La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac mayo 4, 2009

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La Periódica Revisión Dominical presenta su Dossier Kerouac sobre el escritor norteamericano Jack Kerouac. El trabajo cuenta de un prólogo, 8 ensayos y tres colaboraciones especiales en torno a la obra de Kerouac, 6 textos del propio Kerouac, en su mayoría inéditos en castellano, una entrevista realizada al autor en 1968, un epílogo y varias curiosidades.

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 - Prólogo, por Roberto Santander

 

 - Kerouac por Kerouac (identikit) 

 

- Credo y Técnica de la Prosa Moderna, por Jack Kerouac

 

- Kerouac, el existencialismo saturado, por Mome

 

- Una Red Espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957), por Roberto Santander

 

 

 

Kerouac y la Generación Beat

 

       Acerca de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1957)

 

       Corderos, no leones, por Jack Kerouac (1958)

 

     –       Beatífico: orígenes de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1959)

 

 

 

- Kerouac, un clochard celeste, por Hugo Savino (colaboración especial)

 

- La América de Papel (suite), por Martín Abadía

 

- Diarios de Jack Kerouac (1948-1949)

 

-  Kerouac, Parker, los calamabres del espíritu, por Mome

 

-  La Desaparición del Vagabundo Americano, por Jack Kerouac (1959)

 

 Nota de una lectura urgente: En el Camino (1957), por Roberto Santander

 

-  Recordando a Jack Kerouac, por William Burroughs– traducción: Milita Molina – (colaboración especial)

 

-  La única novela de amor que he leido…, por Mome

 

 Nota al Pie sobre el orígen de Doctor Sax, por Martín Abadía

 

-  Entrevista a Jack Kerouac (1968)

 

-   La Tentación del Zen, por Parapo  (colaboración especial)

 

-   Últimas palabras sobre el hombre y la botella, por Mome

 

 

 

Lecturas Kerouac

 

     –  The Beginning of Bop /El nacimiento del Bop, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     –  October in the Railroad Earth /Octubre en las vías del tren, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     – Fragmentos escogidos (con audio – en inglés)

 

     - Pull My Daisy (film)

 

 

- Epílogo, por Martín Abadía 

 

 

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Prólogo

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Cuando finalizó el Dossier Salinger -tiempos de viajes, amores y fracasos-, La Periódica Revisión Dominical comenzó a planear, inmediatamente, una nueva entrega. Y de forma natural, casi sin planearlo mucho, apareció el nombre de Jack Kerouac.
Hay muchos Jack Kerouac, lo sabemos. El de la historia de la literatura y el que cada uno leyó. Se dice, y quizá sea cierto, que hay una edad y un lugar para leerlo. Es probable; para nosotros, eso sí, para todos los que participaron en el Dossier, Kerouac significa mucho aún hoy.
La literatura te enseña un carácter y una actitud ante los textos, pero también ante la vida. No somos sobrevivientes, ni malditos, pero sí creemos en una estética de hacer las cosas. Ganando o perdiendo, creemos en la elegancia del orgullo, y en la fabulosa hidalguía de la rabia. Ante todo.
Los textos de este Dossier, a diferencia de los anteriores, incorporan nuevas voces. Lejanas, distantes; muchos no nos conocemos, frente a frente, pero hay una oscura certeza de que nos gusta hacer las cosas del mismo modo. La temeridad de creer que estamos escribiendo un solo texto.
El presente Dossier tiene traducciones, textos literarios, críticos y aproximaciones imperfectas. Una zona de audio y video. Nuestra frontera es una. Y queremos traspasarla. El Dossier Kerouac procura, primero, hacer de nuestras debilidades cotidianas una justificación. Segundo, entregar una visión literaria del autor norteamericano. Tercero, proponer lecturas críticas, riesgosas: ocupar el espacio.
Escribir. Quemar y quemarse. De otra forma, no vale, no sirve.
R.S
 

Dossier Kerouac: Kerouac por Kerouac

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Nombre Jack Kerouac                                                                                                                                copia-de-jack-kerouac

 

Nacionalidad Franco-Americano

 

Lugar de Nacimiento Lowell, Massachussets

 

Fecha de Nacimiento 12 de Marzo de 1922

 

Educación Escuela Secundaria de Lowell (Mass.); Escuela de Varones Horace Mann; Universidad de Columbia (1940-42); Nueva Escuela de Estudios Sociales (1948-49). Artes liberales, ninguna licenciatura (1936-1949). Tuve una A en el Curso de Inglés de Mark Van Doren (Curso sobre Shakespeare).— Reprobé química en Columbia— Tuve 92 de promedio en la Escuela Horace Mann (1939-1940) Jugué al football infinidad de veces, y estuve en equipos de baseball y atletismo.

 

¿Casado? Nah

 

Hijos No

 

Resumen de sus principales ocupaciones y/o trabajos

 

De todo. Dilucidemos: trabajé en la borda de un barco, fui empleado en una estación de servicio, marinero de cubierta, escritor de periódicos deportivos (Lowell Sun), guardafrenos en el tren, guionista para 20th Century Fox en New York, agitador de gaseosas, empleado y botones en el tren, recolector de algodón, asistente de mudanzas, aprendiz en el laminado de metales en el Pentágono en 1942, guardabosques y vigía de incendios en 1956, trabajador en la construcción (1941).

 

Intereses

 

Hobbies  Inventé mi propio juego con cartas de baseball, extremadamente complicado, y estoy en proceso de jugar una temporada de 154 juegos entre ocho clubes nocturnos.

 

Deportes Los jugué todos, excepto el tenis, el lacrosse y el skull.

 

Especialidad  Las chicas

 

Por favor, haga un breve resumen de su vida.

 

Tuve una infancia hermosa; mi padre era imprentero en Lowell, Mass., yo deambulaba por los campos y las orillas de los ríos día y noche, escribía pequeñas novelas en mi cuarto, la primera a los 11 años, incluso llevé largos diarios y “periódicos” que cubrían las carreras de caballos que inventaba y el mundo de football y el baseball (como puede leerse en la novela Doctor Sax)— Tuve una buena educación con los Hermanos Jesuitas en la Escuela Parroquial St. Joseph’s en Lowell, que me hizo saltar luego el sexto grado en una escuela pública; de niño viajé con mi familia a Québec y Montreal; a los 11 años el Alcalde de Lawrence (Mass.) me regaló un caballo, Billy White, y llevaba a todos los niños del barrio de paseo; luego el caballo huyó. Hice largos paseos bajo los viejos árboles de New England en la noche con mi madre y mi tía. Escuché atentamente todo lo que cuchicheaban. Decidí ser escritor a los 17 por influencia de Sebastian Sampas, un poeta local que tiempo después murió en Anzio Beach; leí la vida de Jack London y decidí volverme también aventurero, un viajero solitario; al principio fui influenciado por Hemingway y Saroyan, luego por Wolfe (después de haberme roto la pierna jugando al football en Columbia, leía a Tom Wolfe y vagaba por New York en muletas). —- Influenciado por mi hermano mayor Gerard Kerouac que murió a los 9 años en 1926, cuando yo tenía 4, quien era un gran dibujante y pintor —- (también un santo, según algunas monjas) —- (como puede leerse en Visions of Gerard)

Mi padre era un hombre lleno de alegría, absolutamente honesto; amargado en sus últimos años, durante la presidencia de Roosvelt y la Segunda Guerra Mundial, murió de cáncer de bazo. —- Mi madre aún vive. Vivo con ella una vida monástica que me ha permitido escribir todo lo que he escrito. — Pero también escribí en el camino, como vagabundo y viajero en trenes, en mi exilio en México y de viaje en Europa (como puede verse en Lonesome Traveler). —- Una hermana, Carolyn, casada con Paul E. Blake Jr., de Henderson, N. C., técnico de antimisiles en el Gobierno — tienen un hijo, Paul Jr., que me llama tío Jack y me ama. —- El nombre de mi madre es Gabrielle; todo lo que aprendí sobre narrar lo aprendí de las largas historias sobre Montreal y New Hamshire que me contaba. — Mi familia proviene de Bretaña, Francia; primero, mi ancestro norteamericano, el Barón Alexandre Louis Lebris de Kérouac, de Cornwall, Brittany, 1750, a quien le concedieron tierras a lo largo de Rivière de Loup, luego de la victoria de Wolfe sobre Montcalm; sus descendientes se casaron con nativos (Mohawk y Caughnawaga) y pusieron una granja de tomates; el primer descendiente en los Estados Unidos fue mi abuelo, Jean-Baptiste Kérouac, carpintero, en Nashua, N.H.—- El padre de mi madre, Bernier, era pariente de Bernier el Explorador —- todos bretones de parte de mi padre — Mi madre tiene apellido normando, L’Evesque.—-

Primera novela formal, The Town and The City, escrita bajo la tradición de un largo trabajo corrector, de 1946 a 1948, publicada por Harcourt Brace en 1950. — Luego descubrí la prosa espontánea y escribí, digamos, The Subterreneans en 3 noches y On The Road, en 3 semanas —-

Leí y estudié solo toda mi vida. —- En la Universidad de Columbia establecí un récord salteándome clases para quedarme en mi dormitorio y escribir diariamente y leer a Louis Ferdinand Céline, en vez de los “clásicos” de los cursos.—-

Soy dueño de mi propia mente. —- Se me conoce como un “loco ángel vagabundo” con una “mente desnuda e infinita” para la “prosa.” — También escribí versos, Mexico City Blues (Grove, 1959). —- Siempre consideré que escribir era mi deber en la tierra. Al igual que la prédica de la amabilidad universal, cuyas histéricas críticas han fallado al congratular a mi actividad escritora de novelas verídicas como “novelas sobre la Generación “Beat.”— En realidad no soy “beat”, sino un extraño, loco y solitario católico místico…

 

Planes Finales Ser eremita en los bosques, escribir pausadamente en la vejez, apacibles esperanzas con respecto al Paraíso (que después de todo, nos llega a todos)…

Queja favorita respecto del mundo contemporáneo La burla de la gente “respetable”… que al no tomarse nada seriamente, está destruyendo los viejos sentimientos humanos, más viejos que la revista Time… Dave Garroways riéndose de las palomas blancas…

 

 

 

 

(Incluido como prólogo a Lonesome Traveler, publicada en 1960)

Titulo original: Authour’s Introduction.

Traducción: Martín Abadía

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Credo y técnica de la prosa moderna

 

 

 

Traducción: Martín Abadía

Título original: Belief & technique for modern prose

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                 FO00117724

1.     Cuadernos de notas secretos, garabateados, y páginas salvajemente escritas a máquina, para tu propia felicidad.

2.     Sométete a todo, abierto, escuchando.

3.     Intenta no emborracharte fuera de casa.

4.     Enamórate de tu propia vida.

5.     Lo que sientas encontrará su propia forma.

6.     Sé el santo ingenuo de tu imaginación

7.     Sopla tan profundo como quieras soplar.

8.     Escribe lo que creas insondable, desde lo hondo de tu imaginación.

9.     Las inexpresables visiones del individuo.

10. No le des más tiempo a la poesía del que precisa con exactitud.

11. Cosquillas visionarias temblando en tu pecho.

12. Sueña en trance permanente los objetos que están delante de ti.

13. Deshazte de tus inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas.

14. Como Proust, sé un viejo fumado del tiempo.

15. Di la verdadera historia del mundo en un monólogo interior.

16. La joya central del interés es un ojo dentro de un ojo.

17. Escribe para recuerdo y asombro de ti mismo.

18. Sé conciso en una mirada aguzada, nadando el mar del lenguaje.

19. Acepta para siempre el fracaso.

20. Cree en el sagrado contorno de la vida.

21. Esfuérzate en describir el fluido que ya existe en tu mente.

22. Si te detienes, no pienses en la palabra mas que para ver mejor la imagen.

23. Síguele el rastro a cada día, en el bálsamo de las mañanas.

24. No temas o te avergüences del conocimiento, el lenguaje o la dignidad de tu experiencia.

25. Escribe para que el mundo vea la exacta imagen que tienes de él.

26. Un libro-película es una película en palabras, la forma visual americana.

27. Alaba el Carácter del Parpadeo de la inhumana soledad.

28. Composición salvaje, pura, indisciplinada, venida de dentro, alocada si es posible.

29. Eres un genio siempre.

30. Director-Escritor de películas Terrenales, auspiciadas y protegidas por el Cielo.

 

 

 

PREPARACIÓN: el objeto se ubica antes de la imaginación, incluso antes la realidad, como un boceto (frente a un paisaje, una taza de té o un viejo rostro), o desde la memoria, en donde se convierte en un bosquejo de una determinada imagen-objeto.

 

PROCESO: al ser el tiempo la esencia de la pureza del discurso, el volcado del lenguaje es un fluido ininterrumpido de la mente en secretas y personales ideas-palabras, soplando (como un músico de jazz) el tema de una imagen.

 

MÉTODO: No hagas periodos que separen las oraciones-estructuras, ya arbitrariamente atiborradas de falsos dos puntos y las usualmente tímidas e innecesarias comas, mas que con el vigoroso espacio de la respiración retórica (tal como un músico de jazz toma aire entre las frases que no ejecuta) – “las pausas medidas son la esencia del discurso” – “escuchamos divisiones de sonido” – “el tiempo y cómo dar cuenta de él” (William Carlos Williams)

 

CAMPO: no selecciones la expresión sino siguiendo la libre desviación (asociación) de la mente en el infinito soplar-el-tema al producir océanos de pensamiento, balanceándote en el mar del Inglés sin otra disciplina que el ritmo de la exhalación retórica y el principio de frenesí, así como golpeas con tu puño la mesa con absoluta expresión, ¡bang! (guión de espacio) – Sopla y escribe tan profundo como quieras, pesca tan hondo como quieras, satisfaciéndote a ti mismo primero, para que luego el lector pueda recibir telepáticamente el estímulo y la emoción significante mediante las reglas que operan en su propia mente.

 

DEMORA EN EL PROCESO: no te detengas a pensar en la palabra apropiada, sino en el infantil cruce de escatológicas palabras acumuladas hasta conseguir la satisfacción, lo cual depondrá el ritmo por el pensamiento, acorde con las grandes leyes del tiempo.

 

TIEMPO: No hay barro que corra con el tiempo y, acorde a las leyes del desarrollo del tiempo shakespeareano, es preciso hablar ahora, en la forma inalterable en que lo haces, o callar para siempre – no hagas correcciones (excepto obvios y sensatos errores, como nombres o inserciones que no tienen nada que ver con el acto mismo de escribir sino con el de insertar)

 

CENTRO DE INTERÉS: no comiences por ninguna idea preconcebida de lo que vas a decir sino apégate a la joya central del interés en el tema de la imagen en el momento de escribir, y escribe desde el mar del lenguaje hacia una periférica redención y agotamiento – No pienses luego excepto por la poética o los epílogos. No pienses luego en “mejorar” o remediar las impresiones ya que la mejor escritura es siempre la más dolorosamente personal y exhaustiva, ejecutada desde la segura cuna de la tapa de los sesos, haz de ti tu propia canción, ¡sopla! – ¡ahora!- tu camino es el único camino – “bueno”- o “malo”- siempre honesto (“absurdo”), espontáneo, interés “confesional”, nunca artificial. El artificio es sólo artificio.

 

ESTRUCTURA DEL TRABAJO: las modernas y bizarras estructuras (ciencia ficción, etc.) se yerguen desde un lenguaje que ha muerto, temas “diferentes” que dan la ilusión de una “nueva” vida. Anda duramente las lindes del movimiento propio del tema, como una piedra en el río, fluir de la mente en la joya del interés (que tu mente corra sobre ella), deja que empiece a pivotar, y donde antes estaba la forma de un “principio” oscuro habrá luego la urgente necesidad de un “final,” y el lenguaje se acorta en la carrera para atarse al correr del tiempo de la tarea, siguiendo las leyes de la Forma Profunda para concluir con las últimas palabras, y los últimos sudores – La Noche es el Fin.

 

ESTADO DE ÁNIMO: si es posible escribe “inconscientemente”, en semi-trance (como Yeats, “trance de la escritura”) dejando que la inconciencia admita sus propios intereses desinhibidos, necesarios, y el lenguaje “moderno” lo que la conciencia censuraría; escribe excitada, velozmente, con los calambres propios del manuscrito o el tecleo, de acuerdo con (así como vas del centro a la periferia) las leyes del orgasmo, la “tormenta de la conciencia” de Reich. Venida desde dentro, surgiendo para relajarse y hablar.  

 

 

Dossier Kerouac: Kerouac, el existencialismo saturado

 

 

 

Algunas veces, como en los casos de Fitzgerald o Kerouac, el efecto producido por un escritor es inmediato, como si una generación estuviese esperando por ser escrita

                                                                                                                       William Burroughs

 

 

 

 

Los lugares y los tiempos

                                                                                                                                                            kerouac1

Adhiero plenamente a la sentencia que encarama a los grandes escritores en la categoría de universales y atemporales. El talento de un Shakespeare, un Dante, un Dostoiesky o un Kafka indudablemente rebasan cualquier coordenada espacio-temporal, se desmarcan de las particularidades de su tiempo histórico y cultural concreto, huyen de la manía de contextualización a la que los humanos somos adictos.

A lo que no adhiero tan plenamente es al decreto que subyace a la sentencia anterior y que consiste en eliminar cualquier tentativa de análisis de la época en que un escritor vivió y escribió. Quiero decir: si bien los estilos y los fundamentos de los grandes escritores atraviesan cualquier localización, el mundo en que vivieron – en tanto horizonte práctico, siguiendo a Heidegger – tiene cosas para decir de esos escritores y de sus obras. Se sabe: el amor, la aventura, dios, la soledad, la locura o el crimen son los temas a los que cantan todos los grandes; eso no asegura nada: ¿a qué otra cosa se le podría cantar?. Salvo que el amor, la aventura y todos los demás rubros no representan ni son lo mismo en todos los tiempos. Siquiera dios. Basta comparar lo que es el amor para Cervantes con lo que significa para Artaud.

 

J.P. Sartre aseguró que todos somos hijos de nuestro tiempo. Y aseguró varias cosas más que marcaron el pulso (y las carencias, por qué no decirlo) del pensamiento ético y político durante varias décadas. Es un caso extraño el de Sartre, qué duda cabe: se trata del último pensador complejo verdaderamente famoso y también del eslabón final de la cadena de intelectuales* franceses que inauguró Zola. Su trama filosófica, el existencialismo ateo (fruto de la digestión de la “triple H”-  Hegel, Husserl y Heidegger – y la influencia de Marx y Freud), impregnó como pocas otras teorías al mundo que la creó. El itinerario bélico y político del siglo XX hizo su parte al constituir a la juventud como sujeto político y cultural predominante: el existencialismo (aún en esa versión lavada e infiel que tanto se posa en las personas de lengua incontinente) es un complejo cultural para jóvenes, sin que esto tenga ningún viso de menoscabo. Fue la juventud la que supo blandir la bandera de la autodeterminación constante; únicamente ella podía, por cierto, tomar bajo la responsabilidad de sus actos al resto de la humanidad. Lo curioso es que el existencialismo es una teoría adulta, plagada de obligaciones, proyectos y un subjetivismo que a veces roza con el egoísmo. Una teoría adulta reivindicada y ejercida por jóvenes: la confusión era inevitable. Y la reacción también.  Desde la filosofía y la literatura posterior (Blanchot, Bataille, Ionesco y tantos otros) surgieron los dardos furiosos contra las posturas de Sartre y, creo, sobre todo contra su figura. Se bregaba entonces por un ser humano menos consciente, nada monolítico, algo aséptico, mucho menos autoritario y poderoso. No resulta descabellado, después de todo Sartre había hecho lo propio con sus “padres” (y “abuelos”, quizás allí esté el chiste); la dialéctica propia del pensamiento, con la que Sartre comulgaba peculiarmente, requiere este tipo de contracciones y rechazos.

La que sí resulta misteriosa es la filiación de ciertos autores gigantes que de una u otra manera – ya sea por el mero eje temporal, ya por las esencias que cimientan sus obras – están embebidos de existencialismo, están mezclados con él, cercanos y enfrentados a la vez. Uno de esos escritores gigantes es, según mi parecer, Jack Kerouac.

 

 

 

 

La literatura (des)comprometida

 

Sartre ha agregado a las discusiones literarias del siglo XX una expresión de peso; esa expresión es Littérature engagée. Más allá de la polémica que esa expresión y sus secuelas han generado (por lo general img_kerouac_02apresuradas: se nota que ha resultado más simple impugnar a Sartre que leerlo con detenimiento), el filósofo francés fue claro al respecto en ¿Qué es la literatura?, acaso uno de los ensayos más valiosos del siglo pasado. Allí escribe: “La función del escritor consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente”. Por supuesto que dicho obrar incluía proyectos políticos determinados (el comunismo), conductas culturales determinadas (el amor libre, entre tantas otras) y por tanto una visión del mundo determinada. Pero la miopía de Sartre no es tan garrafal como se ha insinuado; de hecho, más que a cualquier dogma político, la frase anterior responde a una concepción específica del habla. Lo digo con Walter Biemel en su Sartre: “Él (el escritor comprometido) sabe que su palabra no es una pura descripción, sino un acto de revelación, de patentización, gobernado por el proyecto propio de la forma social a que aspiramos”. La palabra, entonces, no solamente describe sino que revela, la palabra lleva hacia ese mundo que es real y que no obstante está siendo construido por nosotros a cada paso.

 

Aquí, la tentación de inscribir a Kerouac en un concepto amplio del “existencialismo” en el que cabrían también la Generación Perdida norteamericana, James Dean, los popes del Rock ‘n Roll o Lermontov, para dar una raquítica idea de lo que quiero decir. Un sentido que refiere a la piedra medular del existencialismo: la certeza de que la existencia, el estar yecto en el mundo, precede a cualquier esencia o naturaleza humana, si es que tal cosa existe. Un sentido que refiere a la mitología del viaje, de la constante auto-inquisición, de la angustia mundana que tantas veces tiende a la autodestrucción frente a una escena que no logramos entender.

 

Esta tentación no es un invento mío, está claro; entre otros, el mismísimo Burroughs observó en Kerouac esa veta de responsabilidad ante toda una generación, aunque dicha responsabilidad siempre haya sido odiada y temida por su amigo. En un artículo suyo sobre la obra de Kerouac el creador de Nova Express enrola a su correligionario en una versión “relajada” del existencialismo, análoga a la que se refirió más arriba. Versión que remite a las cavilaciones íntimas de Kerouac – conocidas por Burroughs si es que elegimos creerle –, a esa estampa de mecha generacional que hace del asesinato del padre y de la imposición de nuevas costumbres el hueso de su literatura. La posición de Kerouac frente a la escritura (“Uno sentía que estaba escribiendo todo el tiempo; que la escritura era lo único en que pensaba. Nunca quería hacer otra cosa” nos comenta Burroughs al respecto) refuerza la postura de Burroughs: ese hombre estaba ensimismado en su escritura, que en verdad era algo así como su forma de pensar. Estaba absorto en un ejercicio que le provocaba angustia, la angustia existencialista de tener que decidir. Decidir por él y por los demás. Kerouac efectivamente está tramando en sus libros más crudos la forma social a la que aspiraba, aunque ese horizonte no sea un régimen stalinista (se sabe que el muchacho era conservador como su mamá) ni un inmenso campo hippie de amor fraterno y lascivo.

 

Quiero decir: una lectura rigurosamente existencialista de Kerouac es por lo menos improbable. La política, el carácter y hasta la moral lo alejan de esa cueva. Pero inquiero: ¿es acaso esa versión dura del existencialismo la única o, en todo caso, la correcta? ¿No existe otra lectura del existencialismo, perfectamente legítima, que apunta más generalmente hacia la superestructura, hacia los espíritus y las alas de los seres humanos?. Es en esta segunda lectura en donde ingresa Kerouac al juego. Él, justo él, que a los 20 años apenas tenía ganas ya de jugar.

Escribe Burroughs en el artículo citado: “…los escritores son, incluso, en cierta forma, muy poderosos. mexico_city_bluesEscriben el guión para el film de lo real. Kerouac abrió un millón de cafeterías y vendió millones de pares de Levis para ambos sexos. Woodstock surgió de sus páginas.” En esta frase se condensa la noción de existencialismo con la que trabaja Burroughs, la que atañe a un hombre que, situado en el mundo real sin anzuelo del que colgarse, se dedica a pensar y decidir cuál será el mundo al que se debe llegar. Sabemos por los cotorreos biográficos que Kerouac renegó con rabia de semejante responsabilidad; sabemos también que su alcoholismo fue agravado tal vez por la obligación de ese papel. No creo que esos detalles tengan suma importancia para este escrito: el existencialismo que Burroughs (y tantos otros) adjudican a Kerouac prescinde de las intenciones reales y concienzudas de quien obra. Tratándose de Burroughs, hasta se podría decir – sin fallar – que prescinde de la (auto)conciencia.

 

 

 

Las liberaciones y la esclavitud

 

 

La obsesión del existencialismo francés consistió, durante su fase tardía, en hacerse maleable para acompañar como teoría moral al marxismo ortodoxo. Los esfuerzos por lograr semejante cometido pueden palparse claramente en Crítica de la Razón Dialéctica, escrita por Sartre hacia 1961. En esas páginas Sartre intenta (creo que vanamente) conciliar aquella libertad radical  e individualista propuesta en El Ser y la Nada con los extremos del sistema político en el cual creía. En dicha cruzada Sartre no tiene otra opción que cambiar su concepto de libertad humana y desbaratar varias de las consecuencias más importantes del existencialismo original. Crítica de la Razón Dialéctica actúa en cierto sentido como síntoma de una época intelectual: el marxismo se erguía como la única opción política decente frente al monstruo capitalista y no se podían escamotear maniobras para adaptar cualquier postulado al océano marxista. El existencialismo debía ponerse serio – en un sentido político que hoy resulta una reliquia tal como van las cosas – y para eso debía sacrificar ciertamente uno de sus pilares básicos: la radical libertad que suponía a un hombre soberano de sí mismo que se mantenía “aparte” de la historia y de las conformaciones sociales, que podía escapar de esas instancias a su antojo sin por eso transformarse en traidor o en algún elemento social por el estilo. Este cambio fastidió a muchos de los seguidores de existencialismo y dio mayor entidad a ese otro existencialismo, menos puntilloso en los razonamientos y en la búsqueda de coherencia pero más genuino en sus intenciones.

En el año 1959, prologando la década más reputada de la historia contemporánea, aparece Mexico City Blues, el libro de poemas en coros de Jack Kerouac. De allí surge el Coro 34:

 

No tengo planes

Ni citas

             Ni entrevistas con nadie

 

Así que exploro ociosamente

             Almas y ciudades

 

Geográficamente provengo de

            Y pertenezco al grupo

             Que llaman Holandeses de Pennsylvania

 

Pero en realidad soy un ciudadano

            del mundo

            que odia el Comunismo

            y tolera la Democracia

 

Sobre la cual dijo Platón hace 2000

            Años,

Que era la mejor forma de mal gobierno

 

Estoy explorando simplemente almas & ciudades

Desde el punto de vista privilegiado

De mi torre de marfil construida,

Construida con la ayuda

            Del opio

 

Eso basta ¿verdad?

 

La saturación del existencialismo. De eso se trata el poema. Un Kerouac ya no tan joven en cuanto al asunto biológico (37 años) pero eternamente jovial en cuanto al sentido estético de la existencia sospecha los embates de una temporada que se enclava en dilemas tales como: la diversión o el trabajo; la libertad o la beat11obediencia a fines supremos; la salud o la experimentación sensorial a través de plantas y químicos. El existencialismo, aquella postura amplia que abrevaba en la libertad humana y subjetiva como el pilar básico de la existencia, ahora renegaba de algunos de sus pataleos para ponerse a tono con el período y allí está el poeta para tallar la diatriba transcripta, para salir al cruce de cualquier propuesta consistente en “sentar cabeza”. La rebeldía se distancia de la rebelión en este poema, al igual que en la obra toda de Kerouac; la rebeldía se vuelve conservadora, hasta reaccionaria. La rebeldía vuelve a aproximarse al flanèur baudeleriano, que también vagaba ocioso visitando almas y ciudades sin perder por semejante conducta la soledad esencial y metafísica. La rebeldía, en esta acepción, se convierte en egoísmo y espionaje, en la idea de que rebelde, realmente rebelde, es aquel que se da sus propias reglas, el que trama sus propias realidades, el que (parafraseando al gran Chico Buarque) se anima a morir de su propio veneno.

 

Existe un algo que atraviesa todo el poema. Ese algo sabe a exageración; no pretendo concretar inferencias psicologistas sobre el poema de Kerouac, después de todo un poema es eso que es, un poema, y sobre todo no es aquello que no es. Pero es evidente que el poema citado se inunda de exageraciones y reivindicaciones propias del adicto a cualquier sustancia estimulante. Lo que en principio podría ser un comentario hasta irrelevante es transformado por Kerouac en una declaración de principios definida básicamente por la oposición a otros principios, a los imperantes.  

De ahí cierta inseguridad: el final termina preguntando “¿verdad?” y lejos está de ser, según lo que creo, una pregunta retórica. ¿A quién está interpelando Kerouac?: si apelamos a la coherencia, debería ser a él mismo; si nos vestimos de críticos literarios deberíamos pensar en los lectores. Si gustamos de las biografías, finalmente, podríamos señalar a sus amigos y correligionarios. Más allá de cuál sea la respuesta que se elija, lo cierto es que Kerouac está demandando, irónicamente tal vez, una respuesta que reafirme su fe. Una respuesta que, sabe, no le será dada así como así. Lo políticamente incorrecto ha gozado siempre de buena fama en la literatura, de demasiada fama quizás. Es la transgresión frente a la norma, el rechazo de aquello juzgado universalmente como bueno. En el universo de Kerouac (esto es, su entorno inmediato y su tiempo) el comunismo era universalmente aceptado y loado; la democracia, si bien era la norma general, no lo era para la juventud bienpensante de principios de los ’60. Esto explica algunas de las exageraciones que señalé anteriormente. Un hombre acostumbrado a luchar – a su manera, es cierto – por las liberaciones, opta por elegir la esclavitud menor. Se lo podrá acusar a Kerouac con cargos de todos los colores, desde el cinismo hasta la cobardía, pero no podrá tachárselo de incoherente.

 

 

 

Subiendo y bajando de la torre de marfil: el mundo, lo que habitualmente se llama el mundo…¿dónde está?

 

La metáfora arquitectónica de la torre de marfil muestra una historia milenaria y ambigua. La torre de marfil es, como todos sabemos, aquel sitio donde los pensadores y artistas se refugian del mundo para no ser afectados, ya sea por el populacho o por las cuestiones mundanas que pudiesen distraer su concentración.

En la época en la que Kerouac vivió y escribió, la metáfora de la torre había tomado la forma de afrenta: aquel que se granjeaba un refugio de este tipo, y más aún el que permanecía en él ante las explosiones que se oían debajo, pasaba a ser el némesis del “hombre nuevo”. Esta circunstancia agrava los principios beat_kerouac_ny_19532delineados por Kerouac en el poema: se está condenando por anticipado con el target de público que podía gustar factiblemente de su literatura. Esa conducta de gonzo ejemplifica a la perfección lo que comentaba más arriba acerca de las exageraciones: Kerouac está  provocando deliberadamente con sus palabras a toda una generación, paradójicamente la misma que lo ensalzará años más tarde hasta elevarlo a la categoría de escritor generacional. 

 

¿O no tan paradójicamente?

 

En una recopilación póstuma titulada como Pomes All Sizes, aparece un haiku sugestivo al respecto:

 

Bajé de mi

torre de marfil

Y no encontré el mundo

 

¿Se trata de un reproche o de un lamento, de una mera información que documenta el estado de nulidad elemental del mundo en que Kerouac vivía o de un sollozo íntimo en el que el poeta se maldice por no haber bajado antes, cuando él estaba aún apto para encontrar al mundo?. Por mi parte, lo ignoro: supongo que existen buenos argumentos para abonar una u otra posición, pero en todo caso, sea cuál sea la lectura, lo palmario es la desazón de Kerouac frente a la escena. No bastaba con la torre de marfil, puede suponerse; la torre de marfil se volvió una guarida en llamas, atiborrada de espejos y de voces conocidas y deformadas que rezan salmos insufribles. Había que bajar nomás, retornar de la alienación, fraternizar con el mundo del que tanto rumoreaban las voces. Pero…no había allí un mundo; las promesas y los ruidos se habían apagado o al menos el poeta no podía verlos ni oírlos. La torre de marfil originaria le dio paso a otra gran torre, el mundo mismo, un compartimento convertido en un sitio de sordos y ciegos que chocan contra las paredes de sus mazmorras creyendo que se trata de piel ajena, del cielo o del viento.

 

 

Mome

 


* El término “intelectual” está tomado en el sentido excluyente de la palabra; es decir, aquel que exige a la figura del pensador una racha de condiciones definitorias. A saber: el compromiso político, el continuo veredicto sobre la marcha de los tiempos, la intervención pública, etc.

 

Dossier Kerouac: Una red espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957)

 

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En las últimas páginas de En el Camino, Dean Moriarty y Sal Paradise y Stan Shepard inician un viaje hacia México. Si bien el viaje está justificado por una necesidad específica –buscar el divorcio, por parte de Dean- hay algo que más trasciende en el gesto de traspasar la frontera.
Podría generarse un mapa de los escritores norteamericanos que han escrito sobre Sudamérica. En La Periódica Revisión Dominical ya se publicó un artículo sobre las impresiones de Burroughs y su tránsito por el continente Sudamericano. Pues bien, en el caso de En el Camino las impresiones, comentarios y gesto escritural tiene connotaciones de todo tipo. Algunas, si lo miramos desde una perspectiva latinoamericana, acusan al continente de una barbarie que convierte al territorio en algo llamativo, digno de visita. Y eso, creo, es pertinente cuando analizamos las miradas de Dean, Sal y Stand hacia lo sudamericano en la novela.
No es novedad decir que la generación beat buscaba, de cierta forma, una ruptura con una manera de civilidad que estaba presente en los Estados Unidos. Por esa misma razón Sudamérica se convierte en una tierra llamativa. La barbarie –si usamos el concepto civilización y barbarie como antónimos- está presente en este territorio. La forma de vida de Dean o Sal se adapta a este lugar, sin lugar a dudas. Pero, y aquí radica, de cierta forma, nuestra crítica: hay un gesto superfluo, despectivo e irresponsable en las anotaciones.
¡Esto es el mundo! —interrumpió Dean—. ¡Dios mío! —golpeó el volante—. ¡Esto es el mundo! Podemos seguir a Sudamérica si esta carretera lleva hasta allí. ¡Piensa en eso! ¡Hijoputa! ¡Cagoendiós! —aceleramos la marcha. Amaneció rápidamente y empezamos a ver la blanca arena del desierto y algunas chozas alejadas de la carretera. Dean aminoró un poco la marcha para contemplarlas—. ¡Auténticas chozas miserables!, tío, de esas que sólo se encuentran en el Valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias. (En el Camino, 328)
Pareciera ser, y los comentarios así lo confirman, que la ignorancia es característica esencial cuando otro opina, comenta, dimensiona el espacio latinoamericano. No hay una preocupación real por conocer el trasfondo de lo que sucede, sino tan sólo de generar un decorado. La realidad es banal; el contexto se observa con ojos de extranjero –y no podría ser de otra forma- pero no hay esfuerzo por generar un ontheroad200812301pensamiento crítico al respecto. Turistas, dirían. Turistas, decimos.
Sólo era Nuevo Laredo pero nos parecía la Sagrada Lhasa. (En el Camino, 325)
Pensar en Sudamérica como un lugar que se asemeja a la llegada del paraíso. Sí; no es erróneo pensarlo así. Algo de divino, de exquisita libertad, encuentran en estas tierras. La carretera, finalmente, consigue llevarlos a un lugar que, a grandes rasgos, tiene la característica de fin. Aunque el viaje no termine, aunque el viaje nunca vaya a terminar, la entrada y permanencia en México es, finalmente, la conquista de un espacio pleno. Hay una identificación con el entorno, que se basa en las premisas del desorden, la libertad, cierta anarquía del ambiente, pero que se estructura a través de la conciencia de saberse que no se es de aquí.
—¡Qué país tan salvaje!
(…)
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! No sé qué hacer. Estoy demasiado excitado en este mundo. Al fin hemos llegado al cielo. No puede ser más tranquilo, no puede ser mejor, no puede ser nada más. (En el camino, 327-329)
El aquí y el allá me parecen elementos a considerar, ya que la percepción que tenemos del ambiente está, y es lógico, basada en las premisas de pertenencia. Lo que no es amable, es recrear el espacio ajeno como un lugar donde las debilidades del otro son las virtudes propias; donde años de historia y lucha son transformados en un decorado superficial y anodino.
Aquí nadie desconfía, nadie recela. Todo el mundo está tranquilo, todos te miran directamente a los ojos y no dicen nada, sólo miran con sus ojos oscuros, y en esas miradas hay unas cualidades humanas suaves, tranquilas, pero que están siempre ahí. Fíjate en todas esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda sobre que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada, es amable, no molesta. (En el Camino,
La calidad literaria, esto quiero aclararlo, no está en duda. El análisis que he propuesto responde a la ubicación del lector en un contexto determinado. La lectura, creo, es política, de la misma forma que todo tipo de escritura. De ahí que el mensaje que se desprenda de un texto genera vínculos con disciplinas que recrean y analizan los discursos.
kerouac_stamp1La potencialidad discursiva de En el Camino, para con lo latinoamericano, es, desde una perspectiva latinoamericanista, insuficiente. Se basa en postulados que tienen un fuerte vínculo con la búsqueda de la rareza. Una inspección acabada, fundada y responsable, considera pobre cualquier insinuación y reducción de la materia de lo latinoamericano. Es que no resulta convincente, y mucho menos tolerable, la mirada hegemónica. La misión o labor de una lectura, como sería el caso, es alertar los puntos políticos; generar un mapa que codifique las insinuaciones, no despreciativas sino simplificadoras de lo latinoamericano. Palabras que intentan hacer de nuestra historia sólo una anécdota más.
R.S

 

 

 

 

Dossier Kerouac: “Acerca de la Generación Beat” (1957)

 

 

N. del T: El siguiente texto fue escrito por Jack Kerouac en 1957, pero no fue publicado hasta marzo de 1958 por Esquire Magazine.

De algún modo, junto con la aparición de On The Road (1957), constituye una piedra fundacional en lo que hace a una descripción certera de la Beat Generation, al igual que el ensayo de Norman Mailer, El Negro Blanco, también escrito en 1957.

Título original: About the Beat Generation

Traducción: Martín Abadía

 

                                                                                                                                                             connections 

La Generación Beat es una visión que tuvimos a finales de los Cuarentas  John Clellon Holmes y yo, y Allen Ginsberg en un sentido más amplio, en torno a la generación de los locos, iluminados hipsters que de pronto se erguían y deambulaban por toda América, serios, curiosos, vagando y haciendo dedo en todos lados, harapientos, beatíficos, hermosos en un sentido nuevo y grácil — una visión extraída de la manera en que escuchábamos la palabra “beat” en las esquinas de Times Square y el Village, así como en el centro de otras ciudades nocturnas de la América de la postguerra — beat, que significa abatido y marginado, pero pletórico de una intensa confianza —- Incluso ya la habíamos oído en los hipsters de 1910, pronunciándola de la misma manera, con ese mismo desdén melancólico —- Nunca significó delincuentes juveniles, sino personajes de una espiritualidad especial que no se oponían a nada mas que siendo solitarios Bartlebies escapándose por la funesta ventana tapiada de nuestra civilización — los héroes subterráneos que finalmente se apartaban de la maquinaria de la “libertad” occidental y tomaban drogas, entendían el bop, tenías visiones introspectivas, experimentaban el “desarreglo de los sentidos,” hablando de manera extraña, siendo pobres y felices, profetizando así un nuevo estilo dentro de la cultura americana, un nuevo estilo (pensábamos) completamente libre de influencias europeas (a diferencia de la Generación Perdida), un nuevo encantamiento — Lo mismo estaba sucediendo en la Francia de la postguerra de Sartre y Genet y todo lo que por entonces sabíamos —- Pero en lo que se refiere a una idea verdadera sobre una Generación Beat, hay una posibilidad de que sólo haya existido en nuestras cabezas —- Tomábamos taza tras taza de café las 24 horas, poniendo un disco tras otro de Wardell Gray, Lester Young, Dexter Gordon, Willie Jackson, Lennie Tristano y todos los demás, hablando alocadamente sobre aquel nuevo sentimiento de santidad que veíamos surgir allí afuera, en la calle — Escribíamos relatos sobre extraños y beatíficos jazzeros negros, santos de barba que hacían dedo por todo Iowa con sus instrumentos, llevando el secreto mensaje de su respiración hacia otras costas, otras ciudades, como auténticos Walters Desposeidos al frente de una invisible Cruzada Fundamental — Teníamos nuestros héroes místicos y además escribíamos musicales novelas sobre ellos, largos poemas verticales que celebraban a los nuevos “ángeles” de la América subterránea — En la actualidad hay solamente un puñado de verdaderos hips, y lo que probablemente fue desapareciendo velozmente durante y después de la Guerra de Corea, al tiempo que un siniestro y novedoso tipo de eficiencia surgía en América, quizás haya sido resultado de la universalización de la Televisión y poco más (los oficiales de las Educadas Redes de “Paz” de la Policía de Control Total); más allá de los personajes beat posteriores a 1950, desaparecidos en cárceles y manicomios, o avergonzados en el conformismo silencioso, la generación tuvo una vida corta y no fue numerosa.

Pero no tendría sentido escribir este artículo si no fuera igualmente verdad que por obra de algún milagro de metamorfosis, inusitadamente, la juventud posterior a la Guerra de Corea emergió a su vez fría y abatida, habiendo tomado los mismos gestos y mismo el estilo, la nueva apariencia, la “enrevesada” y encorvada apariencia que finalmente empezaríamos a ver en películas (James Dean) o en televisión, los arreglos bop que otrora fueron el secreto éxtasis musical de la contemplación beat ahora aparecían en cada rincón, en cualquier libro (como en los trabajos de Neil Hefti, sin referirme a libro sobre Basie), las visiones bop se volvían propiedad común del mundo popular de la cultura masiva, el uso de expresiones como “crazy,” “hassle,” “make it,” “like,” “go,” se volvían familiares y de uso común al tiempo que la ingestión con drogas se hacía oficial (tranquilizantes, etc) y aún el estilo en la vestimenta de los beats y hipters empezaba a formar parte de la nueva juventud de rock n’ roll, vía Montgomery Clift (camperas de cuero), Marlon Brando (camisetas) y Elvis Presely (largas patillas); y la Generación Beat, pese a que estaba muerta,  resurgía y se veía de pronto justificada.

Sucedió realmente así y lo triste es que, mientras que se me pide que explique la Generación Beat, ya no existe un auténtica Generación Beat; hoy en día, desde México hasta Montreal, desde Londres a Casablanca, los chicos de vaqueros ponen discos de rock n’ roll.

En lo que respecta a un análisis sobre su significado… ¿quién sabe? Aún en esta última etapa de la civilización, cuando lo único que realmente importa a todos es el dinero, pienso que tal vez se trate de la Segunda Religiosidad que Oswald Spengler profetizó a todo Occidente (en América, el último hogar de Fausto) ya que hay elementos de una oculta significación religiosa en la manera en la que, por ejemplo, un tipo como Stan Getz, el más grande genio del jazz de su Generación Beat, fue encarcelado por intentar asaltar una farmacia y luego tuvo visiones sobre Dios y el arrepentimiento (hay algo de Villon en esa historia)—- O el caso de la posterior canonización de James Dean en manos de millones de chicos —- la extraña forma de hablar sobre el “fin del mundo” por el “advenimiento de otro mundo”, sobre “visiones de drogas” y ciertas apariciones que ya habíamos oído entre los primeros hipsters, todos creyentes, todos inspirados y fervientes y libres del materialismo Bohemio-Burgués, como es el caso de Phillip Lamantia, cuando un Ángel lo golpeó, haciéndolo caer de la silla y su visión de libros de los Padres de la Iglesia avasallando el Tiempo, o el de Gregory Corso, visiones del diablo y Heraldos celestiales, o de Allen Ginsberg, visiones en Harlem y en todas partes de un emotivo Amor Divino, o la compresión del mundo de William Burroughs, pensándose como el Único Profeta, o las visiones budista de Gary Snyder en torno a una promesa de salvación, visiones de peyote donde todos los mitos se volvían verdad, o las visiones de Phillip Whalen, donde maléficas y nyc154135b15dalucinadas formas hacían volar el techo de la casa, o las numerosas visiones celestiales de Jack Kerouac, la “Dorada Eternidad” echando luz en los bosques nocturnos, o las atolondradas visiones de Herbert Huncke sobre Armaggedon o las visiones de reencarnación de Neal Cassady bajo la voluntad de Dios, o bien las de Alene L. (1), en las que una electricidad misteriosa se adueñaba de todo, o las visiones de un chico anónimo de Times Square sobre el Advenimiento de otro Mundo que fuese televisado (todas ellas, verdaderamente y definitivamente, tuvieron lugar en la niebla de la vida cotidiana de las mentes de los miembros típicos de mi generación), reapariciones de una temprana Primavera Gótica que sentía la humanidad occidental de una manera especial, antes de que se tornase “Civilización” racional y se volviera hacia el relativismo, jets, superbombas y colosales, benevolentes y totalitarias estructuras burocráticas à la Gran Hermano — tal como Spengler dijo, cuando llegue el ocaso de nuestra cultura (ya presente ahora mismo, según sus gráficos morfológicos) y el polvo de nuestros esfuerzos civilizados se aplaque, la clara luz de final del día revelará preocupaciones una vez más, revelará una beatifica indiferencia para con las cosas que son del César –por ponerlo de algún modo-, un agotamiento con respecto a todo ello, y anhelos y arrepentimiento por lo que fuera un valor trascendental, en torno a “Dios,” al “Paraíso,” espiritual arrepentimiento por un Amor Infinito que se verificará con nuestras teorías de gravitación electromagnética y nuestra conquista del espacio, y donde hoy hay solamente técnicas de eficiencia no habrá nada más, al tiempo que la población atraviesa un violento terremoto que dejará tan solo la Últimas Cosas…. una vez más (ya que el hecho de que el mundo muriera, haría agradable al mundo).

Todos sabemos del Renacimiento Religioso (incluso Billy Graham) por el cual la Generación Beat, e incluso los existencialistas, con todos sus envoltorios intelectuales y pretensiones de indiferencia, representa un sentido de profunda religiosidad, el deseo de desaparecer, fuera de este mundo (cosa que no es nuestro propósito), “elevarse,” extasiarse y ser salvado, como si las visiones de los santos de los claustros de Chartres y Clairvaux hubiesen vuelto nuevamente a nosotros, brotando como hierbas en la acera de la almidonada Civilización, venciendo sus últimos preceptos.

O tal vez la Generación Beat, al ser la heredera de la Generación Perdida, sea tan solo otro paso más que dar hasta la última pálida generación, que tampoco sabrá responder sobre sí misma.

En todo caso, todo indica que su efecto ha echado raíces en la cultura Americana.

Tal vez.

Si no, ¿qué diferencia podría haber?

 

 

(1)Alene L fue la afroamericana con quien Kerouac tuvo un affair en New York City en 1953; su nombre es “Mardou” en The Subterreneans.

 

 

Dossier Kerouac: “Corderos, no leones” (1958)

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N. del T: El siguiente texto apareció por primera vez en la revista Pageant Magazine en 1958. Luego fue recogido en el volumen recopilatorio The Portable Jack Kerouac, editado por Penguin Books.

Eran los años en que la figura de Kerouac empezaba a cobrar cierta notoriedad a partir de la publicación de On The Road y se veía precisado de explicar claramente el por qué del mote “Beat Generation,” dadas las diversas tergiversaciones que llevaban adelante los medios gráficos y televisivos.

Título original: Lamb, no lion.

Traducción: Martín Abadía.

 

 

                                                                                                                                                             beatnik4601 

La Generación Beat no es vandálica. Al igual que el hombre al que de golpe se le ocurrió la palabra “beat” para describir a nuestra generación, a mí también me gustaría decir algo antes que alguien en el mundo de las letras empiece a llamarnos “rufianes,” “violentos,” “desinteresados,” “desarraigados.” ¿Cómo podría ser desarraigada la gente? ¿Desinteresada en qué? ¿En tener pertenencias? ¿Rufianes porque no te muestras elegante?

Beat no significa cansado, o hecho polvo, tanto como beato, la palabra italiana para decir beatífico: estar en estado de beatitud, como San Francisco, intentando amar la vida y ser absolutamente sincero con todos, ejerciendo la resistencia, la amabilidad, cultivando la alegría del corazón. ¿Cómo se puede llegar a esto en nuestro mundo moderno de  millones de multiplicidades?  Practicando cierta soledad, andando solo de vez en cuando en búsqueda del más precioso de los oros: las vibraciones de la sinceridad.

Ser beat no se trata de ser un maniático. Quizás seas introvertido, pero no por eso has de ser malo. Ser beat no es una vieja forma de criticismo. Es un modo de afirmación espontánea. ¿Qué clase de cultura habremos de tener en un mundo de caras grises que dicen, “no creo que eso esté bien”?

Empecemos por el principio. Luego de que se publicó mi libro sobre la Generación Beat, me pidieron que explicase en TV, en la radio, en todos lados, de qué se trataba ser beat. Todos tenían la impresión de que ser beat era un ato de histeria frenética venida de ningún lado. ¿Qué estás buscando? me preguntaban. Yo respondía que estaba esperando ver el rostro de Dios. (Luego recibí una carta de una chica de dieciséis años diciéndome que eso era exactamente lo que ella había estado esperando también.) Me preguntaron: ¿Qué podría tener que ver todo esto con los alocados jazzeros? Respondí que incluso los locos y felices jazzeros, con todas sus emociones, chicas y conversaciones excitadas, eran criaturas de Dios, abandonadas sin saber por qué, aquí, en este infinito universo. Y de hecho, nunca había oído tantas discusiones sobre Dios, las Últimas Cosas, el alma, el adónde-vamos entre los chicos de mi generación; y no se trataba solamente de los del tipo intelectual, sino de todos ellos. En los rostros de mis inquisidores podía ver la pregunta sin fin: Pero, ¿por qué? Billy Graham tenía medio millón de niños espirituales a merced. Esta generación tenía muchos “chicos beats”; hay un vínculo entre ambas cosas, dije.

La Generación Perdida de los años 20s no creían en nada, de modo que se vieron libres para de ser cínicos y negativos. Esa generación es un corpus de autoridad en la actualidad y nos mira con disgusto, como por encima del hombro, a todos nosotros que queremos movernos — en la vida, en el arte, en todo, al confesar cada cosa a cada ser humano. La Generación Perdida aplacó eso; la Generación Beat está tratando de restablecerlo. La Generación Beat cree que debe haber algún tipo de justificación a todo el horror de vivir. La primera de las Cuatro Verdades Nobles es: La Vida es Sufrimiento. Y aún los oigo hablar sobre cuánto vale la pena si tan solo llegar a creerlo, si dejas que ese flujo sagrado salga a borbotones infinitamente, más allá de la fuente secreta de la felicidad.

“¡Hombre, lo entiendo todo!” Tantos tipos me dijeron eso en las aceras, en los años 40s, cuando el beat se erguía como una flor etérea, lejos de la sordidez y la locura de los tiempos. “Pero, ¿por qué?” preguntaba. “No tienes un centavo, ni un solo lugar para dormir.” Respuesta: “Hombre, tienes que seguir elevándote, eso es todo.” Y así veía a los mismos personajes al día siguiente, completamente hechos polvo y abatidos, rumiando sentados en un banco del parque, rehusándose a hablar, buscando algo más en que creer.

Y allí estaban todos, en la noche, los músicos bop sobre el escenario tocando, veías cientos de cabezas asintiendo en la oscuridad cargada de humo, asintiendo a la música. “Sí, sí, sí,” es lo que decían sus cabezas, meditabundas, hermosas, místicas. Los músicos también esperaban el momento de su solo asintiendo mientras escuchaban. Sí. Vi a toda una generación dando un gran sí. (También vi yonquis dando un No al pie de la cama.)

No creo que la Generación Beat acabe siendo una tonta banda de drogadictos y vándalos. Mis amigos favoritos beats eran de todo tipo, buenos chicos, entusiastas, sinceros (“¡Dame cinco minutos de tu tiempo y escucha cada palabra que voy a decir!”)…. ¡Qué tierna inquietud! Qué patética esperanza humana aboga porque todos estemos comunicados y seamos aceptados, todos unidos misteriosamente en nuestras mentes. Las drogas van a desaparecer. Son sólo una moda, como cualquier otra cosa. En la Generación Beat, en vez de las viejas botellas de champagne entrelazadas con medias de seda de la Generación Perdida, encuentras a alguien que vino de visita durmiendo en el ropero, o una vieja cucaracha en el tocador, todo cubierto de polvo. Las drogas estaban destinadas a un puñado de yonquis con problemas de metabolismo antes de que fuese vista pésimamente por las autoridades. Luego, se fue de las manos.

En cuanto al sexo, ¿por qué no? Una mujer que me entrevistó me preguntó si yo pensaba que la pasión sexual era algo turbio; dije, “No, es la entrada al paraíso.”

Sólo la gente amarga puede abatir la vida. La Generación Beat será dulce (como decía el gran Pinky Lee; Lee, que ama a los niños, y todas las generaciones están formadas por niños.)

Yo sólo espero que no haya una guerra capaz de herir a toda esta gente tan hermosa, y en realidad no creo que vaya a haberla. Pareciera que empieza a haber un Generación Beat a lo largo de todo el mundo, incluso detrás de la Cortina de Hierro. Creo que Rusia quiere una parte de lo que tiene América –comida y ropa y placeres para todos.

Avizoro que la Generación Beat, vista tan solo como loco nihilismo bajo la apariencia de un nuevo estilo, va a ser la generación más sensible en toda la historia de América, de modo que no puede más que hacer el bien. Todo lo que se entiende de manera equivocada, luego se refleja con cierta maliciosa interferencia. Si existe alguna cualidad de peso que yo haya observado en esta generación por encima de cualquier otra, es su espíritu de no interferencia con respecto a los demás. Tuve un sueño en el que no quería que un león se comiera a un cordero, y el león se acercó y se sentó en mi regazo como si fuera un pequeño cachorrito. Luego alcé al cordero y él me besó. Ése es el sueño de la Generación Beat.

 

 

Dossier Kerouac: “Beatifico: Orígenes de la Generación Beat” (1959)

 

 

N. del T: El siguiente texto apareció por primera vez en la revista Playboy en 1959. Luego fue recogido en The Portable Jack Kerouac, editado por Penguin Books. Sería una de las últimas defensas escritas que Jack Kerouac haría sobre los siempre cuestionables malentendidos que se tejían en torno a la Generación Beat desde los medios de comunicación.

Título original: Beatific: The origins of the Beat Generation.

Traducción: Martín Abadía

 

 

                                                                                                                                                                06__jack_kerouac 

Este artículo hablará sobre mí, necesariamente. De modo que arremeto.

Esa foto mía, con cara de loco, en la portada de On The Road resulta del hecho de que recién había bajado de una alta montaña, donde estuve completamente solo durante dos meses; usualmente tienes el hábito de peinarte, claro, para conseguir que alguien te levante en la carretera y para que las chicas se fijen en ti en tanto hombre y no bestia salvaje, como mi amigo poeta Gregory Corso que se desabotona la camisa y muestra el crucifijo de plata que lleva al cuello y dice, “Llévalo y llévalo por fuera de la camisa, ¡no hace falta peinarse!”; de modo que pasé varios días dando vueltas por San Francisco con él y otra gente, yendo a fiestas, reuniones, sesiones de jazz, bares, lecturas de poesía, iglesias, caminamos hablando sobre poesía en las calles, hablando de Dios (en algún momento una pandilla de vándalos nos enfrento y uno dijo, “¿Qué derecho tiene a llevar eso?, y mi propia pandilla de músicos y poetas calmó un poco la situación), y finalmente, al tercer día, la revista Mademoiselle quiso tomar fotos de todos nosotros, así que yo posé tal cual salgo allí, con el pelo revuelto, el crucifijo y todo eso, con Gregory Corso, Allen Ginsberg y Phil Walhen, y la única publicación que, más tarde, no borró el crucifijo de la foto (yo, con una camisa de algodón escocesa sin mangas) fue New York Times, ya que New York Times es tan beat como yo, y me alegra encontrar amigos así. Lo digo sinceramente, Dios bendiga a New York Times por no borrar el crucifijo en la foto, como si se tratara de algo desagradable. De hecho, quienes realmente son beats aquí, beat en el sentido de “abatido” son aquellos que borraron el crucifijo, y no New York Times y Gregory Corso, el poeta, y yo. No me avergüenza llevar puesto el crucifijo de mi Señor. Lo llevo porque precisamente soy beat, porque creo en la beatitud de Dios y en que Dios ama tanto al mundo como para confiarle a su primogénito. Estoy seguro de que ningún párroco habría de condenarme por llevar un crucifijo por fuera de la camisa y que no importa dónde salgo con él, incluso en una foto tomada para Mademoiselle. Así que Ustedes no creen en Dios, ustedes grandes sabelotodos Marxistas y Freudianos, ¿eh? ¿Por qué no vuelven en un millón de años y me lo cuentan todo, ángeles?

Hace muy poco Ben Hecht me preguntó en televisión “¿Por qué tienes miedo de decir lo que tienes dentro? ¿Qué va mal en este país? ¿De qué están todos asustados?” ¿Se estaba dirigiendo a mí? Todo lo que quería era que hablara en contra de la gente, como desdeñosamente llevó a Dulles, a Eisenhower, al Papa, a todo tipo de personas a las que tratar con cierta burla junto a Drew Pearson y así hablar en contra del mundo, ésa es su idea de la libertad, a eso llama libertad. Dios, quién sabe, pero el universo, el auténtico vasto mar de compasión, la genuina miel sagrada, no está detrás de todo este espectáculo de crueldad y personalidades. De hecho, ¡quién sabe si no es la soledad de la unicidad de lo increado, la esencia increada de todo, la verdad pura y permanente, ese gran potencial vacío que puede iluminar todo lo quiera desde su puro ser, esa llameante alegría, ¡Mattivajrakaruma, Trascendental Diamante de la Compasión! No, yo quiero pronunciarme por las cosas, por el crucifijo, por la Estrella de Israel, por el hombre más divino que haya existido que fue alemán (Bach), por el dulce Mahoma, por Buda, por Lao-tse y Chiang-tse, por D.T. Suzuki… ¿Por qué atacar lo que amo más allá de la vida? De esto se trata ser beat. ¿Vivir la vida? Nah, amar la vida. Cuando lleguen y te lapiden, no tendrás un casa de cristal, sólo tu carne cristalina.

Esa foto salvaje y codiciosa que me sacaron para la portada de On The Road, en la que luzco tan Beat, se remonta a mucho más atrás que 1948, cuando John Clellon Holmes (autor de Go y The Horn) y yo nos sentábamos a pensar la significación de la Generación Perdida y el subsiguiente Existencialismo, y dije, “Sabes, ésta, realmente, es la Generación Beat,” y él saltó y dijo, “Cierto, ¡tienes razón!” Nos remonta a 1880s, cuando mi abuelo Jean-Baptiste Kerouac solía salir al porche en medio de una tormenta eléctrica, con una lámpara de kerosén en la mano y gritaba, “¡Vamos! ¡Adelante! ¡Si eres más poderosa que yo, derríbame y apaga la luz!” mientras su mujer y sus hijos temblaban en la cocina. Y la luz nunca se apagó. Quizás, dado que soy el vocero de la Generación Beat (soy quien originó el término alrededor del cual la generación cobró forma), debería apuntar que las agallas beats me vienen de mis ancestros, que eran Bretones, el grupo noble más independiente de toda Europa, que lucharon contra los Franceses Latinos hasta el último momento (pese a lo que me dijo un gran contramaestre rubio de un barco mercante una vez, cuando le dije que mis antepasados eran Bretones, en Cornwall, Brittany; bufó “¡Nosotros, los vikingos, solíamos salir de ronda y robar vuestra redes!”) Bretón, Vikingo, Irlandés, Indio, loco, no hay diferencia, ni hay duda de que la Generación Beat, al menos su núcleo, se trata de un grupo de nuevos Americanos tratando de pasarla bien… ¿Irresponsabilidad? ¿Quién no habría de ayudar a un hombre que agoniza en una carretera desolada? La Generación Beat no retrotrae aún a las salvajes fiestas que mi padre celebraba en casa en los 20s y los 30s en New England, que eran tan fantásticamente ruidosas que nadie podía dormir en todo el vecindario y cuando burroughskerouacllegaba la policía, todos tenían un trago en la mano. Nos retrotrae a la arrebatada y febril infancia de jugar a las sombras bajo los árboles azotados por el viento en el alegre otoño de New England y escuchar los aullidos del Hombre Lunar, parado en la orilla, hasta que podíamos atraparlo en el árbol (era el “mayor”, de unos 15 años), la risa maniática de ciertos locos del barrio, el humor furioso de todas las pandillas cuando jugaban al baloncesto hasta el atardecer en el parque; nos remonta a aquellos locos días antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando los adolescentes bebían cerveza los viernes por la noche en los salones de Lake y se recuperaban de la resaca el sábado por la tarde jugando al baloncesto y luego, un chapuzón en el arroyo — y nuestros padres llevaban sombreros de paja como W.C. Fields. Nos remonta al parloteo sin sentido de los Tres Chiflados, a las locuras de los Hermanos Marx (también a la ternura del Ángel Harpo con su armónica). Nos remonta a las cancioncillas de las viejas caricaturas (Krazy Kat y su ladrillo irracional)—a Laurel and Hardy en la Legión Extranjera— al Conde Drácula sonriente y al Conde Drácula temblando y silbando detrás de la Cruz— al Golem horrorizando a los perseguidores del Ghetto— a la tranquila sapiencia de una película sobre la India, sin apego al argumento— al sonriente Chino Tao bajando al trote por la calle de la vieja Shangai de Clark Gable— al Árabe sagrado, alertando sobre la proximidad del Ramadán. Al Hombre Lobo de Londres, distinguido doctor de chaqueta de terciopelo, fumando su pipa a la luz de una lámpara, leyendo tomos de botánica y de pronto empieza a crecerle pelo en las manos, su gato ríe socarronamente y arremete en la noche con una capa rasgada, como las capas de las personas que pedían comida— a Lamont Cranston, tan frío y seguro, de pronto deviniendo una Sombra desesperada que aúlla mwee hee hee ha ha en los callejones de la imaginación de New York. A Popeye El Marino y la Bruja del Mar y las resbaladizas bordas de los barcos, a Captain Easy y Wash Tubbs gritando excitados sobre latas de duraznos en almíbar en la isla de los caníbales, a Wimpy buscando una jugosa hamburguesa con sus rayos X, de ésas que ya no se hacen más. A Jiggs, traspasando casas completamente amuebladas al volar por el aire, Jiggs y los chicos en el bar y los bifes con maíz y la col de las cercas al atardecer— a King Kong, mirando por la ventana del hotel con un enorme y tierno amor por Fay Wray— y a Bruce Cabot, con la gorra del capitán, al frente del barco de vapor gritando “Suban a bordo.” Nos remonta a cuando le lanzaban uvas  a los crooners y a los vendimiadores en los bares que sopapeaban en la cadera a las reinas de burlesque. A cuando los padres llevaban a sus hijos a los juegos de la Liga Twi. A los días de Babe Callahan en los muelles y Dick Barthelmess acampando bajo un farol en Londres. Al viejo Basil Rathbone buscando al Perro de los Baskervilles (un perro tan grande como el Lobo Gris que destruiría a Odin) — al viejo y somnoliento Doctor Watson, con un coñac en la mano. A Joan Crawford y sus piernas ásperas en la niebla, su blusa a rayas, fumando un cigarrillo con los labios apretados en el extremo del muelle. Al silbido de los trenes a carbón pasando entre los pinos bajo la luna. A Maw y Paw alborotando a toda California para conseguir un trabajo, vendiendo autos usados y haciendo un montón de dinero. Al regocijo de América, la honestidad de América, la honestidad de los trabajadores de los viejos tiempos, con sombreros de paja y la honestidad de quienes esperaban en fila en el Puente de Brooklyn, el gracioso rencor de viejos americanos como Big Boy Wlliams al decir “Hoo? Hee? Huh?” en una película sobre Mack Trucks y las puertas giratorias del comedor. A Clark Gable, su especial sonrisa, su aferrada lascivia. Al igual que mi abuelo, esta América fue construida por individuos salvajes que creían en sí mismos y empezó a desaparecer en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tantos tipos enormes que han muerto (puedo recordar una media docena en mi propia infancia) y hoy vuelve resurgir prontamente, en los hipsters que se desplazan de un lado al otro diciendo “Crazy, man.”

Cuando vi por primera vez hipsters, arrastrándose por Times Square fue en 1944, tampoco me gustaron. Uno de ellos, Huncke, de Chicago, vino hasta mí y me dijo “Hombre, estoy abatido.” Y supe enseguida a lo que estaba refiriéndose. Por entonces todavía no me gustaba el bop, que llegó a mí luego por Bird Parker, Dizzy Gillespie y Bags Jackson; me inicié recién entonces, luego de que Don Byas, el último gran músico, se fuese a España… Antes yo solía ir en busca de Jazz en el viejo Minton’s Playhouse (Lester Young, Ben Webters, Joel Guy, Charlie Christian y otros) y cuando oí a Bird y a Dizzy y a los Three Deuces por primera vez, supe que eran músicos serios tocando un tonto sonido nuevo y no me importó qué fue lo que pensé, o lo que pensada mi amigo Seymour. De hecho estaba ya aprendiendo tan solo estando en el bar con una cerveza, cuando Dizzy se acercó para pedir un vaso de agua, se puso justo delante de mí y tomó su vaso con las dos manos, rodeando mi cabeza y bailó un poco, como si pensara que algún día yo iría a cantar algo sobre él, o que alguno de sus arreglos serían nombrados con una palabra que yo inventara por una tonta circunstancia. Por entonces, Charlie Parker ya estaba expresándose en Harlem, como el gran nuevo músico luego de Chu Berry y Louis Armstrong.

De todas formas, los hipsters, cuya música era el bop, por más que se veían como criminales, hablaban de las mismas cosas que a mí me gustaban, largas divagaciones de visiones y experiencias personales, confesiones nocturnas llenas de esperanza que la Guerra había reprimido y vuelto ilícitas, conmociones, ecos de un alma nueva (la vieja alma humana). Así se nos apareció Huncke al decir “estoy abatido,” ["I'm beat"] con una luz radiante escapándose de sus ojos evanescentes… una palabra quizás salida de algún copia-de-neil_cassadycarnaval del medioeste o de una piojosa cafetería. Un nuevo lenguaje que, en realidad, era la jerga esgrimida por los Negros, pero podías aprenderla rápidamente, cosas como “Hung-up,” por ejemplo, [“colgado”], una expresión tan económica y tan útil para tantas cosas. Algunos de estos hipsters estaban volviéndose locos y hablaban continuamente. Era el Jazz. Era el Jazz moderno de Symphony Sid y el bop siempre presente. Hacia 1948 empezó a cobrar forma. Ése fue un año vibrante y salvaje, año en el que muchos de nosotros caminábamos las calles y saludábamos a todo el mundo y nos deteníamos a charlar con cualquiera que nos mirase amigablemente. Los hipsters sabían mirar. Fue el año en que vi a Montgomery Clift, sin afeitar, vistiendo una chaqueta andrajosa, arrastrando los pies por la Avenida Madison con una acompañante; el año en que vi a Bird Parker paseando por la Octava Avenida con un suéter negro de cuello de tortuga junto a Babs Gonzales y una chica preciosa.

Hacia 1948, los hipsters, o beatsters, se dividieron en “calientes y “fríos”. Muchos de los malentendidos en torno a los hipsters y a la Generación Beat derivan del hecho de que hay dos estilos diferentes: los “fríos,” de barba e inteligencia lacónica, o de pelo largo, que luego de tomarse una cerveza en un antro beatnick, hablan en voz baja y poco amistosa, y cuyas mujeres no dicen nada y visten de negro; y los “calientes,” de mirada alocada y brillante, conversadores (a menudo inocentes y de gran corazón), locos que van de bar en bar, de cama en cama, buscando a todo el mundo, gritones, inagotables, borrachos, tratando de “hacérselo” ["make it"] entre los beatniks subterráneos que los ignoran. La mayoría de los artistas de la Generación Beat pertenecen a la escuela de los “calientes,” ya que la difícil llama precisó un poco de calor. En muchos casos, la mixtura es de un 50 y 50. Así fue que un hipster caliente como yo se vio finalmente conmovido por la meditación budista, más allá de que cuando voy a ver Jazz aún siento ganas de gritarle a los músicos “¡Sopla, sopla!”. Hacia 1948 los hipsters “calientes” corrían en autos como en On The Road, buscando jazz salvaje y vociferante, como el de Willis Jackson o el del primer Lucky Thompson o la gran banda de Chubby Jackson, mientras que los hipsters “fríos” se quedaban helados, en un silencio de muerte, viendo a músicos formales, de excelencia, como Lennie Tristano o Miles Davis. En realidad se trata de lo mismo, excepto por el hecho de que ya ha cobrado proporciones nacionales y el rótulo “beat” acabó atascándose (y todos los hipsters odian ese rótulo).

Originalmente, la palabra “beat” significaba pobre, derrotado y al margen, abatido a muerte, en la calle, triste, durmiendo en el subterráneo. Ahora que está volviéndose de dominio general, se extiende para incluir a gente que no duerme en los subterráneos, sino que tiene cierto gesto, o actitud. “Generación Beat” se ha vuelto un slogan o una etiqueta para describir formalmente una revolución en América. Marlon Brando no fue el primero en llevarla a la pantalla. Los primeros fueron Dane Clark, con su ceñido rostro dostoievskiano y su acento de Brooklyn, y por supuesto, Garfield. Los ojos de los sabuesos eran Beat. Bogart. Lorre, que lo hizo renacer con su encorvada forma de caminar.

Escribí On The Road en un rollo de cien pies, en tres semanas, en el hermoso mes de Abril de 1951, mientras estaba viviendo en Chelsea, la parte baja de lado Este de Manhattan, allí puse palabras a la Generación Beat, diciendo al pie de la letra qué papel jugaba yo en las salvajes fiestas universitarias en cuartuchos atiborrados de jóvenes. “Estos chicos son geniales, pero ¿dónde están Dean Moriarty y Carlo Marx? Oh, bueno, creo que no podrían pertenecer a esta pandilla, son demasiado oscuros, nyc25505kkkdemasiado extraños, demasiado subterráneos, y lentamente empiezo a unirme a un nuevo tipo de generación beat.” El manuscrito de Road fue juzgado negativamente dado su poco potencial de venta, pero mi editor en aquel momento, un hombre muy inteligente, me dijo, “Jack, esto parece salido de Dostoievsky, ¿pero qué podría hacer yo con él en esta época?” Aún era muy pronto. De modo que en los seis años que siguieron fui vagabundo, guardafrenos, hombre de mar, mendigo, pseudo-indio en México, todas y cada una de las cosas que se te ocurran, y seguí escribiendo ya que mi héroe era Goethe y yo creía que en el arte y anhelaba escribir algún día la tercera parte de Fausto, lo cual hice luego en Doctor Sax [Nota: el título completo de Doctor Sax es Doctor Sax – Faust Part Three-] Luego, en 1952, la revista dominical de New York Times publicó un artículo cuyo titular era “ “Esta es la Generation Beat” ” (así, entre comillas) y el artículo anunciaba que yo había pronunciado el término por primera vez y que lo usaba “cada vez que un rostro era difícil de reconocer,” el rostro de la generación. Después hubo cierta discusión en torno a la Generación Beat, pero el término no empezó a pasar de boca en boca hasta 1955, cuando publiqué un extracto de On The Road (mezclado con partes de Visions of Neal) bajo el seudónimo de “Jean-Louis,” cuyo titulo era Jazz de la Generación Beat y se anunciaba como una parte de una novela in progress intitulada Beat Generation (título que luego cambié por On The Road dada la insistencia de mi editor). El término y los gatos [Nota: cats, apócope de hepcats, o sea, devotos del jazz]. Por todos lados empezaron a aparecer extraños hepcats mezclándose entre algunos universitarios y todos comenzaban a usar los términos que yo había oído en Times Square a principios de los Cuarentas; algo estaba formándose. Pero cuando los editores finalmente se atrevieron a publicar On The Road, en 1957, todo empezó a abrirse de golpe y a multiplicarse; todos clamaban por la Generación Beat. Me han entrevistado por todos lados, preguntándome por el “significado” de algo así. La gente empezó a autodenominarse beatniks, beats, jazzniks, bopniks, bugniks; y a mí finalmente se me nombró el “avatar” de todo esto.

Pero aún era católico, y no fue por insistencia de ninguno de estos “niks”, ni ciertamente tampoco por su aprobación, que fui una tarde a la iglesia de mi infancia (a una de ellas), Ste. Jeanne d’Arc, en Lowell, Mass., y de pronto, con lágrimas en los ojos, tuve una visión sobre lo que realmente había querido decir con “Beat” cuando, en el silencio sagrado de la iglesia (era el único que estaba allí, a las 5 de la tarde, con los perros que ladraban afuera, los gritos de los niños, las hojas caídas, las velas parpadeando sólo para mí), vi al mundo Beat refiriéndose a la beatificación… Y el párroco predicaba el domingo en la mañana, cuando de pronto, por la puerta lateral de la iglesia, entra un grupo de personajes de la Generación Beat, envueltos en sus abrigos, como agentes de la I.R.A, acercándose en silencio para comprender la religión… Entonces lo supe.

 

Pero esto fue en 1954; de modo que imagínense el horror que sentí en 1957, y más tarde, en 1958 cuando de repente vi que el Beat era asumido por todos, la prensa, la TV y el pastoso circuito de Hollywood para justificar los estallidos de “delincuencia juvenil” y ciertas olas de terror en clubes de New York y L.A, diciendo que eso era Beat, que eso era beatífico… montones de tontos marchando contra los Giants de San Francisco para protestar por el baseball, cuando mi ambición infantil había sido ser una estrella de las grandes ligas, un bateador como Ted Williams, y  aquel año, 1951, cuando Bobby Thompson dio aquel homerun, temblé de alegría ¡y escribí poemas tratando de entender cómo es posible que un espíritu humano pudiera hacer algo así! O cuando había algún asesinato, un asesinato de rutina en North Beach, se lo endilgaban a la Generación Beat, cuando en mi infancia fui conocido por ser el excéntrico de mi cuadra ya que impedía que los niños menores apedrearan  a las ardillas, o que frieran serpientes en latas, o que molestaran a las ranas con palillos, dado que mi hermano, Gerard Kerouac que murió a los nueves años, me había dicho, “Ti Jean, nunca hagas daño a nada vivo, todos los seres vivos, no importa si se trata de un gatito o una ardilla o lo que sea, irán al cielo, directo a los nevados brazos de Dios, así que nunca les hagas daño, y si ves que alguien les hace daño, detenlo tan rápido como puedas,” y cuando murió, una procesión de monjas sombrías de la parroquia de St. Louis de France se detuvo frente a su lecho de muerte (1926) para oír sus últimas palabras sobre el Cielo. Y también mi padre, Leo, que nunca levantó una mano para castigarme o para castigar las macotas de la casa. Y este aprendizaje me fue dado por los hombres de mi casa y nunca tuve nada que ver con el odio, la violencia, la crueldad o cualquier disparate horroroso que, pese a todo, Dios, con su gracia más allá de toda imaginación humana, perdonará al final del camino… en un millón de años preguntaré por ti, América.

Así que cuando ahora hay rutinas beatnik en TV, sátiras de chicas vestidas de negro y muchachos en jeans con navajas de mano y camisetas sudadas y tatuajes con svásticas en el antebrazo, y llegan al público respetable que mira estos programas basados astutamente en el atuendo de los Hermanos Brooks, vaqueros y sudaderas, se trata solamente de un cambio en los modales y la moda, la mera corteza de la historia – como en la Edad de la Razón se pasó del viejo Voltaire, sentado en una silla, al romántico Chatterton bajo la luz de la luna— de Teddy Roosevelt a Scott Fitzgerald… De modo que no hay de lo que preocuparse. En realidad, el Beat proviene del viejo celebrar americano y parece que sólo va a cambiar algunos vestidos y pantalones y va a volver inútiles a las sillas del living y muy pronto vamos a tener Secretarias Beat del Estado, instituyendo nuevas baratijas y nuevas motivos para la malicia de hecho, nuevos motivos para la virtud y para el perdón.

Pero bueno, uf, uf, frente a aquellos que aún piensan que la Generación Beat significa crimen, delincuencia, inmoralidad y amoralidad…. Ufff, aquellos que lo atacan aduciendo que no tienen una comprensión de la historia y los gritos del ama humana… Uf, aquellos que no se dan cuenta de que América debe y deberá cambiar, y que de hecho está cambiando ahora mismo, para decirlo mejor….Uf, aquellos que creen en la bomba atómica, en las madres y los padres con odio, que niegan el más importante de los Diez Mandamientos, uf, aquellos que no creen en la increíble dulzura del amor sexual, uf, aquellos que son los estandartes habituales de la muerte, que creen en el conflicto y el horror y la violencia y en llenar nuestros libros y pantallas y livings con toda esa basura, de hecho ¡los que hacen películas malvadas sobre la generación Beat, donde un ama de casa es violada por beatniks!, aquellos que son los auténticos pecadores lúgubres para los que aún Dios hace un lugar para perdonarlos… uf, aquellos que escupen sobre la Generación Beat, a todos ellos el viento los arrastrará hacia el pasado.

 

 

Dossier Kerouac: Jack Kerouac: un clochard celeste – por Hugo Savino

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        Para Esteban Bertola

 

 

        A mí los escritores que más me interesan –yo que leo en varios idiomas- son los que tienen una cadencia poética, una respiración poética. Y no les podés cambiar una palabra, porque es como un circuito eléctrico, circula como una corriente en el texto. Y eso es absolutamente poético, no hay nada que hacer. Esa cadencia viene del hecho de que un principio la novela era en verso también.  […] Kerouac tiene esa corriente eléctrica.

        (Ricardo Zelarayán)

 

       ellioterwitt-jackkerouacnewyork1953

Jacques Kerouac está siempre presente entre los no ausentes de la literatura. Es un rollo que no deja de desplegarse, que leemos en sus poemas que fueron su vida. Sus poemas trasformaron su vida y la nuestra. Para siempre. Kerouac escribió lo que no había escuchado o lo que soñaba escuchar y se lo inventó desde el oído. Que nunca fue utilitario. Era una cuestión de sistema nervioso, no ser utilitario. Así arrancó, metido en la luz de la voz. Así lo leo. De cita a evocación. Leo lo que todavía no vi. Y cito lo que no escuché. Cada vez. En la relectura incesante. Bendita relectura. 

 

         

        A los rentistas del pensamiento, que ven todo en términos de filosofemas, ni se les ocurre pensar que un poeta es una voz propia e inalterable, estaban seguros de haber terminado con Jack Kerouac, tienen canon, estudios de género, flujos, y hasta el príncipe de los poetas, todo parecía resuelto, sobre todo resuelto, ya se sabía cómo escribir una novela, una story, un poema en el antilirismo programado,  cosas al alcance de cualquiera, buenos hijos, madres dedicadísimas, novelistas en sus horas perdidas, pequeños rimbauds enrulados, ridícula y absolutamente modernos, gente que cree que le gusta la literatura pero en realidad le gusta otra cosa, viejas teorizaciones que se aplican a todos los libros y que dan siempre la misma lectura, eternas, aburridas, gastadas, antiguallas teóricas al otro día de nacer, sobrecogedoras de ínfulas, funestas, disparatadas, no, no les gusta la literatura, y si no les gusta leer no les gusta la literatura, y si no inventan cada vez la lectura no les gusta la literatura, les gusta esa otra cosa, o las ideas generales, y ahí siguen, en ese chapoteo. No se quieren rescatar. Y entonces, a Kerouac,  se lo dejaron a los lectores. Error de estrategia del parasitismo organizado. Kerouac se cuela siempre por la ventana, pero no como Sainte-Beuve para asegurar el mantenimiento del orden, no, con Kerouac el tiempo se hace leyenda, por la épica se arrima tiempo: “Liberarse de toda inhibición literaria, gramatical y sintáctica”, sintaxero Kerouac, no sintáctico, aprendió a distinguir al parásito: “¿en qué piensan ustedes que un parásito piensa cuando está chupando el vientre de una ballena o el espinazo de un tiburón?”, y a tener fe en que siempre volvería de la mano de los lectores, ese animal antiparasitario menospreciado por la profesionalización placer del  texto, antiedipismo, “un poema es un filosofema”.  Trinidad de la trinidad de las ideas generales. Corporativas. Y contra las ideas generales siempre queda la lectura, en las manos dispersas y torpes y rítmicas de la decencia ordinaria, de las que Kerouac conocía todos los recovecos, los retorcimientos, las alegrías, las agachadas, los simulacros, la sublime clandestinidad.

 

        Jack Kerouac hablaba de la continuidad Kerouac, iba a lo político en defensa propia, se hacía cargo de su propia ética, la pasaba por sus novelas bop, la ética no es la cacareada responsabilidad social de los que aman el rocking-chair y lo esconden cuando viene el fotógrafo: “Los principios que han presidido la fabricación de nuestro Rocking-chair, el ‘Apoye aquí su Cabeza’, ese renacimiento en línea recta, esa preocupación de continuidad, racional y también sentimental, que hace que el corazón quiera conservar más que destruir, es lo que los anarquistas, que son los ladrones del espíritu, quieren, así como todos los ladrones, que son los anarquistas del espíritu, quieren el rocking-chair.” 

        Kerouac vivía y escribía en corriente eléctrica y era paranoico con mucha intermitencia, la necesaria.

        Era un gran poeta que no recurría a los recursos del encadenamiento temporal. Kerouac ritmaba, cantilaba, inventaba, encastraba, soplaba en la frase, repetía, graduaba, matizaba, contrastaba, se pintaba él mismo en el paisaje, se sustraía, iba a anonimato absoluto y volvía a escribir Jack Kerouac, inventaba ese nombre sublime Mardou, renunciaba a las fechas y también llevaba un archivo riguroso con las cartas que enviaba, sabía escuchar la música de Scott Fitzgerald y transponer todo lo que se le antojaba. Hacía lo que quería con el lenguaje. Jack Kerouac amaba el lenguaje. Como Lester Young la música.

 

        Jack Kerouac en 1947, Cuaderno de notas: “Viernes 20  – Las cosas otra vez suavemente en mi alma. De nuevo la humildad y la decencia de la vida escribiéndose. Un amigo de Galloway me visita a la tarde; vuelvo a escribir de noche. Ocurre que la idea más impetuosa y grande que un escritor puede tener es la de escribir dichosamente acerca de alguien “para probar qué clase de loco es”. Esta idea tiene que ser entendida en sentido estrictamente americano.” (El Diario de Jack Kerouac: traducción  de Esteban Bertola y Américo Cristófalo) 

        Leer Kerouac en la fuerza de su presente constante. Moderno es la fuerza de esa presencia, no el clisé de la ruptura, o de la vanguardia. La vieja estrategia del mantenimiento del orden canónico.

 

 

Kerouac fue también un escritor de esbozos y de bocetos. El esbozo es de capital importancia en la obra de Kerouac. Del esbozo sale la libertad,  la emancipación de “las cadenas de la duda privada y de esa falta de confianza que conduce a sobrecorrección, mucho cálculo, preocupación por “aquello que otros pensarán.” (El Diario de Jack Kerouac)

 

        “Los Parásitos “viven del Animal”, es la expresión favorita entre ellos. Son infalibles.

        Para sobrevivir el Animal parasitado se volverá por consiguiente cada vez más inlocalizable[…] Un Animal consciente de tener que soportar su debilidad y a sus Parásitos debe, por supuesto, ser paranoico, pero sólo por intermitencias, nunca en continuidad (los Parásitos sólo esperan eso para proliferar)”. Philippe Sollers, Los viajeros del tiempo.

 

        Kerouac tuvo sus parásitos, en todo el sentido del término, los dejó venir, llegaron hasta el jardín, no los dejó proliferar.

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        A nadie se le ocurrió pensar que Jack Kerouac no escribía novelas, que escribía aventuras narrativas. Está en su correspondencia, dos tomos, yo rasqué ahí para este retrato. Es una continuidad de su obra. Es también su obra. Es un monumento, en el sentido en que no se puede evitar. Los Parásitos, ésos de la novela de Sollers ya no pueden vivir del animal de escritura que era Kerouac. Mariano Dupont lo puso blanco sobre negro: “Estoy con Los vagabundos del Dharma, de Kerouac, con la celebración de la vida, eso nunca se lo perdonaron, que celebrara la vida, la naturaleza, la libertad. Los hijos de puta de siempre lo tildaron de ingenuo, de naif.”

        Kerouac caminó por la vía de su sueño, antes y después de la celebridad: “paso largos inviernos de soledad y esfuerzos para volverme austero, callado, majestuoso.” (El Diario de Jack Kerouac) 

        Kerouac: “Leo constantemente, todo y sobre todo, leer es una buena cosa”, esta cita para los predicadores de la no lectura, que se arriman a Kerouac llenos de sentimientos musicales, de baladas pop, de devoción beat, de religiosidad hippie, de rock. No lectores. Jack Kerouac tenía un santo irlandés, y ése santo era James Joyce. Y otro santo francés: y ése era Marcel Proust. Fácilmente demostrable. Una sola condición: leer toda la Leyenda de Douloz. Son varios tomos. Un esfuerzo, perezosos de la lectura.

Kerouac fue un poseído que apostó al futuro de su acentuación. Odiaba la modernidad de laboratorio. No sé si hay otra. El clochard celeste venía de la vida. Era el sonido del rumiar de la familia, de la calle, filtrado por el lirismo de su voz. Para que viva. De silencio a grito, a soplo, a silencio, a meditación, a canto. 

 

Kerouac en dos fechas: a Allen Ginsberg. “Alejate de Pound… Lo adoré y es deliberadamente Griego y elegante con sus expresiones griegas Oniothose… y la puta madre…” (Carta del 14 de julio de 1955), a John Clellon Holmes: “Cecil Taylor es el nuevo gran pianista bop.” (19 de diciembre de 1956) 

 

        Kerouac es la pasión por una coma, por un guión largo, por dos puntos, por el hecho físico de escribir a máquina. No es un escritor para comodones bien alimentados, para becados por la familia, para santones de la moralina ideológica. Escribía en el borde de la falta de plata, con la preocupación de terminar de pagar la casa para Gabrielle. La devoción  se le instalaba en el jardín. Invadía el parterre. Saltaba la tapia. Pero él no engendró a Jerry Rubin, que quede claro. Es muy importante que eso vaya quedando claro.  

 

        Jack Kerouac: “Todos ellos piensan que escribir es una “profesión” ese es el problema que tienen. Para mí es mi vida.” (Carta a Philip Walen del 10 de enero de 1959).

 

        A Kerouac le pedían lo que todavía se le pide a los escritores salvajes: que se integren a alguna familia, a pesar de lo que dijo Gide el pedido sigue vigente y muchas veces viene de los escritores que finalmente, entre idas y venidas, provocaciones y subversiones oficiales, fueron a respetable, viejos maoístas que ahora nos predican lecciones de moral y de estética desde su cátedras, asalariados de la buena conciencia: “Con los buenos sentimientos se hace mala literatura”. A Kerouac le pedían que sea de la Nueva Izquierda, modesto, humanista, que lo siguiera a Allen Ginsberg en su devenir gurú, que creyera en ese santurrón de Alan Watts, que reconociera a su hija, que fuera más cuidadoso con las mujeres, que en un gesto freudiano abandonara a su madre Gabrielle, que dijera que su padre no era un buen padre – y no, todo lo contrario, el padre de Kerouac fue como el padre de Joyce, engendrador de literatura, habría que escribir un libro sobre esos padres engendradores de literatura,  hasta el padre de Kafka entra ahí-, le pedían que no bebiera, que se embriagara con la palabra “revolución”,  que “desencadenara una revolución”, Corso y Ginsberg detrás de esa insistencia, impostura tendríamos que poner, y no, Kerouac “quería ser un poeta solitario de Nueva Inglaterra. Tierra. Quería ser Cervantes solo a la luz  de una vela.”, Kerouac detestaba la palabra revolución, y detestaba la palabra religión: “Mierda para la palabra religión, no son más que palabras. Las únicas palabras que valen sean las que sean son las palabras en las que pensás cuando ves una mariposa. O una gran señora negra. O cualquier cosa. ¿Por qué joderse la vida? Golpee su martillo, juez, soy culpable.” ¿Muy ingenuo, muy pueril para la crítica de su época? ¿Muy borracho? ¿Poco humanista?  Sí, todo eso, kerouagorra57esa enorme lista de acusaciones. La pueden redactar. Seguro que Jack Kerouac la firma. Los editores a veces contribuyen al mantenimiento del orden: una nota de Viking Press fechada el 22 de diciembre de 1958: “En realidad, cuando se ha leído una de las confesiones de Jack sobre Lowell, se las ha leído todas”, y otra observación del mismo lector –los lectores de editorial, empleados de la fabricación de libros edificantes, otro capítulo fascinante del medio literario- del 2 de diciembre concluía que Kerouac no tenía ningún talento para la “ficción verdadera”, así que desaconsejaba la publicación de Visiones de Gerald y Doctor Sax, porque sería una manera de alentar a Kerouac a “refugiarse en exploraciones ociosas de su infancia y que vuelva a encontrar la fuente de sus obsesiones inconscientes.” Ya, en ese entonces, no olvidemos la fecha, 1958, muy importante las fechas, ya estábamos en un estadio avanzado de la edición, el lector de editorial en su informe aconsejaba directamente la terapia para los escritores díscolos y borrachos. Una variante benévola del psiquiátrico soviético. Y si alguien quiere saber qué se cocina en la alta literatura contemporánea puede leer las novelas de Philippe Muray.    

 

        Los santos: James Joyce: “Ferlinghetti va a publicar un libro con mis poemas, BLUES… Extractos de mi Finnegans Wake loco en lengua delirante LUCIEN MIDNIGHT solicitados por una joven editorial dirigida por Mike McClure:” (Carta a John Clellon Holmes del 8 de noviembre de 1957).

 

        “Recién terminé de leer la vida de James Joyce y tengo el sentimiento de que es algo que vale la pena después de todo estudiar y luchar toda la vida y sufrir y joderse y sudar por eso, mientras la gente se ríe de uno, ricos o pobres, famosos o no famosos, y llegar al final de la vida al borde del mar y decir: ‘cumplí con el trabajo de mi vida, annaliviaplurabelle es la amada de todas las amadas para siempre´. Te das cuenta, John, eso me dio ganas de volver a mi trabajo.” 

       

        Marcel Proust: “Sé como Proust un viejo drogueta del tiempo”. 

 

        Siempre huyó del modelo hombre de letras, volverse maduro, calmo, reposado, comprometido. No. Kerouac sabía rechazar, tenía la poética del rechazo. Nunca dejó de escribir cartas impulsivas. Toda su correspondencia es una larga carta impulsiva escrita una y otra vez. La correspondencia es el motor de la escritura, es su cuaderno de notas de cuadernos de notas. Correspondencia, diario, cuaderno de esbozos, novelas. Para que “trabajemos la materia de nuestros mitos, incluso si la iglesia hizo las cosas de tal manera como para que ya no funcionen más -eso no les impide funcionar.” (Valérie Dréville)

 

        Kerouac agarró esa materia a los veinte años y se la pasó escribiendo el esbozo sonoro. 

        

        Esa materia huidiza pasa por la rajadura de la tela y hay que dar el salto para apropiársela o queda en manos de la pedagogía literaria. Santurrona, mojigata, confunde educación con pedagogía.   

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        Norberto Gómez: “La lucha es siempre  con los contemporáneos.” Kerouac no se sustrajo. No era una subjetividad absoluta como esos novelistas vanguardizados que flotan por encima de la cotidianeidad.  Con los contemporáneos quiere decir que se pelea contra los de la esquina, no con James Joyce. Tampoco se dialoga con James Joyce. No hay que asustarse de repetirlo incansablemente, la repetición es una de las posibilidades del rechazo, del humor. Kerouac pelea con Ginsberg, con Corso, con Gore Vidal. Con el moscardón de Truman Capote que lo difama. Con Gary Snyder. Con Keneth Rexroth que lo detestaba. Con los reseñistas mezquinos. Con el Crítico. Con los editores sordos. Con Carolyn Cassady que lo amaba y le reprochaba algunas escapadas de Neal Cassady. Hay que leer el libro sublime de Carolyn Cassady. Con la MGM que no le pagaba lo que le robaba. Contra los “encantados-de-encontrarte” por la celebridad, esa especie insoportable de alelado que adora conocer escritores. No luchaba con Melville o con Hawthorne, no, a ellos los leía. Con los estudiantes que  lo asaltaban buscando al gurú. Contra los que quieren hacer grupos de encuentro para discutir budismo zen y no quieren el soplo zen. Quieren discutir. Polemizar. Contra los gestores de polémicas: manera de conservar poder, de aterrorizar. Contra los grupos de estudio. “A la mierda Ginsberg, a la mierda Corso, a la mierda todos. Soy feliz. Me voy. Una vez yo ser ahora

                                      Libre como un pino

                                          Eufórico

 

                                      En el viento”   (Carta a Philip Whalen del 15 de marzo de 1959)  

 

        Kerouac: “Los innobles insultos con los que me gratificó la crítica tuvieron por efecto que los Vagabundos del Dharma pase desapercibido. Por alguna razón mi nombre se encuentra asociado a beatniks barbudos con los que nunca tuve nada que ver.”

 

        La visión injusta: en una carta a John Clellon Holmes libre, el 21 de febrero de 1959: “detesto a miles davis / “, los rechazos de Kerouac.  La poética del rechazo. Sutil. Pero también la entrega: “Miles Davis apoyado en el piano manoseando su trompeta con la mano que sostiene el cigarrillo mientras trabaja en sacar un sonido de acero puro como madera hablando en frases como las de Marcel Proust” (abril de 1959). Con dos meses de diferencia. Una apuesta. La de la oralidad. Ejercicios espirituales. Que no se miden. Lorenzo García Vega hizo la visión injusta, la puso en el lenguaje, la podemos irradiar a Kerouac. La podemos usar. También con visiones injustas se hace una poética.  

 

        Evocación de Joyce. “Ahora que se supone que voy a Japón y a India y a todas partes esperaré diez años antes de volver discretamente a Lowell, con un sombrero negro, para oír de nuevo la risa de Doctor Sax cerca del río. El río es central.”

 

        Leer a Kerouac, o mejor, a la manera de los salmos, leer Kerouac sin la preposición es poner el oído en el jazz: “La gente que no entiende / el jazz es sorda a la tonalidad / & no entiende / lo que sordo a la tonalidad & / sordo a secas / significaban para Ludwig / von Beethoven”.

 

        No faltó la vieja acusación de solipsismo. Una respuesta: “los detesto a todos. Soy feliz. Me amo cuando estoy solo conmigo… Desde luego me encantaría poder estrechar en mis brazos tu gorda barriga esta noche y decirte Phil, ¿Cómo andás? No le prestes atención al resto de esta carta.” (Carta a Phil Walen del 15 de marzo de 1959). Listo. Si alguien lee este párrafo  y no se le ocurre nada, si no puede decir algo con sus propias palabras, y bueno, entonces, ese tipo no sabe leer Kerouac.

 

        Siempre en el camino de la mala reputación en serio, no la de los escritores de culto: “Escribe para ti mismo, honestamente, para tus amigos cercanos, claramente, contando lo que ha pasado, el lector no podrá más que entender. No dejes que el invisible Crítico se incline sobre tu hombro.” (Carta de Philip Whalen del 18 de enero de 1960).

 

        Jack Kerouac borronea los contornos – como en los autorretratos de Rembrandt. 

 

        Sistema, fuerza, oralidad, alegría de las influencias: poética: “En mi sistema, la forma de los coros de blues está delimitada por la pequeña página de la libreta de notas en la cual son escritos, como la forma de un cierto número de compases en un coro de blues en jazz, y por consiguiente a veces la significación de la palabra puede prolongarse de un coro al otro, o no, así como la significación de la frase puede prolongarse de manera armónica, jazzeada, de un coro al otro, o no, de manera que en esos blues como en el jazz, la forma está determinada por el tiempo, por la armonía y el fraseo espontáneo del músico en la pulsación del tiempo que se desencadena de manera interminable en los compases de los coros.” (Carta a Donald Allen del 10 de junio de 1961)

 

        Robert Duncan fue uno de los pocos en decir la palabra justa en el momento justo, cuando leyó En el camino: “Hay una manera en Kerouac de tocar todo con su propia vida, de tal manera que el lector puede ir a cualquier lado con él.”. Leer Kerouac es abandonarse a ese ritmo. Dejar caer como un resto el pesado realismo de la interpelación, ir a epifanía en el aire.

 

        Leer Kerouac teniendo siempre la palabra fraseo.

 

        La correspondencia es uno de los libros de Jack Kerouac. Los libros de Jack Kerouac son manuales de resistencia a la imbecilidad organizada por lo Social, a las catervas de presiones sociales. Libros de aprendizaje. A desplegar como un Talmud, se los puede leer pliegue sobre pliegue.

 

        Lo absoluto rítmico Theolonious Monk no toques lo que quiere el público. Jack Kerouac como decía el otro sabía que había que dejar que se vayan enganchando. ¿Cuántos años? Inventor de un nuevo sonido. Esperar.

 

        Lo locamente Parker escribir lo que por tanto tiempo había oído dentro de él.

 

        Kerouac se merecía en escritura como otros se merecen en música.

 

        Hay un libro que amo: El libro de Jack, una biografía oral de Jack Kerouac, la escribieron Barry Gifford y Lawrene Lee, juntaron testimonios de todos los amigos y enemigos de Jack Kerouac, lo saqueo cuando leo Kerouac. Es tan imprescindible como la biografía que hizo Ricardo Strafacce de Osvaldo Lamborghini, las biografías no dañan nada, ninguna reputación, los escritores no tienen ninguna reputación que cuidar, no son candidatos a puestos, las biografías avivan el fuego, desesperan a los celosos, desarman a los difamadores, vuelven locos de rabia a los devotos, muestran lo peligrosa que es la literatura y cómo algunos afrontan ese peligro. Un biógrafo le da lugar a las voces.

 

        Kerouac deambulaba con la mochila al hombro. Le gustaban los barcos y los trenes. Le gustaba pasear por las vías de trenes. Escuchaba esos trenes y sus maniobras y caminaba. No hay que olvidar que tenía oído absoluto.

 

        Jim Holmes: “Jack Kerouac no era un farsante; respetaba realmente  a la gente.”

 

        En Kerouac no había nada de patricio, no desdeñaba “las opiniones inefables del individuo.” Eso lo hizo un caso difícil para lo pomposo crítico que se venía. Oído absoluto contra la berretería filosofema. El bellísimo testimonio de John Clellon Holmes llega como un haiku: “Jack vino a verme con Allen justo antes de partir hacia Europa en el 57. Allen ni siquiera había olido el budismo por aquel entonces, mientras que Jack ya era todo un bodhisattva. Llevaba todo en la mochila. Me mostró Tristessa, así como la primera parte de Desolation Angels, y parecía puro como la nieve, o por decirlo de otra forma, exhausto. Fue antes de que apareciera On the Road. Yo no sabía nada sobre budismo en aquella época. Había leído algo de zen en el 53 por sugerencia de Allen, pero Jack lo estaba viviendo, y ya no se parecía al tipo que yo había conocido hasta entonces. Fue uno de los periodos más misteriosos de su vida, creo, antes de que se apoderara de él el alcoholismo, y después la furia del trabajo creativo. Fue un periodo de calma, en el que se mostraba amable y retraído. “ (Libro de Jack).

       kerouac

        Furia creativa fue algo que no se le perdonó a Kerouac. La ponzoña crítica le daba lecciones. Pero Kerouac, harto de la frase inglesa convencional,  siempre fugó hacia adelante, fuga maravillosa,  nunca cedió, nunca a novela consensuada, nunca a novela comprometida, nunca a chatura representación literaria –“Sinclair Lewis y los otros resumen a la gente según las “posiciones” sociales y culturales que ocupan. Es la literatura americana en general… particularmente Lewis & las revistas, y los escritores de izquierda, todos. Pero con la llegada de Dostoievski, el Cristo ruso, nosotros los jóvenes Americanos, vamos hacia una nueva evaluación del individuo: su “posición” misma, personal y psíquica” (Carta a Helen Taylor del 18 de junio de 1958). Kerouac no se ataba con definiciones, no tenía que dar examen, no, hacía a contra-definición, desarmaba los procedimientos pueriles del realismo reflexionando en la conjunción “y”, sus preocupaciones eran la coma –“la mínima coma me apasiona”  y el punto y coma, y en cómo salir del esqueleto muerto del diccionario. Para Kerouac se escribe y se lee, dos actividades estrechamente ligadas. Kerouac escribió el lenguaje de su experiencia, no dijo su experiencia, la hizo en poema. No se comió el facilismo del realismo que es teológico, que quiere ocupar todo el terreno, que sabe el fundamento mismo de los fenómenos y tiene la arrogancia de pensar que no hay niveles de la realidad. Cree que tiene “el conocimiento directo y fiable del mundo”. Kerouac iba a invención, por eso iba siempre a rechazo, rechazo también de la lengua consensuada, para Kerouac la acción iba por la vía del lenguaje. Se inventaba un lenguaje y se inventaba a la vez una vida, y contra todas las formas de aceptación. Hay que escucharlo cuando rechaza esa forma ponzoñosa de la aceptación que es el consenso: “¿En qué estoy pensando? Trato de entender dónde me sitúo entre los políticos establecidos y los radicales, los canas y los atorrantes, los inspectores de impuestos y los vándalos.” Situarse fue siempre la preocupación de Kerouac. Situarse en el lenguaje, sobre el que sólo hay puntos de vistas. Y con el humor cáustico de Kerouac: “Primero debo entender cómo habría yo podido razonablemente engendrar a Jerry Rubin, Mitchell Goodman, Abbie Hoffman, Allen Ginsberg y otros calurosos seres humanos de los ghettos que dicen que ellos no sufrieron menos que los Puertorriqueños en sus barrios y los Negros en sus Gran y Pequeño Harlem, y todo eso porque escribí un relato prosaico de una aventura vivida en el camino (por cierto no un relato de agitación propagandística) que reunía a un ex-vaquero y a un ex-futbolista que viajaban del Norte al Noroeste  a través del continente, del Midwest al Sur en búsqueda de padres perdidos, de trabajos sin importancia, de buen tiempo y de chicas y que terminaron por encontrarse trabajando en los trenes.” Jack Kerouac no eludía la guerra del lenguaje, la frase de Mandelstam también era suya: “La poesía, siempre es la guerra”. La sabía inevitable. Está en su correspondencia desde el vamos. Ninguna ilusión. Precisiones: búsqueda de un padre perdido. Esos padres, admirables vagos que perdieron su carrera, como el padre de los hermanos Yeats. Que terminó en una pensión de familia, en Nueva York, pobre, y gran conversador. Carta a Norma Blickfelt, del 15 de julio de 1942: “Por eso parto, tranquilamente, con mis proyectos, y no me comprometo a nada y no espero nada, y amo todo.”

 

        La gramática: “Alfred, todo este parágrafo fue escrito en una sola respiración por decirlo así, y el “Señor” del final es su punto final, suspensivo, más bien como el “Bop” a veces al final en la Música Moderna (Jazz) y concebido como una liberación del alcance de la frase, el parágrafo rítmico es una frase. No uso puntos y punto y coma, simplemente guiones, que son pequeñas liberaciones interiores, como si el saxofonista recuperara allí su aliento.” (Carta a Alfred Kazin del 27 de octubre de 1954).

 

        Ya sabemos que los chantres del realismo, insistentes, disciplinados, toman las palabras por realidades, y ya sabemos que a veces por una palabra se puede terminar en la hoguera. Los chantres del realismo nunca van a convencer a los que aman el lenguaje de que ellos tienen algo que ver con el punto de vista. O sea con el lenguaje, y menos que lo aman, no, ellos sólo se ocupan de la comunicación. Para decir que se oye, primero hay que ser capaz de escuchar, hay que dejar de pensar que uno es alguien fascinante a los que todos tenemos que escuchar, para escribir, hay que saber que un poema no es algo de la poesía, que una novela no es algo de un género, tendrían que aceptar que son chantres de la comunicación, santones de la divulgación, Kerouac escribe y vive a contra-santón, a contra Alan Watts. Kerouac que tenía su poética por la fuerza de su lenguaje -y no por aparato retórico-,  nunca estuvo en la noción de género literario, esa antigualla: “Entretanto acabo de empezar y trabajo furiosamente en una nueva aventura narrativa (no escribo novelas, como ya sabe)” (Carta a Sterling Lord del 31 de marzo de 1957). Aventura narrativa, hay que tener oído para escuchar eso. La Sagrada Familia del género machaca la noción realísticamente, cualquier otra cosa le resulta sospechosa, por eso no puede hacer nada con Kerouac o con Arno Schmidt, o con Zelarayán, la Sagrada Familia del género cree que la literatura es un producto, siempre hay que recordarle que es una actividad. No quiere enterarse. Nunca lo va aceptar, está ahí para mantener el orden. Le pagan bien. Una aventura narrativa va de un lector a otro, pasa, transforma, no es una abstracción, la literatura sirve para vivir, como el lenguaje.  Los escritos de Jack Kerouac pasan de uno a otro, nos transforman activamente, no realísticamente, no son batifondo realista –“Mis ‘palabras-inventadas’ a la Joyce son verdaderamente invenciones sonoras orales y auditivas, como en el parloteo onírico(Carta a Alfred Kazin del 27 de octubre de 1954). Los escritos de Kerouac funcionan, en el lector, no en alguna galaxia de género o de espiritualismo rockero. Jack Kerouac tampoco compró el mito de la ruptura: ese clisé que todavía da de comer. Y que está lejos de entrar en crisis. Kerouac no rompió con nada, continuó en la confrontación de la lectura, siempre ahí de invención sonora a fraseo. Si hay       kerouacmaquinaesc4oppoema, hay fraseo, si hay novela contada por teléfono, hay comunicación, hay lugares de poder. La suprema arrogancia de los chantres del realismo es que hablan por todos. Y el gran despropósito es que creen que hablan de poesía. No, hablan de otra cosa. Hablan de literatura con conceptos de la gramática, del psicoanálisis o de la sociología. No sabemos qué pueden decir esas tres honorables disciplinas frente a la correspondencia de Kerouac. Sólo sabemos que de las tres no salió un solo libro que aporte algo inolvidable a la literatura. Sólo aportan opiniones, lugares comunes, informes de lectura.  Banalidades, como que Kerouac no usa comas, o es muy dependiente de las mujeres, o que se repite, caso agravado por la relación con su madre Gabrielle, en este fragmento kerouaquiano la biografía de Nicosia es imprescindible, no apta para los devotos del psicoanálisis,  o de la sociología, que aplicadas a la literatura son de una comicidad inenarrable:  el mejor ejemplo que encontré reúne a las dos disciplinas: Kerouac sería una víctima de la vida americana. Ninguna convención crítica pudo destruir los escritos de Jack Kerouac. Ninguna de las sentencias sociales con las que lo estigmatizaron pudo liquidar su obra. Kerouac era un alcohólico pero nunca perdió su cuerpo. Escribió Big Sur, por favor, escribió Big Sur. Escuchen, ahí tienen un ojo que escucha y un oído que ve, que inventa. Invención sonora de las invenciones sonoras. Las invenciones sonoras de Jack Kerouac van de desesperación a felicidad, de desolación a grito, y a felicidad,  ponen desorden en el orden establecido de las cantinelas poético- musicales edificantes, Kerouac delira en Shakespeare, con Shakespeare, Kerouac no quiere dominar la lengua, sopla ahí adentro en la soledad de su casucha. Va solo. Ginsberg se buscó compañías, causas, Kerouac se quedó solo. Tenía problemas urgentes que resolver con las comas, punto y comas y guiones. Como Tsvetaieva con el a-a-a-a. Como Zelarayán con la obsesión de no repetirse. O Sánchez con la épica que se iba. 

 

        Kerouac puso el cuerpo en el movimiento de la palabra, no le interesaba saber qué hacía, hizo mucho para no saber nada de nada sobre su hacer, lo fue inventando, Jack Kerouac flotaba en los grandes silencios de los lugares en los que vivía, se hacía sonar las palabras en el oído, las ponía en largas frases que hacía pasar por el cuerpo y arrastraba ríos de cosas olvidadas, la cultura no le taponó la facultad de recordar en la frescura del bosque o a la vuelta de una esquina. Hombre de esbozos, no lo olvidemos. Sabía estarse quieto, callar, esperar: esa trinidad era parte del movimiento.

 

        “No sé adónde voy pero sé que no hay ninguna parte adonde ir, por eso compré esta casa y gasté 2500 dólares para arreglar el granero” (Carta a Allen Ginsberg del 6 de noviembre de 1959)

 

El lenguaje no era algo utilitario para Kerouac, sabía tanto como Émile Benveniste que el lenguaje sirve para vivir. De inventor a inventor.  Estaba tan “solo como Benveniste”.  

 

A Allen Ginsberg: “El único inconveniente, es no que tengo ningún mensaje” (Víspera de Navidades de 1959). Kerouac no funcionaba en la mentira del mensaje,  “las mentiras no detectadas contagian. El nyc154135b15dcontagio galopa (Claude Régy), él sólo quería soplar bruma como Theolonius Monk. Oír como Theolonius Monk que escuchaba todo lo que sonaba en su cabeza. Era la alegría de las influencias. Fragmentos de sonido, que se arrastraban por las veredas, escuchados, masticados, pasados por el guión largo. Entendió con la orquesta de jazz la chifladura de la vida.  Kerouac en algún momento supo que era un genio y no un talento, lo escribió en su ensayo “¿Se nace o se vuelve uno escritor?”, si uno lee esa crónica, es obvio que sabía que no tenía ningún talento.  Los talentos piden permiso, van a curso, a consulta con la profesora de gramática, al taller literario, se perfeccionan en truquitos narrativos, se hacen gárgaras con la fórmula “eficacia narrativa”, para Kerouac (él es uno) el genio “se destaca a causa de su originalidad innata en la percepción del lenguaje”. El talento es el epígono por excelencia, no engendra nada, predica filosofemas acerca de la literatura, nos quiere embarcar en sus charlatanerías retóricas sobre el estilo, cree en la lengua isabelina no en Shakespeare. Se alquila en lo cultural.  

 

        Me parece que esta intensidad de retrato de Robert Creely hace de la escucha el centro de la obra de Kerouac, la observación está en la escucha que mira volar, mira hablar, se deja impregnar, escribe, hace croquis: “Fue en esa cabaña, con todas las ventanas abiertas, que Jack se sentó para escuchar hablar a los hijos de Ed Dorn, mientras observaba el vuelo impecable de un colibrí, justo ahí en el marco de la ventana, afuera y adentro, como si el pájaro lo escuchara también. Jack había sacado su libretita espiralada, y tomaba notas con la libreta apoyada en sus rodillas, croquis con palabras.”

 

        Jack Kerouac hizo largos solos, flotantes,  y los puso en botella al mar.

 

 

 
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