La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Para cobardes octubre 8, 2008

Filed under: Dossier Mailer,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 10:53 pm
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En la búsqueda de la palabra justa, del adjetivo ronco que dé cuenta de la violencia sentimental, en el cruce de la pasión y la política de los corazones, se ubica Norman Mailer. Con una escritura cargada de insomnio, alcohol y desazón, Sthepen Rojack, el protagonista de Un Sueño Americano, cuenta su historia –travesía- de amor. Implicado en el asesinato de su amada Deborah, el personaje explora los sinsabores de la derrota, con la lucidez del que sabe que cometido el crimen hay que pagar por él. Porque, se quiera o no, se diga lo contrario, se exponga como figura de antihéroe en un mundo lleno de héroes, Sthepen vive con la responsabilidad de quien sabe que una vez equivocado el camino hay que -cómo sea- seguir transitándolo por el lado equivocado.

Es, a su vez, un relato en el que Mailer, como el digitador de la desesperanza, evoca los fantasmas del sexo y la muerte. Compara, con la amoralidad de los perdidos, el asesinato y el suicidio; y ya en las primeras páginas sabemos que la muerte propia no salva.

“Además, el asesinato ofrece la promesa de un enorme alivio. Nunca es asexual. Pero hay muy poco que sea sexual en el suicidio. Es un solitario paisaje con la pálida luz de un sueño y algo que te está llamando, una voz en el viento. Algunas noches me abrumaba el terror porque podía oír la música de cámara armonizándose, armonizándose y a punto de embestir. (Sí, el asesinato suena como una sinfonía en tu cabeza, y el suicidio es sólo un cuarteto.) Yo me aproximaba a los cuarenta y cuatro años, pero por primera vez supe por qué mis amigos y tantas de las mujeres que había creído comprender no podían soportar quedarse solos en las noches.”

El sexo, en la novela, es parte del aniquilamiento. Mujeres y hombres, atravesados por la necesidad de sobrevivir a cualquier precio, se apoderan del cuerpo ajeno, para, por lo que dure la noche, disfrutar el amor del cuerpo sudado y del corazón frío. Porque eso también se llama amor. Y es hasta la muerte. Amén.

“Una Gran Puta tiene que calcular las pérdidas cuando su caballero se retira, después de todo. Porque idealmente una Gran Puta acarrea la aniquilación a cualquier animal lo bastante valiente como para tener trato carnal con ella. De alguna manera fracasa en su papel (…) si el amante escapa sin haber sido mutilado hasta los tuétanos o clavado en el mástil”.

La crueldad –o frialdad- con la que se relatan los hechos, posiciona al protagonista en un plano de crudeza y desorientación. Sin embargo, Mailer sabe desarrollar las situaciones para que, al leer, sintamos que eso es lo único que podría pasar. Me refiero a la situación en la que Rojack fantasea con la idea de comerse a la esposa muerta. Comerse el amor, el dolor, la frustración de saberse perdido. Contemplar el cuerpo, cargado con la languidez y tristeza de los muertos, y ampararse en la desaparición del otro y de uno mismo en ese acto.

“Y déjenme que les cuente lo peor. Se me ocurrió una pequeña fantasía en ese momento. Excedía todo límite. Tuve ganas de meter a Deborah en el baño y de ponerla en la bañera. Entonces Ruta y yo nos sentaríamos a comer. Los dos cenaríamos carne de Deborah, y seguiríamos comiendo durante varios días: los más hondos venenos que habitaban entre nosotros se liberarían de nuestras células. Digeriría la maldición de mi mujer antes que cobrara forma. Y ese proyecto comenzaba a emocionarme.”

Un héroe que se enfrenta al costo de sus deseos. O, mejor, los deseos que, si tomamos la perspectiva existencialista que la novela puede exigir, no se pueden soslayar. El precio de ser hombre y no buscar una justificación que escape de su propia humanidad. ¿Soy bueno ahora? ¿Seré siempre perverso?, como una pregunta retórica que no exige respuesta.

Pero no son sólo deseos. Como tampoco son sólo amores fríos. Hay una sentimentalidad masculina que se esconde entre los cuerpos femeninos que se acuestan y duermen a su lado. Hay otra pregunta que, de cierta forma, no tiene relación con un yo. Porque hay un amor, un amor valiente y enfermo, que se desvanece en un otro.

“Yo iba pasando ahora entre curiosas luces, luces oscuras, como linternas coloreadas bajo el mar, como destellos de cúpulas alhajadas de piedras preciosas en esa ciudad que se había surgido mientras Deborah desfallecía sobre mi brazo doblado, y una vocecita, como el susurro de un niño traído por la brisa llegó tan desvaída que apenas la pude oír “¿La quieres?”, preguntó. “¿La quieres en realidad? ¿Quieres saber lo que es amor, finalmente?” Y tuve un deseo desconocida hasta entonces, y respondí con una voz que parecía salir de las raíces de mi ser: “Sí, por supuesto que quiero; quiero amor”, pero igual que un frívolo galán de corte antiguo, una parte de mí mismo, seca y mordaz, agregó: “Porque, total, ¿qué se pierde?”, y entonces la vocecita advirtió con algo de terror: “Oh, tienes mucho más que perder que lo perdido hasta ahora; fracasa en el amor y perderás más de lo que te imaginas”. “¿Y qué si fallo”, repliqué. “No preguntes”, objetó la voz, “escoge ahora”…

Y es ahí cuando el héroe de Mailer comienza a entender que matar al cuerpo amado, es valentía. Amar es perder; matar sólo para valientes. Pero amamos, como Sthepen, con la incomprensión de la derrota pasajera, sabiendo que la valentía es un gesto inmundo que ensucia la política del corazón. Muchos los que pierden como cobardes; pocos los que saben que la fragilidad del sentimiento no se dice, no se explica, con palabras.

R.S

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One Response to “Para cobardes”

  1. chema Says:

    Hola me gustó tu blog, me gustaría que te pasases por el mio http://www.elecodelasierra.com y lecomentases o le nlazases, no se presenta a concurso. Un saludo


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