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Variaciones Onetti 6: La Metafísica del Balbuceo julio 9, 2009

Filed under: Variaciones Onetti — laperiodicarevisiondominical @ 11:45 am
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juan-carlos-onetti…porque si fuera cuestión de decir las cosas, decirlas, pronunciarlas, categorizarlas, resolverlas; digo, si la cuestión fuera esa, no estaríamos ante un problema sino ante una mera imposibilidad, un juego desenfrenado y místico, análogo al que juegan esas personas que buscan el “encuentro” con algún dios.
Las cosas no se dejan decir, ¿cuántas pruebas más necesitaremos para resignarnos? ¿cuánta sangre?. Las cosas – si tenemos suerte, si no estamos sujetos de una alucinación colectiva – están ahí, y no tienen nombre ni significado, mucho menos explicación. Las cosas están abandonadas a su suerte, y todos sabemos que esta suerte es el sino de los bautismos perpetrados por la humanidad, por la bella criatura inútil, ambigua y ambiciosa.
Las cosas apenas se saben mostrar, y es en ese mostrarse que las identificamos como cosas, que las reducimos a cosas cuando son más bien relaciones, sucesos, interrupciones, destellos. Pero, claro, habida cuenta de que las cosas mejor saben ocultarse que mostrarse, cualquier reducción a cosa – con su correspondiente etiqueta – nace deformado, sucio, estéril, grotesco.
Deleuze, en Crítica y clínica: “…cuando el balbuceo ya no se ejerce sobre unas palabras preexistentes, sino que él mismo introduce las palabras a las que afecta; éstas ya no existen independientemente del balbuceo que las selecciona y las vincula por sí mismas. Ya no es el personaje el que es un tartamudo de palabra, sino el escritor el que se vuelve tartamudo de la lengua: hace tartamudear la lengua como tal. Un lenguaje afectivo, intensivo, y no ya una afección de aquel que habla”.
El mundo de Onetti se derrite, su habla se repliega sobre sí misma y se aglomera, se contamina, se sincera. El habla del mundo – simbolizado en una ciudad ficticia o en una habitación de hotel, lo mismo da – se sincera en su temblor ante “las cosas”, acepta su incapacidad para expresar nada esencial y tiembla, balbucea, quizás en una estricta correspondencia con el tembladeral propio de ese mundo, no la correspondencia de significante y significado, no la correspondencia entre signo y realidad…una correspondencia lapidaria, sin puntos de partida ni de llegada, sin polos.
Deleuze: “Se trata de un balbuceo, pues cada posición de un o de el constituye una vibración. La lengua se estremece de arriba abajo. Hay aquí el principio de una comprensión poética de la propia lengua: es como si la lengua tendiera una línea abstracta infinitamente variada”.
La lengua estremecida, el estremecimiento de la lengua. Onetti es consciente de que el mundo sólo puede vivirse, pero aún así crea un mundo (llamémoslo Santa María para simplificar) con la escritura. El estremecimiento de la lengua, su conmoción absoluta, es la condición de posibilidad de esa creación. Creación de mundo, que no es otra cosa que el mundo (esa idea tan violenta y sutilmente real a la que llamamos mundo) re-creado, el mundo revelado, expuesto, con los sonidos temblorosos del balbuceo.
Blanchot, en La literatura y el derecho a la muerte: “Con toda seguridad se puede escribir sin preguntarse por qué se escribe. ¿Acaso un escritor, que mira su pluma trazar letras, tiene el derecho de suspenderla para decirle: detente?, ¿qué sabes de ti misma?, ¿con vistas a qué avanzas?, ¿por qué no ves que tu tinta no deja huella, que vas en libertad hacia adelante, pero en el vacío, que si no encuentras obstáculo es porque nunca dejaste tu punto de partida? Y sin embargo escribes: escribes sin reposo, descubriéndome lo que te dicto y revelándome lo que sé; leyendo, los demás te enriquecen con lo que te toman y te dan lo que les enseñas. Ahora has hecho lo que no has hecho; lo que no has escrito, escrito está: estás condenada a lo imborrable”.
Onetti no parece jamás preguntarse para qué escribe; efectivamente, pertenece a ese grupo – reducido – de autores cuyo concepto de la escritura forma parte de su propio ser, análogo a lo que ocurriría con el concepto de la respiración, si es que valiese la pena detallarlo. Onetti escribe sin reposo, desde el reposo frenético, desde el temblor del balbuceo en que la lengua se trasviste. Onetti, él también, está condenado a lo imborrable.

 

 

Mome

 

 

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