La periódica revisión dominical

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Próximo Dossier Kerouac abril 26, 2009

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La Periódica Revisión Dominical anuncia la pronta publicación –Domingo 3 de mayo- de su Dossier Kerouac.

El próximo Domingo nuestros lectores encontrarán textos de  colaboradores, traducciones inéditas, ensayos críticos del Staff y una amplia selección de material exclusivo. Hasta el próximo domingo.

 

La Periódica Revisión Dominical.

 

 

 

 

 

 

 

Principiantes – por Raymond Carver abril 23, 2009

 

 

N. del T: “Principiantes” es una versión primigenia y más extensa de “De qué hablamos cuando hablamos de amor,” relato que forma parte del volumen homónimo editado en 1981. En Diciembre de 2007 la revista norteamericana The New Yorker publicó “Principiantes,” junto con un excelente artículo sobre la relación de Raymond Carver y su editor Gordon Lish y los diversos cortes y diagramaciones que habían sufrido muchos de los relatos de Carver. En 2008 Tess Gallagher, viuda de Carver, re-editó “Principiantes” y otros relatos de Carver sin los cortes de Lish, para que pudiese apreciarse el trabajo de Carver en su forma más “auténtica, original”.

Título original: Begginers.

Traducción: Martín Abadía

 

                                                                                                                                                             071224_carver04_p465El que hablaba era mi amigo Herb McGinnis, el cardiólogo. Estábamos los cuatro sentados en su cocina, bebiendo gin. Era sábado por la tarde. La luz del sol entraba por el ventanal que estaba detrás del fregadero, inundando la cocina. Estábamos Herb, yo, su segunda esposa, Teresa – la llamábamos Terri – y mi esposa, Laura. Vivíamos en Albuquerque pero todos éramos de sitios diferentes. Sobre la mesa había una cubeta con hielo. El gin y el agua tónica pasaban de mano en mano y de alguna forma, llegamos al tema del amor. Herb pensaba que el amor real no era otro que el amor espiritual. Cuando era joven, había pasado cinco años en un seminario, antes de que renunciase para ir a la escuela de medicina. Había dejado la Iglesia en la misma época aunque decía que, al mirar atrás, esos años de seminario habían sido los más importantes en su vida.
Terri nos contó que el hombre con el que había vivido antes de vivir con Herb la amó tanto que había intentado matarla. Herb se rió luego de que ella lo dijese. Hizo una mueca. Terri lo observó y luego dijo, “una noche me golpeó, la última noche que pasamos juntos. Me arrastró por todo el living, tomándome por los tobillos; me decía todo el tiempo te amo, ¿no te das cuenta? Te amo, perra. Terri nos miró a todos y luego miró sus manos en el vaso. “¿Qué se puede hacer con un amor así?” dijo. Era una mujer delgada hasta los huesos, de rostro muy bonito, ojos oscuros y pelo castaño, largo por la espalda. Le gustaban los collares de turquesas y los pendientes largos. Tenía quince años menos que Herb, había sufrido algunos períodos de anorexia, y hacia el final de los sesentas, antes de meterse en la escuela de enfermería, había sido una marginal, “una persona de la calle,” como le gustaba decir. Algunas veces, Herb la llamaba con cariño su “hippie”.
“Dios mío, no seas tonta, Eso no es amor y lo sabes,” dijo Herb. “No sé cómo lo llamarías tú –yo lo llamaría locura –; pero seguramente no es amor.”
“Di lo que quieras, pero yo sabía que él me amaba,” dijo Terri. “Lo sé. Quizás te parezca alocado, pero no deja de ser verdad. Las personas son diferentes, Herb. Claro, a veces él quizás se pasase un poco. Está bien, pero me amaba. A su manera tal vez, pero me amaba. Eso era amor, Herb. No lo niegues.”
Herb suspiró. Sostenía su vaso y se dio vuelta, de cara a Laura y a mí. “Me amenazaba con matarme también.” Él acabó su trago y buscó la botella de gin. “Terri es una romántica. Terri es de la escuela Pégame-para-que-sepa-que-me-amas. Terri, cariño, no lo veas de esa manera.” Él estiró un brazo por sobre la mesa y le acarició la mejilla con los dedos. Le sonrió.
“Ahora quiere solucionarlo,” dijo Terri, “luego de que intentó dejarme.” Ella no sonreía.
“¿Arreglar qué?” dijo Herb. “¿Qué hay que arreglar? Yo sé lo qué sé y eso es todo.”
“¿Cómo lo llamarías entonces?” dijo Terri. “¿Cómo fue que llegamos a este tema de todas formas?” Ella levantó su vaso y bebió. “Herb tiene siempre al amor en la cabeza,” dijo. “¿O no, cariño?” Ahora sonreía, y yo pensé que era el fin.
“Sólo digo que no llamaría amor al comportamiento de Carl, es todo lo que digo, cariño,” dijo Herb. “¿Qué dicen ustedes?” nos dijo. “¿Eso les parece amor?”
Yo me encogí de hombros. “No soy la persona indicada para responder. No conocí a ese hombre. Solo he oído su nombre al pasar. Carl. No sabría qué decir. Tienes que conocer todos los detalles. En mi opinión, no digo que no sea amor, pero ¿quién podría asegurarlo? Hay muchas formas diferentes de comportarse y de demostrar afecto. Ésa no es mi forma, pero lo que tú dices, Herb, ¿te refieres al amor como un absoluto?”
“El amor del que hablo es,” dijo Herb, “es aquel que no tiene que ver con  asesinar a alguien.”
Laura, mi mujer, dijo entonces, “no sé nada de Carl, o de la situación. ¿Quién puede juzgar una situación ajena? Pero, Terri, no sabía que había habido violencia.”
Acaricié el dorso de la mano de Laura. Ella me sonrió brevemente y luego miró fijo a Terri. Tomé la mano de Laura, una mano digna de acariciar, las uñas limpias, perfectamente labradas. Rodeé su muñeca con los dedos, como un brazalete, y la sostuve.
“Cuando lo abandoné, bebió venenos para ratas,” dijo Terri. Se apretaba los brazos con las manos. “Lo llevaron al hospital de Santa Fe, donde vivíamos, y le salvaron la vida. Y le separaron las encías. Digo, las metieron dentro y todos sus dientes salían fuera como colmillos. Dios.” Esperó un minuto, luego liberó ambos brazos y tomó el vaso.
“¡Lo que hace la gente!” clamó Laura. “Lo siento por él, aunque no creo que fuese a gustarme. ¿Dónde está ahora?”
“Quedó fuera de la obra,” dijo Herb. “Está muerto.” Me pasó el platillo con las limas. Tomé unas, las escurrí en mi trago y revolví los hielos con el dedo.
“Es peor que eso,” dijo Terri. “Se pegó un tiro en la boca, lo echó todo a perder. Pobre Carl,” dijo moviendo la cabeza.
“Nada de Pobre Carl,” dijo Herb. “Era peligroso.” Herb tenía cuarenta y cinco años. Era alto y esbelto, de pelo canoso y ondulado. Su cara y sus brazos siempre estaban bronceados de jugar al tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos y todos sus movimientos eran meticulosos y delicados.
“Me amaba de todas formas, Herb, concédeme eso,” dijo Terri. “Es todo lo que pido. No me amaba del modo en que lo haces tú, no es que diga lo contrario. Pero me amaba. Puedes concederme eso, ¿no? No es mucho lo que pido.”
“¿A qué te refieres con que lo echó todo a perder?” pregunté. Laura estaba inclinada sobre su vaso. Puso los codos sobre la mesa y lo sostenía con ambas manos. Recorrió con la vista el camino de Herb hasta Terri y catedralesperó con una mirada de desconcierto, como si estuviese asombrada de que cosas así le pasasen a la gente que conoces. Herb acabó su trago. “¿Cómo podría echarlo todo a perder si se mató?” dije una vez más.
“Te diré lo que sucedió,” dijo Herb. “Sacó la 22 que había comprado para amenazar a Terri y a mí – seriamente, quería usarla. Deberías haber visto como eran aquellos días. Como fugitivos. Incluso yo mismo compré también una pistola y eso que siempre pensé no ser un tipo violento. Pero compré una pistola por defensa propia y empecé a llevarla en la guantera. A veces debía abandonar el apartamento en mitad de la noche, sabes, para ir al hospital. Terri y yo no estábamos casados entonces y mi primera esposa llevaba la casa y los niños, el perro, todo, y Terri y yo vivíamos en aquel apartamento. Como decía, a veces recibía una llamada en mitad de la noche y tenía que salir para el hospital a las dos o tres de la madrugada. El estacionamiento era oscuro, de manera que a veces podías llegar a sudar de miedo antes de meterte en el auto. No sabías si el tipo iba a salir de detrás de los arbustos o del auto y empezar a dispararte. Digo, estaba loco. Era capaz de ponerte una bomba en el auto, o de cualquier otra cosa. Solía dejar mensajes en la guardia diciendo que necesitaba hablar con el doctor y cuando yo devolvía la llamada me decía Hijo de una gran puta, tus días están contados. Cosas como ésas. Te juro que era aterrador.”
“Igualmente me siento mal por él,” dijo Terri. Dio un sorbo a su trago y miró a Herb. Y Herb la miró también.
“Parece una pesadilla,” dijo Laura. “Pero, ¿qué pasó exactamente luego de que se mató?” Laura es secretaria jurídica. Nos conocimos en una capacitación profesional entre miles de personas alrededor, pero hablamos y le pedí que cenásemos juntos. Antes de que nos diésemos cuenta, estábamos de novios. Tiene treinta y cinco, tres años menor que yo. Además de estar enamorados, nos gusta mucho estar juntos y disfrutar de la compañía del otro. Es una persona con la que es fácil estar. “¿Qué sucedió?” volvió a preguntar Laura.
Herb esperó un minuto y tomó su vaso. Luego dijo, “se pegó un tiro en la boca, en su habitación. Alguien escuchó el disparo y llamó al portero. Abrieron con una llave maestra para ver qué había sucedido y llamaron a la ambulancia. A mí me tocó haber estado ahí cuando lo ingresaron en la sala de emergencias. Yo estaba ahí con otro caso. Él aún estaba vivo, pero más allá de todo, cualquiera podría haberlo hecho. Es más, vivió unos tres días más después de eso. Aunque, seriamente, su cabeza estaba hinchada tres veces más de lo normal. Nunca había visto una cosa así y espero no tener que volver a verla. Terri quería entrar y quedarse con él cuando se enteró de todo. Nos peleamos por eso. Yo no creía que quisiese verlo así. No pensaba que debiese verlo, y aún lo pienso.”
“¿Quién ganó la pelea?” dijo Laura.
“Yo estuve en la habitación cuando el murió,” dijo Terri. “No volvía en sí y no había esperanza alguna, pero estuve junto a él. No tenía a nadie más.”
“Era peligroso,” dijo Herb. “Si quieres llamar a eso amor, pues hazlo.”
“Era amor,” dijo Terri. “Claro que no era normal para la mayoría de la gente, pero él quería morir de eso. Él murió de eso.”
“Te aseguro que no es amor,” dijo Herb. “No sabes por lo que murió. He visto miles de suicidas y no podría decir nada de ellos, incluso habiéndolos conocido. Y cuando piden saber la causa, pues… yo no la sé.” Se llevó las manos al cuello y extendió las piernas. “No estoy interesado en amores así. Si quieres ese tipo de amor, puedes tenerlo.”
Un minuto después, Terri dijo, “estábamos asustados. Herb incluso tramitó su testamento y le escribió a su hermano en California, quien había sido  Boina Verde. Él le dijo lo que debía hacer si algo sucedía misteriosamente. ¡O no misteriosamente!” Ella movió la cabeza y entonces río se rió. Bebió y pudo continuar. “Pero es cierto que vivíamos como fugitivos. Estábamos atemorizados por él, de eso no hay duda. Incluso yo llegué a llamar a la policía en una ocasión pero no sirvió de nada. Dijeron que no harían nada con él, que no podían arrestarlo o hacer cualquier otra cosa a menos que realmente le hiciese algo a Herb. ¿No es increíble?” dijo Terri. Se sirvió lo último que quedaba de gin en la botella y la sacudió. Herb se levantó, fue hasta la alacena y trajo otra botella.
“Bueno, Nick y yo estamos enamorados,” dijo Laura. “¿O no, Nick?” Chocó una rodilla con la otra. “Se supone que deberías decir algo ahora,” dijo y me ofreció una enorme sonrisa. “Nos llevamos bastante bien, creo. Nos gusta hacer cosas juntos y no nos hemos dado una paliza aún. Toco madera. Podría decir que somos muy felices. Creo que hay que ser agradecido de lo que se tiene.”
Como respuesta, tomé su mano y la llevé a mis labios dramáticamente. Hice toda una cosa al besar su mano. Todos nos divertimos. “Somos afortunados,” dije.
“Ustedes, chicos,” dijo Terri. “Dejen de hacer eso. ¡Me ponen enferma! Están aún de luna de miel, es por eso que pueden actuar de esa manera. Tortolitos, el uno con el otro aún. Sólo esperen a ver qué pasa. ¿Cuánto hace que están juntos? ¿Cuánto llevan? ¿Un año? Más de un año.”
“Vamos para el año y medio,” dijo Laura aún ruborizada y sonriente.
“Aún están en la luna de miel,” dijo Terri otra vez. “Sólo esperen un poco.” Tomó el vaso y miró a Laura. “Estoy bromeando,” le dijo.
Herb había abierto el gin y nos sirvió a todos. “Terri, por Dios, no deberías hablar de esa manera, ni en broma. Trae mala suerte. A ver, chicos. Hagamos un brindis. Quiero brindar por algo. Brindar por el amor. Por el amor verdadero,” dijo Herb. Chocamos los vasos.
“Por el amor,” dijimos.
Afuera, en el patio, uno de los perros empezó a ladrar. Por la ventana se veían las hojas de álamo sacudiéndose en la brisa. La luz de la tarde era toda una presencia en la habitación. Había un sentimiento de ligereza y generosidad en nuestra mesa, de amistad y comodidad. Podríamos haber estado en cualquier otro lado. Levantamos los vasos una vez más y nos sonreímos como chicos que finalmente se ponían de acuerdo.
“Te diré lo que es el amor verdadero,” dijo Herb. “Creo saber de lo que estoy hablando, y perdónenme por decirlo, pero se me antoja que somos principiantes en el amor. Decimos que nos amamos y es cierto, no lo dudo. Nos amamos y bastante fuertemente, todos nosotros. Yo amo a Terri y Terri me ama y ustedes, chicos, se aman el uno al otro. Sé de qué tipo de amor hablo. El amor sexual, esa atracción hacia el otro, studyhacia tu compañera, como así también el amor cotidiano, el amor hacia el otro ser, las ganas de estar con el otro y los pequeños detalles que hacen al amor de todos los días. El amor carnal entonces y, bueno, llamémosle el amor sentimental, ese preocuparse a diario por el otro. Pero a veces trato de encontrarle alguna explicación al hecho de haber amado a mi primera esposa también. Y de hecho, lo hice, sé que lo hice. Así que antes de que digan algo, soy como Terri en ese sentido. Como Terri y Carl.” Pensó un segundo y volvió a empezar, “en ocasiones he pensado que amé a mi primera esposa como a la vida misma y tuvimos dos niños juntos. Pero ahora aborrezco su ser. En serio. ¿Cómo imaginarse eso? ¿Qué pasó con aquel amor? ¿Se desgastó tanto como para llegar a un punto en que parece que jamás hubiese ocurrido? Qué pasó con eso, me gustaría saberlo. Me gustaría que alguien me lo dijese. Bueno, está Carl, bien, volvemos a Carl. Él amaba a Terri tanto como para intentar matarla y acabó matándose a él mismo.” Se detuvo y movió la cabeza. “Ustedes, chicos, han estado juntos por dieciocho meses y se aman el uno al otro, eso se nota, hay un brillo en ustedes, pero también han amado a otras personas antes de haberse conocido. Ambos han estado casados antes, igual que nosotros. Y es probable que hayan amado a otros antes de eso. Terri y yo llevamos cinco años juntos y estamos casados desde hace cuatro. Y lo terrible, lo terrible es que (aunque también es lo bueno, lo que lo salva todo) si algo le sucediese a uno de nosotros – discúlpenme por decir esto- pero si algo le sucediese a uno de nosotros, sé que el otro pasaría por un período de duelo, sabes, y  luego podría volver a amar a otra persona bastante prontamente y todo eso, y todo aquel amor –Dios, ¿cómo pensarlo?- sería tan solo un recuerdo. Tal vez ni siquiera un recuerdo. Debe ser la forma en la que se supone que debe ser. ¿Estoy equivocado? ¿Me voy de tema? Sé que eso es lo que sucedería con nosotros, con Terri y conmigo, lo sé tanto como sé que nos amamos. Eso ocupa a cualquiera de nosotros. Estoy jugándomela fuerte. Todos nosotros lo probamos de todas formas, pero no alcanzo a entender. Pónganme en mi lugar si estoy equivocado. Quiero saberlo. Yo no sé nada de nada y soy el primero en admitirlo.”
“Herb, por Dios,” dijo Terri. “Esto es deprimente. Vas a deprimirnos a todos. Incluso si piensas que es verdad lo que dices,” dijo ella, “aún así es deprimente.” Ella se aproximó hasta donde é estaba y acercó su antebrazo a la muñeca. “¿Estás borracho, Herb? ¿Te estás emborrachando, cariño?”
“Cariño, sólo estoy hablando, ¿ok?” dijo Herb. “No tengo que estar borracho para decir lo que tengo en la cabeza, ¿no? No estoy borracho. Sólo hablamos, ¿no?” dijo Herb. Entonces su voz cambió. “Pero si me quiero emborrachar, lo hago, mierda. Puedo hacer todo lo que quiera hoy.” Fijó sus ojos en los de ella.
“Cariño, no estoy criticándote,” dijo ella y levantó su vaso.
“No estoy de guardia hoy,” dijo Herb. “Puedo hacer todo lo que quiera. Estoy cansado, eso es todo.”
“Te queremos, Herb,” dijo Laura.
Herb miró a Laura. Por un momento pareció como si no pudiese localizarla. Ella lo siguió mirando, esbozando una sonrisa. Sus mejillas estaban sonrojadas y el sol le pegaba en los ojos, así que bizqueaba un poco. La expresión de Herb se relajó. “Yo también te quiero Laura, y a ti, Nick. Ustedes son nuestros amigos,” dijo Herb al tomar el vaso. “Bueno, ¿qué era lo que decía? Ah, quería contarles algo que me pasó hace poco. Creo que quiero probar algo y lo haré si puedo contarles todo tal cual sucedió. Pasó hace unos meses pero aún continúa. Quizás digan que no, pero esto debe de hacernos sentir un poco avergonzados cuando hemos hablado como si supiésemos de lo que hablábamos, cuando hablábamos del amor.”
“Herb, vamos,” dijo Terri. “Estás demasiado borracho. No hables así. No hables como borracho si es que no lo estás.”
“Cállate por un segundo, ¿quieres?” dijo Herb. “Déjame contar esto, lo llevo en la cabeza desde hace días. Cállate por un minuto. Les contaré la primera vez que sucedió. Esa vieja pareja que tuvo un accidente en la Interestatal. Un chico los chocó y estaban demasiado lastimados sin mucha oportunidad de salir del paso. Déjame contarlo, Terri. Pero, cállate por un minuto, ¿ok?”
Terri nos miró y luego volvió a mirar a Herb. Parecía ansiosa, no habría otra palabra para describirla. Herb agarró la botella.
“Sorpréndeme, Herb,” dijo Terri. “Sorpréndeme más allá de todo cálculo.”
“Quizás lo haga,” dijo Herb. “Quizás. Vivo constantemente sorprendido con las cosas que pasan. Todo lo que pasa en mi vida me sorprende.” Él la miró por un instante. Luego empezó a hablar.
“Estaba de guardia esa noche. Fue en mayo o en junio. Terri y yo nos disponíamos a cenar cuando llamaron del hospital. Había habido un accidente en la interestatal. Un adolescente borracho había chocado la pick-up de su papá contra el motor-home de una pareja de ancianos. Ambos eran septuagenarios. El chico tenía dieciocho o diecinueve años y estaba al borde la muerte cuando lo trajeron. Se le había metido el volante en el esternón y debió morir casi instantáneamente. Pero la pareja aún estaba viva, aunque sólo apenas viva. 9788433920669Tenían fracturas múltiples y contusiones y laceraciones y ambos tenían una concusión. Estaban muy mal, créanme. Y, claro, la edad jugaba en contra. Ella estaba un poco peor que él. Tenía rotura de bazo y además de todo lo anterior, sus rotulas se habían quebrado. Pero llevaban puestos los cinturones así que, gracias a Dios, pudieron salvarse.”
“Amigos, este es un aviso del Consejo Nacional de Seguridad,” dijo Terri, “les habla el Dr. Herb McGinnis. Escuchen,” y rió. Luego bajando la voz, “Herb, a veces te pasas. Te amo, cariño.”
Todos reímos. Herb se rió también. “Cariño, te amo. Tú sabes eso, ¿no?” Él se inclinó sobre la mesa hasta Terri y se besaron. “Terri tiene razón,” dijo Herb, incorporándose.
“Ajustémonos por seguridad. Escuchen lo que el Dr. Herb tiene para decirnos. Ahora, seriamente. Estaban destrozados, los viejitos. Para cuando llegué, los internos y las enfermeras ya estaban trabajando en el caso. El chico había muerto, como decía. Estaba en una esquina, acostado en la camilla. Alguien ya había llamado a un familiar directo y la gente de la funeraria estaba en camino. Le eché una mirada a la pareja y le dije a la enfermera de emergencias que llamase a neurólogo y al ortopedista rápidamente. Trataré de hacer más corta esta larga historia. Los colegas vinieron y llevamos a la pareja a la sala de operaciones en donde pasamos la mayor parte de la noche trabajando. Esta pareja debía tener unas reservas increíbles, lo que se ve muy de vez en cuando. Hicimos todo lo que podía hacerse y hacia al amanecer le dábamos un cincuenta por ciento de oportunidades al caso de la mujer, o quizás menos. Se llamaba Anna Gates y era bastante robusta. Pero ya se habían recuperado la mañana siguiente y los trasladamos a terapia intensiva en donde podíamos monitorear cada respiro y tenerlos en observación las 24 hs. Estuvieron allí unas dos semanas, ella un poco más, hasta que el caso mejoró y pudimos trasladarlos a habitaciones particulares.”
Herb se detuvo. “Miren,” dijo, “bebamos el gin, bebamos. Luego vamos a cenar, ¿no? Terri y yo conocemos un sitio. Un sitio nuevo. Allí iremos cuando acabemos el gin.”
“Se llama La Biblioteca,” dijo Terri. “No han comido ahí, ¿no?” dijo y Laura y yo negamos con la cabeza. “Es un buen lugar. Dicen que es parte de una cadena, pero no lo parece. Tienen estantes con libros de verdad por doquier. Puedes echar un vistazo luego de cenar, tomar un libro y devolverlo la próxima vez que vayas a comer allí. La comida es de no creer. ¡Y Herb leyendo Ivanhoe! Lo retiró cuando estuvimos ahí la semana pasada. Firmó una tarjeta, igual que en una biblioteca.”
“Me gusta Ivanhoe,” dijo Herb. “Es genial. Si volviese a estudiar, estudiaría literatura. Ahora mismo estoy teniendo una crisis de identidad. ¿No es así, Terri?” Herb rió. Revolvió los hielos. “Llevo años con una crisis de identidad. Terri lo sabe. Ella podría contarles. Pero déjenme decirles; si volviese a la vida, en un tiempo diferente, ¿saben?, volvería como caballero. Te sientes muy seguro llevando esas armaduras. Debió ser bueno ser un caballero hasta que llegaron las armas de fuego, los mosquetes y las calibre 22.”
“A Herb le gustaría cabalgar un alazán blanco y portar una lanza,” dijo Terri riendo.
“Llevando el portaligas de una mujer allí adonde fueses,” dijo Laura.
“O quizás sólo la mujer,” dije yo.
“Sí,” dijo Herb. “Ya empiezan. Sabes lo que es, ¿no, Nick?” dijo. “Incluso llevarme conmigo sus pañuelos perfumados. ¿Tenían pañuelo perfumados en aquellos días, no? No importa. Algún tipo de no-me-olvides. Presentes, eso es lo que trato de decir. Debías de precisar presentes que llevar allí adonde fueses. Igualmente, era mucho mejor ser un caballero en esos días que ser un siervo.”
“Siempre es mejor,” dijo Laura.
“Los siervos no la pasan tan bien en estos días,” dijo Terri.
“Nunca la han pasado bien,” dijo Herb. “Pero creo que los caballeros eran vesallos de alguien. ¿No funciona de la misma manera en nuestros días? Todos somos siempre vesallos de alguien. ¿No es así? Lo que me gusta de los caballeros, además de sus mujeres, es que llevaban armaduras y que no era tan fácil herirlos. No había autos en esos días, ni adolescentes borrachos que te pasasen por encima.”
“Vasallos,” dije.
“¿Qué?” dijo Herb.
“Vasallos,” dije. “Se llamaban vasallos, Doctor, no vesallos.”
“Vasallos,” dijo Herb. “Vasallos, vesallos, ventrílocuos, varicosos, sabías a lo que me refería de todas formas. En estas cosas eres más culto que yo,” dijo Herb. “Yo no soy culto. Aprendí lo mío. Soy cardiocirujano, cierto, pero en realidad soy como un mecánico. Sólo voy y arreglo las cosas que andan mal en el cuerpo. Sólo un mecánico.”
“Modestamente, por alguna razón, eso no te ha cambiado,” dijo Laura y Herb le sonrió.
“Es solamente un humilde doctor, amigos,” dije. “A veces se sofocaban en esas armaduras, Herb. Incluso sufrirían ataques cardíacos si tenían mucho calor y se cansaban. Leí en algún lugar que se caían de los caballos y no eran capaces de levantarse porque estaban demasiado cansados de llevar esas armaduras. Incluso a veces los pisoteaban sus propios caballos.”
“Eso es terrible,” dijo Herb. “Una imagen horrenda, Nicky. Quizás yaciesen allí y esperasen a que otro, un enemigo, llegase e hiciese un pincho de carne con ellos.”
“Otro vasallo,” dijo Terri.
“Exacto, otro vasallo,” dijo Herb. “Eso mismo. Otro vasallo vendría y se lanzaría sobre su colega en nombre del amor. O por lo que sea que peleasen en esos días. Las mismas por las que peleamos en nuestros días, creo.”
“Política,” dijo Laura. “Nada ha cambiado.” El color de las mejillas de Laura no se había alterado. Sus ojos brillaban. Se llevó el vaso a los labios.
Herb se sirvió otro trago. Miró detenidamente la etiqueta, como si estudiase los movimientos de un guardia. Luego lentamente la puso en la mesa otra vez y tomó la botella de tónica.
“¿Qué pasó con la pareja de viejos?” dijo Laura. “No terminaste la historia que empezaste.” Laura intentaba infructuosamente encender un cigarrillo. Los fósforos no funcionaban. La luz en la habitación había cambiado, era diferente, mucho más débil. Las hojas aún temblaban en la ventana y yo observaba el tapiz confuso que habían colocado sobre la mesada de fórmica. No se escuchaba nada a excepción de Laura 0000225883-016chasqueando los fósforos.
“¿Qué pasó con la pareja?” dije luego de un minuto. “Lo último que escuchamos fue que estaban saliendo de terapia intensiva.”
“Viejos pero astutos,” dijo Terri.
Herb la miró fijamente.
“Herb, no me mires así,” dijo Terri. “Sigue con tu historia, Sólo bromeaba. ¿Qué pasó luego? Todos queremos saber.”
“Terri, tú a veces…” dijo Herb.
“Por favor, Herb,” dijo ella. “Cariño, no todo es tan serio. Sigue con tu historia por favor. Era un chiste, por el amor de Dios. ¿No puede soportar un chiste?”
“No es nada con lo que se deba bromear,” dijo Herb. Tomó su vaso mirándola detenidamente.
“¿Qué sucedió luego, Herb?” dijo Laura. “Todos queremos saber.”
Herb fijó sus ojos en Laura. Luego se soltó y sonrió. “Laura, si no amase tanto a Terri y Nick no fuese mi amigo, me enamoraría de ti. Te llevaría conmigo”
“Mierda, Herb,” dijo Terri. “¿Qué dices, cariño? Cuenta tu historia. Mierda, si no estuviese enamorada de ti, puedes apostar a que ya me habría largado de aquí. Acaba tu historia. Luego nos vamos a La Biblioteca, ¿Ok?”
“Ok,” dijo Herb. “¿Dónde estaba? ¿Dónde estoy? Esa pregunta es aún mejor. Quizás tendría que preguntar eso.” Aguardó un minuto y luego empezó a hablar.
“Mucho antes de que pudiésemos darnos cuenta estuvieron fuera de peligro y pudimos sacarlos de terapia intensiva. Yo caía a verlos todos los días, a veces dos veces al día si es que estaba con otros casos en el mismo piso. Estaban vendados y enyesados de pies a cabeza, ya saben, como en las películas. Y cuando digo enyesados de pies a cabeza me refiero puntualmente a de pies a cabeza. Tal como se oye, como esos malos actores luego de un gran desastre. Pero esto era real. Tenían la cabeza vendada – sólo libres los ojos, la nariz y la boca. Anna tenía que mantener las piernas en alto. Ella estaba peor que él, ya les he dicho eso. Los alimentamos de forma intravenosa por un tiempo. Bueno, Henry Gates estuvo muy deprimido bastante tiempo. Incluso cuando se enteró de que su esposa iba a salir adelante y a recuperarse, aún entonces seguía deprimido. Saben cómo es, todo va muy bien y de golpe, paf, estás mirando el abismo. Vuelves. Es como un milagro, pero te deja marcas. Eso produce. Un día, estaba sentado a su lado y él me describía como lo veía todo. Me hablaba lentamente, por el agujero de la boca, así que a veces tenía que traerlo hacia mí para entender. Me contaba cómo fue que se sintió cuando vio que el auto del chico se salía del carril y venía hacia ellos. Decía que supo que ya se había acabado todo, que ésa era la última vez que habrían de estar sobre la tierra. Así era. Pero no mencionaba que algo se le haya pasado por la cabeza ni haber visto su vida entera, nada de eso. Sólo se sentía mal por ya no poder ver a su Anna ya que juntos habían tenido la mejor de las vidas. Sólo eso lamentaba. Miraba hacia delante, apretando el volante y el auto de chico viniendo hacia ellos, y que no había nada que hacer excepto decir: ¡Anna, sujétate! ¡Anna!”
“Me da escalofríos,” dijo Laura. “Brrr,” dijo, sacudiendo la cabeza.
Herb asintió. Siguió su relato, abocándose a él esta vez. “Me sentaba un rato junto a él todos los días. Allí estaba él, acostado, con un pie mirando hacia la ventana. La ventana estaba en lo alto y no podía ver más que las copas de los árboles. Eso es todo lo que veía por horas y horas. No podía voltear la cabeza sin ayuda y sólo se le permitía hacer eso dos veces al día. En las mañanas y en las noches podía voltear la cabeza, pero durante las horas de visita miraba hacia la ventana al hablar. Yo hablaba un poco, preguntaba cosas, pero más que todo, escuchaba. Estaba muy deprimido. Lo que más lo deprimía luego de haberse asegurado que su esposa iba a estar bien, que para felicidad de todos, estaba recuperándose, lo que más lo deprimía era el hecho de que no podían estar juntos físicamente. No poder verla y estar con ella cada día. Me contó que se habían casado en 1927 y que desde entonces sólo habían estado separados en dos ocasiones. Incluso al nacer sus hijos, el parto fue en la hacienda y Henry y su mujer estuvieron juntos. Pero dijo que sólo habían estado alejados en dos ocasiones – una, cuando la madre de ella murió, en 1940, y Anna tuvo que tomar el tren a St. Louis para ocuparse de todo y la otra, en 1952, cuando murió su hermana de Los Ángeles y ella tuvo que viajar para reclamar el cuerpo. Tuve que haberles dicho que tenía una pequeña hacienda de 75 millas más o menos, en las afueras de Bend, Oregon, y que fue allí donde vivieron la mayor parte de sus vidas. Habían vendido la hacienda para mudarse a la ciudad sólo unos años antes. 071224_r16911_p233Cuando ocurrió el accidente, iban a Denver que es donde vivía la hermana de Henry. También visitarían a uno de sus hijos y algunos de sus nietos en El Paso. Pero en toda su vida de casados sólo habían estado apartados por más de una legua, en aquellas dos ocasiones. Imagínense eso. Dios, él se sentía tan solo sin ella. Te digo, la añoraba. No sabía lo que significaba la palabra añorar hasta que conocí a este hombre. La extrañaba vivamente. Sólo anhelaba su compañía. Por supuesto que se sentía mejor, sus ojos se iluminaban cuando cada día le daba el informe sobre el progreso de Anna – que estaba sanando, que iba bien, que sólo era cuestión de un poco más de tiempo. Ya no tenía vendas ni yesos, pero se sentía extremadamente solo. Le dije que tan pronto se recuperara, lo pondría en una silla de ruedas, bajaríamos por el corredor e iríamos a visitar a su esposa. Y que mientras tanto, pasaría a verlo y hablaríamos. Me contó un poco de su vida en la hacienda hacia finales de los años veintes y durante los treintas.” Nos miró al otro lado de la mesa y movió la cabeza como preguntándose qué era lo que iba a decir o quizás solamente expresando la imposibilidad de todo aquello. “Me contaba que en el invierno sólo nevaba y que durante meses no podían salir de la hacienda ya que los caminos estaban cerrados. Además, tenían que alimentar al ganado todos esos días de invierno. Pero la pasaban bien, los hijos aún no habían llegado, vendrían más tarde. Todos los meses juntos, la misma rutina, todo lo mismo, nadie más al que hablarle o visitar durante esos meses, pero se tenían el uno al otro. Eso es todo lo que tenían, el uno al otro. Qué hacías para divertirte, pregunté una vez. Pregunté seriamente, quería saberlo. No sé cómo la gente puede vivir de esa manera. No creo que alguien pueda vivir de esa manera en nuestros días. ¿No creen? Se me hace imposible. ¿Saben que lo me dijo? ¿Saben lo que respondió? Consideró la pregunta, se dio un poco de tiempo y luego dijo, Íbamos a bailar todas las noches. ¿Qué?, dije yo.
Me acerqué creyendo que había escuchado mal. Íbamos a bailar todas las noches, volvió a decir. Me pregunté a qué se estaba refiriendo. No entendía qué estaba diciendo, pero esperé a que continuara. Volvió a pensarlo y acto seguido, dijo, Teníamos una Victrola y algunos discos, Doctor. Poníamos la victrola todas las noches y bailábamos en el living. Todas las noches. A veces nevaba y la temperatura era bajo cero. La temperatura verdaderamente baja allí en Enero o Febrero. Pero escuchábamos discos y bailábamos en calcetines hasta que se nos acabase la música para escuchar. Luego encendía el fuego y apagaba las luces, todas excepto una, y nos íbamos a la cama. Algunos días de nieve se estaba tan silencioso allá afuera que podías escuchar la nieve caer. Es cierto, Doc, dijo, puedes hacerlo. A veces puedes escuchar la nieve caer. Si eres tranquilo y tu mente, clara y estás en paz contigo y con todas las cosas, puedes acostarte en la oscuridad y escuchar la nieve. Inténtelo alguna vez, dijo. ¿Cae nieve aquí de vez en cuando, no? Inténtelo. De todas formas, íbamos a bailar cada noche y luego a la cama bajo montones de edredones y dormíamos calientes hasta la mañana. Al despertar, podías ver tu propio aliento, dijo.
“Cuando se hubo recuperado lo suficiente como para mudarse a la silla de ruedas ya no llevaba vendas y una enfermera y yo lo llevamos por el corredor hasta donde estaba su esposa. Esa mañana lo habíamos afeitado y le habíamos puesto un poco de loción. Llevaba su bata del hospital, estaba ya recuperado, saben, se mantenía erecto en la silla. Estaba nervioso como un gato, podías notarlo. Tan pronto como nos acercábamos a la habitación, estaba rozagante y tenía una mirada de anticipación en la cara, algo imposible de describir. Arrastré la silla y la enfermera caminó a mi lado. Ella entendía la situación, se había enterado. Las enfermeras, ya saben, lo ven todo y no mucho llega a afectarlas luego de un tiempo, pero esta mañana era distinto. La puerta se abrió y llevé a Henry directo a la habitación. La señora Gates, Anna, estaba aún inmóvil, pero podía mover la cabeza y su brazo izquierdo. Tenía los ojos cerrados pero instantáneamente se abrieron cuando él entro a la habitación. Sus vendas sólo iban desde la pelvis hasta abajo. Puse a Henry en el lado izquierdo de la cama y dije, Ya tienes compañía, Anna. Compañía, cariño. Y no pude decir nada más que eso. Esbozó una pequeña sonrisa y su rostro se iluminó. Su mano escapó de debajo de las sábanas. Estaba azul y magullada. Henry la tomó en la suya. La sostuvo y la besó. Luego dijo, Hola, Anna. ¿Cómo está mi amor? ¿Me recuerdas? Las lágrimas corrieron por sus ojos. Asintió. Te extrañé, le dijo él. Ella siguió asintiendo con la cabeza. La enfermera y yo nos largamos de allí. Ella comenzó a balbucear una vez que nos vimos afuera, y eso que es dura esa enfermera. Fue toda una experiencia, les aseguro. Luego de aquello, lo llevamos en silla de ruedas hasta allí cada mañana y cada tarde. Arreglamos para que pudiesen almorzar y cenar juntos. En el ínterin se tomaban de las manos y hablaban. La cosas de las que hablaban no tenían fin.”
“No me habías dicho todo esto. Herb,” dijo Terri. “Sólo me había contado un poco de lo que había sucedido en un principio. No me dijiste todo esto, cabrón. Ahora me dices esto para hacerme llorar. Va a ser mejor que no tenga un final infeliz. ¿No lo tiene, no? ¿No, Herb? ¿No estarás preparando el terreno para eso, no? Si es así, no quiero escuchar ya nada más. No tienes que ir más lejos, puedes terminarla ahí. ¿Herb?”
“¿Qué pasó con ellos, Herb?” preguntó Laura. Yo también estaba involucrado con la historia pero estaba empezando a estar borracho. Era difícil mantener las cosas en foco. La luz parecía agotarse, irse por donde había venido. Sin embargo, nadie se movió para encender la luz eléctrica.
“Por supuesto, ellos están bien,” dijo Herb. “Fueron dados de alta un poco después. De hecho, sólo unas semanas después. Luego de un tiempo Henry ya era capaz de andar en muletas y luego con un bastón con el que podía caminar por todos lados. Su espíritu estaba bien ahora, muy bien, pudo progresar tan pronto como vio a su mujer otra vez. Cuando ella pudo moverse también, su hijo de El Paso y su mujer vinieron en tren y se los llevaron con ellos. Ella aún estaba convaleciente, pero estaba mejorando mucho. Recibí una tarjeta de Henry hace unos días. Creo que es por eso que aún están en mi cabeza. Por eso y por lo que antes estuvimos diciendo acerca del amor.”
“Oigan,” continuó Herb. “Acabemos el gin. Aún queda suficiente para una ronda más. Luego vamos a comer. Vayamos a La Biblioteca. ¿Qué dices? No lo sé, no pueden perderse ese lugar. Cada día se pone mejor. Algunas charlas que tuve con él… No olvidaré todo eso. Pero hablar de ello me deprime. Dios, me deprimo muy a menudo.”
“No te deprimas, Herb,” dijo Terri. “¿Por qué no tomas una pastilla, cariño?” Ella volteó hacia nosotros y dijo, “Herb, toma esas pastillas que te levantan el ánimo a veces. No es secreto, ¿no, Herb?”
Herb asintió con la cabeza. “He tomado todo lo que existe, para una cosa o para la otra. No es secreto.”carver460
“Mi primera esposa las tomaba también,” dije.
“¿La ayudaban?” dijo Laura.
“No, seguía deprimida. Lloraba montones.”
“Algunas personas nacen deprimidas, creo,” dijo Terri. “Nacen infelices. Y desafortunados también. He conocido gente que no tenía suerte en nada. Otra gente – no tú, cariño, no estoy hablando de ti por supuesto – resuelven que son infelices y así se quedan.” Estaba restregando algo contra la mesa. Luego dejó de hacerlo.
“Quiero llamar a mis chicos antes de ir a cenar,” dijo Herb. “No tardaré. Me doy una ducha rápida, llamo a mis chicos y luego nos vamos a cenar.”
“Tendrás que hablar con Marjorie, Herb, si es que ella atiende el teléfono. Es la ex esposa de Herb. Ustedes no nos han oído hablar de Marjorie. No querrás hablar con ella esta tarde, Herb. Hará que te sientas peor.”
“No quiero hablar con Marjorie,” dijo Herb, “pero sí con los chicos. Los extraño mucho ahora, cariño. Extraño a Steve. Anoche estuve despierto recordando cosas de él cuando era un pequeño. Quiero hablar con él. También con Kathy. Los extraño así que correré el riesgo de que su madre atienda el teléfono. Esa puta.”
“No hay día en que Herb no diga que ella prefiere morirse antes que casarse una vez más. Por una razón:” dijo Terri, “nos está dejando en bancarrota. Además tiene la custodia de los dos chicos. Nosotros tenemos a los chicos durante un mes en el verano. Herb dice que no se casará sólo para fastidiarlo. Ella vive con su novio y Herb los mantiene a ambos.”
“Es alérgica a las abejas,” dijo Herb. “Si no rezo porque vuelva a casarse, lo hago porque vaya al campo y un enjambre de abejas la pique hasta matarla.”
“Herb, eso es horrendo,” dijo Laura y rió hasta que sus ojos lagrimearon.
“Horriblemente divertido,” dijo Terri. Todos reímos. Reímos una y otra vez.
Bzzzzzz,” dijo Herb, haciendo como si sus dedos fuesen abejas y llevándolos alrededor de la garganta y el cuello de Terri. Luego bajó las manos y de golpe volvió a ponerse serio.
“Es una puta de mierda. Verdaderamente,” dijo Herb, “es viciosa. A veces cuando estoy borracho como ahora, pienso que me gustaría ir hasta allí vestido de apicultor –ya saben, con uno de esos cascos con protección para toda la cara y un uniforme almohadillado. Me gustaría golpearle la puerta y liberar un hervidero de abejas en la casa. Primero me aseguraría de que los chicos no estén allí, por supuesto.” Cruzó una pierna sobre la otra con cierta dificultad. Luego puso los pies en el suelo, inclinándolos hacia delante, los codos sobre la mesa y el mentón entre las manos. “Quizás no llame a los chicos ahora mismo después de todo. Quizás tengas razón. Podría no ser una buena idea. Quizás me dé una ducha, me cambie de camisa y luego nos vamos a comer. ¿Qué dicen?”
“Me parece bien,” dije.”Con o sin comida, pero con bebida. Me podría hundir en el atardecer.”
“¿Qué quieres decir con eso, cariño?” dijo Laura girando hacia mí.
“Significa solamente eso, cariño, nada más. Quise decir que podría seguir. Eso es todo. Quizás sea el atardecer.” La ventana tenía un tinte rojizo ahora que el sol estaba cayendo.
“Yo podría comer algo,” dijo Laura. “Acabo de darme cuenta de que tengo hambre. ¿Hay tiempo para un tentempié?”
“Traeré un poco de queso y galletas,” dijo Terri, pero se quedó en su lugar.
Herb acabó su trago. Luego se levantó lentamente de la mesa y dijo, “Discúlpenme, pero voy a ducharme.” Salió de la cocina con paso lento por el hall, camino al baño. Cerró la puerta detrás de él.
“Estoy preocupada por Herb,” dijo Terri sacudiendo la cabeza. “A veces me preocupo más que otras, pero de todas formas, me preocupo.” Tenía los ojos clavados en el vaso. No había ido por el queso y las galletas. Decidí levantarme y hurgar en el refrigerador. Cuando Laura dice que tiene hambre, yo sé que realmente necesita comer. “Toma lo que encuentres, Nick. Hay queso y salame, creo. Trae cualquier cosa que esté bien. Hay galletas en la alacena que está encima de la cocina. Lo olvidé. Yo no estoy hambrienta pero ustedes deben estar muriéndose de hambre. Ya no tengo apetito. ¿Qué fue lo que decía?” Cerró los ojos y los volvió a abrir. “No creo que le hayamos dicho esto, quizás sí, no lo recuerdo, pero Herb tuvo tendencias suicidas luego de que su primer matrimonio terminara y su esposa se quedara con los chicos. Fue a un psiquiatra por un tiempo, por meses. A veces dice que aún debería ir.” Levantó la botella vacía y la puso boca abajo sobre su vaso. Yo cortaba un poco de salame tan cuidadosamente como podía. “Soldado muerto,” dijo Terri. “Últimamente estuvo hablando mucho sobre el suicidio otra vez, especialmente cuando bebe. A veces pienso que es demasiado vulnerable. No tiene defensas. No tiene defensas contra nada. Bueno,” dijo, “el gin se acabó. Hora de volar. Hora de irse antes de seguir perdiendo, como solía decir mi papá. Hora de comer, creo, aunque no tenga apetito. Pero ustedes, chicos, deben estar muertos de hambre. Me agrada verlos comer algo. Eso los mantendrá hasta que lleguemos al restaurante. Podemos beber algo allí si queremos. Esperen a ver este lugar, es genial. Pueden retirar libros de allí en la bolsita de las sobras. Deberían prepararse también. Me lavaré la cara y me pintaré los labios. Voy así como estoy, aunque no les guste. Sólo quiero decirles esto y ojalá que no suene muy negativo. Espero que ustedes, chicos, sigan amándose de aquí a tres años. Quizás cuatro años desde ahora. Esa es la hora de la verdad, cuatro años. Es todo lo que tengo que decir al respecto.” Se tomó los brazos, como abrazándose, y los recorría acariciándolos con ambas manos. Cerró los ojos.
Me levanté y me puse detrás de la silla de Laura. Me incliné, crucé mis brazos sobre su pecho y la abracé. Apoyé mi cara sobre la suya. Laura apretó mis brazos. Apretó más fuerte sin soltarme.
Terri abrió los ojos. Nos observó. Luego levantó su vaso. “A su salud, chicos,” dijo. “Esto es a la salud de todos.” Apuró el trago y los hielos chocaron contra sus dientes. “A la salud de Carl también,” dijo y puso el vaso sobre la mesa una vez más. “Pobre Carl. Herb pensaba que era un idiota, pero verdaderamente le tenía miedo. Carl no era un idiota. Me amaba y yo a él. Eso es todo. A veces aún pienso en él. Es la verdad y no me avergüenzo de decirlo. Pienso en él a veces, se cruza en mi cabeza en algún momento. Le diré algo, y odio lo parecida a las telenovelas que puede ser la vida a veces que deja de ser la tuya, pero así es como es: rcarver_quiereshacer-7052971yo estaba embarazada de él. Fue por entonces que había intentado matarse por primera vez, cuando tomó veneno para ratas. No sabía que estaba embarazada. Fue peor. Decidí hacerme un aborto, sin decirle a él, naturalmente. No estoy contando nada que Herb no sepa. Él lo sabe todo. Episodio final: Herb me hizo abortar. Qué pequeño es el mundo, ¿no? Pero creo que Carl estaba loco en aquel entonces. Yo no quería un bebé de él. Luego él va y se mata. Pero luego de eso, luego de haberse matado y de que ya no hubiese Carl alguno al que hablarle y escuchar su versión de las cosas y ayudarlo cuando estuviese asustado, me sentí muy mal al respecto. Lamenté aquel bebé, el que no había tenido. Amo a Carl y no hay duda de eso en mí. Aún lo amo. Pero, Dios, también amo a Herb. ¿Se dan cuenta de eso, no? No tengo que decírselos. ¿No es demasiado?” Se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Lentamente, se inclinó hacia delante y puso la cabeza sobre la mesa.
Laura dejó la comida en el acto. Se levantó y dijo, “Terri, Terri, querida,” y empezó a frotar el cuello y los hombros de Terri. “Terri,” murmuró.
Yo comía un pedacito de salame. La habitación se había oscurecido. Acabé de masticar lo que tenía en la boca, lo tragué y fui hasta la ventana. Miré hacia el patio, más allá de los álamos y de los dos perros negros que dormían entre las sillas de jardín, más allá de la piscina y del pequeño corral con la puerta abierta y el viejo granero y aún más allá. Había un campo de hierba salvaje, luego otra cerca, luego otro campo, y después la interestatal que conectaba Albuquerque con El Paso. Los autos iban y venían en la carretera. El sol caía entre las montañas y las montañas se oscurecían, sombras por doquier. Mientras la luz se perdía, las cosas que miraba parecían aligerarse. El cielo era gris cerca de la cima de las montañas, tan gris como un día oscuro en invierno, pero una franja azul encima del gris, el azul que puedes ver en las tarjetas postales, el azul del Mediterráneo cruzaba justo encima. El agua ondulándose en la superficie de la piscina y la misma brisa haciendo que los álamos temblasen. Uno de los perros levantó la cabeza como si recibiese una señal, escuchó un minuto con las orejas erguidas y luego hundió la cabeza nuevamente entre sus pezuñas.
Yo tenía el sentimiento de que algo iba a suceder, estaba allí en la lentitud de las sombras y la luz, y que ese algo iría a llevarme. No quería que pasase. Vi al viento moverse como olas a través de la hierba. Podía ver como la hierba se doblaba en los campos y luego volver a su lugar. El campo siguiente pendía sobre la carretera y el viento se movía colina arriba, a lo largo, con una ola después de la otra. Me quedé allí y esperé y observé la hierba doblarse en el viento. Podía sentir a mi corazón latir. En algún lugar, en la parte trasera de la casa, corría el agua de la ducha. Terri aún estaba llorando. Lentamente y haciendo un esfuerzo, me di vuelta para mirarla. Estaba con la cabeza apoyada en la mesa, el rostro mirando hacia la cocina. Sus ojos abiertos, una y otra vez, al pestañar, dejaban escapar lágrimas. Laura había dejado a un lado su silla y estaba sentada con un brazo alrededor de los hombros de Terri. Aún murmuraba, con sus labios contra el pelo de Terri.
“Seguro, seguro,” decía Terri. “Dímelo a mí.”
“Terri, preciosa,” dijo Laura tiernamente. “Todo estará bien. Ya verás. Todo irá bien.”
Laura llevó sus ojos hacia mí entonces. Su mirada era penetrante y mi corazón aminoró su marcha. Me miró a los ojos por un momento que parecía largísimo y luego asintió con la cabeza. Fue todo lo que hizo, la única señal que dio, pero era suficiente. Fue como si estuviese diciéndome, No te preocupes, pasaremos esto, todo estará bien entre nosotros, ya verás. Así de fácil. Así es como yo interpreté esa mirada de todas formas; pude haber estado equivocado.
El agua de la ducha dejó de correr. Un minuto después, oí a Herb silbaba, cuando abrió la puerta del baño. Seguí mirando a las mujeres en la mesa. Terri aún estaba llorando y Laura la acariciaba. Volteé hacia la ventana. La capa azul del cielo cedía ya y se tornaba oscura como todo lo demás. Pero las estrellas aparecieron. Reconocí a Venus y más lejos en la misma dirección, no tan brillante pero inconfundible sobre el horizonte, a Marte. El viento se levantaba. Me fijé en lo que hacía con los campos vacíos. Pensé insensatamente que era una pena que los McGinnis ya no tuvieran caballos. Quería imaginar caballos que echaran a correr en la oscuridad tan cercana, o quietos, con sus cabezas enfrentadas cerca de la cerca. Me quedé frente a la ventana y esperé. Supe que tendría que quedarme allí un rato largo, mirando hacia fuera, fuera de la casa, hasta que ya no hubiese nada más que ver.

 

 

El ciclo dorado de Faulkner (1929-1932): el hombre que escribió con dios y el diablo de su lado abril 19, 2009

 

 

                                    “El ímpetu alucinatorio de Faulkner suele no ser indigno de Shakespeare

                                                                                                                                  J. L. Borges

 

 

 

Para una (anti)noción de la musa

                                                                                                                                                                        william_faulkner_1954_3_photo_by_carl_van_vechten 

Los seres humanos de todos los tiempos pueden agruparse de muchas formas, tantas como el ingenio humano – y su temor, y su tendencia a la simplificación – puedan conseguir. Una de esas formas de agrupar obedece a la posición que los hombres tomen frente a la creación artística; esto es: hay quienes creen en la inspiración y quienes aseguran que la faena artística no es otra cosa que trabajo y aplicación. Los pertenecientes al segundo grupo cuentan con una “ventaja” a la hora de argumentar: es indudablemente más sencillo definir y sobre todo dar ejemplos empíricos del trabajo que de la inspiración. Se sabe que vivimos en un mundo jurídico, un mundo que precisa para toda cuestión una instancia probatoria que la dirima. Se sabe también que desde hace varios siglos en nuestra civilización esa instancia probatoria se juega en terreno científico, en el teatro de lo empírico y la verificación. Así las cosas, cualquier “comprobación” de la inspiración está destinada al fracaso desde el vamos.

 

Para los que creemos que la comprobación científica es menos una prueba definitiva que un truco, el asunto va por otros carriles. La definición puntual de una determinada cosa o propiedad, ese gesto que desde Platón se considera básico para cualquier tipo de comunicación o conocimiento, no tiene mucho que hacer aquí considerando la vaguedad en que se recaería al hablar del genio o de las musas. Se trata más bien de aceptar con un espíritu franco el espasmo al mirar de frente las incontables pruebas (verdaderas e indudables pruebas) que la humanidad nos va proponiendo. Sólo desde ese hablar sin hablar se puede hablar de la inspiración. Sólo desde esa composición oblicua puede alcanzarse una (anti)noción de la acción de las musas.

 

Dentro de la literatura son varias las potenciales pruebas apuntadas más arriba. Por lo general estas pruebas son evaluadas en un nivel particular: La Divina Comedia, Hamlet, Ulises o la Iluminaciones son ejemplos terminantes al respecto. Me interesa en este caso traspasar la barrera de lo particular (o el-libro-tal) para abarcar un período apenas más extenso, una serie de obras consecutivas de un mismo autor que exhiben un nivel diabólico. Me estoy refiriendo a William Faulkner y su ciclo novelístico dorado, que principió en 1929 y se extendió hasta 1932, no porque antes y después Faulkner no haya escrito páginas brillantes sino porque las obras que comprenden el período citado ostentan un talento superlativo.

 

Siempre conjeturé (en silencio, sin ponerle palabras, sin siquiera pensar estrictamente) que la inspiración se manifiesta en forma de rachas, de borrascas incontenibles que convierten a la obra inspirada en una tempestad de lucidez que excede – por mucho – a la obra meramente brillante o intachable. La inspiración no juega con las reglas de la corrección o del talento, la inspiración es un desborde que contagia a la obra y le imprime la forma de manantial iracundo, fantasmagórico.

 

 

 

La racha de Faulkner: la literatura entre dios y el diablo

 

En el período comprendido entre los años 1929 y 1932 Faulkner se despacha con una ristra de novelas excepcionales, probablemente las mejores de su carrera literaria (lo que es mucho, mucho, decir). Hasta aquí, nada inusual; en efecto, un corte parecido podríamos practicar con otros grandes novelistas de la historia. Pienso, de Flaubert, Dostoievski o Miller podría asegurarse lo mismo en algunas de sus etapas sin mucho escándalo. Pero el caso de Faulkner se destaca por la paridad en el nivel de las distintas historias y sobre todo por el propio nivel que alcanzan cada una de ellas. Hay quienes para decirlo todo precisaron apenas de una obra (Joyce o Dante) y hay quienes para lo mismo necesitaron una trayectoria completa, longeva, alimentada continuamente por la experiencia (Balzac o Shakespeare o Dos Passos). Faulkner en este sentido se encuentra en william_faulkner_twothirdblockun punto intermedio: necesitó ese manojo de novelas que bordaron su ciclo dorado para anunciar su tesis, ni más ni menos; lo anterior fue dispositivo preparatorio, lo posterior repetición o caprichos de estilo.

 

Las novelas referidas son, por orden de aparición: The Sound and the Fury (1929), As-I Lay Dying (1930), Sanctuary (1931) y Light in the August (1932).

 

Se han señalado diversos factores como fuentes de inspiración. Desde el vino hasta el talento, pasando por la locura y hasta por los gustos sexuales han sido apuntados como responsables de la genialidad. Pero indudablemente han sido dios y el diablo los imputados con más insistencia. La inspiración artística ha sido asociada con frecuencia a elementos o fuerzas suprasensibles, a lo divino, Lo Absoluto en la jerga hegeliana. No importa tanto la expresión que consagre ese parentesco, que puede ir desde la filiación mística hasta la militancia religiosa, sino la redundancia en el parentesco en tanto tal. Generalmente las obras “perfectas”, más o menos realistas (según el concepto de realismo que haga pata ancha en el momento) y cercanas a la moral vigente son adjudicadas a dios, mientras que de las caóticas, irreverentes, las genuinamente geniales debe hacerse cargo el diablo. El bien y el mal, supongo; lo apolíneo y lo dionisíaco, tal vez. Lo cierto es que toda obra inspirada debe acomodarse en alguno de los dos bandos.

 

Toda obra inspirada excepto la de Faulkner. Faulkner, el hombre que durante un puñado de meses escribió con dios y con el diablo de su lado.

 

En las cuatro novelas citadas está todo Faulkner, o al menos los atributos y recursos que lo justifican en la tradición literaria: está Jefferson, Yocnapatawpha; la profundidad, la sombra, la brillantez estilística, el quiebre de la linealidad, el flujo de conciencia modernista, el trabajo del tiempo en un sentido bergsoniano; está también la Biblia, Shakespeare, Homero; la maldición racista, la culpa y la intolerancia puritana, el desastre económico. Están los personajes sombríos y los luminosos, los inteligentes y los retardados, los exentos y los condenados. En pocas palabras: está la mitología del bien y el mal enclavada en el alma humana, atemporal y omnipresente. En menos palabras aún: está dios y está el diablo.

 

En tres palabras: está el mundo.

 

Fuera de este mundo, el mundo

 

La tentación de crear un territorio exclusivo no comienza con Faulkner, eso lo sabe cualquiera. La literatura misma se define a partir de la producción de distritos peculiares, universos y ciudades propias, cerradas en sí mismas, regidas según reglas inmanentes. La literatura misma es ese territorio aunque esté ambientada en Troya, Florencia, Cali o Londres. Lo que comienza con Faulkner es la pureza en la conformación de ese territorio, ese rumor de confusión en los ojos mentales de los lectores acerca de la barrera entre la realidad histórica y la ficción.

 

¿Qué es exactamente un mundo? ¿Qué requisitos debe acatar un universo para considerarse autosuficiente? ¿Cuáles son los parentescos con la realidad que están permitidos, cuáles no? Naturalmente, estas preguntas no tienen una respuesta precisa, no estamos hablando de los ingredientes de una receta culinaria. Naturalmente, la genialidad consiste en la originalidad al respecto, en la posibilidad de dar una norma propia a esa creación.

 

Martin Heidegger en Ser y Tiempo (1927) renovó el concepto de mundo en la tradición filosófica, que ciertamente con Kant ya había sido despreciado, convertido en ilusión trascendental. El mundo en Heidegger es un horizonte de sentido que se basa en la (pre)comprensión del Dasein como algo que no es “ante-los-ojos” y tampoco “en-sí”. El Dasein (el hombre, para entendernos, aunque los términos disten de ser sinónimos) comprende a partir de su específica relación al ser el plexo de elementos – útiles, objetos referenciales – que se dan en su ámbito, y esa comprensión lo que permite justamente es que ese plexo de elementos signifique, es decir, adquiera un sentido. El mundo, tras estas reflexiones, está claramente radicado en el Dasein, es el terreno en el cual el Dasein puede identificar a los entes y entender cómo son esos entes, qué significan. Es decir, el mundo no es un conjunto de cosas ni tampoco un producto cosmológico sino una categoría (existenciario en términos heideggerianos, las categorías se aplican a los entes, no al ser) del Dasein. No existe por tanto un mundo en sí mismo sino siempre el mundo histórico del Dasein.

Faulkner practica una operación análoga en la literatura: el mundo de los personajes faulknerianos, al menos en las novelas tratadas, no comparten un mundo en el cual interactúan, no aparecen insertos en un panorama de hormigón que aúna las acciones y los sentidos del devenir, como suele ocurrir, por ejemplo, en tanta novela decimonónica; cada uno de esos personajes vivencia su mundo, un campo de significaciones y sentidos que encubren la relación con los otros y con las cosas. Faulkner elige narrar desde ese concepto, desde esa(s) perspectiva(s) caracterizada(s) por la(s) distancia(s), redobla la apuesta dialógica que tanto encomió Bajtín en Dostoiesky: si en las narraciones del ruso los personajes parecían portar un mundo independiente que mediante la genialidad del autor confrontaba con el de los demás, en las novelas de Faulkner los personajes apenas pueden describir su mundo, perpetrarlo. La confrontación de mundos, cualquier confrontación, precisa un terreno común en donde confrontar, una franja de arena mínima que le otorgue espacio a la esgrima.

Lo dicho se ejemplifica insuperablemente en el personaje de Benjamín Compson, el idiota que narra el primer día de El Sonido y la Furia; ejecutando la sentencia shakespereana con las armas más distintivas del modernismo (el monólogo interior, el concepto temporal de flujo aplicado a la conciencia individual), Benjy Compson muestra, expone un mundo que, pese a la parquedad valorativa, es claramente significativo. Benjy sabe cómo funcionan los útiles y los otros que lo circundan, no podría explicarlo pero lo comprende; comprende la decadencia de la oligarquía sureña norteamericana, comprende el lugar en donde quedan las cosas cuando se agotan.

 

 

A propósito, ¿no es la imposibilidad-de-explicar-algo el precio inapelable de haberlo comprendido, de estar comprendiéndolo siempre? 

 

                                                                                                                                                                    2636168 

Ahora bien, Faulkner, probablemente en su afán de enfatizar la independencia de los mundos, forjó uno que sirviera de arena a los demás. El condado de Yocnapatawpha, el sitio en donde transcurren las grandes novelas del escritor norteamericano es algo así como la transposición de Lafayette County y al mismo tiempo es un mundo aparte. Las referencias a la Guerra de Secesión, a la canalla agraria y la infamia racial llevan directamente al presunto “estado real” en donde esas instancias cobraron relevancia histórica, pero Yoknapatawpha en verdad es un mundo-otro. Se han practicado muchos estudios sobre las relaciones entre la comarca real y la ficticia en la obra de Faulkner; la mayoría de ellos resultan francamente insoportables porque adolecen de una miopía fundamental: no terminan de aceptar los términos de la literatura, su razón de ser. Las correspondencias que puedan trazarse entre la moral o las ideologías de Yoknapatawpha y las de Lafayette (o las de cualquier región sureña, o las de cualquier región del mundo) son análogas a las que pueden estipularse entre los girasoles de Van Gogh y los del sur de Mendoza. Yoknapatawpha es un mundo aparte, otro mundo, un mundo fuera de este mundo. Allí más que buenos y malos hay redentos y condenados, más que ricos y pobres hay blancos y negros, más que hombres y mujeres hay fuerza y astucia, más que clases o estamentos sociales hay familias corroídas, verdaderos clanes decadentes.  Indudablemente, allí también hay una moral y una historia; naturalmente, allí también hay una serie de costumbres establecidas y su correspondiente colofón de premios y castigos. No falta nada de lo que un mundo supone, pero su funcionamiento es otro. Quiero decir: no se trata de una mera transposición de lugar que tantas veces se ha apuntado; esa maniobra se da en todos y cada uno de los relatos literarios. Tampoco estamos ante la instauración de un territorio meramente imaginario o maravilloso. La operación faulkneriana da un paso más allá en este juego: el funcionamiento de Yocnapatawpha, enclavado entre la historicidad y la ficción, es lo que la caracteriza. La disposición de ese mundo, el semblante de sus personajes, la articulación de sus tradiciones y paisajes, hacen que funcione de un modo-otro, que una nueva lógica, jamás descripta pero impregnada en la lectura, dirija las sombras y los vientos.

 

 

 

 

La maldición de la tierra, la profundidad del hombre

 

La inmensa mayoría de los pensadores que han reflexionado sobre estética coincidieron en un punto: la genialidad consiste en extraer lo universal de lo particular, lo eterno de lo temporal. Enfocar a Faulkner desde esta postulación supone por cierto una complejidad mayor, porque eso particular a lo que se hace referencia se presenta en Faulkner aún más particular. El ambiente en el que se ubican las historias faulknerianas, resumido en Yocnapatawpha, debería dar como fruto natural una literatura provinciana, agreste, rígida, conservadora, basada en el carácter reaccionario del puritanismo, la incultura general y el desarme de los estamentos sociales. Yocnapatawpha es, en efecto, el punto exacto en donde se cruzan esos factores; no obstante, la literatura de Faulkner suda universalidad. Sus palabras apuntan a lo profundo del hombre, del hombre atemporal, del hombre de todos los sitios. No sólo apuntan sino que dan de pleno en él. El decorado local y recalcitrante hace las veces de punto de partida para una elevación por sobre las peripecias materiales y los nombres propios.

 

“No juegues con las profundidades del otro” aconsejó Wittgenstein alguna vez. El desafío a esa sentencia es el fundamento de toda la literatura faulkneriana. Los hombres no pueden hacer menos que jugar con la profundidad de los otros hombres, de los otros mundos. El lapidario egoísmo de la mayor parte de ellos (de los hombres y de sus mundos, sobre todo de sus mundos, que por definición se estructuran a partir de la subjetividad más implacable) se traduce ineludiblemente en provocación, en aguijoneo sutil o espasmódico de las cavernas ajenas, del deseo mordaz del otro. Los mundos individuales conviven en las novelas de Faulkner, esto es técnicamente cierto, pero dicha convivencia se justifica en su radical separación, en el sagaz apetito de imposición que cada uno de esos mundos maquina con parsimonia y tesón. Los intereses individuales, lo que podríamos llamar (con algo de torpeza) la subjetividad, se construye de este modo a partir de la incitación del mundo de los otros.

 

Y ese otro mundo siempre es profundo en su médula: el plexo de significaciones que las cosas y los sucesos puedan tener para cada uno no se agota en la epidermis sino que se interna en el insaciable abismo interno de los hombres. O, mejor dicho, ese plexo surge de allí, de la caldera subcutánea, de la trastienda jamás avizorada que inquieta los hombros sin razón a medianoche.

Cualquiera sabe de la extirpación que Sigmund Freud practicó al ego cartesiano; cualquiera que haya leído a Faulkner sabrá asimismo que no hay en sus novelas un reflejo concreto de las teorías freudianas, tal como puede observarse en los otros gigantes modernistas europeos. Seguramente existe en los relatos faulknerianos una huella o un influjo oblicuo del psicoanálisis: es difícil hallar alguna instancia del siglo XX que no la tenga. Pero en hcb_william_faulkner_1947Faulkner esa otra voz, esa voz informe y hostil, esa voz que no se oye sino que actúa en lugar “nuestro” (en donde debería estar nuestro afamado YO), se extiende, en una parábola genial, indescriptible, a la tierra. La tierra. La tierra como símbolo del “nosotros”, un “nosotros” que piensa, una tierra inconsciente que actúa a su pesar, que ejecuta la representación sorda de su propia maldición. La literatura de Faulkner, que había montado en las espaldas de cada hombre un mundo propio (desafiando la certeza habitual que califica al mundo como lo común, lo compartido por todos), coloca en la tierra el recuerdo, los actos fallidos y el inconsciente de los hombres (desafiando en consecuencia la certeza habitual que califica al hombre como la sede del pensamiento y la memoria).

 

La tierra (la historia de la tierra, su memoria y sus enfisemas) es la maldición del hombre, tan impersonal como ellos mismos cuando lloran un minuto antes del año nuevo. La tierra es la alfombra habitada por ecos inmemoriales en donde se desarrolla la maldición del hombre. El período dorado de Faulkner, en este sentido, podría ser visto como una historia del lamento de la tierra, la ardua descripción de cada una de las gotas de sangre secas en el barro, la proliferación de las palabras necesarias para nombrar lo que no tiene nombre. El período dorado de Faulkner, también en este sentido, podría ser visto como la tinta de la tierra retratándose a sí misma. 

 

Leemos a Addie Bundren en Mientras Agonizo: “Creí que lo había descubierto. Creí que el sentido era el deber de los vivos, para con la terrible sangre, la amarga sangre roja que corre hirviente por la tierra (…) y oía a la oscura tierra pronunciar su mudo discurso”. También a Anse, su intrascendente marido: “Es una comarca dura para el hombre. Es dura. Trece kilómetros del sudor de su cuerpo barrido de la tierra del Señor, donde el propio señor le dijo que lo dejase caer. Un hombre honrado y trabajador no puede sacar nada de provecho de este mundo pecador. Lo sacan esos que tienen las tiendas de la ciudad, que no sudan, que viven de los que sudan. No el que trabaja de firme, el campesino. A veces me pregunto por qué seguimos en ello”.

 

El localismo, la universalidad, la sangre, la maldición impronunciable y no obstante perceptible, el odio, el temor. Todo el Faulkner del ciclo dorado está compendiado en esos párrafos. Volviendo a los primeros balbuceos de este escrito, ignoro qué cosa sea la inspiración; ignoro su entidad y sus detalles, sus requisitos y sus rabietas. Pero sé que existe. Y también que durante 3 o 4 años estuvo viviendo en la máquina de escribir de William Faulkner. 

 

 

 

Mome

 

 

Buen día Lexotanil abril 17, 2009

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Como confesión o como queja, como revancha o puteada veloz. Contra lo inapelable o contra lo que no sirve, da igual, Ciudad de Pobres Corazones (Fito Páez, 1987) no es sólo un ejercicio autobiográfico, ni una reseña maldita de un tiempo maldito. En las canciones del disco está la urgencia de lo insoslayable. Dura, puta y cruda realidad de un tiempo que, más allá de las referencias directas a lo biográfico, resuena como pieza de un viaje a la lucidez y medida del dolor.

- ¿Quieres más?

- No

- Todos tienen más

Primera canción y la frase es clara: Todos tienen más. No hay mérito, tampoco es castigo; el límite no existe, el límite es todo el dolor que puedas soportar. Fito Páez canta y escribe canciones que exploran la resistencia de las emociones para encontrar, en el entramado de ellas, la desorientación que te obliga a suplicar que ya no quieres, que ya no puedes, más.

Ya que no hay regreso, ya que no hay salida
quiero que me digan cómo parar
vuelves de tu casa y si no hay Whisky
un buen geniol

La figura del otro, entendido como lo opuesto, como el antónimo sobre el que se ejerce la confrontación, asume todo tipo de rostros. El mundo, la gente sin swing, la soledad, el fin de la fiesta; lo único claro es que el enemigo existe.

Esto es una guerra, ya me han declarado
donde el enemigo puedo ser yo
todos los fantasmas, todos los países,

todas las creencias, todo el dolor
vuela en su caballo despidiendo mucho gas
como si lo que hubiéramos amado.

En la panorámica de la desorientación, la búsqueda se convierte en un acto desesperado, irreflexivo, lúcido e irremediable. Cuando se piensa, se cree, que se ha tocado fondo, la ruta es el único coraje que nos queda. Porque sólo hay una manera, y Fito Páez en éste disco así lo hace sentir, de confrontar el dolor: morir en él. Luego, viene lo otro: la soberbia y la rabia; la angustia convertida en rebeldía y orgullo.

Yo busco algo que no se encuentra
No sé si vale o valió la pena
Después de haber prendido la mecha
No sé cómo parar esta cabeza
Porqué no prueban una noche
Cuando lleguen a su casa
No haya nadie y el teléfono no suena
¿A ver qué pasa?

Páez conoce las miserias del daño y la irrefutable culpa de no poder elegir. Canta al incierto destino, como queriendo iluminar una zona gris a la que le da miedo ingresar. Es que cuando te marcan una vez piensas que la condena es eterna. O por un buen rato. Me dirijo hacia ese punto donde hay algo y a la vez no existe nada Me pregunto qué otra cosa puedo hacer.

Desconocer es la clave, pero arrojar hipótesis es el mérito. Una canción como un probable, como una manera de contarse el crimen, una y mil veces; una canción para cada responsable. Ciudad de Pobres Corazones persigue las lágrimas de un crimen pasado; pero también procura pagar el precio de la ausencia. Porque si de algo habla el disco, es del espacio vacío que deja lo que no se tiene más. Es la irreparable soledad: Miro a los costados y nada que amarrar Ya no existen lazos Alguien hizo trac, trac, trac

Y el problema es que hay que llenarla. Y el disco del que hablo es una manera de abarcar el vacío y darle una narratividad al dolor. Es que, por más que la moralidad imperante y los benefactores nos culpen y no estén de acuerdo, el resentimiento es el modo en que los vencidos rescatan el valor para regresar al mundo del que se sienten expulsados. Un regreso que no es una incorporación pacífica, sino una incorporación desidiosa y lúcida, incrédula con el otro, pero verdadera para con uno.

Lo que no puedo explicarme
Ya lo voy a transpirar
Que se queden con sus cosas
Que se queden ahí atrás
Que se queden con su mundo
Yo no me voy a enfermar más

No sé si el precio es el justo, tampoco si el dolor desapareció. Páez escribió y cantó uno de los discos más cercanos y directos en lo que a obra y biografía se refiere. Sin embargo, el mérito mayor es el de haberle dado forma a la urgencia de contar la historia que es la suya propia; canciones en las que se reconoce la inmediatez del dolor y el recuerdo. Ciudad de Pobres Corazones es, de cierta forma, el disco del desencanto ante un mundo que, alguna vez, al menos remotamente, prometió cierta justicia. Un disco para los que creyeron en la perpetuidad de la infancia, para los que pensaron que el amor –de todo tipo- conocía para siempres, para los que confiaban que el dolor tenía medida y deferencia. En suma, un disco que propone que lo único justo es lo que puedes aguantar.

R.S

 

Variaciones Onetti 5: Onetti por partes de mujer, y esa mujer además abril 14, 2009

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                                                                                                                                                               onetti_75

En todos los libros que uno va dejando que se extravíen en la memoria,  trashuman actualizándose los recuerdos. Las relecturas tienden a ser ingratas y rememorar el filo de un texto es siempre una reposición, una voluntad de acomodamiento. Así no todos los días de Mme. Bovary eran abismos, ni todas las torres de Hölderlin se hacían con las piedras recolectadas durante el día. Muchas cosas que recordamos ni siquiera están en esas mismas novelas, se mienten rumores que el tiempo deja entrar, y allí esa manía de aferrarse a ellos, refundarlos, ofrendarles el insomnio y el sueño, el color de mí, mi insomnio, mi sueño, mi color.

 

Uno no desempolva nada en realidad, ni relee, ni puede asombrarse con esa presura casi profesional que hace del asombro un anuncio. Uno no anuncia, acaso tan solo lea y leyendo vaya formándose una argamasa amorfa que no sirve ni para citar. Uno lee y la única relectura que queda al final es que  haya golpes de suerte que posibiliten la trasmigración, lluvias que te lluevan y soles que te soleen. Y al venir, al traer todo de vuelta a casa, el tropiezo del recuerdo es un disparo sin blanco, un trompo sin eje. Es el recuerdo mismo el que finalmente tropieza, se interrumpe en su advenir y cuando quisiera advenir de una vez por todas, no adviene, choca con otro y éste otro lo ilumina, lo contrae, lo determina y ya no es que haya o no haya olvido, no lo sentimos así, es que no hay desembarazo de ningún recuerdo, que todos tienen insertos los nervios del próximo y su delicado, efímero acontecer, y el acontecer del pálpito de verlo venir y la víspera de saber que llega, involucrándonos con cada minuto, con cada partición de ese mismo minuto.

 

Pero un recuerdo, sólo uno, resiste, se sobrepone a todos los otros, conteniéndolos. Por esa razón siempre corre el riesgo de lo apócrifo cualquier diario de vida. Por eso tonta y furtivamente llamamos vida y aún diario de vida a ciertas cosas que, de poder nombrarlas, juzgaríamos triviales o vergonzosas. Porque un solo recuerdo nos pesa y nos alberga, un recuerdo que es dueño de nuestro pudor y de nuestro constante, perezoso latido.

Ésa es la noche y ése el pozo,  cuando en uno de esos azares voluntarios, -esos azares que te toman 4 años de perplejidad en el Río de la Plata-, Enrique Cadícamo saboreaba el mismo polvo que Juan Carlos Onetti y así  parece un pozo de sombras la noche, y yo en las sombras camino muy lento.  Y ver sucederse finalmente, acaso habiéndolo esperado, una noche y todas las noches, un pozo y todos los pozos, una mujer y todas las mujeres. Pero además esa mujer, esa noche, ese pozo. Y todo por partes, todo dándose a resolverse en partes, en el trapecio tambaleante de la memoria diluyendo y aceptando lo espurio, avisando que no hay plano fijo posible sino desorden de sombras, pozo donde Ester, Cecilia, Hanka y aún Ana María son tan solo tener 18 años y saberlo sin vacilaciones porque murió unos meses después y sigue teniendo esa edad cuando abre por la noche la puerta de la cabaña y corre sin hacer ruido, a tirarse en una cama de hojas. Porque en todo caso lo que resta es lo visto y cómo fue visto, porque intentar contarlo es sumirlo bajo un nombre, y nombrar, acaso tan solo intentar nombrar, es siempre poner un punto final en el mundo, y no en el ensueño y no en la memoria y no en las noches, en los pozos, en las mujeres y en esa mujer además. Así que lo que hay son formas de renunciar, son partes de partes de partes que partir, la cabaña y la puerta abriéndose, la puerta y correr sin hacer ruido, correr y una cama de hojas, una cama de hojas y tener dieciocho años y la noche en un cabaña donde hay una cama de hojas y dieciocho años. Y nada que decir luego, nada que entorpecer con fechas, situación histórica, estado del comercio. Ningún esto es aquello, ningún aquello es esto, ninguna tilde elíptica, ningún ergo. Ya que

cosas sin nombre, cosas que andaban  por el mundo buscando un nombre, saltaban sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y palpable. Era – pensé después- un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa

y tenemos una noche por delante, con sus ladridos a lo lejos, con la imbécil demora del amanecer, con el recuerdo de unos pies debajo de la mesa de algún café y nos asomamos a él con cierta timidez, como si no nos pertenecieran.

 

Ése o cualquier otro, debió decir Onetti. Pero que sea bello. O que pueda embellecerse. En todo caso, que no nos sirva de nada más que de faro,  de presunta melodía que seguir tarareando sin saber adonde vamos al tararear, adónde y a comer y a beber con el hambre de quién, adónde y el ensueño, el mismo que Onetti creyó un pozo que le revelaba el dulce peligro de habitar tan solo en la memoria.

 

 

 

M.A

 

 

 

London, London ou Ajax, Brush and Rubish – Caio Fernando Abreu abril 13, 2009

 

 

Titulo Original: London, London ou Ajax, Brush and Rubish (http://semamorsoaloucura.blogspot.com/2007/08/london-london.htm) El cuento se encuentra en el libro Estranhos estrangeiros (1996)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander

 

 

 

LONDON, LONDON OU AJAX, BRUSH AND RUBBISH

 

Para Carlos Tèmple Troya

 

                                                                                                                                                                                                         09_caio_fernando_de_abreu

Mi corazón está perdido, pero tengo un mapa de Babylon City entre las manos. Primer día de fog auténtico. Hay un fantasma en cada esquina de Hammersmith, W14. Voy navegando en las waves de mi propio silbido hasta la puerta oscura de una casa victoriana.

 

Good morning, Mrs. Dixon! I’m the cleaner!

What? The killer?

Not yet, Lady, not yet. Only the cleaner…

 

Llamo a Mrs. Dixon de Mirs. Nixon. Es un poco sorda, así que no entiende bien. Tengo que gritarle muy cerca del pendiente (jamaicano) de su oreja derecha. Mrs. D(N)ixon usa un chaleco de piel (siberiana) muy elegante sobre una malla negra, y un collar de jade (chino) en el cuello. Sus ojos azules son impenetrables, y, cuando se contraen, hacen mover lentamente la red de adornos (belgas) que sujeta en su cabeza. Sólo cuando comienza a acariciar a su gato (persa) me presta atención

 

Where are you from?

I’m Brazilian, Mrs. Nixon.

Ooooooooooouuuuuu, Persian? Like my pussy cat! It’s a lovely country! Do you like carpets?

Of course, Mrs. Nixon. I love carpets!

Para mostrar interés, enciendo inmediatamente un cigarro. Pero Mrs. Nixon se intranquiliza, junto con el gato.

Take care, stupid! Take care of my carpets! They are very-very expensive!

 

Trae un cenicero de plata (Tailandés) y apago el cigarro (americano).  But, sometimes, yo hablo también un poquito de español e, if il faut, aussi un peu de français: navego, navego en las waves contaminadas de 3425797571_ebca48bc6dBabylon City, después me siento en el Hyde Park, W2, y presencio el encuentro de Carmen Miranda con una Rumbeira-from-Kiúba. Perhaps por los orígenes tropicales y respectivos back-grounds, se hablan por medio de quiebres y giros y quizá por el tono dorado de las hojas de otoño, (like “Le Bonheur”, ¿remember “Le Bonbeur”?), tal vez, maybe, se aman inmediatamente.  Pero Carmen huye, fiel a sus ya citados orígenes y repite enl(r)ouquecida[1], en portugués castizo, que ese amor ciego terminará por matarla. La Rumbeira-from-Kiúba, cuyo nombre, hasta hoy, no ha sido debidamente esclarecido, (something between Remédios and Esperanzá), decide tomar medidas con el fin de abandonar la old-fashion y se matricula en beginnerde danza moderna en The Place, Euston. NW1. Para consolarse del frustrado affair, todos los sábados va a Portobello Rd, Wll, donde se dedica a la investigación y eventual adquisición de porcelana china. Su pequeña habitación en Earl’s Court Rd, W8, está tomada. Ayer substituyó su almohada por una carísima pieza de la Dinastía Ming. Mientras, Carmen gana 20 libras por semana cantando “I-I-I-I-I-I-I like very much” en los intervalos de las sesiones de Classic, Nothing Hill Gate, Wll. Los sábados compra viejos zuecos con altísimas plataformas, tejidos y frutas en los barracones de Portobello –para llenar el hueco de su (c)hambre[2]. Tarde en la noche, cada una en su habitación, leen respectivamente a  Cabrera Infante y la lírica de Camões. Ambas esperan, secretamente, encontrarse cualquier  saturday de estos, entre candelabros art nouveau, ropas de paje renacentista, couves-de-bruxelas y pasteles de Jamaica, frente al Ceres, Portobello, Rd, W14, donde todo pasa. O casi. Pero todo es en secreto. Ninguna está dispuesta a hablar primero. Ninguna dejará vislumbrar alguna emoción detrás del make-up. It’s so dangerous, money, y, además, en Europa es así, hijo mío, trata de ir acostumbrándote. Pero siempre puede ser que sus ojos digan todo. Como en esas melosas y absurdas historias de Rumbeiras-from-Kiúba meeting Carmen-mirandas por las veredas otoñales de Hyde Park –donde las hojas, a quien le interese, siguen cayendo.

 

I think all Latin-American writers should write in English. Spanish is very difficult. But don’t worry, dear: Joseph Conrad learned to write only at nineteen…

 

Ampollas en las manos. Callos en los pies. Dolor de espalda. Músculos cansados. Ajax, brush and rubbish. Pelo duro por el polvo. Narices llenas de mugre. Stairs, stairs, stairs. Bathrooms, bathrooms. Blobs. Dolor en las piernas. Subir, bajar, llamar, escuchar. Up, down. Up, down. Many times got lost in undergrounds, corners, places, gardens, squares, terraces, streets, roads. Dolor, pain. Blobs, ampollas.

 

You’re not just beautiful. I think you’ve got some-thing else.

 

 

 

I’ve got something else. ¿Donde los castillos, los príncipes, las suaves vegetaciones, los grandes encuentros 3419049058_8052297ddb–donde las montañas cubiertas de nieve, los teatros, los ballets, la cultura, la historia –dónde? Paisaje duro, hard landscape. Tunecinos, japoneses, persas, indios, congoleños, panameños, marroquíes. Babylon City hierve. Blobs in strangers’ hands haciendo privado el balde lleno de sífilis, mientras tiro la descarga para que Mrs. Burnes (o Lascelley ou Hill ou Simpson) no escuche el grito.

 

What you think about the Women’s Lib?

Nothing. I prefer boys.

Chauvinist!

 

Ella está descalza, aunque hace frío. Tiene una falda colorida que llega  casi hasta el suelo lleno de basura. El pelo rojo de henna, con algunas mechas verdes. En los ojos, un pincel stone trazó enormes alas de purple butterfly. Como si su rostro fuera un jardín. Empuja un coche de niños vacío y canta. Canta cualquier cosa, así: “I’m so happy/ I’m so happy/’cause today is The Day/’cause today is a Sunny Day”. Es muy joven, pero la heroína le quitó el color de su piel. La boa azul se mueve con la brisa que causa un bus al pasar. Sonríe, se detiene, da media vuelta, y saca de dentro del coche una bolsa de pequeños vidrios y cordones dorados y toma un vidrio oscuro y salpica unas gotas de óleo en la punta de sus dedos y los pasa –slowly, slowly- por mi frente, por mi cara, por mi pecho, en las cicatrices suicidas de mi pulso de indio:

 You know and I know that you know: today is just The Day.

 

Hay olor a Sándalo, a Oriente. Yo no quiero decir nada, en ninguna lengua, no quiero decir absolutamente nada. No sonrío y dejo que se vaya con sus pies descalzos y sucios, bailando sobre la tela de su falda. Ella todavía canta. Respiro profundo, mientras espero que el bus pase, y siento Sándalo, siento Oriente.

Won’t you finisb your bloody cigarette?

Fuck off!

Very eccentric!

 

Mrs. Austin le apunta a las palomas del patio y dice que no se puede morir, ¿you know?, que tiene ochenta años pero que no se puede morir. ¿Qué sería de las palomas de Mrs. Austin si el muriese ahora? Me quedo parado en la esquina, las manos llenas de palomas, los pies en el jardín dorado de Mrs. Austin, que me dio cincuenta pence más. Ellas pasan, ellos pasan. Algunos miran, casi paran. Otros se dan vuelta. Otros, después de concluir que no he muerto, a pesar de mi pelo negro y ojos oscuros, se acercan solícitos y, como en esta isla no se puede andar impunemente por las esquinas, me agraden con su British hospitality:

 

― May I help you? May I help you?

― No, thanks. Nobody can help me.

 

Something else. Toco el pequeño cactus con los dedos llenos de ampollas rosadas. Es un frágil falo verde, cubierto de espinas blancas. Comprimo las espinas blancas contra la piel rosada de las ampollas de mis dedos. Pero nada pasa. Something else. Yo quería tocar “Pour Élise” al piano, ¿sabía? Es algo kitsch, lo sé, pero yo quería, y en el Brazil,  cariño, en el otro lado del mar, hay una tierra encantada que se llama Arembepe, y un poco más al sur hay otra, que se llama Garopaba. En estos sitios, todos los días son sunny-days, todos. Mon cher, tome sus maracas, su malla de ballet, sus platos chinos –toma todos los pedazos que perdiste en tus andanzas y ven a mi alfombra mágica. Te quieres volar conmigo hasta los sitios encantados? Something else. Coño. Apreto mis ampollas contra el falo verde. Y nada pasa. Como César Vallejo: “Tenemos en uno de los ojos mucha pena, y también en el otro, mucha pena, y en los dos, cuando miran, mucha pena. Carmen está excitada, el teléfono en las manos. Flash-back: Cármen-menina excitada con el pene del vecino entre las manos de uñas verde-menta, esmalte from Biba, High Street Kensington, W8. Quizá Remédios, Soledad o Esperanza. Zoom en los ojos. La boca escalarta repite enr(l)ouquecida[3]:

 

Pero si no te gusta esa de que te hablo, hay otra más al sur, o más al centro,  donde Io quieras,  cielo, donde Io quieras,  locura. Sometimes, penso que mio cuore es una basura, but “your body hurts me as the world hurts God”. I car it forget it.

 

Look deep on my eyes. Can you see? They’re lost. They’re completely lost. And I can do nothing.

 

 

caiofernandessite1

 

 

Camino, camino. Rimbaud fue a África, Virginia Woolf jugó en un río, Oscar Wilde fue a la cárcel, Mick Jagger se inyectó silicona en la boca y Arthur Miller se casó con Norma Jean Baker, que acabó entrando en la Hi$toria, si no que lo diga Norman Mailer. Mrs. Burnes no viene, no viene. Wait her and after call me. Espero, espero. Mrs. Burnes no viene.  En Amsterdam es hasta legal, pero nunca vi tanta mierda de perro en la calle. En Nicaragua un tercio de la población habla ahuara, que es una lengua hindú. En el muro cerca de casa, alguien escribió con sangre: “Flower-power is dead“. Es fácil, flaco, terminar en algo bueno: primero busca un departamento, después busca trabajo, una escuela, después, si sobra tiempo, amor. Después, si fuese necesario, y siempre es, motivos para reír o llorar –o cualquier cosa más drástica, como convertirte en adicto a la heroína, hacer auto-stop hasta Katmandú, traficar armas para los marroquíes o –siempre existe la old-fashion- morir de amor por alguien que tenga asco de tu piel latina. Why notP

 

Please, can you clean the other side of that door?

 

Primero, la sorpresa de no encontrar. Sorpresa blanca, larga, boca abierta. €10. El arriendo de la semana más uno o dos mazos de Players Number Six. Algunos sandwiches y buses,  five en la entrada, y five, please, a la salida. Reviso la bolsa: pasaporte brasilero, patchulí hindú, monedas suecas, sellos franceses, fósforos belgas, César Vallejo y Sylvia Plath. Ojo en el suelo. Alejo las piernas de las personas, las latas de basura, empujo bancos. Tengo dos opciones: sentarme en la escalera sucia y llorar o salir corriendo y tirarme al Támesis. Prefiero tomar el próximo tren para la próxima casa, navegar en las waves de mi propio silbido y esperar a Mrs. Burnes, que no viene, que no viene.

 

WHY?

I beg your pardon?

 

                                                                                                                                                                  3418238729_ac61a9638d_m

Anochece siempre temprano y en la sala discuten sobre las virtudes de la  princesa Anne. Alguien dice que el marido es muy caliente y escuchan un rock que habla de “una-isla-del-norte-donde-no-sé-si-por-suerte-o-por-castigo-fui-a-parar-por-un-tiempo-que-pasó-rápido-como-todo-tiene-que-pasar-hoy-día-yo-me-siento-como” si ahora fuese también ayer, mañana y después de mañana, como si la primavera no sucediese al invierno, como si nunca se debiese romper la cáscara del huevo, como si no fuese necesario encender todas las velas y todo el incienso que hay por las casas para alejar el frío, el miedo y la voluntad de volver. Pero el coche de niños est´vacío. La piedra de Brighton pare­ce un corazón partido. El tarro esconde la Torre Fulminada. Las flores amarillas sobre la mesa blanca todavía no mueren. El teléfono existe, pero no suena. En la pared hay un mapa del siglo no sé cuántos. El cactus. La aguja hace que la ampolla libere un líquido espeso y dulce. Siento dolor: estoy vivo. Lo último que vi del día reposa, como en un poema antiguo, sobre el uniforme de la tercera gran guerra  tirado al suelo por la ofensiva de la mañana siguiente: zapatillas francesas (treinta francos), blue jeans suecos (noventa coronas), suéter inglés (cuatro libras), abrigo marroquíe (noventa pesetas). Ahora valgo un poco más caro y mi precio está sujeto a las oscilaciones de la bolsa internacional. Cuando vuelvas, vas a ver como las personas sólo te dicen “Mira, él acaba de volver de Europa”. Te pondrán caras y te lanzarán miradas, y tendrás un status increíble. Con ese impulso podrás comerte a cualquiera. Flaca, tu me lo dijiste, lo sé, pero ¿dónde están tus dedos llenos de anillos? Y en la sala, en la sala discuten las virtudes del marido de la princesa Anne y cantan rock. David Bowie es una gran mujer, pero mi corazón es atlante. Tengo sol en Virgo, Marte en Scorpio, Venus en Leo y Jupiter en Sagittarius. Me ubico. Pongo el despertador a las siete de la mañana, cuando todavía está oscuro, y los autos están cubiertos por el hielo. Apago la luz y me tapo con el cobertor rojo. Sin embargo, y a lo lejos, alguien dice que a fin de año todavía tiene que venir el cometa. Busco un fósforo, enciendo un cigarro. La pequeña punta roja se queda brillando en la oscuridad. Sorry, in the dark: red between the shadows. Casi com un farol. Sorry: a lighthouse. Flaca, allá en la Bahía, encuentra mi pequeña luz. Extiende tu mano llena de anillos por sobre el mar y toca mi frente caliente de índio latino-americano y habla así, con un acento bien horroroso, que Shakespeare se retuerza en su tumba:

 

- De beguiner is ólueis dificulti, suiti ronei, létis gou tu trai agueim. Iuvi góti somessingui élsi, donti forguéti iti.

I don’t forget. Mi corazón está perdido, pero tengo un London de la A a la Z en la mano derecha y en la izquierda un Collins dictionary. Babylon City moribunda, ahogada en la basura occidental. But I’ve got something else. Yes, I do.

 

 


[1] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

[2] Chambre: habitación en francés.

[3] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

 

T.S.Eliot y la historia del saber occidental: la poesía como edificio de citas abril 8, 2009

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1922

                                                                                                                                                                      97f/12/huty/6725/38El mundo occidental apenas si había ingresado en ese lapso de años que posteriormente sería designado como “período de entreguerras”. Ese sandwich de imperialismo, autoritarismo y desastres económicos que tuvo lugar entre las dos grandes guerras generó (sin ningún rasgo paradójico) en lo artístico y filosófico quizás lo más elevado del siglo. El período, se sabe, comprende 20 años, pero si existe algún año que resuma a los otros 1900s, ese es 1922.

 

Para ejemplificar someramente*: Joyce publica el Ulises, Vallejo su Trilce, Girondo sus Veinte poemas para ser leídos en un tranvía; Proust termina Sodoma y Gomorra, Rilke hace lo propio con las Elegías de Duino, Lang filma Dr Mabuse, Freud culmina su reformulación del aparato psíquico en El yo y el ello, que será publicado un año más tarde, Ludwig Wittgenstein publica su Tractatus logico-philosophicus. Franz Kafka continúa tallando las páginas de sus Diarios, Lukács ultima los detalles de Historia y Conciencia de Clase. También data de 1922 el libro que interesa en este artículo: La tierra baldía de T.S.Eliot.

 

¿Qué conjunción cósmica alinea los planetas para permitir semejante profusión en tan corto lapso? ¿Por qué tanta sangre limpia, por qué tanto veneno? ¿Cuál es el hechizo que afina la puntería de la genialidad hasta hacer blanco en una serie de mentes (dementes) que ignorándose entre sí construyen hermanados las Sagradas Escrituras de la renovación, el hastío y la revuelta? ¿Estaremos ante una casualidad – cuyo estatuto no desprecio ni mucho menos – o ante una consecuencia? Cualquier respuesta rotunda a estas inquisiciones supone ciertamente un grado considerable de arrogancia; lo único que se me ocurre aportar al asunto es la impresión siguiente: los artistas hilvanados más arriba parecen saberse partícipes de la “generación” con la que más tarde serían identificados. Todos parecen estar conscientes del momento histórico en que están (no en un sentido meramente político, vale decir) y especialmente parecen estar conscientes de su papel respecto al momento histórico que los espera.

 

El mundo quebrado, flácido, resbaladizo, atroz. El mundo yermo arrodillado contra un árbol, vomitando las balas empleadas en sus proyectos más aplicados a la hora del amanecer, en ese lapso en que la mente no logra distinguir entre el final y los comienzos. El mundo sin certezas. El nuevo mundo. Esa es la imagen que desde las obras citadas (y varias otras, por cierto) hiede y aromatiza, la que preludia a su vez tanta artillería vanguardista, tanto revuelo beat, tanto flujo psicológico, tanto (pos)modernismo. El extenso poema de Eliot juega en tamaño tablero una posición que estimo capital: su articulación de la tradición antigua (con su consecuente desembocadura en la más acabada modernidad) y la ruptura de las formas dan por resultado, además de un poema soberbio, digno de cualquier parnaso, una muestra cabal del poderío y el derrame inminente de lo moderno. Lo moderno está sangrando ya en esos abriles, las grietas de su armadura comienzan a ensancharse y el viscoso jugo brota irremediable. Elliot está allí, parado, para enseñarnos el camino más corto a las heridas.

 

 

 

Cortar y pegar

 

La técnica de montaje – término proveniente de la jerga cinematográfica – es algo así como el amuleto de todos los movimientos vanguardistas del siglo 20. Su correlato literario, el collage, se convierte durante toda la primera mitad del siglo en  el credo formal de los poetas y prosistas. No resulta curiosa la irrupción de técnicas en esa clave: la velocidad del mundo había sido desasosegada, el enclave espacio-temporal fatigado, los grandes relatos* despedazados, transformados en jirones de ideas que por lo general no remiten a nada urgente. Detesto la opinión que consagra al arte como reflejo de la realidad (supongo que lo que detesto puntualmente es cualquier noción terminante de realidad; siempre me han parecido este tipo de definiciones una especie de burla dañina) pero no descreo de las concordancias que uno y otro – arte y realidad, sean lo que demonios sean – suelen evidenciar. El mundo, ese concepto tan apremiado siempre por la sangre y la decadencia, había estallado desde sus entrañas en una implosión inmanente e irresistible. El arte, de la mano de algunos muchachones con ojos proféticos, decidió hacer lo mismo.

 

…llegamos una noche al gabinete y todo había sido destrozado por allí: las paredes estaban dobladas como si fuesen de cartulina, una densa capa de polvo marrón teñía los restos de un tono huraño, avergonzado, desértico. No teníamos frío ni calor, reír hubiese sido tan estúpido como llorar. Cada uno había perdido algo con el desastre, era cierto aunque nadie lo quisiera enunciar, qué sé yo, algunas fotografías de familiares o amigos, más de un libro irrecuperable, fórmulas que llevarían doscientos años en volver a conformarse, documentos financieros, desgarradoras cartas de nuestros amantes, alcoholes un tanto ilegítimos que andaban escondidos por allí.

Pensándolo bien, lo habíamos perdido todo. ¿Qué variedad de estafa nos habían tendido? Nos habían jurado (lo recordamos todos; y el que no, debería) sobre la Biblia y sobre la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano que el gabinete estaba construido con el material más resistente del universo, que era indestructible (si hasta recuerdo el rubor del párroco al respecto), que nadie, por cierto, querría jamás atacarlo. La explosión debe haberse provocado y propagado desde adentro, no queda otra alternativa.

Pensándolo bien, lo habíamos perdido todo. Y habíamos ganado sólo una cosa: la libertad de triturarlo todo hasta sangrar nuestras manos y nuestras mentes.

 

La Tierra Baldía es el primer poema tramado en rededor de la idea del collage. Más allá de los pergaminos que le quepan por el desfloramiento (y se sabe la relevancia que en nuestra civilización se le otorga a la originalidad, a ser-el-primero-en), la valía del poema reside en su carácter babélico, su indescifrable estilo, su implacable ironía, su inmaculada y corrosiva desnudez. Eliot pretende encarnar al hombre moderno en la encrucijada decadente y sombría, como Joyce en Ulises, como Kafka, como Musil. Y para eso remonta la historia del conocimiento occidental a través de sus hitos más estruendosos. El Antiguo Testamento, Dante, Shakespeare, Ovidio, Virgilio, eliot-woolf1Agustín, Baudelaire, Nerval emergen en las líneas del poema a partir de citas, referencias o meras alusiones; emergen confundidos, implacables, sabios, candorosos, en un océano de palabras encimadas que se desprenden de toda sucesión cronológica y de toda pertinencia pre-digitada para trasuntar el carácter real de nuestra cultura: su condición babélica, su entidad aún en el caos, en el vértigo, en la contradicción. El trazo de la modernidad cava allí su surco, quizás por vez primera en forma tan acabada: la consternación ante el naufragio de las certidumbres invita al aferramiento desesperado de las grandes voces, de los fundadores de nuestra moral, nuestra religión, nuestra psicología, pero ese aferramiento no tiende al mero pánico, a la recuperación histérica de las autoridades fundamentales, sino que se da en el marco de una operación irónica, fragmentada, manifiestamente (des)estructurada y arbitraria; una operación, en suma, típicamente moderna.

La Tierra Baldía, motivada según su autor por la leyenda del Graal, convierte a nuestra civilización misma en una leyenda, en un coro desorganizado del saber universal que se torna, en alguno momentos, mitológico. Eliot exacerba el gesto moderno y se aboca – entre tanta mortaja y tanto alarido – a edificar una mitología acorde con el rumor de los truenos, una mitología vanguardista, elaborada con retazos, guiños, sutiles correspondencias, engaños deliberados. Una mitología vanguardista cimentada principalmente en la tergiversación de las palabras sagradas, en su libre utilización, en su falsa alusión, en su inclusión dentro de un cambalache de formas y motivos que van desde la descripción de una alcoba hasta el lamento por una Londres decadente.

 

Walter Benjamin fantaseó insistentemente con una obra compuesta exclusivamente de citas de otros autores; Borges sugirió algo similar en algún prólogo. Ahora bien ¿qué es una cita?: una remisión a la autoridad (en tanto autoridad, lo que ya supone a la arbitrariedad) como ideal, una manipulación de las palabras en la mayoría de los casos, una superstición incluso. La cita es la unidad mínima en que nos inculcamos nuestros rastros culturales, el plato más pequeño que podemos tirarnos mutuamente por la cabeza en nuestras consabidas crisis civilizatorias.  La cita es entendida comúnmente como un objeto, como una entidad perfectamente autosuficiente que ostenta un valor de verdad. Se admite la faena tendenciosa que puede realizarse con una cita, pero jamás la imputada es la cita misma sino el “citador”. Eliot trastoca las cosas en este sentido: la deliberada manipulación de las fuentes (la “liviandad” con que las trata, si lo vemos desde el paternalista ojo académico) invisten a la cita misma de un carácter resbaladizo por el que pierde autoridad – en sentido lato, tradicional – para ganar Autoridad – en sentido amplio, caótico, visceral. Ya no se trata de cortar y pegar: entre el cortar (un cortar dudoso, pérfido en algunos casos) y el pegar existen una serie de instancias que se despliegan en silencio, que diligencian una relación hostil con la literatura misma, que se hunden en los abismos de la creación poética para resurgir en un contorno flamante, inexplorado hasta allí. Entre el cortar y el pegar está la inteligencia, el talento, la historia, el olvido, el temor, el futuro. Sobre todo el futuro, cargado de complejidades y sutilezas. Sobre todo el futuro, destinado al disturbio, la fugacidad, la ausencia de totalidad.

 

Sobre todo el futuro, ya presente, siempre presentándose, atiborrado y baldío, terrorífico y emancipado.

 

 

 

Lo abismal en lo cotidiano: moliendo la realidad a martillazos

 

La memoria – colectiva, universal, histórica, individual, como quiera identificársela – es la herramienta más poderosa para trabajar las mitologías: es la memoria la que las inventa, la que las sostiene, la que las modifica y también es ella quien las borronea y destruye. Eliot, en su slalom sobre el acervo cultural que forjó a los hombres perplejos  con los que debe tratar practica una memoria selectiva (quizás todas lo sean) que convierte a la memoria misma, es decir, a la memoria-objeto, en algo más lábil y, por cierto, más interesante. La memoria de los 1781061-feat1tiempos, esos ecos de aquello que nos justificó y justifica, no están presentes en La Tierra Baldía para documentar nada. No estamos ante un tribunal y no se  trata de ningún intercambio de credenciales. La autoridad corre por otro riacho, quedó dicho. Consecuentemente, la leyenda del Graal es un mero punto de partida, acaso una metáfora; consecuentemente, las evocaciones a la tradición más elevada no son tan rotundas o sentenciosas como bellas; consecuentemente, la connotación sexual tantas veces adjudicada al poema no pasa de una sugerencia parcial y más bien vaga. Consecuentemente, en fin, las propias citas sagradas quedan equiparadas al ámbito de lo cotidiano (un jacinto, un gallo, la Queen Victoria Street), su propia utilización las (des)sacraliza.

 

Se ha insistido hasta el bochorno: los poetas sublimes deben detectar en lo particular los elementos universales para luego expresarlos en un lenguaje que desafíe al lenguaje mismo, que lo tense, lo extienda, lo torne divino. Eliot, en La Tierra Baldía, ejecuta según creo la maniobra inversa. Eliot “trae” desde ultratumba (desde el fondo de los tiempos, desde el final de ese cono invertido en donde se congelan nuestras raíces) lo mítico, lo místico y lo condenado hasta lo cotidiano, hasta esa tierra desangelada, baldía, moderna, por la que los hombres se paseaban entre pesadillas, automóviles y hambre. Hasta esas ciudades “irreales” (tan, tan modernas) que se repiten en el poema  Hasta esa tierra que Eliot describe de esta manera:

 

Aquí no hay agua sino sólo roca

roca y nada de agua y el camino arenoso

el camino serpenteando allá arriba entre las montañas

que son montañas de roca sin agua

si hubiera agua nos detendríamos a beber

entre la roca uno no puede pararse ni pensar

                                       

                                        (La Tierra Baldía, V, 331-337)

 

El mundo, la vida cotidiana, se redujo a materia, una materia que prohibe detenerse y que prohibe reflexionar: he allí la modernidad en su primer enjuiciamiento serio, la áspera modernidad a punto de colapsar, absorta, inerte, encaminada en el sendero de la alienación, de la incomunicación total.

 

Ciudad irreal,

bajo la niebla parda un amanecer de invierno,

una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos,

no creí que la muerte hubiese deshecho a tantos

 

                                       (La Tierra Baldía, I, 60-63)

 

Lo cotidiano, el símbolo de lo cotidiano para la modernidad – la ciudad – se vuelve multitudinaria e irreal. No se trata ya de la comunidad de almas que soñaron algunos románticos urbanos sino un conglomerado de seres insulares que caminan muertos sin saberlo. Digo, sin saber que caminan y sin saber que están muertos, que todo lo humano se está ulcerando en ellos.

Toda obra genuinamente grande es profética: su desmarque de las mediciones la coloca en un descampado donde siempre se refleja el futuro, más allá de las intenciones fácticas del autor, bastante más allá de su talento y su tesón. Tal vez el asunto no sea tan misterioso: toda obra que exprese su propio tiempo en forma fiel (muy lejos esa expresión de la simple descripción pseudo-política con la que tan a menudo nos topamos) está bosquejando el futuro, no merced al principio de causalidad por cierto sino a un  principio que se nos escapa, que siquiera sabemos si existe. El futuro aparece encriptado en el pasado y ensañado con el presente; el futuro es un trabajo de orfebre, el paciente trabajo del que destruye sin romper. Cualquiera recuerda de memoria aquella reflexión de Miguel Ángel respecto al arte, aquella que “simplificaba” la faena artística reduciéndola a la mera eliminación de lo innecesario. Quizás el augurio se rija por la misma metáfora: quizás el futuro se muestre a partir del “mero” desmalezamiento del presente.

 

 

 

 

Mome   

 

* Este recuento ha sido confeccionado a partir de mi biblioteca personal y de un artículo de Marcelo Cohen, Cuando todo era futuro, aparecido en Clarín Cultura y Nación, octubre del 2002.

* Esta expresión corresponde a J. F. Lyotard. Cfr La condición postmoderna.


 

Nota al pie: Pierre Reverdy abril 5, 2009

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                                                                                                                                                              reverdy 

Como Paul Delvaux, como Mallarmé y André Bretón, Pierre Reverdy prefirió la búsqueda de signos. El ensueño y los cristales. Los nudos del destino y los números perdidos. El azur aplazado por los cada vez menos logrados contrastes, el vaho de las alcantarillas. De una sola suerte se dio a la poesía: poder hacerla. Con un solo descuido no zozobró ante de ella: dejó que se hiciese. Luego expulsó de sí algunas certezas: l’art pour l’art, la vie pour la vie, deux points morts. Il faut à chaqun l’illusion des buts et des raisons. L’art par et pour la vie, la vie pour et par l’art.

 

Para Pierre Reverdy, la sola mención del arte y de la vida fue el costo de la sugestión en la realidad. Y el hombre, su confuso conductor. Así como Alfonso Quijano nunca dijo su ladran, Sancho, señal que cabalgamos, y ni Humphrey Bogart y Ingrid Bergman espetaron el triste play it again, Sam, Reverdy pensó tan solo en un arte de intercesores, los que reponen lo que nunca sucedió, los que buscan lo que no existe y lo que se abre paso para existir.

 

La poesie n’est ni dans la vie ni dans les choses —- c’est ce que vous en faites et ce que vous y ajoutez.

 

Entonces es que una obra se libra a un azar continuo, marcando el paso indeciso desde un intercesor a otro y a otro y a otro, y también las distorsiones necesarias, las huellas borradas, los atajos y los espejismos.

 

Ce que le public ne veut pas comprendre, c’est qu’on veuille lui montrer autre chose que ce qu’il cherche.

 

Pierre Reverdy, para cada palabra, para cada horizonte a tres metros de sus narices en el devenir de la urbe, operó un encantamiento y en él, magia infinita que trae desde todos los rincones de la ciudad (un cuarto mal amueblado, un embauco bien llevado a cabo) al mismo conejo y la misma galera, insustituibles y siempre devinientes a un tiempo galera, conejo y expectación de primera y última fila. Pero aún saber que no hay equivocación alguna cuando una inusitada libertad crea el alboroto de confundirlo todo en un impracticable golpe de suerte.

 

La poesía así acaba siendo esta mesa de póker, donde nos medimos de a uno, con los ojos y la caída de los párpados, con el verso, el espíritu, y todo lo que mentimos.

 

 

 

M.A

 

 

 

 
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