Hablar sobre Raymond Queneau es adentrarse en un búsqueda que siempre nos dejará exhaustivamente contentos aunque no menos desolados. Creo que una misteriosa razón se oculta detrás de esta intuición: la transparente poética de Queneau, a diferencia de la de su coetáneo Jacques Prévert, no es en absoluto asequible.
Pienso brevemente en aquel membrete de Oliverio Girondo sobre Cézanne
Lo que molesta más en Cézanne es la testarudez con que, delante de un queso, se empeña en repetir: “esto es un queso”
Acaso esta sutil diablura de Girondo venga a aclarar algunas cosas.
Jacques Prévert fue acaso el poeta que ciertamente más ha convalidado con esta imagen de Cézanne: Prévert vio siempre quesos donde había quesos. Su poética fue la del gozo de un realismo apócrifo y sensiblero. En su texto Jacques Prévert est un con, Michell Houellebecq batalla infatigablemente contra Prévert, advirtiendo que “la inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Jacques Prévert es un mal poeta, más que nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa.” Me sirvo de contraponer a Prévert y a Queneau acaso caprichosamente, pero con la burlona certeza de que han sido muy buenos amigos. No creo ser el único que piense que esa amistad fue fruto de que Queneau verdaderamente ignoró la poesía de Prévert o bien no la entendió.
Queneau fue el hombre de una ciudad y de una realidad. Fue insensato con la ortografía y con la estilística. Según le confesó a Ribemont-Dessaignes, siempre se sintió escribir; a diferencia de otros como él, perseveró. Admiró de Victor Hugo las posibilidades de proyección de una obra (Hugo s’est vu prophète, historien et phare; présent, passé et futur, Queneau, 139, 1950) y de Céline, la apuesta técnica más que el dolor moderno*. Mucho más tarde, se contrapuso a éste último revelando oscuramente que no era domesticando al lenguaje en función del argot que se llegaba a una imagen más honesta del mundo, sino deponiendo lo empírico a lo imaginable.
Y tu vida, tú, ¿qué conoces de tu vida?
Y él, allí, ¿qué conoce él de su vida?
Allí, todo los que se la imaginan
Todos que en este vasto combinado
Actúan como quisieran
Como si supieran lo que quisieran
Como si quisieran lo que quisieran
Como si quisieran lo que saben
Como si supieran lo que saben
(Chêne et chien, II, 45)
La experiencia surrealista le resultó cara a Queneau. Jacques Bens entendió que la búsqueda estética de Queneau es la de la restitución de un mundo vivo a través de un lenguaje vivo. Cito a Bens: “el humor (…) es lo contrario de la poesía: la poesía construye un mundo nuevo; el humor rasca a este mundo aparente para encontrar una realidad subyacente. Vemos la ambigüedad: el mundo que desata el humor es más veraz (más realista) que la verdad, pero al mismo tiempo más poético en tanto el poeta pueda distinguirlo”
Es verdad que hay que decir que nieva cuando nieva
es así como nos hacemos comprender
es diciendo que nieva cuando nieva que se
vuelve agradable conversar con personas
que dicen que
el tiempo lo quiso así que nieve cuando nieva
y es así que vivimos en sociedad sin dificultad
alguna y
es así como nos hacemos amigos y
es tan fácil decir que nieva cuando nieva
mucho más que decir que llueve
en efecto
es pretencioso decir que llueve cuando nieva
pero ¿dónde puede anidar la poesía en todo esto?
( De l’nformation nulle à une certaine espèce de poésie, La chien à la mandoline, 108 )
En un universo que no admite otro orden que el caos y otra denuncia que la fantasía, la nada trafica alternativamente en apariencia y en castigo. Queneau, lector incansable del Faustroll de Alfred Jarry, hizo de la patafísica un método de desglose, desmonte del absurdo evidente que se instala detrás de lo trivial y lo sucedáneo. No obstante, para el patafísico nada ha de quedar a la deriva; si la realidad es un caos inmóvil y permanente, el poeta ha de fijarle algunos sostenes precisos que la ordenen y le hagan volver a recrearse de una manera nueva dentro de las márgenes precisas del poema.
Repuso en 1962: “cuando yo enuncio una aserción, me apercibo de golpe que su opuesto es igualmente interesante” Tiempo atrás Georges Bataille supo aducir que “el valor puesto en función está al mismo nivel de lo que carece de valor” y que la aventura patafísica de Queneau embargaba “no atribuir valor a ningún valor”.
Alguien que pasa y que bien podría ser
y que podría ser alguien
(Quelq’un, Si tu t’imagine, 212)
Advierto que muchos pueden pensar en Queneau como en una suerte de simbolista tardío. Contrariamente o no, la patafísica lo sumió a generar una poética dinámica, irregular, autosimilar, en la que en cada extremo, veamos la parte y el todo; poética del retruécano y la sinécdoque, poética que no sólo confluya en una figura, sino que sea, a su vez, una figura. Deduzco: dentro de esa figura, hay una cifra. Imagino: la desnudez de esa cifra revela un símbolo.
Es mi po —- es mi po —- mi poema
que dese —- que deseo —- editar
Ah, yo lo qui —- yo lo quie —- yo lo quiero
a mi popo —- mi popo —– mi pomelo
Sí mi po —- Sí mi po —– mi poema
a propós —- a propósito —- de un pomelo
Ya que yo lo —- ya que yo lo —- yo lo quiero
a mi po —- mi popo —– mi pomelo
Él me da —- él me da —– poemas
mi popo —- mi popo —- mi pomelo
Es por es —- por eso eso —- que lo quiero
al popo —- popomelo — del pomelo
Yo lo endulzo —- y le meto —- crema
a mi po — mi popo —- mi pomelo
Y bien vale — bien vale —- el poema
que yo voy —- que yo voy — a editar.
(Encore l’art po, Le Chien à la mandoline, 66)
Raymond Queneau fue la risa negra de Jonathan Swift, la inteligencia sardónica de Lewis Carroll. Como Quevedo, Queneau no se burlaba ciertamente: su actitud humorística era de halago más que de queja, halago al desorden, veneración del caos. Declaró en 1950: “¿Cómo conciliar la vida y el absurdo? Pues viviendo absurdamente, sin duda”. Murió en 1976.
* Jack Kerouac, The subterreneans
M.A


