La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Raymond Queneau, funámbulo octubre 26, 2008

 

                                                                                                                                       

Hablar sobre Raymond Queneau es adentrarse en un búsqueda que siempre nos dejará exhaustivamente contentos aunque no menos desolados. Creo que una misteriosa razón se oculta detrás de esta intuición: la transparente poética de Queneau, a diferencia de la de su coetáneo Jacques Prévert, no es en absoluto asequible.

Pienso brevemente en aquel membrete de Oliverio Girondo sobre Cézanne

 

Lo que molesta más en Cézanne es la testarudez con que, delante de un queso, se empeña en repetir: “esto es un queso”

 

Acaso esta sutil diablura de Girondo venga a aclarar algunas cosas.

 

Jacques Prévert fue acaso el poeta que ciertamente más ha convalidado con  esta imagen de Cézanne: Prévert vio siempre quesos donde había quesos. Su poética  fue la del gozo de un realismo apócrifo y sensiblero. En su texto Jacques Prévert est un con, Michell Houellebecq batalla infatigablemente contra Prévert, advirtiendo que  “la inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede  impedir que uno escriba poemas malos. Jacques Prévert es un mal poeta, más que  nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa.” Me sirvo de  contraponer a Prévert y a Queneau acaso caprichosamente, pero con la burlona certeza  de que han sido muy buenos amigos. No creo ser el único que piense que esa amistad  fue fruto de que Queneau verdaderamente ignoró la poesía de Prévert o bien no la  entendió.

 

Queneau fue el hombre de una ciudad y de una  realidad. Fue insensato con la ortografía y con la  estilística. Según le confesó a Ribemont-Dessaignes,  siempre se sintió escribir;  a diferencia de otros como él,  perseveró. Admiró  de Victor Hugo las posibilidades de proyección de una obra (Hugo  s’est vu prophète, historien et phare; présent, passé  et futur, Queneau, 139, 1950) y de Céline, la apuesta  técnica más que el dolor moderno*.  Mucho más tarde, se  contrapuso a éste último revelando oscuramente que  no era domesticando al lenguaje en función del argot  que se llegaba a una imagen más honesta del mundo,  sino deponiendo lo empírico a lo imaginable.

 

 

 

 

                                                

     Y tu vida, tú, ¿qué conoces de tu vida?

Y él, allí, ¿qué conoce él de su vida?

Allí, todo los que se la imaginan

Todos que en este vasto combinado

Actúan como quisieran

Como si supieran lo que quisieran

Como si quisieran lo que quisieran

Como si quisieran lo que saben

Como si supieran lo que saben

 

(Chêne et chien, II, 45)

 

 

 

La experiencia surrealista le resultó cara a Queneau. Jacques Bens entendió que la  búsqueda estética de Queneau es la de la restitución de un mundo vivo a través de un  lenguaje vivo. Cito a Bens: “el humor (…) es lo contrario de la poesía: la poesía  construye un mundo nuevo; el humor rasca a este mundo aparente para encontrar  una realidad subyacente. Vemos la ambigüedad: el mundo que desata el humor es  más veraz (más realista) que la verdad, pero al mismo tiempo más poético en tanto el  poeta pueda distinguirlo

 

 

Es verdad que hay que decir que nieva cuando nieva

es así como nos hacemos comprender

es diciendo que nieva cuando nieva que se 

 vuelve agradable conversar con personas

      que dicen que

el tiempo lo quiso así que nieve cuando nieva

y es así que vivimos en sociedad sin dificultad

    alguna  y

es así como nos hacemos amigos y

es tan fácil decir que nieva cuando nieva

mucho más que decir que llueve

 

en efecto

 

es pretencioso decir que llueve cuando nieva

pero ¿dónde puede anidar la poesía en todo esto?

 

( De l’nformation nulle à une certaine espèce de poésie, La chien à la mandoline, 108 )

 

                                                                                                                                       

En un universo que no admite otro orden que el caos y otra denuncia que la  fantasía, la nada trafica alternativamente  en apariencia y en castigo. Queneau,  lector incansable del Faustroll de Alfred Jarry, hizo de la patafísica un método de desglose, desmonte del absurdo evidente que se instala detrás de lo trivial y lo sucedáneo. No obstante, para el patafísico nada ha de quedar a la deriva; si la realidad es un caos inmóvil y permanente, el poeta ha de fijarle algunos sostenes precisos que la ordenen y le hagan volver a recrearse de una manera nueva dentro de las márgenes precisas del poema.

Repuso en  1962: “cuando yo enuncio una aserción, me apercibo de golpe que su opuesto es igualmente interesante” Tiempo atrás Georges Bataille supo aducir que “el valor  puesto en función está al mismo nivel de lo que carece de valor” y que la aventura   patafísica de Queneau embargaba “no atribuir valor a ningún valor”.

 

 

Alguien que pasa y que bien podría ser

y que podría ser alguien

 

(Quelq’un, Si tu t’imagine, 212)

 

 

Advierto que muchos pueden pensar en Queneau como en una suerte de simbolista   tardío. Contrariamente o no, la patafísica lo sumió a generar una poética dinámica, irregular, autosimilar, en la que en cada extremo, veamos la parte y el todo; poética del  retruécano y la sinécdoque, poética que no sólo confluya en una figura, sino que sea, a  su vez, una figura. Deduzco: dentro de esa figura, hay una cifra. Imagino: la desnudez de esa cifra revela un símbolo.

 

 

Es mi po —- es mi po —- mi poema

que dese —- que deseo —- editar

Ah, yo lo qui —- yo lo quie —- yo lo quiero

a mi popo —- mi popo —– mi pomelo

 

Sí mi po  —- Sí mi po —– mi poema

a propós —- a propósito —- de un pomelo

Ya que yo lo —- ya que yo lo —- yo lo quiero

a mi po —- mi popo —– mi pomelo

 

 

Él me da —- él me da —– poemas

mi popo —- mi popo —- mi pomelo

Es por es —- por eso eso —- que lo quiero

al popo —-  popomelo — del pomelo

 

 

Yo lo endulzo —- y le meto —- crema

a mi po — mi popo —- mi pomelo

Y bien vale — bien vale —- el poema

que yo voy —- que yo voy — a editar.

 

 

(Encore l’art po, Le Chien à la mandoline, 66)

 

 

 

Raymond Queneau fue la risa negra de Jonathan Swift, la inteligencia sardónica de Lewis Carroll. Como Quevedo, Queneau no se burlaba ciertamente: su actitud humorística era de halago más que de queja, halago al desorden, veneración del caos. Declaró en 1950: “¿Cómo conciliar la vida y el absurdo? Pues viviendo absurdamente, sin duda”. Murió en 1976.

 

 

 

* Jack Kerouac, The subterreneans

 

 

 

M.A

 

 
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