La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Sergio Chejfec: el desvío y la quietud agosto 19, 2009

 

chejHay una literatura que no busca hacer épica de las cosas, una literatura que sospecha de su condición de tal, y que explora las zonas grises que el lenguaje y la realidad pone ante nosotros. Textos que juegan a ser la contraparte de una oficialidad y un discurso, amparándose en que la literatura no debe respetar ningún tipo de convención ni ajustarse a la comodidad de un lector burgués. La indeterminación es su espacio, la desorientación su estilo, y el lenguaje es la ruta por la que el autor transita. El llamado de la Especie, de Sergio Chejfec, es ése tipo de texto, me atrevo a afirmar.

 

 La historia –porque la hay, siempre- está ambientada en un pueblo. Pero tal vez sería mejor definir ese lugar por su antónimo: no es la ciudad. Es una zona gris, de espalda, en la sombra, donde los personajes, conscientes que hay otro lado, hacen sus vidas. Los rodean las fábricas, pero hacen como si no estuvieran. Zona de tránsito, algo perdida, donde las rutas sólo se conocen cuando alguien llega o cuando alguien se va.
Una voz femenina nos relata lo que sucede. Nos presenta a Estela y a Julio. Luego, a Silvia que pasa a ser Isabel –sí, Chejfec cambia de nombre a sus personajes en el transcurso del texto- , a X a Z y a Y. Personajes de los que sabemos poco, apenas fragmentos, tal vez algunas manías, nada que nos ayude a completar eso que se suelen denominar identidad.

 

Fueron seres anónimos, silencios; permanecieron escondidos tras la mitad oculta que sin embargo los definía y justificaba (30)

 
3831461698_e53d447782_mEl sujeto del texto funciona como testigo de las otras vidas, pero también como testigo de la propia. Busca incansablemente alguien o algo con lo que establecer relación, pero de antemano sabe que toda comunicación con la otredad se funda en la consciencia de un olvido que tarde o temprano llegará. Hay un pasado, pero ese pasado no se narra. Hay una causa, quizá, pero buscar una justificación, ir hacia los por qué, es un relato viciado. Eso no es lo que se quiere narrar. Chejfec hace que el único relato que importe sea la conversación que se teje entre el yo hablante y los personajes que se relacionan con ese yo.
 
Yo defendía la normalidad del olvido, cualquiera se olvida de aquello que no utiliza o frecuenta, o en todo caso de aquello que no interviene en su vida aunque sea de manera indirecta, ¿y cómo recordar los caminos cuando a nadie se ve ir o venir? Estela coincidía, pero la recuperación de la idea de camino apenas aparece el caminante nunca puede cancelar el olvido, porque, en tal caso, ¿cómo llamar al verdadero olvido, aquello que no se recupera aunque esforcemos la memoria y nos rodeemos de señales para alentarla? (26)
 
Circula un trabajo crítico sobre el autor donde se mencionan unas palabras de Ricardo reco41-01Piglia en su libro Formas Breves sobre la narrativa de Macedonio Fernández. Considero pertinente citarlas, ya que lo de Sergio Chejfec hace alusión, creo, a que lo Piglia sostiene en su texto. El pensar, diría Macedonio, es algo que se puede narrar como se narra un viaje o una historia de amor, pero no del mismo modo. (Formas breves, Ricardo Piglia, p.40) El llamado de la especie es una novela donde el transcurrir es mental. Si bien los movimientos geográficos, de locación, se modifican en algún punto, todo se vincula a un salto temporal en la mente de la protagonista. Las leyes que gobiernan los tiempos del relato no están supeditadas a una condición realista, sino que se articulan a través de los espacios temporales que la mente hace y deja hacer. Y esos, sabemos, son otros.
 
Lo propio del texto, dentro de todos los significados que de él se pueden desprender, es la idea de la memoria como un lugar arbitrario, parcial, inconexo y fragmentario. Reproducir lo vivido para darle un sentido al presente, resulta un castigo. No porque haya un trauma pasado que no podamos superar, necesariamente, sino que todo lo que nos podemos contar sobre nosotros mismos se rige por la norma de lo que recordamos. ¿Y qué recordamos? ¿Por qué esto y no aquello? ¿Es verdad lo que recuerdo o lo he inventado? Isabel, por ejemplo, preferiría no recordar nada. De Mauricio, confiesa, recuerda muy pocas cosas. Momentos intrascendentes, situaciones anodinas. ¿Qué significan? No lo sabe. No lo dice. La protagonista no indaga más allá. Se lo pregunta, sí, pero al no tener respuesta, al ser testigo de una imposibilidad, prefiere callar.
 
Tarde en la noche, antes de dormir, Isabel y Mauricio murmuran unas pocas frases incomprensibles: quieren que si en algún lugar existe un registro, aunque desordenado, de los hechos; si hay un sitio donde el curso de fracasos emprendido –aunque involuntariamente- por ambos se clasifica y guarda, ese lugar se desvanezca. El presente bien podría ser el paraíso si careciera de esas huellas. (64)
 
img_4231Estos personajes, algo anónimos, habitan un lugar que no es cualquiera. Ya lo dije: una zona gris, un espacio alejado, un tanto mudo. Chejfec recupera, en su novela, un ambiente algo despreciado por la épica rutilante: la provincia, entendida como un lugar poco enfocado por los relatos oficiales circulantes. La crítica social se hace patente, en su libro, desde la consciencia de los personajes. Esto lo muestra, lo exhibe, a través de escenas que se construyen con una multiplicidad de significados. Los niños, por ejemplo, maravillados con la espectacularidad de la fabricación de tinta. O el relato que hace de X cuando se va a trabajar lejos, e Y comienza a ser tentado por el vecino Z.
Todos estos son discursos que se formulan a través de pequeñas parábolas. El autor se apropia de diversos registros para dar cuenta de una realidad social. Hay pobreza, pero no se la nombra: se dibuja un escenario. Hay abandono, pero no se lo nombra: se intenta contar una vida, se intuye la desconfianza. Un poblado fantasma, habitantes que desaparecen sin dejar rastro: escenas de un lugar que, al igual que las relaciones que se establecen entre los personajes, siempre está al borde de desaparecer.

 
sergio-chejfecAparecen, desparecen, semejantes, entre la multitud de los semejantes: únicos en cuanto repetición. Sin domicilio ni ciudad, allá van, indiscernibles entre todos. Caminantes al infinito, si no dejan huella, gracias a ello los reconocerás sin descubrirlos (El paso (no) más allá, Blanchot 69-70)
 
Se habla de una “poesía del abandono”. De una “épica de la quietud”. Es esto. El relato no aspira a otra cosa que a indagar en las zonas donde los personajes no pueden llegar. En consecuencia, Chejfec escribe sobre una imposibilidad y lo hace a través de una escritura que siempre choca con su propia restricción. Como la protagonista: la escritura sale a buscar a los habitantes que se han ido, pero no los encuentra porque, siendo sinceros, no sabe cómo encontrarlos. Descubre otra cosa. Cuenta otra cosa. Narra el trayecto, narra lo que se encontró y lo que pudo haberse encontrado. La novela finge una caída sabiendo que la caída es su eterno lugar.
 
El llamado de la especie se construye de esos pequeños fragmentos que la memoria deja para que intentemos una inconsolable reconstrucción. Indaga una comunicación imposible, una indeterminación constante. Anhela algo, sin saber muy bien cómo se llegará a destino. Funda un texto que siempre está presto a desaparecer y convertirse en otra cosa.

 
 
 
R.S

 

 

 

 

Variaciones Onetti 6: La Metafísica del Balbuceo julio 9, 2009

Filed under: Variaciones Onetti — laperiodicarevisiondominical @ 11:45 am
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juan-carlos-onetti…porque si fuera cuestión de decir las cosas, decirlas, pronunciarlas, categorizarlas, resolverlas; digo, si la cuestión fuera esa, no estaríamos ante un problema sino ante una mera imposibilidad, un juego desenfrenado y místico, análogo al que juegan esas personas que buscan el “encuentro” con algún dios.
Las cosas no se dejan decir, ¿cuántas pruebas más necesitaremos para resignarnos? ¿cuánta sangre?. Las cosas – si tenemos suerte, si no estamos sujetos de una alucinación colectiva – están ahí, y no tienen nombre ni significado, mucho menos explicación. Las cosas están abandonadas a su suerte, y todos sabemos que esta suerte es el sino de los bautismos perpetrados por la humanidad, por la bella criatura inútil, ambigua y ambiciosa.
Las cosas apenas se saben mostrar, y es en ese mostrarse que las identificamos como cosas, que las reducimos a cosas cuando son más bien relaciones, sucesos, interrupciones, destellos. Pero, claro, habida cuenta de que las cosas mejor saben ocultarse que mostrarse, cualquier reducción a cosa – con su correspondiente etiqueta – nace deformado, sucio, estéril, grotesco.
Deleuze, en Crítica y clínica: “…cuando el balbuceo ya no se ejerce sobre unas palabras preexistentes, sino que él mismo introduce las palabras a las que afecta; éstas ya no existen independientemente del balbuceo que las selecciona y las vincula por sí mismas. Ya no es el personaje el que es un tartamudo de palabra, sino el escritor el que se vuelve tartamudo de la lengua: hace tartamudear la lengua como tal. Un lenguaje afectivo, intensivo, y no ya una afección de aquel que habla”.
El mundo de Onetti se derrite, su habla se repliega sobre sí misma y se aglomera, se contamina, se sincera. El habla del mundo – simbolizado en una ciudad ficticia o en una habitación de hotel, lo mismo da – se sincera en su temblor ante “las cosas”, acepta su incapacidad para expresar nada esencial y tiembla, balbucea, quizás en una estricta correspondencia con el tembladeral propio de ese mundo, no la correspondencia de significante y significado, no la correspondencia entre signo y realidad…una correspondencia lapidaria, sin puntos de partida ni de llegada, sin polos.
Deleuze: “Se trata de un balbuceo, pues cada posición de un o de el constituye una vibración. La lengua se estremece de arriba abajo. Hay aquí el principio de una comprensión poética de la propia lengua: es como si la lengua tendiera una línea abstracta infinitamente variada”.
La lengua estremecida, el estremecimiento de la lengua. Onetti es consciente de que el mundo sólo puede vivirse, pero aún así crea un mundo (llamémoslo Santa María para simplificar) con la escritura. El estremecimiento de la lengua, su conmoción absoluta, es la condición de posibilidad de esa creación. Creación de mundo, que no es otra cosa que el mundo (esa idea tan violenta y sutilmente real a la que llamamos mundo) re-creado, el mundo revelado, expuesto, con los sonidos temblorosos del balbuceo.
Blanchot, en La literatura y el derecho a la muerte: “Con toda seguridad se puede escribir sin preguntarse por qué se escribe. ¿Acaso un escritor, que mira su pluma trazar letras, tiene el derecho de suspenderla para decirle: detente?, ¿qué sabes de ti misma?, ¿con vistas a qué avanzas?, ¿por qué no ves que tu tinta no deja huella, que vas en libertad hacia adelante, pero en el vacío, que si no encuentras obstáculo es porque nunca dejaste tu punto de partida? Y sin embargo escribes: escribes sin reposo, descubriéndome lo que te dicto y revelándome lo que sé; leyendo, los demás te enriquecen con lo que te toman y te dan lo que les enseñas. Ahora has hecho lo que no has hecho; lo que no has escrito, escrito está: estás condenada a lo imborrable”.
Onetti no parece jamás preguntarse para qué escribe; efectivamente, pertenece a ese grupo – reducido – de autores cuyo concepto de la escritura forma parte de su propio ser, análogo a lo que ocurriría con el concepto de la respiración, si es que valiese la pena detallarlo. Onetti escribe sin reposo, desde el reposo frenético, desde el temblor del balbuceo en que la lengua se trasviste. Onetti, él también, está condenado a lo imborrable.

 

 

Mome

 

 

 

 
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