La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Relatos para cuando nadie quede en pie noviembre 25, 2008

Filed under: Literatura Norteamericana,Teoría — laperiodicarevisiondominical @ 8:03 pm
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En puntas de pie, el mentón bien arriba, los ojos chispeantes

                                                                                                                                      
John Cheever

John Cheever

Hay palabras con un peso tal en la Historia del Pensamiento que terminan condicionándola, moldeándola. Palabras que atraviesan los tiempos en vuelo rasante, palabras con habilidad para matizar sus significados, palabras abiertas, traicioneras, palabras elementales en fin.

Y si hablamos de Historia del Pensamiento hablamos de Grecia o en todo caso deberíamos suponerla, siempre. El término logos, sin duda el más importante en la filosofía antigua y, por tanto, en todas las filosofías, constituye un ejemplo eminente para lo dicho más arriba. Pero cuenta con una particularidad agregada: logos, desde su aparición como palabra, contó con diversos significados, 12 hasta lo que supe.  No hablamos de un término polisémico o multívoco; tampoco de un concepto equívoco ni ambiguo. Esas caracterizaciones pueden aparecer a nuestros ojos, pero los griegos no tenían mayores inconvenientes en utilizar la palabra con éxito y adecuación. Estamos en presencia de una palabra-comodín que pese a su status utilitario cuenta con la limitación de una serie de significados posibles, algunos realmente diversos entre sí, hasta contradictorios. No podríamos hoy con un término semejante; apenas podemos con las palabras que tenemos, y podemos con ellas estampándoles un sentido que apenas nos molestamos en definir o comunicar.

Uno de los significados de logos es el de relato. También significa discurso, medida, verbo, razón, inteligencia, ley, pero, según mi parecer, es la primera acepción indicada la que hace más ruido en nuestra cultura. Lo digo porque – casualmente – el vocablo mito también significaba para los griegos relato. Estamos, creo, ante el ejemplo más rotundo de desplazamiento semántico que se puede encontrar en nuestra civilización: dos palabras que tienen en principio el mismo significado al menos en algunas de sus acepciones; no obstante, son consideradas rivales. El límite que divide lo que podríamos llamar el pensamiento racional, verdadero, argumentativo (logos) del pensamiento, también verdadero, pero arbitrario, mágico, irracional (mito) se encuentra en medio de estas dos palabras. El distingo más tajante que la historia de la filosofía ha practicado versa sobre dos palabras que significan relato. Toda la tradición de nuestro pensamiento emerge desde la distinción entre dos tipos de relatos.

A ningún lector de estas líneas se le habrá escapado que en ambas versiones (mito y logos) los relatos fueron calificados de verdaderos. La bastardeada transmisión de la información a la que llamamos “sistemas educativos” ha disuelto el original sentido de mito por cuestiones ideológicas: la diferencia entre logos y mito debía ser la veracidad de su contenido, es el genuino comienzo de la ciencia, esa parcela de la creación humana que debe cargar con la cruz de la verdad – y hacérnosla cargar, no hay que engañarse – pero sobre todo, espantar a cualquier otra forma con ínfulas de autoridad al respecto. Cuando hablamos de “verdades” somos eufemísticos (o valientes, vaya a saber uno): la verdad exige ser una. Pues bien, esa unicidad de la verdad tiene su génesis en la maniobra que supone el reemplazo (paulatino) del mito por el logos. Es decir, con este desmarque nace cierta versión del autoritarismo que percibimos todos los días junto con el aroma del primer café del día.

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Dos relatos, dos verdades. O mejor dicho, dos formas de verdad. ¿No se trata acaso del tajo que dividirá para siempre – pese a los nobles intentos por la contraria – el discurso científico (verdadero) del literario o ficcional? Los griegos jamás creyeron que sus mitos eran falsos; no podrían haberlo hecho tampoco, sus nociones de verdad y falsedad no eran las nuestras. Quiero decir, el hecho de que una historia mítica sea imprecisa en el tiempo, remota y fabulosa, en modo alguno significa para los creadores de esta palabra que dicha historia sea llanamente falsa, falaz, opuesta a lo verdadero. Podríamos decir que el resultado de las operaciones presocráticas (y por supuesto, más tarde, las ejecutadas por Platón y Aristóteles) no es otro que la degradación del mito en nombre de una verdad que surge directamente del status proto-científico otorgado al logos.

 

Me pregunto – y en esta pregunta estriba el objetivo de esta intervención – si en verdad es imposible (o en todo caso nocivo) reavivar aquella ambigüedad primigenia entre mito y logos; dicho de otra forma, si en verdad es imposible o nocivo salvar aquella versión de la verdad, menos rigurosa, menos sesuda, menos reaccionaria y tirana que la que manejamos todos los días sin darnos cuenta siquiera.

 

John Cheever, a esta altura un clásico en lo que a escritura de relatos cortos se refiere, cuenta con un manojo de relatos a su haber que generan la ilusión de restauración más arriba referida. Desde nuestros días nadie osaría decir – sin recibir acusaciones de insania por lo menos – que un cuento de Cheever o de cualquier otro autor contiene la realidad al modo en que lo hace un tratado de física cuántica o un informe parlamentario sobre los índices de pobreza de un pueblo. (Así de trastornados estamos como sociedad, pero ése es otro asunto). El american way of life es un mito de nuestra era, si no el más poderoso al menos el de consecuencias más concretas y sangrientas. Cheever, en su fulminante retrato del lodazal, parece proponer que el mito vuelva a ser otra forma de verdad, con las mismas chances de legitimidad que la otra, la que todos conocemos, aún sin saber absolutamente nada de ella.

 

Cheever escribe desde el paredón que separa lo que llamamos verdad de la otra verdad, la cierta. No tiene un acceso directo a aquel jardín como otros genios, tampoco practica ninguna ósmosis ni apela a misticismos trucados. Cheever está de frente al paredón, en puntas de pie, el mentón bien arriba, los ojos chispeantes, espiando a la verdad, tomando nota.

 

 

 

 

Hasta que la muerte (o las babas de la mente) los separen

 

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Pocas instituciones son tan paradigmáticas de la modernidad como el matrimonio, ya sea religioso, civil o ambas cosas a la vez. Basta recordar justamente la batalla que se libró entre el clero y los laicos durante tanto tiempo para controlar el acto jurídico o sacramento, según desde cuál libro de fábulas se leyera: la Biblia o el Código Civil. Ciertamente, son pocas también las instituciones que poseen la dosis de cinismo del matrimonio; un cinismo que parece justificado. No descreo de la idea de poder amar a alguien toda una vida; lo que me parece francamente criminal es la idea de encadenarse a ese alguien en nombre de un papel rutinario y estricto a cumplirse todos los días a fuerza de preguntas y respuestas intrascendentes, de gestos vagos con la mano derecha, de fantasías secretas – tan, tan públicas – que jamás incluyen al otro y al mismo tiempo no pueden excluirlo del todo, por la simple razón de que la fantasía tiene como condición de posibilidad el amarre a ese otro.

Todos los escritores serios han escrito más o menos (in)directamente sobre el matrimonio o el concubinato. Me atrevo a decir que son más los escritores – modernos, vale detallar – que escribieron sobre el matrimonio que aquellos que lo han hecho sobre el amor. Pero, como siempre – y para desgracia de aquellos que hacen del comunismo un dogma mucho más férreo y obtuso que las mentes de Marx y Lenin – hay algunos individuos que lo hacen mejor que otros. En este sentido, los relatos de Cheever (junto a los de Raymond Carver, hay que decirlo) son lapidarios. Supongo que la coincidencia espacio-temporal del matrimonio civil con el espasmo consumista de ciertos estratos de la sociedad norteamericana proporcionan un caldo ideal; supongo también que el talento literario de Cheever es decisivo al respecto.

 

Quiero decir: no es lo mismo un matrimonio anglicano en la Londres de Dickens o un enlace ortodoxo en la San Petersburgo de Dostoieski que un matrimonio del Este norteamericano a mediados del siglo XX. No podemos pedir lo mismo literariamente. Hay ciertas proezas de la imaginación que no se le pueden pedir a nadie, siquiera a la literatura, que es la ciencia de la imaginación.

 

El camión de mudanzas escarlata es, además de uno de los mejores relatos de nuestro autor, una oda sangrienta sobre el matrimonio. Estimo que una de las claves de este relato estriba en la descripción contextual que Cheever dibuja al comienzo: familias perfectas con casas perfectas y perros perfectos y coches perfectos y cuerpos perfectos y así podría seguir un rato largo. Ése es el marco desde el cual se enfoca el drama íntimo, acaso una brillante metáfora de nuestro mundo (aunque este mundo es de cualquiera menos nuestro), de nuestro viejo mundo moderno, que de lejos, en conjunto, en un golpe de vista a la manera de un ejercicio gestáltico, se insinúa perfecto, dorado, rubio, despreocupado, ingenioso y que, al reducirse la distancia, al acotarse la perspectiva, se muestra quebrado, dramático, atragantado, rojo como la sangre vertida en un lavabo salpicado de cabellos largos y teñidos.

El relato vira desde ese paisaje hacia el desgarramiento de dos matrimonios que, de tan diferentes entre sí, resultan idénticos en sus causas y en sus consecuencias, en sus noches dulces y en sus madrugadas nevadas, solitarias, silenciosas, regadas de whisky y ansiedad. El primer matrimonio, recién llegado al exclusivo barrio, presenta a un hombre alcohólico que, en cuanto calienta el gañote, se entrega a números exhibicionistas y a diatribas morales de lo más lúcidas e incomprensibles para sus destinatarios. (Reformulación urgente: la incomprensibilidad de las diatribas tal vez surja directamente de su lucidez). También presenta el primer matrimonio a una mujer abnegada y, a su vez, no completamente resignada a que su marido ya no sea el mismo hombre de quien se había enamorado antaño. Dicho matrimonio está condenado a cambiar de vecindario todas las temporadas a causa de las implacables funciones del hombre, que, por cierto, lejos está de ser un simple borrachín. La lucidez del alcohol, un aspecto tan influyente en las bambalinas de la literatura como las amantes impacientes, la falta o el exceso de dinero.

 

El segundo matrimonio, afincado ya en el vecindario y rebosante de aprobaciones por parte de los demás, presenta a un hombre discreto y juicioso junto a una mujer ingenua y comprensiva a la vez. Este segundo matrimonio es el único que mantiene alguna relación con el primero tras los escándalos; este segundo matrimonio es el que aconseja, consuela o compadece en secreto al primero hasta que se marchan puntualmente de la ciudad. Este segundo matrimonio es el que luego de la partida del primero, por razones análogas (principalmente las etílicas-masculinas), inaugura un peregrinaje similar. El “pasaje”, si es que hay que buscar alguno, es simplemente el paso del tiempo y de ciertas goteras que produce en el hombre del segundo matrimonio cierta situación desesperada del marido del primero, que ya solo, postrado y enloquecido precisaba de la ayuda del hombre del primer matrimonio, su único amigo.

 

El paso del tiempo, las babas de la mente: un tendido de babas imperceptibles atravesando todas las ciudades y los mares, las babas que nos conectan y desconectan con los otros que son como nosotros. Las babas mentales de los casados. El paso del tiempo. Sí, el espacio insondable que se tiende desde que compadecemos a alguien (o a algunos) hasta que nos vemos en la piel y en la sangre de ese mismo alguien. O peor: hasta que nos vemos como un remedo algo despintado de ese alguien, un alguien que al menos era original. Un alguien al que únicamente nosotros creíamos original.

 

 

 

 

La indecible lección

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Son horribles los padres cuando amenazan con dar a sus niños “una lección”; siquiera ellos se lo creen, a no ser que el fascismo realmente ocupe sus cabezas, pero de todos modos amenazan, como si fuese un vicio aún no declarado como tal por la OMS. Todos andamos soportando amenazas de lecciones y también propinándolas; todos adoramos aleccionar y aborrecemos ser aleccionados. Gee-Gee (así se llama el hombre del primer matrimonio) quiere “enseñarles”, tiene la necesidad de darles una lección a todos esos remilgados del vecindario. Necesita espetarles a todos los snobs de todos los vecindarios del mundo una lección que no puede enunciar, una lección que no tiene palabras o que, en el mejor de los casos, si las tiene, son ininteligibles para los demás. Gee-Gee cree, también, para Charlie (ese es el nombre masculino del segundo matrimonio).

 

No lo sabrás nunca. Tú también eres un maldito remilgado” le dijo ante la insistente inquisición.

 

¿Se equivoca Gee-Gee? ¿Se trata por ventura de un adicto como cualquier otro, algo sagaz, corroído por la soberbia, sin ningún misterio real bajo el manto de insinuaciones? ¿Se equivoca Gee-Gee, teniendo en cuenta el destino de su amigo, casi una continuación de su propia labor agitadora?

No y sí.

No porque, es cierto, Charlie es un remilgado más, no entiende la lección de la que habla y aún en su escalada de violencia y alcoholismo, aún en la investidura que de alguna manera recibe para continuar con la lección, no entiende una maldita palabra de la lección porque la lección no está hecha de palabras-elegamentente-ordenadas-y-sintácticamente-irreprochables. La ejecuta y ya.

Sí porque en realidad no había nada que entender. Gee-Gee miente únicamente en una cosa: la acusación de incomprensión hacia el otro, hacia todos los otros, presupone la comprensión propia. Pero Gee-Gee tampoco sabe nada de la lección; la lección simplemente lo toma y actúa a través de él, lo enfurece, lo degrada, lo enaltece, lo aísla, lo penetra. La equivocación de Gee-Gee anida en la creencia de su propia sabiduría. La lección, la gran lección – muda, histérica, húmeda -, estaba aleccionándolo a él también, entre los bríos helados del alcohol y el asco elemental por los demás.

 

Ninguno de los dos portavoces (mudos en lo esencial) de la lección saben nada de la lección, nada que sea del orden del saber tal como lo conocemos. Ellos son la lección, la carne de la lección, sus argumentos. Especies de payasos enloquecidos que sienten en sus cuerpos y almas los tonos de una lección que no pueden dar más a trompicones por encima de las mesas ataviadas y borrachas de los colmos del sistema. Payasos cuya función consiste en ser abogados de “…los lisiados, los enfermos, los pobres; de todos aquellos que sin ninguna culpa vivían una existencia miserable y dolorosa”. Payasos cuya función tal vez sea, pensándolo un poco, la de sostener a este mundo en medio de tanta infamia.

 

 

 

Los desaparecidos

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Los relatos de Cheever suelen acabar (o suelen ser abandonados, no entremos en discusiones vanidosas) de maneras diversas. Se me dirá que todos los grandes cuentistas, aunque más no sea a fuerza de su voluminosa producción, tienen cuentos con finales para todos los gustos. ¿Están seguros? Chequeen eso, no parece cierto.

Sin enterarnos, al elogiar a un hacedor de relatos (cuentista suena más eficaz, más perfecto ¿no es cierto?) estamos elogiando a alguien que sabe abandonar a un hijo imperfecto en el desierto (por el contrario de lo que aseguran los dichos populares, los hijos siempre son imperfectos, esa es la verdadera excusa de la paternidad). Y que sabe abandonarlo a tiempo. Sin perjuicio de lo dicho, hay maneras y maneras de abandonar; al fin y al cabo todos estamos obligados a abandonarlo todo. El mérito del buen hacedor de relatos es hacer pasar al abandono por un hecho natural. Tal vez lo sea; digo, un buen final tal vez sea una disposición natural. En cualquier caso, si a un escritor se le cree el fin de un cuento su nombre está salvado.

El camión de mudanzas escarlata finaliza con la siguiente frase: “[…] pero una vez más tuvieron que mudarse al final de aquel año y, al igual que los Folkestone, desaparecieron de las ciudades de las colinas”. Ambos matrimonios están hechos de la sustancia de la desaparición. Desaparecen de las ciudades y del relato como si fuera lo único que podía pasar, el único suceso plausible dadas las circunstancias.

 

Es el Matrimonio – en tanto institución – el que desaparece. El Matrimonio y el relato. El Matrimonio, el relato y las huellas cada vez más tibias de una lección que sabe a espanto y que se manifiesta en impudicias desnudistas y borrachas en las mesas atiborradas de los hombres vacíos; aquellos hombres vacíos, los únicos en franca posición de disfrutar del desfalco, los únicos suficientemente enterados como para no poder hacerlo.

 

 

Mome

 

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