La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Fogwill: sumario de una madrugada marzo 17, 2010

Hay una voz rugosa, que camufla su apariencia en una densidad de no ser, de no estar, de perder peso. Ya no ser la roca que lo tapa todo, sino convertirse en un pequeño terrón que a veces se deshace, y otras se mantiene en el anonimato de alguna vez haber sido. Pequeñas partes -en una prosa torrentosa que también sabe de sutilezas- de una narración que aspira a denunciar, pero también a contar con simpleza; que anhela deslucir situaciones cotidianas, y perderse en un olvido.


Cuentos Completos, de Fogwill, es zona de tránsito hacia un escritor que procura hacer del relato un espacio de inquietud. No es sólo preguntarse, sino explorar la bestialidad de ciertas respuestas. Una ideología de la desconfianza, camuflada en el virtuosismo de una prosa que, por cierto, no viene al caso alabar ni justificar, pero que resulta insoslayable. Lo que necesitamos, lo que estos cuentos nos encienden, es la lectura no ya de claves, sino de estados sentimentales, políticos y depresiones atroces. Una caridad personal, ambigua, donde los personajes y los diferentes narradores saben que es limitado el espacio para decir.


Siempre se filtra un olvido, un error.


Entre los cuentos, algunos rasgos comunes: el poder. La máquina que lo ve todo, la sospecha, un clima imprevisible, una mano que es siempre ajena. Y no está sólo el poder como maquinaria oficial, sino también el poder que se gesta en las relaciones entre las personas, en el romance narrado, en los objetos y personas que irremediablemente se pierden y quedan en el camino. La frontera desde donde se dice es conocida. Las filiaciones también. Pero lo que Fogwill intenta es deshacer la norma para mostrar el esqueleto. No hay que rendirse, aun cuando estemos en el suelo, hasta indagar en el principio. Tal y como lo hace el protagonista de “La Cola”: ir a ver dónde comienza todo esto.


Pero la idea de comienzo y final son fallidas. Y la ficción que se sabe muerta aún puede parodiar las certezas sobre las que se funda.


Así, la araña, el cojín, la aldea de Vicente López, la Marsella del hampa, las playas del pacífico, los hoteles del Mediterráneo y todos los chalets acaban convertidos en accidentes geométricos, como las intenciones del autor y lo que pudieran proyectar sobre las mentes vacías de los lectores. Se ha oído hablar de la muerte del arte: por consunción, exangüe, succionado u opíparo en el escenario de la sobreabundancia. No fue éste caso. Aquí no hay espacio para la alegoría: todo sucede y todo se desbarranca desde las ganas de decirlo. Cada frase suele ser una instancia decisiva y cada acto puede ser una colaboración con cualquiera de las facciones enemigas. Ideas sobran. La idea de matar, sobra. Cada uno habita su propio big bang y a veces lo transmite. El hombre del chalet, harto y aún a punto de evocar y reconstruir su vida, tarde o temprano dejará de recomenzar, aunque la noción de comienzo, como las de fin y de finalidad, igualmente sobre.


La imagen del hombre que quiere dispararle al espejo. O el tren que devuelve los habitantes que se daban por muerto. Y ese sueño que no permite distinguir rostros ni realidades. Una zona gris donde el escritor construye sin tener que darle explicaciones a alguno. Lo que importa, lo que finalmente interesa, es el ruido de las palabras quemando la historia para dotarla de un significado que no conocemos y al que, probablemente, no tengamos posibilidad de acceder.


Cuando se juega con permiso de un grande es fácil. ¡Quién no lo sabe! Aquello es el espejo, ésta es la realidad, éste es mi lado. ¡Así cualquiera juega! Pero yo estaba solo y había prescindido de vos y de mis mayores, y mi juego era otro. Me ocurrió antes: verme “al” espejo, ver al otro vidrioso, especular, virtual, y saber que el de este lado es “yo”, que nunca se conocerá al otro y que jamás se encontrará al especular, virtual y vidrioso que es.


Fogwill recoge la voz y la mueve en el entramado de sus relatos. Una sonoridad que viene y pausa, que viene y acelera: cadencia, ritmo. Puedes jugar a usar la voz de los otros, pero no sólo como un decorado. La literatura, en estos cuentos, es proximidad y miedo. Y para llegar a esos efectos, primero debes saber qué tono usar. Y Fogwill lo sabe.


Quieres ir, y no puedes. Quieres olvidar, y no lo consigues. Vas a esconder un secreto, pero te sorprenden. Una inocencia que es el disfraz que necesitas para ocultar tus verdaderas intenciones. Leer como si cada texto conociera su destino. Las trampas siempre son visibles. Están expuestas; utilizan la superficie para camuflar una intención de derrota y amargura.


Ya nunca se atreverá a hablar para no sentir más el horror de las palabras que no salen, porque no tienen dónde ni hacia dónde salir. Ya no hay lugar: la muerte es una duración sin sitios, los lugares son simultaneidades fijas y ese horror a las palabras sin materia es lo que siempre le impedirá hablar: la muerte es suspender el riesgo de todas las palabras que nunca se podrán decir. Uno, despegado del cuerpo como la superficie inútil de un envoltorio cotidiano, se arroja en medio de lo que ya no sirve y queda ahí, donde ya no hay lugar ni tiempo, sólo la duración, estática, y la extensión, simultánea, como si todos los lugares reconocibles fuesen vistos de una sola vez por el ojo multiplicador de un insecto.


Puede ser, una vez más, que lo minucioso y cuidado sean reflejo de una preocupación estilística. Sin embargo, una escritura que no tiene miedo de escribirse, una ficción de antemano perdida que no reconocerá sus defectos, un texto, en definitiva, que se mueve impulsado por la necesidad es también un símbolo de estas narraciones de Fogwill. Un fantasma que te impulsa a no mirar hacia atrás. El detalle no estorba cuando el mensaje es la bandera de lucha de una guerra ficticia pero necesaria. O tal vez no guerra, pero sí el precipicio al cual, de la manera que sea, terminarás cayendo. Y ya no serás, ni estarás rodeado de los que alguna vez indagaron tu pasado para mostrar tus errores. Serás palabra, pero serás. O serás un silencio, y habrá mucho lodo, y no podrás mirar hacia las fronteras de antes porque no las reconocerás. Te hundirás, tendrás palabras, y ya no sabrás qué hacer con ellas. Mientras tanto, lees, dejas que acabe la noche y esperas la urgencia de un final que no te sorprenda tanto.


R.S

 

 

 

 
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