La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Jacques Roubaud, la Curiosidad y el Otro Zeitgeist marzo 27, 2010

Archivado en: literatura francesa,música — laperiodicarevisiondominical @ 10:15 am
Tags: ,

 

A lo largo de la historia del arte –ése que Jacques Vaché convino en que debería ser algo divertido y un poco pesado- van forjándose, en la prisa del snob, ponderaciones que prefiguran el ánimo de los tiempos, ponderaciones que incluso pueden prefigurar paradigmas. Es más bien poco lo que su tendencia a lo canónico hace por disimular su taxatismo. Pareciera que por siglos estaremos condenados al anuncio de obras que, más que loables, se las vaticina imprescindibles.

 

Sin embargo, en estos pronunciamientos, que bien pueden resultar más o menos prometedores, notamos muchas veces que lo sustancial de lo ponderado no se condice en ninguna medida con el énfasis del pronunciamiento que lo ampara. Hoy en día las estrategias de marketing de las editoriales o la tan poco azarosa disposición de ciertos libros en las librerías trabajan en esta vena; también buena parte de la crítica literaria. Es así como, en literatura, puede resultar perentorio en la actualidad leer a Sándor Márai.

 

Pero al margen de este fenómeno, existe otro que acaso actúe en paralelo, aunque se empeñe también en ese vago carácter que puede conferírsele a una obra: ser imprescindible. Puede que más que de un fenómeno, se trate de un modus operandi bastante frecuente en el ámbito cultural.

 

Existe un determinado biotipo que, en el afán de vindicar un gusto personal –y con mayor ímpetu aún, un hallazgo personal-, se congratula de ser pregonero de algún mesías. Pude conocer varios casos concretos, de modo que lo creo a grandes rasgos reconocible. Lleva en sí mismo lo peor del pedagogo: se dirige a uno para aleccionar; en lugar de preconizar una obra por lo que es, sondea la mala consciencia del público; no nos acerca a su ponderado a través de lo que podemos coincidir con él, sino que trabaja a partir de nuestra ignorancia, busca un vacío del cual podamos arrepentirnos. Es así como, en literatura, puede resultar ignominioso no haber leído jamás a Ibsen.

 

Una corta comprensión de la historia del arte también suele describirlo: actúa por y para el momento presente, es tan actual que pareciera que aún no ha nacido; y pese a que tiene en la punta de la lengua nociones sobre casi todo, en ocasiones se hace notorio que el bagaje de nuestro hombre no es sino superficial; sabe de la influencia de Flaubert en Proust, de Proust en Claude Simon, de Claude Simon en Di Benedetto y de Di Benedetto en Sergio Chefjec, pero poco podría reportar de ella, pues puede que sea algo de lo que se ha enterado por algún epígrafe y puede, además -y por sobre todas las cosas-, que haya creído preciso embanderarse en lo que dictaba ese epígrafe. Rara vez un epígrafe va un poco más allá –al igual que este biotipo- de su calidad de epígrafe.

 

Sus ponderados, en consecuencia, parecen no tener anclaje en un panorama si no fugaz o poco localizable; pero para cuando nuestro hombre puede divisarlo, ve que ya es demasiado tarde, pues un nuevo ponderado lo subyuga. Y ha de llegar antes, cuanto antes se pueda, allí adonde su olfato le indica que es necesario llegar. Con la notable salvedad de que es él mismo quien dispone el dónde, el cuándo y además, esa necesidad, se empeña en la jactancia de dar, siempre antes que todos, con lo desapercibido, con aquello que cree que espera ser ponderado.

 

Este biotipo se ofrece, sin más, a un motivo que no es una práctica, pero insiste en él como si de una se tratara. Son los alarmistas de un zeitgeist inclemente y fútil. Embelesados por una obra, la ponderan e inician a los demás en ella. En cuanto la iniciación llegó a su fin, buscan un nuevo material que sacar a luz. La sospecha, también, de que se pasan la vida adictos al vano y efímero sabor de una iniciación sin cauce, creyendo que la cultura es la punta del iceberg y que el saber es adueñarse mezquinamente del iceberg antes de que devenga agua o hielo milenario, no me parece del todo falaz.

 

Contrariamente, lo que entendemos por cultura no es sino un sistema nervioso que acarrea en la última pulsión, huellas de la primera. De esa manera, es muy probable que existan muchos volterianos que jamás hayan visitado a Voltaire. Ajeno a esta idea, el deleite de nuestro hombre es el de una novedad que, tarde o temprano, le traiga el beneficio de cierta sosa notoriedad.

 

Entiendo que no sólo no hay necesidad, sino tampoco razón, en el tráfico de la novedad en este sentido. La novedad, en su calidad de tal, es favorable en tanto y en cuanto sea virósica, favorezca el cambio, modifique las conductas, las acciones, los pareces: es el sine qua non de toda vanguardia. La novedad en tanto actitud profesional frente al arte, en tanto pregón de lo nuevo por lo nuevo mismo, es una más entre tantas banalidades.

 

Creer imprescindible una obra o un hecho artístico tan solo porque ha sido desapercibido o denostado no sólo es un equívoco, también es una necedad. Pero infiero que no hablo de su valor –que puede existir ciertamente-, sino sólo de su carácter de imprescindible. Nada –y no sólo en el arte- lo es.

 

Hay ciertamente obras que corroboran rasgos que las hacen sustancialmente universales, sin duda. Hay, acaso en estas mismas obras, algunos enfoques que puedan depararles un crédito duradero y hasta cierta longevidad. No obstante, no hay nada que las conmine a ser imprescindibles.

 

La erudición –esa otra trampa para espíritus pocos inquietos- no atenta en favor de la cultura. Es una costumbre, entre otras, a la que muchas veces confundimos con un quehacer. La sabiduría, entiendo, no se forja tanto en la acumulación como en la elección. Lo que cuenta en todo caso es el abono de un camino que uno cree conveniente. En él, pueden sucederse en completo desorden una serie de rastros que nos van acercando cada vez más a lo que somos, o que bien, por la negativa, nos alejan cada vez más de aquello que no somos.

 

Sabio vendría a ser, en todo caso, aquel sujeto que está cada vez más perdido en sus gustos, y consecuentemente, cada vez más raudo a abalanzarse en la búsqueda de alguna certeza que explique por qué esto es así.

 

Cuando nos encontramos con algún individuo que sabe a consciencia aquello que le gusta, es bastante probable que se trate de un hombre contento, pero no de un hombre sabio. Encontrarnos, en cambio, con un individuo que desconoce lo que le gusta, nos depara ciertamente un problema. Ese problema se desnuda, empero, cuando vemos que lo que hay en él son tan solo preguntas, las preguntas que hacen a una inefable curiosidad, acaso el atributo más noble y más insobornable de la belleza.

 

La curiosidad nada sabe de imprescindibles, nada sabe de arribismos. El curioso no va hacia las obras como hacia un salvavidas, sino que naufraga entre ellas. Las acepta, tal como acepta la idea misma de naufragar. Ninguna obra le es imprescindible. Ninguna –ni en su concepción, ni en su recepción- se sostiene en favor de algún zeitgeist.

 

El zeitgeittz es una invención o una instancia de orden histórico o cultural. No debería en ningún caso influir en quien sabe que nada sabe, en quien curiosea en esta vida con esos mentidos ojos siempre nuevos. Aquel que, arrepentido, siente nostalgia de aquello que nunca le sucedió, debería pensar más a menudo que si tuviera la posibilidad de que le sucediese, no podría vivirlo si no con lo que esa misma nostalgia dispone, y jamás con el ánimo genuino que fue necesario para que le sucediera en realidad.

 

Haber nacido en el Japón puede ser un problema si uno quiso ser existencialista y ser francés puede serlo también si uno aboga por el orientalismo. El tiempo y el lugar, y la fundición de la cultura en ellos, son factores claves de un zietgeist. Pero cuando nada remedia nuestra contemporaneidad, no podemos más que ser ardientemente contemporáneos y ofrecernos a otro zietgeist más al alcance de nuestra mano. Sobre todo a zietgeist personales, únicos, intransferiblemente nuestros.

 

Zietgeist que guarden nuestro nombre y nos arrojen, en ocasiones con cierto dolor, a saber que no hay por qué demorarse en esa disculpa absurda –tan propia de los inocentes- que es arrepentirse por no haber estado en el lugar y en el momento adecuados alguna vez.

 

Zeitgeist como el que pude comprobar hace unos meses ya, en un bar frente a la Catedral de Girona, al oir por azar y a muy bajo volumen a Van Morrison, mascullando una vez más aquello de

 

If I ventured in the slipstream, between the viaducts of your dreams, where immobile steel rims cracks, and the ditch in the back roads stop, would you find me?, would you kiss-a my eyes?, to lay me down, in silence easy, to be born again, to be born again…

 

y que haya sido tan conmovedor como verlo acaso en Dublin, algún día de agosto o septiembre, cuando pudo haber dado lo mejor de sí en esa canción. Algunas instancias –lo supe luego- me habían prometido, me habían conferido aquel zeitgeittz: la espuma algodonosa de la cerveza en las paredes de la copa, la luz crepuscular de aquel sitio, las rodillas de una mujer distraida más allá de la barra, el camarero que resolvía un crucigrama; saber que afuera estaba nublado, que yo no tenía prisa alguna y que en los días de Van Morrison todo se iba con sol, como el tiempo de mi vida, a ningún lugar.

 

Zeitgeist que corroboramos sin nadie alrededor, sin recomendaciones ni juicios previos, sin tener tampoco que enjuiciar o recomendar luego.

 

Si no me equivoco, fue el recuerdo de aquella tarde oyendo a Van Morrison y el siguiente poema de Jacques Roubaud lo que me sugirió algunas de estas digresiones. Ahora podrían pasar a ser tuyas.
 

 

El buen aficionado
para ver la Gioconda
no va hasta el fin del mundo
y ni siquiera al Louvre

 

Va al cruce de la calle
de la rochefoucauld con la calle
notre dame
de lorette
entra al café
ahí está

 

El cuadro en la pared
beige y crema
el marco es beige y crema y un poco anaranjado
la tela está firmada
de mano del artista
E.
Mérou.
es la gioconda
la gioconda de mérou.

 

¿Mérou Emilio? ¿Mérou Eugenio? ¿Mérou Ernesto?
¿por qué no Emilia, Eugenia, o Ernestina?
¿cómo saberlo?

 

Tras el cristal bien limpio
la gioconda parece tan contenta
me mira
me sonríe
ni la menor condescendencia
ni un átomo de misterio
placidez
calma
hermosa

 

¡o sea, la gioconda!

 

El buen aficionado
no va hasta el fin del mundo
al Sélect, la Rotonde
al hondo fondo de profundas junglas
ni a las islas de la sonda
ni al perú
viene a ver la Gioconda
cerca del Sacré Coeur
la gioconda la gioconda
la gioconda de mérou

 

¡En resumen
cele cele cele
bremos la gioconda
layocondademerú!

 

 

M.A

 

About these ads
 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 79 seguidores