La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

La Belleza Negra de Jean Genet marzo 13, 2010

Filed under: literatura francesa — laperiodicarevisiondominical @ 8:16 pm
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De Jean Genet es ponderable asumir que nada se le parece, o bien, que nada pudo parecérsele. Refiero este sentir con la certeza de que no se trata ni de un hallazgo ni de una revelación: me parece un virtud. El siglo XX abundó en crónicas sórdidas, en relatos de submundos que son este mundo, en delirios epifánicos y en caídas anunciadas. No abundó ciertamente en cuanto a propósitos y sostenes de esas odiseas; pocos fueron, creo, quienes pudieron resistirse a la vanidad del relato de vida sin mayor elucubración.

 

Siempre pensé que la vida de todo escritor, muchas veces sin la intención de inmiscuirse en la obra, aparece, querámoslo o no, transpuesta en ella. En los buenos escritores, incluso en los grandes escritores, esto no se siente –ni puede verse- como un ejercicio deliberado ni como una afectación. Se trata de otro imponderable literario, como lo son los retruécanos, como lo son los desvaríos.

 

Es aconsejable el caso de Genet al respecto. Pese a sus exégetas y sus biógrafos, Genet no puede estimarse en exclusiva autoreferencial. La autoreferencialidad sufre el veto de los formalistas y el entusiasmo de románticos. Creo que ambas posturas son erradas: ambas se sumen en el ánimo siempre totalitario de un fundamentalismo. Que un escritor afirme que en una determinada obra se cuenta su vida como que lo niegue rotundamente son fenómenos que no hacen a una obra. Pero mucho menos lo hacen quienes militan a favor de alguna de estas debilidades. La obra es el juego con las figuras, no la búsqueda de la total o nula correspondencia con lo figurado. Confieso que es una alegría poder leer literatura sin maniatarse a ninguna de estas dos tendencias. Es así que me animo a entender que pocos fueron los que, como Genet, sostuvieran tan bien una vida en favor de una estética que bien pudo ser mucho más urgente que su vida, aunque no menos tolerable. Es así solamente que la obra se hace merecedora de la vida.

 

Sabemos de una estética del bien. Acaso la versión más completa la haya figurado Cervantes. El mundo del Quijote, más allá del destino de su héroe, no es oscuro: el Quijote puede resultar antiheroico al lector, pero no lo es ni para Cervantes ni para los demás personajes de la obra. La prosa de Cervantes tampoco se esfuerza ni en el rigor ni en la eficacia. Su estilo es caudaloso y musical. El Quijote se encamina hacia una justicia que sólo existe en su propio imaginario. Se abstiene de moralejas, ya que porta en sí mismo una estética de lo justo.

 

Genet se eligió abyecto accediendo a un estilo que haga sutil esa misma abyección. Journal de Voleur impone una prosa agria, argótica, zigzagueante. Se funda y se escribe en la abyección. La aventura de Genet fue un descenso y ese descenso cobra sentido en tanto se baje cada vez más hondo, a consciencia, deliberadamente, con los nervios rotos del autómata.

 

Genet fue travesti, fue ladrón. Fue reo, fue vagabundo. Tal como Rimbaud, bajó en búsqueda del lugar y la fórmula, pero a diferencia de él, no se creyó en el infierno (je crois en enfer, donc j’y suis), sino que, al elegirse abyecto, hizo de la abyección su insignia, su nombre real, aquel que nunca pudieron haberle conferido. No podemos afirmar, aunque sí tentar, que el descenso en búsqueda del ideal y el ideal mismo vaya a ser lo mismo.

 

“Al entrar en la abyección, -escribe en Journal de Voleur – el orgullo se volverá cada más fuerte cuando yo haya a ciencia cierta –fuerza o debilidad- sacado provecho de un destino así. Es necesario, a medida que esta lepra me gana, que yo la gane y que yo gane. Así me volveré cada vez más innoble, cada vez más un objeto de disgusto, hasta esa instancia final de la que nada sé aún, pero que deberá estar regida por una búsqueda tanto estética como moral.”

 

George Bataille, dueño de varias páginas lúcidas en torno a Genet, entiende que el mal obra en su literatura como un fin en sí mismo. Genet hace del mal su éxtasis. El Mal, la belleza negra, es su belleza, su semblante espiritual. Y la belleza es un arma: furia luminosa de quien lo apuesta todo por sueño que nadie conoce, ni siquiera él mismo; sueño que a cada paso se reconfirma en una necesidad interior muy precisa y acuciante de seguir soñándolo hasta el fin. Pero la belleza del mal más que un sostén, más que un mero horizonte, es una eterna conquista. Lo que ocupa a Genet es lograr su soberanía, la soberanía de la abyección, dar un sentido sublime a una apariencia mísera, la posesión inclaudicable de un pequeño territorio ético que pueda encarnar en un hombre, poseyéndolo a la vez, nutriéndolo del alimento que sólo él pudo conquistar. El precio, el verdadero precio, supuso no ser abyecto a medias -como los necios puede serlo- sino serlo abierta, casi profesionalmente.

 

Genet vaga y funda en su vagar ese espacio interior que fue para él el Raval en Barcelona y la docena de otros barrios de otras ciudades europeas que recorrió. Genet vaga, pero a su vez, una ruta le viaja por dentro: se ve ir, pasa de un yo a un él con la facilidad fantasmagórica que sólo tienen las sombras o los tontos. Alguien más lo dijo, Genet tuvo que presumirlo: son los tontos quienes toman los caminos que los ángeles olvidan tomar. Lo que viaja dentro de él es inasible: es él mismo sintiéndose todo aquello que nadie puede sentir, salvo él. No hay nada más lejano a Genet que el dandysmo o la flauneurie, fenómenos netamente pequeño-burgueses, paridos en el tedium vitae. Su vértigo es el camino y además la misma idea de ser camino, saberse camino y recorrerse, jugarse la noche o la vida, sabiendo que ni la noche ni la vida podrían acabar nunca cuando uno está jugándosela. La noche y la vida, pero la vida, siempre la vida, la vida como metonimia, la vida como único alcance: la vida como una eterna ruleta rusa en que siempre cedemos nuestro turno al tipo que está frente a nosotros. Y ese tipo somos nosotros.

 

Escribió en El Niño Criminal, “Lo que los conduce al crimen es el sentimiento novelesco, es decir, la proyección de sí en la más magnífica, la más audaz, en definitiva, la más peligrosa de las vidas (…) Desde que he comenzado a hablar no me dirijo a los educadores sino a los culpables. Para la sociedad, en su favor, no quiero inventar otro dispositivo nuevo que pueda proteger. Confío en ella: sabrá bien, ella sola, guardarse del encantador peligro que constituyen los niños criminales. Les hablo a ellos. Les pido que no se ruboricen nunca por lo que hicieron, que conserven intacta la rebelión que los ha hecho tan bellos. No hay remedio, espero, contra el heroísmo. Pero tened cuidado, si de entre la gente de bien que me escucha, algunos aún no hubiesen girado el botón de su transistor, que sepan que tendrán que asumir hasta el final la vergüenza, la infamia de ser almas bellas. Que juren ser cabrones hasta el final”

 

Creo que poco o nada queda por decir.

 

  

M.A

 

 

 

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