Hay un poema que siempre se escribe en la boca del peligro. Un poema que atraviesa los conceptos literarios para ir directo a la zona oscura, la zona donde habita todo poema. No basta con la urgencia de evocar, hay una escritura que palpa la existencia de cerca, aunque siempre esté consciente de la imposibilidad de ir más allá de la barrera del lenguaje. Y algo de eso me sucedió cuando, por razones azarosas, me acerqué a la poesía de Malcolm Lowry.
Sabemos que los criterios para valorar una obra artística son sumamente discutibles, y más cuando se trata de una obra poética. Con el tiempo, las sensaciones que deja una lectura, los paisajes que abre, el tránsito y ritmo que recorre, parecen ser los elementos por los que criticamos cierta obra. Declaro esto tomando en cuenta que los poemas de Lowry carecen de indagaciones formales, no aspiran a una acabada exploración lingüística, no procuran modificar la estructura poética, no presumen una vanguardia ni quieren ser la épica de un tiempo determinado. Lowry, más próximo al narrador tímido, inseguro y secreto de sus novelas, no se atreve a hacer otra cosa que no sea contar su propia vida. Darle un tono de confesión, de mensaje privado, a su propia biografía.
No hay poesía cuando se vive aquí.
El sujeto del poema –similar al sujeto que encontramos en las novelas del escritor inglés- porta cierta actitud de desidia que tiene más que ver con una actitud que aligera la existencia, antes que un mecanismo de valoración personal y colectivo. No se trata, en consecuencia, de un desinterés general, sino de una estrategia ante la inminente derrota que lo persigue como si se tratara de una condena irrenunciable.
Los poemas de Lowry (aunque sería más preciso decir: los poemas de Lowry que he leído) tienen relación con una segunda oportunidad que nunca llega. Cargan los problemas de una existencia y aspiran, secretamente, a ser el retazo de consuelo que el escritor dibuja para sí. Son anotaciones de una memoria dolorosa. Intentos por registrar panorámicas de una vida que naufraga cada día, y que sólo encuentra respuestas en las imágenes de un pasado que está siempre desapareciendo, y en la bebida que por minutos es todo el futuro que se tiene.
Al igual que sus novelas, la obra poética de Lowry parece ser una versión más de ese gran texto que está siempre escribiéndose. El protagonista goza de un carácter esquivo, de una desconfianza hacia las convenciones que desemboca en una biografía atribulada. Sin embargo, es esa misma actitud la que lo dota de una lucidez poco común. Una lucidez que es también sinónimo de amargura y resignación por un mundo que impone una manera de ser, una forma de comportarse, una cadena de responsabilidades frente a las que este protagonista no está dispuesto.
El sujeto de los poemas se acerca irremediablemente al fracaso más absoluto y no hará nada para remediarlo. Hay un ritmo que da cuenta de una imposibilidad y de un mundo que va quedando atrás. Escribir es dejar ciertos rastros de ese viaje hacia el final. Por más que algunos sostengan lo contrario, Lowry no tiene miedo. La estrategia es otra: es pensar que no hay más maneras de hacerlo. El canto nostálgico no ha sido hecho para ennoblecer un mundo que se sabe viciado. Si hay un espacio de nostalgia, ésta tendrá como finalidad adornar lo que no podremos ser, lo que nunca fuimos. El desencanto es lo que nunca pasó. Lo que no va a pasar.
Hombres con abrigo azotados por el viento
Nuestras vidas no lo lamentemos
son como cigarrillos frenéticos
que en días de tormenta
los hombres encienden contra el viento
con hábil mano protectora
y después se encienden tan a fondo
como deudas que no podemos pagar
y se fuman tan deprisa a sí mismos
que uno casi no tiene tiempo de encender
una segunda vida que podría
desarrollarse más blandamente que la primera
y en definitiva no saben a nada
y por lo general se tiran.
R.S
Aunque observo que no es dominical si es periódica y, tras obviar este problema de concepto, me quedo sorprendido por la calidad (y sublimidad) del contenido.
¡Salud para los creadores/mantenedores!
este poema me ha encantado.