La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac mayo 4, 2009

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La Periódica Revisión Dominical presenta su Dossier Kerouac sobre el escritor norteamericano Jack Kerouac. El trabajo cuenta de un prólogo, 8 ensayos y tres colaboraciones especiales en torno a la obra de Kerouac, 6 textos del propio Kerouac, en su mayoría inéditos en castellano, una entrevista realizada al autor en 1968, un epílogo y varias curiosidades.

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 – Prólogo, por Roberto Santander

 

 - Kerouac por Kerouac (identikit) 

 

- Credo y Técnica de la Prosa Moderna, por Jack Kerouac

 

- Kerouac, el existencialismo saturado, por Mome

 

- Una Red Espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957), por Roberto Santander

 

 

 

Kerouac y la Generación Beat

 

       Acerca de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1957)

 

       Corderos, no leones, por Jack Kerouac (1958)

 

     –       Beatífico: orígenes de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1959)

 

 

 

- Kerouac, un clochard celeste, por Hugo Savino (colaboración especial)

 

- La América de Papel (suite), por Martín Abadía

 

- Diarios de Jack Kerouac (1948-1949)

 

-  Kerouac, Parker, los calamabres del espíritu, por Mome

 

-  La Desaparición del Vagabundo Americano, por Jack Kerouac (1959)

 

 Nota de una lectura urgente: En el Camino (1957), por Roberto Santander

 

-  Recordando a Jack Kerouac, por William Burroughs– traducción: Milita Molina – (colaboración especial)

 

-  La única novela de amor que he leido…, por Mome

 

 Nota al Pie sobre el orígen de Doctor Sax, por Martín Abadía

 

-  Entrevista a Jack Kerouac (1968)

 

-   La Tentación del Zen, por Parapo  (colaboración especial)

 

-   Últimas palabras sobre el hombre y la botella, por Mome

 

 

 

Lecturas Kerouac

 

     –  The Beginning of Bop /El nacimiento del Bop, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     –  October in the Railroad Earth /Octubre en las vías del tren, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     – Fragmentos escogidos (con audio – en inglés)

 

     - Pull My Daisy (film)

 

 

- Epílogo, por Martín Abadía 

 

 

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Prólogo

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Cuando finalizó el Dossier Salinger -tiempos de viajes, amores y fracasos-, La Periódica Revisión Dominical comenzó a planear, inmediatamente, una nueva entrega. Y de forma natural, casi sin planearlo mucho, apareció el nombre de Jack Kerouac.
Hay muchos Jack Kerouac, lo sabemos. El de la historia de la literatura y el que cada uno leyó. Se dice, y quizá sea cierto, que hay una edad y un lugar para leerlo. Es probable; para nosotros, eso sí, para todos los que participaron en el Dossier, Kerouac significa mucho aún hoy.
La literatura te enseña un carácter y una actitud ante los textos, pero también ante la vida. No somos sobrevivientes, ni malditos, pero sí creemos en una estética de hacer las cosas. Ganando o perdiendo, creemos en la elegancia del orgullo, y en la fabulosa hidalguía de la rabia. Ante todo.
Los textos de este Dossier, a diferencia de los anteriores, incorporan nuevas voces. Lejanas, distantes; muchos no nos conocemos, frente a frente, pero hay una oscura certeza de que nos gusta hacer las cosas del mismo modo. La temeridad de creer que estamos escribiendo un solo texto.
El presente Dossier tiene traducciones, textos literarios, críticos y aproximaciones imperfectas. Una zona de audio y video. Nuestra frontera es una. Y queremos traspasarla. El Dossier Kerouac procura, primero, hacer de nuestras debilidades cotidianas una justificación. Segundo, entregar una visión literaria del autor norteamericano. Tercero, proponer lecturas críticas, riesgosas: ocupar el espacio.
Escribir. Quemar y quemarse. De otra forma, no vale, no sirve.
R.S
 

Dossier Kerouac: Kerouac por Kerouac

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Nombre Jack Kerouac                                                                                                                                copia-de-jack-kerouac

 

Nacionalidad Franco-Americano

 

Lugar de Nacimiento Lowell, Massachussets

 

Fecha de Nacimiento 12 de Marzo de 1922

 

Educación Escuela Secundaria de Lowell (Mass.); Escuela de Varones Horace Mann; Universidad de Columbia (1940-42); Nueva Escuela de Estudios Sociales (1948-49). Artes liberales, ninguna licenciatura (1936-1949). Tuve una A en el Curso de Inglés de Mark Van Doren (Curso sobre Shakespeare).— Reprobé química en Columbia— Tuve 92 de promedio en la Escuela Horace Mann (1939-1940) Jugué al football infinidad de veces, y estuve en equipos de baseball y atletismo.

 

¿Casado? Nah

 

Hijos No

 

Resumen de sus principales ocupaciones y/o trabajos

 

De todo. Dilucidemos: trabajé en la borda de un barco, fui empleado en una estación de servicio, marinero de cubierta, escritor de periódicos deportivos (Lowell Sun), guardafrenos en el tren, guionista para 20th Century Fox en New York, agitador de gaseosas, empleado y botones en el tren, recolector de algodón, asistente de mudanzas, aprendiz en el laminado de metales en el Pentágono en 1942, guardabosques y vigía de incendios en 1956, trabajador en la construcción (1941).

 

Intereses

 

Hobbies  Inventé mi propio juego con cartas de baseball, extremadamente complicado, y estoy en proceso de jugar una temporada de 154 juegos entre ocho clubes nocturnos.

 

Deportes Los jugué todos, excepto el tenis, el lacrosse y el skull.

 

Especialidad  Las chicas

 

Por favor, haga un breve resumen de su vida.

 

Tuve una infancia hermosa; mi padre era imprentero en Lowell, Mass., yo deambulaba por los campos y las orillas de los ríos día y noche, escribía pequeñas novelas en mi cuarto, la primera a los 11 años, incluso llevé largos diarios y “periódicos” que cubrían las carreras de caballos que inventaba y el mundo de football y el baseball (como puede leerse en la novela Doctor Sax)— Tuve una buena educación con los Hermanos Jesuitas en la Escuela Parroquial St. Joseph’s en Lowell, que me hizo saltar luego el sexto grado en una escuela pública; de niño viajé con mi familia a Québec y Montreal; a los 11 años el Alcalde de Lawrence (Mass.) me regaló un caballo, Billy White, y llevaba a todos los niños del barrio de paseo; luego el caballo huyó. Hice largos paseos bajo los viejos árboles de New England en la noche con mi madre y mi tía. Escuché atentamente todo lo que cuchicheaban. Decidí ser escritor a los 17 por influencia de Sebastian Sampas, un poeta local que tiempo después murió en Anzio Beach; leí la vida de Jack London y decidí volverme también aventurero, un viajero solitario; al principio fui influenciado por Hemingway y Saroyan, luego por Wolfe (después de haberme roto la pierna jugando al football en Columbia, leía a Tom Wolfe y vagaba por New York en muletas). —- Influenciado por mi hermano mayor Gerard Kerouac que murió a los 9 años en 1926, cuando yo tenía 4, quien era un gran dibujante y pintor —- (también un santo, según algunas monjas) —- (como puede leerse en Visions of Gerard)

Mi padre era un hombre lleno de alegría, absolutamente honesto; amargado en sus últimos años, durante la presidencia de Roosvelt y la Segunda Guerra Mundial, murió de cáncer de bazo. —- Mi madre aún vive. Vivo con ella una vida monástica que me ha permitido escribir todo lo que he escrito. — Pero también escribí en el camino, como vagabundo y viajero en trenes, en mi exilio en México y de viaje en Europa (como puede verse en Lonesome Traveler). —- Una hermana, Carolyn, casada con Paul E. Blake Jr., de Henderson, N. C., técnico de antimisiles en el Gobierno — tienen un hijo, Paul Jr., que me llama tío Jack y me ama. —- El nombre de mi madre es Gabrielle; todo lo que aprendí sobre narrar lo aprendí de las largas historias sobre Montreal y New Hamshire que me contaba. — Mi familia proviene de Bretaña, Francia; primero, mi ancestro norteamericano, el Barón Alexandre Louis Lebris de Kérouac, de Cornwall, Brittany, 1750, a quien le concedieron tierras a lo largo de Rivière de Loup, luego de la victoria de Wolfe sobre Montcalm; sus descendientes se casaron con nativos (Mohawk y Caughnawaga) y pusieron una granja de tomates; el primer descendiente en los Estados Unidos fue mi abuelo, Jean-Baptiste Kérouac, carpintero, en Nashua, N.H.—- El padre de mi madre, Bernier, era pariente de Bernier el Explorador —- todos bretones de parte de mi padre — Mi madre tiene apellido normando, L’Evesque.—-

Primera novela formal, The Town and The City, escrita bajo la tradición de un largo trabajo corrector, de 1946 a 1948, publicada por Harcourt Brace en 1950. — Luego descubrí la prosa espontánea y escribí, digamos, The Subterreneans en 3 noches y On The Road, en 3 semanas —-

Leí y estudié solo toda mi vida. —- En la Universidad de Columbia establecí un récord salteándome clases para quedarme en mi dormitorio y escribir diariamente y leer a Louis Ferdinand Céline, en vez de los “clásicos” de los cursos.—-

Soy dueño de mi propia mente. —- Se me conoce como un “loco ángel vagabundo” con una “mente desnuda e infinita” para la “prosa.” — También escribí versos, Mexico City Blues (Grove, 1959). —- Siempre consideré que escribir era mi deber en la tierra. Al igual que la prédica de la amabilidad universal, cuyas histéricas críticas han fallado al congratular a mi actividad escritora de novelas verídicas como “novelas sobre la Generación “Beat.”— En realidad no soy “beat”, sino un extraño, loco y solitario católico místico…

 

Planes Finales Ser eremita en los bosques, escribir pausadamente en la vejez, apacibles esperanzas con respecto al Paraíso (que después de todo, nos llega a todos)…

Queja favorita respecto del mundo contemporáneo La burla de la gente “respetable”… que al no tomarse nada seriamente, está destruyendo los viejos sentimientos humanos, más viejos que la revista Time… Dave Garroways riéndose de las palomas blancas…

 

 

 

 

(Incluido como prólogo a Lonesome Traveler, publicada en 1960)

Titulo original: Authour’s Introduction.

Traducción: Martín Abadía

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Credo y técnica de la prosa moderna

 

 

 

Traducción: Martín Abadía

Título original: Belief & technique for modern prose

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                 FO00117724

1.     Cuadernos de notas secretos, garabateados, y páginas salvajemente escritas a máquina, para tu propia felicidad.

2.     Sométete a todo, abierto, escuchando.

3.     Intenta no emborracharte fuera de casa.

4.     Enamórate de tu propia vida.

5.     Lo que sientas encontrará su propia forma.

6.     Sé el santo ingenuo de tu imaginación

7.     Sopla tan profundo como quieras soplar.

8.     Escribe lo que creas insondable, desde lo hondo de tu imaginación.

9.     Las inexpresables visiones del individuo.

10. No le des más tiempo a la poesía del que precisa con exactitud.

11. Cosquillas visionarias temblando en tu pecho.

12. Sueña en trance permanente los objetos que están delante de ti.

13. Deshazte de tus inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas.

14. Como Proust, sé un viejo fumado del tiempo.

15. Di la verdadera historia del mundo en un monólogo interior.

16. La joya central del interés es un ojo dentro de un ojo.

17. Escribe para recuerdo y asombro de ti mismo.

18. Sé conciso en una mirada aguzada, nadando el mar del lenguaje.

19. Acepta para siempre el fracaso.

20. Cree en el sagrado contorno de la vida.

21. Esfuérzate en describir el fluido que ya existe en tu mente.

22. Si te detienes, no pienses en la palabra mas que para ver mejor la imagen.

23. Síguele el rastro a cada día, en el bálsamo de las mañanas.

24. No temas o te avergüences del conocimiento, el lenguaje o la dignidad de tu experiencia.

25. Escribe para que el mundo vea la exacta imagen que tienes de él.

26. Un libro-película es una película en palabras, la forma visual americana.

27. Alaba el Carácter del Parpadeo de la inhumana soledad.

28. Composición salvaje, pura, indisciplinada, venida de dentro, alocada si es posible.

29. Eres un genio siempre.

30. Director-Escritor de películas Terrenales, auspiciadas y protegidas por el Cielo.

 

 

 

PREPARACIÓN: el objeto se ubica antes de la imaginación, incluso antes la realidad, como un boceto (frente a un paisaje, una taza de té o un viejo rostro), o desde la memoria, en donde se convierte en un bosquejo de una determinada imagen-objeto.

 

PROCESO: al ser el tiempo la esencia de la pureza del discurso, el volcado del lenguaje es un fluido ininterrumpido de la mente en secretas y personales ideas-palabras, soplando (como un músico de jazz) el tema de una imagen.

 

MÉTODO: No hagas periodos que separen las oraciones-estructuras, ya arbitrariamente atiborradas de falsos dos puntos y las usualmente tímidas e innecesarias comas, mas que con el vigoroso espacio de la respiración retórica (tal como un músico de jazz toma aire entre las frases que no ejecuta) – “las pausas medidas son la esencia del discurso” – “escuchamos divisiones de sonido” – “el tiempo y cómo dar cuenta de él” (William Carlos Williams)

 

CAMPO: no selecciones la expresión sino siguiendo la libre desviación (asociación) de la mente en el infinito soplar-el-tema al producir océanos de pensamiento, balanceándote en el mar del Inglés sin otra disciplina que el ritmo de la exhalación retórica y el principio de frenesí, así como golpeas con tu puño la mesa con absoluta expresión, ¡bang! (guión de espacio) – Sopla y escribe tan profundo como quieras, pesca tan hondo como quieras, satisfaciéndote a ti mismo primero, para que luego el lector pueda recibir telepáticamente el estímulo y la emoción significante mediante las reglas que operan en su propia mente.

 

DEMORA EN EL PROCESO: no te detengas a pensar en la palabra apropiada, sino en el infantil cruce de escatológicas palabras acumuladas hasta conseguir la satisfacción, lo cual depondrá el ritmo por el pensamiento, acorde con las grandes leyes del tiempo.

 

TIEMPO: No hay barro que corra con el tiempo y, acorde a las leyes del desarrollo del tiempo shakespeareano, es preciso hablar ahora, en la forma inalterable en que lo haces, o callar para siempre – no hagas correcciones (excepto obvios y sensatos errores, como nombres o inserciones que no tienen nada que ver con el acto mismo de escribir sino con el de insertar)

 

CENTRO DE INTERÉS: no comiences por ninguna idea preconcebida de lo que vas a decir sino apégate a la joya central del interés en el tema de la imagen en el momento de escribir, y escribe desde el mar del lenguaje hacia una periférica redención y agotamiento – No pienses luego excepto por la poética o los epílogos. No pienses luego en “mejorar” o remediar las impresiones ya que la mejor escritura es siempre la más dolorosamente personal y exhaustiva, ejecutada desde la segura cuna de la tapa de los sesos, haz de ti tu propia canción, ¡sopla! – ¡ahora!- tu camino es el único camino – “bueno”- o “malo”- siempre honesto (“absurdo”), espontáneo, interés “confesional”, nunca artificial. El artificio es sólo artificio.

 

ESTRUCTURA DEL TRABAJO: las modernas y bizarras estructuras (ciencia ficción, etc.) se yerguen desde un lenguaje que ha muerto, temas “diferentes” que dan la ilusión de una “nueva” vida. Anda duramente las lindes del movimiento propio del tema, como una piedra en el río, fluir de la mente en la joya del interés (que tu mente corra sobre ella), deja que empiece a pivotar, y donde antes estaba la forma de un “principio” oscuro habrá luego la urgente necesidad de un “final,” y el lenguaje se acorta en la carrera para atarse al correr del tiempo de la tarea, siguiendo las leyes de la Forma Profunda para concluir con las últimas palabras, y los últimos sudores – La Noche es el Fin.

 

ESTADO DE ÁNIMO: si es posible escribe “inconscientemente”, en semi-trance (como Yeats, “trance de la escritura”) dejando que la inconciencia admita sus propios intereses desinhibidos, necesarios, y el lenguaje “moderno” lo que la conciencia censuraría; escribe excitada, velozmente, con los calambres propios del manuscrito o el tecleo, de acuerdo con (así como vas del centro a la periferia) las leyes del orgasmo, la “tormenta de la conciencia” de Reich. Venida desde dentro, surgiendo para relajarse y hablar.  

 

 

Dossier Kerouac: Kerouac, el existencialismo saturado

 

 

 

Algunas veces, como en los casos de Fitzgerald o Kerouac, el efecto producido por un escritor es inmediato, como si una generación estuviese esperando por ser escrita

                                                                                                                       William Burroughs

 

 

 

 

Los lugares y los tiempos

                                                                                                                                                            kerouac1

Adhiero plenamente a la sentencia que encarama a los grandes escritores en la categoría de universales y atemporales. El talento de un Shakespeare, un Dante, un Dostoiesky o un Kafka indudablemente rebasan cualquier coordenada espacio-temporal, se desmarcan de las particularidades de su tiempo histórico y cultural concreto, huyen de la manía de contextualización a la que los humanos somos adictos.

A lo que no adhiero tan plenamente es al decreto que subyace a la sentencia anterior y que consiste en eliminar cualquier tentativa de análisis de la época en que un escritor vivió y escribió. Quiero decir: si bien los estilos y los fundamentos de los grandes escritores atraviesan cualquier localización, el mundo en que vivieron – en tanto horizonte práctico, siguiendo a Heidegger – tiene cosas para decir de esos escritores y de sus obras. Se sabe: el amor, la aventura, dios, la soledad, la locura o el crimen son los temas a los que cantan todos los grandes; eso no asegura nada: ¿a qué otra cosa se le podría cantar?. Salvo que el amor, la aventura y todos los demás rubros no representan ni son lo mismo en todos los tiempos. Siquiera dios. Basta comparar lo que es el amor para Cervantes con lo que significa para Artaud.

 

J.P. Sartre aseguró que todos somos hijos de nuestro tiempo. Y aseguró varias cosas más que marcaron el pulso (y las carencias, por qué no decirlo) del pensamiento ético y político durante varias décadas. Es un caso extraño el de Sartre, qué duda cabe: se trata del último pensador complejo verdaderamente famoso y también del eslabón final de la cadena de intelectuales* franceses que inauguró Zola. Su trama filosófica, el existencialismo ateo (fruto de la digestión de la “triple H”-  Hegel, Husserl y Heidegger – y la influencia de Marx y Freud), impregnó como pocas otras teorías al mundo que la creó. El itinerario bélico y político del siglo XX hizo su parte al constituir a la juventud como sujeto político y cultural predominante: el existencialismo (aún en esa versión lavada e infiel que tanto se posa en las personas de lengua incontinente) es un complejo cultural para jóvenes, sin que esto tenga ningún viso de menoscabo. Fue la juventud la que supo blandir la bandera de la autodeterminación constante; únicamente ella podía, por cierto, tomar bajo la responsabilidad de sus actos al resto de la humanidad. Lo curioso es que el existencialismo es una teoría adulta, plagada de obligaciones, proyectos y un subjetivismo que a veces roza con el egoísmo. Una teoría adulta reivindicada y ejercida por jóvenes: la confusión era inevitable. Y la reacción también.  Desde la filosofía y la literatura posterior (Blanchot, Bataille, Ionesco y tantos otros) surgieron los dardos furiosos contra las posturas de Sartre y, creo, sobre todo contra su figura. Se bregaba entonces por un ser humano menos consciente, nada monolítico, algo aséptico, mucho menos autoritario y poderoso. No resulta descabellado, después de todo Sartre había hecho lo propio con sus “padres” (y “abuelos”, quizás allí esté el chiste); la dialéctica propia del pensamiento, con la que Sartre comulgaba peculiarmente, requiere este tipo de contracciones y rechazos.

La que sí resulta misteriosa es la filiación de ciertos autores gigantes que de una u otra manera – ya sea por el mero eje temporal, ya por las esencias que cimientan sus obras – están embebidos de existencialismo, están mezclados con él, cercanos y enfrentados a la vez. Uno de esos escritores gigantes es, según mi parecer, Jack Kerouac.

 

 

 

 

La literatura (des)comprometida

 

Sartre ha agregado a las discusiones literarias del siglo XX una expresión de peso; esa expresión es Littérature engagée. Más allá de la polémica que esa expresión y sus secuelas han generado (por lo general img_kerouac_02apresuradas: se nota que ha resultado más simple impugnar a Sartre que leerlo con detenimiento), el filósofo francés fue claro al respecto en ¿Qué es la literatura?, acaso uno de los ensayos más valiosos del siglo pasado. Allí escribe: “La función del escritor consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente”. Por supuesto que dicho obrar incluía proyectos políticos determinados (el comunismo), conductas culturales determinadas (el amor libre, entre tantas otras) y por tanto una visión del mundo determinada. Pero la miopía de Sartre no es tan garrafal como se ha insinuado; de hecho, más que a cualquier dogma político, la frase anterior responde a una concepción específica del habla. Lo digo con Walter Biemel en su Sartre: “Él (el escritor comprometido) sabe que su palabra no es una pura descripción, sino un acto de revelación, de patentización, gobernado por el proyecto propio de la forma social a que aspiramos”. La palabra, entonces, no solamente describe sino que revela, la palabra lleva hacia ese mundo que es real y que no obstante está siendo construido por nosotros a cada paso.

 

Aquí, la tentación de inscribir a Kerouac en un concepto amplio del “existencialismo” en el que cabrían también la Generación Perdida norteamericana, James Dean, los popes del Rock ‘n Roll o Lermontov, para dar una raquítica idea de lo que quiero decir. Un sentido que refiere a la piedra medular del existencialismo: la certeza de que la existencia, el estar yecto en el mundo, precede a cualquier esencia o naturaleza humana, si es que tal cosa existe. Un sentido que refiere a la mitología del viaje, de la constante auto-inquisición, de la angustia mundana que tantas veces tiende a la autodestrucción frente a una escena que no logramos entender.

 

Esta tentación no es un invento mío, está claro; entre otros, el mismísimo Burroughs observó en Kerouac esa veta de responsabilidad ante toda una generación, aunque dicha responsabilidad siempre haya sido odiada y temida por su amigo. En un artículo suyo sobre la obra de Kerouac el creador de Nova Express enrola a su correligionario en una versión “relajada” del existencialismo, análoga a la que se refirió más arriba. Versión que remite a las cavilaciones íntimas de Kerouac – conocidas por Burroughs si es que elegimos creerle –, a esa estampa de mecha generacional que hace del asesinato del padre y de la imposición de nuevas costumbres el hueso de su literatura. La posición de Kerouac frente a la escritura (“Uno sentía que estaba escribiendo todo el tiempo; que la escritura era lo único en que pensaba. Nunca quería hacer otra cosa” nos comenta Burroughs al respecto) refuerza la postura de Burroughs: ese hombre estaba ensimismado en su escritura, que en verdad era algo así como su forma de pensar. Estaba absorto en un ejercicio que le provocaba angustia, la angustia existencialista de tener que decidir. Decidir por él y por los demás. Kerouac efectivamente está tramando en sus libros más crudos la forma social a la que aspiraba, aunque ese horizonte no sea un régimen stalinista (se sabe que el muchacho era conservador como su mamá) ni un inmenso campo hippie de amor fraterno y lascivo.

 

Quiero decir: una lectura rigurosamente existencialista de Kerouac es por lo menos improbable. La política, el carácter y hasta la moral lo alejan de esa cueva. Pero inquiero: ¿es acaso esa versión dura del existencialismo la única o, en todo caso, la correcta? ¿No existe otra lectura del existencialismo, perfectamente legítima, que apunta más generalmente hacia la superestructura, hacia los espíritus y las alas de los seres humanos?. Es en esta segunda lectura en donde ingresa Kerouac al juego. Él, justo él, que a los 20 años apenas tenía ganas ya de jugar.

Escribe Burroughs en el artículo citado: “…los escritores son, incluso, en cierta forma, muy poderosos. mexico_city_bluesEscriben el guión para el film de lo real. Kerouac abrió un millón de cafeterías y vendió millones de pares de Levis para ambos sexos. Woodstock surgió de sus páginas.” En esta frase se condensa la noción de existencialismo con la que trabaja Burroughs, la que atañe a un hombre que, situado en el mundo real sin anzuelo del que colgarse, se dedica a pensar y decidir cuál será el mundo al que se debe llegar. Sabemos por los cotorreos biográficos que Kerouac renegó con rabia de semejante responsabilidad; sabemos también que su alcoholismo fue agravado tal vez por la obligación de ese papel. No creo que esos detalles tengan suma importancia para este escrito: el existencialismo que Burroughs (y tantos otros) adjudican a Kerouac prescinde de las intenciones reales y concienzudas de quien obra. Tratándose de Burroughs, hasta se podría decir – sin fallar – que prescinde de la (auto)conciencia.

 

 

 

Las liberaciones y la esclavitud

 

 

La obsesión del existencialismo francés consistió, durante su fase tardía, en hacerse maleable para acompañar como teoría moral al marxismo ortodoxo. Los esfuerzos por lograr semejante cometido pueden palparse claramente en Crítica de la Razón Dialéctica, escrita por Sartre hacia 1961. En esas páginas Sartre intenta (creo que vanamente) conciliar aquella libertad radical  e individualista propuesta en El Ser y la Nada con los extremos del sistema político en el cual creía. En dicha cruzada Sartre no tiene otra opción que cambiar su concepto de libertad humana y desbaratar varias de las consecuencias más importantes del existencialismo original. Crítica de la Razón Dialéctica actúa en cierto sentido como síntoma de una época intelectual: el marxismo se erguía como la única opción política decente frente al monstruo capitalista y no se podían escamotear maniobras para adaptar cualquier postulado al océano marxista. El existencialismo debía ponerse serio – en un sentido político que hoy resulta una reliquia tal como van las cosas – y para eso debía sacrificar ciertamente uno de sus pilares básicos: la radical libertad que suponía a un hombre soberano de sí mismo que se mantenía “aparte” de la historia y de las conformaciones sociales, que podía escapar de esas instancias a su antojo sin por eso transformarse en traidor o en algún elemento social por el estilo. Este cambio fastidió a muchos de los seguidores de existencialismo y dio mayor entidad a ese otro existencialismo, menos puntilloso en los razonamientos y en la búsqueda de coherencia pero más genuino en sus intenciones.

En el año 1959, prologando la década más reputada de la historia contemporánea, aparece Mexico City Blues, el libro de poemas en coros de Jack Kerouac. De allí surge el Coro 34:

 

No tengo planes

Ni citas

             Ni entrevistas con nadie

 

Así que exploro ociosamente

             Almas y ciudades

 

Geográficamente provengo de

            Y pertenezco al grupo

             Que llaman Holandeses de Pennsylvania

 

Pero en realidad soy un ciudadano

            del mundo

            que odia el Comunismo

            y tolera la Democracia

 

Sobre la cual dijo Platón hace 2000

            Años,

Que era la mejor forma de mal gobierno

 

Estoy explorando simplemente almas & ciudades

Desde el punto de vista privilegiado

De mi torre de marfil construida,

Construida con la ayuda

            Del opio

 

Eso basta ¿verdad?

 

La saturación del existencialismo. De eso se trata el poema. Un Kerouac ya no tan joven en cuanto al asunto biológico (37 años) pero eternamente jovial en cuanto al sentido estético de la existencia sospecha los embates de una temporada que se enclava en dilemas tales como: la diversión o el trabajo; la libertad o la beat11obediencia a fines supremos; la salud o la experimentación sensorial a través de plantas y químicos. El existencialismo, aquella postura amplia que abrevaba en la libertad humana y subjetiva como el pilar básico de la existencia, ahora renegaba de algunos de sus pataleos para ponerse a tono con el período y allí está el poeta para tallar la diatriba transcripta, para salir al cruce de cualquier propuesta consistente en “sentar cabeza”. La rebeldía se distancia de la rebelión en este poema, al igual que en la obra toda de Kerouac; la rebeldía se vuelve conservadora, hasta reaccionaria. La rebeldía vuelve a aproximarse al flanèur baudeleriano, que también vagaba ocioso visitando almas y ciudades sin perder por semejante conducta la soledad esencial y metafísica. La rebeldía, en esta acepción, se convierte en egoísmo y espionaje, en la idea de que rebelde, realmente rebelde, es aquel que se da sus propias reglas, el que trama sus propias realidades, el que (parafraseando al gran Chico Buarque) se anima a morir de su propio veneno.

 

Existe un algo que atraviesa todo el poema. Ese algo sabe a exageración; no pretendo concretar inferencias psicologistas sobre el poema de Kerouac, después de todo un poema es eso que es, un poema, y sobre todo no es aquello que no es. Pero es evidente que el poema citado se inunda de exageraciones y reivindicaciones propias del adicto a cualquier sustancia estimulante. Lo que en principio podría ser un comentario hasta irrelevante es transformado por Kerouac en una declaración de principios definida básicamente por la oposición a otros principios, a los imperantes.  

De ahí cierta inseguridad: el final termina preguntando “¿verdad?” y lejos está de ser, según lo que creo, una pregunta retórica. ¿A quién está interpelando Kerouac?: si apelamos a la coherencia, debería ser a él mismo; si nos vestimos de críticos literarios deberíamos pensar en los lectores. Si gustamos de las biografías, finalmente, podríamos señalar a sus amigos y correligionarios. Más allá de cuál sea la respuesta que se elija, lo cierto es que Kerouac está demandando, irónicamente tal vez, una respuesta que reafirme su fe. Una respuesta que, sabe, no le será dada así como así. Lo políticamente incorrecto ha gozado siempre de buena fama en la literatura, de demasiada fama quizás. Es la transgresión frente a la norma, el rechazo de aquello juzgado universalmente como bueno. En el universo de Kerouac (esto es, su entorno inmediato y su tiempo) el comunismo era universalmente aceptado y loado; la democracia, si bien era la norma general, no lo era para la juventud bienpensante de principios de los ’60. Esto explica algunas de las exageraciones que señalé anteriormente. Un hombre acostumbrado a luchar – a su manera, es cierto – por las liberaciones, opta por elegir la esclavitud menor. Se lo podrá acusar a Kerouac con cargos de todos los colores, desde el cinismo hasta la cobardía, pero no podrá tachárselo de incoherente.

 

 

 

Subiendo y bajando de la torre de marfil: el mundo, lo que habitualmente se llama el mundo…¿dónde está?

 

La metáfora arquitectónica de la torre de marfil muestra una historia milenaria y ambigua. La torre de marfil es, como todos sabemos, aquel sitio donde los pensadores y artistas se refugian del mundo para no ser afectados, ya sea por el populacho o por las cuestiones mundanas que pudiesen distraer su concentración.

En la época en la que Kerouac vivió y escribió, la metáfora de la torre había tomado la forma de afrenta: aquel que se granjeaba un refugio de este tipo, y más aún el que permanecía en él ante las explosiones que se oían debajo, pasaba a ser el némesis del “hombre nuevo”. Esta circunstancia agrava los principios beat_kerouac_ny_19532delineados por Kerouac en el poema: se está condenando por anticipado con el target de público que podía gustar factiblemente de su literatura. Esa conducta de gonzo ejemplifica a la perfección lo que comentaba más arriba acerca de las exageraciones: Kerouac está  provocando deliberadamente con sus palabras a toda una generación, paradójicamente la misma que lo ensalzará años más tarde hasta elevarlo a la categoría de escritor generacional. 

 

¿O no tan paradójicamente?

 

En una recopilación póstuma titulada como Pomes All Sizes, aparece un haiku sugestivo al respecto:

 

Bajé de mi

torre de marfil

Y no encontré el mundo

 

¿Se trata de un reproche o de un lamento, de una mera información que documenta el estado de nulidad elemental del mundo en que Kerouac vivía o de un sollozo íntimo en el que el poeta se maldice por no haber bajado antes, cuando él estaba aún apto para encontrar al mundo?. Por mi parte, lo ignoro: supongo que existen buenos argumentos para abonar una u otra posición, pero en todo caso, sea cuál sea la lectura, lo palmario es la desazón de Kerouac frente a la escena. No bastaba con la torre de marfil, puede suponerse; la torre de marfil se volvió una guarida en llamas, atiborrada de espejos y de voces conocidas y deformadas que rezan salmos insufribles. Había que bajar nomás, retornar de la alienación, fraternizar con el mundo del que tanto rumoreaban las voces. Pero…no había allí un mundo; las promesas y los ruidos se habían apagado o al menos el poeta no podía verlos ni oírlos. La torre de marfil originaria le dio paso a otra gran torre, el mundo mismo, un compartimento convertido en un sitio de sordos y ciegos que chocan contra las paredes de sus mazmorras creyendo que se trata de piel ajena, del cielo o del viento.

 

 

Mome

 


* El término “intelectual” está tomado en el sentido excluyente de la palabra; es decir, aquel que exige a la figura del pensador una racha de condiciones definitorias. A saber: el compromiso político, el continuo veredicto sobre la marcha de los tiempos, la intervención pública, etc.

 

Dossier Kerouac: Una red espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957)

 

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En las últimas páginas de En el Camino, Dean Moriarty y Sal Paradise y Stan Shepard inician un viaje hacia México. Si bien el viaje está justificado por una necesidad específica –buscar el divorcio, por parte de Dean- hay algo que más trasciende en el gesto de traspasar la frontera.
Podría generarse un mapa de los escritores norteamericanos que han escrito sobre Sudamérica. En La Periódica Revisión Dominical ya se publicó un artículo sobre las impresiones de Burroughs y su tránsito por el continente Sudamericano. Pues bien, en el caso de En el Camino las impresiones, comentarios y gesto escritural tiene connotaciones de todo tipo. Algunas, si lo miramos desde una perspectiva latinoamericana, acusan al continente de una barbarie que convierte al territorio en algo llamativo, digno de visita. Y eso, creo, es pertinente cuando analizamos las miradas de Dean, Sal y Stand hacia lo sudamericano en la novela.
No es novedad decir que la generación beat buscaba, de cierta forma, una ruptura con una manera de civilidad que estaba presente en los Estados Unidos. Por esa misma razón Sudamérica se convierte en una tierra llamativa. La barbarie –si usamos el concepto civilización y barbarie como antónimos- está presente en este territorio. La forma de vida de Dean o Sal se adapta a este lugar, sin lugar a dudas. Pero, y aquí radica, de cierta forma, nuestra crítica: hay un gesto superfluo, despectivo e irresponsable en las anotaciones.
¡Esto es el mundo! —interrumpió Dean—. ¡Dios mío! —golpeó el volante—. ¡Esto es el mundo! Podemos seguir a Sudamérica si esta carretera lleva hasta allí. ¡Piensa en eso! ¡Hijoputa! ¡Cagoendiós! —aceleramos la marcha. Amaneció rápidamente y empezamos a ver la blanca arena del desierto y algunas chozas alejadas de la carretera. Dean aminoró un poco la marcha para contemplarlas—. ¡Auténticas chozas miserables!, tío, de esas que sólo se encuentran en el Valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias. (En el Camino, 328)
Pareciera ser, y los comentarios así lo confirman, que la ignorancia es característica esencial cuando otro opina, comenta, dimensiona el espacio latinoamericano. No hay una preocupación real por conocer el trasfondo de lo que sucede, sino tan sólo de generar un decorado. La realidad es banal; el contexto se observa con ojos de extranjero –y no podría ser de otra forma- pero no hay esfuerzo por generar un ontheroad200812301pensamiento crítico al respecto. Turistas, dirían. Turistas, decimos.
Sólo era Nuevo Laredo pero nos parecía la Sagrada Lhasa. (En el Camino, 325)
Pensar en Sudamérica como un lugar que se asemeja a la llegada del paraíso. Sí; no es erróneo pensarlo así. Algo de divino, de exquisita libertad, encuentran en estas tierras. La carretera, finalmente, consigue llevarlos a un lugar que, a grandes rasgos, tiene la característica de fin. Aunque el viaje no termine, aunque el viaje nunca vaya a terminar, la entrada y permanencia en México es, finalmente, la conquista de un espacio pleno. Hay una identificación con el entorno, que se basa en las premisas del desorden, la libertad, cierta anarquía del ambiente, pero que se estructura a través de la conciencia de saberse que no se es de aquí.
—¡Qué país tan salvaje!
(…)
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! No sé qué hacer. Estoy demasiado excitado en este mundo. Al fin hemos llegado al cielo. No puede ser más tranquilo, no puede ser mejor, no puede ser nada más. (En el camino, 327-329)
El aquí y el allá me parecen elementos a considerar, ya que la percepción que tenemos del ambiente está, y es lógico, basada en las premisas de pertenencia. Lo que no es amable, es recrear el espacio ajeno como un lugar donde las debilidades del otro son las virtudes propias; donde años de historia y lucha son transformados en un decorado superficial y anodino.
Aquí nadie desconfía, nadie recela. Todo el mundo está tranquilo, todos te miran directamente a los ojos y no dicen nada, sólo miran con sus ojos oscuros, y en esas miradas hay unas cualidades humanas suaves, tranquilas, pero que están siempre ahí. Fíjate en todas esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda sobre que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada, es amable, no molesta. (En el Camino,
La calidad literaria, esto quiero aclararlo, no está en duda. El análisis que he propuesto responde a la ubicación del lector en un contexto determinado. La lectura, creo, es política, de la misma forma que todo tipo de escritura. De ahí que el mensaje que se desprenda de un texto genera vínculos con disciplinas que recrean y analizan los discursos.
kerouac_stamp1La potencialidad discursiva de En el Camino, para con lo latinoamericano, es, desde una perspectiva latinoamericanista, insuficiente. Se basa en postulados que tienen un fuerte vínculo con la búsqueda de la rareza. Una inspección acabada, fundada y responsable, considera pobre cualquier insinuación y reducción de la materia de lo latinoamericano. Es que no resulta convincente, y mucho menos tolerable, la mirada hegemónica. La misión o labor de una lectura, como sería el caso, es alertar los puntos políticos; generar un mapa que codifique las insinuaciones, no despreciativas sino simplificadoras de lo latinoamericano. Palabras que intentan hacer de nuestra historia sólo una anécdota más.
R.S

 

 

 

 

Dossier Kerouac: “Acerca de la Generación Beat” (1957)

 

 

N. del T: El siguiente texto fue escrito por Jack Kerouac en 1957, pero no fue publicado hasta marzo de 1958 por Esquire Magazine.

De algún modo, junto con la aparición de On The Road (1957), constituye una piedra fundacional en lo que hace a una descripción certera de la Beat Generation, al igual que el ensayo de Norman Mailer, El Negro Blanco, también escrito en 1957.

Título original: About the Beat Generation

Traducción: Martín Abadía

 

                                                                                                                                                             connections 

La Generación Beat es una visión que tuvimos a finales de los Cuarentas  John Clellon Holmes y yo, y Allen Ginsberg en un sentido más amplio, en torno a la generación de los locos, iluminados hipsters que de pronto se erguían y deambulaban por toda América, serios, curiosos, vagando y haciendo dedo en todos lados, harapientos, beatíficos, hermosos en un sentido nuevo y grácil — una visión extraída de la manera en que escuchábamos la palabra “beat” en las esquinas de Times Square y el Village, así como en el centro de otras ciudades nocturnas de la América de la postguerra — beat, que significa abatido y marginado, pero pletórico de una intensa confianza —- Incluso ya la habíamos oído en los hipsters de 1910, pronunciándola de la misma manera, con ese mismo desdén melancólico —- Nunca significó delincuentes juveniles, sino personajes de una espiritualidad especial que no se oponían a nada mas que siendo solitarios Bartlebies escapándose por la funesta ventana tapiada de nuestra civilización — los héroes subterráneos que finalmente se apartaban de la maquinaria de la “libertad” occidental y tomaban drogas, entendían el bop, tenías visiones introspectivas, experimentaban el “desarreglo de los sentidos,” hablando de manera extraña, siendo pobres y felices, profetizando así un nuevo estilo dentro de la cultura americana, un nuevo estilo (pensábamos) completamente libre de influencias europeas (a diferencia de la Generación Perdida), un nuevo encantamiento — Lo mismo estaba sucediendo en la Francia de la postguerra de Sartre y Genet y todo lo que por entonces sabíamos —- Pero en lo que se refiere a una idea verdadera sobre una Generación Beat, hay una posibilidad de que sólo haya existido en nuestras cabezas —- Tomábamos taza tras taza de café las 24 horas, poniendo un disco tras otro de Wardell Gray, Lester Young, Dexter Gordon, Willie Jackson, Lennie Tristano y todos los demás, hablando alocadamente sobre aquel nuevo sentimiento de santidad que veíamos surgir allí afuera, en la calle — Escribíamos relatos sobre extraños y beatíficos jazzeros negros, santos de barba que hacían dedo por todo Iowa con sus instrumentos, llevando el secreto mensaje de su respiración hacia otras costas, otras ciudades, como auténticos Walters Desposeidos al frente de una invisible Cruzada Fundamental — Teníamos nuestros héroes místicos y además escribíamos musicales novelas sobre ellos, largos poemas verticales que celebraban a los nuevos “ángeles” de la América subterránea — En la actualidad hay solamente un puñado de verdaderos hips, y lo que probablemente fue desapareciendo velozmente durante y después de la Guerra de Corea, al tiempo que un siniestro y novedoso tipo de eficiencia surgía en América, quizás haya sido resultado de la universalización de la Televisión y poco más (los oficiales de las Educadas Redes de “Paz” de la Policía de Control Total); más allá de los personajes beat posteriores a 1950, desaparecidos en cárceles y manicomios, o avergonzados en el conformismo silencioso, la generación tuvo una vida corta y no fue numerosa.

Pero no tendría sentido escribir este artículo si no fuera igualmente verdad que por obra de algún milagro de metamorfosis, inusitadamente, la juventud posterior a la Guerra de Corea emergió a su vez fría y abatida, habiendo tomado los mismos gestos y mismo el estilo, la nueva apariencia, la “enrevesada” y encorvada apariencia que finalmente empezaríamos a ver en películas (James Dean) o en televisión, los arreglos bop que otrora fueron el secreto éxtasis musical de la contemplación beat ahora aparecían en cada rincón, en cualquier libro (como en los trabajos de Neil Hefti, sin referirme a libro sobre Basie), las visiones bop se volvían propiedad común del mundo popular de la cultura masiva, el uso de expresiones como “crazy,” “hassle,” “make it,” “like,” “go,” se volvían familiares y de uso común al tiempo que la ingestión con drogas se hacía oficial (tranquilizantes, etc) y aún el estilo en la vestimenta de los beats y hipters empezaba a formar parte de la nueva juventud de rock n’ roll, vía Montgomery Clift (camperas de cuero), Marlon Brando (camisetas) y Elvis Presely (largas patillas); y la Generación Beat, pese a que estaba muerta,  resurgía y se veía de pronto justificada.

Sucedió realmente así y lo triste es que, mientras que se me pide que explique la Generación Beat, ya no existe un auténtica Generación Beat; hoy en día, desde México hasta Montreal, desde Londres a Casablanca, los chicos de vaqueros ponen discos de rock n’ roll.

En lo que respecta a un análisis sobre su significado… ¿quién sabe? Aún en esta última etapa de la civilización, cuando lo único que realmente importa a todos es el dinero, pienso que tal vez se trate de la Segunda Religiosidad que Oswald Spengler profetizó a todo Occidente (en América, el último hogar de Fausto) ya que hay elementos de una oculta significación religiosa en la manera en la que, por ejemplo, un tipo como Stan Getz, el más grande genio del jazz de su Generación Beat, fue encarcelado por intentar asaltar una farmacia y luego tuvo visiones sobre Dios y el arrepentimiento (hay algo de Villon en esa historia)—- O el caso de la posterior canonización de James Dean en manos de millones de chicos —- la extraña forma de hablar sobre el “fin del mundo” por el “advenimiento de otro mundo”, sobre “visiones de drogas” y ciertas apariciones que ya habíamos oído entre los primeros hipsters, todos creyentes, todos inspirados y fervientes y libres del materialismo Bohemio-Burgués, como es el caso de Phillip Lamantia, cuando un Ángel lo golpeó, haciéndolo caer de la silla y su visión de libros de los Padres de la Iglesia avasallando el Tiempo, o el de Gregory Corso, visiones del diablo y Heraldos celestiales, o de Allen Ginsberg, visiones en Harlem y en todas partes de un emotivo Amor Divino, o la compresión del mundo de William Burroughs, pensándose como el Único Profeta, o las visiones budista de Gary Snyder en torno a una promesa de salvación, visiones de peyote donde todos los mitos se volvían verdad, o las visiones de Phillip Whalen, donde maléficas y nyc154135b15dalucinadas formas hacían volar el techo de la casa, o las numerosas visiones celestiales de Jack Kerouac, la “Dorada Eternidad” echando luz en los bosques nocturnos, o las atolondradas visiones de Herbert Huncke sobre Armaggedon o las visiones de reencarnación de Neal Cassady bajo la voluntad de Dios, o bien las de Alene L. (1), en las que una electricidad misteriosa se adueñaba de todo, o las visiones de un chico anónimo de Times Square sobre el Advenimiento de otro Mundo que fuese televisado (todas ellas, verdaderamente y definitivamente, tuvieron lugar en la niebla de la vida cotidiana de las mentes de los miembros típicos de mi generación), reapariciones de una temprana Primavera Gótica que sentía la humanidad occidental de una manera especial, antes de que se tornase “Civilización” racional y se volviera hacia el relativismo, jets, superbombas y colosales, benevolentes y totalitarias estructuras burocráticas à la Gran Hermano — tal como Spengler dijo, cuando llegue el ocaso de nuestra cultura (ya presente ahora mismo, según sus gráficos morfológicos) y el polvo de nuestros esfuerzos civilizados se aplaque, la clara luz de final del día revelará preocupaciones una vez más, revelará una beatifica indiferencia para con las cosas que son del César –por ponerlo de algún modo-, un agotamiento con respecto a todo ello, y anhelos y arrepentimiento por lo que fuera un valor trascendental, en torno a “Dios,” al “Paraíso,” espiritual arrepentimiento por un Amor Infinito que se verificará con nuestras teorías de gravitación electromagnética y nuestra conquista del espacio, y donde hoy hay solamente técnicas de eficiencia no habrá nada más, al tiempo que la población atraviesa un violento terremoto que dejará tan solo la Últimas Cosas…. una vez más (ya que el hecho de que el mundo muriera, haría agradable al mundo).

Todos sabemos del Renacimiento Religioso (incluso Billy Graham) por el cual la Generación Beat, e incluso los existencialistas, con todos sus envoltorios intelectuales y pretensiones de indiferencia, representa un sentido de profunda religiosidad, el deseo de desaparecer, fuera de este mundo (cosa que no es nuestro propósito), “elevarse,” extasiarse y ser salvado, como si las visiones de los santos de los claustros de Chartres y Clairvaux hubiesen vuelto nuevamente a nosotros, brotando como hierbas en la acera de la almidonada Civilización, venciendo sus últimos preceptos.

O tal vez la Generación Beat, al ser la heredera de la Generación Perdida, sea tan solo otro paso más que dar hasta la última pálida generación, que tampoco sabrá responder sobre sí misma.

En todo caso, todo indica que su efecto ha echado raíces en la cultura Americana.

Tal vez.

Si no, ¿qué diferencia podría haber?

 

 

(1)Alene L fue la afroamericana con quien Kerouac tuvo un affair en New York City en 1953; su nombre es “Mardou” en The Subterreneans.

 

 

 
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