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Tentativas Baudelaire III: El tenedor en la caries para poder crear: el shock junio 12, 2009

Filed under: literatura francesa,Tentativas Baudelaire — laperiodicarevisiondominical @ 5:01 pm
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Dinamita en las cuevas burguesas
 
charles-baudelaireLa visión científica y positivista, ese dogma que tomó los comandos del mundo occidental hacia el siglo XVIII (aunque con antecedentes firmes que principian en el XV y se revalidan en el XVII con Descartes), se auto-proclamó desde el comienzo, pero sobre todo a partir de ciertos desmanes éticos e ideológicos que aparecieron inevitablemente a causa de sus principios rectores, como la posibilidad más rica jamás emprendida para el bienestar del hombre, devenido centro del universo y foco principal de preocupación de los campos intelectuales. El término bienestar – que de modo sutil intentaba contrarrestar al más poderoso y destacado de progreso – pronto cambió por confort y así, más allá de las denominaciones, se inauguró una estría que lleva directo a la comodidad del individuo promedio (por supuesto, de los que comen todos los días para arriba, los otros no rankean en ningún lado) como contraprestación a los desastres e injusticias que el sistema maquínico y librecambista sabe propagar incesantemente.
El confort es la coima que el dispositivo ofrece a cambio de la resignación indeclinable sobre todos los puntos críticos del contrato.
Puede observarse incluso, en noticiosos de T.V. o radio, en periódicos (de papel o virtuales) que cualquier elemento que conspire contra la tranquilidad del ciudadano es susceptible de ser homologado al peor de los crímenes. La tranquilidad, relacionada íntimamente con el disfrute del llamado tiempo libre (en cínica contraposición al tiempo ocupado, el tiempo de producción y trabajo esclavizante), es un bien muy cotizado hoy día, como si el hecho de que no hagan ruido las contradicciones que nos atenazan y devalúan alcanzara para constituir una vida feliz. Pocas cosas molestan más, entonces, al burgués promedio, que cualquier factor que se salga del pulso normal. Puede tratarse de una demora en la grilla del ferrocarril, de los rostros amenazadores de tres morochitos que fuman un porro en la esquina, de la imprevisible descompostura de un electrodoméstico cuando más hace falta o de un mendigo que advierte enloquecido, a los gritos por las calles, del fin del mundo por la codicia humana. Cualquiera de esas razones se transforma en un shock, que no por frívolo o diminuto deja de pesar sobre el ánimo general. La sociedad moderna detesta en el fondo – mucho más allá de su supuesta “cura de espanto” sobre los terrores humanos, de su figurada indolencia causada por el exceso de experiencia al haberlo-visto-todo – cualquier destello, sensorial o intelectual, que los retire de su ensueño narcótico, de su inanidad hecha vida, de la corriente serena de sus conciencias. Esos destellos son el shock, capital prepuesto para las ideas poéticas de Baudelaire.
En clara correlación con lo ya revisado sobre el flanèur (Tentativas Baudelaire II), se ha podido vislumbrar su relación con la ciudad y la muchedumbre, pero cuando el flanèur es a la vez poeta, se hace preciso aguzar el ojo para detectar las implicaciones en la creación artística. Baudelaire, en El pintor en la vida moderna, se pronuncia sobre el asunto: “(…) afirmo que la inspiración tiene alguna relación con la congestión, y que todo pensamiento sublime va acompañado de una sacudida nerviosa, más o menos fuerte, que resuena hasta el cerebelo”. La postura es clara, y sediciosa: el pensamiento elevado, la gran creación artística, no puede darse sino en el marco de una convulsión mental y espiritual, el shock, que posibilita el vuelo creador. Únicamente en esa tensión de nervios, en ese límite, es posible el arte genuino, el arte grande. El poeta debe padecer (y gozar) ese sacudimiento de la modernidad para forjar la poesía de los tiempos actuales y venideros; el confort es su peor enemigo, el pragmatismo cotidiano su inapelable tumba.
Como si se tratase del pinchazo de un tenedor metálico en una caries olvidada al fondo de la boca, el poeta debe despertarse de la farsa a golpes eléctricos, fugaces y eternos a la vez, para traducir a la modernidad en palabras y cadencias. Se sabe, los hombres que están tranquilos, cómodos en y con la vida, no suelen dedicarse a escribir; ellos se abocan más bien a lo que llaman, exageradamente, “vivir”. La poesía debe ser dinamita moldeada por la experiencia del shock, dinamita para las cuevas burguesas, para sus mullidos sillones de tapizados oscuros y tersos, para sus niñitas de entrepiernas en pleno despertar, para sus gerentes de gafas inclinadas y pantuflas acomodadas simétricamente al lado de la rancia cama conyugal.

 
 
 El factor Freud
 
freud_2Con la obra de Freud ocurre, como con la de Marx y la de Nietszche si seguimos a Foucault en esta cuestión, lo siguiente: es criticada por todos, enaltecida, fusilada, deformada, pero más allá de su valor científico o de su utilidad práctica, ostenta la peculiaridad de ser imprescindible para los que llegan después de ella. Como dice Foucault, Freud inaugura un discurso determinado, que si bien puede contar con algunos antecedentes, actúa básicamente como inicio, proveyendo un método y un vocabulario radicalmente nuevo.
El término shock fue cargado de un sentido por el afamado psicólogo que, estimo, puede resultarnos útil. El shock no aparece en Freud (especialmente a partir de su escrito Más allá del principio del placer, de 1920) como algo positivo, como un efecto directo de algún estímulo externo que nos conmociona sino más bien como una falla del sistema psíquico basado en la represión: la norma de la conciencia humana es la represión, es decir, el mecanismo por el cual la conciencia sepulta (o no deja surgir) aquellos recuerdos y pensamientos que resultan arduos de tolerar. El shock, en este sentido, es una excepción, como bien lo observó Benjamin; el shock no pertenece a “lo natural” del hombre sino que irrumpe justamente cuando el resguardo de la conciencia habitual se rompe como un dique mal construido. Escribe Freud en el ensayo citado: “Hemos resuelto relacionar el placer y el displacer con la cantidad de excitación existente en la vida anímica, excitación no ligada a factor alguno determinado, correspondiendo el displacer a una elevación y el placer a una disminución de tal cantidad”. De este modo, el shock se convierte en un “pico” en la elevación de la excitación. Supongo que Baudelaire estaría de acuerdo con esta conclusión. El shock no surge por un mero displacer, por una cuestión nimia que pueda incomodarnos; el shock es una convulsión de sentido que atenaza y libera a la vez, una irrupción del “principio de realidad” que no obstante su crudeza opera en Baudelaire como único estado susceptible de producir arte elevado.

 
 
Un cachetazo atrás del otro: la dulce aniquilación a manos de la belleza
 
El estudio de lo bello es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido” escribe Baudelaire en el poema en prosa titulado El confiteor del artista. Más allá de la genialidad de la frase, es interesante observar cómo en esas palabras se agazapa, en bruto, toda la teoría del arte que pueda tener Baudelaire. El hacer poesía se traduce en un combate del poeta con la poesía, combate del que nunca el poeta sale airoso, está claro. En esta tónica, aquella expectativa creada por el shock se ve fulminada una y otra vez, aquella “sacudida” imperiosa para Baudelaire no alcanza para vencer a la belleza. Ahora bien ¿se centra realmente el objetivo del poeta, por caso, en “vencer” a la belleza y a partir de allí reinar? Sería una torpeza descuidar los rasgos románticos que aún anidan en Baudelaire; uno de esos rasgos, a mi entender, se entrevera con el concepto sagrado de belleza que aún siente el poeta parisino, concepto que luego se verá trastornado por la insolencia de las vanguardias. Baudelaire se propone, en El pintor de la vida moderna, “establecer una teoría racional e histórica de lo bello, por oposición a la teoría de lo bello único y absoluto”. Semejante faena lo aleja, por supuesto, de las concepciones románticas o clásicas, pero apenas unas oraciones más abajo, a la hora de exponer su propia postura, escribe:
“Lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por alternativa o simultáneamente, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin ese segundo elemento, que es como la envoltura divertida, centelleante, aperitiva, del dulce divino, el primer elemento sería indigerible, inapreciable, no adaptado y no apropiado a la naturaleza humana”
Se puede localizar fácilmente la empresa historicista de Baudelaire: el barniz de la época debe bañarlo todo, presentar la realidad y la belleza misma con maneras actualizadas. Como casi todos los artistas, Baudelaire aboga por un arte contemporáneo y no tiene nada de malo que así sea, pero ¿en verdad Baudelaire está des-sacralizando a la belleza?. La secularización de los valores es un fenómeno moderno y se caracteriza, entre otras cosas, por la cuantificación potencial de todo lo que existe. Baudelaire esgrime, no obstante, que la “cantidad” de lo bello en su elemento “eterno” es “excesivamente difícil (quiere decir imposible) de determinar”. Lo bello, si atendemos a Baudelaire, sigue constituido, al menos en parte, por algo eterno, platónico podríamos decir. Pero además de seguir vigente, esa Idea de lo Bello escapa invariablemente a su medición, a su cuantificación, a su conversión en cantidad, es decir, en número.
Opino en consecuencia que la pretendida “racionalización” de lo bello por parte de Baudelaire no pasa de ser un rasgo (genuino) de época, muy relacionado por cierto con la teoría poética con la que su héroe Edgar Poe había sacudido el mundo literario. Baudelaire sigue sospechando (como casi todos nosotros ¿no es cierto?, Poe_Baudelaire_paradis_artificielsespero que sí lo sea) en el fondo de lo bello algo absoluto, sagrado, indeleble, sempiterno, que, también por el marco de pensamiento de la época, aparece como inaccesible, aunque tal vez Baudelaire no lo diga con esas palabras jamás. A propósito, escribe Baudelaire en el mismo ensayo: “(…) la porción eterna de belleza estará al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, al menos por el temperamento particular del autor”. Como se evidencia, a Baudelaire le interesa (y mucho) el aspecto epidérmico del arte, esa “envoltura divertida” de época de la que hablaba. Esa es la parte de la belleza eterna que se expresa en la obra; lo particular, lo epocal, está enquistado en lo bello eterno y eso es lo que podemos inteligir con mayor o menor dificultad. Pero hay lo otro, hay lo “eterno puro”, por llamarlo de algún modo. Eso está velado en la obra concreta, eso sigue ostentando su eternidad y se vuelve incognoscible, al menos por medio del proceso que habitualmente llamamos “conocimiento” dentro de la jerga moderna. Esa porción de belleza eterna aparece entonces como sagrada, más allá de su laicidad. Lo sagrado es lo oculto, lo misterioso, lo insondable, aquello para lo que nunca somos llamados a resolver.
Con esta escena dispuesta, en las coordenadas precisas, emerge la misión esencial de la figura del artista moderno genuino. El flanèur poeta “Busca algo que se nos permitirá llamar la modernidad; pues no surge mejor palabra para expresar la idea en cuestión. Se trata, para él, de separar de la moda lo que puede contener de poético en lo histórico, de extraer lo eterno de lo transitorio”. Esta canónica definición baudeleriana, empapada por cierto de filosofía griega clásica, eleva al artista flanèur a una categoría vital y le permite, en contraposición al “simple paseante”, a detectar la gema en el barullo, a lamer la savia viscosa del asunto. Efectivamente, aunque Baudelaire no extienda en derredor suyo una malla ontológica que lo sustente (no tenía que hacerlo, al fin y al cabo estaba atareado con cosas más importante ), da a entender que es el artista flanèur el único capaz de revelar lo bello eterno, el único capaz de detectarlo en medio de la agitación moderna y de exponerlo (veladamente, hay que recordarlo, por más paradójico que resulte) en la obra concreta. El artista genial moderno adquiere tras este exigente bautismo un status especial, arduo incluso de dilucidar en el universo baudeleriano; podríamos hablar de un status de semi-dios o de una simple elevación por sobre la media urbana, sobre la masa. Existen rastros en la obra de Baudelaire para fundamentar ambas posturas y varias más si se anda con ganas. Pero, sin importar tanto el rótulo que le coloque, lo relevante es el puesto del artista.
Retrocediendo en la escala argumentativa: ¿será entonces la misión esencial del flanèur artista la tentativa de victoria en el duelo con lo bello?. No lo creo: la ración de sacra que sigue ostentando la belleza en las ideas poéticas de Baudelaire hace que su derrota sea imposible de antemano. En esto no se desvía en exceso nuestro poeta de la tradición: lo sagrado de la belleza sigue aniquilando al sujeto particular que tiene el don y el coraje de hacerle frente. Y así debe ser. Pensemos un poco qué ha sido de la humanidad cuando el hombre pudo aniquilar, aunque sea de ratos, a la belleza. Pensemos un poco.

 

 

Mome

 

 

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2 Responses to “Tentativas Baudelaire III: El tenedor en la caries para poder crear: el shock”

  1. Diana Ariza Says:

    Hola Mome, disfruté mucho leyendo tu trilogía de Baudelaire, enriquecedor entender como piensas la Bohémia con éste poeta maldito y la relación que haces con el contexto cosmopolíta, me gustaría leer más de lo que escribes y saber cuál es tu profesión y de dónde eres, yo soy de Colombia (Bogotá), estudio comunicación social,

    • laperiodicarevisiondominical Says:

      Perdón por la tardanza en la respuesta Diana; a ver, profesión no tengo ninguna en especial, todavía no me decido. Soy de Buenos Aires, la capital de la inquietud, y respecto a leer más de lo que escribo, aquí está el blog con varios de mis garabatos, aunque te recomiendo que leas a mis compañeros primero: por lo general tiene más cosas para decir que yo. Hasta luego. Mome


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