La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Salinger: Francotiradores (Hat on – Hat Off) enero 12, 2009

 

 

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Comienzo este apartado acerca de Holden Caufield con la historia de una génesis.

En las leyendas cosmogónicas de su Antología Negra, Blaise Cendrars rescribe una resonancia, una ineludible recurrencia. El Dios Nzamé engendra a Sékoumé, quien fuera el primero de los hombres, y le dice: Hazte de una mujer bajo un árbol. Sékoumé encuentra a Mbongwé y con ella engendra tres hijos: Nkoure (el tonto), Méfèré (el hábil) y Békale (el que no piensa en nada). Lógicamente, las coincidencias con otras génesis de Occidente son de una evidencia irrevocable. No me interesa trazar un paralelismo al respecto, sino sólo destacar al último primogénito, Békalé, el que en nada piensa, aquél que hace de nuestras habituales génesis duales, una tríada.

 

Pero se me antoja que existe una debilidad en esta idea, que Békalé representa más para nuestro mundo que un simple bastión intermedio. Una cara de fatal honestidad subyace: en las mitologías africanas se piensa en un bien, se piensa en un mal y también puede no pensarse en nada. Tomo este dato como mera anécdota; el sentido que pueda tener en torno a Holden Caufield resiste tan sólo dentro del orden de lo simbólico.

 

 

 

 

2

 

Raid, entiendo que el vocablo no es del todo justo. Holden Caufield parte, pero no sale a recorrer nada, hecho que convierte su ida en una fuga sin término. Raid implica asalto, incursión, incluso arrojo. Pero raid importa aún un objetivo, un ajuste de cuentas al final del camino. Prefiero deshacerme de la obviedad de congratular a The Catcher in the Rye dentro del corpus de historias que toleran una suerte de redención: El extranjero, de Camus, soporta ese pesar hacia el final mientras que Crimen y castigo lo instala al inicio. Digo pesar como mera notación de un cometido comprobable; no niego el mérito de la obra; quien acomete, en Dostoievsky, en Camus, explicita su acción al definir a su víctima. Salinger, sin embargo, no pudo sino revelar la cara más noble de la literatura: la sugerencia. No tropezó con la insensatez de mencionar al enemigo; lo creyó parcial y por siempre secreto. Eso es lo que consagra su longevidad. Eso es lo que depone el aburrimiento.

 

 

 

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Es así que The Catcher… puede bien leerse en clave de policial o de suspense. Lo que se repite a lo largo de toda la novela es un vértigo: todos leemos The Catcher… sabiendo que estamos a punto de caer o de desmoronarnos con ella, pero sobre todo de acometer un designio tácito, nunca explicado, nunca resuelto.

El título de la novela marca la polisemia, la ambigüedad: las diversas traducciones que ha recibido en castellano corroboran este hecho. Se habla de catcher como guardián y como cazador. Algunos se han animado a una traición en forma y han permutado in the rye (en / entre el centeno) por oculto: el cazador oculto. Otros prefirieron una proximidad mayor y no se objetaron lo anodino que puede sonar El guardián entre el centeno. Más allá de toda apreciación, cierto es que el título supone ya el desorden y el desorden irresoluble. Hacia la página 173 creemos hallar el esclarecimiento. Holden Caufield recuerda el poema que da título a la novela y lo recuerda mal. Su hermana Phoebe lo corrige:

 

“You know that song “If a body catch a body comin’ through the rye”? I’d like”

“It’s “If a body meet a body coming through the rye !” old Phoebe said. “It’s a poem. By Robert Burns.”

 

El error de Caufield, no obstante, nada explica. Líneas abajo, Caufield sugiere:

 

“Thousands of little kids, and nobody’s around –nobody big, I mean – except me. And I’m standing on the edge of some crazy cliff. What I have to do, I have to catch everybody if they start to go over the cliff – I mean if they’re running and they don’t look where they’re going I have to come out from somewhere and catch them. That’s all I’d do all day. I’d just be the catcher in the rye and all. I know it’s crazy, but that’s the only things I’d really like to be. I know it’s crazy

 

Lejos de comprenderlo como una certeza, advierto una bidemensionalidad. Salinger consuma dos maniobras en una sola palabra: la primera, ser guardián de quienes no han crecido como para salirse del centeno; la segunda, ser quien acomete, quien atrapa y no define qué atrapar, sólo atrapar, arrojarse sobre quien se ha salido del centeno. El centeno o algún acantilado.

La primera maniobra es una certeza, compone la lectura asible de la novela; la segunda empero –poco más que una intuición- es secreta y  asume el timón del relato.

La palabra raid no se encuentra en la novela. Es tan solo una manera de definir a la callada misión que hace a Holden Caufield.

 

 

 

4

 

Llamé anteriormente la atención sobre Blaise Cendrars por una comodidad, una mera utilidad. The Catcher… define un territorio o bien abre un surco entre dos actitudes. La escena más reveladora al respecto se extiende al principio de la novela cuando el compañero de cuarto de Caufield le pide a éste ayuda con un escrito. Es en esta escena donde la novela cobra su verdadero valor: instala lo irreconciliable, un ellos y  nosotros de sugerente distancia. La palabra con la que se acusará a ese ellos será phonies, es decir, falsos, y así, todos los que no son nosotros serán phonies. De la misma manera, todos los que somos nosotros serán, siquiera formalmente, dos: Caufield y su lector, cualquiera que pueda serlo. Transcribo el tipo de escrito que se le pide a Caufield.

 

“Anything. Anything descriptive. A room. Or a house. Or something you once lived in or something- you know. Just as long as it’s descriptive as hell.” He gave out a big yawn while he said that. Which is something that gives me a royal pain in the ass. I mean if somebody yawns right while they’re asking you to do them a goddam favor. “Just don’t do it too good, is all,” he said. That sonuvabith Hartzell thinks you’re a hot-shot in English, and he knows you’re my roommate. So I mean don’t stick all the commas and stuff in the right place.”

 

Supongo al extracto en más de un punto revelador, pero me concentro tan solo en una sospecha: just don’t do it too good. La idea que mejor define a ese ellos, el impenitente y pocas veces infame modus operandi que es el de toda un sistema social: resolver que no hacer las cosas ni demasiado bien o demasiado mal sostiene un orden de transparente y hasta descarada mediocridad que hace permisible la vida, que la hace hasta trivialmente cómoda: hacerlo tan solo para igualarse a otros que también lo hacen para igualarse en un mínimo de osadía. Y nada más. Entonces Bèkale (el que en nada piensa) nos desnuda insufriblemente a todos y su génesis se hace mucho más extensiva.

 

 

 

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                                                                                                                                       lottejacobilarge 

Habiendo una demarcación del territorio y aun un accionar que lo describe (just don’t do it too good), no es poco auspicioso que desde el otro territorio se comprueben fuerzas de signo siquiera opuesto. La pugna es ineludible: la verifica cualquier lector y aun diría, cada lector la asume y la resuelve. En la actualidad el procedimiento llevado adelante por Salinger se nos aparece caduco. La voz de Holden Caufield, en The catcher…, no sólo se sostiene por su particular manera de relatar, sino también por la cercanía con ese siempre callado, siempre testigo y siempre cómplice al que se dirige y que en cada lector se revela finalmente como único. ¿Qué justifica la visión de un mundo lleno de phonies? Un lector amigo que también cree en él ya que es interpelado y aludido sugestivamente. Un lector que deviene cazador y guardián entre el centeno por reflejo, pero sobre todo, porque el procedimiento no implica una obediencia debida a la manera de Michel Butor en La Modification o de todos los experimentos posteriores propios del objetivismo y de la nouvelle roman francesa. El ataque de Salinger fue verdaderamente efectivo ya que operaba doblemente: por indicación (“este mundo es así”) y por alusión (“tú sabes que es así”).

Remedo lo dicho con una cita, página 18.

 

“What really knocks me out is a book that, when you’re all done reading it, you wish the author that wrote it was a terrific friend of yours and you could call him up on the phone whenever you felt like it.”

 

Una notación es necesaria. Caufield confiesa viajar incógnito a un taxista y revela además, al lector, un camuflaje: “when I’m with somebody that’s corny, I always act corny too.” Estas dos menciones no me previenen de una hipótesis y tal hipótesis es la expresión de un orden: el de la única comunicación posible para Salinger, aquella que es confesión de Caufield al lector hasta las últimas consecuencias y en la que ambos se camuflan como una suerte de francotiradores del secreto. Ambos, Caufield y todo aquel que sea su cómplice, arremeten contra quienes se pasan la vida aplaudiendo lo equivocado,  asumen a un enemigo siempre merodeante y se hacen fuertes en sentirse compañeros, próximos, imprescindibles. E imprescindibles hasta el punto de confesar o confesarse: I’m the most terrific liar you ever saw in your life. Y no advertirlo como un defecto.

 

 

 

 

6

 

 

Inicialmente esta nota llevaría el título de “Hat on – Hat off”. Entiendo que en ese primer momento suscribí rápidamente a una de las escenas más connotativas del relato cuyo centro, al igual que aquel en torno al poema de Robert Burns, es un equívoco. El vínculo entre las dos escenas no es una mera apreciación; lo creo una certidumbre. Sucede hacia el capítulo tercero y el desorden de significados vuelve a convertirse en una sugestiva demarcación entre guardianes y cazadores.

 

“Up home we wear a hat like that to shoot deer in, for Chrissake,” he said. “That’s a deer shooting hat.”

“Like hell it is.” I took it off and looked at it. I sort of closed one eye, like I was taking aim at it. “This is a people shooting hat,” I said. “I shoot people in this hat.”

 

Las revelaciones que de esta llamada se extraigan corren por cuenta del lector. No seré yo quien distinga fríamente a venados de personas, ni tengo las suficientes armas para razonarlo. Tan solo puedo sentirlo, mientras leo, vuelvo a leer y sigo siendo aún francotirador junto con Holden Caufield, como la primera vez que lo fui, en una pésima traducción colombiana.

 

 

 

 

M.A

 

 

 

 

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One Response to “Dossier Salinger: Francotiradores (Hat on – Hat Off)”

  1. […]  Francotiradores (Hat on – Hat off) , por Martín Abadía. […]


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