El estallido del yo en la ciudad
Oliverio Girondo es nuestro Baudelaire. Sé de lo odiosas que suelen ser las comparaciones, especialmente cuando los polos de comparación son personas y más especialmente cuando se trata de poetas. No obstante, la frase en cierto sentido es válida. No es cuestión de comparar talentos o biografías, poco importan en este caso; el parangón cobra interés, creo, a partir de cierta pesquisa porteña acerca de su juglar, su denunciante, su cantor, ácido por definición. Supongo que la transposición de discursos y categorías – en este caso europeas – no siempre funciona satisfactoriamente, pero en este caso no veo mucho el escándalo: Buenos Aires, pese a las particularidades que la moldean (o deforman) es una ciudad moderna, una metrópolis que experimenta, aún con algo de delay, los espasmos de una modernidad que comenzó a devorarse a sí misma, de una razón enloquecida por el poder de su propias entrañas.
Curioso caso el de Girondo: para narrar a Buenos Aires debió gritar por otra decena de ciudades, desde Venecia hasta Mar del Plata, pasando por Madrid y Tánger. Me estoy refiriendo al recorrido que ejecutan Veinte poemas para ser leídos en un tranvía y Calcomanías, los deslumbrantes y tempraneros volúmenes de Girondo (1922 y 1925 respectivamente). En ese manojo de poemas hay un verdadero despliegue metafísico de la ciudad moderna, industrializada y henchida de cultura y muerte, bautizada ya con sus torres babélicas de hormigón y familiarizada también con el fuego de la guerra. Pero en este caso lo metafísico no se hace notar, pese a que compite en intensidad con cualquier grado de descripción que puedan cobrar los textos. Se ha remarcado continuamente la superficialidad de enunciación respecto a esta etapa girondiana (cfr. Sarlo, Oliverio, una mirada de la modernidad) y no hay nada para reclamar: efectivamente, Girondo se atiene en estos poemas a un plano de percepción enclavada en un presente continuo y exaltado. Efectivamente, en ambos volúmenes se exaspera el poder del cuerpo y se avanza mediante un “método” de ordenación de cosas que están ahí, en un espacio neutro, distanciado de cualquier sujeto, conformando a la ciudad. Sin embargo, la metafísica de la ciudad – que es la metafísica del hombre técnico y liberal, la del hombre atiborrado – habita esos poemas con un movimiento fugitivo, menos perceptible como presencia textual o sónica que como eco.
De este modo el “hombre-de-Girondo”, el que se desenvuelve en los poemas casi sin moverse, ese Yo desdoblado a veces y saturado en otras, designa a la ciudad y a los hilos que las agitan. Ese Yo oculto, poco aseverador, que a menudo aparece como pura visión o como un flujo de sensaciones al que no corresponde ninguna instancia de reunión (lo que llamamos precisamente con el nombre de Yo), ese Yo-sin-Yo, es el que denuncia a la ciudad en sus rincones callados por la simple razón de qué él mismo no es otra cosa que el sujeto explotado y deforme producto de las urbes del temprano siglo XX. Escribe Girondo en Apunte callejero, probablemente el poema más moderno (en el sentido baudeleriano del término) de la literatura argentina:
“Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles,
los transeúntes que se me entran por las pupilas.
Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar…
Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda.”
El Yo moderno, ese sujeto científico, calculador y unitario, explota por la abundancia de información, por la escenografía sensorial del caos conviviente y multitudinario. El sujeto que Descartes y Kant forjaron a partir del autoconocimiento y la receptividad de datos aparece sujetado (cualquier asociación etimológica no es coincidencia) ante el diluvio de datos, expuesto a la cosificación, a la locura de la percepción anónima y personal a la vez:
“Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de
mí y de pronto se arroja entre las ruedas de un tranvía”
El Yo moderno estalla, se suicida, se desdobla convirtiéndose en una sombra. La ciudad lo arrastra en su oscuro vértigo tecnológico. Los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (símbolo inequívoco de la modernidad, basada en la velocidad de transportación) también señalan al bólido de vagones como una tentación para el fin de la angustia alienada. En esa ambigüedad moderna que oscila entre la exaltación del desarrollo técnico-urbano y la tortura de la alienación humana se juegan los poemas tempraneros de Girondo. Y dicha ambigüedad es la propiedad más definitoria de la ciudad, que embeleza y mortifica, sacude y sujeta, vivifica y asesina. En esa ambigüedad se juega el ser mismo del hombre técnico e ilustrado, en esa ambigüedad estalla.
Ambiguo es, además y por sobre todo, el “tratamiento” que Girondo ensaya sobre el propio sujeto. En esta condición reside, sospecho, parte de la genialidad del poeta. Marx, Nietzsche y Freud, los fundadores de la “escuela de la sospecha”, llamaron la atención (cada uno a su modo) sobre un mismo error “metódico” por llamarlo de algún modo: los pensadores y la mayoría de los artistas describían la realidad de algún modo e intervenían en ella como si fuese de otro; sirva como ejemplo la famosa frase de Marx en la que increpa a los pensadores por explicar la realidad sin transformarla. Es decir: los pensadores, que consideran justamente al pensamiento como constitutivo de la realidad, no lo ejercen sin embargo como arma de metamorfosis o innovación.
Girondo, por su parte, recoge el guante de su tiempo: su intervención artística o intelectual utiliza los mismos modos y mecanismos que los de la “realidad” que intenta reflejar o sugerir. Por caso, las composiciones de estos poemarios “tratan” a la ciudad bulliciosa y frenética, en muchas oportunidades, en sus rincones más oscuros y calmos, en el eco de la noche (ver Paisaje Breton, Nocturno, Milonga, Siesta, entre otros). La realidad es ambigua y el tratamiento también. El hombre es ambiguo y el poeta – que es el profeta del hombre, esto lo digo yo, no Girondo – también.
Fugacidad y sedimentación
Una referencia central del proceso de ambigüedad señalado en el apartado anterior es la que atañe a la relación entre la constitución del hombre y el yo lírico propuesto por el joven Girondo. Cito a Schwartz en Veinte Poemas: un texto carnavalesco: “El yo lírico se presenta destituido de cualquier interioridad; sólo interioriza lo exterior y es en este pasaje hacia el interior del hombre, que el sujeto se cosifica” El yo lírico, de este modo, juega en el vacío, es impersonal, etéreo, volátil, hueco, pero anuncia a un sujeto cosificado, cuyos “residuos de un yo” (la expresión es de Schwartz) se sedimentan hasta hacerse una pasta pringosa torneada por la costumbre. Nuevamente la ambigüedad, esta vez marcada por Schwartz: “(…) no sólo los objetos adquieren atributos humanos, sino que lo humano se objetiviza de continuo”. El objeto deviene antropomórfico (canillas que, mal cerradas, cantan; el mar epiléptico, vidrios que apoyan su frente en la ventana, cristales que fracasan) y el hombre deviene cosa, algo menos con un objeto, un objeto que se sabe reducido a objeto, un residuo consciente e impersonal (cuerpos de mujeres que se venden a 80 centavos, negros con cutis de tabaco, nalgas que se pudren).
Ahora bien, esa cosidad del hombre moderno implica permanencia: la cosa es sustancia (la ousía aristotélica) y la sustancia exige – por su propia naturaleza – la persistencia, la duración, un mínimo de fijeza para ser. Una nueva aporía se insinúa, un nuevo rasgo de ambigüedad en la poesía de Girondo – ambigüedad propia de la modernidad por lo demás – que contrasta la fugacidad de la experiencia moderna con el lastre coagulado de los residuos del yo.
La fugacidad es un atributo central de la modernidad, exacerbado hasta la furia en la posmodernidad; la moderación de la rabieta religiosa y el “avance” de la ciencia y la técnica propiciaron el fenómeno tanto como la certeza humana respecto al abandono nuclear que (no) lo justifica, su estado-de-yecto para decirlo en términos de Heidegger. El hombre, al abandonar cualquier teleología, vive su propia vida como una secuela fugaz, una huida continua del tiempo en él y de él, del hombre mismo, en el tiempo. Girondo considera a la fugacidad – escribe desde un tiempo en el que la maquinaria ciega de la muerte ya había mostrado sus pezuñas en la Gran Guerra – relacionada profundamente con el acto de la creación, específicamente con el de la creación por la palabra (“…en el principio era el Verbo”) con la poesía, ese pasatiempos en el que el hombre juega a ser Dios.
Croquis en la arena es, según Schwartz, el ejemplo más cabal al respecto: “croquis” remite a un plan, un mero proyecto, un algo abierto, sin finiquitar; la “arena” simboliza lo efímero mismo, la arena es la superficie más lábil para plasmar algo, la sustancia sólida con menos memoria de la tierra. Girondo enumera en el poema, por ejemplo: “La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que / se inyectan novelas y horizontes. Mi alegría de / zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena”. Podría haber sido eso o cualquier otra cosa; el orden de los fenómenos humanos es azaroso y fulminante (como para todo vanguardista), cualquier rescate de ese azar es una “fotografía” de la ciudad, del hombre…un poema.
Pero aún está la sombra, esa sombra que se arroja debajo del tranvía. Aún está la so(m)bra del hombre, ese resto cristalizado del sujeto kantiano, que no deja de pesar aunque ya no se sepa como uno ni mucho menos como fuente del conocimiento o la realidad. Aúlla ese resto, creo que más que ningún otro rincón de la literatura girondiana, en Nocturno:
“A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces los cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme”
Mome







Este capítulo es un adelanto del libro de Henri Meschonnic, Ética y Política del Traducir que
La figura de Platón representa para muchos pensadores el nombre más importante de la historia filosófica occidental; en todo caso, jamás saldrá del grupo central, junto a Aristóteles, Kant y Hegel. Es algo odioso establecer un ranking al respecto, en cualquier área humana es odioso hacerlo: ¿cuáles son los parámetros para cotejar a dos mentes distintas? ¿es posible al fin y al cabo ese cotejo sin intermediar una apreciación subjetiva, ligada al gusto o a la ideología?. Tengo para mí que no.
Cuando Platón trata sobre la poesía (por lo demás, la forma más elevada del arte para él) en República, en el archifamoso Libro X, tiene lugar el también afamado destierro de los poetas. En resumidas cuentas, Platón afirma que es conveniente a la salud de una Polis modélica (a la República que está postulando) la expulsión de los poetas. En no tan resumidas cuentas, Platón dice allí un montón de cosas, que – por regla – han sido interpretadas de muy diversas maneras.
Como se desprende de lo anterior el poeta, más que un ignorante o un vago, es un elemento peligroso para la vida social, un criminal de la verdad. Y respecto a este meollo hay que hacer un alto de suma importancia: uno podría preguntarse enseguida qué interés tiene en definitiva el grado de verdad que pueda alcanzar la obra de arte, o cómo no se da por descontado que la relación del arte con el mundo no se basa en la verdad y que precisamente allí reside su razón de ser. Podría decirse que Platón no comprendió la diferencia entre arte y realidad, pero, en fin…es Platón, y sin que esto signifique una rendición a la autoridad, cuesta en verdad abonar la posibilidad de semejante tosquedad.
hacemos con las palabras- la conversión de un sentir. Lo llamaremos convicción. Lo que presencias así disponen, el hombre repone, recompone: ubica, ordena, forma con su propia forma. Declaró Solari en 1980: Nuestro aporte será tal vez dejar que la música le llegue (al público) a través nuestro… Somos músicos que básicamente no creemos que ejecutamos la música, sino que ésta nos ejecuta.
De visita en Santiago, invitado a la FILSA 09, Damián Tabarovsky volvió a una ciudad que no visitaba hace cerca de diez años. Con un reciente libro publicado –Autobiografía Médica- y uno más antiguo que recién aparece en librerías –La Expectativa- el escritor argentino participó de una mesa redonda junto a César Aira, fue a librerías y también se dio tiempo para conversar con La Periódica Revisión Dominical.
es la metáfora”, dice en su última novela, y se apodera de la imposibilidad de significar. Instala la sospecha hacia el poder de los relatos. No olvida que un texto es una representación, un artificio y que la necesidad de encontrar un significado, un mensaje, entendido como lección, pertenece a otra tradición, una con la que Tabarovsky no se lleva muy bien. Lo suyo son los conflictos que la escritura plantea al escribirse; los pliegues de una zona donde las relaciones de poder, los discursos, y el sistema político está en juego. Hacer literatura, no escribir libros pensando en los visitantes de las librerías.
La Expectativa es un relato que, al igual que Autobiografía Médica, no tiene fin. La incomodidad se relaciona con ese horizonte de, valga la redundancia, expectativas que un texto suele tener. Pero éste no. Aquí hay una imposibilidad, y sobre ella se escribe. “¿Te imaginás el final de El Castillo o de Bouvard y Pécuchet”, dice Tabarovsky. “¿Te imaginás llegando a El Castillo?” Y en La Expectativa el narrador nos cuenta que “cuando una narración procede bajo el modelo de repetición, no puede haber desenlace posible”.
¿Y cuál es el reparo que le tienes a las Antologías de cuentos?
Para Tabarovsky, los ochenta se entienden literariamente con Libertella, Aira y Fogwill. También con Lamborghini. Y no se olvida de Néstor Sánchez. Cuando le preguntamos por este último, no reniega la influencia. Menciona a Diario de Manhattan, un cuento del último libro de Sánchez, como una de las cumbres de su literatura.
“Creo que Bolaño escribió una verdadera obra maestra, como es Estrella Distante. Un gran libro, brillante. Las otras cosas, la verdad, es que me interesan notoriamente menos. Y algunas me disgustan, te diría. Por ejemplo, cierta mitificación del escritor en sus novelas. Esa idea de que por ser escritor podés conseguir novia, te pueden matar, te pueden secuestrar…que eso es lo interesante de ser escritor. Puedo entender, eso sí, lo que pasaba. En una época donde el escritor era tan anodino, es la idea intentar darle cierto valor mitificador. Pero no me parecen tan interesantes esos libros. Aunque es un narrador experto. Tiene un arte de la narratividad, de lo que en el cine se llamaría continuismo. Leí un texto de Horacio Castellanos donde se preguntaba la razón del éxito de Bolaño en Estados Unidos, pero era algo insuficiente. Porque no hay forma de saber por qué le va bien allá.”
Tabarovsky se da espacio para hablar de la autoficción. Le parece una ingenuidad, pero también un descriterio. “En la literatura no podés renunciar a pensar críticamente tu oficio”.
Osvaldo Lamborghini era un animal de escritura – su gran problema social fue la falta de talento. La gente de talento puede hacer cualquier cosa para ganarse el respeto social, cosas decentes, por supuesto, no hablo de tejes y manejes balzacianos, no, hablo de un trabajo: psicoanalista, profesor, periodista. Empleado es más difícil. En el mundo de la literatura no es bien visto. Les bastó con Kafka, que no era exactamente un empleado, era abogado en una empresa. Osvaldo Lamborghini era un animal de escritura, sólo era bueno para eso, sólo servía para eso. Su pecado social. Su falta de talento era notoria. Osvaldo Lamborghini tenía genio: hacía lo que podía. Lo dice Ingres, que separaba a la gente de talento, los talentosos, gente que podía hacer lo que quería, de los genios, gente que sólo hace lo que puede. Osvaldo Lamborghini sólo podía hacer lo que podía, escribir. Sólo era bueno para eso. La lista gente sin talento es larga (pero menos, mucho menos, que la de los talentosos): para mí la encabeza Joyce. Santo patrono de los escritores sin talento. Cuando Osvaldo Lamborghini se fue a España tenía una fama ultra secreta. Ricardo Strafacce cuenta la epopeya de la escritura Lamborghini en su biografía. Justamente, tal vez sin proponérselo, muestra las diferencias entre el talento y el genio. Ahí está. En este pequeño panfleto sólo quiero hacer notar el efecto linchamiento post-morten que desencadenó la biografía de Osvaldo Lamborghini.
Pequeño recorrido para la gente que por motivos difamatorios necesita no leer la biografía, otros no la leen porque no quieren, y está bien, no hay obligaciones de lectura. Se puede amar a un escritor sin leer su biografía. Esos no me interesan, acá. Me interesan los que no la leen deliberadamente porque de lo contrario todas las acusaciones que levantan contra Osvaldo Lamborghini se caerían como el albergue Warnes. O como el Muro de Berlín. Castillo de naipes. Osvaldo Lamborghini se fue a España con tres libros editados. Casi todos apostaron a su sequía “creadora”. No se dieron cuenta de que sólo se secan los talentosos. Después de su muerte, se publicaron Novelas y cuentos y Tadeys. Empezó la lectura, y la fama. La Universidad empezó a ocuparse. Los primeros gritos se escucharon en esa dirección. La impresión fue que lo querían proteger de la Universidad. Del famoso discurso universitario. El pobre y maltratadísimo discurso universitario. ¿Por qué? Beckett tiene una caterva de universitarios y filósofos que escriben dislates sobre él, y nadie quiere protegerlo. Hasta Adorno, sordo notorio para la literatura, publicó ese bodoque sobre Beckett que es la matriz de todas esas horripilantes lecturas repetidas indefinidamente. Beckett le murmuró al oído a Siegfried Unseld, editor de ambos, cuando terminó de escuchar pacientemente la conferencia de Adorno sobre Fin de partida: “Es eso el progreso de la ciencia: que los profesores puedan obstinarse en sus errores”. Viene un período de relativa calma. Después a un editor se le ocurrió sacar las Obras completas de Osvaldo Lamborghini, cuatro tomos. Escándalo. Los angustiados apostaron a la no venta. Se vendieron. Hubo un suplemento de cultura que le dedicó un número. Ahí, algunos se esmeraron en mostrar que su fama era inmerecida. Gritos, enojos, como si se tratara de Paul Claudel. Hablo de casos. Como quien dice el caso Cézanne, pongamos. O el caso Claudel. Osvaldo Lamborghini rompió el círculo de la fama secreta. Empezó el resentimiento y la venganza. Strafface pone todas las acusaciones. Al que le interesa, están ahí. Es interesante ver cómo el resentimiento se venga de un escritor de genio. Ya sé que lo dijo Nietzche, pero no basta, hay que ver el trabajo de zapa de la rabia celosa en acción. Mandelstam lo dijo mejor: “en la poesía, se trata de la guerra”. Después vino la biografía y se redobló el malestar. Algunos insisten en mostrar todos los defectos de Osvaldo Lamborghini como persona. La biografía muestra que no son tan extraordinarios. Tan fuera de lo común. Lo extraordinario en esta biografía es la epopeya de un tipo que escribe contra la cultura, o mejor: escribe porque es animal de fraseo. Como Albert Ayler un animal de música. Ese es el gran escándalo. Un escándalo de literatura. Como el de Reinaldo Arenas. Pero insisten. Algunos preparan trabajos definitivos donde van a mostrar lo equivocado que estamos los que amamos la obra de Osvaldo Lamborghini. Pero hay algo sin retorno: Osvaldo Lamborghini rompió el círculo estrecho, podrido, policíaco y ridículo de la familia literaria. Hay lectores sueltos, lo leen porque se enamoran de su fraseo, sí, no de sus palabras, de su fraseo, Osvaldo Lamborghini no era un escritor de palabras, amaba el lenguaje, o sea, amaba las frases, sí, su fraseo, se puede leerlo sin hacer una tesis, sin escribir trabajos definitivos sobre su persona o su vanguardismo, yo no podría, no lo conocí, me hubiera
encantado, no, leerlo para uno, usarlo, citarlo. Otros se la agarran con su Niño proletario para deschavar algún desviacionismo ideológico. ¿Cuál sería? Pero este panfleto no es para denunciar nada, ni a nadie. No. Tampoco busca conciliaciones o acuerdos. No. Es una respuesta a la lectura de la biografía, que me prestaron. Ningún lector en serio acuerda o concilia una lectura con otro. Eso es para buenos alumnos. Para tipos que siguen esa maldición escolar sarmientina. Yo, por ejemplo, no quiero que nadie me enseñe a leer. Eso se aprende en el primario. Leo solo. Muchos amigos a los que respeto, leen solos. A mí me gusta leer a Osvaldo Lamborghini, no me interesa saber cuáles fueron sus opiniones políticas, o estéticas, creo que con algunos de sus puntos de vista acerca de la estética disiento, con las opiniones ideológicas, no sé, no las conozco y es un asunto privado, o las que conozco me vienen de sus difamadores, firmadas sus difamadores, es suficiente para no entrarlas, que se desgañiten en los cafés, de rabia, pero lo que es muy obvio, es que las opiniones políticas de Osvaldo Lamborghini no tuvieron ninguna influencia perniciosa, me corrijo: no tuvieron ninguna influencia. Lo que sí tiene influencia es su literatura, su posición frente al lenguaje. Sus puntos de vista acerca de lo que hace el lenguaje. Eso sí. Y mucha influencia. Hay muchos lectores. Y tipos que escriben y se inspiran, y sueñan con ese estilo. Lo imitan. Se quieren contagiar, lo estudian. Hablan en los bares. Algunos son medio religiosos. Eso sí, eso no lo niego, y genera malestar. Porque es incontrolable. Y ese malestar se disfraza de justicia, de objetividad, pero en realidad, es una rabia silenciosa, estragante, que los vuelve repetitivos y machacones, y no pueden aceptar que Osvaldo Lamborghini los venció en el tiempo. Imperdonable. Es curioso ver cómo se juntan en el territorio de la aprobación todos los resentidos que tienen que dar su opinión sobre Osvaldo Lamborghini. ¿Por qué hay que dar opiniones? ¿Qué es ese concepto ruinoso, mediocre y lastimero de la justicia literaria? ¿Quién la dicta? Leer Sale el espectro de Philip Roth. Amy Bellette lo dice en una carta al Times. Estos tipos corren presurosos a dar testimonio, más que testimonios, son denuncias. Osvaldo Lamborghini era un arquitecto de lo sonoro. Amaba el lenguaje. Pasaba las palabras por la boca. Las sacaba en frases. Masticaba sus frases. Se deleitaba en Mansilla: “Mansilla se demora, espera, / al doctor Macías. Hasta que no puede esperar / esperar más. / Parten… / los caballos…”, que bello, por favor, y amaba a Eduardo Wilde. Amaba la precisión de Kafka. Y a Horacio Quiroga. Nada grave, socialmente hablando. Gustos propios. Su condena es el animal de escritura que llevaba adentro. No lo podía controlar. Los contemporáneos son la mala leche. Se denuncian mutuamente. En nombre de alguna justicia ejecutan genios si el poder político se los permite. Pero no vayamos tan lejos. Como dijo Lorenzo García Vega en una conferencia, que escuché con un amigo, él es testigo, dijo algo así, si mal no recuerdo: “hagan de cuenta que no dije nada de esto.” Así que hagan de cuenta que esto último no lo escribí. La corporación de escritores, cada tanto, se higieniza ideológicamente. Exige cada tanto la higiene ideológica. Van de todas las corrientes y géneros al mismo juzgado. Sobre todos la corriente estudio de géneros. Para salvar lo cultural. Es obvio que lo cultural no era el proyecto de Osvaldo Lamborghini. Ni su destrucción. Tampoco se veía en la gran cultura. Lo digo por lo que escribió. Pero como parece que sus viejos colegas destripan sus sueños diurnos, sus pequeños delirios de grandeza o de gloria, la biografía deja claro que tenía una vida, también iba al café, alguna vez fue joven en la edad, se soñó algo, alguna gloria, más o menos como todos, la gloria, ¿quién no?, vamos, un esfuerzo de reconocimiento, a recordar. Sólo que por esas cosas del genio, salió de la estrechez de la
familia literaria. Imperdonable. Tampoco iba por las causas. Sólo era bueno para escribir. La biografía de Strafacce muestra esa epopeya, un tipo que se va convenciendo a los golpes de su falta de talento. Todos le dicen que es talentoso, que puede, por ejemplo, ganarse la vida como psicoanalista, entrando en alguna escuelita, pongamos, o que era un brillante periodista -¿acaso una mesa de periodistas no lo aplaudió cuando entró a la Giralda de Constitución con Sergio Rondan?-, pero Osvaldo Lamborghini duda de su talento, siempre en el sentido Ingres. Busca trabajo. Lo va a ver a César Contino. Él mismo llamaba a eso su proyecto kafkiano. Servir sólo para escribir no se paga bien. No se paga ni un peso por eso. Ningún dinero alcanza. Ya se teorizó mucho al respecto. Casi todos los filósofos de instituto se ocuparon del tema, bien pagados. Cada uno de esos tipos tiene su Barthes bien aprendido. Pero no leen a Simon Leys. Otra vez: hagan de cuenta que no escribí esto. No hay como ellos (los filósofos de instituto) para hablar de lo mal que vivieron los escritores. Es conmovedor. Amy Bellete, la viuda de E.I. Lonoff le escribe al Times una carta: “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes usaban la literatura para pensar. Ese tiempo pronto llegará a su fin. Durante los años de la guerra fría en la Unión Soviética y sus satélites de Europa del Este, los escritores dignos de ese nombre fueron proscritos: hoy, en los Estados Unidos, es la literatura la que está proscrita, como capaz de ejercer una una influencia efectiva sobre la manera que se tiene de aprehender la vida.” Es notable la insistencia de algunos autores en querer desempeñar todavía un papel, y algunos apoyándose en la justicia literaria. Como chivo expiatorio: el genio de algunos otros. Los talentosos se quejan de que el salario no les alcanza. Y buscan el pelo en la leche. Simon Leys me ayuda más que Barthes para leer a Osvaldo Lamborghini, yo no leo textos, leo libros, por eso Simon Leys. En un libro que se llama La Felicidad de los pececitos, si traduzco bien, en el artículo Marginales, dice algo sobre la manía de analizar retrospectivamente la conducta de los escritores que me viene anillo al dedo:
Este Simon Leys para Osvaldo Lamborghini, para que se vea mejor el odio y molestia que se armó con la salida de la biografía que escribió Ricardo Strafacce. Porque la escribió. Hay que recordarlo. Están los que dicen que la literatura de Osvaldo Lamborghini es un invento, en el sentido más porteño, y también en el de la teoría del complot: ¿un grupo de amigos? ¿inescrupulosos que aprovechan la fama de Osvaldo Lamborghini para construir su propia fama? ¿el lobby universitario? ¿el lobby editorial? ¿el lobby de los suplementos? ¿el de los jóvenes irresponsables? Muchos lobbys, que mutan. Que viven en paralelo como en las novelas de Philip Dick. No puedo privarme de citar otra vez a Simon Leys –lectura no apta para almas bellas, abstenerse almas bellas, ya que citamos la figura de Dante. “Cuando Sartre declaró que Mauriac no era novelista, la víctima habría podido consolarse pensando que este mismo juez había descubierto igualmente que Orson Welles no era cineasta.” Con Simon Leys se pueden multiplicar las citas. Es realmente un autor pernicioso para la maldición escolar que gobierna la crítica literaria. Pero no es el asunto, aquí. Tampoco la crítica. Borren lo que escribí. Mucha gente hecha en el sartrismo todavía hoy es juez importantísimo en la distribución de jerarquías en la Argentina, jueces de literatura. Pero Osvaldo Lamborghini escribió esto, que nunca veo citado: “Mi conclusión es que la literatura no les interesa, es el pretexto; el ´texto´ es algo demasiado elevado –sagrado- para dejarlo en manos de irresponsables como Joyce o Artaud. El texto es cosa de la Universidad, institución a la que le importa un pepino volverse musulmana o marxista-leninista-pictogramática con tal de conservar intacto su propio poder. Esto lo sabemos desde hace tiempo. Sabemos que lo único que quieren estos profesores es hablar de ellos mismos”.
Nadie confía ya en los títulos o en cualquier otra forma de clasificación, de rótulo. Todos vivimos de acuerdo a ellos, según sus antojos, sujetos por sus límites, pero no confiamos en ellos. El impersonal del que habló Heidegger para caracterizar el principal modo de ser del Dasein (para entendernos: el hombre, aunque sea bien distinto) nos coloca en un estado de indiferencia barbitúrica frente a la “realidad” y su disposición, cuya consecuencia es el andar cansino y apático que acostumbramos, la mediocridad, pero cuya causa se enraíza menos en una convicción que en una desconfianza cronificada por la rutina.
En el límite, en ese espacio inextenso que llamamos frontera, es donde procede la torsión de la verdad. Hacia allí marchan nuestras intenciones, tan libres como se pueda ser libre, siquiera en el disparo de largada. Nadie verterá aquí opiniones definitivas ni dogmáticas: hablar acerca de la verdad con pretensiones de verdad es, por lo menos, una pérdida de tiempo. Se lo dejamos a los – tantos – sabihondos con vocación de celadores que andan por ahí, aferrados a la cuerda que los justifica aún cuando no saben de dónde está sujeto el otro extremo, el que no sabe de sus manos temblorosas.
Hay pensadores que creyeron ver en la hostilidad, en la guerra, en la perpetua tensión entre contrarios la naturaleza del mundo y también la del hombre. Pensadores de la talla de Heráclito o Nietzsche por ejemplo. Según esta postura, el hombre – y por tanto sus productos – viven, son en una pugna infinita entre opuestos. Historia hostil la del hombre en esta concepción.
Para remontar cualquier aspecto de la separación (o de la comunión) entre filosofía y literatura, hay que regresar hasta el principio, en este caso el principio del pensamiento occidental. Me estoy refiriendo al paso del mito al logos, al desplazamiento desde un modo de ver – y por tanto, de narrar, de escribir – el mundo al otro.
El Caso Parménides