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Miller: la literatura como irrupción a martillazos septiembre 18, 2008

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 1:04 pm
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1212502355_0Es críptico a menudo el criterio que decide nuestro favoritismo respecto a alguna obra dentro de la Obra de un autor, sea cual sea el arte que este ejerza. Y por otra parte, no podemos dejar de tener un “favorito” en cada uno de aquellos artistas que admiramos. Escribía “críptico” porque muchas veces -me temo que la mayoría de ellas-, lo elegido no es lo mejor de esa Obra, y somos conscientes de ello. Ninguno de nosotros podría explicar en qué consiste exactamente ese plus que nos lleva a elegir. Es el chiste de la estética, desde hace cientos de años. Me refiero en particular a esas elecciones o enamoramientos que son provocados por condiciones realmente azarosas, más aún que las cotidianas. A partir de ese enamoramiento tiene lugar lo que en todos: cierta tendencia a la estupidez, verdadera ternura, un sentimiento de exclusividad, irritable con facilidad. También es para toda la vida, en cierto sentido – por cierto, un sentido más cierto que el sentido original.

 

De la obra de Henry Miller, que creo haber leído en su totalidad, o casi, me enamoré de Trópico de Capricornio, de ninguna manera la mejor novela de Miller. Por caso, Trópico de Cáncer, Nexus y el conjunto de relatos que conforman Primavera Negra son muy superiores. Quizás se trate de que fue el primer libro que leí de Miller, o tal vez la cuestión resida en mi circunstancia al leerlo. Francamente no interesa: el libro que prefiero releer es Trópico de Capricornio y eso es debido, especialmente, a sus primeras 70 páginas.

 

Aclaración pertinente: los guardianes del arte han machacado con el concepto de obra en tanto institución por las razones mercantiles, políticas y sociológicas que todos conocemos. No ignoro la funcionalidad que tiene el concepto y lo que encierra de verdad, pero la literatura, como todo arte, puede también ser partes. Hay secciones de paginas en nuestros libros más queridos (o escenas en nuestros films predilectos, etc.) que son el verdadero anzuelo de la belleza, si se me permite la solemnidad. No es cuestión, al menos en mi caso, de ejecutar un análisis exhaustivo de esas páginas, o su función dentro de la obra, y el juego de la forma, y el despliegue de la trama. Lo aprecio mejor como un extraño sortilegio por el cual un artista cualquiera, iluminado vaya a saber uno por cuál sombra, destila una racha preciosa, divina hacia la eternidad.

 

No lo digo en broma: no hay que bromear con la eternidad.

 

Las primeras páginas de un libro, más allá de su función puramente estética (o sea cual sea su función principal, si es que la tiene), pueden tener una función meta-estética que defina lo que se quiere hacer con ese arte. No me refiero tanto a los casos más obvios de meta-textualidad (palabra tan cara a los claustros que nos albergan hoy día) del tipo macedoniano o rayuelesco, para citar dos casos estimados y cercanos, sino más bien a esas expresiones tan definidas que presentan la visión que el autor tiene de la misma literatura. No ocurre en todos los libros, por supuesto, de ahí la excepcionalidad que parecen trasuntar en las palabras mismas. Las primeras páginas de El idiota me sirven de ejemplo, o las de El proceso, para ser más claro.

 

Las primeras páginas de Trópico de Capricornio saltean ciertos caprichos de la literatura y por eso la tensan. La primera persona aparece tan descarnada que incomoda; para colmo, esa primera persona tiene un referente real, sin seudónimos ni eufemismos: es Henry Miller el que habla, una especie de pesadilla para los edecanes de la “literaturidad”. La intención más famosa del existencialismo está simbolizada de manera macabra en los párrafos que me ocupan: él, Henry Miller, está arrojado al mundo de forma tal que cualquiera persona con algo de bondad en su alma se pondría del lado de Miller si tuviese que decidir. Miller no pide ayuda; lejos está de ser un romántico que patalee por la incomprensión del universo. Está perfectamente al tanto de que es él quien no entiende al mundo y no al revés. O por lo menos está persuadido de que con lo segundo no se puede hacer nada. Nada o eso que él hace, esa supuración espasmódica, estrellada de imágenes y vértigos y ansiedades. El sueño americano vuelto al revés, cepillado a contrapelo pero no en una versión – como tantas otras – panfletaria o solapadamente sociológica que por lo común presentan las cosas y las voces más forzadas. Miller describe, escupe, dispara contra esa sociedad; pero lo hace en y desde esa sociedad, realmente encarnado en ella, aunque más no sea en la forma horrenda de una monumental verruga facial.

 

Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos, reza la primera oración del Trópico. Esa es la posición de Miller frente a la sociedad, la literatura, el mundo; una posición que no por asqueada y cínica deja de reconocer la “venta del alma” en que consiste la interacción con la sociedad moderna, cuyo colmo es la neoyorquina. La literatura, sin nombrarse apenas a sí misma, es en esas 70 páginas un arma voraz, una revancha, la irrupción que atestigua la fragilidad de un primera persona endemoniada, jamás autocompasiva sino más bien cargada de misericordia – y su correlativo desdén – hacia la sociedad moderna; especialmente, y esto me parece relevante, hacia sus “exitosos”. Miller es vanguardista a este respecto: la noción de éxito que se cocinaba de cara a la hipermodernidad es atendida por él de modo muy lúcido.

 

El amor, el vértigo

 

miller5Pero, desde la dedicatoria (un austero A ella), el amor. La irrupción de las irrupciones. Miller, antes de abocarse al rail enloquecido que impugna la médula de la sociedad moderna toda, pone en claro el asunto y, lo me interesa más en este caso, también acerca el amor a la función – en defecto su motor – de la literatura. Miller aclara que el libro es a ella – ni siquiera para ella – y convierte a la literatura en un arma directa, aunque a las claras poco efectiva. Miller, en suma, señala cuál es la herida a la que pertenece el caudal de sangre que correrá después. El amor, ella, que arranca al pequeño Henry de la estadía sosegada de saberse “un producto maligno de un suelo maligno”; el amor, la irrupción de las irrupciones, lo traiciona (no hay que culparlo al amor, le resulta inevitable) y lo arroja más adentro aún del mundo. Le explica en cursos acelerados lo que significa estar de veras solo, desnuda para él la brillante basura de la comunidad moderna al abandonarlo. El mundo para Miller solamente aparece en tanto mundo (ese objeto que se esmera en describir y que a menudo invita a la náusea) cuando se retira el amor, cuando la irrupción des-irrumpe con la misma violencia e idéntica precisión.

 

Pero el amor no es tan simple, eso lo sabe cualquiera. Miller ejecuta su elegía al amor escribiendo con la mano del rencor. Es siempre conflictivo fastidiar a una mente hábil y eso ocurre con la de Miller, que se da a ese vértigo que es la ausencia de lo amado y desde ese vértigo destruye construyendo el imaginario desvelado de una metrópolis enloquecida, rigurosa, homicida, hipertrofiada. El amor frustrado es la prueba más cabal – la única tal vez – de la estupidez del mundo; es la evidencia de la incomunicación moderna esencial. El amor, retirándose apedreado, muestra (en el sentido wittgenteiniano del término) la presencia de lo otro: el desgarro interior y con el mundo es tan atroz que inaugura la certeza de saberse perdido, aislado, seco para siempre. En este sentido, la única recompensa – que sabe tanto a consuelo – es el retorno al yo. Escribe Miller: “Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida (…) y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aferrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado: a mí mismo” El amor – huyendo – presenta al mundo y a Miller mismo en otro juego.

 

El trabajo, la furia

 

 

millerfloorY el nuevo juego se juega, no es extraño, en torno al pivote del trabajo. Por supuesto, no fue Henry Miller quien principió la rica tradición literaria norteamericana al respecto. Por citar dos casos, Dos Passos (especialmente en Hombre joven a la ventura, una de sus menos afortunadas novelas) y Thomas Wolfe se le adelantaron. No obstante, hay cierta forma de narrar la relación del hombre con el trabajo que sí creo está inaugurada por Miller y que corre en forma directa hacia Bukowsky, Fante, John Irving en algunos pasajes. Miller describe al trabajo en dos planos diferentes: uno metafísico (el trabajo en tanto sujeción esencial del hombre, desgaste, robo del tiempo) y el otro sensorial. Según este último enfoque, el trabajo moderno es una máquina imperfecta pero tenaz que choca – y aniquila en la mayoría de los casos – a los espíritus individuales. Aquí los rasgos zen de Miller (aún no pergeñados del todo, aún no enhebrados) juegan algún papel, compartido con el amor desgarrado: “(…) los hombres son pobres en todas partes: siempre lo han sido y siempre lo serán”. Miller describe con furia al mundo que le toca soportar (siempre a su pesar, siempre por apenas “un día más”) y lo simboliza en el empleo que le toca conseguir. El empleo, una simple actitud maquínica consistente en contratar personas desgraciadas por un día, describe a la cultura en la que debe moverse el hombre y al hombre en un pastiche glorioso que incluye desde los agrios olores oficinescos hasta las bambalinas de una nación que se reconstruye a sí misma desde el árido, árido horror.

 

Ahora bien, ¿por qué la furia?. Más allá de algunos resabios románticos, claramente visibles, sospecho que la causa principal de los abscesos está en la sentencia que ajusta Miller: “Cuanto mayor es la calidad de un hombre, en peores condiciones está”. La visión de un mundo que consume lo bueno que los hombres puedan tener enfurece a Miller, lo desvela y lo arrastra (sin dramatizar, a conciencia) hacia el itinerario de sangre, humillación, drogas en que se cimienta el modo americano de vivir. No es un comunista (ejem) el que narra sino un producto excedente del propio capitalismo. El fresco horrorífico que Miller pinta sobre América en este manojo de páginas se cuenta para mi forma de ver entre las mejores descripciones de este tipo. La ciudad como fenómeno moderno (y Nueva York como saturación de ese fenómeno) ha sido extensamente apuntada entre las preocupaciones de los narradores modernos. La perspectiva que elige Miller – una irrupción de la escritura frenética – no por poco original no alcanza un nivel de excepción. Cada vez estoy más lejos de comprender de qué se trata “representar-a-toda-una-generación” pero cuando repaso estas 70 páginas puedo sentir esa representación. Miller, pese a todo lo que pueda achacársele, en este libro quiere decir la verdad. Los corazones abandonados acostumbran, acto seguido a ese abandono, a ejercitar la sinceridad.

 

Las cosas, las cosas

 

 

millerLo que ahora me parece la prueba más maravillosa de mi aptitud o ineptitud para con los tiempos es el hecho de que nada de lo que la gente escribía o hablaba tenía el menor interés para mí. Lo único que me obsesionaba era el objeto, la cosa separada, desprendida, insignificante”. Miller invierte – por lo menos contamina – de este modo el terror de los terrores para el pensamiento contemporáneo. La cosificación del hombre, tan típica de la modernidad, deja lugar en este caso a una adoración de las cosas. En la elemental incomunicación, las cosas son el refugio, sobre todo las insignificantes, que toman su nombre por la negativa de la valoración general. Como Husserl había gritado (el eco ya es otra cuestión): ¡A las cosas mismas!, y desde la óptica de Miller: ¡A las cosas sobrantes!. Al resto.

 

El resto (el accidente por antonomasia) es la sustancia de la literatura milleriana. No caigo en su engaño tan fácilmente: por cierto que sus contenidos no escapan a la tradición – el amor, la soledad, la locura y así – pero sí cobran una nueva forma. De algún lado me suena, la realidad transfigurada.

 

El mundo de Miller – siempre basado en relaciones, eso es innegable – presenta la siguiente paradoja: las relaciones con las personas están constituidas por cosas. La cosa ya no es necesariamente el útil ni tampoco la persona pasa a ser una cosa. No están en juego categorías ontológicas tan pesadas. Lo que sí está en juego es la representación del mundo: un campo de relaciones inmanentes entre personas cuyo lazo son las cosas, un lazo imperceptible para la mayoría, el lazo de las cosas que sobran.

 

“Prohibido pisar el césped”

 

Según Miller, ese es el lema de acuerdo al cual viven los hombres, y es ese el hedor que despiden estas páginas. O, dicho con propiedad, ese es el hedor que deja la furia con que escribe. El hombre, solo, se devoró a sí mismo; se colocó, después de derribar de alguna manera al Dios que lo asfixiaba, en un esquema mecánico e inmoral igualmente asfixiante, excepto porque esta vez las acciones no son comandadas por ningún Dios sino más bien por los tormentosos, imperceptibles dueños del mundo-capital.

 

Las primeras 70 páginas de Trópico de Capricornio son antológicas de la literatura universal – si que nos permitimos esta expresión tal vez infundada – porque enfocan un paisaje ya conocido pero desde uno ojo diferente. Lo dice Miller: “Sobre todo, yo era un ojo, un enorme reflector que exploraba el horizonte, que giraba sin cesar, sin piedad. Ese ojo tan abierto parecía haber dejado adormecidas todas mis demás facultades; todas mis fuerzas se consumían en el esfuerzo por ver, por captar el drama del mundo”. Miller-protagonista, y con él Miller-autor, y con él la literatura, se convierte en un exabrupto panóptico que, a diferencia del de Betham, no tiene entre sus fines principales el de controlar sino más bien el – dramático – de agotarse en ver, de simplemente girar al compás afiebrado de la vida moderna y en ese mismo descontrol captarlo todo.

 

 

miller-tropico-cancer11Captación de las prohibiciones, de los abortos diferenciales. Captación aguzada por el naufragio amoroso. La lucidez posterior al fracaso del amor le clava en los ojos el mundo al amante deshilachado. El mundo aparece en su dimensión dramática – en toda su dimensión – y se atiborra de cafés fríos en bares abarrotados, de asesinos agazapados, de dinero ajeno.

 

Miller se preocupa por recordar que esa lucidez pos-amatoria – ¿eterna? – no es natural, que el abandono del mundo impelido por el abandono previo (el abandono del sentido, de cualquier sentido, del mundo) no hace otra cosa que envenenar más tarde o más temprano al mundo mismo. Sólo desde ese anormal estado (nadie nació para ser destrozado en su corazón, parece decir Miller) es posible ver al hombre prohibiéndose a sí mismo pisar el césped.

 
 
Mome

 

 

 

 

 

2 Responses to “Miller: la literatura como irrupción a martillazos”

  1. Jon Says:

    Gracias por este tema

    Tome ventaja tiene mucho

    Y doy las gracias a los que en este sitio

  2. El Enigma Says:

    Hola, te informamos que TU BLOG HA SIDO ACEPTADO en Blogueratura
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