La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Escribir y tocar septiembre 25, 2008

En El color púrpura (1982), novela de la afroamericana Alice Walker, la idea de escribir una historia, y estructurarla en torno a cartas, permite que la novela indague en la más profunda de las intimidades del personaje.

La conversación con Dios que desarrolla la protagonista, Celie, en El color púrpura, debe posicionarnos, al momento de leer, ante un gesto de suma intimidad. No hay nada, pero absolutamente nada más auténtico, que una carta. Y si esa carta, como es el caso, no será leída por nadie, entonces la escritura no tiene ningún filtro externo, salvo el que la propia autora de las cartas quiera tener consigo misma. Si escribo para mí, yo seré mi censura. No hay un entorno que me condiciona. La escritura es mi otredad. Soy la medida de lo que puedo o no puedo decir. Y si escribo para Dios, creo, como lo hace Celie, también, ya que nos remite –dependiendo el caso- a la más absoluta de las presencias o ausencias.

La novela de Walker, en consecuencia, es una novela que se escribe para uno por uno. Novela de fragmentos, de anotaciones al margen, que esconden el miedo a la vida en la pasión y necesidad de la escritura. Otro caso, como en la novela de Sandra Cisneros, La casa en Mango Street, donde escribir se convierte en un acto secreto, constructor de espacios íntimos que no existen. Método de aspiración y rebeldía. La escritura como un lugar donde la mujer, excluida y oprimida, puede contar su secreto, cerquita de dios.

En la novela aparece, a su vez, el cuerpo como mapa. Un hombre que no da placer; y una mujer que, en su momento, no le importa porque no lo conoce. Shug diciéndole a Celie aquí, aquí es. Aquí está el placer. Celie que no sabe, que no responde, que apenas siente. Una mujer le enseña el cuerpo a otra, como si el cuerpo fuera un mapa desconocido, un atlas nunca antes visto. Celie se descubre. Celie palpa, siente, goza, por primera vez goza. Descubrir el placer, a través del cuerpo, ajeno o propio. A través de un cuerpo -qué importa que ambas sean mujeres- similar al de ella. El hombre, en la novela de Walker, desconoce el mapa. No sabe dónde, cuándo, cómo, qué. Se mueve, torpemente, a través de golpes. Violenta el territorio. No lo camina; lo atraviesa a la fuerza. La aparición de la figura masculina está condicionada por la mujer secreta, presionada y golpeada, que escribe. Y la novela, entonces, se convierte en medio para que la mujer conozca su cuerpo. Para que denuncie, para que muestre, para que cante (Shug) el placer

La necesidad de que venga alguien, sin importar su sexo, y te enseñe un cuerpo que, por sí misma, no puedes, no te dejan, descubrir. El propio cuerpo, porque el placer, el erotismo, el descubrir (se), el develar, como dice Bataille, “es uno de los aspectos de la vida interior del hombre.” En la novela, el descubrimiento del placer viene a ser el primer paso para que la mujer comience a anhelar su propia libertad. Saber que el deleite sexual lo puede descubrir, y ayudar a producir, otra mujer, es el primer paso para una sublevación genérica.

R.S.

 

 
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