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BUNKER LITERARIO

Debut y despedida. A propósito de la primera-novela de Fante enero 6, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana,Teoría — laperiodicarevisiondominical @ 2:58 pm
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Del desfloramiento literario

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Pocas instancias de la literatura tienen más vocación para la mitología que las novelas primerizas. La primera novela de un autor a la postre reconocido o glorificado en la mayoría de las oportunidades se nos presenta envuelta en un halo de misterio. Sublime o maldita, se nos presenta siempre divergente al resto de la obra, distinta, especial. En efecto, rara vez abordamos a un autor que nos han recomendado por el flanco de su primera novela. En efecto, nunca – o casi – consideramos a la primera novela de nadie como la mejor de su colección. En efecto, siempre – o casi – presentamos nosotros ante la primera-novela un desdén misericordioso que nos permite “perdonarla” o ponernos a rebuscar en ella cual paleontólogos benévolos elementos que la realcen por su osadía, su temeridad, su irreverencia.

 

En efecto, una primera-novela jamás es calificada como “buena” (ridícula calificación, todos lo sabemos ¿cómo una novela podría tener cualidades morales?) sino es por relación con la desfachatez formal o moral, por sus excesos aún no estilizados.

 

La primera novela de un gran autor, su desfloramiento literario (estamos hablando de narradores, está claro), está tiznada siempre por un gris ambiguo, una impronta angelada y a la vez paria, frágil. En el ámbito de la prosa (cuál será puntillosamente el ámbito de la prosa, dicho sea de paso), el desfloramiento se da luego de una serie de jugueteos previos con cuentos o relatos extensos, tal vez soberbiamente mejor escritos que la novela en cuestión o que cualquier otra de las novelas del autor, pero que lo mismo continúan funcionando como entradas al plato principal. No insistiremos aquí con la cantidad de grandes cuentistas que se malograron por afanes (propios o extraños) novelísticos.

Lo extraño de todo esto es que esos cuentos o aperitivos, por estupendos que sean, parecen no contribuir en nada con la novela primeriza, así como en el sexo no sirven de mucho los besos tiernos y torpes ensayados hasta el momento ni tampoco la furtiva pornografía rentada en el video club. Por eso la primera novela indefectiblemente es un debut. Por eso un novelista primerizo, aunque fuera ya un narrador reconocido, exhibe igualmente la torpeza, la ansiedad, el descontento consigo mismo en tanto novelista. Si lo pensamos un poco, la primera novela debería ser en muchos casos una continuación natural de una prosa ya probada en campos más acotados, una suerte de expansión inmóvil. Pero en modo alguno ocurre eso en la práctica: la novela, como forma, no es jamás un cuento largo. Es más, me animo a escribir, los cuentos que de tan estirados pretenden transformarse en novelas no suelen tener ningún valor literario. La novela no es un cuento, no puede ser un cuento, y esa imposibilidad a veces – muchas veces – parece pesar en la pluma y en la mente del primerizo.

 

La primera-novela es siempre un debut, una primera vez que será última, un estreno al que se llega desanimado desde siempre o, en su defecto, lo suficientemente sobreexcitado como para deslucir cualquier argumento, por genial que sea.

 

Un alto aquí: no estoy hablando de un estricto valor literario, cuya pretensión de validez siempre es arbitraria después de todo. Muchas primeras-novelas son de una tremenda calidad, como Tarás Bulba de Gógol o The catcher in the rye, de Salinger. Me refiero más bien a los elementos dubitativos que la primera-novela presenta, como le cuadra a cualquier debut.

 

 

 

 

 

 

 

 

El decálogo de Fante

 

John Fante es un autor de culto que se ha vuelto masivo, como casi todo lo que alguna vez fue de-culto, como tal vez sea el destino inapelable de todo lo de-culto. Y, se sabe, el culto llega de la ceremonia íntima, casi sectaria, pero nos llega por alguna rendija que la masividad siempre se las arregla para abrir. A muchos de nosotros Fante nos llega por Bukowski, es decir, por la rendija que la masividad supo abrir en un grupo de autores malditos y reprobables desde cualquier moral establecida. Para los que empezamos a leer en los ’90, Bukowski fue una especia de obligación de-culto, una de esas evidencias que todos los que la contemplan creen un secreto propio. Bukowski, ya de-culto, recomienda (y lo hace en un tono que también refiere al de-culto) a Fante como el único escritor imperdible de la historia de la humanidad. Esta recomendación convierte a Fante en un culto multiplicado, uno de esos nombres que impelen a recorrer librerías de viejo en su búsqueda.

Camino de Los Ángeles es la primera novela de Fante, y es póstuma. Como se ve, son muchas las fragancias que aroman la sospecha. La novela es de 1936 pero fue publicada en los ’80, cuando su heredera encontró el manuscrito y decidió publicarlo. Es una novela con destino particular: es uno de esos libros que se deben defender, que más que leídos son atacados por quien llega a ellos al tanto de sus particularidades, que en el caso de Camino de Los Ángeles no son únicamente las ya comentadas. La novela, primeriza como se dijo, es a su vez una novela sobre la novela primeriza de un escritor repentino llamado Arturo Bandini, que en verdad garabatea una de pésima calidad y cuando las páginas acaban emprende un viaje a Los Ángeles para escribir “la próxima novela” como rezan las tres últimas palabras del libro.

 

 

 

johnfante 

Hay libros que deben defenderse del lector, que largan en la grilla del acto de leer dando varios cuerpos de ventaja. Libros polémicos, póstumos, escritos a dos manos, experimentales, y, naturalmente, primeras-novelas, deben plantarse ante nosotros y defenderse con uñas y dientes. Y, es conocido por todos, no hay mejor defensa que un ataque feroz – aunque sea temerario, impertinente, osado hasta la insensatez.

 

Esta última versión de la defensa, el ataque, es la que adopta Camino de Las Vegas. Como primera-novela (con el ingrediente extra de que Fante no había publicado nada hasta allí, siquiera algún relato) Camino de Los Ángeles ataca al lector desde el comienzo, antes de que el lector – precavido ya sobre el talante de la novela, sobre su dudosa reputación – pueda golpear con su clemencia. Fante no está inaugurando nada, hay que reconocerlo; muchos antes que él habían hecho de la tortuosidad literaria y el deseo sexual exacerbado temas de sus libros, pero sí está intentado desbordar, a su manera, el contenido del vaso. El minimalismo literario, tan caro a autores posteriores (con el propio Bukowki a la vanguardia), es ejercido hasta la ofensa por Fante. Cualquier lector podría pensar que ese hombre podía a esa altura “escribir mejor”, esto es: con más cohesión, con un orden sintáctico más depurado, con un vocabulario más holgado. Se podría pensar sin riesgo de esa manera, teniendo en cuenta además que esas características aparecen en Espera a la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo, novelas inmediatamente posteriores a Camino de Los Ángeles en su confección. Pero la novela-primeriza (aunque luego frustrada y finalmente póstuma) debe atacar, esa es la estrategia de Fante; no serviría de nada quedar a mitad de camino entre la irreverencia y el esteticismo literario: el impacto sólo tiene lugar cuando hay un hueco que le permita resonar. Entonces la torpeza literaria surge como provocación como afrenta hacia un lector entendido que ya está curtido en eso de husmear malditos.

 

Pareciera, por momentos, que Camino de Los Ángeles sabe de su frustración como primera-novela. Pareciera que se sabe póstuma antes de nacer, como si estuviese convencida de que sería leída por hombres y mujeres que ya frecuentaron a Miller, a Salinger, a Mailer. Desde esa certeza parece provenir la violencia del minimalismo desplegado, la violencia distintiva de la tosquedad premeditada.

 

La primera-novela de Fante conoce su destino y por eso mismo también es consciente de sus limitaciones. Limitaciones que nada tienen que ver con los huecos del estilo ni con las deficiencias del vocabulario, que francamente existen, sino que se orientan a su frustración como primera novela. En el escenario que plantea Fante, la primera-novela de los grandes escritores tiene un hado trunco desde lo rigurosamente literario pero inmensamente valioso desde lo simbólico. Ahora bien, lo simbólico es esencial a la literatura, es acaso su quididdad; la literatura es simbólica, es al arte supremo de convertir signos en símbolos. Mediante esta valoración se comprende la importancia de la primera-novela en la vida literaria: la primera-novela debe destrozar puentes, volar aeropuertos, irrumpir desnuda y lasciva en la mesa acartonada y silenciosa de la cena familiar, beber el doble de lo que pueden beber las demás, fumar el triple; la primera-novela debe sonreír cínicamente ante el espectro de cualquier autoridad, manosear a las mujeres como si fueran perros sagrados, quebrar los tobillos del hombre gris que lee en la tradición literaria una evolución del intelecto de la humanidad. La primera novela debe, en fin, trastornar el orden logrado, esa laxa disposición cotidiana, tan espiritual como institucional, que forja sol tras sol el inmenso aburrimiento del mundo moderno, democrático y cristiano. Y debe usar todo lo que tenga a mano para eso, o mejor dicho, debe utilizar sin escrúpulos lo que no está a mano; de allí la petulancia en las citas de autores, la ridícula pretensión de superioridad erudita, de allí el barroquismo mal entendido, de allí el filo del cuchillo.

La primera-novela debe cortar, debe tajear la historia de la literatura, y semejante mandamiento no se realiza con la precisión o la presteza que serían de desear. La primera-novela, como irrupción, debe su fama (sea esta buena, mala o un mis de las dos estimaciones, que es lo que generalmente ocurre) menos a la calidad literaria que a las dotes incendiarias o explosivas de su prosa. La primera-novela, finalmente, se convierte en un decálogo de su autor, en una determinación de deseos y objetivos que incluye casi siempre una visión particular de la literatura. Así, Camino de Los Ángeles es el decálogo de Fante en tanto autor: su concepción más cruda – y por tanto más honesta – de la literatura está allí, enclavada en medio de retazos literarios desparejos y personajes patéticos y odiosos.

 

 

 

Último

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Los tópicos del decálogo, por cierto, no son novedosos, aunque sería injusto caerle a Fante por eso: los tópicos, por definición, no pueden ser novedosos. La religión, el trabajo, el sexo y la literatura ocupan al siglo y también ocupan a Fante, que es lo que acá interesa. Pero no es en la referencia sino en el tratamiento que se da a estas cuestiones sustanciales donde cobra relevancia la figura de Fante en la literatura: en este sentido es sin duda el precursor de una racha de autores que van desde el renombrado Bukowski hasta Cheever, pasando por Kerouac, más allá de la evidente diversidad de estilos. El hombre joven, descontento hasta el fascismo con los valores vigentes, incapaz de trabajar en la monstruosa máquina capitalista, misógino y tierno, nietzscheano de cotillón, absurdamente petulante y hostil, se erige como arquetipo fundamental de la literatura contemporánea. Es la antropomorfización del concepto más arriba desarrollado de la primera-novela: ese hombre es el protagonista del mundo, asqueado hasta de sí mismo, siempre al borde del colapso espiritual y cerebro-vascular, el superhombre humillado antes de nacer. La historia, el curso del mundo, es real, implacablemente real, y no se puede esperar de ella consuelo o redención, hay que abrirse paso a empellones groseros, a pura blasfemia, a golpes de un cinismo apenas ensayado para ocupar un sitio en el parnaso, sea cual sea ese sitio, esté donde esté. Y hay que hacerlo aunque después no se sepa a quién rezar – tal como le ocurre a Bandini en la novela – o aunque los venenos sudados se vuelvan en contra. El gesto es lo que importa, esa sonrisa irónica y enloquecida que desafía a familiares y desconocidos por igual, esa mueca que llama enemigos a turno completo, ese desprecio mordaz que revela al mundo entero como una fábula endemoniada y rancia dominada por dioses agonizantes y malvados cuyos agentes en la tierra son empresarios invisibles o capataces brutales.

Fante hace de la religión una burla insidiosa, del trabajo un castigo absurdo e inmoral, del sexo una obsesión inútil, de la literatura una ocupación evasiva, una salvación. Es esta última conversión la que más me intriga: Fante, en una maquinación jánica, por un lado desacraliza a la literatura, la baja a sopapos de su soberbio pedestal, la coloca dentro de las actividades que cualquiera puede realizar, le otorga como único mérito el hecho de aislar a quien la ejerza (el escritor) de la bestial marcha de la sociedad. Pero, con su otro rostro – y aferrándose de ese único mérito otorgado – Fante consagra a la literatura, o dicho con más justeza a la actividad de escribir, como único medio de salvación: el hombre puede elevarse de la desdichada superficie únicamente por el arte. Borges ha dicho, con mucha insistencia, que ninguna obra literaria, en tanto actividad tentativa del hombre, merece el desprecio; Fante (tan lejos en todo lo demás de Borges) parece coincidir con la sentencia: aunque el producto literario sea una paparruchada presuntuosa, aunque sea un “manuscrito idiota” tal como es calificada la primera novela de Bandini, el gesto de escribir es salvador, el gesto literario es lo que eleva.

 

La primera novela de Bandini, ese “manuscrito idiota” de 69.009 palabras talladas en 5 cuadernos, es, al igual que Camino de Los Ángeles, una primera-novela signada a perderse, a evaporarse en su materia para perdurar en su concepto, en su forma, que no es otra que la belicosa forma de la primera-novela, forma polémica, con vocación de futuro, forma eminentemente póstuma.

 

Me atrevo a reforzar las palabras de Borges: una primera-novela jamás es despreciable por la sencilla razón de que no está expuesta a ninguna jurisdicción, a ninguna competencia. La primera-novela no es susceptible de ser juzgada como las subsiguientes; o aún más, la primera-novela está hecha para no ser juzgada, para que el potencial juicio literario (siempre tan a mano, siempre tan serio y enamorado de sí mismo) se ahogue en la confusión, se rarifique, se abstenga, se disuelva. Camino de Los Ángeles, acaso el “manuscrito idiota” de Fante, es más la rotura de un dique que una simple novela, uno de esos estiletes que sostienen a la literatura carneándola de tanto en tanto. Y, pregunto, ¿se puede juzgar una puñalada? ¿existe otro criterio que el manantial carmesí que provoca con su incursión?

 

 

Mome

 

 

2 Responses to “Debut y despedida. A propósito de la primera-novela de Fante”

  1. Camino de Los Ángeles es la primera novela de Fante, y es póstuma. Como se ve, son muchas las fragancias que aroman la sospecha.


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