La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Entre las cosas de este mundo noviembre 20, 2008

… como sombra expatriada que somos

Díaz-Casanueva

 

 

 

                                                                                                                                       Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont

 

Decir que Lautréamont se paró alguna vez delante de un oráculo es falso. Convendría en que el conjuro de Maldoror impuso un oráculo sobre la tierra. No obstante, frente a él, las preguntas no son tan aceptadas como deglutidas. El oráculo Maldoror se come la historia y con ella, a los hombres; luego los devuelve, una vez desnaturalizados, con el desorden inconmovible que hace a quien yerra, solo, aturdido por sus propios pensamientos.

Alguna vez sospeché con Huysmans que las colas de siglo conllevan la agitación y la turbulencia. Hay una suerte de momento bisagra hacia finales del siglo XIX, un pasaje, un túnel que atraviesa la cultura, la psiquis y la cosmovisión de los hombres. La explicación, entendamos, ha de tornarse igualmente turbulenta. No obstante, le cabe oscuramente a dos hombres: Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, y Antonin Artaud.

 

A fines del siglo XIX, Lautréamont emite dos juicios: juzga un hombre y una cultura. Partiendo de un bestiario, da vida a un monstruo. Para levantar la voz, Lautréamont se atreve a ser, y no ser, todos los hombres, escapando así del equívoco y la mentira. En un primero momento se desplaza: percibe el fin de una era. Luego se retrae: se implica en ella para fundirse en su declive, luego de haberla descrito y enjuiciado. La operación es tan siniestra como justa. La parábola se da hacia el noveno canto de Les Chants de Maldoror; su rigor es el éxtasis; su figura, el espíritu; su objetivo, el hombre.

 

No veas delante de ti más que a un monstruo del que estoy feliz que no hayas podido apercibir su figura; aunque menos horrible es ella que su alma

 

La elección del símbolo no puede sino ser deliberada. Lautréamont ve en el océano la magnificencia de lo dado y aún la herida sin sospecha. El océano como metonimia de los tiempos. El océano: símbolo de la identidad, siempre igual a sí mismo, tan distante de los hombres que han de reír hoy y llorar mañana.

 

eres un inmenso moretón, aplicado sobre la tierra: amo esta comparación

 

Lautréamont enfrenta al hombre con su imagen pero la afrenta no revela tanto la vanidad como la cobardía; el océano se resuelve más fuerte que el ser ya que su majestuosidad no es perenne artificio; la imagen proyecta la monomanía terrible del orgullo, impone el espanto.

 

Pero el océano te es más temible de lo que tú eres al océano

 

En las bestiales páginas de Maldoror, los hombres, como el mismo Lautréamont, son deleznables. No se sostienen ni en su imagen ni en su espíritu. En un universo en el que todo es espuma, el hombre no puede más que vagar y contrastarse en el dolor de empezar a ser nada, ofrecerse sin opción y sin destino al látigo de su propio amor propio.

 

Si no me hicieras pensar dolorosamente en mis iguales, quienes forman junto contigo el más irónico contraste, la antitesis más burlesca que se haya visto jamás en la creación: no podría amarte, te detesto

 

El 12 de marzo de 1870, poco antes del fin de la redacción de Les Chants de Maldoror, Lautréamont aguza sutilmente la vista y da con su blanco, prefigura el sedimento de su obra. Le escribe a su entonces editor, A.M.Darasse, que su Maldoror es híbrido “del Manfred de Byron y del Konrad de Mickiewicz, aunque más terrible” y que “la poesía de la duda ha llegado a un punto tan radicalmente falso que se discuten principios que ya no hay por qué discutir, lo cual es más que injusto.”

 

Más tarde, escribiría:  “describir las pasiones no significa nada: alcanza con nacer un poco chacal, un poco buitre, un poco pantera.”

Y sólo unas líneas abajo,

“Sí, buenas gentes, soy yo quien os ordena quemar, sobre una zapa enrojecida a fuego, con un poco de azúcar amarilla, al pato de la duda con labios de vermouth que derrama, en la lucha melancólica entre el bien y el mal, lágrimas que no le vienen del corazón y que, sin mecanismo neumático alguno, hacen al vacío universal por doquier.”

 

Más allá de su corta obra y de la innegable impronta que deja en los postulados del primer dadaísmo, Lautréamont impuso la revuelta de un orden decadente. La llamada poesía de la duda contra la que batalla era aquella que discutía “verdades necesarias” frente a las que, sostiene, es más bello no discutir. Lautréamont fue puro espíritu en el sentido más romántico del término; su tono, por diabólico, no dejó de ser lírico; su naturaleza fue inerme; su dolor no fue sabio, mas pura voluntad abriéndose paso; pero a su vez, fue el anuncio del fin y aún el fin de ese mismo espíritu. Una distinción acaso subyaga: Lautréamont hace verdaderamente efectivo el je est un autre de Arthur Rimbaud. Desplazarse, disimularse y perderse en su propio nombre fue su norma: se apartó y volvió de sí mismo tantas veces como fue necesario, hasta desvanecerse, desapercibirse finalmente. Maldoror, a fuerza de la violencia de su espíritu,  ajusticia y se ajusticia a pura sombra. Pero sus sombras serían aún menos irritantes que proféticas.

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La obra de Lautréamont alberga ya un hombre futuro: Antonin Artaud. Con cierto pudor podríamos destacar una sutil circunstancia: a la edad en la que Lautréamont decidía acabar con su vida, esfumándose como uno de los mitos más poderosos de la historia de la literatura, Antonin Artaud comenzaba a escribir. El primer aviso fue un intercambio de cartas con Jacques Rivière. Por entonces Artaud se presentaba ya como una figura recalcitrante, arisca y demoledora. Su interés en la poesía, entiendo, era tan sólo instrumental, medio siempre infértil para la comunicación del espíritu. Revelo esta voz no caprichosamente: espíritu. En ella me apoyo. La voz hechizadora de Lautréamont arrojó al hombre a la nada y aún al limbo, a perderse en la ausencia de su voz y del eco de esa ausencia; lo arrojaba corrupto, subvertido. Lo exponía al desnudo. Su revuelta fue una vivisección ardiente del espíritu, pero el resultado no preveía la calamidad: el espíritu hecho trizas.

 

Sufro que el espíritu no esté en la vida y que la vida no sea el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar en el espíritu, escribe Antonin Artaud casi al inicio de su Ombilic des Limbes.

Lo que fue devuelto finalmente por el oráculo Maldoror y el fin del siglo XIX es un criatura ya no monstruosa, sino fervientemente humana, desangelada, inane, pura carne magullada, puro nervio resquebrajándose. La puerta del limbo se abre con Artaud  para todos los hombres del siglo XX; su cosmos subsiste en la paradoja de desintegrarse para construirse, deshacerse para totalizarse, aunque no totalizarse finalmente,  para no morir. El efecto Maldoror, tantas veces asociado al mal y a Sade, fue determinante en el nacimiento de nuestra novedosamente vieja cara visible: no saber en absoluto –o más que nunca- qué somos ni qué hacemos aquí. Ya no hay combate que ofrecer, ni patria que conquistar: sufrimos eso que somos y eso bien puede ser una abstracción, una figura: un pesa-nervios.

 

Y se los he dicho: ninguna obra, ninguna lengua, ninguna palabra, ningún espíritu, nada. Nada más que un bello pesa-nervios.

 

La operación, entiendo que en algún punto, es honesta. El siglo XX se abstuvo de su alquimia del verbo;  no vio su razón ni vio razón en la búsqueda. El ser se desbordó encontrándose  irremediablemente fuera de su dominio. La literatura de James Joyce y de Franz Kafka actuaría en dirección similar. El primero, destruiría la organización formal del discurso para hallar una voz como nunca antes se había hecho; para ello, se proponía comenzar por los primeros esbozos de la civilización: se encamina hacia Ulises, hacia el primer héroe y el primer poema. Para Joyce, la forma del espíritu fue un caos; Artaud juzgó a ese caos impredecible. 

 

esta cristalización, sorda y multiforme del pensamiento que escoge en un momento dado su forma

 

La poética de Kafka entendió con Artaud la fuerza viva de un pensamiento paralítico, ardientemente inmóvil, velador nocturno de su devenir, de su distanciarse y aproximarse a las cosas, pensamiento testigo del ser asolado que no puede más que pensar.

 

yo soy testigo, soy el único testigo de mí mismo

 

Artaud, con Kafka, se fragmenta como el mercurio, en algo que ya no son partes: son términos, extremos del ser que forjan el laberinto de un espíritu cuyo dolor no puede  hallarse sino en relampagazos de vitalidad espontánea, ardides de impaciencia contenida, nociones de un ser incestuosamente herido en rehacerse con la materia de sus propios restos.

 

Espíritu. Resta, dije, esa voz. Ciertamente: espíritu. No puedo preguntarme cuán equivocas son las luces que arrojamos sobre los hombres; todas pueden serlo. Ya que ninguna mirada entiende tu rostro intenso no irás tú mismo a ultrajar la inocencia de tu mirada, escribió Jean Cocteau. Muy pocas pericias comprueban la buena suerte de este artículo. Algunas sospechas, ninguna certeza. Una en particular me lanza finalmente: espíritu. Y tu anidar multiforme entre las cosas de este mundo.

 

 

M.A

 

 

 

 

 

 

One Response to “Entre las cosas de este mundo”

  1. Decir que Lautréamont se paró alguna vez delante de un oráculo es falso. Convendría en que el conjuro de Maldoror impuso un oráculo sobre la tierra.


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