La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Un gesto inútil septiembre 7, 2008

 

 

Es totalmente cierto que escribo esto porque estoy desesperado a causa de mi cuerpo y del futuro con este cuerpo”.

Franz Kafka 

                                                                                                                                                                      

Una de las constantes en la narrativa de Kafka es  situar al hombre, o sujeto, en oposición. Siempre hay un contrario al que el personaje principal se opone, o una verdad que se le enfrenta, o una condición propiamente humana que lo enajena. Lo vemos en “El artista del hambre”, en donde el protagonista se opone al natural y necesario acto de comer. O lo vemos en “Informe para una academia”, en donde un hombre que fue mono, narra el proceso en el que se convirtió en hombre. También en La metamorfosis, se visualiza a un sujeto que despierta alienado  y debe lidiar con su otro, para entenderse y entender lo que lo rodea. En “La condena” es un choque, un cruce, de una verdad con otra, lo que genera el conflicto. “Un artista en el trapecio”, nos narra cómo el sujeto no se acomoda a las condiciones de vida tradicionales y decide vivir sobre un trapecio. La distancia entre los hombres, y entre el mundo y el hombre, genera un abismo. La literatura, entonces, es sobre ese abismo.

 

Lo que Kafka nos quiere decir en sus relatos, es que el hombre es uno y está solo. Y el  mundo, dado a entender como un mundo con otros, de interacción, sólo nos conduce a la muerte o a la locura. Pero en el abismo, en ese espacio que es guión entre las cosas, podemos encontrar alguna respuesta, una solución a la disconformidad existencial. Una respuesta transitoria, peregrina, inútil, siempre inútil.

 

Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace. Sólo él muere. Entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad. (p.9)

 

 

Pareciera ser que toda invitación es de ida. No hay regreso. El conocimiento de la verdad por parte del hijo en el relato “La condena”, lo conduce a la muerte. En La metamorfosis, Samsa sólo logra escapar de su condición con la muerte. El empresario del trapecista, en “Un artista en el trapecio”, al empezar a vislumbrar las exigencias del artista, teme. Y el temor está generado porque sabe que las peticiones y exigencias del artista sólo podrán desembocar en la muerte. Todo deseo termina con la muerte. Bataille lo dice al homologar deseo y muerte como pertenecientes al mismo orden de cosas. El mono que deviene en hombre sabe, cuando dice “Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo”, que con tal de escapar, toda salida es válida.

 

 

Los personajes se enfrentan a un otro. Se enfrentan al vacío que el otro deja entre ellos y el mundo. Pero desconocen que ya están derrotados. Como si el abismo fuera infranqueable; zona de tránsito, de excusas y desaparecidos. Entonces, aparece el arte, como un mecanismo de escape -de antemano inútil. Inventan algo para sobrevivir al abismo; el artista vive en el objeto de su arte, el trapecio, y no sabe vivir en otro lado; el hombre que ayuna sólo puede ayunar, por inercia, sin motivo, por el mero hecho de que ayunando se aleja del mundo; el mono se convierte en hombre. El abismo es el espacio. El abismo es la caída; caída larga que deviene en desaparición del sujeto. Hay lucha, pero siempre perdida.

 

 

Si pensamos que Kafka escribió con la intención final de hacer desaparecer lo escrito, los personajes de sus cuentos ratifican, una vez más, la condición de muerte o desaparición. El mismo autor estaba consciente que el fin de todo no podía ser otro que el de arder. No sólo los personajes, sino también la propia literatura de Kafka estaba derrotada. Bataille, en La literatura y el mal, dice: “son libros para el fuego, objetos en los que en realidad parece que les falta estar en llamas, que están ahí para desaparecer; como si estuvieran ya destruidos.” (p.203)

 

Los personajes de Kafka, entonces, son personajes emparentados con el destino que el autor quería para su obra: el de arder, el de desaparecer. Como vemos, la literatura se salvó. Y los personajes, si bien están condenados, y lo estarán siempre, pueden, mientras viven en el abismo, darnos alguna señal, hacernos un gesto, ratificar que la única vida que existe está en la literatura. Y será por poco. Hasta que podamos.

 

 

 R.S

 

 
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