La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Torsiones de la verdad 3: Interpelación de una lucha diciembre 15, 2009

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La pugna por la verdad

 

Escribe Calvino en Punto y aparte: “La relación entre filosofía y literatura constituye una lucha. La mirada de los filósofos atraviesa la opacidad del mundo, supera su espesor carnoso, reduce la variedad de lo existente a una telaraña de relaciones entre conceptos generales y fija las reglas del juego por las que número finito de peones que se mueven sobre un tablero de ajedrez agota un número tal vez infinito de combinaciones. Llegan los escritores, y las abstractas piezas del ajedrez, los reyes, las reinas, los caballos y las torres son sustituidas con un nombre, una forma determinada, un conjunto de atributos reales o equinos y en el lugar del tablero se extienden polvorientos campos de batalla o mares agitados; y así las reglas del juego saltan por los aires y un orden distinto del de los filósofos se va abriendo camino paulatinamente” (Calvino: p. 171).

 

Era tiempo, pues, de que alguien colocara el sustantivo preciso: el nexo entre filosofía y literatura es una lucha. Calvino tuvo el valor de hacerlo sin levantar mucha polvareda porque, claro, la palabra lucha ya suena a nuestros oídos como cualquier otra, como una flatus vocis que remite vagamente a pasado, a cítrica melancolía. La lógica posmoderna (si es que existe tal cosa sin contradecir la supuesta esencia de la posmodernidad) no incluye a la lucha entre sus conceptos rectores, o al menos la relega al plano de las luchas locales, en un diseño de la resistencia que por cierto o encarna la idea de lucha estrictamente.

 

La lucha es violenta, se da entre contradictores parejos, proporcionados per se o que se “proporcionan”, se nivelan para/en el combate. La lucha supone una desavenencia sobre un punto importante para ambas partes, y también supone un aborrecimiento mutuo que foguee la contienda. A pesar de los discursos grisáceos que nos bautizan como era, nadie puede luchar contra alguien a quien no odia. Así las cosas ¿cuál es ese punto neurálgico por el que contienden literatura y filosofía? ¿cuál es el motín por ganar? Nuevamente Calvino: “Cada una de las partes está convencida de haber dado un paso adelante en la conquista de la verdad, o al menos de una verdad, pero al mismo tiempo es consciente de que la materia prima de las construcciones propias es la misma que la de las ajenas, es decir, palabras

 

La lucha se da entonces por dos motivos; se está luchando por la verdad y se está luchando, más específica y dramáticamente, por las palabras. Pero entonces estamos ante un paradójico punto común que se da en el núcleo de la diferencia: para ambas – filosofía y literatura – el acceso a cualquier verdad está mediado por el lenguaje. Por supuesto, esto no incluye a los pensadores o poetas que han retirado cualquier mediación con la verdad o que han considerado al lenguaje con el molde de un mero nominalismo. Por supuesto, también están exceptuados de esta lista los que desdeñan cualquier pretensión de verdad, sea única o particular. Practicadas las salvedades, no parece incorrecto estimar que, efectivamente, la palabra también es objeto de la lucha: a pesar de las intenciones, pasando de ellas, tanto la literatura como la filosofía intervienen en el mundo con palabras; palabras imbricadas en la búsqueda o producción de sentido, palabras que tensan el borde de la palabra misma, el borde de la lengua. Palabras destinadas a mirar de frente el último precipicio de todos. Palabras conminadas a mirar directamente el vacío de la no-palabra, de lo indecible.

 

 

Labilidad del suelo

 

Deleuze y Guattari opinan en ¿Qué es la filosofía?: “El filósofo es el amigo del concepto, está en poder del concepto. Lo que equivale a decir que la filosofía no es un mero arte de formar, inventar o fabricar conceptos, pues los conceptos no son necesariamente formas, inventos o productos. La filosofía, con mayor rigor, es la disciplina que consiste en crear conceptos (…) crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía” (Deleuze y Guattari: p. 11). Nos sirve la cita para preguntarnos si en verdad la literatura y la filosofía se pueden trabar estrictamente en una lucha. Porque – precisemos – la lucha también exige como condición de posibilidad la existencia de una arena común en donde poder desarrollarse, un suelo de contacto y de frontera a la vez.

(Podría objetarse que ahora las luchas son con mando a distancia y misiles inteligentes; en principio parece sensato pensar en nuestro tiempo como aquel en donde el renombrado “acortamiento de las distancias” hizo innecesario en muchos sentidos el contacto humano y, por tanto, el campo que soporta ese contacto. Pero el mundo virtual tiene sus límites, no puede virtualizarlo todo: la pantallita digital desde la que se dispara y se detectan los misiles son un campo común, algo de lo que disponen las dos partes, un plano, que más allá de ser una representación, no obstante es).
 

Quiero decir: la lucha efectiva sigue requiriendo un campo común, ¿lo tienen la filosofía y la literatura en el orden del lenguaje, los conceptos, las palabras? La cita de Deleuze-Guattari delimita el terreno de un modo sutil y profundo: la filosofía no pretende inventar palabras ni tampoco revolucionar su uso sino crear conceptos. El concepto, como cualquiera sabe, excede a la palabra; el cómo lo excede – en qué sentido, con cuáles mecanismos de representación en juego – es otra cuestión. El concepto es más que la palabra, la antecede, la completa, la quebranta, la renueva. O quizás es menos, porque tan siquiera puede existir sino es por las palabras: después de todo el concepto está hecho de palabras y no puede huir de eso. En cualquier caso (sea más o sea menos) el concepto es otra cosa que la palabra. Y esto implica cierta discrepancia respecto al botín en juego para cada uno. La literatura también puede forjar conceptos, pero su estilete es la palabra, la palabra felizmente salvada de su condena semántico-sintáctica.

 

Aquí el suelo común se hace lábil, la médula de la lucha se disuelve, pero no sus nervios: hay que recordar que otra de las características de la lucha es la vaguedad en que se hunde por lo general el objeto inicial al comenzar la contienda. Tal vez la literatura y la filosofía no luchan rigurosamente por las palabras, tal vez no sepan ya por qué luchan, en el sentido en que Calvino lo refiere.

 

 

Los jirones de la verdad

 

Aunque, claro, aún queda por ajustar las cuentas respecto al asunto de la verdad. Y en este tipo de tironeo, digámoslo, nadie quiere aliviar el esfuerzo. La filosofía es más grosera en su pretensión, eso es muy cierto, más autoritaria, más prescriptiva al menos. Mas la literatura no ha cejado jamás (al menos completamente) tampoco en su reclamo. Sucede que el reclamo de la literatura es más sutil, más complejo y más llano a la vez: la literatura se instala fuera de cualquier discusión “real” sobre la “realidad”, se define ella misma como una instancia segunda de realidad – principalmente basada en la concepción moderna de la representación – para trabajar, más cómoda desde allí, la socavación del concepto de “realidad” que la filosofía, la ciencia o la religión puedan pergeñar.

 

Aún las literaturas más extremas, las vanguardias de cualquier tiempo, detrás de la carne revulsiva y del desdén por el concepto materialista o cósico de la realidad, siguen clamando (muchas veces, tantas, sin decir nada) por la posesión de la realidad. El surrealismo, por caso, en la figura de Bretón, se propuso trastornar la “realidad mundana” para mostrar a través de sus métodos, la “verdadera” realidad. Cito el Manifiesto en la definición de surrealismo: “automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, ya sea por escrito, ya sea de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento”. El subrayado es mío, pero en realidad parece que se subraya solo ¿no es cierto? Bretón se refiere al funcionamiento real del pensamiento, pero más allá de que en principio el pensamiento puede concebirse como “independiente” de la realidad material, dicha autonomía es muy tenue: el funcionamiento del pensamiento es la realidad en este contexto. Siendo de otro modo ¿qué significarían las cosas, una silla o un ventilador por caso? ¿qué significarían sin una mente que las conciba, organice e imagine? Tal vez algo mejor, tal vez – quién sabe – la imagen de Dios, pero no obstante no estaríamos hablando o escribiendo sobre ellas, no serían nada para nosotros.

 

Escribe Jürgen Habermas en Pensamiento postmetafísico: “Es propio de un texto literario no presentarse con la pretensión de documentar un acontecimiento en el mundo; y sin embargo, trata de atraer paso a paso al lector al encantamiento de un acontecer imaginario, llegando el lector a seguir los sucesos narrados como si fueran reales. También la realidad fingida tiene que ser vivida por el lector como real, pues de otro modo la novela no lograría lo que pretende” (Habermas: p. 246). Habermas se está remitiendo, claro está, a la idea de lo verosímil, tópico fundacional de la teoría literaria, el afamado “como si” que – como quedó dicho o sugerido – exime a la literatura de su candidatura a la producción de realidad. Dicho de otro modo: la literatura misma – y sus teóricos, aunque en este caso no importan tanto – en tanto institución se auto-aparta de la realidad, desiste en principio de luchar por el monopolio de la verdad.

 

Pregunto: ¿cómo no sospechar sobre esta ubicación? ¿Desde cuándo las actividades pueden ellas mismas colocarse en el sitio que les conviene? Complicando un poco el asunto: ¿Quién es, en qué consiste esa literatura – término abstracto por definición – que se determina de una u otra manera respecto a la noción de realidad – término abstracto por excelencia – según su propio parecer?

 

Para empezar a hablar de estos interrogantes – que por cierto no tienen respuesta definitiva posible, o eso me temo – hay que dar por descontados un manojo de asuntos, fundamentalmente el asunto de la realidad. Si la realidad es eso que desde Platón y, sobre todo, desde Aristóteles se nos dice que es, la posición marginal de la literatura funciona, pero el caso es que ese eso jamás fue explicado de modo convincente o en todo caso se trata de una explicación, la proporcionada por la ciencia, tan débil en todos los sentidos, tan contradicha por al ciencia misma o por el mundo. Por la negativa, si no se acepta aquel eso en que consistiría la realidad – y, vamos, ¿qué otra cosa que la desconfianza o negación de la realidad es esencialmente la literatura – el funcionamiento de la literatura, su posición, renguea, se manca.

 

No me interesa tanto la postura de Habermas al respecto (que por otro lado no hace otra cosa que reproducir una sentencia clásica) pero sí el corolario de su argumentación, que atañe también al receptor, al lector. La verosimilitud, atributo propio de la literatura, principio por el que se rige, debe transformarse en realidad para el lector si es que pretende cumplir su “cometido”. De aquí, dos cuestiones: por un lado ¿cuál es el “cometido” de la literatura? ¿Tiene alguno en verdad?. Tengo para mí que, de existir algún “cometido” medianamente general de la literatura, se orienta hacia la transformación del lector (y con él del mundo mismo, aquí está el chiste). Y en este punto, la segunda cuestión: ¿qué queda en este caso de la verosimilitud? ¿no se produce una transformación efectiva en realidad?

 

En otras palabras, en otra pregunta: ¿No está operando la literatura en el último caso en/sobre el mundo?

 

Recuerdo especialmente unas palabras del Indio Solari al respecto, en una entrevista. Decía que la música en particular y el arte en general habían cambiado su mundo y, en consecuencia, el mundo. El propio Italo Calvino, que descree de la indiferenciación entre literatura y filosofía, escribe hacia 1968: “La imagen que nosotros nos hacemos hoy del hombre no puede prescindir de la absoluta negatividad del hombre de Beckett” (Calvino: p.173). El “hombre de Beckett” – es decir, ese borroso y huidizo concepto de hombre que subyace en sus obras – alteró el concepto y la imagen de hombre que se tenía hasta él, hasta sus escritos. Calvino extiende este “poder” a otros autores como Kafka, Borges o Dostoievski, ejemplos en los que “la autoridad del escritor (…) coincide con la autoridad del pensador de más alto nivel”. Vale como epílogo el siguiente interrogante: si estos autores, sumamente escritores-de-ficción, por nadie señalados como filósofos, son capaces de transformar a las personas y al mundo (un anhelo típico de la filosofía, explícito desde Marx) ¿qué resta de la diferencia entre literatura y filosofía, entre un quehacer “artístico” o “ficcional” y uno “racional” con aspiraciones empíricas cuando no prescriptivas? Tal vez los jirones de una verdad en sentido fuerte que, más o menos referida, es el objeto de ambas. No lo sé, creo que nadie lo sabe.

 

Mejor dicho: lo que resta ¿importa?

 
  

Mome

 

 

 

 
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