La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

CÓMO MORDER UN LIMÓN julio 21, 2008

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 5:06 pm
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 …vas a aprender que los escritores son simplemente textos abiertos, indefensos, sin una comprensión real de lo que escribieron y por lo tanto tienen que creer a medias cualquier cosa que se diga de ellos, todo lo que se diga de ellos” Lorrie Moore

 

 

 

 

 

Si hay, a mi juicio, algún aspecto (entre otros) que rescatar de los cuentos de Lorrie Moore, es la insubordinación a todo tipo de jerarquía interpretativa. Cualquier argumento que demos a favor o en contra de uno de sus textos, cuando hacemos eso que se llama “análisis”, no es más que otra forma de limitar y usar viejas y desclasificadas formas de acercarnos a los cuentos o simplemente textos (prefiero el uso de la expresión textos, aun cuando se trate de lo tradicionalmente conocido como novela o cuento o ensayo o lo que sea). La multiplicación de centros de poder, que devienen del fin de las metanarraciones, o discursos universales, nos enfrenta a la problemática de que cualquier afirmación que se haga a favor o en contra de un texto, debe, por sobre todas las cosas, ponerse en duda. Todo tipo de afirmación o negación, en esa binaridad, a mi juicio, viciosa y obsoleta,  que limita los enunciados en afirmativos o de negación,  no es un más que un enunciado lanzado a la gran (usemos un símil deportivo) cancha de enunciados. Sucede esto, entre otros factores, porque el fin de las metanarraciones es, a su vez, el fin de todo tipo de poder central y universal, que clasifica las cosas entre aceptadas o rechazadas. El fin de las metanarraciones es también el final, lento y agónico, de un sólo poder que determine la cualidad de lo dicho. Sí, estimados, puede llamarse relativización discursiva. Sí, queridos, pueden llamarme relativista.

 Es de esta forma que referirar a “Cómo hablar con tu madre” o “Cómo convertirse en escritora”, textos o cuentos, como prefieran, del muy bien titulado libro de Loorie Moore “Autoayuda”, nos ofrecen la oportunidad de vencer las clasificaciones para adentrarnos en un universo textual que se completa con nuestros propias formas de hablar con nuestras madres o de convertirnos en escritores (si fuera el caso). Para acercarnos a estos textos, creo, lo que menos importa es determinar qué es lo que son. Importa (estoy afirmando, así que, por favor, duden) nuestra propia experiencia personal confrontada con la experiencia que la narradora entrega. Podemos centrarnos en lo puramente textual, podemos pensar en el mundo narrado de la protagonista como el único mundo existente al momento de realizar un análisis del tipo que sea (genérico, lingüístico, sicoanalítico, etcétera). Sin embargo, estos textos tienen la particularidad de invitar al lector a una negociación entre lo que él cree y lo que el mundo narrado cree. No existe, y aquí creo está la diferencia con un análisis tradicional, un intento por obtener una verdad, una solución, un producto, un sentido, sino, por el contrario, el de generar en cada uno de los lectores una negociación entre su expectativa y otra expectativa. Me parece que no es posible realizar una confrontación entre dos versiones, sino que lo lúcido es tener presente que estos textos, al estar construidos como recetas irónicas, como fragmentos de un muestrario vital,  como pequeños manuales para lo que debemos ser (el debemos lo utilizo pensando en esas viejas tradiciones a la que recurren padres y madres cuando quieren hacer ficción), no son más que señales. Y el carácter de las mismas, sólo estará dado por el poder que cada uno quiera entregarle a estas.

 El poder lo tiene el lector, ya que los textos de Moore no pretenden ser textos céntricos, sino rizomáticos (aunque un fanático de Deleuze me lo discutiría, con razón, quizá), y en los rizomas sólo los nómadas pueden movilizarse. Las señales que nos dan estos dos cuentos de “Autoayuda”, tienen, a mi juicio, como una de sus virtudes, la de que seamos nosotros los que diseñemos la forma de estas señales, permitiendo uina negociación entre lo que se nos dice, lo que leemos, y lo que creemos. El poder interpretativo, radica, entonces, básicamente en el lector. Pero no en el lector como una entidad homogénea, sino en el lector como un individuo que debe mantener su carácter escéptico hacia cualquier tipo de discurso que pueda ser potencialmente impuesto por otro.  

 

Vamos al texto. Un ejemplo de la concepción de la literatura como algo multiforme, más propio a las apreciaciones individuales que a cánones institucionalizados que determinen lo que es y lo que no es literatura, o cómo debe escribirse o cómo no debe escribirse, o si ya no se puede escribir más, está dado en el cuento “Cómo convertirse en escritora”. Los diferentes talleres a los que asiste la protagonista (o a los que se sugiere que asista para convertirse en escritora) tienen diferentes concepciones sobre el cómo se debe escribir. ¿Es posible determinar que uno de estos está por sobre otro? No. La única posibilidad de legitimar un discurso por sobre otro, la tiene el sujeto y su elección. O sea, en la protagonista, o futura protagonista (no me queda claro si está por pasar, si pasó o no pasará nunca y me termine sucediendo a mí).

 

 

 

 

Como hemos visto, la pretensión de procurar una sola versión de las cosas, sobre todo cuando nos adentramos en textos que han sido construidos con una conciencia de la pluralidad interpretativa por sobre la singularidad, limita nuestro acercamiento a la textualidad, pero también limita, en consecuencia, nuestra experiencia lectora. Cito a Barthes: “Interpretar un texto no es darle un sentido (más o menos fundado, más o menos libre), sino por el contrario apreciar el plural del que está hecho.” (Barthes, 2001)

 La escritura de Lorrie Moore en estos pequeños muestrarios imperativos de cómo se deben hacer ciertas cosas, está dada por este plural del que nos habla Barthes indirectamente. Pero también, como he intentado sostener, por nuestro propio plural personal (pienso en los esquizos de los que habla Deleuze, como referentes de algo que pueda llamarse identidad). Esto último lo sostengo por el hecho de que son textos que apelan, en su discursividad, en su temática, a situaciones de nuestra vida común. Y estas situaciones, quiérase o no, al lector lo conducen a su propia experiencia vital, haciendo que participen las expectativas del lector en la interpretación del texto y la negociación con las expectativas vitales que la narradora o narrador nos propone.

  Sin mencionar el término postmodernismo, he presentado, a mi juicio, un aspecto de la estética escritural de los textos postmodernos. Textos entendidos como lugares en donde no hay una jerarquía, ni muchas, sino sólo las jerarquías que como lectores estemos dispuestos a crear y aceptar. 

 

 

 

R.S

 

 

 

One Response to “CÓMO MORDER UN LIMÓN”

  1. puta Says:

    limon limon limon


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