La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Imagen de Marlowe julio 27, 2008

 

 “la historia de nuestro tiempo no es la de la guerra ni la de la energía atómica, sino la del matrimonio de un gángster y una idealista, la crónica de su vida conyugal y la de los hijos que han tenido”

Norman Mailer

 

 

El pueblo, al igual que Marlowe, supone una mera abstracción. La justicia, que insiste también en esa apariencia, interesó a Lope de Vega en tanto ajusticiamiento, en tanto contrajusticia. En Lopeésta podría asumir varias dinámicas, pero por sobre todo, dos: una primera acción, impartida desde el centro hacia la periferia; y una contraacción, desde la periferia hacia el centro. Así es que Fuenteovejuna importa primero una insurrección y luego un desbarajuste 

 

Y de manera que interrompen tu justicia, señor 

 

 Lo que llamamos género policial ocupó de estas dos nociones, la segunda. Si bien no podemos hablar de una reivindicación de valores, sí de una contra justicia, justicia subsidiaria o paralela. Tanto Auguste Dupin como Sherlock Holmes revelaban la vergüenza de un status quo incapaz de resolver crímenes. Conan Doyle, acaso el cultor más excelente del género, creaba un hombre extraordinario capaz de llenar las funciones de todo un cuerpo de policía, una suerte de oráculo que se bastaba de su ingenio y de su buen tino para resolver problemas mucho antes que la misma ley y no perdía la oportunidad de hacérselo evidente. El gran adversario de Sherlock, en consecuencia, no habría de ser el mítico profesor Moriarty de El Problema Final, sino la Scotland Yard. De este enfrentamiento surge el género policial y así también su héroe, el detective.

 

Caso complejo es el de un héroe que, a partir de Raymond Chandler, puede ser cualquiera (Chandler, The Academy, septiembre de 1911,  322).

 

Phillip Marlowe (quien fuera alguna vez Raymond Chandler) estaba muy lejos de valores reivindicables más urgentes que los que podía reformularse a cada paso: si bien buscaba el centro del problema y se posicionaba como el hombre más apto para resolverlo, no constituía esa función oracular que hacía a los detectives de literatura que lo precedieron, sino que más bien encarnaba un híbrido de gángster y desfacedor de entuertos.  

Marlowe no impartía una justicia paralela ni mucho menos una que le fuese venturosa, sino que se codeaba con el status quo en tanto le fuese conveniente y se imbuía más que en un enigma, en un conflicto; Marlowe era por sobre todo, un ser ambivalente, de fuertes sentimientos encontrados y de muy pocas certezas.

A menudo me he preguntado a qué responde la iniciativa del detective negro. Intuyo que Marlowe o Chandler refutarían: no hay tal cosa, no hay iniciativa.

Quizás quien más cerca estuvo de totalizar lo esencial del detective negro haya sido Paul Auster: en las páginas iniciales de su Trilogía de New York, un desconocido llama a un hombre tomándolo por un detective; éste dubita unos segundos y luego asiente, dice ser el hombre que el otro buscaba; inmediatamente deviene detective. En consecuencia, no es extraño que Chandler, en la creación de su personaje, haya apuntado en dirección absolutamente contraria a la de sus predecesores: Chandler no hace de un hombre extraordinario, un sagaz detective, sino más bien, de un improbable detective, un hombre extraordinario.

 

The detective in this kind of story must be such a man (Chandler, 1950)

 

Marlowe, bajo la mirada de Chandler, es el héroe, lo es todo; imprecisos y vanos, creo, son los intentos de endilgarle a ese todo la suma de unas cuantas virtudes fácilmente numerables, sumirlo en una clasificación que lo justifique dentro del género policial: del género, lo que Chandler rescata con más virulencia no es más que una actitud cuyo sostén es un lenguaje. (Chandler, 1950) Si Marlowe es o cree ser detective no es algo que nos interese demasiado. En todo caso,  sí que haya devenido símbolo de uno.

 

 Un problemática parecida es aquella que supo suscitar Cervantes.  Muy pocos han sido los que abrazaron la idea de que el Quijote constituye más que una parodia del género de caballería, una manera de que éste sobreviviese. Cervantes no estaría sino asumiendo la recreación de una épica que veía extinguirse y mucho más que una épica, de una actitud que simbolizara esa épica. Papini se atrevió a postular que Don Quijote no estaba loco, sino que fingía su locura.  “La manera más segura de falsear el Quijote,” apunta Papini,  “es suponer que hay en él una filosofía (…) En este caso, es el libro el que presta sus nombres al fantaseador especulativo y no éste quien sirve al libro, iluminándolo” (Papini, 1916) Creo que dada la naturaleza de la obra nos es posible dudar de cualquier supuesto en torno al Quijote, pero no de que ha superado ampliamente esa manipulación de la generalidad que llamamos género.

 Don Quijote, quien deviniera símbolo unívoco del caballero andante sin jamás haber sido caballero andante, ni librado un solo combate real, ni aún resuelto un solo entuerto, es nuestra imagen viva de la caballería; así igualmente Marlowe, héroe y hombre, símbolo del detective, pudiendo pero sin jamás haber sido uno en realidad.

 

 

M. A

 

 

 

 

2 Responses to “Imagen de Marlowe”

  1. gemma Says:

    Viste detective? Yo también sé guiñar


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