La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Javier Cercas: batalla abierta abril 12, 2010


Los motivos nunca están claros. La política es no creer. Sin embargo, tras las capas, tras el artificio, surge el principio de toda ficción: un bosque espeso donde las palabras arman un mundo que nos cuenta algo sobre nosotros. Una manera de decir que no enuncia certezas, sino que intenta acercamientos. Por más que las temáticas tengan un referente, por más que los hechos se puedan rastrear, la novela impone un ritmo de reconstrucción arbitraria. Y es eso lo que Javier Cercas propone en Soldados de Salamina.


En los pliegues de un texto, una pequeña luz que se filtra en medio del espeso bosque. Una luz como un mensaje que subyace las coordenadas referenciales para indagar en la historia y reconstruir un episodio. La ruta, eso sí, no es la reconstrucción como mecanismo de mimesis. Lejos está esa aspiración. Lo que se propone, finalmente, es contar el devenir de una inquietud.


Entonces, está el narrador –que es periodista y escritor de dos libros que no tuvieron mucho éxito- que comienza a investigar la vida de un miembro fundador de la Falange Española: Sánchez Mazas. Y ese episodio, más allá de la rigurosidad historiográfica, comienza a ser la ruta elegida para indagar en los rostros de una guerra siempre anónima.


La pequeña historia es la de todos los días. En Soldados de Salamina -aun cuando toda afirmación juegue con un doblez peligroso- el narrador comienza a romper la épica de los grandes procesos. Ya no se habla de la institucionalidad que fundamenta las decisiones políticas y militares, sino lo que le interesa al autor está dado por el relato que se escribe en paralelo. En las anotaciones y conversaciones que quedan marginadas del gran relato. El narrador ubica en el centro un episodio y un personaje y lo reconstruye apoyándose en los testimonios de los protagonistas que quedan vivos: en esa memoria dañada por los años que ya no sabe lo que es capaz de recordar. Mucho menos conoce el para qué.


“Créame: esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos; hubo un tiempo en que sí, pero ya no. Alguien decidió que había que olvidarlas y, ¿sabe lo que le digo?, lo más probable es que tuviera razón; además, la mitad son mentiras involuntarias y la otra mitad mentiras voluntarias” (Cercas, Soldados de Salamina)


La utopía política, y el consecuente desencanto, configura un perfil desolador: mentes jóvenes que se sacrificaron pensando que el esfuerzo tenía una recompensa o, al menos, un consuelo. Pero el narrador nos muestra que ni los fundadores del movimiento político, ni los héroes de la resistencia militar, vieron consolidadas las metas que proyectaban. Sin embargo, hubo un gesto. Ir o creer, quedarse y esconderse, pelear o esperar que todo pase. Cerrar los ojos, o, como tu vecino, ir al frente de batalla y convencerte que la causa era tu honor. Que lo que ahí hacías, era historia; que la valentía y el heroísmo eran emblemas.


“Nunca nadie me ha dado las gracias por dejarme la juventud peleando por su mierda de país. Nadie. Ni una sola palabra. Ni un gesto. Ni una carta. Nada.”


En consecuencia, Soldados de Salamina es la operación de escritura que realiza el narrador, pero también, y lo que me interesa, el texto donde la derrota y el olvido protagonizan una identidad. Las imágenes de los soldados en el campo de batalla, o presos en viejos conventos, o escondidos en el barco, o caminando en la clandestinidad, son también las imágenes de toda una generación que supera las barreras geográficas de la obra.


La presencia de Roberto Bolaño, como personaje, puede ser percibido de dos maneras. Una de ellas es la de perfilarlo como mero personaje; la otra, es la de emparentar lecturas, conflictos y generaciones con la obra del autor chileno. Pero, por sobre todo, emparentar la utopía, la derrota y el olvido. Porque ese grupo de soldados en medio del desierto, o el relato de Miralles desde una Residencial en Dijon, es también el relato de más de algún personaje de Bolaño. Ahí está la generación que procuró un horizonte; un horizonte que se transformó en una pared donde sólo quedaba escribir para poder ver otra cosa que no fuera puro desencanto.


“Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.” (Bolaño, El Ojo Silva)


Sin embargo, la utopía nunca es suficiente. Y el olvido, con su operación de descarte, hace que el pasado se convierta en un episodio que sólo significa para esos que lo recuerdan. La fragilidad de la memoria, los procesos que sepultan las hazañas, la inquietud que nunca alcanza para corresponder al dolor, y las divagaciones, son los enemigos de esos que lucharon envueltos en una épica que terminó significando poco.


“Nadie se acuerda de ellos, ¿sabe? Nadie. Nadie se acuerda siquiera de por qué murieron, de por qué no tuvieron mujer e hijos y una habitación con sol; nadie, y menos que nadie, la gente por la que pelearon. No hay ni va a haber nunca ninguna calle miserable de ningún pueblo miserable de ninguna mierda de país que vaya a llevar nunca el nombre de ninguno de ellos.”


No es castigo, no tiene que ser de otra manera. Javier Cercas, en el fondo, más que honrar la memoria, quiere contar la nobleza de ciertas actitudes que la historia esconde. No es luchar contra el olvido, porque esos héroes de los que Cercas cuenta en su novela ya están olvidados para siempre, sino narrar una moralidad. Porque, por ejemplo, lo que envuelve la situación de “Los Amigos del Bosque” y Sánchez Mazas, o la del soldado que le perdona la vida, o la de los indultos carcelarios en agradecimiento realizados por el político español, no es otra cosa que desenmascarar el concepto de enemigo y apelar a una humanidad que no conoce de ideologías.


Soldados de Salamina es la historia de una generación que se esconde tras el relato de la historia oficial. Esos que padecieron la inocencia de las causas nobles, la ingenuidad de la victoria. Sí: la ingenuidad de la victoria y también la de la derrota.



R.S

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One Response to “Javier Cercas: batalla abierta”

  1. Susan Says:

    Puedo decirte que leí “Soldados de Salamina” en 2001 y que mi vivencia concuerda con el análisis que has hecho. No pude mantenerme al margen, me impliqué como persona emocionalmente, lejos de los discursos grandilocuentes. También la aparición de Roberto Bolaño fue significativa ya que dos años antes me había topado con “Los detectives salvajes” y quedé tocada con el descubrimiento de este autor en apariencia fragil y escritura contundente.
    Ya han pasado casi diez años, volver a leer la novela de Cercas y conocido el destino de Bolaño da una perspectiva insospechada para mi entonces.
    Un saludo.


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