La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Silvina Ocampo y la perfección junio 24, 2009

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 11:41 am
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Apuntes para una discusión estéril
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Cualquiera sabe que si existe un símbolo de la discusión entre racionalistas y empiristas, ese símbolo atañe a la cuestión de las ideas innatas; los racionalistas, con Descartes como capitán, aseguran que el ser humano tiene en su mente determinadas ideas que fueron “colocadas” allí por Dios. Los empiristas, por su parte, piensan que el hombre llega a este mundo con su cerebro tan vacío como una tabula rasa, absolutamente despoblado, ávido de ser preñado con ideas que se forjarán a partir de las impresiones sensibles que perciba.
Pues bien, uno de los ejemplos que sirvieron como símbolo del símbolo es el de la idea de perfección. Cavilan los racionalistas: a todas luces resulta patente que poseemos la idea de perfección, tan patente como que ninguna de las cosas que podamos percibir por nuestros sentidos cumple el requisito de la perfección; todas ellas son imperfectas, luego ¿de dónde pudimos sacar la idea de perfección? Responde Hume: a lo que consideramos como “perfecciones” en alguna cosa (sin llegar ellas mismas a constituir la perfección) simplemente lo elevamos a una enésima potencia y de allí formamos la (confusa, indefinible) idea de perfección que manejamos.
La discusión, además de central en la historia de la filosofía y la ciencia, es interesante; pero encuentra rápidamente sus límites, sus estrictas condiciones de aplicación. Ignoro si son varios los ámbitos en los que esta discusión pierde sentido, estoy seguro de que no puede aplicarse al arte.
La idea de perfección, dentro del terreno de la creación artística, no puede manejarse por cuestiones gnoseológicas, más allá de los intentos que incluso artistas sublimes han practicado al respecto. La perfección en el arte aparece, brota, existe, es; no obstante, nada tienen que ver (o al menos no son tan decisivas) en su aparición las meras condiciones de conocimiento que acarreamos como especie. La perfección en el arte aparece como una detonación que, aunque perteneciente al objeto, se instala y tiene lugar en el punto exacto de relación entre el sujeto y la creación fáctica, eso que está ahí, en los museos, los discos o los libros. La perfección en el arte es hija de un huracán del alma, una medida que nada sabe de mediciones, que nace menos de la capacidad valorativa humana que de un desgarramiento armónico, del éxtasis que regala la sensibilidad cuando alguna obra de arte la transforma en jirones.
 
 
La mariposa y el alfiler sin sangre
  
20061125elpbabnar_4Dentro de la literatura argentina, hay un figura que, comparable únicamente con Borges, Cortázar, Walsh o el mejor Di Benedetto en lo que a cuentos se refiere, goza de ese extraño prestigio consistente en ser nombrada por todos y leída por unos pocos. Hablo de Silvina Ocampo, cuya abnegación marital parece interesar más a la crítica que su obra. Ocampo, segunda en todo (pensemos en su genial expresión acerca de que era el etcétera de su familia), es según creo una de las pocas plumas del último siglo – al menos en estos lares – que alcanza la perfección de vez en cuando.

Lo dicho: la perfección en el arte tiene lugar en la retirada propia de su posible explicación. La perfección artística, sea lo que sea, no resiste una explicación, ni empirista ni racionalista; la perfección artística gana por violencia , por fuerza, por sugestión. La perfección artística, en resumidas cuentas, es, y de ese implacable ser obtiene los delgados hilos carmesíes que llegan hasta nosotros para paralizarnos como si estuviésemos situados en un bostezo del tiempo.
Algunos cuentos de Silvina Ocampo constituyen verdaderas muestras de la perfección en este planeta. O lo constituirían, de ser posible la “mostración” de ese algo (que se sabe) perfecto. La red, incluido en Autobiografía de Irene, de 1948, es uno de ellos, un pequeño manual sobre los suplicios de la culpa y la evaporación del yo. Kêng-Su, la voz que enuncia el relato (o la amiga de esa voz, o una parte de esa voz), aprese una hermosa mariposa que visita su ventana; lo hace con un alfiler, con el que la clava a la pared mientras el encantador bichito se retuerce en el estúpido pavor de la muerte segura. Cuando vuelve en su búsqueda, muchos más tarde, para observarla, la mariposa se fue con el alfiler, desapareció. La atribulada protagonista enseguida sufre la persecución de un libro, el Libro de las recompensas y las penas, en el cual algunas frases comienzan a destacarse marcadas por un alfiler, por ese alfiler, sentencias o aforismos que refieren a dilemas morales y a persecuciones nerviosas, verdaderos vaticinios sobre el terror inminente, sobre el terror eterno que se desplaza, etéreo y polvoriento, amarillo, bochornoso y mudo, entre las almas de este mundo, de todos los mundos posibles.
El terror; el vertiginoso terror que lleva, de la mano, a la muerte, a la prisión de suspiros tan actuados como inútiles. El terror mudo que adopta la forma de la obsesión predilecta y que arrincona a la víctima – es decir, al victimario – hasta el último rincón del mar, ese que por último deja de ser rincón para transformarse en mar, puro mar, pura extensión, algo así como una foto de la eternidad.
 
 
El hondo bosque del silencio
 
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 ¿En qué reside la perfección imputada al cuento de Ocampo?. La historia, sin ninguna duda ingeniosa, no es ni por asomo la más intrigante de la autora. El estilo ciertamente es impecable, pero eso se podría aplicar a cualquiera de los cuentos de Ocampo. La concreción de una imposibilidad: efectivamente, no puede explicarse el quid de la perfección. Quiero decir: podrían enunciarse una serie de factores que contribuyen a esa perfección, pero sólo eso, sólo podría hablarse de factores que, por lo demás, son los mismos de siempre (disposición, estilo, argumento, etc.). Pero no estaríamos hablando de la perfección, de ella no se puede hablar, como tampoco de las noches de amor sofocante o de los propios terrores del destino.
Se puede decir sin arriesgar mucho que el silencio es una de las formas de la perfección; sospecho que por allí está la clave de acceso en este cuento. Silvina Ocampo ha sido reconocida como una autora que promueve el imperio de lo no-dicho sobre lo dicho; estoy plenamente de acuerdo con la atribución, pero me parece necesario enfatizar un distingo esencial: lo no-dicho no siempre es sinónimo de silencio. Por el contrario, muchas veces lo no-dicho es lo ruidoso, lo que sutura (en alguna forma de lenguaje que se nos escapa) aquello que las palabras, lo dicho, insinúa. El silencio es planicie, hoyo, bosque, y es desde allí, desde ese bosque, que Ocampo escribe. Es ese el territorio en el que la ausencia de palabras se condensa y, más que permitir la sugerencia, habilita el vacío real de la desesperación y el miedo de los humanos. Desde allí. Desde ese bosque.
Tengo para mí que la vena que late en lo profundo de La red es la de la creación; asunto corrosivo si lo hay, que cuando es tratado por mujeres, cobra un especial tinte de transgresión. Leemos en el cuento: “Habrás contribuido a formar una nueva especie de mariposas, Kêng-Su: una mariposa temible, maravillosa. Tu nombre figurará en los libros de ciencia”. La creación como veneno, aunque en principio sea un antídoto; la creación como tormenta impasible, paciente, perpetua, que empuja al mar, al fondo del mar, a ese hondo bosque de silencio.

 
 
 
 

Mome

 

 

 

 
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