La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Nota al Pie: Carlos Edmundo de Ory enero 29, 2010

Filed under: Literatura española — laperiodicarevisiondominical @ 9:36 am
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Excluyente es uno de los calificativos que utiliza Jaume Pont para describir al realismo poético que tiñe las páginas de buena parte de la poesía española del siglo veinte, posterior a la generación del 27. Excluyente en tanto las antologías más celebérrimas de aquellos años, las pergeñadas por J. M. Castellet, parecieron vindicar un dogma y una prédica. No es, lógicamente, función de un antólogo demorarse tan solo en un esperado ajusticiamiento de un autor inédito u olvidado. Probablemente tampoco lo sea ajustarse meticulosamente a la rectitud de un período histórico o estético. Entiendo de igual manera que es insalvable el descontento y aun el contento que toda compilación puede producir.

En lo que a mí respecta, en materia de juicios claramente tendenciosos, prefiero las intervenciones que simulan el descuido de un olvido o bien el rechazo a causa del favoritismo que a causa de la mezquindad. Prefiero la vehemencia arisca de Harold Bloom y su apego al maniqueismo, el desprecio de Nabokov y Edmund Wilson por la literatura castellana, la omisión de Rimbaud por parte de Borges tras un ignoto Hermann Bahr; las prefiero porque no entienden necesariamente de exclusiones, sino de cierto soslayo que pueda resultarnos esclarecedor. El cinismo, muchas veces, repone más de lo que suponemos: distensiona, desacraliza, pero por sobre todas las cosas, ordena, despeja el horizonte. Muy poco de cínico y mucho de proselitista hubo en la resuelta parcialidad de José M. Castellet, antólogo de Un Cuarto de Siglo de Poesía Española y Nueve Novísimos Poetas Españoles. El mismo Borges refirió alguna vez que existían dos tipos de antologías: las hedonistas y las históricas. A Castellet no puede imputársele ninguna de las dos. Castellet, en todo caso, fue uno de tantos moralistas. A Castellet más le convino el púlpito que la arqueología literaria.

 

Uno de esas exclusiones, uno de esas especiales omisiones, fue la de Carlos Edmundo de Ory. Otras fueron más agrias aún: Juan Eduardo Cirlot, acaso junto con Lorca el poeta más insondable de la literatura española del siglo veinte. Los versos de Chicharro, los de Sernesi –quienes junto a Ory fundaron el Postismo- tampoco se antologaron. Todos poetas dignos de esa exclusión, poetas que no se fundamentaban ni en el sentimentalismo, ni en la sensiblería, ni en el marketing de la resignación y ese tufillo a canción muy bien aprendida que iría a tener y tienen aún la poesía llamada de la experiencia. Todos poetas que no se escondían detrás de esa especie de máxima de la senectud juvenil que supo llamarse la otra sentimentalidad.

 

Describo estas circunstancias porque entiendo que las elecciones de Castellet se fundaron en guarecernos de la peligrosidad que puede y debe tener la literatura, y aun porque con hombres como Ory, como el mismo Cirlot en la sombra, parece mentira que la música del castellano fue alguna vez la música de los retruécanos de Aleixandre, de la nocturnidad de Quevedo.

 

Al primer Ory, al Ory de hasta principios de los años setenta, pueden reconocérsele, entre otras virtudes, la de haber sabido deparar imponderables. En cierto medida, Ory, como pocos otros poetas, concibió una poética que avanza a puro impacto, a fuerza de sutiles exabruptos; no se mueve en el registro profético de estallidos de la modernísima voz de Allen Ginsberg, ni se agota en la inefable espesura de Paul Celan, sino que pauta la síncopa y el contrasentido, acude al desmedro para naturalizarlo. En algún sentido, el terreno de Ory es el de lo fantástico: despierta lo inusitado al armonizar lo irreconciliable. No encuentra lo fantástico, lo ocasiona. Su extraña erudición, que mixtura la imaginería medieval y la hinduista, el pulso astral de los primeros beats, la impronta soluble de la surrealidad, la alemania romántica, los bestiarios de Darío y Vallejo y cierto panteismo crepuscular, corrobora no sólo afinidades formales sino de contenido. Ory es tan culto como Robert Lowell, pero no zozobra al aburrimiento; es tan lírico como Aragon, pero sin su edulcorada tibieza; saltea los caminos a fuerza de equívocos ya que sabe de un sutil uso de la palabra: es de esos extraños poetas a los que ninguna palabra les está vedada, que saben que hay también una armonía de asperezas y disonancias.

“La poesía no tiene nada que ver con la literatura,” declaró alguna vez, y verificarlo en sus versos no es del todo improbable. Cada sintagma de Ory es un desenlace en sí mismo, sin origen, sin punto de partida; todo acaba a cada momento porque nunca empieza; todo reclama ser, tal como refirió Mallarmé, un nudo rítmico. Ory puede vanagloriarse de ser autor de un brusco hachazo y de las virtudes de esa brusquedad en viaje directo a la mente del lector.

 

Acaso ésa sea una de las funciones que mejor haya abrevado en su poética; acaso esa cercanía a lo epifánico, o más concretamente, a la capacidad de lograr auténticas epifanías verbales, sostenga buena parte de su obra: suspender la fluidez de un poema instalando el tropiezo, elegir la palabra que sea subversiva frente a las demás, para darle una vida enteramente nueva al poema y fundar un nuevo ritmo, una nueva fluidez, un recorrido de irrupciones constantes. Escribe en “Manluvio”

 

Maníaco admirable y aplicado /el trabajo (magia)/de escribir/La magia (trabajo)/ del poeta/ Héroe de la palabra/ Idea fija armonizada/ Esconde tus facultades como úlceras/ Hermetismo de las metáforas/ Discurso turbulento y árido/ para gentes no sutiles/ Ni sutiles ni suaves/ Las gentes que/ ignoran el poder euménico/o su antífrasis la voluntad/ del poeta maníaco/ de su destino

 

Para Ory -supe entender- un verso puede ser bueno o malo, pero un verso no es nada, si no es revelador.

 

Al igual que su coetáneo Cirlot, se interesó en las ciencias ocultas. Fue un bello poeta brujo. Un poeta alquimista. Un poeta que tuvo muy en claro que proferir una maldición y un verso son fenómenos cercanos: comparten la modificación de un objeto y además, las consecuencias de esa modificación. Quien altera el mundo asiste a un exorcidio personal; quien expone ese exorcidio con extraña belleza es algo así como un pequeño Dios, como aquel que vislumbró Huidobro.

 

Del siguiente cuarteto los tres primeros versos son testimoniales; el cuarto es inefable.

 

Mi boca es una llaga ya
Mi trabajo es silencio
La noche y yo dormimos juntos
Y no dormimos nunca

 

 Gatidano, exiliado en Francia, en el Perú y en su propia imaginación, agitador inconverso, serpiente a la que nunca hicieron bastón, en Solo de Poemas Solos, recopilación de Jaume Pont de los poemas que no formaron parte de ninguno de sus libros en concreto, se adivina al mejor Ory, el de todos los períodos, el de toda una vida, el que crea nuevos espacios en la memoria.

 

 

M.A

 

 

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