La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Variaciones Solari 4: El amor, ese escándalo inminente noviembre 26, 2009

 

La música popular, como la otra, ha cometido la inherente audacia de hablar de amor. Pienso en lo que dije y se me antoja injusto. Esa inherencia que es el amor en las artes no siempre tolera audacias. Pero si existe algún atisbo audaz al respecto puede ser el de abonar el camino para que la música pudiese reflejar alguna vez el drama del amor. Someone to watch over me de Gershwin o Ain’t got nobody en la voz de Bessie Smith pueden ser ejemplos de esto. Ofrezco, entiendo, ejemplos antagónicos; inclusive de color antagónico. La atronadora desolación de Smith es francamente opuesta a esa ternura en ocasiones naif que hace a las composiciones de Gershwin. La una y la otra se reclamaron y luego, comenzaron a fusionarse. Encontramos así algún eco de Lightinin’ Hopkins en Tom Waits y también alguno de Oscar Peterson en Al Green. Fueron dos razas y dos colores, por tanto, las que crearon nuestra visión del amor en ese entramado genérico que hoy conocemos como música popular.

No obstante, el camino hacia una visión dramática del amor fue paulatino ya que durante décadas la música popular estuvo teñida de escamoteos al respecto. Con el tiempo y la rapidez con la que se creó una industria en torno a la música popular, se creó paralelamente una cierta bucólica del formato canción, bucólica que traficó luego en estereotipificaciones más o menos sensatas. No hace falta ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el punto de vista, tanto el que se certifica en Gershwin como en Smith, permaneció intacto por años. Se reprodujo un modelo que se anunciaba eficaz y hasta convincente: las derrotas del blues y las azúcares de la canción-jazz son palpables tanto en Beatles como en Rolling Stones. Incluso pueden abrevar de manera muy precisa en un solo artista: podría ser el caso de Van Morrison.

Hoy en día ambos modelos parecen aún gozar de buena vida. La fórmula se extendió hasta límites insospechados y al asistir al fenómeno de la proliferación de tantos songwriters, caemos en la cuenta de que es el desgaste lo que juega a eternizarse, que cierto entusiasmo paródico lo ampara y que muy pronto nos veremos adentrándonos en una época que reproduce modelos de modelos, sin saber cuál fue el original. Lo que falla desde hace medio siglo, en todo caso, es aquello que salvaba a ese carácter eficaz del que se valían algunas composiciones: su convicción. Esa misma convicción que, infiero, pudo haber sobrevivido si se hubiese oído a tiempo que los tiempos son demasiado veloces y que nos añejan con una velocidad aún mayor. No se trata tan solo de que con los años el amor, las relaciones amorosas mismas, cambian; se trata además de que lo que cambia con ellas es la manera con que deben ser descriptas. Si bien es cierto que de alguna manera todos escribimos sobre el amor, la vida y la muerte cada vez que levantamos un lápiz, no es escribiendo siempre de la misma manera que podemos llamar escribir a decir algo sobre el amor, la vida y la muerte. La primera mitad del siglo XX, bendecida acaso por una soltura pocas veces vista en la historia de la música, empezó hacia finales de los años cincuenta a caer en la facilidad, a atomizarse y a sufrir un notable debilitamiento que anunciaba no sólo el fin de aquellos “años locos,” sino también la evidencia de todo aquello que el conservadurismo social había barrido debajo de la alfombra. No alcanzaba con ver que en las mismas sociedades se percibían torsiones enormes en lo que respecta a las relaciones amorosas, con parejas más libres de sujeciones, sumisiones y silencios; lo que parecía reclamarse era una nueva forma y un nuevo punto de vista, que fuese más allá del derrotismo del desamor o de la dulzura atolondrada del enamorado, que enfrentase la visión dramática que la temática debía comportar cuando, en literatura, las novelas de Scott Fitzgerald habían anunciado ya el desastre y André Breton escrito siete ensayos, uno más lúcido que el otro, sobre lo que denominó “El Amor Loco.”


Fueron necesarios entonces algunos años de maceración, de vuelta a los orígenes, como fueron los primeros sesenta, para que aquel punto de vista inane, que se perpetuaba en tópicos con una invalidez ya impracticable, empezara a cambiar y a tocar en el hombro de algunos artistas que avizoraran que en pleno Verano del Amor, y aún en su más vertiginoso declive, lo que había al final del arcoiris no eran los prometidos huevos de oro.

Aún hoy en día resulta perturbador escuchar a Jimi Hendrix cantar “Hey Joe, ¿adónde vas con ese revólver en la mano? Voy a matar a mi mujer; la encontré con otro hombre.” Tanto como saber que por esos mismos años Leonard Cohen estaba ya escribiendo sobre sadomasoquismo en “Master Song” y que el mismo Jim Morrison hablaba de voyeurismo en “The Spy.”

 Sin embargo, no fue sino algunos años después, que dos obras inician algún desbarajuste a este respecto: la primera, Berlin, de Lou Reed; la segunda, Blood on the Tracks, de Bob Dylan. Conjuntamente, podemos decir que forman un binomio transformador en lo que refiere a escribir sobre el drama de amar dentro de la música popular. Lo que está meciéndose en ellas es un azúcar tan dulce que hiede y una desolación tan helada que ya no duele, que es pura zozobra hacia la nada, hacia ese almuerzo desnudo –retomando las palabras de Burroughs- que es “un instante helado en la punta de nuestros tenedores,” y a través del que todo es azoro y todo a pura pérdida. Ni en la honestidad de Dylan ni en la de Reed hay algo que podamos llamar dolor: habría que inventar otra palabra. Blood on the Tracks y Berlin enuncian desde allí donde todo duele más que nunca: desde el dolor apesadumbrado, desde el dolor inmune al auxilio, dolor de puertas cerradas, de crueldad sin límite.

Lo más notable, en todo caso, es el cambio del punto de vista. Dylan y Reed se esforzaron en dos lineamientos sutilmente diferenciales: el primero, describiendo el descalabro desde dentro del conflicto del amor; el segundo, haciéndolo desde la distancia o desde el atrevimiento de un “él” que deviene “yo” sin lágrimas ya, sabiendo ambos que en el amor pueden tenderse toda clase de enjundias: golpizas, manipulación, perversión, egoísmo, vanidades. El amor, ese escándalo inminente, asomándose a la nada, al límite de convertirse en su oxímoron. Acaso la canción que más se inmiscuya en ese conflicto que es el amor sea Idiot Wind. Dylan dispara:

 

(Era la gravedad lo que nos hacía caer y el destino lo que nos separó / Domaste al león en la jaula, pero no fue suficiente para cambiar mi corazón. / Ahora todo parece estar al revés. De hecho, las ruedas se han detenido. / Lo bueno es malo, lo malo es bueno: es algo que sabrás cuando llegues a la cima. / Y estás en el fondo. (…) Ya no puedo sentirte, no puedo ni siquiera tocar los libros que leías / Cada vez que pasé por tu puerta estuve deseando que otro lo hubiera hecho / Bajo la carretera, bajo los rieles, bajo el camino hasta éxtasis / Te seguí bajo de las estrellas, preso de tu recuerdo / y de toda tu gloria harapienta / Sé que fui doblemente traicionado, pero es la última vez y ahora soy finalmente libre / Le digo adiós a la bestia aullante en la frontera que te separaba de mí. )

 

Pero allí donde Dylan acusa cruelmente, alguien dentro de él le hace autoinculparse, decir que los precipicios en el amor son siempre de dos y que dos son las mismas bestias y los mismos domadores. La cara opuesta de Idiot Wind está en esa genuina muestra del amor-padecimiento que es You’re a big girl now:

 

(El amor es algo tan simple para citarlo en una frase / lo has sabido todo este tiempo; yo lo estoy aprendiendo ahora. / Y sé que puedo encontrarte en la habitación de algún otro / es un precio que tengo que pagar (…) Estoy fuera de mí / con este dolor que comienza y se detiene / Es como una sacacorchos en mi corazón desde que estamos separados)

 

No obstante, lo que resulta aún más significativo, además del cambio en el punto de vista es el trato de la temática. Tanto Dylan con Blood on the Tracks como Reed con Berlin ponen al descubierto la turbación del enamoramiento, en su concreción o en su desaire, penetran de lleno en el conflicto de amar, asumiendo lógicamente que amor no es nada sin conflicto. Sabiendo que Amor es aquello que rompió la Discordia. Dilucidando que allí aguarda el caos, las fisuras, los tejes-y-manejes, la sombra de un hechizo que huele a maldición, un atolondramiento de espanto y una espera de uñas desesperadamente mordidas. Virulencia y dulzura indistinguiblemente fusionadas cuando el Desamor y el Conflicto son, más que nunca, parte de este asunto de amar. El amor cuando es capaz de mutar socialmente de un paradigma a otro, del remanido y pacato dictum “la ropa sucia se lava en casa,” a la desnudez de la pugna que se adueña del amor hasta el límite de lo sórdido: “Ahora, ya mismo, puedo ajustar un guión de Ropa Sucia. ¡Ropa Sucia afuera! ¡Ahora mismo! ¡Ropa Sucia afuera!” La obra de Solari fue una suerte de continuación de estas actitudes. Continuación en el exacto sentido del término. Solari empezó allí adonde habían llegado Dylan y Reed.

 

Hacia 1996, declaraba Solari “yo nunca fui testigo de relaciones de amor muy dulces; realmente son todos unos quilombos porque es gente generalmente con mucho ajo encima, y hay dolor, hay pugnas, competencias (…) las sociedades entre las personas, vamos a hablar de hombre-mujer o esas cosas, generan todo tipo de zozobras en uno y para mí las más entretenidas son cuando alguien te toma el tiempo, tiene cierta insolencia con vos… Uno ha vivido en la bohemia con gente que esta medio marginada y generalmente las relaciones de amor son relaciones de un ajo fuerte, no son relaciones bucólicas y diáfanas y dulces (…) Sin embargo creo que eso es la sal de las relaciones, sin esas cosas no sé… pueden ser mucho más virtuosas, pero son menos entretenidas seguramente.” Ese ajo, esa emanación agria del amor, parece ser para Solari el centro del conflicto: el momento en que la insolencia acapara el vínculo y a cada golpe le corresponde uno mayor, a medida que el silencio se desentiende de toda verdad, la entumece, la inmoviliza y dispone tan solo el azoro y el adormecimiento de las pasiones, atiborrándolas de vértigo y de embelesamiento inocuo y sin sentido.

 

( -¿Dónde usás los dientes, mi amor? / – Clavados en el cuello, por hoy. / Mientras bailamos tangos fatales. / El tango que ocultamos mejor / Del que preferimos no hablar / Es el que nos tiene anarcotizados. )

 

El amor, según esta óptica, se sostiene allí donde parece haber menos amor que obsesión, embrujo, ceguera. Amor vampírico y vampirizante que aguarda “anarcotizado” y vive en el rigor de la decisión del otro y en la espera por la respuesta que uno dará, con la incorrección de la ansias, el trato teatral y acaso sigiloso de quien está sujeto a una contienda que involucra en buena medida el ardor de las vanidades (“Juegan a “primero yo” / y después a “también yo” / y a “las migas para mí” / y cierran el juego porque ya saben que el tonto nunca puede oler al Diablo, ni si caga en su nariz”) y en cuyo núcleo anida más que el desafío (“pero dos que se quieren se dicen cualquier cosa / ay, si pudiera recordar sin rencor“), lo inconexo de la incompatilidad (“pero a los ciegos no le gustan los sordos / y un corazón no se endurece por que sí“).

Pero amor también profano, ya que expone en carne viva las singularidades del erotismo (“¿Cómo puede ser que te alboroten mis placeres?”), aduciendo que debajo de muchas de nuestras almas, se escuece callada, lúgubremente, el sudor de una imaginación amordazada (“El placer es tan oscuro como el culo de un topo negro.”)

 

Una de las características más notables al resignificar el amor es que, para Solari, en el centro de enamoramiento –en esas audacias que las que uno confía para lograr el amor- no hay sapiencia ni honestidad; hay apenas sonseras, ráfagas de tontos recursos por llegar al corazón del otro. Hay intromisión y miedo por verse en esa circunstancia de amar y temer ser amado, amar y temer saber que uno es capaz de amar. Ese tonto de amor sabe que “sobrio no te puedo ni hablar / estoy perdido sin mi estupidez” y que en buena medida lo que se adueña de sí mismo llegado el momento de arremeter es el simulacro y la máscara, esa inclemente guarda de temor que se teje en uno en la seducción del corazón del otro, guarda a la que ese otro sepa restar importancia, quiera amarte más allá de la debilidad del ocultamiento.

Esa misma simulación aparece descripta brillantemente en Un Ángel para tu Soledad, simulacro de aquel solitario que parece sostener dos misiones en este mundo: pasar desapecibido y a la vez, ser encontrado. El solitario (o la idea misma de su soledad) padece el sortilegio de la sumisión y de la inmovilidad emocional que su máscara dispone (“Atado con doble cordel –el de simular- / No querés girar maniatado / Querés faulear y arremolinar…) y maniatado a él, erra cargando el peso de una suerte que está echada más allá de su poder, algún designio venido quien sabe de dónde que llegue a resolver las cosas (“Medís tu acrobacia y saltás / Tu secreto es: la suerte del principiante no puede fallar.”) El solitario, por tanto, se ennoblece en esa manía de saltar habiendo medido apenas las consecuencias: nada sabe, sólo “mide la acrobacia y salta”, y aquello que le espera parte y acaba en un acto de fe: la suerte del principiante no puede fallar. Lo único que acompaña a las pasiones, lo único que las fomenta y las hace prosperar, son estos actos empedernidamente antojadizos que entienden sólo de arrojos y de cegueras pocos fiables.

 

Tan arrebatada como la suerte del solitario al jugarse el todo por el todo en una sola mano es el signo de sus caídas. Sobre todo en estos últimos años, Solari parece haberse interesado en gran medida en esas “despedidas” que son “dolores dulces.” Despedidas que cargan con el tufo húmedo de esas ideas que nos parecen el gran plan perfecto a últimas horas de la madrugada y que por la mañana lucen perfectamente ridículas. El Zumba – personaje de Pool, Averna y Papusa y de Gualicho – acaso sea el ejemplo más paradigmático de estas huidas de arrebato. Aquellos sujetos que, como dijera alguna vez Andrés Calamaro, se van y los abandonan a la vez:

 

(“Su llave arrojó / Se fue así, sin más. / Puteando por lo bajo se marchó. / Y un killer riff / En su contestador / Dejó sonando como confesión. / Sin bullshitear a nobody, man / Una corazonada fue esta vez. / Lo puso en la ruta bye-bye, con pases de chabona y lágrimas.”)

 

(“El Zumba se colgó/ Del bondi a Finisterre / Rajando del Amor / Detrás de un beso nuevo. / Por lo que cuesta armar un full, Armar algún puto full / Y jugarlo en este paño, Dios.”)

 

Armar un full entonces, desgajar la vida en el riesgo de desordenarla completamente de una vez y para siempre: juntar algunos naipes que validen el peso de esa vida frente el precio del amor. Y que jugárselos sea una permanente pasaje en el vaivén del dolor y al placer, del placer al dolor, yéndose de casa para volver siempre a casa, allí donde tengamos una casa, allí donde “el paño” resista ese “full” que tanto nos cuesta armar en el rastro de un amor que suena a catástrofe y a conmoción permanente de los sentidos.

No hay manera de saber si este ejercicio, si esta voluntad por llegar a un amor que venga a cambiarnos la vida, porta en sí alguna suerte de recompensa. Sólo sabemos que es valiente. Que esa valentía venga la vida. Que la venganza que es vivir y la venganza que es amar y que te amen debe resistir todo vapuleo, toda corrección. “Uno no vuelve virgen del amor,” apuntó Solari alguna vez, sabiendo acaso que la promesa de la pasión es un largo tránsito de desengaños hacia lo velado, lo desconocido, hacia donde descubrimos con más sed que azoro que amar es un bautismo maldito que no puede sino ennoblecer todo lo que hacemos con su eterna huella.

 

No nos alcanza con decir –tal como lo refirió Octavio Paz- que obras como la de Solari, como la de Reed, como la de Dylan, son productos de la historia; habría que añadir que la historia es también producto de esas obras.

 

 

 M.A

 

About these ads
 

2 Responses to “Variaciones Solari 4: El amor, ese escándalo inminente”

  1. jota Ve Dice:

    Cómo me gustó esta nota! Me llevo tu dirección para volver por más! Vi que hay temas y autores fabulosos… casi casi para hacer dulce!

    Saludos!

    P.D: el amor va mutando hasta transformarse en tafiroles y martinis… o algo parecido.

  2. matias Dice:

    Me gusto mucho la nota, es genial. Felicitaciones.


Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 79 seguidores