo contará con textos en los más diversos formatos y se intentará dar lugar a aquellos que bien sean inéditos en castellano o virtualmente desconocidos. En esta ocasión, presentamos “Informe de un Tartamudo,” del escritor brasilero Sérgio Sant’Anna.
Al pie de página, el lector encontrará una escueta reseña en torno al autor.

Texto extraído del sitio http://www.releituras.com/ Este texto está incluido en el libro “Contos e novelas reunidos” y fue publicado en “Figuras do Brasil” -80 autores em 80 anos de folha”, Publifolha – São Paulo, 2001, pág.308, organizado por Arthur Nestrovski. (N. del T.)
http://www.releituras.com/ssantanna_infgago.asp
Traducción: Roberto Santander.

 

 

 

 

Esmeralda no me miraba de frente, mientras terminaba de hacer la maleta.

 

- No quiero llevar muchas cosas porque allá hace frío y voy a tener que comprar ropa igual –dijo ella, intentando ser natural.

 

Cuando pasó una vez más cerca de la cama, la tomé del brazo.

 

- No hagas las cosas más difíciles. –Esmeralda se soltó.

 

- Sss…ó…sóó… – intenté sacar las palabras desde el fondo, sintiendo la sangre fluir hacia mi cabeza, como si yo fuese a explotar.

 

-¿Pero sóó… qué, por el amor de Dios?

 

- Só…lo…uuna…vez más! – finalmente conseguí decirlo, con mucho sacrificio.

 

Esmeralda mi miró de arriba a abajo y movió su cabeza, como si no pudiese creer lo que veía. De repente, se sacó del tirón el vestido, se sacó el calzón, las sandalias y saltó a la cama. Me sacó la ropa, clavó sus uñas esmaltadas en mi pecho y se lanzó encima mío, haciendo sonar sus pulseras.

 

- Ah, mi amorcito, es rico hacerlo contigo. Soy tuya, ¿ves? Toda tuya, para que no te olvides nunca de mí…- me dijo eso y un montón de cosas más, todas muy rápidas, como si no quisiera perder tiempo.

 

- Listo, ¿estás satisfecho?

 

Luego de que todo acabara, Esmeralda miró su reloj de mano y se puso de pie. Fue hacia el armario, tiró la percha con la ropa de viaje, abrió y cerró con un fuerte ruido el cajón y entró al baño, golpeando la puerta. Cuando salió, estaba duchada, vestida y maquillada.

 

- No te vas a quedar ahí desnudo con esa cara de taza, ¿no? –dijo ella, con las manos en la cintura y las piernas alejadas una de otra, quietas sobre la alfombra.

 

Pese a que me lo había prometido, no conseguí aguantarme por más tiempo:
 

-¡Qué..da…te..con…migo!

 

Esmeralda fue hasta donde estaba su bolso y tomó su pasaje de Lufthansa.

 

- ¿Pero no te vas a convencer nunca? ¿No te das cuenta? Un tipo raquítico, con ese pecho encorvado, al que le dieron licencia en el banco porque tartamudea cada vez que está frente a alguien, pero habla solo y gesticula en el medio de la calle. ¿Te das cuenta por qué yo no quería despedidas? ¿Y mi futuro no tiene ninguna importancia? –Esmeralda agitaba su pasaje, con lágrimas en los ojos.

 

Pese a todo, cargué la maleta hasta abajo y esperé que Esmeralda entrara en el taxi.

 

-No me juzgues –dijo ella, antes de cerrar la puerta. –Ni hagas ninguna tontería –agregó, bajando un poco la ventana del auto. Luego, volvió a cerrarla.

 

El conductor partió e hice el gesto de despedida con la mano, mientras Esmeralda se acomodaba en el asiento trasero. Cuando el auto dobló la esquina, me di cuenta que continuaba con la mano erguida, inmóvil y la guardé rápidamente. Miré para todos lados y comencé a caminar, aparentando normalidad.

 

- No, yo no voy a juzgarte, Esmeralda, pero hubo un tiempo en que tu futuro éramos tú y yo, y creías que era genial ser amiga de un funcionario del Banco de Brasil, aunque estuviese retirado –dije, esta vez sin fallar, porque hablaba solo y mis palabras se perdían en el viento; eran ondas dispersas que nadie, a no ser yo mismo, sintonizaba. Cuantas palabras, en ese movimiento continuo de gente sufrida, inexpresiva, meros extras, rostros en la multitud.

 

- Pero tú exageraste, Esmeralda: mis gestos son discretos, apenas un hombre que garabatea el aire, con el puño junto a la escritura, sintiendo que sus palabras y pensamientos se escriben.

 

Los Tartamudos no son estúpidos como podría parecer. Muy por el contrario, lo que un tartamudo no consigue es acompañar la velocidad vertiginosa de su pensamiento, y las palabras son un estorbo en el que tropieza. Los tartamudos pueden convertirse en óptimos matemáticos, músicos, filósofos, escritores, siempre que no tengan que dar charlas al respecto. Pero pensando, componiendo, efectuando operaciones abstractas o escribiendo, no se tartamudea, porque el tormento del tartamudo son los otros, la vigilancia de ellos, su atención y mirada. Por eso un tartamudo no tiene problemas cuando habla consigo mismo y éste es un hábito que puede adquirir, no sólo para escuchar limpiamente su propia voz, sino también para organizarse, ampararse en una especie de bastón para su soledad lingüística, abrir un paracaídas antes de sumergirse en el abismo del alma. Un tartamudo, entonces, tartamudea porque es muy rápido. Está seguro que todo pensamiento, incluso los más tontos, lo son; por tanto, el de los tartamudos aún más. Y, por la disciplina que impone su modestia, el tartamudo es capaz de una verbalización elegante, cristalina, precisa, no importa si hacia adentro o hacia fuera, siempre para ningún oyente, y también de una observación simultánea de lo que está hablando o pensando, lo que hace del tartamudo un registrador permanente de su flujo vital y verbal.

 

Yo sólo había ido hasta la esquina y había regresado al departamento desierto. El vestido, aún tirado en el piso, conservaba un poco la forma y volumen del cuerpo, como un balón desinflado, y las ropas del armario constituían un verdadero Museo Esmeralda, con sus evocaciones, su historia. Por ejemplo, el vestido plateado, con escamas brillantes, parecidas a lentejuelas. Tú tenías puesta la música muy alta y ensayabas una coreografía para la prueba del show de mulatas. De repente, me empujaste al centro del salón y me intentaste hacer bailar samba. Después desististe, me empujaste y te dejaste caer en el sofá, descompuesta y sudada.

 

- ¡Tartamudo idiota!

 

Avancé, temblando, como si fuera a pegarte. Al llegar cerca de ti, levantaste tu vestido, con una risa de borracha. Me arrodillé a tus pies y sumergí el rostro entre tus piernas.

 

- No, yo no voy a hacer ninguna tontera, Esmeralda, porque si yo desaparezco, desapareces conmigo. Y, entre tenerte de ésta manera, aunque sufra, y la nada, prefiero tenerte a ti, como un arañazo latiendo en el pecho.

 

Tomé el vestido tirado en el piso, que todavía conservaba tu olor, casi el calor de Esmeralda, y me tiré con él a la cama, como si fuese la mismísima Esmeralda. Te puse de bruces y ahora mirábamos hacia la misma dirección: el espejo, en la puerta abierta del armario. Y lo que en él se estampaba, más allá del capricho egoísta, la baba lasciva, los ojos desorientados de Esmeralda, era mi gozo angustiado y mi conciencia aguda. La consciencia de que no podía dejar de ser como éramos. Pero todavía más que eso: de que yo quería ser quien era.

 

Pero tú te engañas, Esmeralda, si crees que podrás librarte de mí. Luego llegará el día en que, al lado de ese alemán, sentirás un frío que nunca sentiste y un vacío por dentro. Tal vez entonces, te des cuenta de que te quedaste todo este tiempo conmigo porque soy tartamudo.

 

Los tartamudos son grandes amantes, discretos, silenciosos, objetivos, concentrados. Queda descartada desde el principio, por su propia condición, la hipótesis de atribuirse a sí mismos mucha importancia y la pretensión de ocupar el centro del escenario; se dedican, en cuerpo y alma, al placer de la mujer que les tocó, que pasa a ser también el placer y la felicidad del tartamudo. Y, si temen aburrir hablando, los tartamudos son aún más tímidos como para convertirse en repulsivos y pegajosos con caricias en exceso y a cualquier hora. Entonces, el amor canino de un tartamudo por la mujer es camuflado por la prudencia, desconfianza y sensualidad furtiva de los gatos. Como estos, buscan pasar desapercibidos, cuando, en realidad, están muy alertas de esa otra presencia en su espacio y actúan, principalmente, cuando son solicitados. No son, por otra parte, egoístas como los gatos; aprenden luego lo que la mujer desea, sin que sientan ninguna vanidad al satisfacerlas, como los hombres mediocres. Por eso el buen tartamudo es tan astuto y misterioso que termina por mortificar a la mujer que pasó, por destino, a dividir con él la tela –confundiéndose la araña de su presa- viendo ella en el tartamudo un enigma a descifrar. Se siente enaltecida al satisfacer su concupiscencia refinada, edificada lentamente en la contención. Alcanzan, entonces, los amantes, el ápice del conocimiento mutuo; que es cuando la satisfacción de la fantasía de uno corresponde exactamente a la fantasía del otro. Y la mujer que se hace amante de un tartamudo acaba por expresarse, de algún modo, en él, sin esperar otra respuesta que no sea del cuerpo –o del alma que sólo se traduce en el cuerpo: “Ven, haz conmigo lo que tú quieras”: Y el tartamudo lo hace.

 

 

Sobre el Autor: Sérgio Sant’Anna (Rio de Janeiro, 1941), escritor que ha publicado cuentos, teatro y novelas. Entre sus principales libros están: Simulacros (1977); A Senhorita Simpson (1989); Um crime delicado (1997); O vôo da madrugada (2003). Participará en el proyecto multidisciplinario que organiza la productora RT, junto a otros escritores latinoamericanos –Alan Pauls, Joao Gilberto Noll, Mario Bellatin, etc- que consiste en escribir un cuento a partir de una canción y, luego, adaptarlo a un Telefilm.

 

 

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One Response to “Informe de un tartamudo – Sérgio Sant’Anna”

  1. Margarita Peña Dice:

    Hola! estoy buscando informacion para lograr entender a mi hijo de 21 años que tartamudea, entender por que tartamudea ahora a los 21 años, por que.

    No logro entender, anteriormente dos o tres años atras, se notaba, pero no tanto como ahora.

    Actualmente estudia en la universidad y trabaja en un banco.
    Por Dios, necesito entender.


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