La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Nota al pie: E. E. Cummings, el brujo agosto 30, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 9:26 am
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eec0046Para muchos de nosotros, hispanoparlantes, E. E. Cummings bien puede parecernos un nombre más en una antología. Creo que la misma suerte corren Lowell o Creeley. No es enjuiciable este efecto ya que Cummings produjo a lo largo de su vida una obra que no invita a la traducción, que impone un lenguaje dinámico, hecho de fragmentos de fragmentos, de símbolos de símbolos. No me esforzaría en suponer que Cummings es inasible, tan solo avizoro su dificultad. El lector será el esquivo, el poco paciente, el poco atrevido. Chesterton entendió que un hombre que nos plantea una dificultad es libre, ya que nos somete a ella luego de haberla resuelto. Las posibilidades de comprensión frente a una obra, en todo caso, son siempre parciales. Lo que se generan frente a toda poética son márgenes de comprensión y muchas veces hemos pensado que estos márgenes era comprender lisa y llanamente. Olvidamos con bastante frecuencia que al leer nos buscamos con desesperación a nosotros mismos. Acaso sea ésa una de las razones más válidas para cerrar un libro, ya no su poca conmoción, ya no su torpe prosa, sino dar con que no nos hallamos en ninguna de sus páginas. Clarice Linspector sostuvo oscuramente que los espejos son en buena medida las imágenes que se sostienen en ellos, que la más fina aguja frente a un espejo conduce a que el espejo se transforme en la imagen de una aguja. En una galería de espejos, ninguna imagen nos parece real; no obstante, allí tampoco lo somos nosotros. Somos, en todo caso, lo que al ver reconocemos como propio. Lo mismo ocurre frente a un solo espejo. No hay modo de simular una imagen descuidada frente a él: buscamos forzosa, incansablemente su artificio. Asimismo, tampoco hay modo de leer un libro por lo que es en realidad. El libro nos reclama, nos observa, quiere ver nuestro rostro para saberse cierto. Él, por sí solo, aguarda también un descuido, aguarda cada vez que lo abrimos que lo llevemos hasta donde quiso ir alguna vez. Deduzco allí el deseo de una poética como la de Cummings, que sólo entiende de traducciones en la imaginación de un lector universal, que crea al mismo tiempo una imaginación que favorece el descuido.
eec0068Cuando pienso en Cumming, evoco la oscuridad de un pasillo de una universidad a la que nunca fui y un libro delgado, con el sugerente rótulo de 1 x 1. Y su lectura, lo huidizo de algunas palabras, la sensación de estar navegando un océano que es pantano, que es ciénaga, que es hundirse en ella. Cummings tuvo para sí esa extraña cualidad que describe a los poetas de Nueva Inglaterra: el trabajo casual con la palabra, esa poesía que se demora en lo oportuno, en las melodías venidas con el viento, con la lluvia, con los sonidos distantes de una noche sin luna.
E E Cummings probablemente haya adherido a todas las escuelas vanguardistas de principios de siglo pasado para no pertenecer a ninguna, para forma la suya. Fue hombre de la pre y la post guerra, estuvo presente en las rupturas, pero no avaló el capricho del dogmático. Lo que prosperó, lo que floreció en sus palabras fue un decir prístino, intensamente crepuscular, único. Cummings fue la formulación de una nada pletórica de sentido en la que porque y por qué ni se subordinan ni se revelan subsidiarios, sino que se imbrican con naturalidad, en el vaivén del caos que enmascaran, en la posibilidad de ser reflejos rotos, surcados por una breve línea de sangre o miedo. A diferencia de Mallarmé, Cummings no hizo un tema del silencio, mucho menos un propósito; el silencio de sus versos es impuntual, azaroso y necesario. No existe “intencionalidad literaria”: cuando Cummings calla o deja al lector a la deriva en los blancos de una página, es el poema el que calla, su propia respiración que se contiene, anterior a la mano que lo ha ejecutado. Por eso hay algo de prestidigitador en Cummings, algo de brujo. No hay uno solo de sus poemas que no revele indicios de algún extraño truco que se ha desprendido de su creador y cobrado vida propia. El poema –Cummings lo supo- es un centro donde convergen voces de oscura resonancia, venidas desde la diáfana noche de los tiempos; el poeta es el medium de estas voces. Desde esta óptica, un poema bien puede ser un anuncio, una forma de vaticinio. En ese anuncio, un lector cualquiera puede verse interpelado y vacilar, al igual que el poeta al ejecutarlo
. Frente al poema, el lector teme muchas veces estar eec0210delante de un oráculo: teme ser delatado, teme que el poema le hable más de la cuenta, teme en último caso que su anuncio le revele lo inesperado. He pensado alguna vez -evocando las palabras de Horacio- que lo inesperado en buena medida corresponde a un desbarajuste y una resignificación de lo esperado, ese descuido que esperamos acechar en nuestra imagen en el espejo, nuestro rostro real en medio de tantos otros rostros vanos. La poesía trafica furtivamente en estos procedimientos. Coloca frente a frente a un lector y un poeta, y los anima al vértigo del desnudo, a sobresaltarse frente a algún atisbo del éxtasis.

Es extraño hablar de un obrar literario en estos términos; pero más extraño no sospechar que hubo siempre, resonando en los oídos de E. E. Cumming, un llamado anónimo, nocturno, que hiciera de él un extranjero perdido en su propia tierra, extranjero que ha de componer en la paciencia de las noches un lenguaje posible con el que nombrar lo que no se nombra. Hacia 1968 escribió Juan Eduardo Cirlot, “y en realidad, esos pasos que se oyen, esa voz que resuena, esa actividad que se cumple, no son las de un ser terreno. Pero no hay que temer; casi nunca ese extranjero sabe que lo es. Y cuando lo sabe no tiene ningún medio a su disposición para comunicarlo verdadera y efectivamente.” 

 

M.A

 

 

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One Response to “Nota al pie: E. E. Cummings, el brujo”

  1. Gemma Says:

    Un comentario precipitado para decir que me gustó mucho. Lo suficiente como para decirlo precipitadamente. Porque la poesía de Cummings es una traducción balbuceante de un rostro sin reflejo, se me hace muy difícil reconocerme en su voz, hay que mirar o muy arriba o muy adentro, y mi gesto siempre fue el de girar la cabeza, así que se me hace un poeta inofensivo y no hay culpa en ello como no hay culpa en saber que puedo cambiar de espejo, pero no puedo cambiar de imagen. Pero viéndote trabajar estos días, y no sé si se puede decir esto aquí pero igual lo digo, me fascina cómo se aprovechan un par de lecturas más o menos arbitrarias como Linspector y Cirlot para relacionarlas y hacerlas encajar con el texto de manera tan oportuna. ¿Es que en el fondo, siempre siempre estamos hablando de lo mismo?


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