La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Richard Ford y un incendio al margen agosto 17, 2008

Los cuentos de Richard Ford me remiten, en su gran mayoría, a los cuadros del pintor norteamericano Edward Hooper. Es en Hooper donde encuentro a los personajes de Ford. Es en Hooper donde veo el color de los cuentos, el juego de luces, el silencio, los reflejos, el perfil de la narrativa de Richard Ford. Pienso en los cuentos de Ford, específicamente en Imperio, y en el vagón de tren donde transcurre la mayor parte del relato, y no puedo dejar de figurarme a los personajes en el vagón pintado por Hooper en su cuadro “Coche de Asientos”. Pienso en la indiferencia de las miradas, en el silencio apenas roto por diálogos cargados de culpa e infidelidad. Veo a Marge observando por la ventana el incendio, y pienso en “Gente al sol”; en ese horizonte anaranjado, violento, rabioso. “El mundo está en llamas, Vic. Pero no causa ningún daño. Se limita a arder hasta apagarse.”, dice Marge, esperando arder también. No hay nada más enriquecedor, a mi juicio, que una literatura que logra un diálogo directo con otras obras de arte. Ford lo logra en sus cuentos al establecer una conversación con la obra de Hooper. Involuntariamente, o no, Ford desarrolla su obra amparándose en esos personajes solitarios, también presentes en la obra del pintor Norteamericano. Un realismo quieto, que se sostiene en el intimismo, no sólo de los personajes, sino también del paisaje que acompaña al relato. El misterio es una observación al margen; inconfundible por el mero hecho de estar al margen.

 

 

Los sujetos en la obra de Richard Ford, son personajes quebrados, rotos, fracturados sentimentalmente. Se desenvuelven en un mundo sentimentalmente perturbado, alejado de los grandes centros urbanos y consciente de la lejanía. No vemos a la gran ciudad, pero sí podemos ver a pequeños pueblos fantasmas, donde las historias de familias, de traiciones, de mentiras, se apoderan de su trazado. El personaje de Great Falls, lo resume bien: “Pero nunca he sabido la respuesta a esas preguntas, jamás le he pedido a nadie que me diera su respuesta. Aunque probablemente la respuesta es simple: es la vida baja, cierta frialdad que hay en todos nosotros, cierto desamparado que hace que no entendamos bien la vida cuando en rigor la vida es pura y simple, que hace que nuestra existencia sea como una frontera entres dos nadas, y que nos hace ser idénticos a animales que se cruzan en el camino: vigilantes, implacables, carentes de paciencia y de deseo.” Los cuentos de Ford son esa “frontera entre dos nadas”. Son textos donde la interioridad de los personajes se convierte en dilema y el paisaje en asfixia.  La escritura de estas vidas es la única manera de encontrar, o intentar, alguna respuesta. Son sujetos que no saben porqué actúan como actúan, como también es una literatura que no sabe por qué se escribe -más allá de lo subversivo de su inutilidad. Quizá sea la única forma de llegar a algún lugar (si es que hay que llegar a alguno), escribir acerca de esos secretos que nunca se podrán contar de forma certera. Constatar el misterio. Intentarlo, al menos.

 

 

 

Podemos encontrar un estilo similar al de Ford, en los cuentos de Raymond Carver. En un artículo escrito por Carver, sobre el cuento, podemos encontrar una cita que está en la misma sintonía que los cuentos de Ford: “Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.” Los cuentos de Ford, por sobre todas las cosas, hablan acerca de ese “ser humano reconocible”, al que apela Carver. Relatos que parecen narrados en un bar,  trasnochados y balbuceantes, puestos por escrito. Cuentos que abandonan toda pretensión experimental,  en cuanto a técnica narrativa se refiere, para dar espacio a sujetos comunes y sus dramas sentimentales. Lo que importa, me atrevo a decir, es lo que se dice, no el cómo se dice. Ford aún cree, como lo creía Carver, que hay historias que contar. Y las cuenta. Apela a la necesidad del cuento como forma expresiva, colgándose de las palabras de Cheever cuando dijo Yo estoy seguro de que, en el lecho de muerte uno se cuenta a sí mismo un relato y no una novela o un poema.” Cuando la mayoría se atreve a sostener que ya no hay historias nuevas, sino sólo formas distintas de narrarlas, Ford se atreve a contarlas de un modo tradicional. Y, para peor, lo hace bien.  

 

 

 

 

 

 

R.S

 

 

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