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Melodías Argentinas, o escribir en el oído mayo 5, 2010

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 6:39 am
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Conviene, en todo caso, estudiar filosofía después de los cincuenta. Y más, si cabe, edificar modelos de una sociedad. Antes debemos aprender a cocinar un caldo y freír, no digo ya pescar, pescado, hacer un café como es debido.”
Joseph Brodsky, Intervención en la Sorbona

 

Milita Molina escribe en el oído. Inventa el detalle en el oído. El oído como única guía. Las frases respiran. ¿Qué censura recibe a Melodías Argentinas? Siempre hay una. Hay varias. Y apenas si se ve un sesgo. Y no todos. Yo veo que Melodías pone, al menos, ésa que “confina al box de los escritores ilegibles”, ésa: la dicen, y la comparten, el filósofo portátil y el devoto que quieren que los libros no se editen. Milita Molina, que en este libro no dice, no habla de, hace, hace que entre la vida. Porque Milita Molina usa el lenguaje. Que sirve para vivir. Y como vivimos tiempos sartreanos, Sartre que volvió con fuerza, su literatura comprometida es otra vez la métrica social que mide a los escritores. Sartre decía, siempre dice Sartre, por supuesto, nunca hace, maestro de los filósofos portátiles, como está de una vez y para siempre mostrado en Los sospechados, él decía: “los poetas son hombres que se rehúsan a utilizar el lenguaje”. La vieja idea instrumentalista del lenguaje está de vuelta, o tal vez nunca se fue. Está de vuelta de la mano del filósofo portátil. El bueno de Sartre decía un escritor argentino confinado a ilegible. Melodías Argentinas es una revuelta contra ese lugar común. Contra ese mantenimiento del orden. El psicoanálisis con su sordera literaria también contribuye, con sus gastadas lecciones sobre el estilo: Melodías lo pasa por el colador: “Yo soy no sólo el que ayer nomás cantaba sino que canté en muchas lenguas y también en lacanian que viene bien al caso. Más aún, soy un sobreviviente del psicoanálisis y se me estaba yendo la vida en preguntarme (¿Por qué?-¿Por qué?) sobre cosas cuya respuesta ya no me interesaba, me importaba más bien un choto, porque yo andaba en el puro seguir (en aquello de tengo respuestas y me faltan las preguntas, más bien, que es otra desesperación).”

 

En ese yo del libro se nos abre una posibilidad de lectura. Ese yo, acá, es una alegría. Milita Molina dice yo sin tapujos. Se busca ahí, y si no, en qué otro pronombre. La fuerza de la revuelta está en ese yo. Enroscado, pasado por el Río de la Plata. Filtrado. Lírico de voz. Cómico. Pasado por la sintaxis: “y agradecer la sofisticación de la sintaxis.”, sintaxera, Milita Molina. No pide permiso. ¿O vamos ir a controlar la sintaxis con el retórico de turno? Melodías toma la “endeble causa del escribir” contra la tiranía de los temas. No hay lenguaje de poetas y lenguaje de la calle, hay lenguaje. Eso hace también Melodías. El Caracol, portento si los hay, le dice a la desgreñada mujer sentada: “Usted que sabe encontrar un verdadero tema”. Frase asesina si las hay, si uno sabe escucharla. De guerra del lenguaje. Melodías sabe de la guerra del lenguaje: “¡Oh libros viejos! (tono plañidero) que hasta han conseguido –un éxito modestillo, una victoria pirria– han conseguido dar lástima en este Planeta de por sí lastimoso. Imaginen el buraco que ahonda mi herida cuando veo a los míos recogerse los pliegues de la túnica (de la toga a las verijas) y participar de la hoguera agradeciendo (siempre agradecieron todo) al Gran Tribunal de Vigilancia.”

 

Contra ese Gran Tribunal de Vigilancia también se escribe. Dan ganas de recordar que no se escribe para agradar. Y se ganan enemigos, y aparecen las denegaciones sutiles. Melodías Argentinas está lejos, muy lejos de cualquier imitación de lo hablado. De los moldes de lectura de digestión. Hay siempre una posibilidad de leer sin la impostura de la complacencia. La de la sordera. La de la literatura domesticada. Milita Molina tiene a la literatura argentina en la trama de Melodías, no como influencia, sino como respiración. Como masticación. Como gusto. Las palabras en el gusto. No habla de literatura. Hace. Insisto en el verbo hacer contra hablar de. Contra decir. Contra las retóricas berretas del estilo. Melodías es ese bellísimo:

contar las cuentas del collar y olvidarse del hilo, seguir la hilacha, no dar un fleco de “ficción”, etc., resulta socialmente más paradojal, porque tiende a ser considerada superflua (al estilo más crudo de “andá a trabajar haragán de mierda qué vas a ser escritor vos con esas porquerías, si es por ser así de loco, cualquiera” –las variantes son miles–, por los mismos que después recogen las perlas del Gran Banquete de la Cultura –de la que supone que hasta el escritor excluido es un “eslabón” y aun la parte vital, la parte maldita y todas esas cosas que enseñan los pensadores sobre la cultura y sus efectos en la ¡mi dios! literatura– y en éxtasis las elevan al altar del arte para amenizar las veladas de tedio, los cumpleaños, los aniversarios, y hasta los fines de semana cuando el silencio se cuela por los agujeros de la cerradura.” Porque un escritor, si escribe algo, sabe qué rechaza y qué detesta. Melodías no busca consenso, esa panacea del “sacerdote del arte”, ese cretino lleno de esteticismo: “He comprobado que cuanto más empalagoso es el sacerdote del arte, más desprecia, sin embargo, el chiflido desesperado de un vago.”

 

Escribir sin saber qué se escribe. A lo desconocido. El vago sabe que no sabe. Melodías no está en lo compasional, pero tampoco ejerce el sesgo cancheril de la crueldad. De la provocación subvencionada. Está escrito en la voz. Que está sola. Y como Milita Molina pone a Casavettes: “John Casavettes, por ejemplo, es un maestro del no volver a casa.”, yo me traigo a Casavettes. Y cuando se pone a Casavettes se atravesó una frontera, ya no hay vuelta atrás. Casavettes el maestro del anticonsenso. Que sabía decir yo: “Soy un vago de Port Washington que creció junto al ferrocarril de Long Island”. Lo que a mí me interesa son cuestiones como ¿Está loca una persona que piensa de manera diferente? Milita Molina se atreve hasta allí. A esas preguntas. Sus vagos, ese yo, ese Caracol, y todo lo cómico de lo cultural pasado por la vida del lenguaje: “(El conocimiento de la propia lengua puede ser muy escaso pero siempre el recorte parece suficiente si nos sirve para vivir y nadie se anda preguntando salvo que sea un poeta de diccionario, o un maniático o alguien que por motivos laborales se vea obligado a ‘acrecentar su vocabulario’, pero no hablamos de eso, sino del común que no se anda preguntando si sabe mucho o no su propia lengua).” Sonido. Un sonar. Retratos también: de pensadores asustados por la vida, los sacerdotes del arte, o de gente que circula. Melodías es un libro de preguntas. Lector, si buscamos respuestas mejor ir a otro lado. Traigo a Casavettes porque también es el director de los observadores incansables. Y Melodías es una variación infinita hecha en la observación incansable: nunca me voy a olvidar de esta perla que ningún océano se podrá tragar: “el azufre de la manta raída de mi padre.” Milita Molina entra ráfagas de tiempo. Todo el libro va a tiempo.: “Habría tanto para conversar, pero el tiempo es sabandija .”

 

Tiempo enroscado en yo. Que no se deja devorar por ninguna filosofía. Que desarma el clisé de la influencia. Acá lo que se lee, lo que se cita, respira tanto como lo que se escribe. Van juntos. Son varios mundos a la vez. Hay que abandonarse. Leer Melodías sin redes y sin defensas. Dejar que aparezca lo desconocido de una voz. Melodías escribe el vivir.

 

 

Hugo Savino

 
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