La periódica revisión dominical

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Variaciones Onetti 7: La cobardía y la abyección agosto 1, 2009

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juan-carlos-onetti_fullblockCuando Onetti soñó a Gertrudis, su andar perezoso, su gracia lívida, angustiosamente sensual, no sabía de esta suerte mía al escribir sobre ella. No sabía de esta mesa, de este teclado prestado, de los blues de Willie Dixon ni del rugiente sol de una Barcelona inmodificablemente risueña a las 3:42 de la tarde. No sabía de una cocina donde pueden tomarse exactamente 6 mates antes de que queden hechos un asco, de la carátula resplandeciente de Nadja de André Breton, muerto, y ella, Nadja, viva en sus páginas, sin dolor, pura magia, yéndose por siempre tras sus propios pasos.
Onetti, que no escribía jamás, sino que tenía arranques de escribir, despertaba una o dos noches por semana, suponiéndose Brausen o Díaz Grey o Stein, y echaba a andar al mundo. El mundo, cuál mundo, éste o aquél, qué importa: tan solo otro mundo, otro que ponía en boca de cualquiera. Cualquiera que en un rapto de intranquila elocuencia decía ser Onetti. Onetti, dos o tres noches a la semana, al mes, al año, despertaba en la madrugada. Decía:
Son; nunca los vi. Son y yo siento que están; te puedo decir que los veo y los oigo, pero es mentira. No como te veo a vos o a otra persona. Una vez me preguntaste si hablaban muy ligero y me dejaste pensando, como si hubieras adivinado o vos también los conocieras, porque eso es lo que me pone más loca. Hablan y hablan y a veces con una velocidad imposible y, sin embargo, les entiendo todo; y a veces tan poco a poco que es como si se hubieran quedado quietos, como si tan despacio no se pudieran decir cosas. Pero siempre los oigo, sé lo que inventan para molestarme. Empieza uno desde un rincón y ya están todos moviéndose, por todos lados, llamándome y no haciéndome caso. Tan despacito al principio, que me pongo a escuchar y a verlos con todo cuidado; y en cuanto se dan cuenta que ya sé de qué se trata, empiezan a toda rapidez para que yo me vuelva loca y corra de un lado a otra para no perderme nada. (…) No son; ¿no podés entenderme? Yo sé que nadie puede entenderme. No sé ¿Qué ganás si te digo que la otra noche esto estaba lleno hasta el techo, y todo era porque me estuve acordando de una porquería que le hice de chica a mamá y además porque tenía miedo porque tenía miedo de morirme en el sueño? Pero casi nunca sé qué son; como si yo hubiera vivido dos vidas y sólo me pudiera acordar así, ¿entendés?”
De modo que de La Vida Breve uno no puede extraer más que siluetas, y en ellas va relevándose incansablemente, yendo de una a otra, degerando todo lo que nos amenaza con ser sucedáneo y voraz. Onetti y su lector se vuelven sobre la ciudad que ha de hacerse con el pulso de quien la dice y es, sobre el sesgo de sus horas de infinita apariencia, sobre la manía de una caricia rugosa que se extiende durante toda la noche en el aliento y la pesadumbre, sin dejar rastro, dejándose ir con el desapego que imponen los puertos que no deben volver a ser vistos para resistir en la memoria.
Porque, página 53: “incapaz, no ya de ser otro, sino de la misma voluntad de ser otro.”
Porque el placer ha de ser el arrojo, y no sus resabios, sus intenciones, la sola idea de su porvenir.
Porque no obedecemos sino al llamado de algo tan fugaz como incuestionable, y la locura es preguntarse por qué, y la locura es querer extenderlo.
Pienso en La Vida Breve y en los versos que, insuficientes, la justifican
 
La vie est brève
un peu d’amour
un peu de rêve
et puis bonjour.
La vie est brève
un peu d’espoir
un peu de rêve
et puis bonsoir.
 
y en Getrudis que, bajo la lente de Onetti, sea acaso inefable. Sea “todo está bien y nada me importa.” Sea quien recibe, no sin cierto cinismo, una noción de felicidad. E imagen y fracción de esa imagen, de esa máscara que resulta ser el cinismo. Y herida, y fervor en beber de la herida que supone la felicidad, tanto fervor y tanta herida que tuvo que preguntarse tan solo, página 178, “en el tono con que se pregunta una dirección, una calle, a quien está obligado a conocerla. No sé donde está la calle, no me importa, no quiero decírtelo.”
Gertrudis, anómala, la que sabe que no podemos comprenderlo todo. Ni el amor. Página 102: “Ya sabemos, el amor es comprensión. Y sin embargo, sólo dura mientras no podemos comprender del todo, mientras podemos prever con miedo la sorpresa, el desconcierto, la necesidad de empezar a comprender, otra vez, desde el principio.”
Gertrudis y el espacio vacío que queda en la imaginación cuando ya nadie, nada imagina.
Gertrudis y haber sido objeto de una distracción, de un descuido. Página 64: “lo que creo encontrar de ella en mi memoria pertenece a la imaginación.” Gertrudis y nunca haber sido, entonces, evocada más que en lo sombrío de quien deja pasar las horas por el alma y no por el recuerdo. Las cien Gertrudis diáfanas que no completan una sola Queca; las innumerables maneras de repetir el regreso a lo que, desde el deseo, consideramos la normalidad. Gertrudis: sensualidad entumecida de ahogos, sabiduría de un cuerpo que palpita en cada movimiento reclamando en la mirada del otro la cobardía y la abyección.
Gertrudis sin tiempo, sin más que la sombra de un error repitiéndose a lo largo de toda una vida, error que tropieza, salta, cae e intenta desapercibir luego cuán fútil es tenerse por un error.
Gertrudis, su cuerpo, y la dignidad de su cuerpo. Gertrudis, de enfados animosos. Gertrudis, de pequeña muerte que morir en lo que uno tan solo puede pensarse que muere. Gertrudis devolviéndose al fantasma de haber sido a los ojos de un Brausen, abismal y tieso, que la mira sin fin, sin objeto.

 

 

M.A

 

 

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