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Palahniuk y la literatura posmoderna: es insoportable ser quienes somos marzo 11, 2010

Archivado en: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 9:47 am
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Las vicisitudes del posmodernismo

 

 Vivir en una época determinada es un acto inevitable; vivir consciente de las determinaciones de una época es un acto de fe.
Se dice que habitamos la posmodernidad; esa es la etiqueta de nuestra era y resta para nosotros – los ejecutores, espectadores e intérpretes de esa era – únicamente creer o no en eso con base en los datos que podamos valorar. Sospecho que un florentino del siglo XV o un habitante de la París del XVIII sentirían la misma perplejidad frente al rótulo que los define como renacentistas o modernos. Pero lo cierto es que en nuestra época la desorientación aumenta en tanto nuestra cultura construye día a día una cultura de ella misma, una serie de discursos que versan sobre ella misma, sobre sus caprichos, sus goces y sus limitaciones. Será por eso que la propia noción de “posmodernidad” es multívoca e inexacta. Será por eso – mejor dicho – que es imposible.

 

Los propios presupuestos de la posmodernidad clausuran de antemano su definición; el atentado contra cualquier tipo de “esencia” de las cosas o la ausencia de una verdad universal, por ejemplo, hacen nula cualquier definición del fenómeno “posmodernismo”. Con todo, lo cierto es que seguimos hablando y escribiendo sobre esa posmodernidad respecto de la cual poco – o nada – cabría decir con sentido. Y a partir de ese hablar sobre ella – incluso en cruzadas como la de Habermas, que la niega o la subsume bajo un recipiente más grande – vamos en busca de aquellas expresiones que presuntamente la representan. Necesitamos “pruebas”, a favor o en contra. Es en ese marco que aparece una literatura posmoderna, de la cual algunos de los ejemplos típicos señalados por la crítica son El loro de Flaubert de Barnes, la obra entera de Bolaño o las novelas de Michel Houellebecq y Thomas Pynchon.

 

Creo que existe, en el cúmulo de obras que se denominan posmodernas, una distinción importante que practicar: hay algunas que pretenden encarnar en sí mismas el núcleo medular del posmodernismo (sea cual sea ese núcleo, incluso la ausencia de núcleo) y hay otras que intentan reflexionar sobre los tópicos de ese núcleo. Dicho de modo más simple: algunas obras escriben el posmodernismo y otras escriben acerca de él. Admitida esta distinción, las novelas y los relatos de Chuck Palahniuk se ubican en el segundo grupo. Quiero decir: las novelas de Palahniuk no emplean con tanto rigor los procedimientos literarios posmodernos sino que discurren desde formas más bien ortodoxas de narración sobre los tópicos neurálgicos de la posmodernidad. Por supuesto que Palahniuk no narra en forma lineal como Balzac o Melville, pero ¿cuál es la sorpresa al hallar recursos de estilo tales como la dispersión temporal, el cambio de narrador o el monólogo interior en torrentes? Esos recursos siquiera son posmodernos, pertenecen de pleno derecho a la modernidad decadente. Sí resulta sugestivo, en cambio, la insistencia de Palahniuk respecto a las premisas capitales de la posmodernidad; es allí, en el tratamiento punzante y exhaustivo de dichas premisas, en donde radica la nota específica de sus narraciones.

 

“Cuando los pájaros se comieron mi cara…”

 

Monstruos invisibles (1999) no es, ni por asomo, la mejor novela de Palahniuk. La afamada Figth Club, Diario: Una novela o Rant, entre las que leí del autor, son indudablemente más relevantes. Pero me propongo escribir sobre Monstruos invisibles porque en ella se trasluce de modo asfixiante la obsesión del autor en lo tocante a los tópicos posmodernos, particularmente la fragmentación, la despersonalización, la ascensión de la belleza como modelo de éxito y el travestismo como forma vital de rehuir a cualquier esencia definida de antemano, a cualquier clausura.
Shannon, la protagonista de la novela, es una joven hermosa que se paga sus caprichos con desfiles y sesiones de fotos; cuenta además con un apuesto novio, un hermano homosexual y conjeturalmente muerto, una amiga con la que se envidia mutuamente y una pareja de padres conservadores y lunáticos que la desprecian frente al fantasma de su hermano. Puesto que estas palabras no aspiran a la reseña – para eso, estimados lectores, existen las contraportadas de los libros – no es mucho más lo que diré sobre la trama de la novela. Palahniuk, por lo demás, ralenta y acelera el argumento de forma tal que hace improcedente cualquier cotejo; va y viene en el tiempo con violencia, remite a una escena y a otra con una fugacidad que, al menos en algunos pasajes, parece colocar al lector como frente a un álbum de fotografías familiares interminable y anárquico en lo cronológico. El mismo narrador de la novela lo aclara al comienzo: “No esperéis que esta sea una de esas historias que dicen: y luego, y luego, y luego

 

Una palabra más sobre los acontecimientos: un infortunio le borra la cara a Shannon y le quita el habla en apenas minutos.

 

 Emmanuel Levinas, en Totalidad e Infinito afirma que el encuentro con el Otro, con eso/e Otro asimétrico, irreductible a lo mismo, se evidencia en una epifanía del rostro que nos expone al Otro mientras ese Otro (rostro) nos muestra su aspecto más desnudo y vulnerable. Pero a su vez es dicho rostro ajeno el que nos dice un “¡No matarás!” que podría traducirse por un “¡Jamás te desligarás de tu responsabilidad por mí!”. La destrucción facial de Shannon, que en principio apunta a la devastación de su belleza (sea quien sea el causante del ataque; allí se juega la novela entera por cierto) en verdad la libera de su presencia en esta tierra, en el enardecido tablero de luces y vacío en que devino la tierra. “Los pájaros me comieron la cara” repite Shannon una y otra vez. A partir del “accidente” debe vagar por la vida escondiendo el estropicio que tiene por cara tras metros y metros de seda fina, pero desde allí, desde ese disfraz ineludible y excesivo, ya no tiene la necesidad de interpelar a nadie con su rostro ni tampoco la obligación de responder por lo demás. Shannon, sin rostro, puede dejar de ser otro para alguien, puede dejar de ser quien era, puede incluso liberarse de ser en varios de los sentidos posibles, pero igualmente no puede escapar de ser-algo; aún siendo nada está condenada a ser algo. De allí la claustrofobia, la asfixia posmoderna que tanto nos sabe a subterráneo atestado o a canción de Radiohead.

 

“…no puedes huir del mundo y no eres responsable de tu aspecto, de si eres bellísima o más fea que un cardo. No eres responsable de lo que sientes ni de lo que dices ni de cómo actúas ni de lo que haces. Nada de eso está en tus manos (…) Todo lo que puedas concebir está bien porque puedes concebirlo. No puedes imaginar el modo de escapar. No hay salida alguna

 

El omnipotente sujeto moderno, tan centrado siempre, tan monolítico, racional y calculador, queda hecho trizas. Claro que esas trizas se notan. Y lo hacen en una suerte de “angustia heideggeriana invertida”. Me explico: Heidegger señaló a la angustia como indicador cardinal de la existencia propia del Dasein, es decir, únicamente la angustia de no ser nada definido, de no tener ninguna esencia fija, pone al ser humano en camino de una existencia propia, en rigor, de una existencia. La angustia que propone y describe Palahniuk – una constante en sus novelas dicho sea de paso – parece flirtear de a ratos con el concepto heideggeriano pero enseguida se aleja en tanto des-responsabiliza al hombre de sus propios actos y pensamientos, mientras que en Heidegger la angustia es de alguna manera la señal del proyecto que somos y también el comienzo de la responsabilidad por quiénes podemos ser. En este sentido puede palparse en Monstruos invisibles la rendición de aquel sujeto moderno – ciertamente pre-heideggeriano – a manos de una inercia frenética que sin embargo (y aquí, en esta paradoja, se halla otro de los nudos gordianos de la posmodernidad) es fruto de la más categórica repulsa en relación con la tradición previsora y autosuficiente. Leemos: “Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir…cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte” Pero también leemos, apenas tres líneas después: “No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer”.

 

Vivir en contrasentido

 

Lejos me encuentro aún de poseer una opinión “definitiva” sobre la posmodernidad; no sólo en lo que tiene que ver sino también respecto a su propia existencia. Existen derivas de las proposiciones posmodernas que me repugnan y hay otras que me agradan; algunas siquiera entiendo a qué apuntan y algunas me resultan innegables. Pero más allá de cualquier juicio de valor, estimo que la posmodernidad logra reflejar un “sentimiento” que en verdad considero como una pauta ontológica universal: la vida es una paradoja, un inmenso contrasentido que se desgañita precisamente en la búsqueda de algún sentido que le permita continuar adelante. No afirmo que todo es lo mismo y que a partir de la aludida falta de sentido cualquier conducta valga igual que las demás. Justamente esa es una de las derivas que aborrezco de ciertos popes posmodernos. La vida individual puede tener un “objetivo” o una “línea de conducta” a seguir, pero eso no implica un sentido. El sentido es colectivo, genérico, universal, y se basa en alguno de los discursos que nos hemos sabido dar a través de la historia y de la cultura. Pues bien, la posmodernidad expone la vida en esa constante paradoja que resulta de imprimirse un sentido a sí misma, a los objetos y a los otros, sentido que se cae en cuanto esa misma vida comienza a vivir, en cuanto abandona el temor de lo previsible y lo conmensurable, sentido que siempre se cae en cuanto se lo quiere desplegar.

 

Una inmensa libertad que no produce cosa alguna sino asfixia, una terca resistencia que no hace otra cosa que reproducir lo resistido con atavíos más coloridos u osados. Una belleza tan optimizada que abomina de sí misma, una experimentación química y psicotrópica que acaba en asquerosa rutina. La vida transmutada en paradoja, el contrasentido devenido vida. De esa conmoción está hecha Monstruos invisibles.

 

Claro que la paradoja persistente enloquece a cualquiera, claro que vivir en contrasentido irrita, delira, enajena. Es que los perros de la racionalidad y de la herencia ladran, nos persiguen con sus fauces babeadas y ávidas clamando por un poco de realidad, por el alzamiento de un decorado tieso y estable del cual sujetarse. El desafío intelectual de la posmodernidad no es otro que pensar con los perros detrás sin hacer caso de ellos; ya no parece que debamos aguzar nuestras mentes para pensar un sentido, una realidad o un telos del cual luego se deduzca todo el resto del equipaje físico y metafísico sino más bien endurecerla para poder pensar (con otro modo de pensar, de más está decirlo) qué se hace con el sinsentido, la ausencia de realidad y la imposibilidad de cualquier fin. Puede verse esta tarea como una faena especulativa devaluada, de hecho ¿quién podría ser el Aristóteles, el Hegel o el Freud de nuestro tiempos?; o puede considerarse también como parte de una comodidad general que al tachar el cogollo de cualquier despliegue ontológico anula también las exigencias de verdad, corrección o criterios impolutos. Por mi parte, no sé si la posmoderna es una empresa más o menos difícil que la construcción de un sistema íntegro e impenetrable; no sé siquiera si es una empresa. Lo que sí creo es que no toda cuestión en la vida intelectual se mide por la mayor o menor dificultad que conlleva sino por la honestidad y la libertad – además de la lucidez o la genialidad, claro está – con que es encarada. Basta con ver los baldazos de mierda y los cuchillazos que los propios genios han propinado a sus ideas con el fin de instituirlas en sistemas para convencerse de ello.

 

“¡Dame algo en este puto mundo que sea exactamente lo que parece!” clama Shannon mientras los cuerpos y los espíritus de todos los que la rodean – y de ella misma – se trasvisten. Ese parece ser el aullido último y esencial de la posmodernidad; son los fantasmas de la vieja e inaugural parcelación de lo real y lo aparente. Allí, en ese dilema, se juega todo el caldo posmoderno, tal como lo piensa Shannon: “Como si por el hecho de huir no tuviésemos que seguir adelante con nuestras vidas”.

 

 

Mome

 

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2 Responses to “Palahniuk y la literatura posmoderna: es insoportable ser quienes somos”

  1. coleccion1 Dice:

    A ver que hay en las bibliotecas…


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