La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Taller del Diablo septiembre 28, 2008

 

Para llevar a buen puerto esta serie de intervenciones prefiero darme algunas libertades. La primera entiende al hombre -a todos los hombres- como al ser que no puede medirse sino a través de cuán variables e indefinidas sean las circunstancias a las que se somete. Frente a la adversidad, hablamos de imposibilidad, pero también de desafío. Una de estas dos nociones alterna con la otra a lo largo de toda la historia; así ambas llegan a ocupar a la humanidad. Una de las dos también acaba resolviéndola.
La segunda compete a las divinidades, las cuales exigen la fe del hombre. Así fue que Dios despojó a Job de todo para corroborar su fe y así fue que Dios en un momento detuvo su prueba. Dios juzgó la fortaleza de Job y no toleró que Job pudiese devenir Dios; pero por sobre todo que Job pudiese adueñarse de su propia fe y ya no ser un inquilino de ella.
El libro de Job -entiendo- precede la siguiente contrariedad: el hombre, bajo la estima de Dios, se despoja de su fe en sí mismo. Así Dios resuelve dar un paso a un lado y reconocer a su hijo más fiel en Job. Dios -al igual que el Diablo- tientan para corromper, pero en esa prueba, lo que se juega pareciera ser un poder. Dios y el Diablo, los grandes matemáticos, aborrecen su propia condición al ver que el hombre es capaz de apostar con la locura al comprobar su fe frente a la divinidad.
Difícil es pensar que pueda suceder lo contrario: las divinidades no son sojuzgadas por su fe. Acaso rara vez haya habido fe en Dios o en el Diablo. Dios y el Diablo muestran casi siempre dientes de objetividad. La objetividad que los ampara del dolor, del hambre, de la traición. La objetividad que, en fin, previene la fe, el desatino, el milagro. Dios y el Diablo, estimo, no saben de la fe que el hombre podría tener en sí mismo, aunque vivan sospechándola.

 

A través de estos últimos giros fue como he llegado a aproximar a Ouspensky y Roberto Arlt. La idea ronda lo descabellado; uno representa la fineza de un pensamiento visionario; el otro, es la visión sin cauce. Arlt rezumaba espirales cósmicas; Ouspensky las inteligía. La obra de Arlt se previene de la estilística y desborda el sentido, es puro espíritu abriéndose paso; Ouspensky ideó un camino por el que el espíritu pudiese desprenderse de las premisas morales del mundo; vio el terror de la mentira y de la imaginación y cómo éstas -la una creyéndolo todo posible, la otra engendrándolo- alejan toda voluntad gnoseológica en el hombre. Arlt consuma al hombre, Erdosain, y en él respiran un paria y un héroe siempre confundibles; leyó en Dostoievsky y en El Buscón su propio destino y escribió sobre la enajenación desde la propia enajenación; admiró a Nietzsche y no sintió error alguno en el caos y la desmesura. Ouspensky, de alma fatalmente rusa, lector de Stevenson, supuso hombres que pudiesen no pensar y la ironía de que La Gran Materia y La Gran Superchería no previeran lo inasible del alma humana.

 

Un hecho, no obstante, lo aúna: Arlt, que desconocía la senda del Zen, sostuvo el poder de una apuesta que fuera ejecutada por una verdad más alta aún que la fe: poder de quien espera, de quien contempla en silencio, de quien es capaz de desbaratar a dioses y diablos por igual dentro su propio ser. Obvió las timoratas diferenciaciones. Obvió u olvidó. Esto último es asunto de sus biógrafos. Creyó que optar por ser el demonio era negar la idea misma del demonio y accedió al mal en vistas de una trascendencia ulterior: ser a través de un crimen.

 

Ouspensky forjó a su Inventor con la certeza de que no hay huellas de las divinidades que sean inherentes al hombre y le adjudicó al discurso del Diablo un extraño propósito: les contaré un cuento de hadas, dijo el Diablo, con una condición: no debe preguntarme cuál es la moraleja.
En Arlt, la verdad de la acción remite al Imp of Perversity de Edgar Allan Poe en donde se entiende que la inducción del hombre se sostiene muchas veces en un obrar por la razón por la que no debería hacerlo.
En Ouspensky, la verdad se sobrepone al nivel de las creencias y estimó, junto con William Blake, que nunca puede decirse de modo que sea comprendida sin ser creída.

 

Los movimientos que llevaran a cabo Ouspenky y Arlt ciertamente implican mecanismos y virtudes disímiles. No obstante, dioses y diablos parecieron irrumpir en sus pasos. Rescato algo evidente de ambos: su abstención por la prédica. Los arranques de odio de Erdosain no obedecen a un juicio posterior; Arlt pensó a Erdosain como a sí mismo, confundido en un mundo de confusos; Erdosain fue una convicción más que un recetario. Ouspensky quiso y abordó la oscuridad de un misterio: su Inventor se revela inasible para con todo, incluso para con su propia conciencia.

 

Acaso ésta sea la misión de miles de poetas dormidos, inventores, desterrados, parias y otros que urden una alternativa a lo que a todas horas se impone como predecible, sucedáneo, corroborable, disyuntivo. Misión de quienes sienten la contradicción y acceden ciegos a ella, mientras que el resto bien podría ser falso.
Algunas de las nociones que soportan este artículo son objetables; el territorio de la literatura se abstiene de invictos afortunadamente. Otras supongo que subsisten oscuramente -bajo otros seres y otros disfraces- en L’homme revolté de Albert Camus.

 
 

 

M.A

 

 

 

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