La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

John Ashbery y el ocaso de las rotulaciones febrero 28, 2010

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“¿Has comenzado a estar en el contexto en que sientes
ahora que el peligro ha desaparecido
?”
John Ashbery (Tarde de campo)

Triste parábola dominguera

 

Una tarde cualquiera de domingo – recuerdo que hacía calor y que los pájaros, por alguna misteriosa razón, eran sus festejantes – andaba yo por un parque de Buenos Aires, perdiendo el tiempo supongo, pensando en nada, cuando presencié una escena fútil y determinante a la vez. Varios niños (morochos, rubios, hasta había un pelirrojo) perseguían algunas mariposas en un recodo del inmenso parque con improvisadas trampas confeccionadas con papel de diario, tronquitos y mucho apuro.
No las perseguían con un odio decidido, tal como se persigue a una rata para despanzurrarla o a una cucaracha con el spray venenoso en la mano; lo de estos chicos (no más de 10 años en promedio) era de otro calibre, algo así como un acoso delicado, piadoso. Se notaba que tenían planes para esas mariposas, y también se deducía que, fueran cuales fueran esos planes, las necesitaban vivas.
Admito que me enfadan esas escenas; podrán ser “naturales” en algún sentido pero me enfadan. El hombre, aún cuando “menos” hombre es (hablamos de la tierna infancia), gusta de divertirse con el resto de las especies. Esto no es tan malo si consideramos que con la adultez lo asaltan las ganas de divertirse con la propia especie, pero de todos modos me molesta. Aunque no tanto como las ancianas lenguaraces. Precisamente un ejemplar de esa especie abordó a los niños para explicarles (en su insufrible tono) qué podían hacer con las mariposas en caso de atraparlas: les habló de los colores, de cierta variedad regular que podían encontrar en sus manchitas, del tamaño. Dicho de forma escueta: les enseñó una clasificación posible para las simpáticas criaturas.
Los niños, por su parte, pasaron de un simulado respeto a una decidida confusión entretanto hablaba la mujer. Más allá del aburrimiento a causa de las “sabias” palabras de la señora (¿quién no podría aburrirse?), noté en sus expresiones la desazón por lo que podríamos llamar el “conocimiento utilitario”. Digo: ellos no querían saber tanto, las palabras de la mujer colmaron de objetivos y razones plausibles su soleada persecución. Tal vez los planes que tenían para las mariposas no eran otros que soltarlas luego de la captura, al estilo de ciertos pescadores caritativos; o quizás querían matarlas horriblemente con alfileres, fuego y todo lo demás. No lo sé, pero en cualquier caso estoy convencido de que sus intenciones originales no eran las de rotular los bichitos con categorías antojadizas.

 

Todo esto porque ¿saben qué?: los niños, agresivos e inmotivados, me hicieron recordar al mundo en su caza de las almas poetas, tantas veces por mera diversión; la señora, reflexiva y clasificadora, algo resentida me atrevería a decir no por ningún rasgo que pueda explicitar, me hizo recordar a ciertos críticos literarios en su otra caza de las almas poetas, ejecutada tantas veces también por mera diversión, aunque también por comodidad, resentimiento o un puñado de billetes.

 

Ahora sí: todo esto porque intento escribir sobre John Ashbery (acaso el más grande poeta vivo, aunque el título ya resulte de por sí una tontera) y el propio intento proyecta la imposibilidad de definir a un poeta genuino sin mentir sobre su obra o – en el mejor de los casos – simplificarla. Quiero decir, continuando con la analogía: abordar la obra de un poeta como Ashbery nos coloca irremediablemente en la posición de los niños perseguidores o de la anciana pragmática. En efecto, las páginas que siguen, sean lo que lleguen a ser, no consistirán en otra cosa más que en la maltrecha tentativa de evitar ambos papeles.

 

 

Recuento de etiquetas

 

De modo que, veamos: líder junto a O’Hara del grupo New York Poets, romántico tardío, heredero de cierto simbolismo licuado por la obra de Yeats, claro sucesor de Eliot en sus poemas más extensos y conceptuales, contemporáneo del estallido Beatnik, poeta metafísico, el Friedrich Hölderlin de nuestros días…podría continuar algunos renglones así. No puedo dar cuenta de que tamaños calificativos encuentren fundamento en los poemas de Ashbery, por el momento me estoy limitando únicamente a citar algunas de las filiaciones que se le endilgan; insisto: no puedo escribir nada con sentido definitivo de la obra de Ashbery. No puedo ni quiero.

 

Ashbery se aleja y se acerca del foco de atención, su poesía es como una oruga epiléptica; quiero decir: ¿quién podría percibir el temblor en una oruga? ¿Quién se negaría a jurar que el desafortunado bicho no se está moviendo? Vivir más de 80 años es un asunto de ética dudosa en cualquier caso, pero en un poeta puede parecer una broma de mal gusto. El primer libro de Ashbery apareció en el año 1956, estamos hablando de una trayectoria poética de más de 50 años…por el amor de cualquier dios ¿qué es lo que puede mantenerse indemne en un hombre (y en la poesía) durante 50 años? Nuestras (desgarradoras) ansias de identidad nos obligan por lo general a buscar es “qué” y, tristemente, a encontrarlo, aún al precio del invento descarado. La estabilidad, la permanencia, la fijeza suele ganar la contienda; buscamos desesperadamente una “esencia” que definir y en el caso de Ashbery, pese a la andanada de calificativos que se le pegan, también suele hablarse – justo allí, algunas palabritas después del despliegue de esos calificativos – de un supuesto estilo que subyace a toda su obra, o de ciertos semblantes comunes que los poemas de su producción mostrarían a quien quisiera detectarlos. Es necesaria siempre una instancia “conciliatoria” que venga a juntar los trozos desperdigados por el tiempo y la libertad, a darles una forma presentable para el “baile literario” que tan bien conocemos. Pues yo digo que en este caso, más que en muchos otros, la intentona es baldía e incluso nociva para la apreciación del poeta.

 

Ciertamente, es necesario decirlo, para con los poetas contemporáneos el trato no acostumbra a ser tan indulgente como con los artistas de otros tiempos, aquellos que precisamente se muestran hoy como sin-tiempo. Por hablar de algunos: un Shelley se nos cae de las manos, es delicado, frágil, puede encastrar cualquier palabra con cualquier otra y nosotros no veremos en dicho encastre otra cosa que maravilla. Sencillamente porque todo lo que venga de Shelley será una maravilla, más allá de que (quizás sobre mencionarlo) por lo general nadie leyó la maravilla entera o al menos buena parte de ella. No se discute demasiado su ética ni sus posturas políticas, no se juzga prematuramente su “evolución” o su “decadencia”, no se lo compara infinitamente consigo mismo, con su pasado, con sus obras más perfectas. Practico esta pequeña digresión porque considero que en cualquier abordaje potencial que se intente, los contemporáneos (máxime si son poetas, ese satélite tan alejado del hipersuperultramercado) corren con el caballo más flaco. ¿Por qué? Oh no amigos, jamás fui bueno para las respuestas…para el caso será por algo así como un “resentimiento epocal” basado en que Ashbery no es Shelley. Otra pregunta: ¿tan seguros estamos de eso? ¿Tan confiados en que el bronce hace rato se agotó por una suerte de pase mágico y negro? ¿Por qué no saltar una vez sobre esa melancolía colectiva para dispensar un trato más benévolo a los genios (o lo que diablos sean) de hoy? ¿Por qué al menos no lo hacemos para evitar el escarnio propio de andar buscando moldes, nombres y objeciones para todo?

 

El propio Ashbery en uno de sus poemas más reconocidos, ¿Qué es la poesía?, plantea la misma cuestión – la de la indeterminación de la poesía y los poetas – mediante otra vía:

 

“¿La ciudad medieval, en un friso
de niños exploradores de Nagoya? ¿La nieve

 

que llegó cuando quisimos que nevara?
¿Imágenes bellas? ¿que intenten eludir

las Ideas, como en este poema? ¿Y volvemos
a ellas como a un esposa, abandonando

 

 a la amante que deseamos? Ellas
tendrán que creer en esto

 

tal como nosotros lo hacemos.
Todo pensamiento se rastrilló.

 

Lo que quedó era como un sembrado.
Cierra los ojos, lo sentirás a millas de distancia.

 

Ahora ábrelos a la estrecha senda vertical.
Debería darnos ¿qué? ¿Tan solo algunas flores?”

 

Dos cuestiones me interesan al respecto: en primer lugar la obvia y esencial (in)definición que Ashbery ejecuta sobre la poesía, que a los efectos de este escrito hace las veces de prueba concluyente, prácticamente una confesión de partes. Pero por otro lado creo valiosa la minúscula “teoría” que el poeta (en y desde la poesía) esboza sobre el pensamiento vacío.
La cultura occidental ataca el pensamiento humano mediante un proceso de sustracción que lo convierte en un páramo, un desierto. Es en esa arena en donde la poesía cobra su valor y lo pierde a la vez; allí, en el desierto del pensamiento, la poesía debe luchar.

 

 

Un héroe de nuestro tiempo: la banalidad y el torrente escabroso de la conciencia escrita

 

Tu historia de amor, ¿qué es
sino una tempestad en una tetera

John Ashbery (Naturaleza muerta con extraño)

 

Cuando más arriba, en este mismo escrito, se insinuaba el descontento con el trato a Ashbery habida cuenta su contemporaneidad no se quiso de ningún modo sugerir algún desaire del poeta para con su tiempo, verbigracia: nuestro tiempo. Muy por el contrario, Ashbery es un poeta de nuestro tiempo, de nuestro enrevesado tiempo que se viene gestando – en silencio y a los gritos, con agua y con fuego –, de alguna manera, desde el fin de la Segunda Guerra. Incluso no es descabellado pensar en Ashbery como el poeta más despiadado de la banalidad en que el mundo devino.

 

Escribe en su maravilloso poema de 1970 titulado La prueba:

 

“Es el vacío que sucede a la alegría, y Cada hombre debe partir
hacia la noche solitaria, pues su destino
es regresar sin frutos de la levedad
que el tiempo fugaz evoca
(…)
Mira la suciedad que has provocado,
ve lo que has hecho”

 

El hombre, ya perfilado como desobra* de la modernidad exasperada, no tiene otro destino que la noche, la noche que es de todos y no obstante de cada uno en su aislamiento. Al hombre, enterrado hasta el cuello en la porquería inodora de la banalidad, no le queda otro sitio que la noche, esa noche profunda e infinita que descansa los restos relucientes y vanos del día. De Hotel Lautréamont: “Sólo la noche sabe; el secreto está a salvo con ella / La gente por lo tanto sabía qué quería y cómo obtenerlo

 

Muchos podrían ser elegidos antes que nosotros / pero cada uno debe vivir su propio tiempo” escribe lacónicamente en Años de indiscreción, entre su poesía setentista. La indiferencia que zurce la frase permite la sospecha tanto de una indolencia propia de la banalidad regente como de una culpa apenas culpable, eximida por el destino mismo de la humanidad. Somos los que somos – parece decir Ashbery – y más allá de cualquier pataleo estamos al mando, apoltronados en la cabina y abandonados por el radar que debería conectarnos a la divina torre de control. Somos los que somos, viviendo en el modo de la “caída” heideggeriana, en estado de yecto, hechizados por la cotidianidad automática e impersonal…sólo la noche puede mediante sus implacables estiletazos despertarnos a ese factum. Si es que puede.

 

Si es que puede, porque la banalidad como concepción neurálgica de la vida en comunidad despliega sus tentáculos sin remedio ni zozobra; es el tedio su alimento y su truco, un tedio que se produce en la exasperación del esparcimiento y el espectáculo. En su poema En cuanto se arregle Ashbery alcanza lo explícito:

 

“Apenas tolerados, viviendo en los márgenes
de nuestra sociedad tecnológica, teniendo que ser siempre rescatados,
casi al borde de la destrucción, como heroínas en Orlando Furioso,
justo antes de que llegara el momento de empezar todo de nuevo.
(…)
Estos, pues, son algunos de los riesgos que implicaba el juego
y aunque sabíamos que el juego era riesgoso y nada más
no dejó de ser choqueante cuando, casi un cuarto de siglo más tarde,
entendimos por primera vez claramente las reglas.
los jugadores eran ellos, y nosotros, que tanto habíamos luchado
en el juego
éramos sólo los espectadores
(…)
Y ya ves, ambos estábamos en lo correcto, aunque nada
haya llegado en cierto modo a nada; los avatares
de nuestra consecuencia con las reglas y vivir
alrededor del hogar han hecho de nosotros – a ver, por así decirlo,
buenos ciudadanos

 

La marginalidad inicial, originaria podríamos decir, la postura y la convicción de vivir en los límites de un mundo que apenas se soporta, un mundo expansivo que a fuerza de cables e inventos incesantes se constituye como una catastrófica trampa. El gran monstruo moderno sabe tragarse a los insurrectos sin siquiera eructar para no levantar sospechas. La arena deviene escenario, las paredes estadios y el mundo un juego, un juego monumental en su manera de darse y (esta parece ser la parte más agria del estofado) ajeno, nefastamente ajeno. Los que juegan, los que aún sumidos en el juego al menos despuntan el placer de jugar, siempre son los otros. Y Ashbery parece saber de forma tan sencilla como lapidaria cuál es la única conducta humana posible ante el descubrimiento de las reglas: hay que volver a casa, levantarse flemáticamente de la butaca y volver en silencio, con la cabeza clavada en el suelo, al hogar. Es decir: a las instituciones, a las costumbres aborrecidas, al tedio de la corrección. La banalidad lo invade todo, tiene mil versiones (¿qué más le puede dar una que otra?) y todas son ejecutadas con frialdad y eficacia. Los hombres saben del frío quirúrgico de esa certeza pero ¿qué pueden hacer por ello?

 

El caso es que, sea del grado que sea la impotencia del hombre – considerado este como entidad individual limitada por el transcurso del tiempo y por sus condiciones físicas – ocurre que tiene una conciencia permanente y pertinaz en su parloteo. O en sus silencios. Más allá de la enorme gama de nociones que representa el término “conciencia”, entendamos por ella esa presencia indescifrable como detrás de la nuca que nos hace acordar de nosotros mismos en cada despertar, que incluso permite hablar de algún “nosotros mismos” signifique lo que signifique la autoidentidad, exista o no. Y la conciencia fluye, claro que fluye. Qué no hemos escuchado sobre el asunto, desde Bergson, Bretón o Joyce qué no hemos leído. La modernidad con su abanico de innovaciones y estímulos enloqueció a la conciencia humana, la sometió a la velocidad, le puso nombre al río de impresiones temporales y atemporales que la conforman.

 

Con todo, ese flujo tiene muchas maneras de fluir; no podía ser de otra manera, casi tantos como seres humanos hubo y habrá. Y por cierto tiene también un tinte epocal: Ashbery utiliza el fluir de la conciencia al nivel de la escritura (o es utilizado por dicho fluir, vaya uno a saber) de una manera diferente a como podía utilizarlo Aragón, por nombrar a alguien, o Marcel Proust o William Faulkner. El abrupto torrente practicado por Ashbery, especialmente el estilado después de los ’70, remite menos a una libertad asociativa de la conciencia trascendental que a una tara de la percepción y de los sentimientos humanos causada por la destemplanza, la exasperación de la “realidad”. El gesto (claramente heredado de Eliot en lo formal) oficia como correlación de un mundo disuelto en su propio vértigo, un mundo que ha quedado anonadado de repente ante todo lo que existe, que siquiera puede hallar los objetos (concretos o imaginarios) causantes de su psicosis. Escribe Ashbery en Un poema adicional:

 

“¿Cuándo entonces la esperanza y el miedo sus objetos encontrarán?
(…)
Pero la noche es culpable. Sabías que la sombra
En el baúl era delirante
Pero mientras más hambre tienes, olvidas.”

 

El hambre y el olvido. Tal vez sea ese el mejor título para la película de nuestras décadas.

 

 

 Mome

 

* El término es de Maurice Blanchot y refiere al proceso de desgobierno por parte del sujeto en la escritura; escritura que en una maniobra fulminante en verdad crea al que escribe. Me permito extender el alcance de este neologismo al modo en cómo el hombre moderno, lejos de controlar su “producto” fue (re)creado por él.


 

Tumberitos en Tacuarentown febrero 25, 2010

 

Cuando un hombre empieza a trabajar en sí mismo, todo le habla
Néstor Sánchez

 

Recuerdo una entrevista en algún suplemento cultural, las páginas dobladas desprolijamente, ajadas y amarillentas por el paso del tiempo. El inmémoro que habita en mí no remeda más detalles. Debe haber quedado en algún lado. El título era “Sí, es un disco yonqui, ¡pero es ficción, boludos!” y la declaración era de Andrés Calamaro. No recuerdo de quién la elección de aquel titular. Pero negar su atractivo parece una necedad.

 

En esas páginas se reportaban los sucesos de ese país imaginario de los que están cerca o apenas lejos de los cuarenta años: Tacuarentown, un país de jóvenes vejetes de oxidado arsenal, una dulce tristeza negra y la idea de que ese segundo que es el presente es lo único verificable y lo único válido. Todo aquel que emigraba a Tacuarentown tenía sangre pedregosa en las venas y la sentía correr a una irreprimible velocidad. Desde esa velocidad se quería decir algo. Lo que se decía siempre era urgente.

 

Afuera, detrás de las persianas cerradas al sol, retumbaba otro derrumbe y otro país demasiado parecido al de adentro. Todo corría a la misma velocidad, todo se mezclaba. Lo más probable es que todo se tratara de lo mismo, que la presura interior confluyera en la de afuera. A esa velocidad dos países se convertían en uno, pero sólo uno de ellos cobraba forma de disco, El Salmón, repertorio quíntuple de la República Tacuarentown, exilio de unos cuantos desamparados que decían tener el gobierno del aire.

 

Lo extraño fue que ese gobierno no fue depuesto fácilmente. Las grabaciones se volvían cada vez más anárquicas, pero también más precisas y punzantes. Todo cobraba dimensión de Cara B, cada abismo revelaba uno más próximo y más certero, pero por sobre todas las cosas, con mucho más que decir. Y esa fue la palabra que tuvo que escucharse: decir, o bien, tener, necesitar, querer decir. Expresarse. Probablemente desde aquel frenético De Nada Sirve de Moris, desde la taciturnia porteña farmacológica de Javier Martínez, desde esa madrugada última que acarició Spinetta en los primeros discos de Invisible, no se había logrado nada igual en Argentina. Y el amor amargo y las cuentas pendientes con lo que es y debe ser la vida que sobrevolaban aquel quíntuple, trocaban en un pulso aguerrido y mordaz, de pocas pulgas, de libertad sin límite en esta nueva aventura.

 

Hubo un giro violento. Lo que se decía ya no iría a tener formato: se regalaría, se lo entregaría sin más porque había sido concebido de esa manera, con el fin de que una vez pronunciado, fuera escuchado. Y así fue. El material que produjo Andrés Calamaro en Tacuarentown luego de El Salmón no tuvo ni título ni orden jerárquico. Estaba ahí, al alcance de todos, y desperdigado por su propia casa. Sólo el vértigo lo describe, sólo la violencia de la propia humanidad cuando se deja entrever que una obra puede animarse a extensiones insospechadas. Tal como declaró Paul Valéry en sus Cahiers: “una obra de arte digna del artista sería aquella cuya ejecución fuera también una obra de arte – por la delicadeza y la profundidad de las dudas – el entusiasmo bien medido, y rematando casi la tarea con maestría en el desarrollo de las operaciones – Eso es inhumano.”

 

El gobierno del aire de quienes habitaban Tacuarentown devenía imagen en la obra y la obra, imagen de su origen. Es acaso soberbio creerse tan veraz como para afirmar cuál de las dos apuestas es más profunda. Las dos reclamaban en quien se atrevía a la escucha de esos registros esa imagen doble: la que la obra proyecta y la de su proceso de ejecución. En cada sonido, en cada falsete, pero sobre todo, en la original utilización de material precario de grabación (bajos hiper saturados, baterías sucias de teclado o de máquinas de ritmos, guitarras que se empecinan en enunciados tan elementales como demoledores) y en la misma voluntad cíclica de no sólo escribir música, sino de dar dentro de esa misma música las claves para su composición (“al cuaderno donde escribo yo / se le acabaron los renglones / ahí escribí alguna canción buena / las otras son buenas canciones (…) Si versa sobre la realidad / entonces no hay verso que valga / solamente cabe la verdad: una frase dulce y la otra, amarga (…) Si escribo para olvidar va a ser para llorar / entonces mejor no escribo nada. / Sólo la letra es sagrada porque si no hay, no puedo cantar”) se adivina la génesis de una zona extra-musical, metaficcional, en donde un autor puede jugar con todo tipo de variaciones de sí mismo. Es el compositor, el intérprete, el escucha y el crítico. Es, además, quien tiene la facultad de hacernos verlo todo como un juego que aprendió a jugar en la marcha, como si no hubiese reparado en que estaba jugándolo.

 

El fumador –escribió Jean Cocteau en Opium- llega a ser una obra maestra. Una obra maestra indiscutible. Obra maestra perfecta, porque es fugitiva, sin forma y sin jueces. Por más individualista, solitaria, reservada, aristocrática, lujosa, monstruosa que sea la obra maestra, no por eso es menos social, capaz de afectar al prójimo, de emocionarle, de enriquecer espiritual y materialmente a la masa. Pero en el hedonista el deseo de expresarse, de relacionarse con los demás desaparece. No quiere hacer obras maestras, quiere convertirse él en una, la más desconocida, la más egoísta.”
 

Se dice que no existen dos infiernos iguales. Probablemente sea cierto. También fue Cocteau quien, cuando le preguntaron qué salvaría de su casa si de pronto ardiera en llamas, respondió simplemente: “El fuego.” Que el fuego es siempre el mismo fuego también es cierto.

 

Lógicamente, pasados los años, los rumores sobre aquellos días son innumerables: el claustro eterno, las arenas movedizas de un submundo de sombras y luces intermitentes, el epicureismo de una vida y una imaginación sedienta, incursiones furtivas a la villa del Bajo Flores, alguna aparición en televisión en que se mencionaba entre dientes que Beethoven creía que la música es el lenguaje del alma y que el alma debe dar un paso al frente cuando el lenguaje debe ser reformulado cada nueva jornada. Una numeración como ésta no remeda la idea de que cierta clandestinidad parecía ser lo único preciado. También pudo escucharse algún axioma febril: nada que no se acabe nunca puede ser malo. No había demasiadas noticias porque ellas corrían por dentro. Tal como se avisaba en aquel dictum radial de los años 50’s, “si no te gustan las noticias, hay que inventar otras nuevas,” en esos días, entiendo, debió surgir una preocupación por otros encierros, otros claustros, acaso mucho más acuciantes, pero que en carne propia se vivían de manera similar.

 

Acaso el tango haya sido el primer género musical del siglo XX que retrató con fidelidad a los reos y acaso porque su mundo habitaba en muchos casos al límite de la coerción social. También se corrobora en muchos blues del delta del Mississipi. También en algún registro de Tom Waits. Daniel Melingo y el Indio Solari supieron a su vez relatar el horror de los presidios. Los reos y ese mundo que, puertas adentro, forja sus propios mandatos, sus propios códigos, instituye una ley sin otra institución más que el honor y el deber de tener que cumplirla. El honor y esos reos que no pueden más que aferrarse al recuerdo de una vida de la que, puertas afuera, ya nada saben. Ciertas consignas, cierto lenguaje carcelario domina buena parte de la lírica de lo ejecutado en el Tacuarentown posterior a El Salmón. Andrés Calamaro buscaba y encontraba precipicios como los que se abrían a sus pies. Y en buena medida volvía a atreverse a describirlos desde un óptica múltiple. Se convertía en visitante y personaje de esa otra escena, tan parecida a la que Tacuarentown exigía dentro de sus fronteras, fruto de la experiencia personal, la empatía y ese extraño dolor que nos busca allí donde vemos que seres tan distantes a nosotros nos reclaman más que ninguna otra cosa. Se escucha en La Visita,

 

El ingreso es muy lento / te hacen tocar el piano / cachean todo tu cuerpo / te revisan las zapatillas / te hacen bajar los lienzos y también los calzoncillos / revisan los paquetes / y con requisada terminada, me mandaron a un pasillo tan largo como frío/ antesala del infierno / me pidieron las tarjetas y los pases que me dieron / pasé por el corredor, llegué a una reja / pasé y la cerraron / otra reja, pasé y la cerraron / otro pasillo con paredes agonizantes y grises / llenas de consejos furtivos y condenados

 

Ese camino ad infinitum que dispone la prisión, donde una reja se cierra detrás de otra y de otra, esa visión caleidoscópica del inframundo y del alma del hombre, abreva luego en visiones del horror, ese horror tan sentido como compartido: horror de quienes intrépidamente aún pueden brillar en el infierno, de todos aquellos que en las sombras se emplean en la audacia, la lucidez, la honestidad.

 

Algunas de esas visiones son crónicas de los vaivenes de la suerte

 

“¿Cómo se llamaba el gallego que venía por tráfico de Carabanchel en vuelo directo a Devoto? (…) Cayó por un documento / y aprendió que adentro lo ayudan y afuera nadie lo espera, / como pasa casi siempre. / Tenía una sola campera y jugaba bien al ajedrez/ con piezas hechas de papel y migas de pan

 

otras retratos de esa sagacidad trapera-deambulante muchas veces conocida como picardía

 

A la mañana estudiaba para Boga / y por la tarde lo veías caminando / de punta a punta el pabellón, siempre acompañado, / casi siempre con el Huevo, / hablando de sus cosas. / Donde a nadie se le dice “Señor,” / ni se dan los “Buenos Días,” / cambiaba de color el pelo como un camaleón / y tenía bigote-cerradura, / la inteligencia pura, / ¡era el Bocho de la Zurda!”

 

pero todas convergen en la vigencia de esa suerte de pacto tácito que aúna a todos los reos, que les hace ser las mismas almas entre rejas en todo el mundo, amparadas por las mismas tristezas, sujetas por sobre todo a una misma y única condena: vivir más allá del margen del visto bueno social, ese que puede modificarse tantas veces como sean necesarias en función de que la desigualdad impere, abra una brecha insondable entre quienes han podido pagar su precio de vivir en sociedad y quienes no,

 

En el quinto estaba la Ranchada de los Paraguayos, mezcla rara de ratas, tráfico, caño y bagayos (…) Buena gente de pipa / justa, sonriente y callada/ que aunque estén pagando mucho, siempre comparten su poco (…) No se aguanta estar adentro. Algunos están por nada

 

vivir tan al margen que no queden ya márgenes, sino una espesa caída interior con la que tampoco poder hacer nada excepto esperar, mirándote los pies sabiendo que ya no hay lugar al que ir, tan solo atravesar una puerta y otra puerta y otra puerta y siempre hacia adentro, hacia cada vez más adentro, tanto que ese adentro te brilla azul en los ojos y te duele casi con desprecio.

 

Alguna vez aulló Enrique Symns, “Brindo por los intrépidos que hoy están tristes, por los vagabundos que se creen perdidos, por los rebeldes que están resignados, por los seguidores que timidamente poseen el secreto. Que sigan siendo polizones ocultos entre los pliegues de la pesadilla colectiva. Que nunca los encuentren , que siempre lleguen a tiempo o que no exista el tiempo, para que puedan llegar.

 

Pero Symns nunca dijo que en ocasiones que no exista tiempo para llegar es algo tan lacerante como que el tiempo te llegue un día estando dentro, implacablemente, de una vez y para siempre.

 

 

M.A

 

 

Una historia confusa – Caio Fernando Abreu febrero 24, 2010

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Título Original: Uma história confusa
El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)
Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

 Traducción: Roberto Santander


 


Era jueves. Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano. Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.


- ¿Otra carta? –pregunté.


No respondió. Sólo hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con cuidado:


Te vi a través de las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche. Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma hora, yo estaba naciendo.


- Es bonito –me arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la adolescencia siempre es bonita.
- Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes que es él y no ella?
- Yo creo, lo siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir, algo.
- Puede ser –le dije.
- Y había otra cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado y no cansada.
- No me acuerdo –mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser inventada.
Él evitó mirarme mientras me contaba:
- Fui a preguntarle a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su ascendente debe ser Escorpión.
- ¿Ascendente?
- Es el signo que. –Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé una clase de astrología, ¿no?
- No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
- Quiere decir que él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están bien escritas, la gramática es siempre correcta.
- Es verdad –dije.- Correctísima.
Él se sentó al borde de la cama.
- No aguanto más. Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies de la cama, yo no sabía qué decir.
- Él sabe todo sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
- Estás muy agitado.
- Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos mis movimientos.
- Con amor –dije.
Él encendió un cigarro y siguió el humo hasta el techo:
- ¿Amor? No sé. Es medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
- O para que te intereses en él.
Se levantó, de improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.
- Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
- No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
- ¿Será? Hay cosas, hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades, ¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
- Eso es amor- repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
- A veces tengo ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes, sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina es de lo más común.
- Lettera 22.
- Tiró la colilla del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
- ¿Cómo sabes eso?
- Bueno, cualquiera que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
- Bonito e infernal.
- Y antiguo.
- Cartas anónimas. Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. – Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho. Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
- Tú siempre fumas más los jueves.
Él se rió.
- Ahora los miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta – Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo algo escrito para él.
- ¿Qué?
- Que tengo algo escrito para él, escondido.
- ¿Tú no le contaste nada a Martha?
- ¿Estás loco? Tú sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para escribir.

Encerrado en el escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?


- ¿Y qué haces con las cartas que escribes?
- Las guardo bajo siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí un cigarro
- Y…¿qué le dices en tus cartas?
- Le pido socorro. Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo, necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15, fofo”.
- Pero la Martha es una mujer tan…especial.
- Antes de casarse. Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no entrar en eso.
Apagué el cigarro.


- ¿Y qué más dicen las cartas?
El se apoyó en la mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde de la madera. Como acariciándola.
- Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
- O amante.
- O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.


Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
- Te hablo a ti como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo. No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco. Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido sobre la cama. Seguí escuchándolo:
- Ya tengo 34 años, no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
- 33 –le dije.
- Pues eso, tú lo sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
- ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
- Es tan extraño saber que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
- ¿Qué cosas? –pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?


Él pasó su mano por la pared blanca:
- Acostarme a su lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado. Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras, algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando? Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.

 

 

Torsiones de la verdad 5: Heidegger / Hölderlin- la repatriación del Poeta febrero 22, 2010

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“¡Ven amigo, salgamos a lo abierto! Verdad que la luz
es mezquina todavía y que el cielo nos oprime demasiado

Friedrich Hölderlin (Excursión al campo)

 

El hondo silencio necesario en el ocaso del lenguaje

 

Martin Heidegger es el más grande filósofo del siglo XX. Aún más: hablando desde el aquí-y-ahora (¿y cuando, cuando no lo hacemos?) tal vez sea el último. Después de Heidegger hay grandes, inmensos pensadores y también un grupo de profesores de la exégesis cuyas lecciones se venden bastante bien, pero no ese tipo de intelectual al que refiere el concepto más restringido de “filósofo”.
De acuerdo, se puede esgrimir: a qué diablos regirse por un concepto “restringido” de cualquier cosa que sea. Lo que ocurre en este caso es que sin aquellas particularidades rigurosas que el concepto de filósofo supone, la categoría misma puede significar cualquier cosa. Aclaro: no se trata de una cuestión de méritos; ser un “filósofo” en el sentido duro del término no representa ninguna superioridad frente a un pensador más versátil o inclasificable. No al menos para mí.
Concediendo la idiosincrasia propia del filósofo (pensamiento especulativo, argumentación maquinal, preocupación por el todo, etc.) Heidegger es el último. Cualquier “filósofo” posterior – casi sin excepción – debe algo a Heidegger, cuando no hasta el último plato de comida costeado por las arcas académicas.

 

Así las cosas, es por lo menos sugerente que el hombre haya acabado su obra – y su vida – repitiendo a quien quisiese oírlo que la única verdad podía manifestarse en la palabra poética. Quiero decir, tal vez en este punto (y en su riquísimo legado) cobre sentido aquello de “último filósofo”.

 

Se habla comúnmente de dos etapas en el pensamiento heideggeriano; la primera supone su inclemente aprendizaje con Husserl (acaso el único filósofo que podría disputarle el trono en el siglo XX, dicho sea de paso) y también su distanciamiento con el padre de la fenomenología, a quien – insidiosamente tal vez – está dedicado Ser y Tiempo, de 1927, búnker indiscutible de esta etapa inicial.
La segunda etapa es la que aquí interesa más; en ella Heidegger se desdice de muchos de sus postulados ya clásicos (aunque no de tantos ni en forma tan violenta como algunos de sus detractores mascullan) y se orienta hacia el ereignis – algo así como “acontecimiento expropiador-transpropiador” –, a la búsqueda de otra-forma-de-pensar, a la poesía como expresión de la verdad.
Podríamos avanzar sin más remilgos sobre esta segunda etapa y quedarnos en todo caso con los dos polos bien marcados de su producción. Pero existe la Khere (“vuelta” o “giro” del pensamiento de Heidegger), existe el “entre”, y ese “entre” pesa, no sólo por el morbo biográfico sino por la gravitación que el propio “entre” tiene en la filosofía heideggeriana. Se sabe: Heidegger asumió el rectorado de una Universidad en 1933, bajo el régimen nacionalsocialista y se mostró muy entusiasmado con él. También se sabe que luego se sumió en un silencio que duró varios años y cuya irradiación lo marcó hasta la muerte. Por último, se sabe también que no hay una sola conexión entre su obra y el nazismo como pseudo-doctrina.

 

¿Por qué calló Heidegger; únicamente por la vergüenza de no haber vislumbrado – justo él – en la figura de Hitler el monstruo que luego emergió? ¿O calló a causa del estupor y la desilusión? ¿Calló en todo caso porque el silencio cobraba en su pensamiento un status filosófico imprescindible? ¿O simplemente porque tenía poco y nada que decir en tanto filósofo, en tanto “último-filósofo-especulativo?

 

El silencio, como quedó insinuado, juega en la figura de Heidegger varios significados; no tiene demasiada relevancia para este escrito el silencio biográfico, el de Martin Heidegger hombre, pero sí el que se relaciona especulativamente con el decir de la filosofía y la poesía.
Gianni Vattimo en Más allá del Sujeto, recuerda las siguientes palabras de Heidegger a propósito de la obra de Hölderlin: “Un resonar de la palabra auténtica sólo puede brotar del silencio”. La palabra y el silencio, hasta allí podemos admitir la familiaridad, pero ¿qué diablos es eso de “auténtica”? ¿En dónde o en qué reside dicha autenticidad?

 

Heidegger respondería, si fuese de resumir: en la poesía, en la verdadera poesía, en la poesía de la poesía. O, más lacónicamente, respondería: en Hölderlin.

 

Existe una frase de Hölderlin* en una misiva personal en la que habla de la filosofía como un “hospital” para el “poeta fracasado” que se consideraba a sí mismo. Heidegger, de alguna manera, está invirtiendo la frase: la poesía es efectivamente para Heidegger el “hospital” de la “filosofía fracasada” que se estrelló contra el mundo de la técnica y el olvido del ser. Ahora bien: ¿por qué la poesía, por qué Hölderlin en particular?

 

La poesía tiene para Heidegger respecto a cualquiera de las demás expresiones artísticas o filosóficas una ventaja expresiva en relación con la verdad. En este punto es vital tener en cuenta que para Heidegger la verdad no es una cuestión de correspondencia entre lo que digo y la realidad (como se piensa desde Aristóteles) sino que es la aletheia, entendida como desocultamiento o “descubrimiento del ser (…) como la visión de la forma o perfil de lo que es verdaderamente, pero que se halla oculto por el velo de la apariencia”**. La poesía es la privilegiada en este caso porque, a causa de su espiritual relación con el habla, dice la verdad al decirse; porque la propia palabra poética es la verdad, la instauración de la verdad. Como dice Vázquez en el artículo citado: “el poema dice la aletheia, la verdad; no lo que se muestra y ofrece, sino el arrancar al ocultamiento, previo al mostrarse y ofrecerse de algo como algo”.

 

Pero aún nos queda el silencio, el status del silencio; ¿la palabra auténtica puede brotar de cualquier silencio? ¿O se requiere también un silencio auténtico? Y antes de eso: ¿desde “dónde” llega ese silencio, que lo produjo?

 

Escribe Váttimo al respecto, muy lúcidamente: “La palabra auténtica es la palabra inaugural, la que hace acaecer verdades, es decir, nuevas aperturas de horizontes históricos. Ella no está en relación con el silencio sólo porque lo necesite como fondo del que separarse. Hablar auténticamente, en cambio, quiere decir estar en relación con lo otros del significante, con lo otro del lenguaje: por eso Heidegger escribirá, en otra parte, que el decir auténtico no puede más que ser un callar simplemente del silencio”.
El silencio tiene el mismo peso – por decirlo de algún modo – que la palabra auténtica; y esto en una doble connotación: debe por un lado ser el abismo desde el cual la palabra inaugural se alza para nombrar y originar la verdad. Pero, por otro lado, también debe ser ese horizonte que se tiende hacia adelante y en el cual la palabra auténtica se pierde; horizonte al que Heidegger llama lo Sagrado o el Caos. Otra vez Váttimo, perspicaz siempre en los parangones: “El silencio funciona en relación con el lenguaje como la muerte en relación con la existencia”.

 

Es el silencio el principio y el fin de la palabra auténtica; silencio que sin demasiada osadía puede identificarse con el silencio filosófico de Heidegger y con el silencio pavoroso de toda una civilización, tan creída ella de sus palabras explicativas o hermenéuticas. De alguna manera el hombre occidental – ilustrado, racionalista, binario, cientificista, eminentemente calculador – calló en el período de entreguerras ante las derivas y resultas de su propio discurso. Un día observó a las palabras caer irremediablemente, desfiguradas, como quien ve caer muerto su propio cuerpo. Es el propio lenguaje el que se pasmó ante sí mismo.

 

Y allí, en ese “ocaso del lenguaje” (el término es de Vátttimo), la poesía. Allí, donde según el propio Váttimo “no hay más lenguaje, sino el continuo y siempre renovado embestir del lenguaje contra sus propios límites extremos, donde naufraga en el silencio”, allí, precisamente allí, la poesía, la palabra auténtica, la palabra que más se acerca al silencio y que de allí toma su autenticidad.

 

 

Hölderlin: los relámpagos de Dios en el nacimiento del lenguaje

 

“¡Poetas, despertad de su letargo
a todos los que duermen todavía. Dadnos leyes
y dadnos la vida, oh héroes. ¡Y venced!
Pues como Baco tenéis derecho a la victoria

Hölderlin (A nuestros grandes poetas)

 

Escribe Heidegger en El Poema, uno de sus numerosos artículos sobre la poesía de Hölderlin: “Un poeta extraño, si es que no misterioso. Existe: se llama Hölderlin (…) en la poesía de Hölderlin experimentamos poéticamente el poema”.
Heidegger considera a Hölderlin el poeta del poeta; la palabra poética auténtica, que desde ya no era el simple lenguaje sino mejor su “ocaso”, tampoco es un don repartido al azar y masivamente en el mundo. Por empezar, poetizar no es una posibilidad con que todos los períodos históricos cuenten; Heidegger lo aclara explícitamente en Poéticamente habita el hombre…: “El poetizar es la capacidad fundamental del habitar humano. Pero el hombre únicamente es capaz de poetizar según la medida en la que su esencia está apropiada a aquello que por sí mismo tiene poder sobre el hombre y que por esto necesita y pone en uso su esencia. Según la medida de esta apropiación, el poetizar es propio o impropio. Es por esto por lo que el poetizar propio no acaece en todas las épocas”. Hölderlin es uno de los faros históricos al respecto, y esta condición se da principalmente porque su poesía “está cargada con la determinación poética de poetizar la propia esencia de la poesía” según Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía.
Hölderlin hace poesía de la propia poesía y con ese gesto se aleja de cualquier habilidad retórica, de cualquier estratagema de talento lingüístico; es decir, se aleja de cualquier poeta “bueno” o incluso de los “brillantes”. Hölderlin llega a la esencia de la poesía y en ese llegar se juega su valor, su descubrimiento capital: la poesía es el habitar del hombre en el mundo, es el origen más originario, el fundamento más fundamental de la existencia humana. Escribe Hölderlin en un poema tardío:

 

Pleno de méritos, pero es poéticamente
como el hombre habita esta tierra

 

La poesía, o mejor dicho eso que arde y vuela a lo que llamamos con términos tan ridículos como “actitud poética” o “rasgo poético” o cualquier otra nadería, es la forma elemental en la que el hombre habita el mundo, el modo esencial de la vida humana. Por eso la palabra auténtica, la verdad, sólo puede ser dicha en la poesía. O aún más: el propio “decir”, el lenguaje mismo, está supeditado a la poesía. En palabras de Heidegger (en Hölderlin y la esencia de la poesía): “…se puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material ya existente, sino que la poesía misma hace posible al lenguaje”

 

He leído y escuchado teorías mucho más rigurosas y complejas sobre el origen del lenguaje. Jamás conocí una más cierta que la que Heidegger garabatea en el párrafo anterior.

 

El poeta, de este modo, sufre una clara alteración de su status, tal vez la restauración de su puesto pre-platónico. En este sentido, puede interpretarse la conducta de Heidegger respecto a la poesía como un claro “cierre” de la parábola que la filosofía, desde Platón, había realizado en su relación con la palabra poética y su pretensión de verdad. Un regreso al punto inicial, que a su vez representa el regreso del poeta a la “ciudad”, al saber, a un puesto legítimo en el descubrimiento de la verdad o – lo que es lo mismo – en la verdad como descubrimiento. Heidegger es más radical incluso: para él la poesía “no es un adorno que compaña la existencia humana, ni sólo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia” (en Hölderlin y la esencia de la poesía).
 

 

Hölderlin, en su poema Bonaparte: “Los poetas son ánforas sagradas / que guardan el vino de la vida, / el alma de los héroes

 

La poesía – la auténtica únicamente, vale insistir en esto – es la condición de posibilidad del lenguaje y el fundamento de la historia. Pero, ante tamaña responsabilidad ¿quién es el poeta? ¿Quién puede atreverse a tanto? ¿Quién es digno de ese don? Y sobre todo: ¿cuánto le cuesta ser digno de él, cuál es el precio de ese don?

 

Heidegger encuentra en Hölderlin, como ya se dijo, la respuesta a casi todas las preguntas anteriores. El momento histórico que alumbra la poesía de Hölderlin es un tiempo indigente para Heidegger (el propio Hölderlin escribe en el soberbio poema El espíritu del siglo: “Por donde se mire, todo es violencia y angustia / todo se tambalea y se desmorona“; un tiempo en que los dioses han huido y el nuevo dios, ningún nuevo dios, ha venido aún a reemplazarlos. Por eso mismo, por la indigencia y orfandad de los tiempos, la obra del poeta es imprescindible, vital, necesaria.
No es inusitado preguntarse por la utilidad de los poetas en los tiempos áridos; el poeta puede aparecer como un “lujo” en épocas desangeladas. Dicho en términos más hoscos: cuando la comida escasea para muchos o cuando las pautas morales que una sociedad tenía por ciertas se corrompen hasta la decrepitud, las palabras del poeta pueden aparecer tan groseras como un automóvil cero kilómetro, un jarrón chino o un cetro original del siglo XV a la vista de niños famélicos. Pero esta es una suposición infundada, inserta de algún modo en la misma lógica despiadada de quien hambrea o corrompe; para Heidegger (y en esto es difícil no estar de acuerdo con él), por el contrario, la indigencia del tiempo histórico es lo que enriquece al poeta, a Hölderlin en este caso, lo que lo transforma en esencial. En tiempos de indigencia el poeta está entre los atribulados dioses y el pueblo, y en ese “entre” fundamental instaura un tiempo nuevo y una verdad también nueva.

 

El poeta de este modo está comprometido en una misión sumamente compleja y decisiva, el poeta es un intermediario entre los signos de los dioses y el pueblo, y en tanto tal “está expuesto a los relámpagos de Dios”. Lo dice el propio Hölderlin en el poema Como cuando en día de fiesta…:

 

Es derecho de nosotros, los poetas,
estar en pie ante las tormentas de Dios.
con la cabeza desnuda
para apresar con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre, a él mismo.
Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos
el don celeste

 

Todos conocemos, quien más quien menos, el macabro destino de Hölderlin; se podría decir, de forma tal vez apresurada, que los relámpagos de algún Dios lo fulminaron hasta matarlo. El propio Hölderlin escribe en una carta citada por Heidegger que, le parece, Apolo lo hirió. No obstante, las líneas citadas más arriba son claras: es un “derecho” del poeta exponerse a Dios – a todos los dioses, a cualquier dios -, exponerse a su sabiduría y a su poder sin ninguna triquiñuela ni analgésico alguno. A la vez que un deber, es un “derecho” de los poetas exponerse a los dioses, sea cuál sea el precio, aunque ese precio sea la locura o el abismo eterno para el poeta en cuestión.
Dice Heidegger, siempre en el mismo ensayo, que “la excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas”. Si algo ha enseñado la filosofía medieval es que las tinieblas no son únicamente tales a partir de la oscuridad; el exceso de luz, la claridad llevada hasta su colmo tampoco dejan ver. Prueben mirar fijamente al sol y comprenderán exactamente qué estoy tratando de decir. Quizás sea ese el precio a pagar por el poeta cuando se ofrece temerariamente al relámpago divino. La recompensa – que también es grande: el lenguaje, el nuevo tiempo, la historia misma – difícilmente le llegue al poeta mismo. La recompensa para el poeta siempre es de los otros. Puede esto convertirlo en mártir o en ingenuo; el propio Hölderlin tiene la idea de que la poesía es la más “inocente” de las ocupaciones. Pero, fuera como fuese, de una cosa no se puede dudar: el poeta es la verdad del lenguaje y el lenguaje de la verdad.

El poeta es él mismo la verdad. De todos los cachetazos que se le han intentado acertar al insigne Platón, ninguno tan sonoro como este de Heidegger. Ninguno.

 

 

Mome

 

 

* Citada por Manuel Vásquez en un artículo llamado “Heidegger-Hölderlin / Filosofía-poesía”
** Ferrater Mora, “Verdad” en su Diccionario de Filosofía.

 

 

Nota al Pie: Rosamel Del Valle febrero 19, 2010

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Comparezco ante la opinión de que un libro puede ser la lectura muchos otros que hemos leido. Así la lectura de Roberto Arlt reclamó la de Dostoievski, que a su vez reclamó la de Cervantes, que a su vez reclamó la del Amadís. No es menos cierto que al leer incorporamos, más allá del destino de los personajes, aquel destino que nos conferimos a partir de ellos. Difícilmente alguien más que Joyce haya sido Stephan Dedalus; sus lectores fuimos, en mayor o menor medida, prolongaciones de su suerte. Veíamos al mundo a través de los ojos de Dedalus, pero él también miraba a través de los nuestros. Deduzco que las mejores lecturas no son aquellas que nos devuelven a la realidad tras la máscara de un personaje, sino las que potencian, a la luz de ellos, nuestro propio personaje, esa caprichosa manía de creernos algo diferente de lo que somos.

 

Más de una vez nos empecinamos en corroborar algún itinerario literario: vamos detrás de las huellas de nuestro héroe por las calles que recorrió, buscando las mujeres que amó, las zozobras que hubo de atravesar, con la latente convicción de que en ese tránsito nos aguarda alguna certeza. La única que yo he logrado es más bien difusa. Demorándome en vidas imaginarias, imaginaba la mía, la entregaba al peso incierto de una biografía siempre modificable. Buscando a quienes perseguía, acababa encontrándome a mí mismo.

 

Así puedo corroborar algunas efemérides pasajeras de los años que llevo leyendo a Rosamel del Valle. O bien puedo enumerar trozos de ellas, versiones de ellas: yo y la avenida Alberdi y los afiches despegados en algún atardecer de verano; yo y un foco de un blanco espermático en un cuarto de hotel al que nunca volví; yo y ginebra Bols cuando el frío apuraba en La Giralda los martes por la noche; yo y la viña de estío de un patio chileno; yo y esta misma tarde, la de hoy, siete de febrero de 2010.

 

En esas efemérides, en esas tentativas, no hay más que probables. Y efectivamente, lo más probable de todo acaso sea ese yo, ese probable yo. También las circunstancias. Ellas pudieron o no pudieron existir; no me creo tan veraz como para empeñarme en su argumento. Pero aún habiendo o no existido, lo que es imborrobable, lo que no se agota jamás, lo que en absoluto es probable, es la imaginería de creerlo cierto. Y aún más: la imaginería que remeda 5 segundos en la vida que podamos sostener en un solo puño, como si se tratara de tu vida lo que en ese puño late, una vida imaginaria a la que poder sentir inarrebatable. Cinco segundos a través de un poema a veces significan que a sólo unos metros te aguarda la eternidad. Eso fue lo que indicó el reloj. Eso le hizo detenerse.

 

En estos días pude enterarme de que existe un somero racconto de los traspiés de Del Valle por este mundo. Es tal vez aconsejable: primeros pasos en su Chile natal, la forja de revistas literarias de a lo sumo dos o tres esporádicos números, el arrepentimiento ante sus poemas más tempranos, viajes por Estados Unidos y por Europa más tarde, corresponsalías y algún matrimonio, un empleo en el extranjero y una obra que supera la treintena de volúmenes.

 

Rosamel Del Valle, como muchos otros poetas andinos, probablemente sean y sigan siendo poco o nada leidos fuera de Chile. Pienso en Rojas, en Teillier. También en Humberto Díaz Casanueva –a quien Del Valle dedicó un ensayo, La Violencia Creadora-, extrañísimo hombre de palabra abrupta e inconveniente. La inconveniencia, lo olvidamos con frecuencia, puede correr mansamente el gratísimo riesgo de ser poesía.

 

Del Valle no habita este mundo, sino ese otro que dispone en sus poemas. El mundo es el jardín, la víspera del paseante, la ausencia de certezas. Cada poema es una puerta y cada puerta conduce a otro poema. Del Valle perdió la llave que cerraba las puertas de aquel mundo y al verse dentro de él, lo creyó el único posible. Sus palabras suenan extemporáneas porque reclaman una época también extemporánea, una época sin época. Confinarlo en ocasiones al romanticismo es ciertamente un equívoco. Si el terror, tal como objetó Poe, no reconoce ni patrias ni épocas, la influencia en Del Valle tampoco puede circunscribirse a una escuela o un momento estético.

 

Hay una época que es un sentir, que es un clamor del ser. Del Valle no habita en él, ha nacido con él. A esa misma época pertenecieron algunos de sus admirados. Del Valle compartió con Hölderlin, Swedemborg, Blake, Ruben Dario y Leopardi una misma época ex tempore. Muchos son los hombres que, más que nacer fuera de su tiempo, lo hacen en un tiempo sin edad. Sólo se encuentran como en casa cuando dan con otros como ellos.

 

Rosamel Del Valle, como poeta, supo atravesar todos los registros. Los relatos de Las Llaves Invisibles, las confesiones de El Sol es un Pájaro, el grueso mismo de sus poemarios, todo converge en un pulso que supera la falsa víspera de un formato definible. Para él no hay más que acercamientos a la forma, instrucciones que la ponderan tan solo única e insondable, designios que conducen a nunca entender más que sus disfraces. Sus lectores pudimos leer todos sus poemas en uno solo, pudimos escribir al margen de un libro una misma anotación furtiva sin siquiera sospecharlo. Las mías parece confluir en que Del Valle escribió desde y para el hombre, ese hombre cuyo perfil corta con mansa desdicha un horizonte atardecido e impaciente. Si Miguel Hernández fue barro, conjeturo que Del Valle fue noche, la luz profética que evoca en cada tema, en cada motivo, una hora final siempre en tren de anunciarse.

 

Cualquier lector reparará en que nada remeda su lirismo, que la lectura de El Joven Olvido supone, más que una versión loable de algunos mitos y siluetas bíblicas, un clima de singular tensión, de belleza opaca y eléctrica. Así es que La Verónica toma a uno de los apóstoles como vigía y amante; así el ocaso de Narciso se adivina en el terror del cuerpo que pudo ser agua y el destino que acomete. Del Valle atraviesa lo mitológico para labrar su propio mito ( 10, 1963); se forma en la mirada de lo que es probable, de lo que sólo puede recreado una y otra vez. Pero a su vez fractura a cada paso lo visto, lo recordado, lo aprendido, dinamizando al verbo, recalando allí donde es preciso crear para creer en lo que vemos. La cita de Artaud que abre el volumen Adiós Enigma Tornasol resulta reveladora: “¿Y para qué ojos cuando todavía falta inventar lo que hay que mirar?” El raid fílmico (New York, Amsterdam, Baltimore o París) de estos últimos poemas reclama noblemente la exégesis de Lorca, de T. S Eliot.

Del Valle trae el embrujo de la ciudad a su propio embrujo: el hombre y la naturaleza aúllan a la par, neutralizan su lejanía, se fusionan para ser inapelablemente ambivalentes, extraños más que curiosos. En cierto momento el poeta se escruta:

 

Activo / En el encanto de aceitar los relojes / Selecto en el ritual / De quemar hojas con estampas de calendarios / Terriblemente tranquilo y ordenado / Para abrir y cerrar las puertas del sol o de la noche / Sereno en lustrarte las arrugas / El tú que eres yo / En fuga por vastos espejos / Vestido tú desnudo yo / Tu pecho es un pozo lunar/ Y sobre tus rodillas arden adivinaciones y enigmas / Esas imágenes me recuerdan que hay muertes jóvenes / Muertes colgadas de los cabellos del alba / Pero yo cultivé la mía / La engañé con la verdad que es lo único que engaña / Supe entretenarla con fábulas/ Con actos de prestidigitación / Resucitando en mí a la paloma y el ángel / Y no sin hacer el juego mágico / Del domador con el tigre / Engañándome / Luminosamente a mí mismo

 

Alguien lo sospechó alguna vez: todos los libros no son sino la antesala de un único libro que hemos de escribir entre todos. Del Valle decantó en los suyos todos los libros que abundan en razones para arrojarse al misterio. Si cualquier misterio se jacta de no albergar un origen, Del Valle se interpuso entre esa jactancia y la poesía. Sabía probablemente que ambas eran nítidamente similares.

 

 

M.A

 

 

John Banville: escenografía de verano febrero 17, 2010

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“Me fallan las palabras”, confiesa el protagonista de La Carta de Newton –novela del escritor irlandés John Banville-, y la sentencia, breve pero inapelable, es sólo la marca de un comienzo. Basta una renuncia, basta una pequeña desconfianza, para que el proyecto derive en otro. Inmerso en un viaje que tiene como fin aislarse para terminar la obra que lleva trabajando durante siete años, el protagonista abandona la que antes consideraba su única misión. Desciende a un pueblo y le arrienda una pequeña casa a una familia en el campo. Observa y desea a las mujeres que viven al lado. Deposita su manuscrito sobre el escritorio, sin ánimo de revisarlo, por el momento.


Miré desde el tren hacia la tímida parte de atrás de las cosas, tubos de desagüe y ventanas rotas, huertos dispersos con sus líneas corales de ropa tendida, un hombre inclinado sobre un pala.


Ya está dicho: sospechar de las grandes verdades, sospechar del lenguaje. John Banville instala su texto en esa misma tradición. El conflicto, eso sí, trasciende el rigor académico, para explorar así los supuestos pilares sobre los que se apoya la biografía del sujeto. Lo que antes era verdad, lo que antes era un proyecto irrenunciable, comienza a ser un decorado a veces falaz, insatisfactorio y, por sobre todo, insuficiente.


Es sólo que hay otro tipo de verdad que ha llegado a parecerme más urgente, aunque no sea nada para la inteligencia comparado con las elevadas verdades de la ciencia.


No quiero encontrar una simbología forzada, pero los puntos de contraste son evidentes: campo-ciudad, sabiduría popular-saber académico, aventuras amorosas-compromisos formales. Son esos los cruces donde el personaje principal va mostrando sus carencias y debilidades. La intención no es la de colocar uno de esos elementos por sobre otro. Por el contrario, lo que subyace en el texto de Banville es que al enfrentarse esas visiones, el sujeto padece un cambio.


Es mirar el otro lado, el revés, esos tubos y ventanas rotas que describe, esos sujetos quietos al borde de todo.


¿Has comprendido? Hay tantas cosas inexpresables, todas las importantes. Pasé un verano en el campo, me acosté con una mujer y creí que estaba enamorado de otra; ensoñé un drama horrible y no fui capaz de ver la vulgar tragedia que sucedía en la vida real. Preguntarás: ¿qué relación hay entre todo eso y el abandono de un libro? No lo sé, o al menos no soy capaz de explicarlo con estas palabras. Fui como un hombre que vive bajo tierra y al salir al aire le deslumbra la luz y no puede encontrar otra vez el camino de vuelta a su agujero. Vago de un lado a otro por el terreno familiar, murmurando. Estoy perdido.


La imposibilidad de concluir el libro, se enfrenta a la imposibilidad de concretar el amor. Es acá donde el rol de la escritura, como proceso, comienza a ser fundamental. La escritura se nos dibuja como refugio; refugio del “afuera”, refugio del “riesgo. Imágenes que no hacen otra cosa que indagar en el misterio. Cuando el protagonista cree haber abandonado la vida intelectual, dedicándose a una contemplación de sus sentimientos y pasiones, se ve enfrentado a una realidad adversa. Y ahí es cuando decide el retorno, aun sabiendo que lo que hace es ocultarse de un miedo.


El futuro había dejado de existir. Me dejaba llevar flotando indolente como el nadador en el Mar Muerto, acariciado todo por una sopa azul caliente de intemporalidad. Hasta volví al libro, en parte. Necesitaba algo en lo que concentrarme, un anclaje en aquel mundo a la deriva. ¿Y qué mejor soporte para el papel de amante sin esperanza que un libro grande y gordo? Sentado a mi mesa, delante de la ventana y de las lilas iluminadas por el sol, pensaba en Canon Koppernigk en Frauenburg, en Nietzsche en el Engadine, en el propio Newton, en todos aquellos héroes encumbrados y fríos que renunciaron al mundo y a la felicidad humana en pos del juego grande del intelecto. Un hermoso cuadro…pero muy poco auténtico.


Ese regreso a la escritura es también el regreso al lenguaje. La Carta de Newton dialoga directamente –y así lo deja claro en una nota final el propio autor- con uno de los textos que inaugura en el siglo XX lo que se llamaría crisis del lenguaje. Me refiero a La Carta de Lord Chandos, del austriaco Von Hofmannsthal. Ese texto busca justificar al poeta ante su retiro literario. La imposibilidad de las palabras de dar cuenta justa de lo que sucede, es motivo suficiente para callar. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede en el texto del austriaco, el protagonista de la novela de Banville no tiene más opción que escribir. Escribir consciente de la imperfección que implica toda escritura.


Cuando busco palabras para describirla no puedo encontrarlas. Esas palabras no existen. Tendrían que ser sólo formas de intención, balanceándose al borde del decir, otra versión del silencio. Cada mención que hago de ella es un fracaso.


Y la duda hacia la capacidad referencial de la escritura, alcanza también para sospechar del conocimiento científico. No es que el protagonista desconfíe de las verdades alcanzadas, lo que quiere es ver si los fines del hombre están determinados por la conquista de ese saber por sobre otros fines. La relación que mantiene con la familia que le arrienda –sus vecinos- lo convierten en un indagador de la intimidad ajena. Rompe el protocolo de la distancia, y quiere conocer el misterio que envuelve a los habitantes de esa casa. Como vemos, hay un cambio de orientación: no es la vida de Newton, es la vida del que está al lado, pegado a él, compartiendo su espacio.


No era lo exótico lo que yo buscaba, sino lo ordinario, ese enigma que es el más extraño y esquivo de todos.


En definitiva, se trata de buscar el doblez y encontrarse con, tal vez, las mismas imágenes. Y no es un fracaso, es un intento, donde la escritura y el lenguaje son las herramientas de inspección y alteridad. Las cosas rotas, las relaciones quebradas, y el texto desde un “yo” que narra el intento de transformación. Fragmentos de una temporada donde se intentó renunciar.



R.S

 

 

 

Auden y el Siglo XX: versos y versos para los años oscuros febrero 14, 2010

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“No precisamos estrellas ahora… /Apáguenlas todas / Envuelvan la luna / Desarmen el sol / Desagüen el océano y / Talen el bosque / Porque de ahora en adelante / Nada servirá”
W.H. Auden (Funeral Blues)

 

El poeta y la realidad


 

Desde el principio del principio, los poetas fueron medidos – para bien o para mal – de acuerdo a la noción de realidad. Atormentados se podría decir. Desde el preciso momento en que fue definida de alguna manera esa noción, aún de forma incorpórea como ocurre con Platón, la poesía (es decir, los poetas; mal que nos pese sin el pérfido bípedo hostil no habría poesía) fue juzgada primariamente por su relación con la realidad.


 

Se trata de un estigma o algo así.

 

 

No hablo del mero hecho de cotejar una expresión artística con la supuesta “realidad”; eso hasta cierto punto es legítimo, o tal vez entretenido para algunos. El asunto es cuando dicho cotejo gravita absolutamente sobre la actividad en cuestión. Por alguna razón los poetas no han podido nunca (o casi) desmarcarse de esa relación; sólo hay que pensar en la cantidad de obras de los más grandes poetas que no consisten en otra cosa que referencias al nexo entre poesía y mundo, en la opinión particular del poeta al respecto. A partir de esta obstinación puede sugerirse que en verdad la esencia misma de la poesía (o algo por el estilo) tiene como uno de sus pilares la relación del lenguaje con la realidad. Es admisible, desde ya, pero también evidencia que aún aquellos poetas que bregaban por la “separación” entre realidad y poesía debían hacer justamente eso, bregar, tomar partido, opinar. Dicho de otro modo: casi tan difícil como contar los granos de arena que hay en este mundo es hallar a un poeta que de una manera u otra no se pronuncie por el vínculo entre la poesía (o el arte si se quiere, o el lenguaje mismo) y la realidad.


 

Y si hablamos de realidad – fuera lo que fuera el significado de esta palabra, dando por descontado que no es eso que científicos y demás iluminados dicen que es – el siglo XX despunta de ella. En más de un sentido, el siglo XX es pura realidad. La realidad más inusitada, la más irreal, la más bruta y material. Por supuesto, es posible que nosotros, como todos los hombres, tendamos a magnificar lo contemporáneo o (mejor dicho sin dudas) lo inmediatamente pasado. ¿No hicieron lo mismo Heródoto, Marco Aurelio, Montaigne o Balzac? Y aceptado esto ¿quién está en lo “cierto”, cuál de sus voces es la legítima? Todas y ninguna, naturalmente. Aún así, considero particularmente que el siglo XX cuenta con elementos firmes para candidatearse como “Era Decisiva” o algún rótulo semejante.


 

W.H. Auden vivió casi completo ese afamado “siglo XX corto” (el término es de Hobsbawm); el que va desde la Gran Guerra del ’14 y concluye con la caída de la URSS. Es más: Auden muere en 1973, año-mojón en el referido siglo corto, año en que por la suba del barril de crudo el mundo occidental descarta sus experimentos “benefactores” y prepara nuevamente el diente para un nuevo atracón (neo)liberal. La mayoría de los intelectuales y artistas que han vivido el período señalado se han visto en la obligación de optar entre ideologías, credos y nombres propios; el mundo entero se estaba partiendo por la mitad, al menos en apariencia, y los intelectuales y creadores eran llamados sin excusas a elegir su bando públicamente.


 

Auden no labró un trayecto demasiado inusual en este sentido: coqueteó con el marxismo, rescató la figura de Freud pese a no creer demasiado en el psicoanálisis, combatió al fascismo desde su condición de poeta (y homosexual), participó en la Guerra Civil Española del lado republicano, bregó luego por la independencia del artista frente a cualquier tipo de limitación impuesta por la ideología o la política y finalmente recayó en un recogimiento religioso por demás sombrío. En efecto, la parábola de pensamiento descripta podría ser la de la mayoría de los pensadores o poetas de la época, exceptuando a aquellos que, obstinados por sus dogmas, prefirieron desangrarse o hasta ridiculizarse a sí mismos aferrados a sus puestos, ya sean stalinistas, demócratas o fascistas.


Pero, claro, no cualquiera de los hombres célebres de aquella época escribía como Auden, y lo curioso del caso es que tal vez el propio Auden se sintiera incómodo con su presente histórico. Quiero decir: un poeta del temperamento y la erudición de Auden probablemente hubiese sido más acorde con otros vientos; alguien de su sencillez personal hubiese preferido una época menos pública y alborotada. Es por esta particularidad que ciertos poemas de Auden cobran, en el itinerario revulsivo y sangriento del siglo, un valor relevante y peculiar. Como si la poesía, en el momento en que se la enjuiciaba con más vigor, hubiese poseído a un hombre para que revoleara versos y versos para los años oscuros. En este sentido, las últimas líneas de su poema seudo preguntas es muy gráfico:


 

Ni caballos salvajes me arrastrarían a un debate sobre
Arte y Sociedad: los críticos con credos,
cristianos o marxistas, deberían cerrar su bocaza,
para no decir pavadas


 

 

El (nuevo) mundo


 

A veces las fechas resultan de veras simbólicas: W.H. Auden arribó con intenciones de quedarse a los EE.UU. en 1936 y fue admitido como ciudadano en 1946. El traslado de Auden al “nuevo mundo” supone un giro en su vida y en su poética. Hay quienes aseguran que jamás volvió a escribir un poema como Funeral Blues o cualquiera de los que se recopilan en Poems, de 1930; hay otros, más cautos, que recuerdan poemas escritos en Nueva York como En homenaje a la piedra caliza, Quien más amara o El escudo de Aquiles entienden que la luz sigue tan clara como siempre, que tal vez únicamente cambió de color.


 

Más allá de cualquier juicio estético que se pueda practicar, lo que interesa en este caso es que el éxodo de Auden principia en un año central de la historia universal y que puede verse de alguna manera como cierto distanciamiento de lo que hasta allí era el centro del mundo, lo que fuerza una nueva forma de mirar. En el mismo giro (y aquí los símbolos vuelven a ser evidentes) se aleja del marxismo a causa del pacto germano-soviético, de Freud, de Oxford y toda su pompa letrada… Auden se aleja del mundo, “su” mundo, para adentrarse como peregrino oceánico en un mundo nuevo, en el que la mayoría de las cosas (las buenas y sobre todo las malas) están por hacerse, aunque ya desde un hombre devaluado, descreído de sí mismo. Escribe en La cueva de la Creación: “pero desde Stalin y Hitler ya no volveremos / a confiar en nosotros mismos: sabemos que, subjetivamente, / todo es posible”.


 

Auden era un viajero, lo atestigua no sólo este traslado sino sus estadías en Italia y Austria por ejemplo. Uno de esos hombres a los que no les gusta la rutina ni los rostros que esa rutina suele investir de suprema autoridad. Lo paradójico es que la llegada a los EE.UU., que en principio podía suponer un retiro del aquelarre moderno europeo, lo encuentra en 1946 como “ciudadano” nuevamente en el centro del mundo. Es que el (nuevo) mundo era ahora, en 1946, El mundo, al menos uno de los dos que existía. Auden estaba nuevamente en el centro de occidente, en la médula de la continuidad cultural, en las vísceras, por qué no, del nuevo desperdicio. Ignoro si Auden lamentó o festejó esa circunstancia; creo que hasta él mismo lo ignoraba.


 

El nuevo corazón de la cultura occidental, aún sin importar tanto si estaba ubicado en New York o en cualquier otro lugar, es un corazón ya herido, azorado por la inverosimilitud y algo asqueado de la mampostería de la realidad. Esta circunstancia, sin ampulosas teorías ni dogmas al respecto, igualmente influye sobre la relación entre arte y realidad. Se lee en un poema breve de sus postscriptum:


 

Los ficticios mundos atemporales
de significado manifiesto
no nos deleitarían
si el nuestro
no fuera un mundo temporal donde nada
es lo que parece


 

Supongo que hasta el mismísimo Platón hubiera podido decir algo parecido (de hecho, lo dijo), pero también estoy seguro de que en ningún otro tiempo que en el siglo XX tendrían estas palabras más sentido. Las apariencias, la “carne” de las cosas, sin ser en absoluto algo negativo para Auden, trastornan al hombre moderno y proponen la paradoja: aquello que llamamos mundos imaginarios, los mundos propuestos por el artista, que a primera vista son vistos como una huida de la realidad, en verdad son buscados en la modernidad como un tronco firme del cual sujetarse en el naufragio; es el mundo real – ese mundo que Auden ya intuye tendiente a convertirse en espectáculo – el que se disfraza y desnuda alternativamente tras las apariencias. El hombre moderno, empachado hacía ya siglos por la cientificidad y el progreso racional, está sumido, en pleno siglo XX, en un baile de máscaras – bastante infernales algunas, hay que decirlo – raudo y voraz.


 

 

La marcha del siglo


 

Después de tanta palabrería sobre el tema, de tantas voces eufóricas y autoritarias, probablemente no haya forma más genuina de conocer lo ocurrido en el mundo, es decir, la historia, que a través de los poemas de un hombre. Se dirá que es una forma de conocer sumamente subjetiva, cosa que es implacablemente cierta pero ¿qué modo de conocer no lo es? ¿O todavía hay quien crea en la leyenda científica, en una supuesta descripción impersonal o ecuánime? Aún si un Dios existiera, aún en ese caso, su forma de conocer sería subjetiva. Hasta los religiosos monoteístas deben admitirlo: si Dios creó al mundo y al hombre para algo, su visión de las cosas inevitablemente está condicionada por dicha intención.


 

En este sentido me atrevo a decir que el magnífico siglo XX, con sus luces y sus sombras, puede ser percibido de forma quizás inmejorable en los poemas de Auden. Poemas como En memoria de Sigmund Freud, Los años oscuros, No habrá paz, Alunizaje o Elegía para J.F.K pueden explicar la marcha del siglo, las conmociones y los estertores, con mayor lucidez que cualquier apunte historiográfico de los que he leído. Allí están el desdoblamiento del ego cógito, la llegada del mono a la luna, Vietnam, Hitler, Stalin. Allí, en esos poemas “ocasionales” publicados originalmente en revistas (que por cierto no son de los mejores de Auden) está la marcha del siglo, ese huracán dialéctico que sabe de sangre y de traiciones, de sótanos congelados por el pánico y de inauguraciones con tijeras, bandas y todo el asunto.

Allí están las esperanzas, el terror, el escepticismo y la inmaculada soberbia de un siglo que hizo del hombre algo distinto a lo que soñaron los griegos, los mayas o los persas. El hombre, tras la borrasca del siglo XX, ya no es el Adán del que habla la biblia ni el animal del que habla la ciencia; siquiera es la lagartija amaestrada que describen las publicidades o el soldado heroico al que apelan los generales minutos antes de la batalla. Ese hombre (¿será lo que quedó del hombre?) también es Auden; esta simple certeza – no siempre tan cierta – convierte a sus poemas en testimonios, en pruebas, sin dejar de ser poemas. Probablemente en esto consista el genio de ciertos artistas. Probablemente.


 

Mome

 

 

 

Entrevista a John Cheever – The Paris Review Interviews (1976) febrero 12, 2010

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N. del T: la siguiente entrevista se publicó en 1976 y pertenece al ciclo celebrado por la revista norteamericana The Paris Review. Annete Grant, a cargo de la misma, señala las circunstancias en las palabras liminares.
Traducción: Martín Abadía

 

El primer encuentro con John Cheever tuvo lugar en la primavera de 1969, justo después de que se publicara su novela Bullet Park. Por lo general, Cheever abandona el país una vez terminado un nuevo libro, pero no fui así esta vez. En consecuencia, muchos entrevistadores de la Costa Este hicieron el viaje hasta Ossining, New York, donde el maestro del relato les ofrecía un agradable día en el campo –aunque muy poca conversación sobre su libro y el arte de escribir.

 

Cheever tiene cierta reputación de ser un entrevistado difícil. No presta atención a las reseñas, nunca lee ni sus libros ni sus relatos una vez publicados y a menudo es un poco vago con respecto a los detalles. Le disgusta hablar sobre su trabajo (especialmente hablarle a “una de esas máquinas”) ya que prefiere no mirar hacia atrás, sino hacia adonde está yendo.

 

Para esta entrevista Cheever vestía una camisa azul desgastada y pantalones caquis. En su compañía todo resultaba casual y ameno, como si fuéramos viejos amigos. Los Cheever viven en una casa construida en 1799, de modo que fue obligatorio arreglar los cimientos y las paredes. De inmediato ya estábamos sentados en un soleado estudio del segundo piso, hablando sobre su aversión por las cortinas, la construcción de una autopista cerca de Ossining que intenta detener, los viajes por Italia, un relato que emborronaba sobre un hombre que perdía las llaves de su auto en una función de teatro de desnudos, Hollywood, los jardineros, los cocineros, las fiestas de cóctel, el Greenwhich Village de los años treinta, la televisión y sobre varios escritores también llamados John (especialmente John Updike, de quien es amigo).

 

Pese a que Cheever habló libremente sobre sí mismo, cambiaba de tema cuando la conversación derivaba en su trabajo. ¿No estás cansado de esta charla? ¿Quieres un trago? Quizás el almuerzo ya esté listo, voy a bajar a ver. ¿Qué tal si caminamos por el bosque y luego quizás un chapuzón? ¿O te gustaría ir a la ciudad para ver mi oficina? ¿Juegas al backgammon? ¿Ves mucha televisión?
De hecho, durante las varias visitas que le hice, lo que más hicimos fue comer, beber, caminar, nadar, jugar al backgammon o mirar televisión. Cheever no me invitó a cortar leña con su sierra eléctrica, una actividad de la que se rumorea que es adicto. El día que grabamos la última cinta, pasamos la tarde viendo cómo los New York Mets ganaban la Serie Mundial. Cuando al final los fanáticos en Shea Stadium se llevaban parcelas de terreno como souvenir, Cheever repetía refiriéndose tantos a los fanáticos como a los Mets: “¿No es asombroso?”.

 

Después paseamos por el bosque, y cuando volvíamos a la casa, Cheever dijo “Adelántate y recoge tus cosas, en un minuto te llevo hasta la estación”… se quitó la ropa y se dió un sonora zambullida en el estanque, sin duda quitándose de encima ese otro chapuzón tan desnudante de tener que haber dado una entrevista más.

 

 

Leyendo las confesiones de un escritor sobre la manera de escribir novelas, encontré lo siguiente: “Si quieres ser fiel a la realidad, comienza por mentir.” ¿Qué piensas de eso?
Que es basura. Por algo palabras como “verdad” y “realidad” no tiene significado alguno más que inscriptas en un incomprensible entramado de referencias. No hay verdades tercas. En lo que respecta a mentir, a mí me parece que la falsedad es un elemento crítico en la ficción. Una buena parte de la conmoción que se produce cuando te cuentan una historia se da a través de un engaño. Nabokov es un maestro en esto. El contar mentiras es una suerte de prestidigitación que deja expuestos nuestros sentimientos más profundos.

 

¿Podrías dar un ejemplo de una mentira absurda que diga mucho sobre la vida?
Claro. Los votos del sagrado matrimonio.

 

¿Qué hay de la verosimilitud y la realidad?
A mi juicio la verosimilitud es una técnica que uno explota con la intención de asegurarle al lector la veracidad de aquello que le está siendo contado. Si le haces creer verdaderamente que está de pie sobre una alfombra, puedes quitársela de debajo de los pies. Claro, la verosimilitud es también una mentira. Lo que siempre quise de la verosimilitud es la probabilidad, cosa que tiene algo que ver con la forma en que vivo. Esta mesa parece real, esa canasta de fruta perteneció a mi abuela, pero una demente podría golpear a mi puerta en cualquier momento.

 

¿Sientes que te despides de los libros una vez que los has terminado?
Generalmente siento una fatiga clínica después de acabar un libro. Cuando terminé mi primera novela, The Wapshot Chronicle, estaba muy feliz. Nos fuimos a Europa y nos quedamos allí, de modo que no vi las reseñas y durante diez años no supe que Maxwell Geismar la había desaprobado. El “escándalo Wapshot” fue diferente. Nunca me gustó mucho el libro y cuando se imprimió, yo estaba en baja forma. Quería quemarlo. Despertaba por la noche y oía la voz de Hemingway –en realidad nunca escuché su voz, pero definitivamente era la suya- diciéndome, “Esta es una agonía menor. La gran agonía llega más tarde.” Me levantaba, me sentaba en un brazo de la bañadera y fumaba como una chimenea hasta las tres o cuatro de la madrugada. Una vez le juré a los oscuros poderes que veía en la ventana que nunca, nunca intentaría ser mejor que Irving Wallace.
No la pasé mal luego de Bullet Park, donde hice exactamente lo que quería: un reparto de tres personajes, un estilo de prosa simple y resonante, y una escena en la que un hombre salva a su querido hijo del fuego. El manuscrito se recibió con entusiasmo en todas partes, pero cuando Benjamín DeMott lo dejó fuera del Times, todos recogieron sus cosas y se mandaron a mudar. Es simplemente una cuestión de mala suerte con el periodismo y de sobrestimación de mi potencial. De todas formas, cuando acabas un libro, cualquiera sea su recepción, existe un cierto desplazamiento de la imaginación. No diría un trastorno. Pero terminar una novela, asumir que es algo que quisiste hacer y que te has tomado con mucha seriedad, es inevitablemente un shock psicológico.

 

¿Cuánto tiempo tarda en irse ese shock psicológico? ¿Hay algún tratamiento?
No sé muy bien qué quieres decir con tratamiento. Para apaciguar ese shock saco el dado más alto, preparo salsa, voy a Egipto, corto el césped, fornico. Me zambullo en una piscina fría.

 

¿Pueden los personajes forjarse una identidad por sí mismos? ¿Se te han vuelto alguna vez tan inmanejables que tuviste que sacarlos de escena?
La leyenda de que los personajes pueden escaparse de las manos de su autor –irse a tomar drogas, someterse a operaciones sexuales y convertirse en presidentes- implica que el escritor es un tonto sin conocimiento o maestría sobre su propio trabajo. Es absurdo. Claro que cualquier ejercicio estimable de la imaginación se funda en lo complejo y lo rico de la memoria, de modo que puedes sacar provecho de saber expandirte – giros sorpresivos, respuesta a la oscuridad y a la claridad-, sobre todo en cuanto a lo vivo. Pero la idea de que un escritor corra desesperado detrás de sus cretinas invenciones me parece deleznable.

 

El novelista, ¿contiene ya al crítico?
Yo no tengo nada de vocabulario crítico y muy poca sagacidad para la crítica. Creo que es una de las razones por las que soy siempre evasivo con los entrevistadores. Mis conocimientos críticos con respecto a la literatura a la larga se dan a un nivel práctico. Uso lo que me gusta, y lo que me gusta puede ser cualquier cosa. Cavalcanti, Dante, Frost, quien sea. Mi biblioteca está siempre en completo desorden. A duras penas encuentro lo que quiero. No creo que un escritor tenga la responsabilidad de ver la literatura como un proceso continuo. Muy poca literatura es inmortal. He leído libros que me han servido de una manera maravillosa y que luego de haberlos usado, perdieron esa utilidad en quizás muy poco tiempo.

 

¿Cómo es que “utilizas” a los libros… y qué les hace perder su “utilidad”?
Mi idea de “utilizar” un libro consiste en la excitación de encontrarme a mí mismo como último receptor del más íntimo y profundo grado de la comunicación. Pero estos caprichos a veces pasan.

 

Asumiendo tu falta de vocabulario crítico, ¿cómo podrías, sin haber tenido una educación formal, explicar todo lo que has aprendido?
No soy un erudito. No me arrepiento de esta falta de disciplina, pero sí admiro la erudición de mis colegas. Claro, tampoco soy un desinformado. Eso puede ser producto de que me crié en los coletazos finales de la cultura de New England. Todos pintaban, escribían y en particular, leían; era un medio de comunicación bastante común y aceptado a finales de esa década. Mi madre se vanagloriaba de haber leído Middlemarch trece veces; yo diría que no era cierto. Es algo que podría tomarte toda una vida.

 

¿No había un personaje en The Wapshot Chronicle que sí lo había leído?
Sí, Honora… o… no recuerdo quién era… se vanagloriaba de haberlo leído unas trece veces. Mi madre solía dejar Middlemarch en el jardín; la lluvia lo hizo trizas. Mucho de lo que está en la novela es cierto.

 

Al leer esa novela uno tiene la sensación de estar fisgoneando en tu familia.
Chronicle no fue publicado –por consideración, hasta después de la muerte de mi madre. Una tía mía (que no aparece en el libro) dijo, “No le hubiese vuelto a hablar si habría sabido que tenía doble personalidad.”

 

¿Tus amigos o tu familia piensan a menudo que están en tus libros?
Sí y -pienso en todos los que se han sentido así- lo han vivido siempre con una deshonra. Si pones a alguien en un papel secundario, asumen que así es como los ves en la realidad… pese a que el personaje sea de otro país y cumpla un rol absolutamente distinto. Si haces ver a alguien vacilante o torpe o de alguna manera imperfecta, asocian rápidamente. Pero si les haces ver bellos, nunca asocian. La gente siempre está mucho más pronta a acusar que a sentirse celebrada, en especial la gente que lee ficción. No sé qué tipo de asociación hacen. En algún momento una mujer vino hasta mí desde la otra punta de una reunión y me dijo “¿Por qué escribiste esa historia sobre mí?” Y yo tratando de recordar a qué historia se refería. Bueno, aparentemente tiempo atrás yo había descripto a alguien con ojos rojos; ella ese día se había dado cuenta de que tenía los ojos de ese color y asumió que yo la había utilizado.

 

¿Se sienten indignados, sienten que no tienes derecho a meterte con sus vidas?
Sería más agradable si pensaran en el costado creativo de la escritura. No me gusta encontrarme con gente que siente haberse visto maligna cuando ésta no era la intención de nadie. Claro, muchos escritores en su juventud tratan de ser difamatorios. Y algunos escritores maduros también. La difamación, ciertamente, es una gran fuente de energía. Pero esa no es la energía de la ficción, es simple calumnia infantil. Es la clase de cosas que sacas de los cursos de la universidad. La difamación no es uno de mis fuertes.

 

¿Crees que el narcisismo es una cualidad necesaria en la ficción?
Esa es una pregunta interesante. Por narcisismo entendemos, por supuesto, un amor propio clínico, una chica amargada, la ira de Némesis y el resto de la eternidad convertida en una planta que camina. ¿Quién quiere algo así? Nos amamos a nosotros mismos de vez en cuando; pero no mucho más, creo, que la mayoría de los hombres.

 

¿Qué hay de la melomanía?
Creo que en los escritores hay una tendencia intensa al egocentrismo. Los buenos escritores a menudo son excelentes en cientos de cosas, pero la escritura promete que el ego se amplíe sobremanera. Mi querido amigo Yevtushenko tiene, considero, un ego que puede reventar un cristal a veinte pies de distancia; pero conozco algún que otro banquero fraudulento que puede hacerlo mucho mejor.

 

¿Piensas que tu imaginería personal, el modo en que proyectas a los personajes, está de alguna forma influida por el cine?
Los escritores de mi generación y aquellos que se criaron con el cine se han vuelto sofisticados sobre la vasta y diversa cantidad de medios que hay, y saben qué es lo mejor para la cámara y qué es lo mejor para la narrativa. Uno aprende a pasar por alto las escenas multitudinarias, una puerta portentosa, la ironía banal del acercamiento a la belleza de la pata de un cuervo. La diferencia entre las dos artes, creo yo, se entiende con claridad cuando nos damos cuenta de que no salen buenos films al adaptar buenas novelas. Me encantaría escribir un guión original si encontrase a un director que me caiga simpático. Hace años René Clair iba a filmar uno de mis relatos, pero tan pronto como la productora se enteró, le negaron el dinero.

 

¿Qué piensas de trabajar en Hollywood?
El sur de California siempre huele a noches de verano… algo que para mí significa el fin de la navegación, el fin de los juegos, pero no tiene nada que ver con eso. Simplemente no se corresponde con mi experiencia. Estoy mucho más interesado en los árboles… en el origen de los árboles… y cuando te encuentras a ti mismo en un lugar en donde todos los árboles no tienen historia y se transplantan, te sientes desconcertado.
Fui a Hollywood a hacer dinero. Es así de simple. La gente es amistosa y la comida es buena, pero nunca fui feliz allí, tal vez porque sólo fui en busca de un cheque. Tengo ciertamente el respeto más profundo por una docena de directores que están implicados allí y que, pese a todos los apabullantes problemas de financiar un film, continúan sacando adelante films brillantes y originales. Pero lo primero que siento cuando pienso en Hollywood es en el suicidio. Si alcanzaba a levantarme y darme una ducha, ya era suficiente. Como nunca pagaba las cuentas, hubiese podido llamar por teléfono y pedir el desayuno más elaborado que podía ocurrírseme, y luego meterme en la ducha y ahorcarme allí. Esto no es una reflexión sobre Hollywood, pero estando allí me ha parecido sufrir un complejo de suicida. Por algo no me gustan las autopistas. Incluso en las piscinas que hay allí hace demasiado calor… 85 grados, y la última vez que estuve ahí, a finales de Enero, en las tiendas vendían kipás para perros… ¡Dios! Fui a una cena en la que una mujer perdió el equilibrio y se desmayó. Su marido le gritaba “Nunca me escuchas cuando te digo que traigas tus muletas.” ¡No puede existir una frase mejor que esa!

 

¿Qué hay de esa otra comunidad, la académica? Produce muchísimos trabajos críticos… con una necesidad tan excesiva de categorizar y etiquetar.
Ese vasto mundo académico existe, como cualquier otra cosa, en base a producir algo que le asegure un rédito. Así es que tenemos trabajos sobre ficción, pero en cantidades propias de una industria. En modo alguno ayuda a quienes escriben ficción y a quienes la leen. Todo el asunto es una empresa subsidiaria, tal como lo es extraer químicos útiles del humo. ¿Te conté sobre la reseña que salió en Ramparts sobre Bullet Park? Decía que perdí grandeza al haberme ido de St. Boltophs. De haberme quedado, tal como lo hizo Faulkner en Oxford, probablemente habría sido tan grande como Faulkner. Pero cometí el error de dejar este lugar que, claro, nunca existió. Es tan raro que te digan que vuelvas a un lugar. Parece ficción.

 

Supongo que se referían a Quincy.
Sí. Pero me puso triste cuando lo leí. Entendí lo que trataban de decir. Es como que te digan que vuelvas a un árbol junto al que has vivido catorce años.

 

¿Cómo es la gente que imaginas que leen o esperas que lean tus textos?
Todo tipo de gente inteligente y agradable lee libros y escribe sentidas cartas sobre ellos. No sé quienes son, pero me resultan maravillosos y parece vivir libres de los prejuicios de la publicidad, del periodismo y del irritante mundo académico. Piensa en los libros que hemos disfrutado independientemente de todo. Let Us No Praise Famous Men. Under the Vulcano. Henderson the Rain King. Un libro espléndido como El Regalo de Humboldt [Saul Bellow] se recibió con confusión y espanto, pero cientos de personas salieron y compraron ediciones de tapa dura. La habitación en la que yo trabajo tiene una ventana que da a un bosque, y me gusta pensar que esos adorables, misteriosos y encarecidos lectores están ahí.

 

¿Crees que la literatura contemporánea está volviéndose más especializada, más autobiográfica?
Tal vez sí. Las autobiografías y las cartas quizás sean más interesantes que la ficción, pero aún así, yo me apego a la novela. La novela es un medio de comunicación muy preciso en el que muchísima gente encuentra más respuestas que no puedes encontrar en las cartas y los diarios.

 

¿Empezaste a escribir siendo un niño?
Solía contar historias. Fui a una escuela muy permisiva llamada Thayerland. Me encantaba contar historias, y si todos hacían su tarea de aritmética –era un escuela pequeña, probablemente no habría más de dieciocho o diecinueve estudiantes- entonces el maestro les prometía que luego yo les contaría una historia. Contaba seriales. Me parecía bastante perspicaz de mi parte ya que sabía que si no acababa la historia al cabo de una hora, luego todos me pedirían que les contase el final en la próxima.

 

¿Qué edad tenías?
Bueno, tengo tendencia a mentir sobre mi edad, pero supongo que tenía ocho o nueve.

 

¿Podías extender una historia a lo largo de una hora a esa edad?
Oh, sí. Podía entonces. Y aún puedo.

 

¿Qué aparece primero? ¿La trama?
No trabajo a partir de tramas. Trabajo con la intuición, la aprensión, los sueños, los conceptos. Los personajes y los sucesos me llegan simultáneamente. La trama implica la narrativa y un montón de basura. Es un intento calculado de atrapar el interés del lector al punto de que piense en ello como una convicción moral. Claro, uno no quiere aburrir… se necesita un elemento de suspenso. Pero la narrativa es una estructura rudimentaria, tan rudimentaria como un riñón.

 

¿Siempres has sido escritor o has tenido otros trabajos?
Conduje un camión repartidor de diarios una vez. Me gustaba mucho hacerlo, especialmente durante las Series Mundiales, cuando el diario de Quincy se llenaba de datos y estadísticas sobre boxeo. Nadie tenía radio, ni televisión – no significa que el pueblo se iluminaba con velas, pero sí que se esperaban las noticias. Me hacía sentir bien ser el tipo que les traía buenas noticias. También pasé cuatro años en el ejército. Mi primer relato, “Expelled”, lo vendí a los diecisiete a The New Republic. The New Yorker empezó a publicar mis cosas cuando tenía treinta y dos. New Yorker me apoyó por muchísimos años. Es un asociación muy amena. Le enviaba entre doce y catorce relatos al año. Al principio vivía en una habitación esquálida de los barrios bajos, en la calle Hudson, tenía una ventana rota. Luego conseguí trabajo en MGM junto a Paul Goodman; hacíamos sinopsis. Con Jim Farrell también. Teníamos que reducir cada libro publicado a tres, cinco o doce páginas, y nos pagaban cerca de 5 dólares por cada uno. Lo tipeaba yo mismo. Ah, aquel papel carbónico…

 

¿Cómo era escribir ficción para The New Yorker en aquellos días? ¿Quién era el editor?
El editor fue Wolcott Gibbs por muy poco tiempo, y luego vino Gus Lobrano. Le conocía bastante bien e íbamos juntos a pescar. Y por supuesto, Harold Ross, que era un hombre difícil, pero le estimaba. Me hizo muchas preguntas absurdas sobre un manuscrito –se ha escrito mucho al respecto- unas treinta y seis preguntas. Creí que era algo ultrajante, una violación a mi buen gusto, pero a Ross no le importó. Le gustaba meter mano, espabilar un poco al escritor. En ocasiones era brillante. En “The Enormous Radio” hizo dos cambios. Había una escena en que alguien encontraba un diamante en el suelo de un baño luego de una fiesta. Un tipo decía, “Vendámoslo, podemos sacar un par de dólares.” Ross cambió “dólares” por “billetes,” lo cual fue absolutamente perfecto. Brillante. Luego en donde yo había escrito, “la radio empezó a sonar suavemente,” Ross apuntó otro “suave”: “La radio empezó a sonar suave, suavemente.” Era algo absolutamente acertado. Pero luego había otras treinta y cinco sugerencias como, “Este relato trascurre en treinta y cuatro horas y nadie ha comido nada. No hay mención a la comida.” Un ejemplo típico de este tipo de cosas fue “La Lotería,” el relato de Shirley Jackson, sobre aquel ritual de las piedras. Ross odiaba aquella historia; comenzó a enviciarse. Dijo que no había ninguna ciudad en Vermont donde hubiese ese tipo de rocas. Refunfuñaba una y otra y otra vez, y no era algo sorprendente ya. Ross solía asustarme muchísimo. Una vez fui a un almerzo y no supe que iba a ir también hasta que lo vi entrar con un huevera. Me senté con la espalda muy pegada contra el respaldo. Estaba asustado de veras. Él era muy rompe pelotas, muy toca narices, el tipo de persona que puede subirse los calzoncillos para enseñarte lo que hay entre los pantalones y la camiseta. Empezó a empujarme, daba saltos y se me encimaba. Fue una relación creativa y destructiva a la vez de la que aprendí mucho y en verdad le echo de menos.

 

¿Conociste muchos escritores en ese período, no?
Para mí era algo terriblemente importante porque yo venía de un pueblo. Yo dudaba de mí como escritor hasta que conocí algunos otros que fueron muy importantes: uno fue Gaston Lachaise y el otro E. E. Cummings. A Cummings lo amaba, y me encantaba su memoria. Hacía una marvillosa imitación de una locomotora de carbón yendo de Tiflis a Minsk. Podía oir una aguja caer en el barro a tres millas de distancia. ¿Recuerdas cómo murió Cummings? Fue en septiembre, hacía calor y Cummings estaba cortando leña en la parte de atrás de su casa, en New Hampshire. Tenía sesenta o setenta años, o por ahí. Marion, su esposa, se asomó a la ventana y le preguntó, “¿No hace un calor agobiante para estar cortando leña?” Él dijo, “Ya paro, pero quiero afilar el hacha antes de guardarla, cariño.” Ésas fueron las últimas palabras que dijo. Marianne Moore ofreció un panegírico en su funeral. Marion Cummings tenía unos ojos enormes. Podías hacerle lugar en un libro a esos ojos. Fumaba un cigarrillo tras otro y llevaba puesto un vestido negro con quemaduras de colillas en él.

 

¿Y Lachaise?
No sé qué decir de él. Creo que es un artista impresionante y además, un hombre muy calmo. Solía ir al Metropolitan y abraza a las estatuas que le gustaban, pese a que él no estuviera representado allí.

 

¿Cummings te dio algún consejo como escritor?
Cummings nunca fue paternalista. Pero su manera de inclinar la cabeza, su voz de hay-humo-en-la-chimenea, su cortesía para con el alcohol y lo vasto de su amor a Marion, todo eso era aconsejable.

 

¿Has escrito poesía alguna vez?
No. Me parece que la disciplina es muy diferente… es otro lenguaje, otro continente distinto al de la ficción. En muchos casos los relatos cortos son en buena medida mucho más disciplinados que mucha de la poesía que hay. Pero igualmente son dos disciplinas diferentes, como lo son nadar y disparar una escopeta de calibre doce.

 

¿Las revistas te han pedido alguna vez que escribieras periodismo?
Le pedí a Saturday Evening Post hacer una entrevista con Sophia Loren. Y lo hice. Llegué a besarla. Tuve varias ofertas, pero ninguna tan buena como ésa.

 

¿No crees que hay una tendencia en los escritores a escribir periodismo, tal como lo hace Norman Mailer?
No me gusta tu pregunta. La ficción debe competir con el reportaje de primera línea. Si no puedes escribir una historia que sea equivalente a lo que resulta de una pelea en la calle, entonces no puedes escribir una historia. Deberías dejarlo. En muchos casos, la ficción no salió airosa de la competencia. En estos días el campo de la ficción está plagado de relatos sobre niños sensibles que se crían en una granja de pollos, o de putas que se desvisten con glamour. El Times nunca ha estado tan lleno de basura como en este último tiempo. Aún así, el uso de palabras como “muerte” o “invalidez” en torno a la ficción disminuye tanto como a cualquier otra cosa.

 

¿Te sientes forzado a experimentar en la ficción, a moverte hacia lo bizarro?
La ficción es experimentación; cuando cesa de serlo, cesa de ser ficción. Uno nunca escribe una oración sin la creencia de que nunca ha sido escrita de la misma manera y quizás, incluso, con la idea de que lo sustancial de esa oración jamás se ha oído. Cada oración es una innovación.

 

¿Sientes que perteneces a algún tipo de tradición de las letras norteamericanas?
No. De hecho, no puedo pensar en ningún escritor norteamericano que pueda ser clasificado como parte de determinada tradición. Ciertamente, no se puede meter a Updike, a Mailer, a Ellison o a Styron en una tradición. La individualidad del escritor nunca ha sido tan intensa como lo fue en Estados Unidos.

 

Bien, ¿piensas en ti como en un escritor realista?
Tendríamos que ponernos de acuerdo sobre a qué nos referimos antes de hablar de definiciones como ésas. Las novelas documentales, como las de Dreiser, Zola, Dos Passos –pese a que no me gustan- pueden, creo, ser clasificadas de realistas. Otro novelista documental es Jim Farrell; de alguna manera, Scott Fitzgerald también lo era, pese a que si pensamos en él de esa manera, humillaríamos lo que mejor hizo… o sea, tratar de ofrecer una imagen de un mundo que era muy particular.

 

¿Crees que Fitzgerald era consciente de ser un documentalista?
He escrito algo sobre Fitzgerald y he leido todas las biografías y los trabajos críticos y casi lloro al final de la lectura de uno de ellos –lloré como un bebé-. Es una historia muy triste. Toda la estima estaba puesta en sus descripciones del crash de 29, la prosperidad excesiva, la música, y al hacer esto, su trabajo se veía bastante anticuado… en algunos períodos. Esto es lo que desmerece al mejor Fitzgerald. Uno sabe al leer a Fitzgerald a qué tiempo se refiere, a qué lugar preciso, a qué país. Ningún otro escritor ha sido tan veraz al retratar una escena. Pero no siento que esto sea pseudo-historia, sino un sentimiento de haber vivido algo. Todo gran hombre es escrupulosamente veraz a su tiempo.

 

¿Crees que tu trabajo se verá anticuado igual que el de Fitzgerald?
Oh, no me anticipo a las lecturas que vaya tener mi trabajo. No es algo que me concierna. Podría ser olvidado mañana mismo; y no me desconcertaría después de todo.

 

Pero una buena parte de tus relatos desafían al tiempo; podrían tener lugar en cualquier tiempo y en cualquier sitio.
Por supuesto, esa ha sido mi intención. Aquellos a los que puedes localizar en un tiempo preciso son los peores. La historia aquélla del refugio anti-bombas (“The Brigadier and the Golf Widow”) trata sobre el nivel de un cierto tipo de ansiedad y el refugio, que tiene lugar en la historia en un lugar particular, es tan solo una metáfora… en todo caso, esa fue mi intención.

 

Una historia muy triste.
Todos siempre dicen eso sobre mis historias, “Oh, son tan tristes.” Mi agente, Candida Donadio, me llamó para hablar de una de ellas y me dijo “Oh, es hermosa, tan triste.” Yo le dije, “Bueno, será porque soy un hombre triste.” Lo triste sobre “The Brigadier and Golf Widow” es la mujer que mira al refugio hacia el final del relato y luego sigue a la criada. ¿Sabías que The New Yorker quiso quitar eso? Pensaban que el relato sería más efectivo sin el final. Entré por un momento para echarle un ojo a los borradores y vi que faltaba una página. Pregunté dónde estaba el final de la historia. Una chica me dijo “Mr. Shawn piensa que queda mejor así.” Salí de allí muy enfadado, tomé el tren de vuelta a casa, bebí mucho gin y llamé por teléfono a uno de los editores. Por entonces, ya estaba hablando fuerte, siendo abusivo y obseno. Él estaba con Elizabet Bowen y Eudora Welty. Preguntaba si podía atender la llamada en otro lugar. De todas formas, volví a New York la mañana siguiente. Habían cambiado la revista por completo –poemas, noticias, historietas- y reemplazado la escena.

 

Es un rumor clásico con respecto a The New Yorker: “Remueve el último párrafo y ya tienes un típico relato de The New Yorker.” ¿Cómo definirías a un buen editor?
Mi idea de un buen editor es un hombre agradable, que me envía buenos cheques, venera mi trabajo, mi belleza física y mi capacidad sexual, y que es capaz de estrangular a quien va a publicarte y al tipo del banco.

 

¿Qué hay del principio de los relatos? Sueles empezar de manera lacónica. Apabullante.
Bueno, si intentas como cuentista establecer alguna relación con el lector, no empiezas por decirle que tienes dolor de cabeza y que te ha salido un zarpullido grave en Jones Beach. Una de las razones es que la publicidad en las revistas es mucho más común hoy en día que hace veinte o treinta años atrás. Al publicar en una revista estás compitiendo contra una publicidad muy ceñida, avisos de agencias de viajes, desnudos, historietas, incluso poesía. La competición misma casi lo vuelve algo imposible. Hay un principio básico que siempre tengo en mente: alguien que vuelve luego de un año en Italia con una beca Fullbright; su portaequipaje está abierto y en vez de ropa y recuerdos, encuentran un cuerpo mutilado, un marinero italiano; está todo salvo la cabeza. Otra oración para empezar en la que pienso a menudo es “El primer día que robé en Tiffany’s estaba lloviendo.” Claro, puedo comenzar una historia de esa manera, pero no es así como uno debería hacer que la ficción funcione. Uno se tienta porque ha habido siempre una genuina pérdida de serenidad, no sólo en el público lector, sino en toda nuestra vida. Paciencia, tal vez, o incluso la habilidad de concentración. En algún punto, cuando apareció la televisión a nadie se le ocurrió publicar un artículo que no pudiese leerse durante los comerciales. Pero la ficción durará lo suficiente como para sobrevivir a todo esto. No me gustan los relatos cortos que comienzan “Estaba a punto de suicidarme” o “Estaba a punto de dispararte.” O, como aquella cosa de Pirandello, “Voy a dispararte o tú vas a hacerlo, o vamos a dispararle a alguien, quizás el uno al otro.” O como en la literatura erótica “Empezó a sacarse los pantalones, pero el cierre se atascó… agarró una lata de aceite y…” y así.

 

Ciertamente tus historias van rápido, se mueven mucho.
El primer principio de la estética es o el interés o el suspenso. No puedes esperar comunicarte con alguien si eres aburrido.

 

William Golding escribió que existen dos tipos de novelistas: los que dejan que el significado se desarrolle a partir de los personajes y las situaciones, y los que tienen una idea y buscan un mito que la encubra. Él es ejemplo del segundo tipo y piensa que Dickens pertenece al primero. ¿Piensas que tú encajas en algunas de las categorías?
No sé bien a lo que se refiere Golding con eso. Cocteau decía que escribir es el empeño de una memoria que no será comprendido. Estoy de acuerdo con eso. Raymond Chandler lo describió como una línea directa al subconsciente. En realidad, los libros que amas, cuando los abres, te dan la impresión de que siempre han estado allí. Es una creación, algo así como habitación de la memoria. Lugares a los que uno nunca ha ido, cosas que uno nunca ha visto ni oido, pero que son tan apropiadas cuando las oyes sonar que, de alguna manera, sientes que sí has estado allí.

 

Pero ciertamente hay mucha resonancia de lo mítico… por ejemplo, referencias a la Biblia y a la mitología Griega.
Eso se explica por el hecho de que me eduqué en el sur de Massachussets, donde la mitología era una materia que todos debíamos comprender. En gran medida formó parte de mi educación. La manera más fácil de analizar el mundo es a través de la mitología. Se han escrito cientos de ensayos sobre aquellas líneas – Leander es Poseidon y alguien es Ceres, y así. Parece un análisis superficial, pero produce ensayos muy potables.

 

Aún así, buscas esa resonancia
La resonancia, claro.

 

¿Cómo trabajas? ¿Las ideas te salen de inmediato, naturalmente, o das vueltas a su alrededor por un tiempo, dejándolas incubarse?
Hago ambas cosas. Lo que me gusta es cuando me llegan asuntos totalmente disparatados. Por ejemplo, estaba sentado en un café leyendo una carta con la noticia de que una ama de casa aburrida estaba en la primera línea de un club de desnudos. Mientras lo leía, podía oir a una mujer inglesa regañando a sus hijos: “Si no lo haces, cuento hasta tres” decía. Cayó una hoja de un árbol que me recordó que era otoño y que mi esposa me había dejado y estaba en Roma. Ahí estaba mi relato. Tuve un experiencia equivalente con el final de “Goodbye, My Brother” y “The Country Husband.” A Hemingway y a Nabokov les gustaron esos dos. Lo tenía todo allí: un gato con sombrero, una mujer desnuda saliendo del mar, un perro con un zapato en la boca y un rey vestido de dorado montando un elefante por la montaña.

 

¿O Ping-Pong bajo la lluvia?
No recuerdo de qué relato es eso.

 

Alguna vez habrás jugado Ping-Pong bajo la lluvia.
Probablemente sí.

 

¿No recuerdas cosas así?
No se trata de recordarlas. Se trata más bien de algún tipo de energía galvánica. Y claro, además es también una cuestión de darle sentido a las experiencias de uno.

 

¿Crees que la ficción debe ser aleccionadora?
No. La ficción debe iluminar, explotar, refrescar. No creo que tenga que haber otra moral que sea consecuencia de la ficción más allá de la excelencia. La agudeza de los sentimientos y la velocidad parecen siempre haber sido terriblemente importantes. La gente busca moralejas en la ficción porque siempre ha habido confusión entre la ficción y la filosofía.

 

¿Cuándo te das cuenta de lo apropiado de un relato? ¿Te golpea repentinamente en un primer momento o eres crítico con él a medida que avanzas?
Creo que hay una cierta influencia en la ficción. Por ejemplo, el último relato que escribí no estaba bien. Tuve que escribir el final una y otra vez. Creo que es una cuestión de tratar de hacerlo corresponder con una visión. Hay una forma, una proporción y uno sabe cuando hay algo que no encaja.

 

¿Por instinto?
Supongo que para todo aquel que haya escrito tanto como lo he hecho yo… sí, probablemente sea por lo que llamas instinto. Cuando una línea no encaja, simplemente te das cuenta de ello.

 

Una vez me dijiste que te interesaba pensar nombres para personajes.
Eso me parece muy importante. He escrito una historia sobre hombres con cientos de nombres, todos abstractos, nombres con un muy bajo poder de alusión: Pell, Weed, Hammer y Nailles. Y por supuesto, habían sido pensados de manera pícara, pero no lo parecían en absoluto.

 

La casa de Hammer aparece el “El Nadador.”
Es cierto. Ese fue un muy buen relato. Y escribirlo fue terriblemente difícil.

 

¿Por qué?
Porque no podía ni siquiera asomar una mano afuera. Estaba anocheciendo, el año se terminaba. No era una cuestión de problemas técnicos, sino de imponderables. Cuando él se da cuenta de que es de noche y hace frío, era algo que tenía que pasar. Y, Dios, claro que pasó. Me sentí muy frío y oscuro mucho tiempo después de haber acabado el relato. De hecho, es uno de los últimos que he escrito en mucho tiempo, ya que luego empecé con Bullet Park. A veces las historias que le parecen fáciles al lector son las más difíciles de escribir.

 

¿Cuánto tiempo te toma escribir un relato?
Tres días, tres semanas, tres años. Suelo leer al azar mi propio trabajo. Parece haber una particular forma ofensiva de narcisismo. Es como poner cintas una y otra vez de tu propia conversación. Como mirar sobre tu hombro para ver adonde has corrido. Por eso es que a menudo uso la imagen del nadador, el corredor, el saltador. El objetivo es terminar y pasar a lo siguiente. Incluso sentí, aunque no tan fuertemente como antes, que si miraba por sobre mi hombro, moriría. Con frecuencia pienso en Satchel Paige y su consejo de que siempre tiene que haber algo que esté sacándote ventaja.

 

¿Hay relatos que sientas que son particularmente buenos una vez que los has terminado?
Sí, hubo unos quince que al terminarlo sentí un BANG! Los amaba y amaba a todo el mundo –los edificios, las casas, todo lo que había. Es una sensación genial. Muchos de ellos fueron escritos en el espacio de tres días y pasaban las treinta y cinco páginas. Me gustan, pero no puedo leerlos. Si lo hiciera, en muchos casos dejarían de gustarme.

 

Recientemente has hablado claramente sobre el bloqueo del escritor, algo que nunca te ha pasado. ¿Qué sientes al respecto?
Todo recuerdo doloroso se entierra muy profundo y no hay nada más doloroso para un escritor que sentirse incapaz de escribir.

 

Cuatro años parece ser bastane tiempo para una novela, ¿no?
Es el tiempo que toma en realidad. Hay una cierta monotonía en este tipo de vida, algo que muy pocas veces puedo cambiar con facilidad.

 

¿Por qué?
Porque no me parece que sea la función apropiada con respecto a la escritura. De ser posible, hay que ampliar el público. Darles riesgos, devolverles su propia divinidad, no bajarles línea.

 

¿Crees que has hecho que tu público mermara con Bullet Park?
No, no siento eso. Pero creo que se entendió en esos términos. Creo que Hammer y Nailles se vieron como una casualidad social, y no era mi intención en absoluto. Y creo que traté de dejarlo en claro. Pero si no te comunicas, no es la culpa de nadie. Ni Hammer ni Nailles fueron pensados para ser metáforas sociales o psíquicas. El libro se malinterpretó en esos términos. Pero bueno, no leo reseñas, así que no sé en verdad lo que está sucediendo.

 

¿Cómo te das cuenta cuando un trabajo completado te satisface?
Para mi absoluta y permanente satisfacción, nunca he completado nada en mi vida.

 

¿Sientes que pones mucho de ti en el momento en que estás escribiendo una línea?
Oh, sí, sí. Cuando hablo como escritor, hablo con mi propia voz. Es algo tan único como tus huellas digitales y corro el riesgo máximo de parecer profundo o tonto.

 

Cuando te sientas a la máquina de escribir, ¿tienes la sensación de que eres una especie de Deidad que crea un mundo entero?
No, nunca tuve esa sensación de deidad. Todos tenemos cierto poder de control, es parte de nuestras vidas: lo tenemos en el amor, en el trabajo que amamos hacer. Es una suerte de éxtasis, tan simple como eso. La sensación es de “esta es mi ocupación y puedo sacarla adelante.” Siempre te deja una sensación genial. Para resumir, le da sentido a tu vida.
¿Sientes eso durante o después del trabajo? O sea, si no funciona, ¿sigues trabajando?
Me he sentido muy poco esclavizado en mi vida. Cuando escribo un relato que en verdad me gusta, es… bueno, es maravilloso. Eso es lo que puedo hacer y me encanta poder hacerlo. Me doy cuenta de que me siento bien. Me doy cuenta con sólo decirle a Mary y a los chicos, “Bueno, desaparezco, déjenme solo. Nos vemos en tres días.”

 

 

 

 

A contracorriente: Lunch Break de Sharon Lockart febrero 10, 2010

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Enfrentarse, siempre enfrentarse es el modo de resolver el problema. ¡Enfrentarse a él!

Joseph Conrad

Un duro trabajo

 

Tras el acto de ver una película se esconde siempre un placer voyeurístico. Ya sea en la oscuridad de una sala de cine o en la intimidad de nuestro hogar, este arte es siempre capaz de abrir una brecha a otra realidad en la que el espectador puede observar a otros con toda impunidad, sin miedo a ser visto.

 

Este pequeño placer aparentemente inofensivo del que disfruta todo cinéfilo tiene sin embargo su reverso oscuro ya que con el paso de los años, debido a su prolongada condición de observador ajeno, el espectador puede acabar viendo anestesiada su consciencia de individuo y por tanto, quedar expuesto al riesgo de perder una pequeña parte de su identidad.

 

Son muchos los autores que a lo largo de la historia del cine, sobretodo desde las diversas vanguardias surgidas a principios de los sesenta, han luchado con mayor o menor vehemencia contra este fenómeno de enajenación pero lo curioso es que se ha combatido mayormente desde la ficción y rara vez desde el que es el más “indiscreto” de todos los géneros cinematográficos: el documental.

 

La principal norma en la que se sustenta el pacto ficcional en el ámbito cinematográfico reside en la capacidad del espectador para aceptar una cierta invisibilidad de la persona que hay tras la cámara. Esto le lleva, mediante un proceso inconsciente, a asumir la mirada de otro sobre unos determinados hechos y a identificarla automáticamente como propia; y es por ello que, desde los ojos rasgados de Buñuel hasta las estructuras especulares de Apichatpong Weerasethakul, todos los artistas de vanguardia han sabido el punto exacto al que atacar para provocar la ruptura.
¿Qué sucede entonces cuando este debate se lleva a un género como el documental, un terreno en el que, a pesar de haber en la mayoría de casos un ente observador perfectamente visible y definido, se produce también este efecto enajenante sobre el público?

 

Las normas cambian y llegados a este punto no bastan los guiños al espectador para recordarle su condición de parte activa en la obra. Hace falta ir más allá, hace falta situarlo en el epicentro de la acción y cederle a él el protagonismo.

 

Muchos han reflexionado sobre esto, pero son sólo unos pocos los que lo han sabido llevar a buen puerto. Entre ellos destaca un nombre en concreto: James Benning.

 

Los trabajos de este autor estadounidense representan, como muy bien dijo Santos Zunzunegui, colirios visuales capaces de limpiar la mirada del espectador y devolverle su inocencia perdida.
Las nubes que se forman en el cielo un día de verano (Ten Skies, 2004) o los suaves movimientos del agua en un pequeño lago (13 Lakes, 2004) aún pueden cautivarnos y enseñarnos a mirar de nuevo, casi partiendo de cero, ya que poseen el mismo deseo de los hermanos Lumiere de filmar las cosas como si jamás se hubieran visto antes.

 

Ahora bien, no es sólo este regreso a los orígenes del cine lo que provoca el proceso de interactividad característico de estas películas, sino su perfecta combinación con elementos del cine experimental americano de autores como Michael Snow, Hollis Frampton o Andy Warhol.
Es así, mediante la unión de lo clásico y de lo moderno, como el director de Milwaukee ha llegado con sus obras a redefinir la mirada del espectador y ha convertirlo en un elemento absolutamente indispensable del proceso creativo. Pero, cómo no, cada respuesta en el cine genera un nueva duda.

 

Si es cierto que Benning ha conseguido este renacimiento de la mirada sobre elementos paisajísticos, lugares sobre los que la vista puede moverse prácticamente con la misma libertad que en la vida real, cabe preguntarse; ¿es posible conseguir esto mismo en otro contexto absolutamente diferente, mucho más limitado, opresivo y cargado de significado?
La respuesta es que sí, y que Sharon Lockart lo ha demostrado con su excepcional film Lunch Break (2008).

 

 

Una gran recompensa

 

Lunch Break es un travelling frontal de apenas diez minutos (ralentizado hasta alcanzar su duración definitiva de 78’), realizado en un pasillo de la fabrica Bath Iron Works de Maine durante el almuerzo de los trabajadores.

 

Parece simple, un puro experimento de observación del entorno pero quien lo haya visto sabe perfectamente que no es así, que este trabajo va más allá y que es capaz de causar una profunda fascinación difícil de traducir en palabras.

 

Este largometraje resulta verdaderamente clave ya que alberga en su interior, aparte de la fuerte reivindicación política (un breve periodo de descanso que se alarga extraordinariamente), muchos de los conceptos que a lo largo de la historia han revolucionado el arte cinematográfico.

 

Pueden rastrearse, ya desde los segundos iniciales, las técnicas del pionero Robert J. Flaherty de deformación de la realidad para llegar a lo real. De igual forma que el documentalista de Michigan decidió dar arpones a los cazadores de su primera obra, Nanook, el esquimal, para hacerlos coincidir con la imagen salvaje que de ellos se tenía, Lockart no duda en deformar el tiempo de duración real del plano secuencia que conforma su película para mostrar, por un lado, su compromiso político y por otro, para transmitir también la enorme pesadez característica de un trabajo gris y rutinario.

 

Esta premeditada distorsión del tiempo nos remite inevitablemente a otra de las grandes figuras del séptimo arte, André Bazin y concretamente a su famosa teoría del cine como un arma mediante la cual el hombre perpetúa su eterna lucha contra la muerte, contra lo efímero.

 

Las imágenes de Lunch Break dejan constancia de la cotidianeidad de un grupo de trabajadores del sector metalúrgico, pero también de esa fugacidad propia del ser humano. Sucede que, a pesar de haber tenido suficiente tiempo para observarlo, cada vez que uno de los márgenes de la pantalla se traga a un personaje nos invade una extraña sensación de vacío. Sabemos perfectamente que, como en la vida, no hay vuelta atrás, que lo que queda tras la cámara ya jamás volverá y lo único que podemos hacer es continuar mirando hacia delante pero siempre con la certeza de que, por muchas personas que lleguen, todas se irán con la misma parsimonia que las anteriores, quedando para siempre fuera de campo.

 

Algo que sin embargo nunca desaparece, es la fábrica. Igual que en Desierto rojo (Deserto rosso, 1964) de Michelangelo Antonioni, son las geométricas estructuras industriales del espacio las que marcan la forma del plano y relegan al ser humano a un lugar secundario, a un peligroso borde del plano que termina por hacerlo por desaparecer.

 

Pero no es sólo esto lo que da protagonismo a la fábrica. El sonido también juega a su favor.

 

Las constantes reverberaciones metálicas (diseñadas por el propio James Benning) que van y vienen del suave rumor hasta el estruendo más insoportable, dan una gran presencia física al entorno capaz de dar cuenta así de su verdadera dimensión (tanto real como simbólica) capaz de engullirlo todo; tanto las débiles voces de los trabajadores como el poderoso tema Ramble On de Led Zeppelin (proveniente de alguna radio fuera del encuadre) quedan irremediablemente sepultadas bajo el ruido de las máquinas en funcionamiento.

 

Estas son las primeras impresiones que se forman en nuestra mente pero, igual que el marinero Charlie Marlow de Joseph Conrad, sumidos en un hipnótico viaje a contracorriente por un río de cemento, empezamos a notar extrañas sensaciones muy diferentes a medida que la película avanza.

 

Gracias al dispositivo de filmación (heredero directo del trabajo experimental Wavelenght de Michael Snow) nuestros sentidos se agudizan y abren la puerta a un tipo de percepción alternativa. Poco a poco, descubrimos que todo aquello que hemos ido dejando atrás, todo lo que parecía haber muerto, pervive con fuerza en nuestro recuerdo debido al largo periodo de exposición al que ha sido sometido. Lo filmado adquiere de repente una nueva forma, casi palpable, que nos permite notar como si realmente los bordes de la pantalla nos rozaran y todo lo que pasa se situara justo a nuestra espalda. Es decir, mientras transitamos por un presente dilatado, con los ojos puestos en el futuro (el sector del pasillo donde, por duración, acabará la película) somos capaces de sentir el peso del pasado.

 

Sharon Lockart convierte de esta forma al espectador en el eje absoluto, el centro de todo, de la vida y de la muerte y le permite sentir, de una forma clara y tangible, ese efecto de tridimensionalidad al día de hoy tan anhelado por todo el mundo sin necesidad de recurrir a caros efectos digitales o a unas horribles gafas de plástico.

 

Culminará entonces este extraño viaje, en movimiento, tal como empezó y en nuestra mano, como en la de Marlow; faltará descubrir si al final del camino hemos encontrado el corazón o tan solo las tinieblas.

 

 

Sergio Morera

 

 

 

Bajo el Cielo de Saigon – Caio Fernando Abreu febrero 8, 2010


Título Original: Sob o céu de Saigon

El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander



Ésta es tal vez la historia más paulista que escribí, en 1989. Se trata, más bien, de un ejercicio de enfoque, con un narrador imaginario en lo alto del Conjunto Nacional, donde se cruzan la Calle Augusta con la Avenida Paulista. Fue publicado en el extinto diario O Continente.



Él era uno de esos muchachos que, los sábados, con la barba algo crecida, sube o baja la calle Augusta. Los sábados por la tarde, eso sí, porque por los lentes oscuros y el rostro un tanto amasado debajo de la barba crecida, quien lo mirara detenidamente –aunque pocos lo hacen- se darían cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar. Usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatillas gastadas, camisetas, y, cuando ya hace frío, alguna chaqueta o sueter raído en los codos. Casi siempre llevan las manos en los bolsillos, por lo que resulta imposible ver sus uñas mordidas, y el dedo indicador y el del medio de la mano derecha, o la izquierda, si son zurdos, amarillos por el exceso de humo. Ellos miran hacia abajo, no porque tengan miedo de tropezar en los frecuentes baches de las veredas de Augusta –raramente usan zapatos, y las suelas de goma de sus zapatillas se amoldan con facilidad a las irregularidad del cemento-; miran hacia bajo, y esto sería visible si pudiéramos localizar el brillo en sus ojos de pupilas dilatadas tras sus oscuros lentes, como si buscaran tesoros perdidos, billetes secretos, alguna joya u objeto que, más que valor, guardara una historia imaginaria o real. ¿Qué importa? A veces también miran hacia arriba, sobre todo cuando el cielo está claro –lo que es raro en la ciudad- y podemos imaginar que sus pieles blancas buscan desesperadas la luz del sol. Y cuando el cielo está oscuro –lo que es común- sobre todo en esos sábados en que estos jóvenes acostumbran bajar o subir la calle Augusta, podemos imaginar que buscan balões juninos, objetos voladores no identificados, paracaidistas, helicópteros camuflados, zepellins, o cualquier otra de esas cosas poco probables de ser encontradas sobrevolando una calle como la Augusta un sábado por la tarde. Horizontes, sí, tal vez busquen horizontes en el entramado de edificios que se reflejan en los vidrios negros de los lentes que esconden el brillo o la intención del fondo de los ojos en el momento en que uno de los muchachos para en la esquina, como si diera lo mismo doblar a la izquierda o a la derecha, seguir hacia adelante o regresar. Por ser como son, siguen siempre hacia el frente, subiendo o bajando la calle Augusta. Y al ser tan iguales, quien quiera prestar atención en uno de ellos, aunque pocas –o nunca- veces alguien lo hace, jamás sabrá si se trata de muchos o de uno. Un único muchacho: éste, con la barba crecida y las manos en el fondo de los bolsillos, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.


Ella era una de esas muchachas que, los sábados, con el bolso al hombro, sube o baja la calle Augusta. Los sábados, casi siempre por la tarde, porque los lentes oscuros y el rostro un tanto gastado que la ausencia de maquillaje no quiso disfrazar, quien quiera mirarla más detenidamente, y algunos lo hacen, pidiendo el teléfono o diciendo cosas divertidas sin mucha gracia, a veces groseras, porque ellas caminan lento, mirando las cosas, no a las personas, pero quien la mira con atención se dará cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar sin mucha importancia. También usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatos bajos, a veces zapatillas gastadas, camisetas o una blusa de Musselina, seda, crepe u otro tejido transparente, que una rápida y aguda mirada se daría cuenta, de inmediato, que no se trata de una prostituta o una empleada doméstica. Porque tienen cierta nobleza, esas muchachas; no se sabe si por la manera altiva de fingir que no escuchan los piropos que algunos les dicen, si por la manera de afirmar las correas del bolso con sus dedos de uñas sin pintar, conscientes de que son mujeres y están en la selva. En el caso de un inesperado encuentro, que no sería imposible, menos los sábados, es verdad, que los viernes al medio día o por la tarde, si alguien le arrebatara el bolso a una de esas muchachas para después rasgarla en un terreno baldío, quedaría decepcionado por el escaso dinero, el talón de cheques sin saldo, una agenda con pocos compromisos, tickets de metro, algún libro de poesía, esoterismo o psicología, una foto de niña, raramente la de un hombre, tal vez una tarjeta de crédito vencida o entradas para el teatro o un concierto ya usadas. Esas muchachas no miran hacia abajo ni hacia arriba: con paso decidido, miran hacia el frente, como si visualizaran más allá del horizonte un lugar escondido para esos otros que pasan siempre sin mirar hacia donde se dirigen con sus jeans gastados, sus bolsas viejas, sus pieles sin valor. De esa nitidez en el tranco, de esa atrevida falta de artificio en el rostro es desde donde brota esa impresión de nobleza transmitida tan fuertemente cuando pasan, también a los que no las miran ni se mueven con ellas. Pueden parar a ver revistas extranjeras en algún kiosko, y nunca comprarlas, detenerse para ver los precios escritos en las puertas de los restaurantes, mirar manzanas o frutillas, tocar rosas o anturios, pero generalmente siguen hacia adelante, subiendo o bajando por la calle Augusta. Tal vez sean muchas y, si realmente lo son, tan parecidas que, si alguien desde lo alto de una ventana en el Conjunto Nacional mirara hacia bajo y las viera ahora, podría pensar que son tan sólo una. Una única muchacha: ésta, con el bolso viejo colgado del hombro, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar por la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.



Y porque el mundo, a pesar de ser redondo, tiene muchas esquinas, se encuentran esos dos, esos varios, frente al mismo cine y mirando el mismo cartel. Love kills, love kills, murmura él, sin percibir a la muchacha que está a su lado. And this is my way, canta ella para sí, en la versión de Frank Sinatra, no la de Sid Vicious, sin percibir al muchacho que está a su lado. Hay otros que entran y salen, sin verlos ni verse, punks, clavos en las casacas, botas negras, intelectuales de lentes, anillos coloridos, trajes cuadriculados, adolescentes japoneses, matrimonios abrazados, ellas comiendo pop corn, señoras con faldas apretadas, gente de todo tipo. Y tal vez porque los muchachos y las muchachas como ellos raramente –o nunca- van al cine los sábados por la tarde, porque prefieren subir o bajar la calle Augusta mirando las cosas, no las personas, los dos se encaminan hacia la entrada con forma de arco del cine. Entonces se detienen y miran hacia arriba, suspirando en una suave desesperación, un cielo gris, como si fuera a llover, oh cielo tan triste de Sampa (N de T: San Pablo).


Y como si un ángel de alas de oro rompiese de repente las nubes plomas y con un saxofón adornado de amatistas anunciase a los hombres de esa calle y de ese sábado por la tarde en esa ciudad lo irreversible y fatal de las esquinas del mundo –él la miró, y ella lo miró a él.

Él sonrió como para sí mismo, sin tener nada que decir. Ella sonrió para él. Y dijo:


- Parece Saigon, ¿no?


-¿Qué? –preguntó él, sin entender. Ella señaló hacia arriba:


- El cielo. El cielo parece Saigon.

Sorprendido, y algo atontado, él preguntó

- ¿Y tú estuviste en Saigon?


- Nunca –y volvió a sonreírle.- Pero no es necesario. Debe ser así, ¿no crees?


- ¿Qué cosa? –él, que era algo lento, volvió a preguntar.


- El cielo –ella suspiró. – Se parece al cielo de Saigon.

Fue él, esta vez, el que sonrió. Y dijo:


- Sí, es verdad. Parece el cielo de Saigon.


En ese momento –dicen que les pertenece a los hombres ese gesto, y ellos eran algo anticuados- tal vez él pensó en ofrecerle un cigarro a ella, en preguntarle si ya había visto esa película, si quería tomarse un café en el Ritz, incluso preguntarle cómo se llamaba u otra de esas cosas algo tontas, un tanto inocentes o terriblemente urgentes que se acostumbran a decir cuando uno de esos muchachos y una de esas muchachas o cualquier otro tipo de persona, y son tantas como tantos tipos de persona hay en el mundo, se encuentran de repente y por alguna razón, sexual o no, poco importa si por algunos minutos o para siempre, da igual, por alguna razón esas personas no se quieren separar. Pero como él era lento, no preguntó nada, no le hizo ninguna invitación. Ni ella. Aunque lenta no era, sólo un poco distraída. Ella, entonces, sonrió por tercera vez, y ya de espaldas le hizo un gesto con la mano abriendo los dedos, como Sally Bowles en Cabaret, y continuó caminando por la calle Augusta. Él también sonrió por tercera vez, y metió las manos aún más al fondo de sus bolsillos, como Tony Perkins en muchas películas, se rascó la barba crecida y resolvió subir nuevamente por la calle Augusta.


Unos cien metros después, ella por la Alameda Tietê, él por Santos, ese muchacho y esa muchacha, o tal vez los dos, o quizá ninguno, pero lo que importa es que al mismo tiempo piensan, vagos y sin rencor, que estos sábados son siempre tan aburridos, mierda, nunca pasa nada. Por asociación de ideas o de alguna otra forma extraña, él o ella, o ninguno, tal vez miren hacia atrás buscando algún vestigio, cualquier resto que quede de uno u otro por la calle Augusta desierta un sábado por la tarde. Pero muchachos y muchachas así, no acostumbran a dejar rastros, y ambos ya habían desaparecido en sus esquinas de veredas y calles maltratadas. Encima de ellos, nubes cada vez más densas esconden al ángel. Un cielo grisáceo, donde no sería sorpresa que en el próximo segundo explotara un hongo atómico, cayera una lluvia radioactiva o una tormenta de Napalm, que se parecía al cielo de Saigon, quizá pensaron. Aunque, para ser precisos, ellos nunca han estado allá.


 

 
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