La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

¿A poco te sientes mexisajón? noviembre 3, 2008

Urgente o no, los grupos humanos tienden a agruparse bajo nombres, consignas, apellidos. La necesidad de pertenecer es inherente a la obligación de nombrarse para ser. Nombrarse para estar. Una literatura subterránea, mezcla de localismo y herencia, aparece para dar cuenta de, creen, dicen, sostienen, una nueva realidad. No es azaroso; la historia reconoce sus vestigios en los orígenes de quien la escribe. Y es por eso, en consecuencia, que el abismo de escribir con una lengua ajena al lugar de residencia provoca que se funde el peligro y la alerta. O sea, que se funden las condiciones para la subversión y la queja política desde la escritura. Si sabemos hacerlo bien, claro.

 

No alcanza a ser un modelo ni estilo, pero hay una literatura de Sudamericanos y Centroamericanos que sitúan, sea por condiciones biográficas o por mera búsqueda literaria, sus relatos en territorio norteamericano (tomo como referencia la antología Se habla español). Sus personajes, inmigrantes, hijos de la migración, conviven en un entorno que responde a configuraciones diferentes. Hay choque de lenguas. Idiomas que se mezclan. Nuevas palabras. Un habitar que responde a otros patrones de conducta. Es en éste punto donde la discusión puede desembocar en múltiples perspectivas. Mi texto no quiere ahondar en las condiciones sociopolíticas. Ni caracterizar las diferentes -porque son muchas- formas de adaptación y civilidad presentes en el nuevo territorio.

Francisco Piña, en Seven veces siete, ejemplifica lo que busco: qué se es allá lejos; qué queremos ser cuando cruzamos la frontera; cómo, finalmente, nos queremos llamar.

 

– ¡De veras! Increíiible que en esas bookstores tengan estos libros. Y que, ¿a poco tienen una seccion de Hispanics en esa bookstore? Si nunca les ha importado nuestra raza, ése.

– No. Más bien es una sección de literatura en español y lo encontré entre López Velarde y Márquez, y arribita de Maromero Páez.

– Pero si ese libro no tiene más que un veinte por ciento en español; lo demás es inglés. ¡Mira que cabrones!, que no tengan un sección para nosotros en ese tipo de bookstore.

– ¿Qué tiene de malo que pongan a Willy López entre los grandes escrito…

– Pos, ¿qué no te das cuenta que él no escribe en español? Él es chicano. Nosotros no somos mexicanos, pero tampoco somos anglos. We`re a differente culture. Estamos en transición hacia una nueva cultura: Aztlán.

– Si no me equivoco, Aztlán es un lugar mítico; lo que no, azteca mezcal quetzal tamal metate camote coyote sunsun sungo gocho guarache…

– I’m not kidding, ése. You know what I mean? Mira, bato, yo soy el que publicó a Willy López. I’m a writer and Publisher. Y lo hago para dar a conocer nuestra cultura, nuestra own raza; para que de una vez por toda entiendan que no somos de aquí, ni de allá y a la vez somos alguien con identidad propia. Sí, bato, We’re chicanos.”

 

Los nuevos mapas se hacen con escrituras truncas. La necesidad de afirmación de la que hablaba, subyace la herida de la tierra natal, haciendo que se rehuya del lugar. No estoy para decir lo que somos, tampoco para decir lo que no, pero para leerse hay que ser valiente y entender que los lenguajes maternos son también los lenguajes del futuro. Y entre todos, los nombrados y los secretos, conformaremos la lengua de la queja.

 

– ¡Hasta me espantas, bato! In a few words, los chicanos escribimos del barrio, de los problemas de nuestra raza, de nuestra cultura, pero desde aquí adentro de los intestinos del monstruo cabrón, capitalista y colonialista. Tenemos que escribir de lo que pasa en Pilsen o en Little Village, nuestras calles, acerca de gangas, homelessness, poverty en nuestra raza ¡carajo!

 

– Bueno, yo digo que tenemos que escribir de todo, lo visceral: librito buche y nana; lo cotidiano: sexo sofistico y suchingamadre; aunque también debemos leer de las otras culturas: xochimilca waldenburga vietnamita ucraniana romana polaca olmeca nipona mexica etiope dominica anglosajona y escribir en el dialecto o idioma con el cual nos identifiquemos. Ya ves el chileno Huidobro escribió en francés; Anaïs Nin comenzó a escribir sus renombrados diarios en francés y terminó escribiendo en inglés; James Joyce escribió en un dialecto irlandés; el egipcio Ungaretti en italiano; y B. Traven…

 

El localismo existe, pero también se terminó. La frontera existe, pero también se terminó. El país habla, pero también secretea. La única obligación que queda es política; y en cualquier idioma.

 

Encarar la problemática latinoamericana, y el lugar que ocupa el escritor en ella, como lo sostienen Alberto Fuguet y Sergio Gómez en el prólogo a McOndo tampoco representa lo que sucede “Si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh.” La liviandad política de la afirmación da paso a un gesto ausente. El compromiso está y se lee. Quitarle peso a la escritura denominada pop, es ocultar su atmósfera política e intentar un reduccionismo impostado. Es no mirar. O no mirar más allá.

 

La reivindicación idiomática -y también la temática- de ciertas minorías apela al mismo nacionalismo que la marginalidad se queja y resiste. Como si los excluidos -los nuevos excluidos- usaran los mismos mecanismos que el poder central utilizó -y, en muchos casos, sigue utilizando- contra ellos. Como bien dice Bernat Castany Prado en su ensayo “Literatura postnacional en latinoamerica” “Nos hallamos, sin embargo, ante un falso posnacionalismo puesto que no trasciende las categorías nacionales sino que inventa nuevas, manteniendo, de este modo, la cosmovisión nacionalista.”

 

A su vez, Néstor García Canclini dice:

 

“Cuando se define a una identidad mediante un proceso de abstracción de rasgos (lengua, tradiciones, ciertas conductas estereotipadas) se tiende a menudo a desprender esas prácticas de la historia de mezclas en que se formaron. Como consecuencia, se absolutiza un modo de entender la identidad y se rechazan maneras heterodoxas de hablar la lengua, hacer música o interpretar las tradiciones. Se acaba, en suma, obturando la posibilidad de modificar la cultura y la política. (…) La historia de los movimientos identitarios revela una serie de operaciones de selección de elementos de distintas épocas articulados por los grupos hegemónicos en un relato que les da coherencia, dramaticidad y elocuencia.”

 

No basta con justificar lo híbrido como respuesta identitaria. La necesidad de nombrarse es también la responsabilidad de no utilizar las viejas formas de clasificación, ni apelar a la nacionalidad añeja con la que se subyugó a los padres. Llamar a la diferencia, como fórmula de creación de sujetos nuevos.

 

No sé cómo nos llamaremos, pero seremos mejores. Hay sangre por las calles, aún, y hay que mostrarla. Los mapas están abiertos y, como dice Goran Petrovic, “no se pueden hacer sin valentía”.

 

 

R.S

 

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