La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Las uvas de la ira como denuncia a las carencias de las literaturas nacionales noviembre 16, 2008

 

Breve aporte a la cuestión de las literaturas nacionales

 

John Steinbeck

John Steinbeck

 La actividad clasificadora, cualquiera sea su manifestación (y a menudo el mundo entero parece estar compuesto por ese tipo de manifestaciones), tiene un rasgo medio: es odiosa.

Homicidas, fútiles, vanas, fascistas, opresivas, ridículas, necesarias, brillantes; estos son algunos de los adjetivos que las clasificaciones pueden recibir en sus extremos.

Pero la medianía antes mencionada se agrava cuando el tema en particular que se ve afectado es de la preferencia propia. El ser humano encuentra ahí un límite insalvable: aprecia al mundo desde su yo (es decir, desde su escalafón más o menos cohesivo de valores) y ese solipsismo ético redunda en egoísmo intelectual. En otras palabras: la rectoría clasificatoria que rige lo que nos apasiona será siempre más escandalosa, infundada y necesaria que las demás.

El caso literario es de los más complejos según mi óptica, en parte porque es uno de los que me interesan, quedó dicho, y además porque sabe ser una arena muy fértil para la chispa ordenadora, como el resto de las artes. En este punto, todas las expresiones artísticas se han transformado en un triste e innecesario remedo de la ciencia. El Iluminismo, el Positivismo y esa iracunda fiebre cientificista que padeció el mundo occidental entre el siglo XIX y el XX no han hecho a este respecto más que generar posglosadores de afanes desmedidos, eternos sub-clasificadores.

 

Aún más, una de las actividades intelectuales predilectas de nuestro tiempo – y también una de las más festejadas en el ámbito académico – es la de trastornar el vocabulario de alguna clasificación ajena para presentarlo en su nuevo molde como “una de las contribuciones más enriquecedoras del pensamiento contemporánea”, según rezan las contratapas.

 

Y la clasificación en literaturas nacionales es, después de la genérica, la más característica. Los idiomas y las políticas la han trabajado a fuego y es esa forma de trabajar la que nos quema cuando las debemos manejar. Por caso, el propósito de estas páginas es contrastar dos literaturas nacionales – la norteamericana y la argentina –  a través de la irreprochable novela de Steinbeck, Los uvas de la ira. Ambas literaturas tienen una fecha de largada muy similar (porque ambos países la tienen, claro está) y también tienen coincidencias geopolíticas estructurales. Ambas literaturas tienen también – me parece algo baladí recordarlo – una serie interminable de diferencias en cuanto a su desarrollo. En la búsqueda de alguna clave para entender la discordia, fui a dar con la novela de Steinbeck, pieza que bien merece ser llamada clásica (¿a esta altura se tratará de un elogio? Espero que pueda leerse de ese modo pues esa es mi intención) y cuyo clasicismo reside, creo, en la posibilidad de contar un fenómeno ya conocido, y hasta paradigmático en tanto motivo novelesco, de una manera tan clara y escueta. Son incontables los viajes hostiles de protagonistas sufridos y valientes en busca de tierras desconocidas (a veces parece que toda la literatura moderna insiste sobre el tópico de una forma u otra) pero no lo son tantos los narrados desde la crudeza más simple o desde la descalificación política intrínseca, dos características que Las uvas de la ira ostenta en forma.

 

Lo que no nos contamos

 

Pero el clasicismo anteriormente acusado no se limita únicamente a lo formal sino que se nutre además de condiciones que si bien ya fueron largamente experimentadas por la humanidad – la  pobreza, la injusticia y la hostilidad son Universales a esta altura de occidente, cuando no deliberadas matrices – presentan nuevos bordes y colores, dados, qué duda cabe, por una nueva disposición del mundo: el capitalismo desmadrado.

La Depresión Norteamericana – acaso uno de los sucesos más influyentes a la hora de delinear el sistema que nos licua y contiene hoy en día – desnaturalizó a lo que el hombre entendía por miseria. El hambre y la opresión,  históricamente al menos hasta la modernidad, revestían los moldes del amigo-enemigo o conquistador-dominado. Efectivamente, puede verse a la piedra de choque de la modernidad social (la Revolución Francesa) como una clara reacción contra la miseria provocada por los propios “amigos”, los coetáneos.

Específicamente, la primera década posterior a la Depresión, inauguró un ciclo – esta palabra no es elegida casualmente – en el cual un sistema muestra a las claras que produce miseria en forma pautada, inevitable al mecanismo, y sin embargo no es rigurosamente revisado por ese déficit. Las recetas de Keynes son paliativas, una serie de lúcidas prescripciones utilizadas más que nada para aliviar un verdadero infierno, pero no son de ningún modo una revisión que socave los zócalos mismos del sistema. El norteamericano, más allá del desastre, elucubró en las décadas doradas del primer capitalismo un cúmulo de funcionamientos y jerarquías que no se pudo discutir ya. En la novela de Steinbeck se observa cómo cualquier reclamo mínimamente humanitario es considerado como una afrenta de un “rojo”. Todo el que quiera comer dos o tres veces al día es un “rojo”.

 

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Todo el rodeo se orienta a explicitar que en nuestro país, pese a las diferencias que surgen en el proceso por el vertiginoso ascenso estadounidense a los puestos de mando mundiales, las condiciones fueron muy similares en muchos aspectos, desde la afamada constitución en tanto “crisol de razas” hasta las divisiones internas e insalvables hasta hoy. Nuestro capitalismo – menos opulento, menos original también, genéticamente más precario y menos poblado – también quebró, casi desde su misma implementación; nuestro capitalismo también prosigue con su pulso de millones de hambrientos sin revisar, más allá de las tentativas populistas, su esencia.

 

Pero nuestra literatura no produjo, al menos en su segmento canónico, un equivalente de Las uvas de la ira. Nosotros no nos queremos contar el odio interno de forma tan descarnada, tan simple.

 

No estoy pretendiendo que en los años que acumula nuestra literatura no se hayan escrito libros al respecto; no debo haber leído siquiera un 10 % de las novelas que se escribieron en nuestro país. Digo que por ciertas condiciones (entre ellas, la supremacía obscena de Buenos Aires en la producción cultural, y en su distribución) ninguna de esas novelas que desconozco se encaramó en el parnaso, en el canon. El Martín Fierro, que podría a simple vista resaltar como posible retruco, sin dudas refleja la violencia y el odio interno, pero lo hace desde un plano más visceral, más atávico. El poder ha sojuzgado a Fierro y a los suyos, qué duda cabe; también lo ha despojado de todo lo que poseía y lo ha obligado a matarse con los otros pobres. Pero Fierro está al tanto de esa estafa, de ese abuso, y lo combate; su status, por más paria que sea, es fruto de una elección de Fierro. En Las uvas de la ira, los personajes continúan, de una forma o de otra, la paciencia casi sobrehumana que lleva a los pobres – creyentes – a la perdición más terrenal a manos de sus propios hermanos constitucionales.

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Nuestra literatura no puede desnaturalizar la miseria en forma similar a la que ensaya Steinbeck: nuestra literatura – como nuestro país – presupone a los ricos y a los pobres, presupone sus lugares, sus recursos y sus sinos. Siquiera el discurso – cifrado a veces, polifacético – sobre el “aluvión zoológico” ha producido desde sus voces más reaccionarias – y tampoco desde sus más progresistas – una obra canónica al estilo de Las uvas de la ira. No nos contamos cómo, dentro de la ficción democrática, humanitaria y confraternizada, unos cientos de kilómetros de distancia justifican que unos seres humanos traten a otros como animales sarnosos, comunistas, infradotados, asquerosos.

 

Último apunte sigiloso

 

Una historia. Contar una historia. Las pretensiones vanguardistas de todas las épocas (pues en todas las épocas las hubo, a pesar de nuestra miopía temporal), de las que me confieso admirador rabioso, casi fundamentalista, han minado a esa simple expresión (contar-una-historia), otrora fundamento básico de la literatura en tanto creación humana. Nuestra literatura, odiosa en general respecto a las tradiciones simplistas, sofisticada desde sus propias raíces (vale recordar las dificultades de género que presentan la trilogía El Matadero-Facundo-Martín Fierro), carece de grandes relatos, de narraciones llanas que enmarquen lapsos históricos o fenómenos abruptos de su sociedad. Quiero decir: tal vez esté buscando algo que no puede existir.

 

Quiero decir, de otra manera: de existir ese relato llano, prolongado, realista, folclórico, sobre las migraciones internas, no puede integrar el canon argentino porque el canon argentino – más allá de sus variables esquizoides – no soportaría una narración de ese estilo. El argentino no resiste (con la máscara del desprecio puesta, por supuesto) contarse una historia sencilla sobre sí mismo.

 

Los arrendatarios gritaron:

  El abuelo mató indios, Padre mató serpientes, por la tierra. Quizás nosotros podamos matar blancos, que son peores que los indios y las serpientes. Quizás tengamos que matar para conservar la tierra, igual que hicieron Padre y el abuelo

  Y ahora los hombres de los propietarios se encolerizaron.

  Os tendréis que ir.

   Pero es nuestra, gritaron los arrendatarios. Nosotros…

   No. El banco, el monstruo es el propietario. Os tenéis que ir” escribe Steinbeck. A eso llamo yo una historia sencilla en una forma sencilla de expresión. Habría que encontrar líneas semejantes en nuestra literatura, igualmente despojadas, igualmente brutales y directas. Ejem.

 

 

Mome

 

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