Escribir desde lejos, desde el otro lado. Escribir, y no denunciar la distancia más que como un accidente que subyace el texto. Pero también otras cosas: la mirada que compara, lo que nunca se pierde por más que estemos lejos. En los poemas de Enrique Lihn hay parte de ese gesto. La escritura se puede rastrear con sus dominios e ideas fuerza, con la sutileza de un lenguaje, y también con esas anotaciones que develan un sentir oculto. El poeta chileno explora registros: su poesía es móvil, su lenguaje es inquieto, sus referencias variadas.
Una frontera puede ser imperceptible, pero siempre es radical. Lo que decimos, cuando estamos lejos, no está sólo determinado por la imposición de ser extranjeros. En el caso de la poesía de Enrique Lihn, hay un tono que no caduca, una muestra que el país –lo que sea que signifique “país”- no es sólo una nacionalidad, sino también un lugar desde el que cuentas. Nunca salí del horroroso Chile, escribe el poeta, y la sensación que deja se vincula con una actitud de pertenencia irreductible. Desde lo que huyes, pero no siempre lo consigues; lo que reniegas, sin llegar nunca a otro destino.
Veinte y cinco años de Manhattan no le han agregado
nada a esa cara de provincia
(…)
Vino por casualidad y fue voluble
en quedarse: el lugar se le parecía
o así lo creyó y tenia la razón
Manhattan en si misma carece de realidad
Aquí también en un cierto sentido no pasa nada.
Aunque parte de la poesía de Lihn se escribe desde afuera, hay una referencia al regreso. Más que una imagen desde otro lugar, es un mensaje que constata al destinatario de manera implícita.
Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no podría llenar
con las anotaciones de mi diario de viajes
No me proporcionará los estímulos a los que necesite responder
cuando me pregunten en mi pueblo por la Megápolis
Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped del
mesonero
coadyuvando a que mi vida sea una versión del discours
sur le peu de realité
El no salir también tiene otras implicancias. El lenguaje de la infancia, la infancia misma, las imágenes que creamos de lo que fuimos, acompañan al viajero. No lo dejan escapar ni renunciar. No se está lo suficientemente lejos.
El español con el que me parieron
padre de tantos vicios literarios
y del que no he podido liberarme
puede haberme traído a esta ciudad
para hacerme sufrir lo merecido:
un soliloquio en una lengua muerta.
La mirada pictórica, una estética del fragmento, acompaña los versos del poeta, del hablante que observa y se involucra, que pasea y anuncia su paso. Es escribir -pienso en, por ejemplo, en el poema Pascuas en Nueva York o Apología y condenación de las Ramblas- e intentar capturar una intimidad que no alcanza a quedar dentro del cuadro. Una imagen que es también un lenguaje que funciona por intuición, al no poder ser capturado del todo.
El hablante no está acá, pero tampoco está allá. Camina, entra, sale, divaga, recuerda, pensando siempre en una ausencia. Un no tener que es objeto de dedicación, pero no como un recuerdo clasificado, sino como una corriente que va construyendo una biografía de extranjero.
Un mundo de voyeurs sabe que la mirada
es sólo un escenario
donde el espectador se mira en sus fantasmas
Un mundo de voyeurs no mira lo que ve
sabe que la mirada no es profunda
y se cuida muy bien de fijarla o clavarla
Entre desconocidos nadie aquí mira a nadie
No miro a la Gioconda
ni a Einstein en el subway
En eso de mirar hay un peligro inútil
fuera de que no hay nada que ver en la mirada.
Poemas que son tránsito hacia lo otro. ¿Y qué es lo otro? Lo otro es esa condición alienada de no pertenecer, pero estar. Y el lenguaje, como el país, es distancia. No llegar nunca a la zona donde las palabras son aquello que nombran.
Esto no es más que el balance de algunos años de vida,
sobrellevada desde siempre en un exilio culpable
ni el cura ni el analista saben nada del verbo
es una cosa sorda muda y ciega que asume
sin ninguna responsabilidad toda nuestras deficiencias
propias o ajenas para el caso da lo mismo
Tras la escritura, una mención: el hablante no pretende hacer del poema una constatación de lo vivido. Aquí no hay intenciones de escribir un diario, ni de recordar con el fin de reconstruir episodios. La épica es otra cosa. Lo que se escribe intenta subsistir en la ley de una palabra imperfecta. No es el lagrimeo del desarraigo; es una forma de ser afuera. Y la figura del poeta, es una marca que, como el ser de un lugar, no se pierde. En la ciudad extranjera, el poeta deshace la mirada buscando un escenario sobre el que inscribir su lenguaje. Como dice Lihn: destruir con la palabra lo que se ha construido sin ella.
R.S
La lectura de este post conlleva muchas emociones y ha resultado obvio que iba a venir acompañada de una melancolía plagada de sonrisas…
Recuerdo la foto de un bar de una calle peatonal en Santiago, tratando de inmortalizar el instante con una foto-copia, y otro bar -conectado emocionalmente- en una esquina de Bowery cercana a Bleecker St. donde se reunían poetas hispanos y latinos con corazones de perros… en la siempre cercana Manhattan.
abrazos!