La periódica revisión dominical

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Nota al Pie: Leonard Cohen y la belleza desmoronándose octubre 18, 2009

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 9:58 pm
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CohenA Leonard Cohen pueden adjudicársele algunos buenos poemas, dos novelas meditadamente sórdidas, más de una centena de canciones y ciertos disfraces dispares. Detrás de un poeta que fue músico al final, resta un músico que no fue tan solo poeta, que fue en todo caso autor de una obra que resiste las modificaciones siempre veloces de un público que intenta atomizarla en el racconto de una biografía improbable: una infancia judía, una adolescencia canadiense, una temporada griega, otra newyorkina, la certeza de que en la juventud, aunque todo pueda luego parecernos ingenuo, estamos haciendo algo realmente al estar tan solo vivos.
 Cohen supo adulterar su vida en canciones. Decir que es mentira que una canción no puede doler, pero decir sobre todo que es mentira que para que una canción duela, es necesario algo más que dolor en quien la escribe y dolor en quien la escucha. El arte permite magias como éstas, torsiones como éstas.
Cohen, que no injurió a la belleza, dejó que se expresase en sus límites, allí donde pierde su vanidad. La tomó tal como era para atravesar la noche a su lado y muy lentamente, por la mañana, escrutar sus sombras, sus proyecciones de engaño. Acaso ese sea el germen –ese y el de un impostergable terror- de buena parte de su primera obra, la del período 67-74, juntar los restos del naufragio personal y como en Suzanne, aprender a mirar entre la basura y las flores.
Suzanne pudo haber sido alguna mujer, pero nada en poesía es tan sensato como poder señalar, como poder aseverar; Suzanne es la suma de unos indicios, el alfabeto con el que escribir tantas veces como sea necesario la misma presencia de manera diferente: Suzanne. Bretón la llamó Nadja; Aragón, Elisa; Cirlot, Bronwyn; Nerval, Aurelia. Detrás de estas figuras lo que se refugia es el pulso de un hombre. A través de él, ellas nacen. Por ellas, él vive.
La silueta fantasmagórica de Suzanne viaja por muchas otras en el primer Cohen: su disfraz es la paradoja; su verdad, la luz que echamos sobre ella. Cohen intuyó en algún momento que la belleza –saber, en este mundo, algo sobre la belleza- requiere en buena medida que nos atrevamos despabilarla en nuestra propia existencia y que eso conlleve más que el riesgo, la verdad. Pero la verdad… (Cohen lo supo, yo lo sé por muchos otros como él) existe tan solo en lo que nos mata o nos despierta muy bruscamente y para siempre. Los dos efectos son aleccionadores. De ninguno de los dos se vuelve intacto. La verdad que, por ambigua, dispone que toquemos la primera y la última nota de una octava musical a ciegas, creyendo que estamos tocando alguna nota central. Si la verdad de la belleza implica mirar allí donde las flores conviven con la basura, si la belleza supone que nos demoremos impávidos en las pistas que hacen milagrosamente a su búsqueda, lo que buscamos no puede sino ser el sutilísimo impacto mudo que nos aguarda en ese lugar: entre la basura y las flores, y nosotros tan dejando de entender, tan dejando de querer entender, tan dejando de entender que queremos entender algo sobre la belleza. Con toda nuestra incomprensión, toda nuestra -a veces espantosa, a veces iluminadora- humanidad. O bien adivinar su nombre, nombre de la belleza, ya que su ambivalencia sólo puede resolverse en golpes dados al aire, golpe atónito de sólo haber sido ejecutado, cuando allí su magia, la misma efusión de ese golpe, -y ya no sus motivos, ya no sus consecuencias,- es lo que nos sostiene. Sólo: el ahínco, la sabiduría desobediente de saber ser golpe y golpear.
 
Pero algo más. Cohen supo –debió saber- que si la belleza ha de ser pura y no sacra, si ha de ser verdadera y no verosímil, tiene que desmoronarse para resistir, quebrarse alguna vez para no morir jamás. Ya que si, como lo señala en Anthem, “hay una grieta en todo, por ahí se filtra la luz,” también en nosotros –en cada uno de nosotros- la hay. Porque precisamos de imperfecciones, de conmovedores errores, de dulces fisuras, para aceptar lo bello. Y para que lo bello nos acepte. Precisamos que la belleza se desmorone junto a nosotros, se desgracie junto a nosotros -acaso a los pies de la cama- para no volver a ser quienes éramos.
Te cuento, extraño, extrañísimo lector, que lo bello, lo más cerca de mí que he visto lo bello, lo vi al desmoronarse.
Escribe Cohen en Take This Longing:
 
 Let me see your beauty broken down
Like you would do for one you love. 
 
Recuerdo haber leído alguna vez –no recuerdo dónde, no recuerdo cuándo- la siguiente línea: “ella era tan hermosa como un labio partido.”
Estas que yo he escrito ya son tuyas. Si algo te han dicho, deja que se desmoronen también.
 
 
 
 M.A

 

 

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