La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Salinger: “Pero a los ciegos no le gustan los sordos,” un diálogo en medio de Salinger enero 12, 2009

 

 

Palabras que rebotan entre paredes enamoradas de sí mismas

 

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El diálogo no es un acto natural; quiero decir, en todo caso lo natural es el intercambio de palabras. El diálogo supone, como plus, la donación de sentido, la verdadera comunicación, la consideración – aunque sea siempre imposible en forma completa – del otro que habla y que calla, del interlocutor. Aunque apenas lo notemos, cada vez se dialoga menos en nuestros tiempos; quizás el período hedonista que atraviesa la cultura que nos detalla tenga algo que ver. O quizás el hombre simplemente ya no siente deseos de escuchar más a nadie, quizás el hombre está tan aburrido de los otros como de sí mismo.

Como sea, el diálogo escasea en el presente. No lo digo para generar un frívolo espanto; en última instancia la sordera mutua ha gobernado muchos más siglos en la historia; no es cuestión de andar sacando a relucir la falsa conciencia. Una de las principales excepciones a esta regla resulta, por supuesto, la Atenas de los siglos VI y V a.C. La Polis griega, arquetipo a la sazón del estado democrático, muestra en aquel tiempo una valoración del diálogo en la que mucho tienen que ver, naturalmente, Sócrates y su discípulo y apologista, el insuperable Platón. Claro que la ponderación del diálogo escondía trampas flagrantes: las mujeres y los niños pequeños no participaban en ellos y los esclavos tenían la misma posibilidad de dialogar que un sillón de peluquero. Pero más allá de eso, el mero intercambio de palabras es elevado a diálogo, y este mismo aparece no sólo como una posibilidad de comunicación sino como la mejor herramienta para el tratamiento del saber, o más bien la única legítima. No son éstas, de todos modos, las consecuencias más pesadas: el diálogo, a partir de la intervención del tándem Sócrates-Platón, aparece naturalizado. El diálogo es connatural a todos los hombres sensatos y racionales, es congénito, es inevitable.

 

En Franny y Zooey, de Salinger, promediando la novela, encontramos una conversación entre Zooey – el hijo bonito y actor de los Glass – y Bessie, su madre. Zooey se está dando un baño y, como siempre –al decir de su madre-, se demora una eternidad allí dentro. La madre, la gorda -al decir de su hijo-, irrumpe en el cuarto de baño y comienza a parlamentar con él, quien, por cierto, tampoco puede, siquiera, tomar a su madre (ni a sus palabras) en serio, excepto para maldecirla por haberlo dejado confinado tras la horrenda cortina. Salinger retrata con ese diálogo, creo, como pocas otras novelas modernas y contemporáneas, la incomunicación esencial que describe a la propia modernidad, o dicho con mejores palabras, a los restos atrofiados en que ha devenido la dialéctica del proyecto moderno. Lo que hoy llamamos diálogo no pasa de ser, en la abrumadora mayoría de las oportunidades, un mero trueque de alocuciones, trueques intrascendentes para las dos partes, vale decirlo; trueques de palabras que se pierden en el vacío del otro desinteresado, harto, replegado en sí mismo. O, afinando la metáfora, trueques de palabras que rebotan en el otro para volver a los labios del locutor, que retoma el hilo de sus palabras como si el otro hubiese efectivamente colaborado en algo con su rechazo.

 

Palabras que rebotan en seres que han perdido – trabajosamente – la capacidad de oír o que en todo caso están demasiado ofuscados para ejercitarla. Palabras que rebotan en paredes. Paredes enamoradas de sí mismas. Todos los puentes cortados, todas las casas ineptas para visitas. La palabra – y la burbuja de sentido que la habita, la circunda, la persigue – perdiéndose en el hoyo abismal e imperceptible que se pronuncia entre los polos hablantes. La palabra – y el siempre insatisfecho deseo de llegar al otro, de ser alguien que dice, alguien para el otro – hundiéndose en el espiralado trámite del olvido.

 

 

 

Todos los puentes rotos

 

Para empezar, el baño. No creo que haya un lugar más íntimo en las casas compartidas que el baño. Es paradójico tal vez: el sitio que inevitablemente es utilizado por todos varias veces al día es al mismo tiempo el único espacio susceptible de tornarse realmente íntimo. De este modo, Bessie está cometiendo una verdadera ofensa; está penetrando en un territorio que se vuelve enemigo por el sencillo motivo de su invasión. La actitud de Bessie es hostil al diálogo desde un comienzo: el diálogo principia en el respeto por el otro y la señora Glass prefiere olvidar el gusto de su hijo por la privacidad. Algo típico de los Glass, hay que señalarlo; no parecen poder conversar si no es encantados en un dulce perfume de cinismo.

Ahora bien, ¿cuál es la razón de la premura que muestra la señora Glass? En principio, no se sabe. La respuesta que da a su hijo cuando se lo pregunta es “hazme el favor de cerrar el pico” y enseguida, se entrega a proponer una nueva pasta dentífrica para la salud de los dientes de Zooey. ¿Estamos en presencia de una de esas madres absorbentes, invasivas, definitivamente exasperantes? Es posible, pero no creo que el asunto concluya allí; Salinger en este punto exhibe uno de los filos más agudos de su maestría, muestra a través de la narración de una serie de acciones cotidianas y desopilantes a la vez – como todas las acciones que concebimos “cotidianas” tienen algo de desopilante en cuanto se las analiza un poco – la secuencia de puentes rotos que fundamentan a la inefable familia moderna, esa entidad que se sigue sabiendo una aún cuando observa con ojos desaforados los jirones desperdigados de su sueño.

 

La señora Glass debe dar un rodeo para hablar con su hijo de aquello que le interesa hablar. Todos debemos dar rodeos para hablar de algo que nos interesa, especialmente cuando estamos cerciorados de que al otro no le interesa en la misma medida. Ese rodeo representa menos el hipotético miedo al desdén del otro que cierta versión de la vergüenza propia que, efectivamente, caracteriza nuestras identidades modernas: el ser humano no se avergüenza de tener intereses propios, que se entienda bien; por el contrario, todo su mundo se centra en esos orgullosos intereses. Lo que provoca el sonrojo, en todo caso, es el hecho de tener que recurrir al otro, es decir, la propia incapacidad para dominarse en el reguero de reclamos y exhortaciones. Al ser humano, como siempre, lo avergüenza su falta de prudencia, su incontinencia psicológica. Lo avergüenza tener que hablar con otro para ser.

 

Porque Bessie Glass no entra allí únicamente para practicar recomendaciones odontológicas a Zooey. Nada de eso: las bravatas que pertenecen, si se quiere, a la caracterización de la maternidad tirana, no son otra cosa que el torpe prólogo para el pedido desesperado por la salud de su hija más joven, Franny, la mística y atribulada pequeña de los Glass. Bessie quiere hablar de ello pero la vergüenza – y quizás el despunte de algunos gajes del oficio – la obliga a la irrupción hostil, a la falta de respeto, a la agónica tentativa de sentir unida por un instante a la familia para siempre desmembrada, deshecha. Vergüenza por la tentativa del diálogo: ése es uno de los sentimientos por excelencia de nuestra era; vergüenza por la tentativa de unidad allí donde hay separación tajante, inapelable, destemplada. No le importa a Bessie – esto queda claro – la realidad de las cosas; parece estar demasiado al tanto de esa realidad como para sufrir por ella gratis. Bessie está convencida de la locura de su hija, de su anormalidad; no le está pidiendo una verdadera ayuda a Zooey, básicamente porque no cree que Zooey ni ninguno de los demás pueda ayudar a Franny. Lo que clama con sus conductas ridículas y groseras es la certeza sobre el asunto: ella-está-sufriendo-por-su-hija-como-nadie-más y se debe hablar de ello, aunque Zooey apenas conteste con maldiciones o con puro silencio, aunque las respuestas de Zooey sean tan inútiles para ella, aunque esas mismas respuestas sean abortadas una y otra vez por Bessie.

 

Todos los puentes rotos, y entre ellos el pulso del vacío latiendo enclenque, perseverante, eterno. Todos los puentes rotos y esa andanada de palabras envenenadas resbalándose en el cuarto de baño maldito, mendigando por una pizca de frescor entre las creencias de una maldición trascendental y la inmensa pila de basura que todos los días tiene para juntar la burguesía descastada y berreta en los cestos desparramados por la casa. Todos los puentes rotos: el dramático logro de la ecuación moderna, el producto natural del principio de la información. Todos los puentes rotos: nosotros y la estúpida manía de hacernos compañía con nuestras carencias.

 

 

 

 

 

La stultitia en Salinger: “Se supone que en esta familia somos todos adultos”

 

Michel Foucault centró su tarea durante algunos años en elucidar lo que él mismo llamó “tecnologías del yo”; es la época de la hermenéutica del sujeto, o sea, de cómo el zoion politikón (el mero ser humano) se convirtió en sujeto. Pues bien, estas “tecnologías del yo” no son otra cosa que teckné, ejercicios que incluyen la purificación, la anakoresis (retirada del mundo) y el examen de conciencia entre otros y que concluyen exitosamente en el sujeto moderno. Pero cualquiera sabe que el éxito jamás está asegurado: cuando el mero ser humano, por algún tipo de resistencia o “falla”, no logra el cumplimiento de todas las tecnologías de subjetivación, aparece la stultitia. El stultus en la tradición helénica-romana es, en efecto, la figura antípoda del “cuidado de sí”, es aquel que – por su flaqueza de voluntad – no logra un gobierno de sí que, por supuesto, le impide cualquier remota chance en el gobierno de los otros; no casualmente algunas de estas recetas fueron pergeñadas para elaborar gobernantes.

           

La modernidad hipertrofiada fabrica stultus en serie; lo que alguna vez fue la excepción – y el objeto de la penalización, por cierto – se torna la regla. Eso parece decirnos Salinger al menos.

 

Todos los Glass son stultus; los vivos, los que vimos suicidarse en alguna otra pieza, los que nunca están presentes. Todos y cada uno de ellos. “Se supone que en esta familia somos todos adultos” parece rogarle y exigirle Bessie a su hijo, más que anoticiarlo de ello. La adultez, a raíz de algunas de las cualidades que se le adosan, representa entre otras cosas el dominio de sí mismo en relación con la infancia o la adolescencia, la prudencia, la capacidad de represión propia sobre los impulsos. Bessie está suponiendo con su discurso lo que, bien sabe, no es cierto en la realidad. Lo que no es cierto según la noción de adultez que subyace a sus palabras. No, los Glass no son “adultos”, no son sujetos modernos ejemplares; son simplemente iguales a todo el mundo.

 

 

 

 

Mome

 

 

 

One Response to “Dossier Salinger: “Pero a los ciegos no le gustan los sordos,” un diálogo en medio de Salinger”

  1. Eduard Says:

    No estoy de acuerdo con el planteamiento de los Glass como stultus, si eso equivale a personas sin capacidad de autogobernarse. En el relato “Zooey”, de hecho, asistimos a una especie de gesta de Zooey Glass a través del diálogo. Zooey proporciona a Franny, si bien por elusivos medios que no concuerdan con lo que podríamos llamar un diálogo “normal”, más que un consuelo, más que un consejo, y más que un simple apoyo. La orienta, en un sentido que tal vez sea parecido al de la guía distante y de raíz podríamos decir quasi-religiosa que ejerce el hermano mayor ausente de los Glass, Seymour. Los Glass, a mi modo de ver, son todo menos un “nosotros” generalizador. Por el contrario, al modo del cazador entre el campo de centeno Holden Caufield, son individuops que no encajan en el molde colectivo. Pero, a diferencia de aquel, se sostienen en una intuición, cuando menos, de una sabiduría en la que reflejarse.
    Bessie, la madre, sí es de nosotros (o de ellos, depende de dónde queramos situarnos), si bien creo que tampoco Salinger la concibe con todos los puentes rotos hacia sus hijos. En alguna de las rèplicas a su hijo, de hecho, muestra una aguda percepción del afilado razonamiento de los jóvenes Glass, que llegan a sorprender al propio Zooey. De hecho, lo más elocuente de este vínculo es que, movida acaso por un atisbo de eso que llaman intuición materna, encargue a su hijo una especie de “rescate” de la hija menor.


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