La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac: La desaparición del vagabundo americano (1960) mayo 4, 2009

 

 

N.del T: El siguiente texto fue publicado por primera vez en la revista Holiday, en 1960. Tiempo después, en el mismo año, fue recogido en la colección de ensayos y escritos varios Lonesome Traveler, publicada por McGraw-Hill.

Título original: The Vanishing American Hobo

Traducción: Martín Abadía

 

 

                                                                                                                                                                lg_5010631_jack_kerouac2 

El Vagabundo Americano la pasa mal en estos días dado el crecimiento de la vigilancia policial en las autopistas, las carreteras, la orilla de los mares, la cuenca de los ríos, los terraplenes y miles de otros escondites en la noche industrial – En California, el “pack rat”, el tipo que va de ciudad en ciudad con su casa y sus víveres a cuestas, el “hermano sin hogar,” ha desaparecido prácticamente junto con el viejo buscador de oro que solía andar lleno de esperanzas las duras ciudades del Oeste que, ahora prósperas, no quieren más vagos —- “La gente no quiere vagos aquí, más allá de que hayan fundado California,” me dijo un viejo escondido detrás de una lata de frijoles, frente a un fuego Indio, en la cuenca de un río de las afueras de Riverside California, en 1955. —- Grandes y siniestros autos de policía, pagados por los impuestos (los modelos 1960, con amargas luces rastreadoras) están listos para aparecer en cada momento y echársele encima al vagabundo en su galope idealista hacia la libertad y las colinas del sagrado silencio y la sagrada privacidad. —- No hay nada más noble que erguirse frente a las serpientes y el polvo por la búsqueda absoluta de la libertad.

 

Como ya sabes, yo mismo fui una especie de vagabundo cuando supe que mis esfuerzos literarios podían ser recompensados por la protección social – No era un vagabundo auténtico sin esperanza, salvo por esa secreta ilusión eterna de poder dormir en vagones de carga que vuelan a través del valle de Salinas en el cálido Enero, bajo el resplandor de la Dorada Eternidad, hacia San José, buscando una verdad entre viejos muchachos de labios hoscos que te miraban y te ofrecían algo de comer y a veces de beber también—abajo, en las vías o en el final del arroyo de Guadalupe.

El sueño original del vagabundo tuvo su mejor expresión en el precioso poema que menciona Dwight Goddard en su Biblia Budista:

 

Oh for this one rare occurence

Gladly would I give ten thousand pieces of gold!

A hat is on my head, a bundle on my back,

And my staff, the refreshing breeze and the full moon.

 

Siempre ha habido en América (lo notarás por el tono peculiarmente whitmaneseano de este poema, probablemente escrito por el viejo Goddard) una idea bastante especial y definida de caminar hacia la libertad, como en los días de Jim Bridger y Johnny Appleseed, hoy en día retomado por un puñado -pronto a extinguirse-  de viejos veteranos que aún puedes ver esperando un autobús de corta distancia en la desierta carretera que los lleve a la ciudad, para mendigar (o trabajar) y hacerse de una comida, o vagar por el Este del país acechando Ejércitos de Salvación y moviéndose de ciudad en ciudad, de estado en estado, hacia la eventual fatalidad de la gran ciudad, arrastrándose por los barrios bajos hasta que sus pies ya no dan más. — Sin embargo, no hace mucho tiempo vi en California (en lo profundo de un cañón, junto a las vías, donde San Jose yace entre hojas de eucalipto y el bendito olvido de los viñedos) a un viejo sentado frente a una casucha hecha de un montón de cartones, muy mal construida, en el ocaso, lanzando bocanadas de tabaco Granger de 15 centavos con una pipa de caucho (las montañas en el Japón están llenas de casuchas libres y de viejos que ríen socarronamente, bebiendo cerveza casera, esperando la Suprema Iluminación que no ha de obtenerse sino por una aislada y completa soledad.)

 

En América, acampar se considera un deporte saludable para los Boy Scouts pero un crimen si se trata de hombres maduros que han hecho de ello su vocación —- La Pobreza se considera una virtud entre los monjes de muchas naciones civilizadas —- en América pasas toda la noche en el calabozo si te encuentran vagabundeando sin un mínimo de dinero (hasta donde supe eran quince centavos, ¿cuánto será ahora?)

 

En los tiempos de Brueghel, los niños bailaban alrededor de los vagabundos,  llevaban ropas enormes y harapientas y ellos miraban hacia delante, indiferentes a los niños, y las familias no se preocupaban por que sus hijos jugaran con ellos, era algo natural. —– Pero hoy en día, cuando un vagabundo pasa, se apegan a los niños por lo que los periódicos han hecho de ellos —- violadores, estranguladores, devoradores de niños.— Mantente lejos de los extraños, te darán caramelos envenenados. Más allá de que el vagabundo de Brueghel y el de hoy en día son el mismo, son los niños los que han cambiado. —- ¿Dónde está el vagabundo chaplinesco? ¿Y el de la Divina Comedia?  Virgilio, el vagabundo que guiaba. —– El vagabundo entra en el mundo de los niños (como en el famoso cuadro de Brueghel, donde un enorme vagabundo pasa solemnemente por las calles de un pueblo mientras los niños le ladran y se ríen de él) pero el mundo de hoy es un mundo adulto, ya no es el mundo de los niños. —- El vagabundo hoy en día sólo puede escabullirse —- todo el mundo está en casa viendo héroes policiales en la tele.

 

 

 

 

 

 

Benjamín Franklin fue vagabundo en Pennsyilvania; caminó por todo Philadelphia con tres grandes rollos bajo el brazo y por Massachussets con medio penique en el sombrero — John Muir fue vagabundo cuando se metió montaña adentro con un saco lleno de pan seco que mojaba en los arroyos.

 

¿No atemorizaba Whitman a los niños de Louisiana cuando andaba por los caminos?

 

¿Qué hay del Vagabundo Negro? ¿Y de aquel que seguía la luna? ¿Y del roba-gallinas? ¿Y de Remo? El vagabundo negro del Sur es el último de los vagabundos de Brueghel que quedan; los niños pagan tributo y se quedan atónitos, sin decir nada. Lo ves llegando desde pinares estériles con un viejo e inexpresable saco. ¿Lleva negritos? ¿Lleva conejos? Nadie sabe lo que lleva.

 

El Cuarenta y Nueve, el fantasma de la planicie, el Viejo Peregrino Zacateca, el buscador, el espíritu y el fantasma del vagabundaje ha desaparecido — pero ellos (los buscadores) quieren llenar su inexpresables sacos de oro.— Teddy Roosevelt, vagabundo político —- Vachel Lindsay, vagabundo trovador, sórdido —- ¿Cuántos pasteles por sólo uno de sus poemas? El vagabundo vive en Disneyland, la tierra de Pete el vago, donde todo lo que hay son leones humanos, hombres-abre-latas, perros de la luna con dientes de goma, sendas naranjas y púrpuras, castillos de esmeraldas amenazantes en la distancia, amables filósofos de la brujería. —– Ninguna bruja cocinó alguna vez un vagabundo. —– El vagabundo tenía dos relojes que no puedes comprar en Tiffant’s: en una muñeca el sol y en la otra la luna, y a ambos lados el cielo.

 

Hark! Hark! The dogs do bark,

The Beggars are coming to town;

Some in rags, some in tags,

And some in velvet gowns.

 

 

 

 

 

jk20carolynLa Era del Jet crucifica al vagabundo ya que… ¿cómo puede saltar a un Jet de Carga? Me pregunto, ¿se ve bien entre vagabundos Louella Parsons? Henry Miller dejaba a los vagabundos nadar en su piscina. — ¿Y qué hay de Shirley Temple, a quien el vagabundo le dio El Pájaro Azul? ¿Las jóvenes Temples de hoy ya no son así?

                    

Hoy en día el vagabundo se tiene que esconder, tiene menos sitios en los que ocultarse, la policía lo busca, llamando a todos las unidades, llamando a todas las unidades, se han visto vagabundos  en las inmediaciones de Pájaro-en-Mano —- Jean Valjean arrastraba su saco de candelabros, gritándole a los jóvenes, “¡aquí está vuestra fortuna, vuestra fortuna!” Beethoven fue un vagabundo que se arrodilló para escuchar la luz, un vagabundo sordo que no oía las quejas de los demás vagabundos. —– Einstein el vagabundo del andrajoso sudor de cordero corriéndole por su cuello de tortuga; Bernard Baruch el vagabundo desilusionado sentando en un tronco del parque con una atrapante voz plástica en sus oídos, esperando a John Henry, esperando a alguien loco, esperando la épica Persa.—-

Serge Esenin fue un gran vagabundo que se aprovechó de la Revolución Rusa para ir de un lado a otro bebiendo jugo de tomate en las periféricas aldeas de Rusia (su poema más famoso se llama Confesiones de un vago) y que dijo, cuando estaba atormentando al Zar, “ahora mismo tengo ganas de mear la luna desde mi ventana.” Era el vagabundo sin ego que daría nacimiento a los chicos de hoy en día — Li Po fue un vagabundo impresionante — El Ego es el más grande vagabundo — ¡Encierren al Ego del Vago! Cuyo monumento algún día será una dorada y delgada lata de café.

 

Jesús también fue un vagabundo extraño que caminó por las aguas.—-

 

Buda también, sin prestarle atención a otros vagos.—-

 

El Jefe de la Lluvia-en-la-Cara, aún más extraño.—-

 

W.C. Fields —- su roja nariz explicaba el significado de un mundo triple, el Vehículo Mayor, el Vehículo Menor y el Vehículo del Diamante.

 

El vagabundo nació del orgullo al no tener nada qué hacer en una comunidad mas que con otros vagabundos y tal vez un perro.—- los Vagabundos de las vías, cocinando por la noche inmensas latas de café.—- el orgullo fue la manera en la que un vagabundo caminaba por toda la ciudad, bajo las puertas traseras de tiendas llenas de pasteles en las vidrieras; el vagabundo, leproso mental, no precisaba mendigar para comer, las fuertes madres de Occidente conocían su enmarañada barba y su toga deshilachada, ¡ven y tómalo! Pero el orgullo es el orgullo, y aún así había a veces algún disgusto ya que frente al llamado ¡ven y tómalo!, acudían hordas de vagabundos, diez o veinte a la vez, y era difícil alimentar a tantos, en ocasiones eran desconsiderados, pero no siempre, cuando estaba allí olvidaban su orgullo, se volvían simples vagos — migraban a la calle Bowery en New York, a Scollay Square en Boston, a Pratt Street en Baltimore, a Madison Street en Chicago, a la Doce en Kansas City, a Larimer en Denver, a South Main en Los Ángeles, a la ajetreada Tercera de San Francisco, a Skid Road en Seattle (“zonas apestadas”, todas ellas).

 

Bowery es el refugio de los vagabundos que llegan a la ciudad para hacérsela en grande con una caretilla recolectando cartones. —- Muchos en Bowery son escandinavos, muchos sangran fácilmente dado que beben demasiado. —– Cuando llega el invierno, los vagos beben una bebida llamado Humo, que consiste en alcohol de madera con una gota de yodo y costra de limón, se lo beben y zas, hibernan todo el invierno para no pasar frío, dado que no viven allí y en la ciudad recrudece mucho fuera de casa.— A veces los vagabundos duermen brazo a brazo para estarse calientes, en el cordón de la vereda. La Misión de Vagos de Bowery dice que los que beben cerveza son los más beligerantes.

 

Fred Bunz es el Howard Jonson de los vagos —- se sitúa en Bowery 277, en New York. Escriben el menú con jabón en la ventana.—- Ves vagos reluctantes, pagando quince centavos por sesos de cerdo, veinte por gulash, y se apretujan en sus delgadas camisetas de algodón en las frías noches de noviembre, y forman eclipses en Bowery con el estruendo de un botella al romperse, en un callejón en el que permanecen contra la pared como muchachos rudos. —- Algunos de ellos llevan puestas ventajosas gabardinas, halladas en las vías de Hugo, Colorado o destrozados zapatos que arrojaron los Indios en los basureros de Juarez, o abrigos traídos de tiendas lúgubres. —- los vagos de los hoteles son blancos y se colocan y parecen Johns inmóviles. — Solía haber viejos vagabundos turistas que alguna vez fueron doctores exitosos y que ahora le contaban a los turistas que alguna vez ellos también fueron guiados por estrellas de cine o directores en el África y que cuando la televisión llegó, empezaron a desaparecer los derechos de sus safaris.

 

En Holanda no permiten vagos, lo mismo quizás en Copenhague. Pero en Paris puedes ser un vago —- en Paris se trata a los vagos con mucho respeto y rara vez se les niegan unos cuantos francos. —– Hay varios tipos de vagos en Paris, los de clase alta con un perro y un carrito para bebés en el que llevan todas sus pertenencias, article02muchas veces solamente viejas France Soirs, trapos, latas, botellas vacías, muñecas rotas. —- A menudo tienen una mujer que los sigue con su perro y su carrito por todos lados.— Y los vagos de los bajos, que no tienen nada y simplemente se sientan en las orillas del Sena, con sus narices apuntando hacia la Torre Eiffel. —-

 

Los vagabundos de Inglaterra tiene acento británico, cosa que los hace extraños —- no se llevan bien con los vagos de Alemania.—- América es tierra madre del vagabundeo.—-

 

 

 

 

 

 

El vagabundo americano Lou Jenkins de Alentown, Pennsylvania, fue entrevistado una vez en Fred Bunz’s, en Bowery. —- “¿Para qué quieres tanta información, para qué?

 

“Según sé, has sido vagabundo a lo largo de todo el país.”

 

“¿Qué tal unas monedas para comprar vino antes de empezar a hablar.”

 

“Al, trae vino.”

 

“¿Dónde va a salir? ¿En el Daily News?

 

“No, en un libro.”

 

“¿Qué hacen en este lugar un par de chicos como vosotros? Digo, ¿dónde está el vino?”

 

“Al fue a la licorería. —- ¿Quiere Thunderbird, no?

 

“Seeh.”

 

Luego, Lou Jenkins empeoró.—- “¿Qué tal unas monedas para darme una panzada?”

 

“Okay, sólo queremos hacerle algunas preguntas. ¿Por qué dejó la calle Allentown?

 

“Mi esposa. — Mi esposa —- Nunca se casó. Nunca lo has vivido como yo. ¿Dijiste que iría en un libro esto que estoy diciendo?”

 

“Vamos, di algo sobre los vagos, lo que sea.”

 

“Bueno, ¿qué sé yo de vagos? Hay muchos dando vueltas, bastante rudos estos días, no hay dinero — escucha, ¿qué tal invitarme a comer?”

 

“Nos vemos en Sagamore.” (Respetable cafetería de vagos en Cooper Union y la Tercera.)

 

“Okay, chico, muchas gracias.” —- Abre la botella de Thunderbird con un golpe experto. —- Traga mientras la luna brilla resplandeciente como una rosa, y traga con sus grandes y feos labios, sediento de tragárselo todo, ¡Sclup! Y muy dentro se le mete el trago y sus ojos destellan y se pasa la lengua por el labio superior y dice “Ahhhah,” y luego grita, “No se olviden de que mi nombre se escribe Jenkins, J-e-n-k-y-n-s.”

 

 

 

 

 

 

 

Otro personaje — “Dice que su nombre es Ephram Freece of Pawling New York?”

 

“Bueno, no, mi nombre es James Russell Hubbard.”

 

“Se ve bastante bien para ser un vago.”

 

“Mi abuelo era un coronel de Kentucky.”

 

“¿Sí?”

 

“Sí.”

 

“¿Qué te hizo acabar en la Avenida Tercera?”

 

“No sé, no me importa, no me molestan, no siento nada, ya no me preocupo. Lo siento pero –alguien me robó mi navaja anoche, si me dejas algo de dinero me podré comprar una Schick.”

 

“¿Dónde se la mete? ¿Tiene algo para guardarla?”

 

“Una vaina Schick.”

 

“Oh.”

 

“Y llevo siempre conmigo este libro — Las Reglas de San Benedicto. Un libro horrible, pero bueno, tengo otro en mi bolsa. Que también es horrible.”

 

“¿Por qué lo lee entonces?”

 

“Porque los he encontrado — En Bristol, el año pasado.”

 

“¿Qué le gusta? ¿Está interesado en algo?”

 

“Bueno, este otro libro que tengo es muy extraño —- no deberías entrevistarme. Mejor habla con aquel negro de ahí, el que toca la armónica. Soy un bueno para nada, todo lo que quiero es que me dejen solo”

 

“Veo que fuma en pipa.”

 

“Seee — tabaco Granger. ¿Quieres?”

 

“¿Me mostrará el libro?”

 

“No, no lo tengo conmigo, sólo tengo éste.” — Señala su pipa y su tabaco.

 

“¿Puede decirnos algo?”

 

“Una luz cegadora.”

 

El Vagabundo Americano estuvo allí todo el tiempo, igual que los sheriffs, de los que Louis-Ferdinand Céline dijera, “Una línea de crimen y nueve de aburrimiento,” ya que al no tener nada que hacer en el medio de la noche, cuando todos se han ido a dormir, se llevan al primer ser que ven caminando. —- Incluso a los enamorados en las playas. Realmente no saben que hacer en sus patrullas de cinco mil dólares con dos radios de Dick Tracy, salvo llevarse a cualquier cosa que se mueve de día y de noche, cualquier cosa que parezca moverse libre de gasolina, poder, el Ejército o la policía. —- Yo mismo fui vagabundo, pero tuve que dejarlo en 1956 por las infranqueables historias televisivas sobre lo abominable de los extraños con sacos paseando independientes, a su aire —- Me rodearon con tres patrullas en Tucson, Arizona a las dos de la madrugada, mientras caminaba con mi mochila en la espalda para dormir en un rojo desierto, bajo la lux de la luna:

 

“¿Dónde va?”

 

“A dormir.”

 

“¿A dormir dónde?”

 

“En la arena.”

 

“¿Por qué?”

 

“Estudio las grandes intemperies.”

 

“¿Quién es usted? Déjeme ver su identificación.”

 

“Acabo de pasar un año en el Servicio Forestal.”

 

“¿Le pagaron?”

 

“Seee.”

 

“Entonces, ¿por qué no va a un hotel?”

 

“Me gusta más aquí fuera. Y es gratis.”

 

“¿Por qué?”

 

“Porque estudio para vagabundo.”

 

“¿Qué hay de bueno en ello?”

 

Querían una explicación por mi vagabundeo y se acercaron para gritarme, pero fui sincero y acabaron rascándose la cabeza. Luego dijeron, “Adelante, si es eso lo que quiere.” —- No me ofrecieron un aventón de cuatro mil kilómetros, lejos del desierto.

 

Y el Sheriff de Cochise me permitió dormir en la fría arcilla en las afueras de Bowie, Arizona, sólo porque no sabía ni dónde era. —-

 

Algo extraño anda sucediendo, no puedes siquiera estar solo en la inmensidad primitiva (“areas primitivas” así las llaman), siempre hay un helicóptero que viene y fisgonea, necesitas camuflaje. —- Luego empiezan a pedirte que te fijes en los portaviones de la Defensa Civil, como si supieras la diferencia entre un portaviones normal y cualquier otro. —- En lo que me concierne, lo único que queda por hacer es sentarse en una habitación y emborracharse, abandonar el vagabundeo y las ambiciones campistas, porque no hay sheriff o guardas forestales en ninguno de los cincuenta estados que te deje cocinar una simple cena sobre ramas que arden en un claro de un valle escondido o en cualquier otro lugar ya, porque el guarda no tiene nada más que hacer que llevarse todo lo que ve moverse en el paisaje. —- No tengo un hacha que afilar: simplemente me retiro, a otro mundo.

 

Ray Rademacher, un amigo que solía quedarse en la Misión de Bowery, me dijo recientemente, “Ojalá las cosas fuesen como en los tiempos de mi padre, con Johnny Walter en las Blancas Montañas.” —- Una vez él enderezó los huesos de un muchacho luego de un accidente, sólo por una comida; luego se fue. Los Franceses lo llamaban Le Passant (el que pasa y se va.) 

 

Los vagabundos de América que aún pueden viajar a salvo siguen en buena forma, puede esconderse en los cementerios y beber vino bajo las arboledas y orinar y dormir sobre cartones y romper botellas contra las beat1lápidas y no preocuparse y no tener miedo a la muerte, tan solo un serio y hilarante escabullirse de la policía en la noche y así divertirse dejando restos de picnics entre gimientes tablas de Muerte Imaginaria, maldiciendo por los viejos tiempos, ¡el pobre vago de mala muerte! Duerme en el portal, la espalda en la pared, cabizbajo, con su palma derecha abierta, como si recibiera algo de la noche, la otra colgando, fuerte, firme, como las manos de Joe Louis, patéticas, haciendo trágicas estas circunstancias ineludibles —- como la mano de un pordiosero, con los dedos formando sugestivamente en el aire lo que merece y desea recibir, magreando las limosnas, los pulgares en las uñas, como si desde la punta de la lengua dijera en sueños, con ese gesto de no poder decirlo despierto: “¿Por qué me lo han quitado, por qué no puedo respirar en paz y tranquilidad en mi propia cama como aquí, en estos tontos e innumerables harapos, en este humilde parador en el que me siento a esperar que las rueden las ruedas de la ciudad?” y más tarde, “No quiero enseñar mi mano sino en sueños, ya soy incapaz de darla, aprovecha la oportunidad de mi súplica, estoy solo, enfermo, estoy muriendo —- mira mi mano sin nada, aprende el secreto del corazón humano, dame algo, dame tu mano, llévame a las montañas de esmeraldas, más allá de la ciudad, llévame a un sitio seguro, sé bueno, sé sincero, sonríe — estoy muy cansado para cualquier otra cosa, ya he tenido demasiado, renuncio, quiero ir a casa, llévame a casa, hermano de la noche — llévame a casa, méteme dentro, llévame donde hay paz y amistad, con mi familia, mi madre, mi padre, mi hermana, mi esposa y tú, mi hermano y tú, mi amigo —- sin esperanza, sin esperanza, sin esperanza, despertaría y te daría un millón de dólares por estar nuevamente en mi propia cama —- Oh, sálvame, Señor” —- En los caminos del mal, detrás de los tanques de combustible donde perros asesinos gruñen entre cercas alambradas, caravanas que de pronto salen como autos en fuga a buscar un crimen más secreto, más prohibido que aquello que las palabras pueden decir.

 

Los bosques están llenos de guardianes.

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One Response to “Dossier Kerouac: La desaparición del vagabundo americano (1960)”

  1. […] La Desaparición del Vagabundo Americano, por Jack Kerouac (1959). […]


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