La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Torsiones de la Verdad: Introducción noviembre 10, 2009

Archivado en: Teoría — laperiodicarevisiondominical @ 11:42 am
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Lo que me interesa es el límite de toda tentativa de totalización, de reunión, el límite de este movimiento unificador, el límite que [tal movimiento] tiene que encontrar, porque la relación de la unidad consigo misma implica alguna diferencia

Jacques Derrida

 

28Nadie confía ya en los títulos o en cualquier otra forma de clasificación, de rótulo. Todos vivimos de acuerdo a ellos, según sus antojos, sujetos por sus límites, pero no confiamos en ellos. El impersonal del que habló Heidegger para caracterizar el principal modo de ser del Dasein (para entendernos: el hombre, aunque sea bien distinto) nos coloca en un estado de indiferencia barbitúrica frente a la “realidad” y su disposición, cuya consecuencia es el andar cansino y apático que acostumbramos, la mediocridad, pero cuya causa se enraíza menos en una convicción que en una desconfianza cronificada por la rutina.

 

El poder de las palabras, tantas veces exaltado (pienso en la Biblia, en Sócrates, en el psicoanálisis, en la poesía por supuesto), también ha sido muchas veces minimizado en cuanto a su peso real. Son las palabras – al menos en la inmensa mayoría de los casos – las que nos clasifican el mundo; quiero decir: no sólo representan el título de lo previamente clasificado sino que fundan la clasificación. Las palabras, además de varias otras cosas, clasifican. Son ellas las que dividen, las que ordenan. A veces hay que saltarlas o taladrarlas para comprender que detrás no hay nada, nada que justifique plenamente la división en cuestión, ninguna otra cosa que difusas pautas morales o triquiñuelas políticas.

 

La literatura, por caso, también es una palabra que – pese a sus pretensiones esenciales – primordialmente define. Otro tanto ocurre con la filosofía, o con la ciencia. Son palabras que en su acontecer suscitan un conjunto más o menos determinado de caracteres o normas cuya rasgo distintivo es su incompletud, su estado de abierto. Todos sabemos eso, e incluso solemos mirar de soslayo, con tirria, a cualquier filósofo que prescriba de modo terminante qué-es-la-filosofía (que, dicho sea de paso, suele coincidir con sus filosofías particulares) o a los escritores que pretenden determinar el quid de la literatura. No obstante, todos vivimos de acuerdo a los conceptos de esos autores o reaccionamos de algún modo cuando los límites establecidos tienden a esfumarse.
Todos vivimos más cómodos rodeados de etiquetas, en el croquis anónimo de lo que debe-ser la realidad.

 

En una escena memorable de Los Simpsons – para quien escribe esto el último “Gran Relato” de Occidente, análogo a La Ilíada, La Divina Comedia, la obra de Marx o Platón, el Ulises – la familia pasa unos días de vacaciones en la casa veraniega de los Flanders; al llegar, encuentran pequeñas notas de papel por toda la casa, hasta es los rincones más insospechables, notas que simplemente enuncian el nombre de aquello a que están adheridas o su función. Una casa para idiotas, un micromundo organizado en torno a nombres. Nuestro mundo se parece en la práctica demasiado a esa casa.

 

 Esta serie de escritos que La Periódica propondrá en los próximos meses bajo el título “Torsiones de la verdad” apuntan a interpelar la relación entre literatura y filosofía, el “entre” de esos dos polos que han sabido distanciarse a partir de la reflexión sobre ellos mismos. Las disciplinas, al igual que los sujetos, se definen a sí mismas tomando como base una suerte de auto-conocimiento que les “permite” (y allí está la cuestión a socavar) decir lo propio de ellas mismas, su quid, su esencia. Esta maniobra, menos que un conocimiento efectivamente más integral de la mismidad, lo que produce es la imposición de unos supuestos límites más allá de los cuales está lo otro, lo diferente.

 

Pero hete aquí que la maniobra no cesa sino que avanza en busca de la reducción de lo otro a lo mismo. Quiero decir: la filosofía habla de la literatura (o viceversa) con categorías propias que señalan la otredad pero al mismo tiempo la calculan, la describen como si pudieran “saber” de ellas…lo otro es lo mismo, aparece incorporado a lo propio, es evaluado desde las categorías propias. ¿Qué es lo que motiva esta artimaña? ¿Cuáles son las desventuras propias que impelen a semejante autoritarismo?. La respuesta no se impone por sí sola, ninguna respuesta lo hace, no por lo menos en forma de respuesta. El autoritarismo del que estamos hablando al fin y al cabo es el cotidiano, y como tal cuenta con numerosas aristas.
Una “respuesta” tentativa, menos una respuesta que una sospecha, apunta directamente al corazón de la Verdad. Dicho con más precisión: una “respuesta” tentativa acerca del autoritarismo reductor de la mismidad puede estar en la constitución de La Verdad que esas diferentes mismidades producen y defienden – necesariamente – por oposición a las Otras Verdades que se insinúan.

 

Torsiones de la Verdad. Verdades que colisionan entre sí, que se estiran para cubrir el mayor territorio posible…verdades que se dislocan para ser más “ellas-mismas” que nunca. El hombre, en cualquier acepción comunitaria que se quiera imaginar, es una máquina (violenta, cínica, cándida, algo pavota a veces) de pelear en torno a la verdad. Claro que esa lucha se da, por decirlo de alguna manera, en un modo nuclear; el armamento más grueso para la batalla surge siempre del centro, del bunker medular (e intocable, tal como se refería Lakatos al núcleo duro de las teorías científicas) que fundamenta ese Verdad. El problema son los límites, es allí donde las teorías o las posturas – no olvidemos que la religión o el arte también combaten por al verdad, esa es precisamente la condición de posibilidad de todo este devaneo – pierden fuerza radioactiva. Los límites, es allí en donde las formas y los contenidos flaquean en su convicción y en sus cimientos.

 

P1020561En el límite, en ese espacio inextenso que llamamos frontera, es donde procede la torsión de la verdad. Hacia allí marchan nuestras intenciones, tan libres como se pueda ser libre, siquiera en el disparo de largada. Nadie verterá aquí opiniones definitivas ni dogmáticas: hablar acerca de la verdad con pretensiones de verdad es, por lo menos, una pérdida de tiempo. Se lo dejamos a los – tantos – sabihondos con vocación de celadores que andan por ahí, aferrados a la cuerda que los justifica aún cuando no saben de dónde está sujeto el otro extremo, el que no sabe de sus manos temblorosas.

 

Se trata de un mero recorrido, arbitrario como todos, delirante en el mejor de los casos, tan emancipado y tan esclavo como las “disciplinas” o “actividades” que lo motivan. Por aquí pasarán eras históricas, nombres propios, pensadores, artistas, ideas, negaciones. Si la faena nos sale bien, estaremos en un punto equidistante del rigor sedimentado o erudito y la vaguedad. Esperamos sea de provecho para todos.

 
 
 

Mome

 

 

Torsiones de la Verdad

 

1- Filosofía y Literatura, elementos para un diálogo.

2- Platón – la excomunión de la poesía para una existencia apacible

 

 

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